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sábado, 17 de abril de 2021

Bernard Offen en Lo Que De Verdad Importa. Perdonar, pero no olvidar


Bernard Offen fue uno de los millones de judíos prisioneros en los campos de exterminio nazis y uno de los miles que lograron sobrevivir. En su caso, sobrevivió a cinco campos diferentes. Aquellas prisiones inhumanas alcanzaron la máxima expresión de la barbarie humana, el ejemplo extremo de hasta dónde es capaz de llegar el hombre en cuestión de horror y crueldad hacia sus semejantes. Hoy, ocho décadas después, Bernard Offen quiere mostrar aquel horror a los jóvenes de este siglo a través de su testimonio directo, porque es necesario que conozcan de primera mano la verdadera dimensión moral del holocausto; no basta saberlo de oídas. Tienen que conocer para entender y evitar repetir los mismos errores.

 


En el congreso de Lo Que De Verdad Importa las imágenes se suceden en la pantalla, sobre el escenario: la esvástica como símbolo del honor, del terror; humillación y crueldad, personas tratadas como ganado, hacinadas en trenes de muerte, sin agua, sin aire, sin dignidad; montañas de cadáveres apilados a las puertas de los barracones; frío y muerte; solidaridad desesperada, niños marcados con la estrella de David, fosas comunes, guerra, dolor, miedo; colas de esqueletos hambrientos implorando por unas migajas; las cámaras de gas, humo y hedor proveniente de las incineradoras; Ana Frank (la testigo), Hitler (el monstruo), las madres tratando de proteger a sus hijos, de regalarles un día más, unas horas, unos minutos. Ejecuciones, sadismo, un ejército orgulloso de su patriótica misión y millones de cadáveres abandonados a su paso.

¿Cómo se puede sobrevivir a todo ese horror?

Bernard Offen —polaco, 92 años “de juventud”, pelo blanco acabado en una larga coleta; ojos profundos, serenos, rebosantes de paz interior— lleva años tratando de explicarlo, años compartiendo con gentes de todo el mundo la historia que vivieron él y su familia, su pueblo. “Nací en Podgórze, Cracovia, en 1929. Soy parte de una familia de seis personas. Dos hermanos que sobrevivieron y una hermana que no, como tampoco mis padres, mi abuela y otras 60 personas de mi entorno familiar que no sobrevivieron. Tenía apenas 10 años cuando comenzó la guerra; recuerdo que en la radio de mi tío escuché los discursos de Hitler y, aunque no los entendía, sentía que se cernía un peligro sobre los judíos, no sabía por qué, aún. Aquel momento fue como una toma de conciencia del peligro”.

La invasión de Polonia comenzó en 1939 y a los pocos meses todos los judíos estaban obligados a colocarse el infame brazalete con la estrella de David bien visible. Quedaban así inconfundiblemente marcados para la desgracia. También comenzó la segregación. Camiones militares y soldados entraron en sus barrios, obligándoles a subir a los vehículos a punta de metralleta; si alguno se resistía, era ejecutado allí mismo, en plena calle. “Si veías a alguien morir de aquella manera, subías al camión sin más”. En principio eran enviados a realizar trabajos forzados, pero algunos ya no volvían. Su padre y su hermano tuvieron suerte, regresaban a casa cada noche.

 



En 1941 el gueto de Cracovia estaba rodeado por un muro de tres metros de altura y alambradas, vigilados por centenares de guardias; una prisión de la que era imposible escapar (“¿Os imagináis que, de repente, vuestro barrio está rodeado por un muro de tres metros de altura y no podéis salir?”). Sin comida suficiente, sin medicamentos, la gente muriendo por las calles, frío, temor, incertidumbre. Así era el gueto. Una prisión de miedo y muerte en la que hombres, mujeres y niños trataban simplemente de sobrevivir un día más. Así vivió Bernard durante 2 años.

