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sábado, 17 de abril de 2021

Bernard Offen en Lo Que De Verdad Importa. Perdonar, pero no olvidar


Bernard Offen fue uno de los millones de judíos prisioneros en los campos de exterminio nazis y uno de los miles que lograron sobrevivir. En su caso, sobrevivió a cinco campos diferentes. Aquellas prisiones inhumanas alcanzaron la máxima expresión de la barbarie humana, el ejemplo extremo de hasta dónde es capaz de llegar el hombre en cuestión de horror y crueldad hacia sus semejantes. Hoy, ocho décadas después, Bernard Offen quiere mostrar aquel horror a los jóvenes de este siglo a través de su testimonio directo, porque es necesario que conozcan de primera mano la verdadera dimensión moral del holocausto; no basta saberlo de oídas. Tienen que conocer para entender y evitar repetir los mismos errores.

 


En el congreso de Lo Que De Verdad Importa las imágenes se suceden en la pantalla, sobre el escenario: la esvástica como símbolo del honor, del terror; humillación y crueldad, personas tratadas como ganado, hacinadas en trenes de muerte, sin agua, sin aire, sin dignidad; montañas de cadáveres apilados a las puertas de los barracones; frío y muerte; solidaridad desesperada, niños marcados con la estrella de David, fosas comunes, guerra, dolor, miedo; colas de esqueletos hambrientos implorando por unas migajas; las cámaras de gas, humo y hedor proveniente de las incineradoras; Ana Frank (la testigo), Hitler (el monstruo), las madres tratando de proteger a sus hijos, de regalarles un día más, unas horas, unos minutos. Ejecuciones, sadismo, un ejército orgulloso de su patriótica misión y millones de cadáveres abandonados a su paso.

¿Cómo se puede sobrevivir a todo ese horror?

Bernard Offen —polaco, 92 años “de juventud”, pelo blanco acabado en una larga coleta; ojos profundos, serenos, rebosantes de paz interior— lleva años tratando de explicarlo, años compartiendo con gentes de todo el mundo la historia que vivieron él y su familia, su pueblo. “Nací en Podgórze, Cracovia, en 1929. Soy parte de una familia de seis personas. Dos hermanos que sobrevivieron y una hermana que no, como tampoco mis padres, mi abuela y otras 60 personas de mi entorno familiar que no sobrevivieron. Tenía apenas 10 años cuando comenzó la guerra; recuerdo que en la radio de mi tío escuché los discursos de Hitler y, aunque no los entendía, sentía que se cernía un peligro sobre los judíos, no sabía por qué, aún. Aquel momento fue como una toma de conciencia del peligro”.

La invasión de Polonia comenzó en 1939 y a los pocos meses todos los judíos estaban obligados a colocarse el infame brazalete con la estrella de David bien visible. Quedaban así inconfundiblemente marcados para la desgracia. También comenzó la segregación. Camiones militares y soldados entraron en sus barrios, obligándoles a subir a los vehículos a punta de metralleta; si alguno se resistía, era ejecutado allí mismo, en plena calle. “Si veías a alguien morir de aquella manera, subías al camión sin más”. En principio eran enviados a realizar trabajos forzados, pero algunos ya no volvían. Su padre y su hermano tuvieron suerte, regresaban a casa cada noche.

 



En 1941 el gueto de Cracovia estaba rodeado por un muro de tres metros de altura y alambradas, vigilados por centenares de guardias; una prisión de la que era imposible escapar (“¿Os imagináis que, de repente, vuestro barrio está rodeado por un muro de tres metros de altura y no podéis salir?”). Sin comida suficiente, sin medicamentos, la gente muriendo por las calles, frío, temor, incertidumbre. Así era el gueto. Una prisión de miedo y muerte en la que hombres, mujeres y niños trataban simplemente de sobrevivir un día más. Así vivió Bernard durante 2 años.

“Era 1943 cuando mi madre y mi hermana desaparecieron del gueto, obligadas a subirse a un camión de prisioneros. Llegaba, lo cargaban de gente y al que se resistía le disparaban un tiro en la cabeza. Por aquella época yo me escapaba del gueto a escondidas para encontrar comida fuera, sobornando a los guardias; volvía al gueto cargado de alimentos, repartía una parte entre mi familia y la otra la vendía para poder sobornar a los guardias de nuevo y conseguir más comida. Yo solía salir muy temprano, antes de las seis de la mañana; pero aquel día era más temprano de lo habitual, las dos de la mañana. Iba con mi padre, caminando junto a la alambrada, buscando el hueco por el que colarme hacia exterior; cuando llegamos, mi padre subió la alambrada desde el suelo y yo me deslicé por debajo, escapando a las colinas. No entendía por qué mi padre quería que ese día yo saliera tan temprano, pero así lo hice. Cuando regresé, unas horas después, tenía los bolsillos llenos de patatas, pan y todo lo que pude conseguir. Pero no logré volver a entrar en el gueto. Escuché disparos y gritos. Permanecí oculto entre los arbustos, en lo alto de la colina, desde donde podía observar el gueto sin ser visto. Las calles estaban ocupadas por más tropas, las SS y soldados aliados de los alemanes. Más disparos y gritos. Durante horas. Por la tarde, las tropas se habían marchado y pude entrar sin problema. Se habían llevado a mi madre y a mi hermana. Vi a mi padre y al instante me di cuenta de que había cambiado, ya no era el mismo hombre al que había dejado aquella mañana. Su esposa y su hija de 12 años (mi hermana Miriam) habían desaparecido”. Bernard Offen no tuvo noticias de ellas hasta mucho tiempo después. Una vez terminada la guerra descubrieron que los camiones las habían trasladado hasta el campo de extermino de Balchaus, en el que fueron asesinados 600.000 seres humanos. Una productiva fábrica de muerte.

