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domingo, 13 de septiembre de 2020

Maestros de cine. Un homenaje a los buenos profesores de siempre.



Aprovechando que estos días estamos terminando el curso en toda España, vaya ahora mi rendido homenaje a todos los profesionales de la enseñanza, desde los educadores infantiles a los catedráticos, que en estos tiempos de pandemia e incertidumbre también tienen lo suyo. Un homenaje merecido, desde luego, por lo que los maestros —los buenos maestros— representan para la sociedad. Por lo que hicieron por nosotros, y por lo que ahora hacen por nuestros hijos, en unas condiciones que desde luego no son las ideales. Aunque casi nunca lo son. Me llegan también los propios recuerdos, envueltos en nostalgia, de aquellos profesores que nos dejaron huella en nuestra lejana adolescencia. Buenos maestros que, además de saber, sabían enseñar. Y sabían inspirar. Algunos de ellos en clase; otros, en el cine.


El tema de la educación (en el colegio, instituto o high school; como drama, comedia o musical) es un género recurrente en la historia del cine. No todas las películas son buenas, claro; ni siquiera reseñables. Pero hay un selecto puñado que, además de sacar sobresaliente en Cine, han llegado a marcar a más de una generación de espectadores que en ellas vieron reflejadas sus propias experiencias escolares y vitales. Las buenas, claro. Decía el autor –y célebre inspirador- William A. Ward, “El profesor mediocre dice. El profesor bueno explica. El profesor superior demuestra. El profesor excelente inspira”. Pues a eso vamos, a recordar a unos cuantos de esos excelentes maestros de cine, inolvidables, imprescindibles, inspiradores; que no vendría mal, por cierto, recuperar en estos tiempos aciagos para la educación (en su sentido amplio).

Uno de los más entrañables, queridos y recordados es el carismático Mister Chips, Chipping para los alumnos y colegas de Brookfield. Un personaje que es el paradigma de la vocación abnegada, del amor sin fisuras a la enseñanza, del maestro que se debe a sus alumnos y a ellos se entrega durante 58 años, forjando hombres a partir de niños. Sin gritos ni autoritarismo, a pesar de lo que de él se espera (“Hace falta carácter y valor. Si no sabe ejercer la autoridad, creo que, como todo joven, debería preguntarse seriamente si quizá no habrá equivocado su vocación”); sino desde el ejemplo, desde la humildad y la bondad, desde la inquebrantable rectitud moral.


A lo largo de seis décadas, Mr Chips ha ido dejando una profunda huella en la institución y en todos cuantos ha pasado por ella; primero es blanco de burlas, debido a su timidez y tono pausado, pero pronto sus métodos de enseñanza y su personalidad se ganan el respeto merecido. Es el amigo que nos guiña un ojo ante una falta leve, pero también es implacable si la falta compromete a los demás. Comparte su vida con los alumnos, con ellos vive guerras, revoluciones, conflictos emocionales, alegrías y duelos (la muerte repentina de su esposa; y la de numerosos pupilos, a causa de la guerra), pero Chipping se debe a su trabajo, a su pasión, que sigue ejerciendo hasta el final, cuando ya la soledad, la melancolía y la vejez han ido ganando terreno y la vida se le escapa.

Una obra inspiradora, sin duda, Adiós Mister Chips y probablemente la película que inauguró el género en 1939, junto con Forja de hombres, un año antes. Aunque en este caso el buen maestro no es un profesor, sino un sacerdote, el padre Flanagan; y no forja hombres en una escuela convencional, sino en un hospicio que acoge a niños sin hogar y muchachos conflictivos que malviven en las calles. Uno de los más memorables personajes de Spencer Tracy, basado en el fundador de La Ciudad de los Muchachos, que resulta toda una lección de tolerancia, comprensión y buenismo bien entendido (“No hay ningún chico malo” es su lema).

Conflictivos son también los alumnos de Semilla de Maldad, que además de inmortalizar el Rock Around The Clock de Bill Halley, y con él dar fecha de nacimiento oficial al Rock and Roll (25 de marzo de 1955), fue también el primer papel de peso de Sidney Poitier y una de esas películas imprescindibles para tratar de entender a la juventud de la posguerra. Glenn Ford interpreta a un veterano de guerra, Richard Dadier, que comienza una nueva vida como profesor de instituto en un barrio conflictivo de una ciudad cualquiera; trata desesperadamente de conectar con sus alumnos, una variada fauna de marginados, rebeldes sin causa y potenciales delincuentes, liderados por Gregory Miller (Poitier). El profesor choca de lleno no sólo contra la indiferencia de los alumnos, los conflictos raciales y la violencia, sino también con el desinterés de los otros profesores y su propia soledad. Pero poco a poco, con paciencia, con tesón, con astucia, se va ganando el respeto de los jóvenes, que en el fondo andan perdidos tratando de hallar una luz que les guíe. Dadier sólo pretende que esos chicos que "están a su cargo", muestren y sientan un atisbo de ganas por aprender, hacer de ellos hombres y mujeres de provecho. Sólo eso.


Doce años después, por una de esas carambolas de los castings (o no), el que fuera alumno marginal (Sidney Poitier) se transforma en profesor novato de instituto conflictivo en Rebelión en las aulas (1967), ahora en un suburbio londinense en plena revolución pop. Mark Thackeray se da cuenta de que sus estudiantes están bastante más necesitados de lecciones de vida que de lecciones académicas; de comprensión que de mano dura (la violencia ya la tienen en casa); de empatía que de disciplina. Al final, el respeto y el sentido común se imponen y alumnos y profesor reciben su premio: ellos, un sentido a su vida; Thackeray, una emotiva fiesta de despedida (quizá demasiado idílica para ser real) en la que sus jóvenes descarriados le muestran su agradecimiento y su cariño sin fisuras (el título original es To Sir, With Love).

No precisamente marginados son los estudiantes de la elitista y conservadora Welton, cuyos valores fundacionales “tradición, honor, disciplina, grandeza” no han sido jamás cuestionados. Hasta que asoma por la puerta el profesor Keating (Robin Williams), cuyo amor por la poesía, su rechazo a los convencionalismos y sus inspiradores métodos de enseñanza logran impactar de tal modo en sus alumnos que cambia radicalmente no sólo su estancia en el colegio sino, sobre todo, sus vidas. Trágicamente para algunos. Los jóvenes adoptan la pasión por la poesía de su maestro y su filosofía vital (“carpe diem”, aprovecha el momento); descubren en su interior recovecos cuya existencia ni siquiera sospechaban (valentía, talento, compromiso, rebeldía… ¡Nuwanda!); viven una aventura transgresora con la plena intensidad de su juventud; y, por encima de todo, experimentan la libertad, frente a padres, profesores y sociedad. Ya lo dijo San Agustín: “Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan”.

Para algunos, El club de los poetas muertos puede resultar una película tramposa y su liberal y liberador maestro un cepo para mentes cándidas. Tal vez. Pero en realidad, lo que Keating pretende no es otra cosa que mostrar la grandeza de la Poesía como un arte lleno de vida, no de letras superpuestas; él está ahí para inspirar, no para reprimir; para invitar a sus discípulos a vivir sus sueños, a no desechar sus ilusiones antes de tiempo. Dentro de una reglas, claro (“hay que usar la razón y tener la capacidad de anticiparse a las consecuencias”, les advierte); líneas que los alumnos, impulsados por su propia juventud (resorte indomable), deciden saltarse por su cuenta y riesgo. Keating es revolucionario porque es librepensador, porque va más allá, porque crea discípulos donde antes sólo había estudiantes, porque dice a los chicos “Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color, pues pronto se marchitarán. La medicina, el derecho, la ingeniería... son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos”. Y eso, en Welton, se castiga severamente.


El club de los poetas muertos es una de esas películas que marcó a toda una generación e inspiró a millones de imberbes poetas que aún no sabían que lo eran. Otro buen maestro que hizo lo propio, pero desde las artes marciales, fue el sabio señor Migayi de Karate Kid. Una película floja, quizás, pero nos enseñó una valiosa lección: que la integridad, el honor, el esfuerzo, el valor, la nobleza forjan el verdadero carácter; y que ser buena persona es más importante que alcanzar el éxito. También nos enseñó que los adolescentes han de aprender cosas que a veces no entienden hasta pasado un tiempo (como “pulir cera, dar cera”). Más emotiva y memorable es Profesor Holland, en la que un brillante pianista y compositor ha de ganarse el pan impartiendo clases de música en un colegio de Portland. Lo que logra, más allá de enseñar a leer una partitura, es hacer de la vida de sus alumnos algo extraordinario; y la suya también (“Enseñar es aprender dos veces”). A lo largo de 30 años de entrega total a sus discípulos, a su familia (tiene un hijo sordo de nacimiento) y a su sueño (componer una sinfonía), el maestro descubre que su ‘obra’ más importante (el título original es Mr Holland’s Opus, ‘La obra de Mr. Holland’) en realidad ha sido más humanista que musical, más vital que académica y, desde luego, más coral que instrumental.

Lo mismo que la obra del “vigilante en paro, músico fracasado” Clément Mathieu, el bonachón y sensible profesor de Los chicos del coro, que se enfrenta a los métodos represores del director de un lúgubre internado (“Acción-reacción. Si hoy no es culpable lo habría sido mañana”) y le demuestra, con hechos (un maravilloso coro de angelitos), que la prepotencia, la crueldad y el castigo no son buenos métodos educativos; y que la música es un medio excepcional para extraer lo mejor de las personas, e incluso trasformar el mundo.

Con perseverancia y con amor todo se puede. Como demuestra también Miss Stubbs en la reciente –y magnífica- An Education, cuando recupera a su alumna favorita, Jenny, tras haber estado a punto de desperdiciar su vida por culpa de un enamoramiento imposible, que la arrastraba hacia el desastre y la alejaba de su sueño (la Universidad de Oxford). Nadie dijo que la adolescencia fuera fácil. Por eso es importante contar con una tabla de salvación en el momento preciso, una mano tendida que en realidad siempre ha estado ahí: “—Señorita Stubbs, necesito su ayuda. —No sabes cuánto esperaba que dijeras eso”.

Vocación admirable y dedicación inagotable la de todos los maestros —reales o ficticios, nuestros o de nuestros hijos— que merecen, cuando menos, un infinito agradecimiento. Y acaso también encaramarnos a nuestros pupitres y reconocer, ahí erguidos y en emocionado silencio, todo lo bueno que aprendimos de ellos. Especialmente fuera de la pizarra.

martes, 12 de mayo de 2020

Katharine Hepburn: espíritu indomable con estilo propio


No es fácil definir con palabras a alguien de la dimensión, de la grandeza, de la inalcanzable perfección de Katharine Hepburn. Tal vez quien más se acercó fue el director Frank Capra tras dirigirla en El Estado de la Unión (1948): “Hay mujeres y mujeres, y luego está Kate. Hay actrices y actrices, y luego está Hepburn”. Y en efecto, como mujer fue única, vital, expansiva, indomable y absolutamente independiente; sofisticada y elegante; desafiante y combativa; Kate. Como actriz fue sublime, fascinante, intensa, expresiva, natural; fue divertida y extravagante; fue disciplinada y valiente; fue generosa con sus compañeros, exigente consigo misma (“trabajaba, trabajaba y trabajaba hasta que todos desfallecían” afirmó Stanley Kramer); fue –es- la actriz con más Oscars en su haber (cuatro) más ocho nominaciones. Fue… Hepburn.




Katharine, Kate, Jimmy (sí, a los ocho años decidió que por qué no podía llamarse Jimmy) fue una pelirroja indomable, criada en un ambiente liberal, culto y combativo (su madre era sufragista), que estudió en los mejores colegios privados y se codeó con la flor y nata de la alta sociedad norteamericana, política e intelectualmente hablando. Inconformista y rebelde por naturaleza, decidió desde muy temprana edad que ella no iba a ser como las demás mujeres y que, por tanto, tampoco iba a vestir como ellas. Así, en una época en la que la feminidad suponía llevar vestidos, ella desafió al stablishment vistiendo pantalones. Su marca de la casa se convirtió en su declaración de independencia y, de paso, creó un nuevo estilo, tan único como su creadora. Un casual chic de cuidado desaliño (perfectamente despeinada y con un imperdible como cierre en su abrigo de tweed, por ejemplo), estudiada ambigüedad y prendas sport hechas a medida que le sentaban maravillosamente. Tenía clase; su propia clase.

Su legendaria aversión a las faldas no era sino una batalla intelectual contra los arquetipos femeninos de su tiempo; los pantalones de perneras holgadas, los chaquetones de manga ancha y las camisas remangadas, estilo tomboy, le proporcionaban la libertad -de movimiento y de comportamiento- que definían su carácter tanto como su estilo. Muy femenino, eso sí (usaba pantalones pero derrochaba feminidad); y muy suyo. Un estilo pionero de dama moderna independiente que se adelantó a su época en unos cuantos años. Y que no abandonó hasta el final de sus días.
Su interés por la moda se extendía también a su trabajo —aparte de interpretar a la mismísima Coco Chanel en el musical Coco (1969)—, involucrándose en el vestuario de las películas en las que actuó, en muchas ocasiones diseñado por los más renombrados creadores de la época. Fue necesariamente masculina en El Viaje de Silvia, sofisticada y frágil (como una diosa de hielo) en Historias de Filadelfia, majestuosa en El león en invierno, elegante y atolondrada en La fiera de mi niña, excesiva y barroca en La loca de Chaillot, multideportiva en La impetuosa, sobria y sensual (según tocara sala o casa) en La costilla de Adán, madura y moderna de cuello Mao en Adivina quién viene esta noche, aristocrática desafiante, muy ella, en Vivir para gozar

Katharine Hepburn tampoco fue una típica star de Hollywood. No participaba en las fiestas ni premieres, odiaba a la prensa (a la que trataba con indisimulado desdén) y evitaba a sus fans. No acudió a recoger ninguno de los oscars que ganó (Gloria de un día,1933, Adivina quién viene esta noche, 1967, El león en invierno,1968, En el estanque dorado, 1981), ni atendió a sus otras ocho nominaciones. Pero es, para muchos, la mejor actriz de la historia del cine, y parte del teatro. A lo largo de su extensísima carrera (desde su primera película, Doble Sacrificio, en 1932, hasta la última, Un asunto de amor, en 1994) nos ha regalado alguna de las interpretaciones más memorables e inmortales del séptimo arte, con una versatilidad que muy pocas actrices –si hay alguna- han logrado alcanzar. Nadie ha brillado como ella en el drama histórico y en la comedia disparatada, en el romance sofisticado y en la aventura desbordada, en la adaptación más teatral y en el puro teatro. Y nadie engrandeció como ella a sus compañeros de reparto, que a su lado llegaron a cotas a las que quizá no habían llegado antes, ni después: Cary Grant (Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña), Humphrey Bogart (La Reina de África), James Stewart (Historias de Filadelfia), Henry Fonda (En el estanque dorado), John Wayne (El rifle y la Biblia), Peter O’Toole (El león en invierno)… y, claro, Spencer Tracy. Spence. La costilla de Kate.

            Su costilla en el cine, sí (formaron la pareja que científicamente tenía más química en la pantalla, según la Royal Society of Chemistry); pero por encima de todo, en la vida real. Ambos se conocieron en 1941, durante el rodaje de La Mujer del Año. “Me temo que soy un poco alta para usted, señor Tracy” dijo Kate, al ser presentados; “No se preocupe, señorita Hepburn –respondió él— La rebajaré hasta dejarla a mi altura”. Ella, una señorita culta, de la alta sociedad, liberal, deportista, independiente y rebelde. Él, irlandés “hasta las uñas”, católico y convencional, terco, autoritario, alcohólico y mujeriego. A priori, no parecían la pareja perfecta, precisamente. Y sin embargo, desde aquella primera vez, trabajaron juntos en otras ocho películas, algunas tan memorables como La Costilla de Adán, La impetuosa o El Estado de la Unión; y desde aquel primer encuentro, vivieron una historia de amor de 27 años, lleno de trabas y de complicidad a un tiempo. Un amor no consumado, discreto y autocensurado (él estaba casado y sus convicciones católicas le impedían divorciarse), pero tan entregado, tan honesto, tan devoto y tan fiel que sólo pudo separarles la muerte.


Precisamente, fue en su última película juntos donde esas cotas de complicidad en el escenario y en la vida real alcanzan su máximo más absoluto (una cima que nadie ha alcanzado jamás en la pantalla). Adivina quién viene esta noche no es sólo una gran película, es, además, la última película que compartieron Tracy y Hepburn. Y ambos lo sabían (él estaba ya muy enfermo y murió apenas dos semanas después). Por eso, el mítico discurso final de Matt Drayton, su personaje, trasciende la película y se convierte en la declaración de amor más sinceramente conmovedora de la historia del cine, porque cada palabra, cada mirada (esa mirada de diez eternos segundos), cada sonrisa, estaba dedicada no a Christine Drayton, sino a Katharine Hepburn. Por su parte, ella, Kate, la indomable, la rebelde, nos regala su definición de Amor en su autobiografía (“Me”) y, de paso, nos desvela el secreto de esa relación que no siempre fue entendida ni comprendida: «’Te amo’ quiere decir que te pongo a ti y tus intereses y comodidad por encima de mis intereses y mi comodidad porque te amo. El Amor no tiene nada que ver con lo que esperas recibir, sino con lo que esperas dar… que es todo. Si tienes mucha suerte, tal vez te correspondan. Eso es delicioso, pero no sucede necesariamente (…) Pasamos juntos 27 años en lo que para mí era una situación de felicidad total. Se llama Amor».


Katharine Hepburn murió en 2003 a los 96 años, tras haber superado el cáncer y haber sufrido el mal de Parkinson durante largo tiempo. Supo envejecer con la misma independencia, con la misma energía y con el mismo espíritu rebelde con que vivió durante toda su vida. Nunca dejó de ser ella misma. Y nunca, nunca dejó de llevar los pantalones.  

martes, 14 de febrero de 2017

Spencer, la costilla de Kate


Fue uno de los más grandes actores de todos los tiempos (el más grande, para muchos). Fue paradigma de la naturalidad, de la contención expresiva, de la honestidad ante las cámaras, de la sobriedad de gestos (nadie decía tanto con tan poco); dominó la comedia y el drama, estuvo soberbio en el western y tan creíble en la aventura como el que más; fue juez en Nuremberg y periodista cínico y viejo pescador y pescador intrépido y abogado de Darwin y víctima furiosa y cura forjador de hombres y político en retirada y padre de la novia y suegro interracial y Edison y Dr. Jekyll y Mr. Hyde y simplemente Adán de su costilla. Hablamos, claro, de Spencer Tracy. El gruñón entrañable, el borracho irlandés, el adúltero enamorado, el apasionado indomable, el americano medio que estuvo muy por encima de la media.



Fue muchas cosas y casi todas buenas. Pero, sobre todo, fue la costilla de Katharine Hepburn. En el cine, sí (formaron la pareja que científicamente tenía más química en la pantalla, según la Royal Society of Chemistry); pero por encima de todo, en la vida real. Ambos se conocieron en 1941, durante el rodaje de La Mujer del Año. “Me temo que soy un poco alta para usted, señor Tracy” dijo Kate, al ser presentados; “No se preocupe, señorita Hepburn –respondió él— La rebajaré hasta dejarla a mi altura”. Ella, una señorita culta, de la alta sociedad, liberal, deportista, independiente y rebelde. Él, descendiente de irlandeses, católico y convencional, terco, autoritario, alcohólico y mujeriego. A priori, no parecían la pareja perfecta, precisamente.
Y sin embargo, desde esa primera vez, trabajaron juntos en otras ocho películas, algunas tan memorables como La Costilla de Adán o El Estado de la Nación; y desde ese primer encuentro, vivieron una historia de amor de 26 años, lleno de trabas y de complicidad a un tiempo. Un amor no consumado, discreto y autocensurado (él estaba casado y sus convicciones católicas le impedían divorciarse), pero tan entregado, tan honesto, tan devoto y tan fiel que sólo pudo separarles la muerte.

Precisamente, fue en su última película juntos donde esas cotas de complicidad en el escenario y en la vida real alcanzan su máximo más absoluto (una cima que nadie ha alcanzado jamás en la pantalla). Adivina quién viene esta noche no es sólo una gran película, magníficamente dirigida por Stanley Kramer, con un guión perfecto (ganador del Oscar), con memorables actuaciones de todo el reparto (Sidney Poitier está inmenso) y que trata con inteligencia, humor y abundantes dosis de sentido común el problema de las relaciones interraciales en una época convulsa (“Sois dos seres maravillosos, que os habéis enamorado y que, en definitiva, sólo tenéis un simple problema de pigmentación”). Es, además, la última película de Spencer Tracy, su legado póstumo. Y, lo que es casi más importante, la última película que compartieron Tracy y Hepburn. Y ambos lo sabían (él estaba ya muy enfermo; precisamente los últimos 5 años Kate había abandonado el cine para dedicarse exclusivamente a cuidar a Spencer). Por eso, el mítico discurso final de Matt Drayton, su personaje, trasciende la película y se convierte en la declaración de amor más sinceramente conmovedora de la historia del cine, porque cada palabra estaba dedicada no a Christine Drayton, sino a Katharine Hepburn:


La señora Prentice dice que igual que su marido, sólo soy un trasto viejo y acabado que ya ni remotamente recuerdo lo que es querer a una mujer como su hijo quiere a mi hija… Por extraño que parezca, esa es la primera acusación de entre las que hoy se me han hecho que puedo rechazar de plano (leve mirada de Spencer a Kate, ella con los ojos brillantes). Porque está usted equivocada, equivocada a más no poder… Sé exactamente lo que él pueda sentir y no hay nada, absolutamente nada de lo que su hijo sienta por mi hija que yo no sintiera por Christine. Viejo sí; acabado, sin duda. Pero puedo asegurarle que mis recuerdos siguen vivos, claros, intactos, indestructibles. Y seguirán vivos aunque llegue a 110 años. Lo único que importa son sus sentimientos y hasta qué punto se quieren el uno al otro (Spencer hace una pausa; Kate, en segundo plano, profundamente emocionada). Aunque sea la mitad de lo que nosotros nos quisimos… es suficiente”.

Y en este instante, él se queda mirando fijamente a Katharine, que tiene los ojos llorosos fijos en los suyos, y le dedica una leve sonrisa y un guiño de infinita complicidad. Durante todo este lapso, que dura 10 larguísimos segundos, el tiempo se detiene y sólo existen ellos dos. No hay cámaras, ni actores, ni director, ni técnicos; no hay actuación. Esos 10 segundos de mirada profunda y cómplice resumen una historia de 26 años.

Dos semanas después de finalizar la película, Spencer Tracy se levantó de madrugada para prepararse un té caliente; Katharine oyó el golpe de la taza haciéndose añicos contra el suelo. Spencer había sufrido un ataque al corazón; murió en los brazos de Kate. Era el 10 de junio de 1967. En el funeral por el alma de Spencer Bonaventure Tracy, celebrado en la iglesia del Inmaculado Corazón de María, estuvo presente todo Hollywood para despedir a una de sus grandes estrellas y dar el pésame a sus hijos y a su viuda, Louise Treadball Tracy. Mientras, Katharine Hepburn, a solas con su dolor, permanecía encerrada en su casa, por respeto a la mujer legal de Spencer.
Ella ganó el Oscar por su actuación, que dedicó al amor de su vida: “Siento como si se lo hubiera robado a Spencer”. Aunque nunca se atrevió a ver la película, pues, según confesó, le traía recuerdos demasiado tristes, demasiado profundos, demasiado dolorosos. Había perdido mucho más que su costilla.



Pero Spencer Tracy no murió del todo. Aún le quedaba una última película, una interpretación magistral 32 años después de su muerte: Carl Fredricksen, el viejo gruñón y entrañable de ‘Up’, cuyo único deseo es cumplir la última voluntad de su mujer, de su amor, Ellie, llevando en globo su casa hasta el paraíso que ella había soñado. Un homenaje póstumo a la altura del mito.

Os dejo el monólogo final de Spencer Tracy en Adivina quién viene esta noche, sin duda una de las escenas más emotivas y románticas de la historia del cine. Y de la vida real. Siempre me saca una lágrima o dos...



sábado, 1 de octubre de 2016

Vencedores o vencidos: justificando lo injustificable

Como los grandes acontecimientos de la Historia, las grandes películas no están adscritas a su tiempo, sino que están en permanente vigencia. Porque no se limitan a contar extraordinariamente una historia, también nos invitan a reflexionar sobre la esencia misma del hombre y de sus porqués. Hace ya 75 años que comenzaron los juicios de Nuremberg,  y hace 60 una obra maestra nos invitaba a reflexionar sobre la conveniencia de que hubiera o no vencedores y vencidos tras la caída del nazismo. Un planteamiento que se ha venido repitiendo a lo largo de estas décadas en diversos entornos y con muy variadas excusas (políticas, económicas, religiosas, raciales…).



A casi de 60 años del estreno de esa gran obra del cine -aunque nació para la televisión- que es ¿Vencedores o vencidos? (Judgement at Nuremberg, 1961), no viene mal recordar la lección que nos mostró la magistral película de Stanley Kramer. Una lección tan actual y tan necesaria hoy como en la época en que aconteció. ¿Vencedores o vencidos? nos describe con precisión y perspectiva, con detalle y objetividad, el proceso en 1948 a cuatro dirigentes nazis acusados de apoyar, amparar y servir al Tercer Reich y sus políticas de esterilización y eugenesia desde su privilegiada posición de jueces. La defensa que argumenta su abogado, Hans Rolfe (Maximillian Schell), es en primera instancia que los acusados cumplieron la ley, mala o buena, pero la ley; luego intenta darle la vuelta a la causa colocando a los verdugos como víctimas de ese régimen que ellos no eligieron pero se vieron forzados a obedecer; y finalmente trata de compartir su culpa con todo el pueblo alemán, corresponsable del omnímodo poder de Hitler por acción, omisión o silencio.

Los acusados se defienden y justifican con cobardía: «No somos verdugos, somos jueces», «Los demás lo sabían, nosotros no». O alegan que hicieron «lo que fue necesario para la protección de su país» frente a sus enemigos (gitanos, judíos, comunistas, liberales…). La excepción es Ernst Janning (Burt Lancaster), ex Ministro de Justicia y una eminencia jurídica desde los tiempos de Weymar, que aún mantiene su dignidad, ajeno al proceso: él ya se ha juzgado a sí mismo y se ha declarado culpable, junto a todo el pueblo alemán («Si tiene que haber alguna salvación para Alemania, los que sabemos que somos culpables debemos admitirlo, sea cual fuere la pena y la humillación que nos cause»).



Frente a los acusados, el implacable fiscal, el coronel Dawson (Richard Widmark), que acusa a los jueces de connivencia con el Holocausto; ellos no dirigían personalmente los campos de concentración, ni tuvieron que accionar el mecanismo que llevaba el gas a las cámaras, pero impusieron y ejecutaron leyes que enviaron a millones de víctimas a su destino; aplicaron leyes que sabían injustas y condenaron a miles de personas que sabían inocentes. Algunas de ellas declaran como testigos en el juicio, aún atormentadas por su pasado reciente: una mujer (Judy Garland) que fue acusada de corrupción racial, esto es, mantener relaciones sexuales con una persona no aria (delito castigado con la muerte); y el hijo de un comunista que, tras ser declarado débil mental,  fue esterilizado para preservar la raza (Montgomery Clift).

Pero quizá el personaje más significativo de todo el proceso sea el juez Haywood (Spencer Tracy), no sólo por estar en sus manos el destino de esos cuatro criminales –y de toda Alemania-, sino sobre todo por su dimensión humana, que coloca la historia en su justa medida. Haywood es un modesto juez de distrito retirado, que ha llegado a Nuremberg desde sus lejanos bosques de Maine con una responsabilidad que no ha buscado, pero tampoco rechaza. Trata de juzgar con objetividad, y para eso necesita comprender, entender a esos hombres, a esa sociedad, a esa nación antaño ejemplar. Pasea por las calles en ruinas, conoce a sus gentes, bebe su vino, escucha sus canciones; entabla amistad con la señora Bertholt (Marlene Dietrich), aristocrática viuda de un general nazi acusado y ajusticiado tras la guerra, que trata de convencerlo de que no todos los alemanes son monstruos, y que es necesario olvidar y perdonar. No es la única que presiona al juez Haywood: el senador Burkette le insinúa la conveniencia de un juicio laxo, porque «nos hará falta el apoyo del pueblo alemán» frente a los comunistas; el general al mando se lo deja más claro aún: «No esperes conseguir la ayuda de los alemanes aplicando rigurosas condenas»; incluso uno de los magistrados de su equipo, que no comparte su interpretación de la ley; o el propio pueblo alemán, que trata desesperadamente de olvidar que hace sólo tres años era cómplice de aquellos crímenes y ahora necesita mirar “hacia delante”. Un juicio sin vencedores ni vencidos.


 Pero el viejo y sensato juez de Maine antepone el pleno sentido de la Justicia, con mayúsculas, a cualquier conveniencia política o relativismo moral. Lo que se juzga va mucho más allá de esos cuatro criminales nazis, pues «quien realmente pide justicia es la Civilización»; lo más grave no es que se cometan atrocidades, sino que parezcan bien a unos, inevitables a otros e inexistentes a todo un país. Finalmente, los cuatro acusados son declarados culpables y condenados a reclusión perpetua; pero el proceso aún no ha terminado. Queda la demoledora conclusión de la película: «Los juicios de Nuremberg finalizaron el 14 de julio de 1949. Noventa y nueve acusados fueron condenados a penas de prisión. Ninguno de ellos cumple condena en la actualidad». Al final, los vencidos se convierten en vencedores y los vencedores en vencidos. Y los millones de víctimas que reclamaban –y merecían- justicia, sólo obtuvieron “conveniencia política” a cambio de su sacrificio.

¿Vencedores o Vencidos? no se puede etiquetar como una simple película histórica, bélica o judicial; es una obra profunda y llena de matices, es también objetiva y honesta en su planteamiento (justa con las razones de ambos bandos), bien documentada, emotiva (hay imágenes y testimonios sobrecogedores), magníficamente interpretada (todos están soberbios: el contenido pero imponente Burt Lancaster, el enérgico Maximillian Schell, la orgullosa Marlene Dietrich, el torturado Montgomery Clift, la angustiada Judy Garland, el equilibrado Spencer Tracy) y magistralmente dirigida por Stanley Kramer. Pero por encima de todo es una película necesaria, porque nos enseña que nunca debemos olvidar a las víctimas ni perdonar a sus verdugos, y que nada justifica sacrificar valores como la vida, la justicia y la libertad en pro de ningún fanático nacionalismo (o fundamentalismo). «La estructura moral de una sociedad se rompe tan pronto como se dice ‘sí’ a la injusticia, al atropello, a la violación de la ley, a la privación del derecho justo» nos recuerda Julián Marías precisamente en un artículo sobre ¿Vencedores o Vencidos?; una reflexión que, como la película, está vigente en cualquier época. Especialmente hoy.