“Era 1943 cuando mi madre y mi hermana desaparecieron del gueto, obligadas a subirse a un camión de prisioneros. Llegaba, lo cargaban de gente y al que se resistía le disparaban un tiro en la cabeza. Por aquella época yo me escapaba del gueto a escondidas para encontrar comida fuera, sobornando a los guardias; volvía al gueto cargado de alimentos, repartía una parte entre mi familia y la otra la vendía para poder sobornar a los guardias de nuevo y conseguir más comida. Yo solía salir muy temprano, antes de las seis de la mañana; pero aquel día era más temprano de lo habitual, las dos de la mañana. Iba con mi padre, caminando junto a la alambrada, buscando el hueco por el que colarme hacia exterior; cuando llegamos, mi padre subió la alambrada desde el suelo y yo me deslicé por debajo, escapando a las colinas. No entendía por qué mi padre quería que ese día yo saliera tan temprano, pero así lo hice. Cuando regresé, unas horas después, tenía los bolsillos llenos de patatas, pan y todo lo que pude conseguir. Pero no logré volver a entrar en el gueto. Escuché disparos y gritos. Permanecí oculto entre los arbustos, en lo alto de la colina, desde donde podía observar el gueto sin ser visto. Las calles estaban ocupadas por más tropas, las SS y soldados aliados de los alemanes. Más disparos y gritos. Durante horas. Por la tarde, las tropas se habían marchado y pude entrar sin problema. Se habían llevado a mi madre y a mi hermana. Vi a mi padre y al instante me di cuenta de que había cambiado, ya no era el mismo hombre al que había dejado aquella mañana. Su esposa y su hija de 12 años (mi hermana Miriam) habían desaparecido”. Bernard Offen no tuvo noticias de ellas hasta mucho tiempo después. Una vez terminada la guerra descubrieron que los camiones las habían trasladado hasta el campo de extermino de Balchaus, en el que fueron asesinados 600.000 seres humanos. Una productiva fábrica de muerte.

Ese mismo año de 1943 el gueto fue clausurado. Bernard, su padre y sus hermanos fueron trasladados al campo de Plaszow, a dos kilómetros de Cracovia. Fue su primer campo. Los más jóvenes —niños, en realidad— eran obligados a vigilar al resto de prisioneros; si los soldados descubrían que habían ocultado alguna infracción sin denunciarla, eran ejecutados sin más preámbulos. “Una noche, escuché a uno de los guardias bromear acerca de que nos iban a matar a todos los jóvenes (yo tenía 13 años) en el tren. En cuanto nos metieron en el vagón, salté junto a otros prisioneros. Escuché disparos a mi espalda, pero yo seguí corriendo con todas mis fuerzas, sin mirar atrás”. Esta vez, Bernard logró escapar. Pero la libertad duró poco. Fue capturado de nuevo e internado en otro campo, Julag.

Una de las consecuencias más tristes de todo aquello fue el hecho de separarse de su padre y de sus seres queridos. “Mi familia fue alejada, separada de mí para siempre. Ya no existían, ni existirían nunca más en mi mundo. Yo tenía que tratar de sobrevivir en el campo, solo. Siempre había otros hombres que trataban de ayudarme, dándome un trozo de pan o algo de ropa para abrigarme. Aún recuerdo los rostros de aquellos hombres, a los que llamé mis ángeles. Ellos eran lo mejor en un lugar de horror, donde pasaban cosas terribles”. Consiguió escapar también de aquel campo y tuvo la fortuna de encontrar una familia polaca que le ocultó durante unos días. “Pero debía salir pronto de ahí, porque si los alemanes me descubrían, matarían a toda esa familia. Ellos corrieron un gran riesgo por mí. Fueron verdaderos héroes”.



Uno de esos campos de exterminio en los que transcurrió la infancia robada de Offen fue el tristemente célebre campo de Auschwitz. El más conocido, el más cruel, el más inhumano. Pero incluso en aquellas circunstancias terribles había lugar para la compasión, para la solidaridad. “En el día a día del barracón número 5 también tuve a esos ángeles que me ayudaban”. Lo más duro era el hambre: “Todos estábamos famélicos y hambrientos. Recibíamos al día una hogaza de pan para cada cuatro personas, que se dividían en partes iguales con ayuda de una rudimentaria balanza: un trozo de pan en cada extremo, hasta que el peso era exacto. Si pudierais ver a esos cuatro hombres, mirando fijamente sus raciones, podríais comprender hasta qué punto estábamos hambrientos”. Y desesperados. Es en estas situaciones extremas cuando asoma lo mejor y lo peor de cada ser humano. “Una de las peores cosas que allí vi fue robar las posesiones de otra persona, especialmente la comida, ese famélico trozo de pan. A menudo la metodología de supervivencia consistía en proteger tu ración de pan durante toda la noche para poder tener algo que comer por la mañana; otros la intentaban robar, y algunos llegaron incluso al extremo de matar por ese trozo de pan”. Muchos murieron así, asesinados en sus propias literas por otros prisioneros simplemente un poco más desesperados que ellos.