Ese mismo año de 1943 el gueto fue clausurado. Bernard, su padre y sus hermanos fueron trasladados al campo de Plaszow, a dos kilómetros de Cracovia. Fue su primer campo. Los más jóvenes —niños, en realidad— eran obligados a vigilar al resto de prisioneros; si los soldados descubrían que habían ocultado alguna infracción sin denunciarla, eran ejecutados sin más preámbulos. “Una noche, escuché a uno de los guardias bromear acerca de que nos iban a matar a todos los jóvenes (yo tenía 13 años) en el tren. En cuanto nos metieron en el vagón, salté junto a otros prisioneros. Escuché disparos a mi espalda, pero yo seguí corriendo con todas mis fuerzas, sin mirar atrás”. Esta vez, Bernard logró escapar. Pero la libertad duró poco. Fue capturado de nuevo e internado en otro campo, Julag.

Una de las consecuencias más tristes de todo aquello fue el hecho de separarse de su padre y de sus seres queridos. “Mi familia fue alejada, separada de mí para siempre. Ya no existían, ni existirían nunca más en mi mundo. Yo tenía que tratar de sobrevivir en el campo, solo. Siempre había otros hombres que trataban de ayudarme, dándome un trozo de pan o algo de ropa para abrigarme. Aún recuerdo los rostros de aquellos hombres, a los que llamé mis ángeles. Ellos eran lo mejor en un lugar de horror, donde pasaban cosas terribles”. Consiguió escapar también de aquel campo y tuvo la fortuna de encontrar una familia polaca que le ocultó durante unos días. “Pero debía salir pronto de ahí, porque si los alemanes me descubrían, matarían a toda esa familia. Ellos corrieron un gran riesgo por mí. Fueron verdaderos héroes”.



Uno de esos campos de exterminio en los que transcurrió la infancia robada de Offen fue el tristemente célebre campo de Auschwitz. El más conocido, el más cruel, el más inhumano. Pero incluso en aquellas circunstancias terribles había lugar para la compasión, para la solidaridad. “En el día a día del barracón número 5 también tuve a esos ángeles que me ayudaban”. Lo más duro era el hambre: “Todos estábamos famélicos y hambrientos. Recibíamos al día una hogaza de pan para cada cuatro personas, que se dividían en partes iguales con ayuda de una rudimentaria balanza: un trozo de pan en cada extremo, hasta que el peso era exacto. Si pudierais ver a esos cuatro hombres, mirando fijamente sus raciones, podríais comprender hasta qué punto estábamos hambrientos”. Y desesperados. Es en estas situaciones extremas cuando asoma lo mejor y lo peor de cada ser humano. “Una de las peores cosas que allí vi fue robar las posesiones de otra persona, especialmente la comida, ese famélico trozo de pan. A menudo la metodología de supervivencia consistía en proteger tu ración de pan durante toda la noche para poder tener algo que comer por la mañana; otros la intentaban robar, y algunos llegaron incluso al extremo de matar por ese trozo de pan”. Muchos murieron así, asesinados en sus propias literas por otros prisioneros simplemente un poco más desesperados que ellos.

Los días transcurrían, uno tras otro, en esa situación de permanente horror y miedo, de hambre y desesperación; la monotonía y la incertidumbre los hacían aún más insoportables. Y la presencia del sádico doctor Mengele, que a menudo visitaba los barracones en busca de víctimas para sus monstruosos experimentos, elevaba el nivel de miedo hasta el límite. ¿Qué fue, en esas circunstancias terribles, lo que le dio fuerzas a Bernard Offen para sobrevivir? “Una de las razones fue el enfado con Dios. ¿Por qué estoy aquí?, me preguntaba. Y la respuesta era por ser judío. En ese diálogo interior con Dios le dije: si me sacas de aquí cambiaré mi religión a la que tú quieras, ¡pero déjame salir! La otra razón era que yo tenía un fuerte deseo de sobrevivir. Y quería sobrevivir para poder hacer películas que mostraran al mundo todo aquello, dar testimonio de ese horror. Mi misión, desde entonces, es hacer todo lo que esté en mi mano para que eso no se vuelva a repetir. No solo por los alemanes, sino por nadie, por nadie. Y no estamos tan lejos; si no cambiamos el maltrato, el odio, el daño que causamos a otros seres humanos por el simple hecho de ser diferentes, algo parecido puede volver a suceder. Otra vez”.



