jueves, 18 de septiembre de 2014

LA MUERTE DEL EGOÍSMO. 32 razones para leer y compartir el libro (I)


Estas son algunas de las 32 historias, reales y extraordinarias, que podéis encontrar en mi último libro La muerte del egoísmo. Locos revolucionarios que eligieron un día el camino más difícil para alcanzar el éxito: el del sacrificio, el de la entrega, el del esfuerzo. El de la bondad. El de la generosidad. Darlo todo por nada y nunca medir lo que das, escribió el poeta. A veces, incluso, la propia vida.
El libro La muerte del egoísmo (Ed. Palabra) lo podéis encontrar en librerías (TROA, Casa del Libro, El Corte Inglés, San Pablo...) y en Amazon.  








MAR AFUERA. Una Familia feliz

Aparentemente, la familia García Garrido es una de esas familias corrientes, que vive una vida corriente en un barrio corriente. Nada fuera de lo común. Pero cuando los conoces, cuando compartes con ellos la risa, la complicidad, la ilusión y la alegría de vivir, descubres que, en realidad, estás ante una familia extraordinaria, compuesta por personas extraordinarias y que dan cada día un ejemplo extraordinario de lo que es la felicidad.  A pesar de la desgracia, a pesar de la enfermedad. Y es que Loli, Toni y sus seis hijos no es que hayan matado el egoísmo, lo han pulverizado. Directamente.




EQUIPO HOYT. Mi padre es mi héroe

El Ironman es la prueba más dura y exigente del Triatlón: 3.800 metros nadando en mar abierto, 180 km en bicicleta y 42,2 km de carrera a pie. Sólo los atletas más resistentes y preparados tienen el valor de participar, después de años de entrenamiento. Si a esa dureza extrema le añadimos remolcar una pesada barca mientras nadas, cargar con un sidecar acoplado a tu bicicleta y correr empujando una silla de ruedas con un individuo de 70 kilos encima, ya no eres un atleta, eres un héroe. Y hace falta mucho más que el más exigente de los entrenamientos para llegar a la meta. Hace falta sentir mucho amor por ése a quien llevas. Tanto, que verle sonreír mientras tú resoplas por el esfuerzo sea tu mayor recompensa.



MOIRA KELLY. Madre sólo hay una

La imagen es conmovedora en el programa de la television australiana: sobre el escenario, un joven iraquí con serias deformaciones sujeta el micrófono con sus muñones mientras realiza una interpretación sublime de Imagine; en la mesa del jurado, llanto contenido y sincera admiración; en el público, llanto incontenido y entregada devoción; y en el backstage, la alegría y el orgullo desbordados de una madre que consigue a duras penas no saltar al escenario para abrazar a su hijo. El joven se llama Emmanuel. Su madre adoptiva, Moira Kelly; una discípula aventajada de la Madre Teresa que protagoniza una historia de amor, entrega y fe.



MÁS ALLÁ DE UN ROSTRO. ¿Incapacidad? No, capacidades distintas

Visto desde fuera, tener un hijo con síndrome de Down es, para la mayoría de la sociedad, una desgracia ajena. Visto desde dentro, para la mayoría de los padres la noticia es un shock; para algunos, incluso, una tragedia. Pero con el paso de los días, el drama va dejando paso a la comedia romántica y, con los años, la presunta tragedia se convierte, casi sin excepción, en una maravillosa historia de amor.







JAVI. Yo también merezco celebrar la Navidad

“Yo nací un día que Dios estuvo enfermo” escribió el poeta del dolor. Puede que Javier Cosano, Javi, pensara lo mismo cuando tuvo edad suficiente para pensar. Y es que, durante los 40 años transcurridos desde el día en que nació, ha tenido sobradas razones para pensarlo. Y para sufrirlo. Gitano de raza y condición, huérfano de padre y abandonado por su madre, clinero desde los 11 años, drogadicto no mucho después, desde siempre durmiendo entre cartones, en una esquina cualquiera de una calle cualquiera de un barrio cualquiera de Madrid.





ES PAÍS PARA VIEJOS. Un merecido homenaje a nuestros mayores

En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.




JEFF Y CLIFF. La experiencia más humana

Jeff y Cliff son dos hermanos veinteañeros, huérfanos de madre, con un padre drogadicto y alcohólico al que no ven desde hace años, que un día deciden no permanecer ni un segundo más lamentando su mala suerte y comienzan una búsqueda de sí mismos a través de los demás. Pero no de cualquier “demás”, sino de los que están incluso más desheredados que ellos: los ‘sin techo’ de Nueva York, los niños perdidos de Lima y los leprosos de los bosques de Ghana. Tres experiencias reales como la vida, convertidas en un multipremiado documental que ha conmovido al mundo.




ROCÍO, IGNACIO, MARÍA E ÍÑIGO. La mejor lección del verano

Rocío e Ignacio no han hecho turismo solidario para ricos este verano. No han dormido en confortables suites con servicio, jacuzzi y terraza con vistas a la pobreza. No han lavado su conciencia occidental dejando unos dólares de propina en el cesto del “tercer mundo”. No. Rocío e Ignacio han comido, han dormido, han convivido codo con codo con la miseria. Porque han ido a la miseria a currar. De sol a sol. Y más.

María, como Rocío (su prima y su mejor amiga), eligió uno de los rincones más pobres y castigados del mundo para pasar sus vacaciones de verano: Camboya. Y, como además María nunca ha sido de mínimos, de entre toda la miseria que azota inmisericorde a los camboyanos desde hace décadas, eligió a los más olvidados, a los más desafortunados, a los más castigados… a los más necesitados: los niños que viven (sobreviven) en los infames basureros que rodean la ciudad de Phnom Phen. A ellos llevó María su sonrisa contagiosa, y a ellos dedicó también, junto a su hermano Iñigo y el resto de jóvenes voluntarios, cada minuto de las cinco intensas (y agotadoras y durísimas) semanas que vivieron en los campamentos de la organización Por la Sonrisa de un Niño.