Los días transcurrían, uno tras otro, en esa situación de permanente horror y miedo, de hambre y desesperación; la monotonía y la incertidumbre los hacían aún más insoportables. Y la presencia del sádico doctor Mengele, que a menudo visitaba los barracones en busca de víctimas para sus monstruosos experimentos, elevaba el nivel de miedo hasta el límite. ¿Qué fue, en esas circunstancias terribles, lo que le dio fuerzas a Bernard Offen para sobrevivir? “Una de las razones fue el enfado con Dios. ¿Por qué estoy aquí?, me preguntaba. Y la respuesta era por ser judío. En ese diálogo interior con Dios le dije: si me sacas de aquí cambiaré mi religión a la que tú quieras, ¡pero déjame salir! La otra razón era que yo tenía un fuerte deseo de sobrevivir. Y quería sobrevivir para poder hacer películas que mostraran al mundo todo aquello, dar testimonio de ese horror. Mi misión, desde entonces, es hacer todo lo que esté en mi mano para que eso no se vuelva a repetir. No solo por los alemanes, sino por nadie, por nadie. Y no estamos tan lejos; si no cambiamos el maltrato, el odio, el daño que causamos a otros seres humanos por el simple hecho de ser diferentes, algo parecido puede volver a suceder. Otra vez”.



Pero Bernard Offen también está aquí, en el congreso de Lo Que De Verdad Importa, para transmitirnos un mensaje de esperanza; para decirnos, mirándonos a los ojos, que la vida tiene un lado positivo, que cualquier experiencia, por dura que sea, se puede superar. Él lo hizo. En 1945 fue liberado el campo de Dachau, última prisión en la que el joven Offen fue confinado. Aun en aquellos momentos, próximas las tropas aliadas, los presos temían por sus vidas. No sabían qué iban a hacer los guardias, si matarlos a todos antes de huir o entregarse al enemigo. “La última noche, después de una larga marcha, nos encerraron en unos barracones alejados del campo; por la mañana, al levantarnos, ya no había guardias. Como yo era uno de los más fuertes, me dijeron que volviera al campo para pedir ayuda. Escuché disparos de artillería y me escondí en una de las casas de la granja. Desde allí vi tanques, no sabía si rusos o americanos, y salí con las manos en alto, llamando su atención. Después de hablar con el comandante de la compañía, dos soldados me acompañaron hasta donde estaban el resto de los prisioneros”. Los salvadores llevaban raciones de chocolate que aquellos famélicos despojos humanos devoraron con fruición; muchos enfermaron por esa causa, y algunos incluso murieron, porque sus cuerpos, torturados por el hambre durante tanto tiempo, no podían tolerar ese tipo de alimentos. Lo que necesitaban era tan solo pan y sopa.

 

Después de ser liberado, Bernard permaneció con los aliados durante unos meses, cerca de Munich. Comida, cuidados médicos, recuperación física y psicológica. Empezó a preocuparse por su familia, a preguntarse quiénes habrían sobrevivido y quiénes no. En un campo de refugiados cercano descubrió los nombres de sus hermanos, Sam y Natan, en una lista de supervivientes. Según aquellos papeles, se encontraban en Salzburgo. Tras un interminable viaje en un tren de carga llegó al campo de refugiados de Salzburgo, pero sus hermanos ya no estaban allí. Habían partido hacia el norte de Italia, le dijeron. Tuvo que esperar un mes hasta que consiguió los documentos para poder viajar a Italia; atravesó los Alpes en tren y al llegar al campo de refugiados le confirmaron que, efectivamente, sus hermanos habían estado allí pero fueron enviados al Hospital del Ejército Polaco. Dos días en auto-stop y la temida respuesta: “Sí, pero se fueron a un campo de entrenamiento del ejército polaco”. “¿Dónde? En Bari. Otro viaje, al sur. Cuando por fin llegó, preguntó en la cantina y le informaron de que los Offen habían salido a dar un paseo, “por ahí”. “Salí por donde me habían dicho y vi a lo lejos un par de soldados en shorts kakis que parecían mis hermanos; fui hacia ellos y… —Bernard Offen aún se emociona al recordar ese momento; a pesar de los años transcurridos, las emociones permanecen frescas en su memoria— …nos abrazamos, lloramos, les conté que nuestro padre había muerto en Auschwitz, nos volvimos a abrazar… Después de aquel encuentro me quedé con ellos dos semanas, pero luego me marché a otro campo de refugiados y comencé mi camino”.

Después de unos años en Polonia, en 1951 los hermanos Offen decidieron emigrar a Inglaterra y luego a Estados Unidos. En 1981 Bernard decidió regresar a Polonia, por primera vez desde el fin de la guerra, a enfrentarse con su dolor y sus demonios, “como parte de mi terapia, de mi proceso de curación”. Hoy es guía en el antiguo gueto de Cracovia y en los campos de Plaszow y Auschwitz-Birkenau (a veces, las preguntas de los visitantes le hacen llorar, pero piensa que es importante que conozcan todo lo que sucedió en aquellos terribles lugares, sin ocultar detalle), y ha realizado cuatro películas sobre el holocausto. Dar a conocer su historia, aun a costa de revivir su dolorosa experiencia, tiene un objetivo muy claro: “que algo así no vuelva a repetirse. Es necesario que los jóvenes conozcan la historia para que aprendan de nuestros errores”.



Tras su trágico caminar al borde de la muerte en Plaszow, Julag, Mauthausen, Auschwitz-Birkenau y Dachau, Bernard Offen ha sido capaz de perdonar a sus verdugos. “Para mí es necesario perdonar. Si no lo hiciera, llevaría ese odio en mi interior, y estaría haciéndome daño a mí, no a los asesinos, no a la SS, no a los torturadores. Decidí dejarlo ir, porque no podemos cambiar lo que sucedió, pero sí evitar que vuelva a suceder”. Y es capaz también de sonreír: “no siempre, pero lo intento. Me da fuerza. Una sonrisa consigue que otras personas sonrían. Cuando somos negativos, deprimimos a los demás, y cuando somos positivos los levantamos. Es una elección, elegimos en cada momento cómo somos para nosotros mismos y para los demás”. Y es que, para este superviviente de uno de los episodios más negros de la humanidad, lo que de verdad importa es precisamente eso, “las personas, los seres humanos”.  

lunes, 23 de noviembre de 2020

Viktor Frankl y Auschwitz. El hombre en busca de sentido



Fue uno de los más eminentes psicólogos y neurólogos del planeta; ya a los 16 años se carteaba con Freud y a los 20 expuso su teoría de la Logopedia en el Congreso de Psicología de Dusseldorf; fue Jefe del Departamento de Neurología del Hospital Rothschild a los 32 años y del Hospital Policlínico a los 38; Doctor en Filosofía y Profesor Invitado en las más prestigiosas universidades europeas y americanas; publicó multitud de libros y artículos, fue alpinista, piloto, caricaturista y enamorado de las corbatas. Vivió 92 años absolutamente plenos. Pero donde encontró sentido a su existencia, y a la del ser humano, fue en el lugar donde menos imaginó: los campos de exterminio nazis.

Auschwitz. La noche de Navidad de 1944. A 30 grados bajo cero, sin calefacción, descalzos, en la oscura antesala de la muerte, un puñado de despojos humanos se apiña en un extremo del barracón para escuchar las palabras del prisionero número 119.104. “Pensadlo: estamos ante el desafío de sobrevivir. Podemos hacer una de estas dos cosas: convertir esta experiencia en una victoria o limitarnos a vegetar, dejando de ser personas. Incluso aquí debemos subsistir al cobijo de la esperanza en el futuro; no importa que no esperemos nada de la vida, lo que verdaderamente importa es lo que la vida espera de nosotros. No hay que avergonzarse de nuestras lágrimas, porque demuestran nuestro valor para encararnos con el sufrimiento. Si conoces el porqué de tu existencia, entonces serás capaz de soportar cualquier sufrimiento”.
Y aún añadió: “La desesperanza puede ser explicada en términos de una ecuación matemática: D = S - P, Sufrimiento sin Propósito. En el momento en que ves un sentido en tu sufrimiento, puedes moldearlo en un logro; puedes convertir la tragedia en un triunfo personal, pero debes saber para qué. Si las personas no pueden encontrar ningún sentido en absoluto a sus vidas, tal ven tengan algo con lo que vivir, pero no tendrán nada por lo que vivir”.


El prisionero número 119.104 se llamaba Viktor Frankl y después de padecer el tormento de Auschwitz -donde su madre murió en la cámara de gas- sufrió el de los campos de Kaufering III y de Turkheim -donde fue separado de su esposa, que murió en el de Bergen-Belsen. Y antes sobrevivió a Theresienstadt -donde murió su padre, enfermo de inanición-, campo de exterminio al que fue deportado en septiembre de 1942, cuando era un eminente psiquiatra de 37 años y director del Departamento de Neurología del Hospital Rothschild, único hospital de Viena en el que eran admitidos judíos.

Viktor Frankl tuvo en sus manos librarse de sus tres terribles años en los campos de exterminio. En 1942 le concedieron un visado para continuar su prestigiosa carrera en Estados Unidos. Se preguntó qué debía hacer: sacrificar a su familia por el bien de la causa a la que había dedicado su vida, o sacrificar esta causa por el bien de sus padres. Esperando una respuesta “del cielo”, al llegar a su casa preguntó a su padre qué era aquel pedazo de mármol que había sobre la radio. “Es parte de las Tablas que contenían los Diez Mandamientos” le explicó. Tenía grabada una letra hebrea, que aparecía solamente en el Cuarto Mandamiento: Honra a tu padre y a tu madre y tú estarás en la tierra prometida. “En ese momento –recuerda Frankl- decidí permanecer en Austria y dejar que mi visado caducara”.

El joven Viktor ya había aprendido a sobrevivir al hambre y la pobreza durante la I Guerra Mundial, cuando apenas contaba 9 años. Y durante sus estudios de bachillerato aprendió a interesarse por la realidad del ser humano y a cuestionar la verdad científico-organicista que proclamaba su profesor: “la vida humana no es otra cosa que un proceso de combustión y de oxidación”. “Si es así –lo interpeló Viktor, puesto en pie- ¿cuál es el sentido de la vida humana?”
Años después, ya como uno de los psiquiatras más prestigiosos de su país, Frankl daría respuesta a este interrogante a través de su Logoterapia (tercera escuela de Viena, contrapuesta al Psicoanálisis de Freud y a la Psicología Individual de Adler), según la cual el ser humano halla el sentido de su existencia a través del amor a otros, a través de sus actos de creación y a través de virtudes como la compasión, la valentía o el sentido del humor; o el sufrimiento. Al final, estas tres vías nos llevan a un sentido último en la vida, que no depende de otros, ni de nuestros proyectos ni de nuestra dignidad, sino de Dios, el sentido espiritual de la vida.

Esta teoría fue el resultado de sus reflexiones y experiencias, propias y ajenas, durante sus años vividos –sobrevividos- bajo el terror nazi. Tras la liberación del campo de Turkheim, el 27 de abril de 1945, Frankl comenzó a buscar un sentido a su propia supervivencia, "el para qué habré quedado vivo"; y por qué unos sobrevivieron y otros no. A finales de ese año, a lo largo de nueve días, fue dictando “entre lágrimas” a tres secretarias del Hospital Policlínico de Viena (donde era Jefe del Departamento de Neurología) el testimonio de sus experiencias en los campos de concentración, tomando como referencia docenas de papelitos que había ido rellenado en su cautiverio. “Aquellos que tienen un porqué para vivir, pese a la adversidad, resistirán”, nos dice Frankl.  