Pero Bernard Offen también está aquí, en el congreso de Lo Que De Verdad Importa, para transmitirnos un mensaje de esperanza; para decirnos, mirándonos a los ojos, que la vida tiene un lado positivo, que cualquier experiencia, por dura que sea, se puede superar. Él lo hizo. En 1945 fue liberado el campo de Dachau, última prisión en la que el joven Offen fue confinado. Aun en aquellos momentos, próximas las tropas aliadas, los presos temían por sus vidas. No sabían qué iban a hacer los guardias, si matarlos a todos antes de huir o entregarse al enemigo. “La última noche, después de una larga marcha, nos encerraron en unos barracones alejados del campo; por la mañana, al levantarnos, ya no había guardias. Como yo era uno de los más fuertes, me dijeron que volviera al campo para pedir ayuda. Escuché disparos de artillería y me escondí en una de las casas de la granja. Desde allí vi tanques, no sabía si rusos o americanos, y salí con las manos en alto, llamando su atención. Después de hablar con el comandante de la compañía, dos soldados me acompañaron hasta donde estaban el resto de los prisioneros”. Los salvadores llevaban raciones de chocolate que aquellos famélicos despojos humanos devoraron con fruición; muchos enfermaron por esa causa, y algunos incluso murieron, porque sus cuerpos, torturados por el hambre durante tanto tiempo, no podían tolerar ese tipo de alimentos. Lo que necesitaban era tan solo pan y sopa.

 

Después de ser liberado, Bernard permaneció con los aliados durante unos meses, cerca de Munich. Comida, cuidados médicos, recuperación física y psicológica. Empezó a preocuparse por su familia, a preguntarse quiénes habrían sobrevivido y quiénes no. En un campo de refugiados cercano descubrió los nombres de sus hermanos, Sam y Natan, en una lista de supervivientes. Según aquellos papeles, se encontraban en Salzburgo. Tras un interminable viaje en un tren de carga llegó al campo de refugiados de Salzburgo, pero sus hermanos ya no estaban allí. Habían partido hacia el norte de Italia, le dijeron. Tuvo que esperar un mes hasta que consiguió los documentos para poder viajar a Italia; atravesó los Alpes en tren y al llegar al campo de refugiados le confirmaron que, efectivamente, sus hermanos habían estado allí pero fueron enviados al Hospital del Ejército Polaco. Dos días en auto-stop y la temida respuesta: “Sí, pero se fueron a un campo de entrenamiento del ejército polaco”. “¿Dónde? En Bari. Otro viaje, al sur. Cuando por fin llegó, preguntó en la cantina y le informaron de que los Offen habían salido a dar un paseo, “por ahí”. “Salí por donde me habían dicho y vi a lo lejos un par de soldados en shorts kakis que parecían mis hermanos; fui hacia ellos y… —Bernard Offen aún se emociona al recordar ese momento; a pesar de los años transcurridos, las emociones permanecen frescas en su memoria— …nos abrazamos, lloramos, les conté que nuestro padre había muerto en Auschwitz, nos volvimos a abrazar… Después de aquel encuentro me quedé con ellos dos semanas, pero luego me marché a otro campo de refugiados y comencé mi camino”.

Después de unos años en Polonia, en 1951 los hermanos Offen decidieron emigrar a Inglaterra y luego a Estados Unidos. En 1981 Bernard decidió regresar a Polonia, por primera vez desde el fin de la guerra, a enfrentarse con su dolor y sus demonios, “como parte de mi terapia, de mi proceso de curación”. Hoy es guía en el antiguo gueto de Cracovia y en los campos de Plaszow y Auschwitz-Birkenau (a veces, las preguntas de los visitantes le hacen llorar, pero piensa que es importante que conozcan todo lo que sucedió en aquellos terribles lugares, sin ocultar detalle), y ha realizado cuatro películas sobre el holocausto. Dar a conocer su historia, aun a costa de revivir su dolorosa experiencia, tiene un objetivo muy claro: “que algo así no vuelva a repetirse. Es necesario que los jóvenes conozcan la historia para que aprendan de nuestros errores”.



Tras su trágico caminar al borde de la muerte en Plaszow, Julag, Mauthausen, Auschwitz-Birkenau y Dachau, Bernard Offen ha sido capaz de perdonar a sus verdugos. “Para mí es necesario perdonar. Si no lo hiciera, llevaría ese odio en mi interior, y estaría haciéndome daño a mí, no a los asesinos, no a la SS, no a los torturadores. Decidí dejarlo ir, porque no podemos cambiar lo que sucedió, pero sí evitar que vuelva a suceder”. Y es capaz también de sonreír: “no siempre, pero lo intento. Me da fuerza. Una sonrisa consigue que otras personas sonrían. Cuando somos negativos, deprimimos a los demás, y cuando somos positivos los levantamos. Es una elección, elegimos en cada momento cómo somos para nosotros mismos y para los demás”. Y es que, para este superviviente de uno de los episodios más negros de la humanidad, lo que de verdad importa es precisamente eso, “las personas, los seres humanos”.  

miércoles, 14 de abril de 2021

La soberbia y otras causas de la tragedia del Titanic.


La noche del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los peores desastres marítimos en tiempos de paz de la historia; y, desde luego, el más célebre. Fueron muchas las circunstancias que convirtieron este naufragio en leyenda –la tragedia en sí, el elevado número de muertos, la insuficiente cantidad de botes, la diferencia de clases en las prioridades del salvamento- pero son más aún los extraños sucesos que lo envolvieron, las misteriosas coincidencias que condujeron al titánico buque a hundirse inevitablemente en las gélidas aguas del Atlántico Norte.


El crucero más grandioso, rápido, moderno, lujoso y seguro del planeta parte del puerto de Southampton, con bandera de nacionalidad británica. Ha sido construido expresamente para atravesar el Atlántico a mayor velocidad que ningún otro buque, portando en sus fastuosos camarotes a los más adinerados miembros de la alta sociedad mundial. La compañía está orgullosa de su obra maestra y ha dado orden al capitán de navegar a toda máquina hasta el puerto de destino. Será un buen reclamo publicitario. Sus tres poderosas hélices mueven las 70.000 toneladas a una velocidad de 25 nudos, cortando las olas a su paso como una gigantesca cuchilla. No hay peligro, aseguran sus creadores, a pesar de la niebla y otras amenazas imprevisibles y más que probables; el barco es “insumergible”. A unas 400 millas al este de la isla de Terranova el aire se enfría repentinamente. La niebla es densa, pero el monstruo flotante mantiene su frenética velocidad. De pronto, el vigía grita con fuerza –y pánico-: “¡Iceberg a proa!”
Un instante después esa proa choca violentamente contra la descomunal masa de hielo y el “insumergible” portento de la ingeniería moderna comienza a hundirse en las oscuras y frías aguas. Y con él dos tercios de los 2.177 pasajeros. No hay botes de salvamento para todos. Pocos minutos después, el Titán se sumerge definitivamente en el océano y desaparece de la vista de los 705 afortunados supervivientes.  

¿Titán? Sí, has leído bien. La tragedia del hundimiento del Titán fue relatada por el marino y escritor Morgan Robertson 15 años antes del naufragio del Titanic, en 1897. La novela de título Futility (inutilidad) -que fue reeditada en 1912, unas semans antes del naufragio del Titanic, con el más sugerente nombre The Wreck of the Titan (‘El naufragio del Titán’)- coincide asombrosamente con el suceso real. No sólo en el nombre de la nave, la ambición y arrogancia de sus armadores y la helada causa del desastre, sino también en detalles tan precisos como el puerto de partida (Southampton), la velocidad (25 nudos), el insuficiente número de botes (24-20), el tamaño y el tonelaje (70.000 -66.000), el número de supervivientes (705-605) y el lugar del siniestro (a 400 millas de Terranova en ambos casos).

Tal vez podamos achacar a la casualidad las múltiples coincidencias entre el Titán y el Titanic, sin embargo el visionario Robertson –oficial de la marina mercante estadounidense además de prolífico escritor aficionado- escribió en 1914 otra novela, de título ‘Más allá del espectro’, en la que pronosticó una guerra entre Estados Unidos y Japón, provocada por un ataque furtivo de estos últimos en el mes de diciembre y en la que modernos aviones lanzaban “bombas soles”, tan poderosas que podían destruir una ciudad entera en segundos. Descrito treinta años antes de Pearl Harbor y el Enola Gay.


Pero si la novela de Robertson predijo el desastre del Titanic 14 años antes de que ocurriera, el célebre periodista británico William Thomas Stead –pionero del periodismo de investigación- lo hizo con 26 años de antelación. El 22 de marzo de 1886, Stead publicó un artículo llamado ‘Cómo el buque-correo se hundió en mitad del Atlántico, por un superviviente’, en el que un vapor de gran tamaño colisiona con otro barco, provocando una gran pérdida de vidas debido a la escasez de botes de salvamento. “Esto es exactamente lo que podría suceder, y sucederá, si las naves zarpan con pocos botes salvavidas” añadía Stead.

El periodista y editor aún se acercó más al Titanic en 1892, cuando publicó un relato titulado ‘Del Viejo al Nuevo Mundo’, en el que un navío de pasajeros, el Majestic, rescata un puñado de supervivientes procedentes de otro buque que había colisionado con un iceberg. El Majestic era un barco real y en aquellos años se encontraba capitaneado por Edward Smith… el primer y último capitán del Titanic. Sin embargo, la relación de Stead con el Titanic es aún más curiosa y, sobre todo, mucho más trágica. En 1910, dos años antes del hundimiento, dio una conferencia sobre seguridad en los barcos de pasajeros, que ilustró con un dibujo en el que él mismo aparecía como víctima de un naufragio. Una ficción que se hizo dramática realidad en la noche del 14 de abril de 1912. Lo más sorprendente es que Stead no tenía previsto realizar el viaje en el Titanic y fue un conocido futurólogo, W. De Kerlor, quien unos meses antes lo ‘vio’ embarcado rumbo a América y “envuelto en una catástrofe marítima junto a cientos de personas”. Incluso hubo un sacerdote británico que le envió una carta premonitoria sobre el naufragio de un transatlántico en su viaje inaugural.

