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lunes, 16 de mayo de 2022

Fernando Vega de Seoane: una buena dosis de vitamina positiva

 



Hace unos días tuve la suerte de asistir a una charla de Fernando Vega de Seoane, organizada por la Fundación Lo Que de Verdad Importa. Para quien no lo conozca –pocos, a estas alturas- Fernando es ese tipo que se quedó parapléjico tras estamparse contra un árbol (“que me recibió con los brazos abiertos”) esquiando en Baqueira. Un accidente desafortunado en una bajada normal, tranquila, y en una pista sin aparente riesgo. Pura mala suerte. Una putada que él ha transformado en un vivo ejemplo de superación, inspiración y energía positiva. Ése es Fernando, Fer.

La vida de Fer antes de romperse la espalda era de lo más normal. Familia numerosa y feliz, buenos amigos, trabajo motivador, empresa propia, aficiones apasionantes. Lo mismo que ahora. Es lo que él nos cuenta con total naturalidad (y sin tratar de vendernos la moto). Porque lo extraordinario de Fer no es que su vida sea maravillosa desde una silla de ruedas, sino que sigue siéndolo a pesar de la silla de ruedas. Y es que lo esencial, lo importante, no ha cambiado. Ni por fuera ni, sobre todo, por dentro.

Esta es la primera gran lección que nos deja en su charla (muy directa, muy distendida y muy elocuente). Hubo, confiesa, un momento corto, muy corto, de tristeza tras el accidente. Notó perfectamente el alcance de la lesión, y la consecuencia inevitable. Pero al minuto decidió encarar la situación con actitud positiva. Físicamente era mucho más lo que le quedaba intacto (manos, brazos, ojos, boca, cabeza…) que lo que había perdido (piernas). Anímicamente, en realidad no había perdido nada (familia, amigos, trabajo, motivación, fe, humor, optimismo, todo seguía ahí). Puede que incluso haya ganado en unos cuantos de esos aspectos.


El proceso de recuperación fue largo y duro. Más largo –e innecesario- de lo que él habría deseado, sobre todo en el hospital de parapléjicos de Toledo (“si estoy bien por qué tengo que cumplir el protocolo completo en lugar de irme a mi casa”). Y menos duro de lo que imaginó en un principio (“desde el frío de la nieve, ahí tirado, hasta llegar a casa, en cada paso iba a mejor: helicóptero – UCI – planta – Toledo – especialistas – silla de ruedas - Madrid....”). Gracias también, en parte, a la magia sedante del Propofol y después a su sistema para automatizar el dolor neuropático, que es inevitable e incurable, pero perfectamente neutralizable.



En Toledo Fer fue un paciente impaciente, inconformista y racional. Tremendamente pragmático. Su única obsesión era acelerar el proceso, saltarse lo inútil. Porque él, orgánicamente y psicológicamente estaba bien. No había trauma, ni depresión, ni negación, ni falsa euforia. Puede chocar, puede parecer pretencioso, puede no ser lo habitual… pero esa es la verdad, lo que él sentía y necesitaba. De modo que su única urgencia era conseguir el alta cuanto antes. “Rapidito”. Lo consiguió a las dos semanas (el protocolo dicta tres meses).

 La llegada a casa, después de dos semanas en el hospital de Toledo y noventa y cuatro días en total tras el accidente, no fue fácil. Ahí es donde se dio cuenta de lo complicado que es no tener piernas útiles. Pero complicado no significa imposible. Con la ayuda casi sobrehumana de su mujer, Fer tardó dos horas, muy complicadas, en llegar a la bañera (escaleras, desvestirse, cuarto de baño lleno de trampas, caída suicida a la bañera…), pero a pesar de todo consiguió finalmente darse ese baño largamente esperado y merecido. Lo disfrutó como nunca habría imaginado. La clave de la hazaña, nos dice, fue “no ver barreras aunque las haya. Porque las hay”.