En los campos pudo percibir cómo las personas que tenían esperanzas de reunirse con seres queridos o que profesaban una gran fe, tenían mejores oportunidades que los que habían perdido toda esperanza. La elección dependía de cada uno, pues el ser humano es libre y cada persona elige “si dejarse determinar por las circunstancias o enfrentarse a ellas”. Al final, concluye: “Después de todo, el hombre es ese ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero también el que ha entrado en esas cámaras con la cabeza erguida y el Padre Nuestro o el Shema Yisrael en sus labios”. Y también el humor, y la música y la poesía y el Arte... Hasta tal punto, que aquellos judíos hacinados en los barracones encontraron en esas creaciones artísticas y en esos bailes una salida, un refugio y una salvación. Compartían canciones, poemas, bromas e incluso sátiras sobre el campo y sus guardianes. Todos se ayudaban unos a otros a olvidar dónde estaban. Algunos incluso perdieron la vida por el mero hecho de tocar el violín para dar un poco de esperanza a sus compañeros. El humor y la música fueron para aquellos despojos humanos, postrados en la antesala de la muerte, las últimas armas del alma para luchar por su supervivencia.


El libro de Frankl se publicó en 1946 bajo el título de El hombre en busca de sentido, destinado a todas las personas que habían sufrido las consecuencias de la guerra, y que a lo largo de más de 70 años ha dado también esperanza a millones de personas con millones de sufrimientos diferentes. Será un buen momento este, pues, para repasar la lección de Viktor Frankl y aplicar su ecuación a la inversa: Esperanza = Sufrimiento con Propósito. Si él encontró sentido al sufrimiento extremo, qué no podremos conseguir nosotros con nuestras pequeñas o grandes tragedias.


PD. La historia de Viktor Frankl forma parte de mi libro La muerte del egoísmo (Ed. Palabra)


sábado, 1 de octubre de 2016

Vencedores o vencidos: justificando lo injustificable

Como los grandes acontecimientos de la Historia, las grandes películas no están adscritas a su tiempo, sino que están en permanente vigencia. Porque no se limitan a contar extraordinariamente una historia, también nos invitan a reflexionar sobre la esencia misma del hombre y de sus porqués. Hace ya 75 años que comenzaron los juicios de Nuremberg,  y hace 60 una obra maestra nos invitaba a reflexionar sobre la conveniencia de que hubiera o no vencedores y vencidos tras la caída del nazismo. Un planteamiento que se ha venido repitiendo a lo largo de estas décadas en diversos entornos y con muy variadas excusas (políticas, económicas, religiosas, raciales…).



A casi de 60 años del estreno de esa gran obra del cine -aunque nació para la televisión- que es ¿Vencedores o vencidos? (Judgement at Nuremberg, 1961), no viene mal recordar la lección que nos mostró la magistral película de Stanley Kramer. Una lección tan actual y tan necesaria hoy como en la época en que aconteció. ¿Vencedores o vencidos? nos describe con precisión y perspectiva, con detalle y objetividad, el proceso en 1948 a cuatro dirigentes nazis acusados de apoyar, amparar y servir al Tercer Reich y sus políticas de esterilización y eugenesia desde su privilegiada posición de jueces. La defensa que argumenta su abogado, Hans Rolfe (Maximillian Schell), es en primera instancia que los acusados cumplieron la ley, mala o buena, pero la ley; luego intenta darle la vuelta a la causa colocando a los verdugos como víctimas de ese régimen que ellos no eligieron pero se vieron forzados a obedecer; y finalmente trata de compartir su culpa con todo el pueblo alemán, corresponsable del omnímodo poder de Hitler por acción, omisión o silencio.

Los acusados se defienden y justifican con cobardía: «No somos verdugos, somos jueces», «Los demás lo sabían, nosotros no». O alegan que hicieron «lo que fue necesario para la protección de su país» frente a sus enemigos (gitanos, judíos, comunistas, liberales…). La excepción es Ernst Janning (Burt Lancaster), ex Ministro de Justicia y una eminencia jurídica desde los tiempos de Weymar, que aún mantiene su dignidad, ajeno al proceso: él ya se ha juzgado a sí mismo y se ha declarado culpable, junto a todo el pueblo alemán («Si tiene que haber alguna salvación para Alemania, los que sabemos que somos culpables debemos admitirlo, sea cual fuere la pena y la humillación que nos cause»).



Frente a los acusados, el implacable fiscal, el coronel Dawson (Richard Widmark), que acusa a los jueces de connivencia con el Holocausto; ellos no dirigían personalmente los campos de concentración, ni tuvieron que accionar el mecanismo que llevaba el gas a las cámaras, pero impusieron y ejecutaron leyes que enviaron a millones de víctimas a su destino; aplicaron leyes que sabían injustas y condenaron a miles de personas que sabían inocentes. Algunas de ellas declaran como testigos en el juicio, aún atormentadas por su pasado reciente: una mujer (Judy Garland) que fue acusada de corrupción racial, esto es, mantener relaciones sexuales con una persona no aria (delito castigado con la muerte); y el hijo de un comunista que, tras ser declarado débil mental,  fue esterilizado para preservar la raza (Montgomery Clift).

Pero quizá el personaje más significativo de todo el proceso sea el juez Haywood (Spencer Tracy), no sólo por estar en sus manos el destino de esos cuatro criminales –y de toda Alemania-, sino sobre todo por su dimensión humana, que coloca la historia en su justa medida. Haywood es un modesto juez de distrito retirado, que ha llegado a Nuremberg desde sus lejanos bosques de Maine con una responsabilidad que no ha buscado, pero tampoco rechaza. Trata de juzgar con objetividad, y para eso necesita comprender, entender a esos hombres, a esa sociedad, a esa nación antaño ejemplar. Pasea por las calles en ruinas, conoce a sus gentes, bebe su vino, escucha sus canciones; entabla amistad con la señora Bertholt (Marlene Dietrich), aristocrática viuda de un general nazi acusado y ajusticiado tras la guerra, que trata de convencerlo de que no todos los alemanes son monstruos, y que es necesario olvidar y perdonar. No es la única que presiona al juez Haywood: el senador Burkette le insinúa la conveniencia de un juicio laxo, porque «nos hará falta el apoyo del pueblo alemán» frente a los comunistas; el general al mando se lo deja más claro aún: «No esperes conseguir la ayuda de los alemanes aplicando rigurosas condenas»; incluso uno de los magistrados de su equipo, que no comparte su interpretación de la ley; o el propio pueblo alemán, que trata desesperadamente de olvidar que hace sólo tres años era cómplice de aquellos crímenes y ahora necesita mirar “hacia delante”. Un juicio sin vencedores ni vencidos.


 Pero el viejo y sensato juez de Maine antepone el pleno sentido de la Justicia, con mayúsculas, a cualquier conveniencia política o relativismo moral. Lo que se juzga va mucho más allá de esos cuatro criminales nazis, pues «quien realmente pide justicia es la Civilización»; lo más grave no es que se cometan atrocidades, sino que parezcan bien a unos, inevitables a otros e inexistentes a todo un país. Finalmente, los cuatro acusados son declarados culpables y condenados a reclusión perpetua; pero el proceso aún no ha terminado. Queda la demoledora conclusión de la película: «Los juicios de Nuremberg finalizaron el 14 de julio de 1949. Noventa y nueve acusados fueron condenados a penas de prisión. Ninguno de ellos cumple condena en la actualidad». Al final, los vencidos se convierten en vencedores y los vencedores en vencidos. Y los millones de víctimas que reclamaban –y merecían- justicia, sólo obtuvieron “conveniencia política” a cambio de su sacrificio.

¿Vencedores o Vencidos? no se puede etiquetar como una simple película histórica, bélica o judicial; es una obra profunda y llena de matices, es también objetiva y honesta en su planteamiento (justa con las razones de ambos bandos), bien documentada, emotiva (hay imágenes y testimonios sobrecogedores), magníficamente interpretada (todos están soberbios: el contenido pero imponente Burt Lancaster, el enérgico Maximillian Schell, la orgullosa Marlene Dietrich, el torturado Montgomery Clift, la angustiada Judy Garland, el equilibrado Spencer Tracy) y magistralmente dirigida por Stanley Kramer. Pero por encima de todo es una película necesaria, porque nos enseña que nunca debemos olvidar a las víctimas ni perdonar a sus verdugos, y que nada justifica sacrificar valores como la vida, la justicia y la libertad en pro de ningún fanático nacionalismo (o fundamentalismo). «La estructura moral de una sociedad se rompe tan pronto como se dice ‘sí’ a la injusticia, al atropello, a la violación de la ley, a la privación del derecho justo» nos recuerda Julián Marías precisamente en un artículo sobre ¿Vencedores o Vencidos?; una reflexión que, como la película, está vigente en cualquier época. Especialmente hoy.