Pese a todos estos avisos y oscuras premoniciones –o precisamente por ellos- W. T. Stead, adalid del nuevo periodismo, defensor de los derechos de la mujer, abogado de los oprimidos y firme candidato al Nobel de la Paz aquel año, decidió embarcarse en Southampton rumbo a Nueva York en ese portento de la ingeniería marítima absolutamente insumergible. Precisamente el motivo de su viaje era asistir a un congreso de paz, invitado por el presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft. Pero un iceberg se cruzó en su camino. Cuentan los supervivientes que, tras el choque fatal, Stead ayudó a cuantas mujeres y niños pudo para embarcarlos en los botes en un acto “típico de su generosidad, coraje y humanidad”. Después de que todos los botes hubieron partido, Stead regresó a la sala de fumadores de Primera Clase donde fue visto por última vez sentado en una butaca de cuero, leyendo parsimoniosamente un grueso libro. Su cuerpo nunca fue recuperado.

Sí lo fue, en cambio, el cuerpo del violinista Wallace Hartley, otro de los héroes del Titanic. Durante el hundimiento –que se prolongó cerca de tres horas- los ocho miembros de la banda, dirigidos por Hartley, no dejaron de tocar sus instrumentos en ningún momento, primero en el salón y después en cubierta, con la intención de que los pasajeros mantuvieran la calma y la esperanza. Testigos supervivientes afirmaron en su día que la última melodía que interpretaron fue ‘Nearer, my God, to Thee’ (‘Más cerca, Señor, de Ti’). Ninguno de los ocho sobrevivió. El hecho sorprendente, aparte de su romántico heroísmo, es que el cadáver de Hartley fue hallado con su violín fuertemente amarrado al pecho (había sido un regalo de su prometida), pero al ser repatriado a Gran Bretaña el instrumento había desaparecido. Después de un siglo de misterio, fue recuperado y subastado en 2013, por la considerable cifra de 900.000 libras. La anécdota miserable la pone la propia naviera propietaria del barco insumergible, White Star Line, que cobró a la familia del héroe el coste de la pérdida de su uniforme.

Además del violinista Wallace Hartley, otras 1.516 personas fallecieron en el naufragio; y 705 pudieron ser rescatadas de los botes salvavidas, después de sobrevivir al desastre y a la hipotermia. Era el destino que tenían asignado. Hubo otros pasajeros que también salvaron sus vidas porque el destino, o la bendita casualidad, cambió sus planes de embarcar. Es el caso del que iba a ser segundo ingeniero de a bordo, Colin McDonald, que declinó la oferta debido a un oscuro presentimiento. Condon Middleton tenía su pasaje desde hacía tiempo y una incontenible ilusión por ser protagonista de aquel viaje histórico; pero poco antes de la partida, soñó con el hundimiento del barco dos noches consecutivas y anuló la reserva en el último momento.


Hubo quien cambió de idea casi con un pie a bordo, como el empresario J. P. Morgan, propietario de la naviera, que canceló su billete a causa de una superstición inesperada, cuando ya tenía su equipaje en el lujoso camarote. Inexplicable es también el caso del señor y la señora Wanderbright, que habían enviado previamente a su mayordomo a organizar el equipaje en la estancia reservada, pero a escasos minutos de zarpar decidieron no subir a bordo, abandonando a sirviente y equipaje a su suerte. El propio dueño de la constructora, Lord Gird, que acostumbraba a realizar todos los viajes inaugurales de sus barcos, no lo hizo en esta ocasión. 


Pero el caso más singular de supervivencia quizá sea el de la camarera Violet Jessop, que trabajó primero en el barco estrella de la White Star Line, el Olympic… hasta que chocó con un crucero británico; posteriormente fue camarera y superviviente del Titanic; voluntaria de Cruz Roja en la I Guerra Mundial, a bordo del Britannic, que fue hundido por una explosión; tras la guerra, regresó como camarera al Olympic, que en uno de sus últimos viajes chocó contra un pequeño barco-faro, matando a siete de sus once tripulantes. Estos sucesos., sin embargo, nunca llegaron a desanimar a Violet Jessop que continuó ejerciendo su vocación de camarera marítima en distintos cruceros hasta que se retiró en 1950. No hay noticias de que hundiera más barcos.   



Efecto Titanic
La concatenación de sucesos fatales, que conducen inevitablemente a un desastre –que se podía haber evitado fácilmente- se conoce como ‘efecto Titanic’. Desde luego, tiene su razón de ser:

· La causa de que en aquella primavera hubiera tal abundancia de icebergs en la zona de Terranova es doble: por una parte el desprendimiento inusual de placas de hielo en Groenlandia y por otra su desplazamiento a una gran velocidad, debido a una excepcional fuerza gravitatoria de la luna y el sol (la luna alcanzó el punto más cercano a la Tierra en 1400 años).

· Si el Titanic hubiese chocado de proa contra el Iceberg, se habría podido mantener a flote, incluso seguir navegando, con tan sólo dos compartimentos inundados.

· Si el vigía hubiera avistado el iceberg 5 segundos antes se hubiera evitado la colisión. Si lo hubiera hecho 5 segundos después, se hubiera estrellado de frente.

· Si el primer oficial, Murdoch, no hubiese dado la orden de marcha atrás, el buque habría pasado junto al iceberg sin tocarlo.


· Si esa noche hubiese habido viento, o los vigías hubiesen tenido prismáticos, el iceberg habría sido avistado con tiempo suficiente para evitar la catástrofe.


· El exceso de confianza -de soberbia, de vanidad, de autoengaño- y la consiguiente falta de previsión fue, probablemente, la más culpable de las causas de la tragedia.


jueves, 16 de enero de 2020

Think BIC! Homenaje al boli de nuestra vida



En la era de la revolución digital, de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la sociedad virtual, no viene mal recordar uno de los inventos más revolucionarios, exitosos y aparentemente simples de la Historia. Tal vez sea exagerado compararlo a la rueda, la polea o la imprenta, pero en aquellos años de carencias y pesadumbre tras la II Guerra Mundial, el boli BIC logró, como los otros grandes inventos de la Humanidad, facilitarnos la vida. Que no es poco.


En 1950, el inquieto Marcel Bich y su socio Edouard Buffard, que unos años antes habían adquirido en París una fábrica desocupada con la idea de producir partes para plumas y lapiceros, crearon un producto que reunía toda la practicidad y avances tecnológicos de la época, y que invariablemente marcó un gran salto para la Humanidad en el desarrollo de la escritura cotidiana: el bolígrafo Bic Cristal. Aunque en realidad, el verdadero creador fue el húngaro Laszo Biró en 1938, cuyo ingenio consistía en una bola de acero en la punta de un cilindro, lleno de tinta especial que bajaba por acción de la gravedad, cubría la bola y se secaba al instante sobre el papel. El invento de Biró se llamó birome, y fue la base sobre la que Marcel Bich diseñó su propia bola metálica, perfeccionando el flujo de tinta de forma que acabó para siempre con los molestos borrones. Bich quitó la ‘h’ de su apellido (para evitar incómodas sonoridades con la palabra ‘bitch’) y el nuevo bolígrafo firmó su página en la historia con el nombre de Bic, “el bolígrafo mediano”.



En 1953 salió de fábrica el primer bolígrafo Bic Cristal y la primera palabra que escribió fue “éxito”. Una acertada premonición, desde luego, porque aquella tinta era petróleo. La producción inicial de 10.000 unidades diarias se multiplicó hasta las 250.000 en sólo tres años. En poco tiempo la revolución Bic se extendió por todo el mundo, hasta llegar a los 160 países actuales, en los que se venden 15 millones de bics cada día. Con los años, la compañía comercializó otros exitosos inventos del propio Bich, tan dispares y tan geniales como mecheros, cuchillas de afeitar desechables, canoas, tablas de surf y hasta móviles.

El ingenioso Barón Marcel Bich murió en 1994, a los 79 años de edad, después de una prolífica biografía creadora y procreadora (tuvo once hijos).

Hace un par de años, en la primavera de 2018, este pequeño invento tuvo incluso su propia Exposición, nada menos que en el prestigioso Centquatre de París, donde protagonizó una colección de arte contemporáneo sin precedentes. Más de 150 trabajos artísticos entre dibujos, fotografías y esculturas, de artistas procedentes de todo el planeta, unidos por una inspiración común: el boli Bic.

Y es que desde hace casi siete décadas, el Bolígrafo Bic forma parte de la Historia tanto como el boli bic de la historia de cada uno. Todos tenemos nuestros propios recuerdos inseparables de un boli bic. Desde nuestra tierna infancia y esos ‘murales abstractos’ que aparecían en las paredes del salón (blanco lienzo donde los haya); o en el colegio, para escribir dictados, pintar gafas y pipa a Sócrates en el libro de Filosofía o disparar bolitas de papel mojado en plan cerbatana de precisión; o en la Facultad, tatuándonos brazos y manos con oportunos ‘recordatorios’ en los exámenes (también escritos con compás y paciencia infinita en el propio boli, para lo que se tardaba, más o menos, el tiempo de estudiar la asignatura completa); y por supuesto en el trabajo, garabateando inconscientemente en aburridas reuniones o firmando prometedores negocios. 

Sí, el boli Bic es parte imborrable de nuestra particular historia, de mi historia también; tan imborrable como su tinta azul o negra sobre el papel de mis cuadernos, habitualmente llenos de terroríficos garabatos adornando mis apuntes. Mis primeros  relatos y poesías adolescentes, mis primeros dibujos de cómic o las primeras ideas creativas que presenté a mis clientes nacieron de un Bic. También fue parte inseparable de mi afición a la música, en forma de improvisadas baquetas o rebobinando las decenas de casetes que grababa cada año (¿os suena?). Y quién no recuerda aquel inolvidable jingle, que marcó a nuestra generación y que aún hoy recordamos y tarareamos con indisimulada nostalgia: “Bic naranja escribe fino; Bic Cristal escribe normal”. 




Y yo me pregunto: sesenta y siete años después de su nacimiento, cuando miles (millones) de jóvenes emprendedores repartidos por el mundo globalizado e hipertecnológico están tratando de inventar la nueva app que revolucione el mercado, ¿cuántos están inventando el nuevo Bic? ¿Un ingenio del alcance, la versatilidad, la simplicidad, la longevidad y la universalidad del boli bic?




martes, 10 de mayo de 2016

Coca Cola: el poder de una marca

Coca-Cola fue creada el 8 de mayo de 1886 en la ciudad de Atlanta (Georgia) por el farmacéutico John S. Pemberton, quien desarrolló la fórmula de un jarabe comercializado como “tónico efectivo para el cerebro y los nervios”. Hoy no sólo es la bebida más popular del mundo, también una marca capaz de protagonizar películas, entrar en el MOMA, designar sedes olímpicas y hasta crear iconos universales, como Santa Claus.



John Pemberton inventó el producto, sí, pero la aportación de su contable, Frank Robinson, resultó casi más importante e imperecedera: fue él quien ideó la marca y diseñó el logotipo. Esa característica tipografía cursiva (Spencerian Script), reconocida en los cinco continentes, y ese nombre, pronunciado por millones de personas cada día, tienen mucho más valor, y sobre todo, mucho más poder que el refresco en sí. Un poder al que sin duda ha dado unos buenos empujones la emblemática publicidad de la marca.
Desde el pasacalle colgado en la farmacia Jacob, invitando a los peatones a disfrutar de la Coca-Cola, o el primer anuncio, publicado en el Atlanta Journal el 27 de mayo de 1886, en el que se vendían sus innovadoras cualidades (“Deliciosa, Refrescante, Estimulante y Vigorizante”; “Cura el dolor de cabeza”), hasta la famosa campaña de “La Chispa de la Vida” o las más recientes “Para todos” (que nos llegó de Argentina), “El lado Coca-Cola de la vida” o “El color de la felicidad”, la publicidad de la marca ha trascendido al propio marketing para colarse en nuestras vidas y entrar a formar parte de nuestras familias, de nuestra cultura, de nuestras costumbres, de nuestra diversión… de nuestras emociones. Éste es su secreto: haber sabido crear unos anclajes emocionales absolutamente firmes con sus consumidores generación tras generación, adaptándose a cada tiempo; y además, transmitiendo siempre valores positivos como familia, amistad, compañerismo, esfuerzo, ilusión, solidaridad, alegría de vivir…


Todo, además, acompañado por una banda sonora que ha trascendido igualmente a la mera publicidad. Las canciones de los anuncios de Coca-Cola son una categoría en sí mismas. Originales o adaptadas, cada una de ellas a lo largo de la historia ha sabido conquistar a su generación. En 1971, la canción del anuncio de Coca-Cola “I'd Like to Teach the World to Sing (In Perfect Harmony)”, interpretado por The New Seekers (un grupo multicultural de adolescentes), obtuvo tal resonancia que se editó en versión completa y llegó a ser Nº 1 en Reino Unido y Nº 7 en USA. Y como éste, varios han sido los temas que han alcanzado las primeras posiciones en las listas de éxitos americanas y europeas. Y españolas, claro: ¿quién no recuerda el Pita Pita Del o el Chihuahua de hace unos años? Un logro sólo igualado por Kodak (una sola vez) con aquella magnífica canción de Paul Simon, Kodachrome.

Estas son algunas de las claves que explican que, de los nueve refrescos diarios que vendía Coca-Cola en 1886, hoy se consuman cerca de 8.000 cada segundo. Y que de los 20 empleados de la compañía en 1899 se haya pasado a la escalofriante cifra de 8.000.000 de personas que trabajan en la actualidad para Coca-Cola, directa o indirectamente.


La botella “contour”… ¿una mujer?
Otro de los iconos inconfundibles de Coca-Cola es su botella “contour”. Y también otra de las famosas leyendas sobre la marca refutadas por la historia real. La leyenda dice que la silueta más reconocida del mundo está inspirada en las curvas de una mujer. La historia afirma que esas sugerentes curvas son, en realidad, las de un grano de cacao. Veamos: a finales de 1915 la empresa Root-Glass recibe el encargo de diseñar una nueva botella. El diseñador Earl Dean, buscando inspiración en los ingredientes del producto, encuentra en las páginas de la Enciclopedia Británica una ilustración del grano del cacao, cuya forma aflautada le llama la atención, y la toma como referencia. Dean acaba su prototipo y lo presenta en la convención de embotelladores de 1916, donde es elegido frente a otros diseños. Ese mismo año se empiezan a fabricar las primeras botellas “contour”, basadas en el grano de cacao… aunque el cacao nunca formó parte de la fórmula original de Coca-Cola. Una bagatela sin mayor trascendencia, si tenemos en cuenta que Earl Dean creó el envase más reconocido del planeta. Tanto, que figura en el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York) como ejemplo de diseño universal.


Según cuenta otra leyenda, nunca corroborada, sólo dos personas conocen exactamente la fórmula y la manera correcta de mezclar todos sus ingredientes. Nunca viajan juntos, ni comen los mismos platos, ni duermen en el mismo hotel. La receta secreta, denominada "Merchandise 7X" está guardada bajo llave en el SunTrust Bank Building de Atlanta, cuna de Coca-Cola.
Lo que seguro no es leyenda es que Coca-Cola creó a Santa Claus. No al santo Nicolás de Bari, claro, pero sí la imagen que de él se tiene en toda la cultura occidental desde los años 30. Su creador fue un ilustrador de Coca-Cola llamado Haddom Sundblom, de origen sueco, al que se encargó representar al santo de una forma más humana y creíble; el resultado fue el orondo personaje lleno de vitalidad y alegría que todos conocemos, y cuyo traje rojo y blanco recuerda sospechosamente los colores de la marca.

El poder de Coca-Cola es tal que logró que su ciudad, Atlanta, organizara los Juegos Olímpicos de 1996 en lugar de la ciudad favorita, Atenas, que era considerada la sede más apropiada para celebrar los 100 años de las primeras olimpiadas de la Era Moderna, que tuvieron lugar precisamente en Atenas en 1896. Y, por cierto, sólo doce años después de Los Ángeles 1984 y a pesar de las duras condiciones climáticas, con un calor sofocante y porcentajes de humedad del 90%. Eso sí, ideal para refrescarse con una Coca-Cola.


El mayor error de marketing de la historia
Los directivos de Coca-Cola no siempre han confiado al cien por cien en el componente emocional de su propia marca. En los años ochenta esa duda pudo haber acabado con el refresco más bebido del mundo. La historia comenzó con una campaña de su eterno rival, Pepsi, que ideó un spot con un test ciego en el que se mostraba a una anciana en un supermercado, que se sorprendía enormemente tras haber elegido el sabor de Pepsi en lugar de “su” Coca-Cola. Pepsi incrementó sustancialmente sus ventas, ante lo que Coca-Cola reaccionó con la peor estrategia posible: lanzando un nuevo producto, con un nuevo sabor, un nuevo nombre y una nueva imagen: “New Coke”. Pepsi aprovechó para dar un nuevo golpe y lanzó a su vez una campaña en la que resaltaba el porqué de que Coca-Cola hubiese cambiado su sabor: el sabor de Pepsi. Fueron los propios consumidores de Coca-Cola, fieles a los valores intangibles de la marca, quienes reclamaron el regreso al original (sabor y nombre); en tres meses fue tal la avalancha de peticiones, en todos los medios y por todos los medios, que la compañía tuvo que rectificar y volver a fabricar la Coca-Cola clásica… después de invertir millones de dólares en crear la nueva.

Un directivo de la época lo explicaba así: “Todo el dinero y tiempo invertidos en investigar la preferencia del consumidor hacia la nueva Coca-Cola no pudieron medir ni revelar la profunda relación emocional que tantas personas sienten hacia la Coca-Cola original… es un maravilloso misterio americano, un encantador enigma, y no puede medirse más de lo que se puede medir el amor, el orgullo o el patriotismo”.
La lección que aprendieron los directivos, los publicitarios, los estrategas y los investigadores fue, simplemente, que Coca-Cola no vende sabor, vende emociones.
Como la música. O como el cine.

Starring: Coca-Cola

Pocas marcas, si es que esxiste alguna, han sido las protagonistas absolutas de una película. Ninguna, desde luego, ha protagonizado dos obras maestras. Salvo Coca-Cola, claro. Una es la deliciosa comedia escrita y dirigida por el sudafricano Jamie Uys en 1980, que tuvo un enorme éxito a pesar de su bajo presupuesto. La película se llama Los dioses deben estar locos. El lugar, el desierto de Kalahari. El protagonista, Xi, un bosquimano. La historia, una botella de Coca-Cola vacía que es lanzada desde una avioneta y cae a los pies de Xi, quien la recoge y la lleva a la aldea. Para su gente será “un regalo de los dioses”, caído del cielo; pero pronto se convierte en objeto de discordia, ya que todos la quieren pero sólo hay una, por lo que Xi decide llevarla al extremo de su mundo conocido, para devolvérsela a los dioses.


La otra gran película es la genial Uno, dos, tres, del maestro Billy Wilder. Rodada en 1961, cuenta de manera trepidante, al ritmo endiablado de La danza del sable, las tribulaciones del norteamericano MacNamara (un impagable James Cagney), jefe de ventas de Coca-Cola en Berlín. Una de las mejores comedias de la historia del cine, en la que Billy Wilder se mofa con su inteligencia y acidez habituales de la Guerra Fría, del comunismo, del capitalismo, del nazismo y hasta de la Coca-Cola (“¡Ni hablar caballeros, la fórmula no sale de nuestra casa! Se la damos a ustedes y a los cuatro días la China comunista ya la tiene”. “No nos hace falta, si queremos Coca-Cola la inventaremos nosotros”. “El año pasado sacaron ustedes una pobre imitación, la Kremlin Cola. Fueron a probarla a los países satélites pero ni los albaneses pudieron bebérsela. La usaron para bañar cabras, ¿o no?”. “Sin comentarios”). Y más aún, el grito de MacNamara en la última escena de la película, cuando se dispone a sacar Coca-Colas de una máquina, y lo que sale es… ¡una Pepsi!
            Como diría también el mismísimo Wilder en otra de sus obras maestras, “Nadie es perfecto”.