La otra clave, además de su inconformismo, su carácter positivo, su sentido del humor y su pragmatismo endémico, era estar bien. “Eso es lo que de verdad importa. Estar bien yo para que a mi alrededor las cosas estén mejor”. Su mujer, Bea (otro fenómeno que merece su propia charla inspiradora), sus cinco hijos, sus familiares y amigos, su trabajo. “Si yo estoy enfadado o deprimido sería todo muy difícil, no solo para mí, sobre todo para las personas que están a mi alrededor”. Así que no había ni hay opción. Por supuesto que hay momentos de cabreo o de frustración (¿quién no los tiene, con o sin piernas?). Pero ganan la sonrisa, la gratitud y el buen rollo por goleada. Una victoria compartida: Fer tiene sus pilares fundamentales (“mis agarraderas”), que son su familia, sus amigos y su trabajo. “Si todo eso va bien, lo demás va bien. Y yo estoy bien”. En realidad, lo que nos dice Fer es que el accidente ha cambiado un aspecto de su vida (andar), pero no ha cambiado su vida. Y la labor impagable de Bea, “gestionando la situación con esa serenidad y esa paz, a mí me ha dado mucha tranquilidad”.

Al final, si algo tiene solución, se busca la solución; y si no la tiene, pues se inhibe. Estamos demasiado preocupados por situaciones o problemas que no van a ocurrir nunca. Hay que vivir el presente, disfrutar lo que se tiene, ser feliz con poco. Si estás cubierto emocionalmente, lo demás pasa a un segundo plano. Eso es algo que ha de gestionarse con actitud positiva. No hay otra. Y vale para todos: “cada uno tiene su silla de ruedas”, nos recuerda Fer.

 


“Yo me siento un privilegiado. He nacido en Madrid, una de las ciudades top del mundo; he vivido en una familia que me ha procurado la mejor educación. ¿Mérito mío? No. Tengo mi propia empresa, una mujer maravillosa, cinco hijos de los que me siento orgulloso, amigos de los de verdad… En realidad no tengo ni una sola razón para decir por qué me ha pasado esto a mí”. Hay todavía quien piensa que Fer, tarde o temprano, va a caer; que se va a dar de bruces con la cruel realidad. El viejo pecado de juzgar sin conocer. Porque pensar eso, además de injusto y estúpido, es puro desconocimiento. No es cuestión de heroísmo (él reniega rotundamente de esa consideración), sino de sentido común, de aceptación y aprovechamiento. De profundo respeto hacia su vida y a la de quienes le rodean. De honesta y sincera gratitud por lo que tiene, que es mucho, muchísimo más que lo que le falta.

Aquellos que quieren cantar siempre encuentran una canción, dice un proverbio sueco. Está claro que perder la movilidad en las piernas no impide a Fernando Vega de Seoane seguir cantando alto y afinado. Una canción con una potente melodía y una letra inspiradora que está llegando a todos los rincones con su “vitamina positiva”. Una canción pegadiza y contagiosa que está haciendo vibrar los corazones de muchísima gente. Animando, empujando, aliviando, impulsando o, simplemente, alegrando las vidas de mucha, mucha gente. Y eso, querido Fernando, sí es mérito tuyo. Sigue cantando, por favor. A ver si nosotros encontramos también nuestra canción.




miércoles, 14 de abril de 2021

La soberbia y otras causas de la tragedia del Titanic.


La noche del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los peores desastres marítimos en tiempos de paz de la historia; y, desde luego, el más célebre. Fueron muchas las circunstancias que convirtieron este naufragio en leyenda –la tragedia en sí, el elevado número de muertos, la insuficiente cantidad de botes, la diferencia de clases en las prioridades del salvamento- pero son más aún los extraños sucesos que lo envolvieron, las misteriosas coincidencias que condujeron al titánico buque a hundirse inevitablemente en las gélidas aguas del Atlántico Norte.


El crucero más grandioso, rápido, moderno, lujoso y seguro del planeta parte del puerto de Southampton, con bandera de nacionalidad británica. Ha sido construido expresamente para atravesar el Atlántico a mayor velocidad que ningún otro buque, portando en sus fastuosos camarotes a los más adinerados miembros de la alta sociedad mundial. La compañía está orgullosa de su obra maestra y ha dado orden al capitán de navegar a toda máquina hasta el puerto de destino. Será un buen reclamo publicitario. Sus tres poderosas hélices mueven las 70.000 toneladas a una velocidad de 25 nudos, cortando las olas a su paso como una gigantesca cuchilla. No hay peligro, aseguran sus creadores, a pesar de la niebla y otras amenazas imprevisibles y más que probables; el barco es “insumergible”. A unas 400 millas al este de la isla de Terranova el aire se enfría repentinamente. La niebla es densa, pero el monstruo flotante mantiene su frenética velocidad. De pronto, el vigía grita con fuerza –y pánico-: “¡Iceberg a proa!”
Un instante después esa proa choca violentamente contra la descomunal masa de hielo y el “insumergible” portento de la ingeniería moderna comienza a hundirse en las oscuras y frías aguas. Y con él dos tercios de los 2.177 pasajeros. No hay botes de salvamento para todos. Pocos minutos después, el Titán se sumerge definitivamente en el océano y desaparece de la vista de los 705 afortunados supervivientes.  

¿Titán? Sí, has leído bien. La tragedia del hundimiento del Titán fue relatada por el marino y escritor Morgan Robertson 15 años antes del naufragio del Titanic, en 1897. La novela de título Futility (inutilidad) -que fue reeditada en 1912, unas semans antes del naufragio del Titanic, con el más sugerente nombre The Wreck of the Titan (‘El naufragio del Titán’)- coincide asombrosamente con el suceso real. No sólo en el nombre de la nave, la ambición y arrogancia de sus armadores y la helada causa del desastre, sino también en detalles tan precisos como el puerto de partida (Southampton), la velocidad (25 nudos), el insuficiente número de botes (24-20), el tamaño y el tonelaje (70.000 -66.000), el número de supervivientes (705-605) y el lugar del siniestro (a 400 millas de Terranova en ambos casos).

Tal vez podamos achacar a la casualidad las múltiples coincidencias entre el Titán y el Titanic, sin embargo el visionario Robertson –oficial de la marina mercante estadounidense además de prolífico escritor aficionado- escribió en 1914 otra novela, de título ‘Más allá del espectro’, en la que pronosticó una guerra entre Estados Unidos y Japón, provocada por un ataque furtivo de estos últimos en el mes de diciembre y en la que modernos aviones lanzaban “bombas soles”, tan poderosas que podían destruir una ciudad entera en segundos. Descrito treinta años antes de Pearl Harbor y el Enola Gay.


Pero si la novela de Robertson predijo el desastre del Titanic 14 años antes de que ocurriera, el célebre periodista británico William Thomas Stead –pionero del periodismo de investigación- lo hizo con 26 años de antelación. El 22 de marzo de 1886, Stead publicó un artículo llamado ‘Cómo el buque-correo se hundió en mitad del Atlántico, por un superviviente’, en el que un vapor de gran tamaño colisiona con otro barco, provocando una gran pérdida de vidas debido a la escasez de botes de salvamento. “Esto es exactamente lo que podría suceder, y sucederá, si las naves zarpan con pocos botes salvavidas” añadía Stead.

El periodista y editor aún se acercó más al Titanic en 1892, cuando publicó un relato titulado ‘Del Viejo al Nuevo Mundo’, en el que un navío de pasajeros, el Majestic, rescata un puñado de supervivientes procedentes de otro buque que había colisionado con un iceberg. El Majestic era un barco real y en aquellos años se encontraba capitaneado por Edward Smith… el primer y último capitán del Titanic. Sin embargo, la relación de Stead con el Titanic es aún más curiosa y, sobre todo, mucho más trágica. En 1910, dos años antes del hundimiento, dio una conferencia sobre seguridad en los barcos de pasajeros, que ilustró con un dibujo en el que él mismo aparecía como víctima de un naufragio. Una ficción que se hizo dramática realidad en la noche del 14 de abril de 1912. Lo más sorprendente es que Stead no tenía previsto realizar el viaje en el Titanic y fue un conocido futurólogo, W. De Kerlor, quien unos meses antes lo ‘vio’ embarcado rumbo a América y “envuelto en una catástrofe marítima junto a cientos de personas”. Incluso hubo un sacerdote británico que le envió una carta premonitoria sobre el naufragio de un transatlántico en su viaje inaugural.

Pese a todos estos avisos y oscuras premoniciones –o precisamente por ellos- W. T. Stead, adalid del nuevo periodismo, defensor de los derechos de la mujer, abogado de los oprimidos y firme candidato al Nobel de la Paz aquel año, decidió embarcarse en Southampton rumbo a Nueva York en ese portento de la ingeniería marítima absolutamente insumergible. Precisamente el motivo de su viaje era asistir a un congreso de paz, invitado por el presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft. Pero un iceberg se cruzó en su camino. Cuentan los supervivientes que, tras el choque fatal, Stead ayudó a cuantas mujeres y niños pudo para embarcarlos en los botes en un acto “típico de su generosidad, coraje y humanidad”. Después de que todos los botes hubieron partido, Stead regresó a la sala de fumadores de Primera Clase donde fue visto por última vez sentado en una butaca de cuero, leyendo parsimoniosamente un grueso libro. Su cuerpo nunca fue recuperado.

Sí lo fue, en cambio, el cuerpo del violinista Wallace Hartley, otro de los héroes del Titanic. Durante el hundimiento –que se prolongó cerca de tres horas- los ocho miembros de la banda, dirigidos por Hartley, no dejaron de tocar sus instrumentos en ningún momento, primero en el salón y después en cubierta, con la intención de que los pasajeros mantuvieran la calma y la esperanza. Testigos supervivientes afirmaron en su día que la última melodía que interpretaron fue ‘Nearer, my God, to Thee’ (‘Más cerca, Señor, de Ti’). Ninguno de los ocho sobrevivió. El hecho sorprendente, aparte de su romántico heroísmo, es que el cadáver de Hartley fue hallado con su violín fuertemente amarrado al pecho (había sido un regalo de su prometida), pero al ser repatriado a Gran Bretaña el instrumento había desaparecido. Después de un siglo de misterio, fue recuperado y subastado en 2013, por la considerable cifra de 900.000 libras. La anécdota miserable la pone la propia naviera propietaria del barco insumergible, White Star Line, que cobró a la familia del héroe el coste de la pérdida de su uniforme.

Además del violinista Wallace Hartley, otras 1.516 personas fallecieron en el naufragio; y 705 pudieron ser rescatadas de los botes salvavidas, después de sobrevivir al desastre y a la hipotermia. Era el destino que tenían asignado. Hubo otros pasajeros que también salvaron sus vidas porque el destino, o la bendita casualidad, cambió sus planes de embarcar. Es el caso del que iba a ser segundo ingeniero de a bordo, Colin McDonald, que declinó la oferta debido a un oscuro presentimiento. Condon Middleton tenía su pasaje desde hacía tiempo y una incontenible ilusión por ser protagonista de aquel viaje histórico; pero poco antes de la partida, soñó con el hundimiento del barco dos noches consecutivas y anuló la reserva en el último momento.


Hubo quien cambió de idea casi con un pie a bordo, como el empresario J. P. Morgan, propietario de la naviera, que canceló su billete a causa de una superstición inesperada, cuando ya tenía su equipaje en el lujoso camarote. Inexplicable es también el caso del señor y la señora Wanderbright, que habían enviado previamente a su mayordomo a organizar el equipaje en la estancia reservada, pero a escasos minutos de zarpar decidieron no subir a bordo, abandonando a sirviente y equipaje a su suerte. El propio dueño de la constructora, Lord Gird, que acostumbraba a realizar todos los viajes inaugurales de sus barcos, no lo hizo en esta ocasión. 


Pero el caso más singular de supervivencia quizá sea el de la camarera Violet Jessop, que trabajó primero en el barco estrella de la White Star Line, el Olympic… hasta que chocó con un crucero británico; posteriormente fue camarera y superviviente del Titanic; voluntaria de Cruz Roja en la I Guerra Mundial, a bordo del Britannic, que fue hundido por una explosión; tras la guerra, regresó como camarera al Olympic, que en uno de sus últimos viajes chocó contra un pequeño barco-faro, matando a siete de sus once tripulantes. Estos sucesos., sin embargo, nunca llegaron a desanimar a Violet Jessop que continuó ejerciendo su vocación de camarera marítima en distintos cruceros hasta que se retiró en 1950. No hay noticias de que hundiera más barcos.   



Efecto Titanic
La concatenación de sucesos fatales, que conducen inevitablemente a un desastre –que se podía haber evitado fácilmente- se conoce como ‘efecto Titanic’. Desde luego, tiene su razón de ser:

· La causa de que en aquella primavera hubiera tal abundancia de icebergs en la zona de Terranova es doble: por una parte el desprendimiento inusual de placas de hielo en Groenlandia y por otra su desplazamiento a una gran velocidad, debido a una excepcional fuerza gravitatoria de la luna y el sol (la luna alcanzó el punto más cercano a la Tierra en 1400 años).

· Si el Titanic hubiese chocado de proa contra el Iceberg, se habría podido mantener a flote, incluso seguir navegando, con tan sólo dos compartimentos inundados.

· Si el vigía hubiera avistado el iceberg 5 segundos antes se hubiera evitado la colisión. Si lo hubiera hecho 5 segundos después, se hubiera estrellado de frente.

· Si el primer oficial, Murdoch, no hubiese dado la orden de marcha atrás, el buque habría pasado junto al iceberg sin tocarlo.


· Si esa noche hubiese habido viento, o los vigías hubiesen tenido prismáticos, el iceberg habría sido avistado con tiempo suficiente para evitar la catástrofe.


· El exceso de confianza -de soberbia, de vanidad, de autoengaño- y la consiguiente falta de previsión fue, probablemente, la más culpable de las causas de la tragedia.


lunes, 8 de abril de 2019

Nando Parrado. Milagro (y algo más) en Los Andes

Fernando Seler Parrado, Nando, era un joven deportista y buen estudiante en octubre de 1972. Jugador del equipo de rugby los Old Christians de Montevideo (uno de los mejores equipos de Uruguay), se dirigía junto con sus compañeros y algún familiar a Chile, para disputar un partido amistoso de exhibición. No llegaron. Su avión se estrelló en mitad de la cordillera de los Andes, a más de 4000 metros de altitud. Un desierto gélido e inaccesible, sin comida, sin agua, sin abrigo, sin apenas oxígeno, sin esperanza. Un ataúd blanco en el que Nando y sus amigos estuvieron enterrados en vida durante 72 días, en unas condiciones en las que es imposible la supervivencia humana. En teoría. Porque dieciséis de ellos lograron sobrevivir.



El ambiente que se respiraba en el interior del avión Fairchild mientras sobrevolaba el imponente macizo de roca y nieve era de juvenil diversión y camaradería. Hasta que asomó la primera turbulencia. La alegría se cortó en seco cuando comenzaron a chirriar los motores y las montañas se veían demasiado cerca del avión. Otra sacudida y el fuselaje comenzó a vibrar con extrema violencia. Luego, un fuerte temblor, un crujido terrible y el aire gélido invadió la cabina. A Nando apenas le dio tiempo a cruzar la mirada con su madre y su hermana Susy. Un segundo después, el golpe brutal. Y la nada.

Cuando Nando Parrado despertó del coma, habían transcurrido tres días desde el accidente. La primera noticia que recibió fue la muerte de su madre. La segunda, la muerte de su mejor amigo, Panchito. La tercera, el gravísimo estado de su hermana. Decidió aferrarse con todas sus fuerzas (escasas, aún) a esta última y dedicarse enteramente a su cuidado, alimentándola y masajeando sus piernas gangrenosas, consolando su delirio febril. Sus compañeros, liderados por el capitán del equipo, Marcelo, llevaban ya tres días organizando la supervivencia, administrando las barritas de chocolate, los cacahuetes y algunas botellas de vino y licor que constituían el único alimento disponible; habilitando los escasos cinco metros de fuselaje que habían quedado intactos tras el golpe (que partió el avión en dos: de la fila 9 hacia atrás, no quedó nada; a Nando le había tocado, por casualidad, la fila 9); apilando maletas, y asientos para taponar el hueco abierto en la parte trasera y mitigar en lo posible los 20 o 30 grados bajo cero de la noche.


Quedaban 32 supervivientes, cinco de ellos con heridas graves. A todos les mantenía vivos una única esperanza: ser rescatados. Solo tenían que aguantar unos días en esas terribles condiciones y acabaría su sufrimiento. A esa idea se aferraron con fervor casi religioso. Pero iban pasando los días y no había señal alguna de los equipos de rescate. Ni un helicóptero, ni una avioneta, nada. La tarde del octavo día Susy murió en los brazos de Nando. Le invadió una deprimente sensación de vacío y de soledad, pero ni siquiera pudo llorarla (“las lágrimas malgastan sal”). Pensó en su padre, y eso fue lo único que le dio nuevos motivos para seguir luchando.

En la mañana del undécimo día se selló definitivamente su condena a muerte. Lo escucharon por la radio (que habían conseguido medio arreglar tras el accidente): “Después de 10 días de búsqueda, las autoridades han decidido suspender las tareas de rescate. Es demasiado peligroso y después de tanto tiempo no hay probabilidades de que nadie sobreviva”. Los 29 supervivientes se quedaron en silencio. Luego, unos cayeron de rodillas, otros gritaron a las montañas, otros rezaron, otros se limitaron a llorar. Marcelo, el heroico líder hasta ese instante, el capitán que los había mantenido unidos y vivos durante 10 días, se desmoronó. Un segundo después, Roberto Canessa había asumido el liderazgo. Y Nando había decidido que él no iba a morir.

En el momento en que oí la radio vi lo que iba a pasar y me di cuenta al instante de que estábamos condenados a una muerte horrible. Y yo decidí que no quería morir así, decidí irme del avión, huir de allí. Pero no lo podía hacer, porque estábamos atrapados; caminábamos diez metros y nos hundíamos hasta la cintura en nieve virgen, con zapatos y ropa de verano. Yo solo miraba hacia las montañas, pensando por dónde iba a salir de ahí…” El espacio que tenían para vivir en el fuselaje del Fairchild era de 4,5 metros, justo detrás de la cabina (destrozada por el impacto). 27 dormían en el suelo, rotando para turnarse las partes más frías; dos de ellos, malheridos, permanecían colgados del techo en hamacas fabricadas con cinturones y butacas.

La noche del día 13, Nando no podía dormir. Se giró y golpeó la cara de Carlitos. “Carlitos, ¿qué estás pensando?” “Estaba pensando exactamente lo mismo que tú, Nando”. Lo mismo que pensaban también los otros. Diez minutos después, todos estaban hablando del tema en la gélida oscuridad. “Fue una conversación muy dura, muy dramática y muy sincera. Llegamos a la conclusión de que podíamos hacer tres cosas: unos optaban por el suicidio, ya que estábamos muertos; vamos todos a la grieta más cercana, nos cogemos de las manos y saltamos; morimos en 10 segundos en vez de esperar una muerte horrible, mirándonos a los ojos. Otros optaban por seguir rezando, con la esperanza de que nos vinieran a rescatar; yo les dije que tal vez rezar ayudara a mantener la esperanza, pero había que hacer algo. Entonces Roberto, el líder, saltó y dijo: ‘Sí sabemos lo que tenemos que hacer, ¡tenemos que comer! Para poder aguantar hasta el verano y tener fuerzas para salir”.


Todos ellos estaban ya condenados a muerte, y cualquier decisión que tomaran, saliera bien o mal, no iba a cambiar esa situación. Nando tomó la palabra: “Soy un muerto viviente, no importa lo que pase, yo estoy condenado a morir. Pero no quiero morirme sentado, y voy a intentar cualquier cosa para salir de aquí. Quiero abrazar a mi padre y decirle que estoy vivo”. Para lograrlo —para intentarlo siquiera— solo tenían una opción: alimentarse de los cuerpos de sus compañeros muertos. Como si hubieran donado sus órganos para que sus amigos tuvieran una mínima opción de sobrevivir.
            “Hicimos un pacto, los 27 que quedábamos vivos: ‘Por favor, si yo muero comed mi cuerpo para que al menos uno pueda salir de aquí’. Nosotros éramos católicos, y alguno lo vio como una Comunión, entregar nuestro cuerpo para salvar a nuestros amigos, como hizo Jesús. Para mí era simplemente la posibilidad de vivir, de volver a ver a mi padre. La solución a un problema, el del hambre. Aún quedaban otros problemas graves: el agua, el frío, los heridos”.

Pero si la supervivencia en aquellas condiciones era ya casi imposible, todavía podían empeorar. La noche del 29 de octubre, dos semanas y media después del accidente, sintieron un ruido extraño en la distancia, que fue haciéndose ensordecedor a velocidad vertiginosa; luego, un temblor, un potentísimo impacto y, finalmente, el silencio. En apenas unos segundos el fuselaje había quedado cubierto de nieve por una gigantesca avalancha. Varios de ellos quedaron aprisionados en la tumba blanca, sin poder respirar, sin posibilidad de mover un solo dedo. “Descubrí lo eterno que puede ser un minuto y medio. Sin respiración, en completa oscuridad. Uno no ve ni un centímetro delante… Estaba enterrado”. Los que quedaron fuera actuaron con heroica rapidez (“¡después de un shock tan tremendo!”), desenterrando los rostros que habían quedado bajo la nieve para que pudieran respirar.

“Yo no podía resistir más. No tuve pánico, solo sentí paz. