Mostrando entradas con la etiqueta actor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta actor. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de marzo de 2020

Un talento superdotado. En recuerdo de Philip Seymour Hoffman.



Tal vez sea la de “actor secundario” una de las más injustas definiciones en el mundo del cine. Especialmente si ese “secundario” es un actor del talento, la capacidad expresiva y la singularidad de Philip Seymour Hoffman. Uno de los más grandes de su generación, según los expertos; para el público, la seguridad de que va a asistir a una clase magistral de interpretación, dure lo que dure su papel, le toque víctima o villano, novato en el mundo del porno, escritor estrella o sacerdote empantanado.
Este fin de semana volví a verle en uno de sus grandes papeles -junto a un magnífico e intenso Ethan Hawke-: el ambicioso, vicioso y manipulador Andy Hanson en Antes que el diablo sepa que has muerto, del maestro Sidney Lumet. Y, lo confieso sin pudor, volví a quedarme enganchado a su talento.


Hablando de “secundarios”


Como Seymour Hoffman, muchos son los actores de reparto -o quizá mejor actores de carácter- los que a lo largo de la historia del cine han dotado de prestigio, de intensidad, de personalidad, de presencia a cientos de películas inmortales que, sin ellos, tal vez se habrían quedado en obras menores. ¿Qué habría sido de El Cazador sin Christopher Walken, o de las películas de John Ford sin su elenco de secundarios de lujo (Ward Bond, John Carradine, Victor McLaglen…)? ¿Habría brillado Bogart en El Tesoro de Sierra Madre sin la contrapartida del gran Walter Huston o Joan Fontaine/Rebeca nos habría resultado tan frágil sin la inquietante ama de llaves de Judith Anderson? ¿Y Eva al desnudo sería la obra maestra que es sin el cinismo de George Sanders acechando en bambalinas? ¿Y qué decir del oscuro Batman sin el inconmensurable Joker de Heath Ledger, o el nido del cuco sin la fanática enfermera Louise Fletcher? O cualquier película en la que aparezcan John Goodman o Walter Brennan, por poner dos ejemplos bien distantes en el tiempo.

Auténticos robaescenas que, a menudo, superan con creces al carismático protagonista, pero cuyos nombres casi nunca recordamos. Alejados del “star system”, ellos y ellas son el peso de la película, la médula espinal sobre la que se sostiene la estrella. Actores veteranos provenientes del teatro o del vodevil, o jóvenes con un don extraordinario pero también con un físico peculiar. Sin brillo aparente, no sea que opaquen el fulgor del protagonista. Algunos eternamente encasillados en el mismo rol (¿alguien se imagina a Peter Lorre como honrado granjero de Kentucky?), pero la mayoría con una versatilidad infinita, dotando a los caracteres más variopintos de total credibilidad y naturalidad, ofreciendo verdaderos recitales de Interpretación –con mayúscula- en todos y cada uno de sus papeles (Anthony Quinn, Harvey Keitel, John C. Reilly, Gloria Grahame, Karl Malden, Ian Holm… y tantísimos otros). Atípicos y singulares, sí; geniales e insuperables, sobre todo.



Actor por encima de todo. Incluso de sí mismo


Philip Seymour Hoffman fue uno de esos ‘secundarios’ de lujo. Un tipo físicamente del montón, de carácter aparentemente anodino, pero superdotado de talento para la interpretación, en el cine o en el teatro. Su fórmula: lo único importante es el personaje, no el actor; darlo todo por él; desgastarse emocionalmente hasta vaciarse. “Quiero que el público se acuerde de cualquiera de mis personajes, no de mí. Llevo quince años en esta profesión y he trabajado en grandes películas. La mayor parte de la audiencia conoce mi nombre, pero no mi rostro, y eso es lo más grande para un actor porque quiere decir que me reconocen por mis personajes, no por mi imagen pública”. Un tipo que participó en cuarenta películas en poco más de quince años, rodó con grandes directores y actores, ganó un Oscar y un Globo de Oro y fue nominado unas cuantas veces más, mimado por la crítica y amado por el público y, aun así, prefería el anonimato (“es importante para hacer bien mi trabajo que el público no me reconozca. Es imposible convencer a la audiencia de que eres el personaje que interpretas si conocen al detalle toda tu vida”). Un actor de carácter. Un Actor.


Confeso admirador de Daniel Day-Lewis, Paul Newman, Meryl Streep y Christopher Walken (otro de esos ‘secundarios’ inconmensurables), desde que debutó (y ya despuntó) en un capítulo de la serie Ley y Orden en 1991 y luego en Esencia de mujer, Philip Seymour Hoffman ha tenido tiempo más que suficiente para dejarnos algunas de las interpretaciones más impactantes, enigmáticas y brillantes de los últimos quince o veinte años. El enamoradizo y apocado Scotty J de Boogie Nights (1997, de Paul Thomas Anderson, su director fetiche); el tipo desaliñado y repulsivo aficionado a las llamadas obscenas en Happiness (1998); el enfermero locuaz y altruista Phil Parma, en la extraña e intensa Magnolia (1999); el cínico y amargado crítico musical de esa genialidad autobiográfica de Cameron Crowe que es Casi Famosos (2000); el oscarizado y multipremiado Capote (2005), que bordó hasta la perfección; el agente de la CIA y traficante de armas Gus Avrakotos de La guerra de Charlie Wilson (2007), por el que fue nominado al Oscar; el hermano malvado y drogadicto de Ethan Hawke en la desgarradora y apabullante Antes que el diablo sepa que has muerto (2007); el sacerdote presuntamente pederasta de La Duda, que le dejó otra nominación a Seymour Hoffman y a nosotros más de un memorable tour de force con Meryl Streep (inmensa, también); el aclamado Lancaster Dodd de The Master (2012), junto a otro de los grandes talentos del cine actual, Joaquin Phoenix; y el genial y más que complejo Plutarch Heavensbee de las últimas entregas de Los Juegos del Hambre. Su último papel, A Most Wanted Man, estrenada tras su muerte.


“Se fue demasiado pronto” fue la expresión más repetida tras su muerte repentina, la noche del 2 de febrero de 2014, por sobredosis de heroína (una adicción de la que nunca supo curarse, por más que lo intentó). Un final abrupto y sorprendente que nos dejó hondamente compungidos a todos aquellos que admirábamos su talento. Un talento que, por fortuna, ha quedado inmortalizado en un buen puñado de grandes películas, agigantadas gracias a su presencia, por muy “secundaria” que ésta fuese.  



Hace ya seis años que nos dejó. Y echamos mucho de menos las películas que no le dio tiempo a hacer, los papeles que no llegó a interpretar, los personajes que su muerte prematura le impidió encarnar. Sólo queda decir, pues, descansa en paz, Philip. Y, como escribí aquel fatídico día: espero que llegues al cielo media hora antes de que el diablo sepa que has muerto. Slainte!



lunes, 22 de abril de 2019

Jack es mucho Jack



La noticia corrió por internet como la pólvora hace unos años; o, por ser más exactos, a la velocidad de una bala del nueve largo directa al pecho de una vertiginosa rubia. El disparo letal fue presuntamente efectuado por un insider de Hollywood: “Jack se ha retirado. Hay una sola razón detrás de su decisión, y es la pérdida de memoria”. A sus 76 años, la cabeza del actor al parecer ya no retenía los guiones que le enviaban (su última película, ¿Cómo sabes si...?, es de 2010), lo mismo que su próstata tampoco retenía los líquidos como debiera en Cuando menos te lo esperas. Pero Jack es mucho Jack, y el desmentido —contundente aunque anónimo— llegó en el siguiente acto: Jack Nicholson sigue vivo, y coleando. Y uno, que conoce a Jack desde la imberbe adolescencia (y eso que me estrené con la infausta Missouri), lo primero que pensó es que esto no ha sido más que una astucia, genial y oportunista, del alter ego —nada loco— del indomable McMurphy. Un grito cínico y categórico, a medio camino entre la amenaza y la carcajada, como diciendo: “¡Eh, estoy aquí! Soy Jack, el poderoso Jack, el sonriente Jack, el carismático Jack; el actor más nominado de la historia del cine. ¿Has bailado alguna vez con el diablo a la luz de la luna? Pues ése soy yo. En persona y en estatuilla. ¿No tendrás un guioncito por ahí, eh? Otro tío Oscar para papi…”

Sí, Jack es mucho Jack. Hijo de bígamo y show girl, entró en esto del cine muy jovencito por la puerta oscura y genial de Roger Corman, al servicio del genio de Edgar Alan Poe y otras siniestras compañías. Allí aprendió el oficio, del cine y del ahorro. Pero fue en 1969, fecha histórica, el año de su estreno en la celebridad, junto a sus colegas de carretera, viajes lisérgicos y contracultura Peter Fonda y Dennis Hopper, a ritmo de Steppenwolf, Hendrix y Dylan, en la mítica Easy Rider. Fue su primera nominación de doce; algo que puede parecer exagerado echando un vistazo fugaz a su irregular carrera (hay malas y muy malas películas en su filmografía), pero no tanto si nos detenemos en algunas de ellas, verdaderas obras maestras del cine y auténticas lecciones magistrales de interpretación.


Por ejemplo Jake Gittes, el detective cínico e irreverente de Chinatown (1974), que ve su plácida y rutinaria existencia convertida en una espiral de violencia, mentiras, corruptelas e incluso incesto por mor de una rubia fatal con los ojos y los labios de Faye Dunaway. Una obra perturbadora de Roman Polansky, inscrita con mayúsculas en la mejor tradición del cine negro; y un trabajo memorable de Nicholson, a pesar de su nariz rajada (por el propio Polansky-actor) y vendada durante casi todo el film. Un parche que no hizo sino potenciar su mirada cargada con bala.

Otro ejemplo: su inolvidable y conmovedor rebelde con causa R. P. McMurphy, de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975); el simpático, el patán, el revolucionario, el desafiante, el inconformista, el refrescante, el cuerdo McMurphy y su camarilla de locos adorables (especial mención a los debutantes Brad Dourif y Christopher Lloyd) y su inseparable gigantón (no)sordomudo Jefe Bromden ("Mi padre sí era un hombre fuerte. Era como tú. Y por eso no le dejaban en paz") y esa malvada bruja de bata blanca fanática del orden establecido que bordó Louise Fletcher (de Oscar, lo mismo que Nicholson, Forman, la película y el guión); probablemente la mejor interpretación de Jack y de todos los que participaron en esa maravillosa oda al desorden vivificante y liberador que, como no podía ser de otro modo, tiene un final desolador y esperanzador a un tiempo.


Jack es mucho Jack, sí. Por eso no requiere necesariamente un papel protagonista para merendarse él solito toda una película, por ejemplo el juguetón Joker de Batman, o el imponente Coronel Nathan R. Jessup de Algunos hombres buenos (Rob Reiner, 1992) donde, además de merendarse la película, se desayuna a Tom Cruise con un par de huevos crudos; le bastan apenas unos minutos de tenso, electrizante, medido y espectacular monólogo, sin un gesto más allá de su voz y su mirada (¡qué voz, qué mirada!), manteniendo el tipo ante la cámara fija con la misma sangre fría que Jessup ante 15.000 soldados cubanos entrenados para matarle; un momento mayúsculo, épico, que ha quedado para la historia (“¡Tú no puedes encajar la verdad! (…) Tú no quieres la verdad porque en zonas de tu interior de las que no charlas con los amiguetes, me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro…”). ¡Buff!

Bastante más histriónico y desmadrado está Jack Nicholson como el otro Jack, Torrance, en la claustrofóbica obra de Kubrick/King El resplandor (1980), una de sus películas más populares aunque no necesariamente de las mejores; sí, quizá, la imagen más icónica y recordada del actor: esa demencial sonrisa en ese rostro desencajado tratando de atravesar la puerta del cuarto de baño, hacha en mano, dispuesto a descuartizar a su señora después de haber llenado cientos de folios con la letanía febril “All work and no play makes Jack a dull boy”. ¡Qué mala es la falta de inspiración!


Hay, claro, muchas otras interpretaciones memorables, en el drama, en el terror, en el cine negro, en la comedia (El honor de los Prizzi, La fuerza del cariño, El cartero siempre llama dos veces, Tallo de hierro, Hoffa, Mejor… imposible, Blood and Wine, Mars Attacks, o el genial “diablillo cachondo” de Las brujas de Eastwick). Tal vez, de las últimas, la más destacable sea el violento, psicótico y amoral mafioso Frank Costello que Jack borda en esa otra gran obra maestra del genio Scorsese, Infiltrados (2006). Un macabro juego de traiciones e intrigas salpicado de tanta sangre como de humor negro, que vibra al ritmo diabólico de los Stones; un ambiente sórdido en el que Nicholson se mueve como piraña en el agua… o como cartero en la mesa de la cocina de Jessica Lange.


Jack sigue vivo y con ganas de pelea, estoy firmemente convencido. Esperando aún su mejor interpretación. Pero en una industria en la que “las grandes productoras están dirigidas por jóvenes que no saben quién fue Billy Wilder” (Jack dixit), tal vez su genialidad tarde en encontrar un proyecto a su altura. Mientras, seguiremos deleitándonos con esa sonrisa cínica bajo esas cejas desafiantes que asoman tras sus eternas gafas oscuras, en la primera fila del Staples Center, sentado junto al banquillo de sus admirados Lakers. Genio y figura. 


viernes, 11 de octubre de 2013

JACK ES MUCHO JACK. Un recorrido por la sonrisa y las cejas de Jack Nicholson


Hace unas semanas, la noticia corrió por internet como la pólvora; o, por ser más exactos, a la velocidad de una bala del nueve largo directa al pecho de una femme fatale rubia y sinuosa: "Jack se ha retirado. Hay una sola razón detrás de su decisión, y es la pérdida de memoria”. Pero Jack es mucho Jack, y el desmentido —contundente aunque anónimo— llegó en el siguiente acto: Jack sigue vivo, y coleando. Y uno, que conoce a Jack desde la imberbe adolescencia (y eso que me estrené con la infausta Misouri), lo primero que pensó es que esto no ha sido más que una astucia, genial y oportunista, del alter ego —nada loco— del indomable McMurphy. Un grito cínico y categórico, a medio camino entre la amenaza y la carcajada, como diciendo: “¡Eh, estoy aquí! Soy Jack, el poderoso Jack, el sonriente Jack, el carismático Jack; el actor más nominado de la historia del cine…”
 
Sí, Jack es mucho Jack. Hijo de bígamo y show girl, entró en esto del cine muy jovencito por la puerta oscura y genial de Roger Corman, al servicio de Poe y otras siniestras compañías. Allí aprendió el oficio, del cine y del ahorro. Pero fue en 1969, fecha clave en la historia americana, el año de su estreno en la celebridad, junto a sus colegas de carretera, viajes y contracultura Peter Fonda y Dennis Hopper, a ritmo de Steppenwolf, Hendrix y Dylan en la mítica Easy Rider. Fue su primera nominación de doce; algo que puede parecer exagerado echando un vistazo fugaz a su irregular carrera (hay malas y muy malas películas en su filmografía), pero no tanto si nos detenemos en algunas de ellas, verdaderas obras maestras del cine y auténticas lecciones magistrales de interpretación. Por ejemplo Jake Gittes, el detective cínico e irreverente de Chinatown (1974), que ve su plácida y rutinaria existencia convertida en una espiral de violencia, mentiras y complicaciones de todo tipo por mor de una rubia fatal con los ojos y los labios de Faye Dunaway. Una obra perturbadora de Roman Polansky, inscrita con mayúsculas en la mejor tradición del cine negro; y un trabajo memorable de Nicholson (también de John Huston), a pesar de su nariz rajada (por el propio Polansky-actor) y vendada durante casi todo el film.
 
Por ejemplo su inolvidable y conmovedor rebelde con causa R. P. McMurphy, de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975); el simpático, el patán, el revolucionario, el desafiante, el inconformista, el refrescante, el cuerdo McMurphy y su camarilla de locos adorables (especial mención a los debutantes Brad Dourif y Christophert Lloyd) y su falso sordomudo y entrañable Jefe Bromden ("Mi padre sí era un hombre fuerte. Era como tú. Y por eso no le dejaban en paz") y esa malvada bruja fanática del orden establecido que bordó Louise Fletcher; probablemente la mejor interpretación de Jack y de todos los que participaron en esa maravillosa oda al desorden vivificante y liberador que, como no podía ser de otro modo, tiene un final tan desolador como esperanzador.
 
Jack es mucho Jack. Por eso no necesita un papel protagonista, por ejemplo el Joker del Batman de Tim Burton (1989); o el Coronel Nathan R. Jessup de Algunos hombres buenos (Rob Reiner, 1992), para merendarse la película entera, Tom Cruise incluido; le bastan apenas unos minutos de tenso, electrizante, medido y espectacular monólogo, sin un gesto más allá de su voz y su mirada (¡qué voz, qué mirada!), manteniendo el tipo con la misma sangre fría que ante 15.000 soldados cubanos entrenados para matarle; un momento mayúsculo, épico, que ha quedado para la historia (“¡Tú no puedes encajar la verdad! (…) Tú no quieres la verdad porque en zonas de tu interior de las que no charlas con los amiguetes, me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro…”).

Bastante más histriónico y desmadrado está Jack Nicholson como el otro Jack, Torrance, en la claustrofóbica obra de Kubrick/King El resplandor (1980), una de sus películas más populares aunque no necesariamente de las mejores; sí, quizá, la imagen más icónica y recordada del actor: esa demencial sonrisa en ese rostro desencajado tratando de atravesar la puerta del cuarto de baño, hacha en mano, dispuesto a descuartizar a su señora después de haber llenado cientos de folios con la letanía febril “All work and no play makes Jack a dull boy”. ¡Qué mala es la falta de inspiración!
Hay muchas otras interpretaciones memorables, en el drama, en el terror, en el cine negro, en la comedia (El honor de los Prizzi, La fuerza del cariño, Tallo de hierro, Hoffa, Mejor… imposible, Blood and Wine, Mars Attacks, o el “diablillo cachondo” de Las brujas de Eastweek). Tal vez, de las últimas, la más destacable sea el violento, psicótico y amoral mafioso Frank Costello de esa otra gran obra maestra del genio Scorsese que es Infiltrados. Un macabro juego de traiciones e intrigas salpicado de tanta sangre como humor negro, que vibra al ritmo diabólico de los Stones; un ambiente sórdido en el que Nicholson se mueve como piraña en el agua… o como cartero sobre la mesa de la cocina de Jessica Lange.
 
Jack sigue vivo y con ganas de pelea, estoy firmemente convencido. Esperando aún su mejor interpretación. Pero en una industria en la que “las grandes productoras están dirigidas por jóvenes que no saben quién fue Billy Wilder” (en sus propias palabras), tal vez su genialidad tarde en encontrar un proyecto a su altura. Mientras, seguiremos deleitándonos con esa sonrisa cínica bajo esas cejas desafiantes que asoman tras sus gafas oscuras, en la primera fila del Staples Center, sentado junto al banquillo de sus admirados Lakers. Genio y figura.