LIZ MURRAY. Del infierno a Harvard

Cuando Antoine de Saint Exupéry dijo, en boca de su Principito, “a veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer” no se refería, probablemente, a Liz Murray y el pozo de miseria del que tenía que escapar. O sí. El caso es que eso fue exactamente lo que hizo Liz: intentarlo, y conseguirlo. Salir de la calle y entrar en Harvard. A pesar de que su vida decía que era absolutamente imposible.





BETHANY HAMILTON. Alma de surfer

Bethany Hamilton estaba predestinada a las olas desde que llegó a este mundo. Nació en la cuna del surf, Hawaii, de padres surferos, y desde niña se rodeó de hermanos, amigos y vecinos surferos. A los ocho años ya competía —y ganaba— en las salvajes olas de Oahu; luego siguieron decenas de campeonatos y de trofeos. Cuando cumplió trece, un tiburón envidioso reclamó su propio trofeo: el brazo izquierdo de Bethany. Sólo tres meses después estaba compitiendo de nuevo. Con un brazo menos, pero con una fe, un coraje y un espíritu que han conmovido al mundo entero, dentro y fuera del mar.

JAIME CABALLERO Y JACOBO PARAGES. Un corazón como un océano

Jaime nada por los que no pueden nadar. Jacobo por los que creen que no pueden. Jaime ha realizado proezas casi sobrehumanas con repercusión internacional. Jacobo ha superado desafíos con una alcance humano más allá de lo común. Ambos, Jaime y Jacobo, nadan por la mejor de las causas: los demás. No importa el alcance de sus retos, la medida de sus proezas; importa el alcance de su mensaje, la medida de su ejemplo, de su entrega. Importa, sobre todo, el tamaño de su corazón. Un corazón como un océano.











JACK TWYMAN. El jugador más valioso de la NBA

Jack Twyman fue uno de los jugadores más completos de la NBA, jugó 11 temporadas y disputó seis veces el 'All Star'; siempre hambriento de canasta, en la temporada 59-60 fue el primer jugador en la historia, junto al mítico Wilt Chamberlain, en superar los 30 puntos de media. A lo largo de su prolífica carrera batió varios records dentro de la cancha, pero la hazaña por la que siempre será recordado y admirado tiene más que ver con el compañerismo, la generosidad y el valor fuera de la cancha, en una época convulsa y violenta.
 






EL ALMA VIVA. Síndrome del cautiverio y felicidad

Están encerrados en su propio cuerpo, totalmente paralizado por una cruel enfermedad, pero con su cerebro intacto. No pueden moverse, ni hablar, ni alimentarse, ni realizar sus necesidades básicas sin ayuda; no pueden siquiera sonreír. Viven dentro de un cuerpo muerto, y sin embargo aún tienen ganas de vivir. Sufren un verdadero infierno cada minuto de cada día, y sin embargo no se sienten desgraciados. Muchos, incluso, aseguran ser felices.





PLAYING FOR CHANGE. Alguien a tu lado

Los músicos callejeros son habitualmente despreciados por los insensibles viandantes de las grandes ciudades o, en el mejor de los casos, simplemente ignorados. Algunos de ellos son molestos, es cierto; pero muchos otros poseen enorme talento, cuando no auténtica genialidad. Sólo nos piden que nos detengamos un minuto, que escuchemos su música y, si acaso, echemos una moneda o dos. Muy poco para lo mucho que ellos nos dan.





GINO BARTALI. El héroe silencioso

Gino Bartali, Il Ginettaccio,  fue un grande entre los grandes del ciclismo, un deportista extraordinario y un mito para el pueblo italiano, que lo adoraba como a un verdadero héroe; especialmente Mussolini, quien lo convirtió en símbolo viviente del Partido Nacional Fascista. Vencedor del Giro de Italia en siete ocasiones y del Tour de Francia en otras dos, ganador de cinco campeonatos nacionales y de unas cuantas clásicas, Bartali era un magnífico escalador, un corredor duro y tenaz, un líder generoso con su equipo… y un ser humano excepcionalmente valiente que se jugó la vida durante los años más duros del fascismo para salvar a ochocientos judíos del exterminio. Una hazaña, por cierto, que mantuvo en secreto hasta su muerte, y que fue descubierta por casualidad.




viernes, 23 de mayo de 2014

La muerte del egoísmo. Una mano abierta a los demás


Dice Gonzalo Altozano en el prólogo de este libro que a mí no me van las historias de perdedores. O sí, pero solo las de aquellos que han peleado hasta caer agotados, y no las de los que pronto se rinden para entregarse al subsidio y la queja. Afirma que para mí la única manera de evadirse de la realidad es hacerle frente, y que esa es la razón por la que mis textos están llenos de vida; y que por eso mis libros terminarán vendiéndose en farmacias, sin receta ni efectos secundarios.

Se nota que Gonzalo, además de ex director de este cronista de vidas, es amigo. Y eso se agradece. Pero tiene razón, si no en el hecho, al menos sí en el deseo: ojalá este libro se pudiera vender en farmacias, ojalá se despachara con la misma facilidad con que se despachan ansiolíticos o vitaminas o antigripales, ojalá los enfermos —imaginarios o no— se lo tomaran en pequeñas dosis para aplacar los síntomas de sus dolencias (almas, vidas, anhelos, desidias… qué sé yo). Ojalá este libro sirviera para curar, simplemente.



 Es lo único que pretendí a la hora de buscar estas 32 historias, adentrarme a fondo en cada una de ellas, sentirlas mías, escribirlas, recopilarlas y finalmente publicarlas. Ayudar. Inspirar. Implicar.
Vivimos en un mundo egoísta. Un mundo en el que el éxito, la alegría o la mismísima felicidad se miden en función de nuestras necesidades, de nuestras ambiciones, de nuestra satisfacción personal e intransferible. De nuestros OMBLIGOS. Estos son hoy los valores que nos rigen. El ansia de poseer a cualquier precio moral, el afán por tener más que el vecino, la avidez imparable, el deseo permanentemente insatisfecho, el triunfo fácil, el dinero, la apariencia, el poder; el YO por encima de todas las cosas, aunque sea pasando por encima del otro.

Pero aún quedan seres extraordinarios que no se rigen por estas reglas impuestas. Locos revolucionarios eligieron un día el camino más difícil para alcanzar el éxito: el del sacrificio, el de la entrega, el del esfuerzo. El de la bondad. El de la generosidad. Es el camino que escogieron todos los protagonistas de este libro. Dar. Darse. Entregarse a la causa más alta: los demás.
Una pediatra que salvó millones vidas o un indigente que salvó tres; un deportista que entregó doce años de su vida por un compañero enfermo; una frágil monjita que revolucionó el concepto de ‘amar’; familias felices, con la toda la vida —aparentemente— en contra; ardientes defensores de la dignidad humana allí donde apenas existe; jóvenes con causa más allá de sí mismos; maestras entregadas a su vocación hasta el extremo; presuntos discapacitados con una inmensa capacidad de amar; almas altruistas, luchadores, héroes silenciosos y anónimos… todas ellas historias y vidas reales que demuestran que aún tenemos remedio. Que dar un vuelco a los vanos valores que rigen nuestro mundo es posible. Que todavía hay esperanza. Y que cualquier acto de bondad, por insignificante que parezca, tiene consecuencias inabarcables.
Vidas que hablan con hechos, no con frases hechas. Que no nos dicen lo que debemos hacer, simplemente nos muestran el camino. Ojalá estas historias nos inspiren y nos impulsen a actuar. Ojalá estas lecciones nos enseñen a pensar un poco más en el de al lado, o en el de abajo, o en el de lejos. Ojalá estas vidas nos recuerden preguntarnos cada noche: ¿qué he hecho hoy por los demás, qué he hecho hoy para ser mejor persona? En nuestras manos está. Sólo tenemos que querer. 

Un primer paso es, por ejemplo, adentrarse en estas 32 historias. Y ojalá te provoquen efectos secundarios. Será buena señal.

Disponible en librerías, en internet y en Amazon: https://www.amazon.es/muerte-del-ego%C3%ADsmo-Palabra-hoy/dp/8490610444




lunes, 2 de diciembre de 2013

Cuatro historias de amor y dos mil conciencias sacudidas

Ha pasado un año y parece que fue ayer. Un año desde que vio la luz (¡y qué luz!) el libro Lo Que De Verdad Importa, con esas imprescindibles lecciones de entrega, de generosidad, de superación, de alegría de vivir, de puro y simple amor. Y un año desde el último Congreso de Lo Que De Verdad Importa. Esta fiesta emocional que sacude nuestras conciencias con fuerza y hondura cada vez que viene a Madrid (o a Zaragoza, Sevilla, Bilbao, Barcelona, Valencia, Mallorca, La Coruña, Quito…) ha vuelto a revolucionarnos el corazón, a dar un vuelco a nuestras prioridades, a enfrentarnos a nuestro mundo de ambición, banalidad y ombligos desmesurados. Ha vuelto a mostrarnos, en descarnado directo y en primerísima persona, los valores que valen de verdad; los que marcan la diferencia en la vida; los que, simplemente, te hacen ser “buena gente”; los valores que, si los miles de jóvenes que asisten anualmente a estos Congresos extraordinarios aplican  a su día a día, van a dar un revolcón a esta sociedad egoísta y sin conciencia que les hemos dejado los adultos.

 


El Congreso empezó, como no podía ser de otra manera, con un primer shock emocional. Un bellísimo recuerdo a María de Villota, un homenaje a su sonrisa franca y a su corazón inmenso, mientras de fondo sonaba la voz suave de Jack Johnson y su Angel (“Tengo un ángel, no lleva alas, pero sí un corazón que puede derretir el mío, una sonrisa capaz de hacerme cantar”). Y continuó con una celebración colectiva de la flamante licenciatura en Periodismo de Marimar García Garrido, que tiene su cuerpo paralizado del cuello para abajo, pero no su cabeza, ni su sentido del humor, ni sus desbordantes ganas de vivir.


Y luego la primera lección. Desgarradora. Sobrecogedora. Brutal. Inhumana. Y una hermosa historia de amor. La historia de amor entre una joven cántabra que vivía una vida normal y confortable, recién licenciada en Ciencias Gastronómicas, y unos niños haitianos que vivían un infierno de miseria, esclavitud y prostitución; de madres que regalan a sus hijos; de tráfico de órganos; de niños y niñas violados noche tras noche. De cólera. De huracanes. De HAMBRE. Lucía Lantero llegó a la región más pobre del país más pobre del continente para hacer voluntariado durante tres meses. Pero después de lo que allí vio y vivió ya no se pudo marchar. Decidió montar un orfanato para sacar a esos niños de su infierno y ofrecerles una mínima seguridad, que ellos a su vez transforman en infinita felicidad (un día con arroz y sin ser violados o golpeados es un día mil veces más feliz que uno nuestro).
     Dejó sus ahorros en el empeño, luchó contra la corrupción establecida, venció sus miedos (plenamente justificados), entregó cada minuto de su vida a la causa y superó infinidad de dificultades imposibles de describir (hay que escuchar su voz temblorosa, hay que mirar en sus ojos, unos ojos que han visto lo peor del ser humano), con la inconmensurable ayuda de su tía Marta, de Alexis, del padre Antonio, de Quatrecasas. Desde hace tres años Ayitimoun Yo (“Niños de Haití”) es una realidad que da cobijo, educación y esperanza a estos niños; pero una realidad frágil, siempre en el filo, bajo la amenaza permanente de la falta de fondos, porque vive de aportaciones particulares… y de la inmensa fuerza del amor de Lucía Lantero y su equipo de ángeles voluntarios. “Renuncié a mi vida, pero ha merecido la pena cada segundo”, dice; “Me siento afortunada porque he tenido la oportunidad de ser instrumento para los demás”.
 
Para Lucía, volver a España no es una opción, porque sus niños están donde están porque ella está con ellos; si ella falta, ellos regresan al infierno. Simplemente. Pero para nosotros sí es una opción ayudarla: la cuenta de la Asociación Ayitimoun Yo es 2100 2171 96 0200280655. Los privilegiados del mundo tenemos una responsabilidad con los que no tienen nada (y aquí nada es nada). Como nos recuerda Lucía: hay que dejar de mirar tanto hacia arriba y mirar más hacia abajo. Se ve todo mucho más claro.

Después de la conmoción que supuso el testimonio de Lucía, llegó el soplo de vida y optimismo, de verdadera fuerza de la naturaleza que es la sonrisa de Irene Villa. Y nos recordó, una vez más, que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional; que la ira es el peor veneno del alma y que el perdón es una victoria; que el éxito es obtener lo que se desea, pero la felicidad es disfrutar de lo que se consigue; y que si sonríes a la vida, la vida te devuelve la sonrisa. Y a Irene, desde luego, la vida le sigue devolviendo una sonrisa detrás de otra, a través de su familia (“la niña que tenía que estar muerta ahora ha dado vida: mi hijo Carlos”), de sus éxitos profesionales (acaba de publicar su primera novela, Nunca es demasiado tarde, princesa) y de sus numerosos logros deportivos (ya estará sumando nuevas medallas de esquí adaptado con su inseparable Teresa Silva). Y un recuerdo especial para su alma gemela, su ángel guardián, su fuente inagotable de energía: su madre, María Jesús (un beso fuerte, Mariaje. Y gracias otra vez).

 


Después de Irene, la lección de coraje, solidaridad, supervivencia y amor que vivieron María Belón y su familia, tras el tsunami que arrasó millones de vidas en Tailandia en 2004. Todos lo vimos en la película Lo imposible (que en un 93% es lo que sucedió realmente; el 7% restante está suavizado) y quedamos profundamente impactados. Escucharlo en la viva voz de María Belón, que el miércoles pasado cumplió ocho años, nueve meses y un día, es estremecedor. Y enormemente enriquecedor. Porque habla de su experiencia en primera persona, pero extrae conclusiones para cada uno de nosotros, que también somos supervivientes de nuestros propios tsunamis. María habló de miedos, habló de dolor y pérdida, de ahogo y angustia, de ausencia; de querer tirar la toalla cuando no puedes más hasta que la vida te dice aguanta un poco, que sí puedes; y puedes. Habló de responsabilidad, de milagros, de SOLIDARIDAD (ese anciano que la encuentra casualmente y la arrastra durante más de dos kilómetros hasta que la deja plenamente a salvo… y sólo entonces regresa a buscar a sus familiares. “Hizo suya mi vida”, recuerda María; y se emociona). Y habló de coca-cola, y de sus hijos (¡con qué orgullo de madre!) y de Quique, su marido, su héroe, y de los millones de seres que lo perdieron todo bajo la ola asesina; y nos enseñó (¡bendita lección!) que el amor y la paciencia son el mejor antídoto frente a cualquier tsunami. Y que el miedo es sólo una circunstancia, ya nunca una excusa. Y que la vida es un regalo, el mejor regalo, como decía su amiga del alma María de Villota.

 
Y la última lección del día comenzó con una canción (“Imagina que no hay países, nada por lo que matar o morir (…) Dirás que soy un soñador, pero no soy el único”), que Emmanuel Kelly se marcó en directo recorriendo las primeras filas del auditorio. Como una estrella. Y nos conquistó a todos, de nuevo (como ya hizo en el Factor X de la televisión australiana), con su talento, con su sonrisa y con su historia. Una verdadera lección de superación, caridad, tesón y amor; y de pesadillas convertidas en sueños realizados, cuando él y su hermano, ambos abandonados de bebés en una caja de zapatos en un Iraq devastado por la guerra, fueron rescatados por las hermanas de la caridad y luego adoptados por su ángel particular, Moira Kelly. Los dos presentaban serias amputaciones en brazos y piernas, consecuencia de las armas químicas, pero ello no les impidió cumplir sus sueños (“Sueña grande, trabaja duro y no te rindas nunca”): Ahmed, triunfar en los Juegos Paralímpicos (en natación); Emmanuel, triunfar en el mundo de la canción (su último éxito: Let Love Find You).

Para ambos, claro, lo que de verdad importa en la vida es la familia, y la esperanza. Y la BONDAD: Si todos hiciéramos un pequeño acto de bondad al día, el mundo sería definitivamente diferente. Emmanuel y Ahmed lo saben bien. Y María y su familia. E Irene. Y los niños haitianos que viven (¡viven!) bajo el ala protectora de Lucía. Su ángel de la guarda.

 
 
Ha pasado un año y parece que fue ayer. Y uno, que está especialmente sensibilizado en estos últimos tiempos, no deja de darle vueltas a la cabeza y a la conciencia (y al lacrimal). Y piensa, en lo más hondo de su corazón: ¡Qué suerte tienes de recibir estas lecciones imprescindibles año tras año! ¡Qué suerte tienes de conocer a tanta gente buena y valiosa (y tan altamente contagiosa)! ¡Qué suerte tienes, Pepe! Y qué poca excusa te queda ya… 
 
 

 

 

 

 
 


 

 


jueves, 21 de noviembre de 2013

Lincoln y Kennedy: dos muertes unidas por el misterio.


Tal vez las coincidencias sólo significan lo que nosotros queremos que signifiquen; tal vez veamos incuestionables patrones de semejanza donde apenas hay un fino hilo que une dos acontecimientos históricos; tal vez queramos ver misterios asombrosos donde sólo hay simples casualidades que rozan la leyenda urbana. Tal vez las muertes de Lincoln y Kennedy no sean más que eso, un cúmulo de increíbles casualidades. O tal vez no. Juzguen ustedes mismos. 

 


Desde que hace cincuenta años John Fitzgerald Kennedy, 35º presidente de los Estados Unidos de América, fuera asesinado en Dallas muchos son los enigmas que han rodeado su vida y, especialmente, su muerte: sus relaciones amorosas más o menos secretas con Marilyn Monroe; sus problemas de salud amortiguados con drogas por el incierto doctor Max Jacobson (“Max Milagros”); sus negociaciones in extremis y en secreto con el frío Kruschev, de cuyo resultado dependió literalmente la suerte del planeta; sus desaconsejables amistades con el “rat pack” (el clan Sinatra) y, de paso, con la Mafia; o su trágica muerte a balazos (tres o cuatro, según), la madre de todos los misterios, aún hoy no esclarecido a pesar de los esfuerzos ingentes del fiscal de distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison, y de cuantos lo han intentado después de él. Y aunque la Comisión Warren concluyera en 1964 que no había prueba alguna de conspiración, si existe en la historia una muerte presidencial repleta de teorías conspiranoicas, sin duda es la de JFK: desde el Sistema de Reserva Federal, la CIA, la KGB o la Mafia, hasta el director del FBI, J. Edgar Hoover, su contrincante republicano Richard Nixon o su mismísimo vicepresidente (y sucesor) Lyndon B. Johnson. Cada cual tenía sus motivos y medios, como en una novela de Agatha Christie, pero en este caso lo que ha faltado es un buen Poirot que resolviera el misterio, con una generosa dosis de materia gris.

 
Interesantes teorías, sin duda. Pero no dejan de ser teorías. Sin embargo, hay un misterio mayor en la vida del presidente Kennedy que lo vincula directamente con el presidente Lincoln y atañe también a sus respectivos asesinatos y a los autores de éstos. Y no es el empeño de Jackie de rendir homenaje póstumo a su marido a imagen y semejanza del sepelio de Lincoln, cosa que se llevó a cabo con el experto asesoramiento del historiador James Robertson. Se trata de un asombroso cúmulo de coincidencias y casualidades, de fechas, nombres y hechos que constituyen, cuando menos, otro sorprendente misterio.


Veamos: Lincoln fue elegido por primera vez para el Congreso de los Estados Unidos en 1846 y Kennedy justo 100 años después, en 1946; ambos fueron elegidos presidentes en 1860 y 1960 respectivamente, Lincoln el 6 de noviembre y Kennedy el 8 del mismo mes; los dos presidentes fueron asesinados en viernes, de una bala en la cabeza, en presencia de sus esposas; Abraham Lincoln en el Teatro Ford y John F. Kennedy en un automóvil Ford, modelo Lincoln; tras disparar, el asesino de Kennedy se ocultó en un teatro, el Lincoln. Después de su muerte los dos presidentes fueron sucedidos por sureños de apellido Johnson, Andrew Johnson nacido en 1808 y Lindon B. Johnson en 1908. Tanto Lincoln como Kennedy fueron arduos defensores de los derechos de los negros: Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación en 1862, que se convirtió en ley en 1863, y en 1963 Kennedy presentó sus informes al Congreso sobre los Derechos Civiles.
 
 
El día que fue asesinado, Lincoln dijo a un guardia, William H. Cook, “creo que hay hombres que quieren quitarme la vida... y no hay duda de que lo harán”; un presentimiento similar confesó Kennedy a su consejero, Ken O’Donnell, el mismo día de su muerte. Sus presuntos asesinos nacieron también casi con 100 años de diferencia, John Wilkes Booth en 1838 y Lee Harvey Oswald en 1939; ambos murieron de un disparo antes de llegar a juicio; sus respectivos nombres completos suman quince letras, mientras que los nombres de los presidentes que asesinaron suman también el mismo número de letras, siete. Precisamente el número fatídico donde ambos encontraron la muerte: Lincoln en el balcón número siete del Teatro Ford, y Kennedy en el Ford Lincoln, vehículo número siete de la caravana presidencial.

viernes, 11 de octubre de 2013

JACK ES MUCHO JACK. Un recorrido por la sonrisa y las cejas de Jack Nicholson


Hace unas semanas, la noticia corrió por internet como la pólvora; o, por ser más exactos, a la velocidad de una bala del nueve largo directa al pecho de una femme fatale rubia y sinuosa: "Jack se ha retirado. Hay una sola razón detrás de su decisión, y es la pérdida de memoria”. Pero Jack es mucho Jack, y el desmentido —contundente aunque anónimo— llegó en el siguiente acto: Jack sigue vivo, y coleando. Y uno, que conoce a Jack desde la imberbe adolescencia (y eso que me estrené con la infausta Misouri), lo primero que pensó es que esto no ha sido más que una astucia, genial y oportunista, del alter ego —nada loco— del indomable McMurphy. Un grito cínico y categórico, a medio camino entre la amenaza y la carcajada, como diciendo: “¡Eh, estoy aquí! Soy Jack, el poderoso Jack, el sonriente Jack, el carismático Jack; el actor más nominado de la historia del cine…”
 
Sí, Jack es mucho Jack. Hijo de bígamo y show girl, entró en esto del cine muy jovencito por la puerta oscura y genial de Roger Corman, al servicio de Poe y otras siniestras compañías. Allí aprendió el oficio, del cine y del ahorro. Pero fue en 1969, fecha clave en la historia americana, el año de su estreno en la celebridad, junto a sus colegas de carretera, viajes y contracultura Peter Fonda y Dennis Hopper, a ritmo de Steppenwolf, Hendrix y Dylan en la mítica Easy Rider. Fue su primera nominación de doce; algo que puede parecer exagerado echando un vistazo fugaz a su irregular carrera (hay malas y muy malas películas en su filmografía), pero no tanto si nos detenemos en algunas de ellas, verdaderas obras maestras del cine y auténticas lecciones magistrales de interpretación. Por ejemplo Jake Gittes, el detective cínico e irreverente de Chinatown (1974), que ve su plácida y rutinaria existencia convertida en una espiral de violencia, mentiras y complicaciones de todo tipo por mor de una rubia fatal con los ojos y los labios de Faye Dunaway. Una obra perturbadora de Roman Polansky, inscrita con mayúsculas en la mejor tradición del cine negro; y un trabajo memorable de Nicholson (también de John Huston), a pesar de su nariz rajada (por el propio Polansky-actor) y vendada durante casi todo el film.
 
Por ejemplo su inolvidable y conmovedor rebelde con causa R. P. McMurphy, de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975); el simpático, el patán, el revolucionario, el desafiante, el inconformista, el refrescante, el cuerdo McMurphy y su camarilla de locos adorables (especial mención a los debutantes Brad Dourif y Christophert Lloyd) y su falso sordomudo y entrañable Jefe Bromden ("Mi padre sí era un hombre fuerte. Era como tú. Y por eso no le dejaban en paz") y esa malvada bruja fanática del orden establecido que bordó Louise Fletcher; probablemente la mejor interpretación de Jack y de todos los que participaron en esa maravillosa oda al desorden vivificante y liberador que, como no podía ser de otro modo, tiene un final tan desolador como esperanzador.
 
Jack es mucho Jack. Por eso no necesita un papel protagonista, por ejemplo el Joker del Batman de Tim Burton (1989); o el Coronel Nathan R. Jessup de Algunos hombres buenos (Rob Reiner, 1992), para merendarse la película entera, Tom Cruise incluido; le bastan apenas unos minutos de tenso, electrizante, medido y espectacular monólogo, sin un gesto más allá de su voz y su mirada (¡qué voz, qué mirada!), manteniendo el tipo con la misma sangre fría que ante 15.000 soldados cubanos entrenados para matarle; un momento mayúsculo, épico, que ha quedado para la historia (“¡Tú no puedes encajar la verdad! (…) Tú no quieres la verdad porque en zonas de tu interior de las que no charlas con los amiguetes, me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro…”).

Bastante más histriónico y desmadrado está Jack Nicholson como el otro Jack, Torrance, en la claustrofóbica obra de Kubrick/King El resplandor (1980), una de sus películas más populares aunque no necesariamente de las mejores; sí, quizá, la imagen más icónica y recordada del actor: esa demencial sonrisa en ese rostro desencajado tratando de atravesar la puerta del cuarto de baño, hacha en mano, dispuesto a descuartizar a su señora después de haber llenado cientos de folios con la letanía febril “All work and no play makes Jack a dull boy”. ¡Qué mala es la falta de inspiración!
Hay muchas otras interpretaciones memorables, en el drama, en el terror, en el cine negro, en la comedia (El honor de los Prizzi, La fuerza del cariño, Tallo de hierro, Hoffa, Mejor… imposible, Blood and Wine, Mars Attacks, o el “diablillo cachondo” de Las brujas de Eastweek). Tal vez, de las últimas, la más destacable sea el violento, psicótico y amoral mafioso Frank Costello de esa otra gran obra maestra del genio Scorsese que es Infiltrados. Un macabro juego de traiciones e intrigas salpicado de tanta sangre como humor negro, que vibra al ritmo diabólico de los Stones; un ambiente sórdido en el que Nicholson se mueve como piraña en el agua… o como cartero sobre la mesa de la cocina de Jessica Lange.
 
Jack sigue vivo y con ganas de pelea, estoy firmemente convencido. Esperando aún su mejor interpretación. Pero en una industria en la que “las grandes productoras están dirigidas por jóvenes que no saben quién fue Billy Wilder” (en sus propias palabras), tal vez su genialidad tarde en encontrar un proyecto a su altura. Mientras, seguiremos deleitándonos con esa sonrisa cínica bajo esas cejas desafiantes que asoman tras sus gafas oscuras, en la primera fila del Staples Center, sentado junto al banquillo de sus admirados Lakers. Genio y figura.





viernes, 2 de agosto de 2013

Georges Méliès, aquí hay magia.


En el principio fue la imagen; y durante siglos no se movió. Hasta que en 1888 dos hermanos atemorizaron a un puñado de espectadores con un tren que se abalanzaba sobre ellos con terrorífico realismo. Sin embargo, tras el impactante y prometedor comienzo, la imagen en movimiento creada por los hermanos Lumiére fue desvaneciéndose en el interés de los espectadores, tristemente desperdiciada en tediosos retratos cotidianos. Hasta que alguien intuyó que el cinematógrafo escondía mucho más: ficción, humor, emoción, espectáculo, magia. En una palabra, Cine. Ese alguien se llamó Georges Méliès y ahora podemos acercarnos —y contagiarnos, si acaso—  a su esplendoroso genio en la fantástica exposición de CaixaForum; como ya hicimos hace un par de años, cuando uno de sus más aventajados alumnos, Martin Scorsese, le rindió emocionado tributo en su última película.


La invención de Hugo es todo un ejercicio de cinefilia —se han recreado varias de las películas originales de Méliès, fotograma a fotograma— y una sincera muestra de cariño al creador del cine como arte narrativo; al visionario que llevó sus sueños y su imaginación a un invento que nació sin ánimo de perdurar y que aún hoy, más de un siglo después, continúa fascinando a millones de espectadores ávidos de emociones en todo el mundo. Como en la película de Scorsese, George Méliès también fue rescatado del olvido en los últimos años de su vida… en su puesto de “Confiterie et Jeues” de la estación de Montparnasse. Pero éste es el final de la historia. Empecemos por el principio. 


Desde su infancia parisina, el pequeño Georges tenía muy claro que no quería seguir los pasos de su padre en el negocio de los zapatos. Él quería dejar su huella mucho más lejos; en la luna, por ejemplo. Era hábil con el dibujo y su desbordante imaginación rebasaba los límites de lo que su progenitor había establecido para un honrado zapatero, así que lo envió un año a Londres con la excusa de aprender inglés y con la intención de ablandar sus talentos. El efecto fue, naturalmente, el contrario; para no tener que pelearse con el idioma, Georges frecuentaba el teatro, especialmente el “Egyptian Hall”, donde cada noche el célebre mago Maskelyne embelesaba a un joven Méliès con su espectáculo de ilusionismo. Allí descubre la magia y aprende sus primeros trucos, que luego se lleva a escondidas a París y muestra, casi en la clandestinidad, en el Cabinet Fantastique del Museo Grévin.

            Cuando su padre se retira de los zapatos, Georges vende su parte del negocio y compra el teatro de su admirado Robert Houdin, en el Boulevard des Italiens. Es1888 y Méliès tiene 27 años. En ese glorioso escenario realiza numerosos y sorprendentes espectáculos de ilusionismo, cuyos decorados, trucos y maquinaria son creados por el propio Méliès. Pero no es hasta 1895 cuando tiene lugar el acontecimiento que cambiaría su vida y, de paso, la historia del entretenimiento.
            Fue exactamente el 28 de diciembre. Ese día, los hermanos Lumière presentaban al público su revolucionario invento, el Cinematógrafo. Méliès fue uno de los privilegiados que asistió a esa histórica premier. Pero no fue de los que salió corriendo, presa del pánico, al ver el tren abalanzarse sobre él a toda máquina. Su único pensamiento fue: “aquí hay magia”. Propuso a los hermanos comprarles su máquina, y ante su negativa, decidió hacerse con la suya propia. Partiendo del biscopio del inventor Robert William Paul, y tras ajustar el artilugio para que pudiera impresionar y proyectar, unos meses después crea su propio estudio, Star Films, y rueda su primera película: Partida de naipes, que el 5 de abril de 1896 proyecta en su teatro. “¡Pasen señoras y caballeros, vengan a descubrir la mayor atracción del siglo: el cine!”, grita el voceador a las puertas del Robert Houdin.


Pronto, dota a sus películas de la misma magia que impregna sus espectáculos de ilusionismo. Investiga nuevas técnicas, crea el fundido y las disoluciones, el coloreado y el truco de la sustitución, que le permite multiplicarse en la pantalla. Y el rey de los efectos especiales, el stop-motion, que descubre por azar y se convierte en su favorito. En los siguientes años, ya entrado el nuevo siglo, realiza cientos de películas en las que él es el actor, el director, el productor, el guionista, el director artístico, el diseñador de vestuario, el maquetista… En 1902 crea su obra más célebre, Viaje a la luna, que marca un antes y un después en la continuidad narrativa cinematográfica. Y una de las imágenes inmortales del cine, con ese rudimentario cohete insertado en el ojo de una luna visiblemente molesta.
 
 
Su desbordante imaginación no tiene límites y cada una de sus creaciones e inventos marca los principios de la cinematografía moderna. Y sin embargo, no acierta a ver que el cine se va transformando en una industria, que va dejando atrás —sin piedad— a su precursor. La llegada de la I Guerra Mundial lo termina de arruinar y, acosado por las deudas, se retira definitivamente en 1923.

Pero aún le queda vivir su última historia cinematográfica; en este caso una película de amor: en 1925 se reencuentra con una de sus antiguas actrices, Jeanne d’Alcy, en el puesto de juguetes y golosinas que ella regenta en la estación de Montparnasse. Poco tiempo después se casan y el gran Méliès, el visionario, el pionero, el genio, el precursor del cine de espectáculo y fantasía pasa el resto de sus días, junto a su amada, vendiendo chuches a los niños, hasta su último The End. El 21 de enero de 1938 fallece en el hospital Léopold Bellan de París. Hoy, más de 100 años después de sus primeras obras, sus trucos técnicos y narrativos siguen siendo clave para la magia del cine.


 

Merci, Monsieur Méliès
 
· Méliès fue precursor de muchos de los géneros del cine: surrealismo, terror, humor, fantástico y, por encima de todos, ciencia ficción. 

· Creó el primer estudio de cine, que incluía sistemas mecánicos para ocultar zonas al sol, trampillas y otros mecanismos de puesta en escena.

· Fue pionero del cine en color: en algunas de sus películas coloreaba los fotogramas uno a uno, manteniendo, de paso, su primera inclinación artística.

· Rodó más de 500 películas, aunque la mayoría se han perdido en el tiempo. Algunas de las más famosas son El hombre orquesta, El hombre de la cabeza de goma, El melómano, El inquilino diabólico…

· En 1931 fue rescatado del olvido por sus compatriotas y condecorado con la Cruz de Honor de la Legión.

 


viernes, 5 de julio de 2013

Lejos del mundanal ruido. ¿Vacaciones alternativas?


En plena era de la globalización, la interactividad y las multirrelaciones virtuales, una mujer de 50 años, tras una vida dedicada a sus hijos y al Estado, decide dejarlo todo y evadirse del mundanal ruido en un diminuto islote en las Islas Marshall, donde ha vivido durante 5 años sin móvil, sin ordenador, sin microondas, sin televisor, sin jefes y sin hijos. Sola y feliz. Hay otros modernos robinsones, voluntarios y forzados, que han sobrevivido en completa soledad en islas perdidas. Aunque no han llegado a los 28 años del héroe de Daniel Defoe, cada uno ha vivido su propia historia. Una emocionante aventura, en cualquier caso.

 



Hace unos años, Joan Rutherford decidió que merecía un buen descanso. No un fin de semana de escapada, ni siquiera unas vacaciones de lujo en Las Bahamas, en un confortable complejo hotelero. No. Lo que Joan necesitaba era lo que podríamos llamar un descanso extremo. Por ejemplo, 5 años en un islote de la Micronesia, durmiendo bajo las estrellas y rodeada de gaviotas. “¿Has dormido alguna vez con las gaviotas? ¡Oh, Dios! Hazlo al menos una vez en tu vida -exclama, excitada-. Las blancas suenan como arpas durante toda la noche”. Antes de su descanso extremo, Joan pasó los últimos 27 años de su vida criando a sus hijos y fichando de nueve a cinco como funcionaria del Estado de Washington.
Una vida rutinaria que ha quedado atrás, muy lejos en la distancia y, sobre todo, en la cabeza. “Descansar significa no tener responsabilidades ni preocupaciones acerca de lo que sucede en la sociedad”. Ya en 1988 Joan se tomó unas semanas de vacaciones para viajar en busca de un lugar al que retirarse cuando tocara. No sabía por qué –tal vez el aire o el color del mar o la suave brisa- pero se sentía misteriosamente atraída por la Micronesia. Cuando llegó a las Islas Marshall, supo que ese era el lugar. El siguiente paso era elegir en cuál de los 34 atolones había de instalarse. El criterio era sencillo: el más alejado de las ciudades, las carreteras y las multitudes que pudiera encontrar. Condiciones que cumplía a la perfección el islote de nombre Mili. Un diminuto, plano y solitario punto de arena en medio de un gigantesco desierto de mar. Eso sí, rodeado de vivo coral, aguas transparentes y miles de peces multicolores.

 
Joan reconoce que la vida en Mili no ha sido fácil, a pesar de todo; especialmente los dos primeros años. Las violentas tempestades, el calor sofocante, la humedad extrema; y las condiciones de vida primitivas, pro descontado: sin agua (solo la que recoge los días de lluvia), sin electricidad (salvo por un pequeño generador que utiliza en ocasiones especiales), sin comida (cinco cocoteros y miles de peces por capturar). Pero no sin ayuda. Aunque vive sola en su micro isla, cuenta con la amistad y la compañía de una gran familia nativa, la de Shigeru y Kajnet y sus 11 hijos, propietarios del atolón Mili, que han adoptado a Joan como una más del clan. Sólo le impusieron dos condiciones para permanecer en la isla: no comer ningún pez sin que uno de ellos comprobara si era venenoso; y no tratar de cruzar la laguna sola, debido al peligro que suponen las fuertes corrientes.
Los hijos de Shigeru y Kajnet adecentaron la isla y construyeron una pequeña cabaña para su invitada, con salón exterior a la sombra de una palmera y vistas al coral y a la inmensidad celeste del Pacífico. Le enseñaron a plantar patatas, cebollas y lechuga, a sacar todo el provecho de los cocoteros y a pescar al más puro micronesian style. Eso sí, como carece de nevera “si pesco un pez más grande de lo que puedo comer, lo tengo que devolver al mar”. El resto de su tiempo lo pasa leyendo, buceando o completando su magnífica colección de conchas, algunas de ellas verdaderas joyas de la naturaleza. Tras cinco años de tranquila felicidad, Joan ha tenido que abandonar su isla por motivos médicos. Ahora está de nuevo en Washington, pero su mente sólo piensa en volver a su atolón Mili, con sus gaviotas, sus cinco cocoteros y su bendita soledad.
 
 
El suizo Xavier Rosset también decidió abandonar familia, amigos y comodidades para aventurarse durante un año en una isla desierta (Tofua, en las islas Ha’apai, donde solo hay cocos, cerdos salvajes y un volcán) con una navaja suiza, un machete, una videocámara y unos paneles solares para recargar la cámara como único equipaje. El objetivo, grabar un documental y reflexionar sobre nuestra acartonada vida occidental. El reto, aprender a convivir con la soledad y a vivir de la naturaleza (“Al principio fue muy difícil. Tuve que encontrar comida, construirme un techo, aprender a pescar y a cazar”). El resultado, un magnífico documental y, sobre todo, la satisfacción de haberse encontrado a sí mismo en 300 días de absoluta soledad.


El caso del canadiense Harold Hackett es aún más curioso, si cabe. Solitario habitante de Tignish, en la pequeña isla de Prince Edwards, desde 1996 mitiga su falta de compañía humana haciendo amigos de una forma un tanto peculiar: lanzando al océano cientos de botellas de zumo, previamente vaciadas, con cartas en su interior solicitando la amistad del fortuito receptor, como una suerte de facebook a la antigua. Calcula que ha lanzado en estos años unas 4.870 botellas, la mayoría de las cuales han llegado, mecidas por el viento y la marea, hasta lugares tan remotos como Rusia, Islandia, Holanda, Gran Bretaña, Francia e incluso África.
Cuando un nuevo amigo, en cualquier parte del planeta, recibe uno de los mensajes embotellados de Harold, responde a su vez enviando una carta (por correo postal) a su dirección. Cada año recibe cientos de cartas, especialmente en Navidad, y a veces también regalos. Según calcula Harold, debe de llevar más de 3.100 cartas respondidas. “Nunca imaginé que haría tantos amigos”, reconoce. “Cada carta tiene su propia historia. Algunas llegan a varias personas en diferentes países. Otras son tristes. En una de ellas, una señora de Escocia me contaba que sus tres hijos murieron ahogados durante una tormenta”.

En su pequeña isla ya es toda una leyenda entre los pescadores, que a menudo recogen sus botellas entre las redes. Pero a Harold aún le quedan muchos amigos por añadir a su particular “red social”, pues según él mismo reconoce “voy a seguir haciéndolo hasta que muera”. Estaremos atentos en nuestra próxima visita a la playa.

 
Llega el verano. Vacaciones. Descanso, lo llaman. Y uno se pregunta, asumiendo impotente la pronta inmersión en la muchedumbre estival, si acaso no sería la de Joan Rutheford, la de Xabier Rosset o la de Harold Hackett una opción a considerar. Por probar. Nada más.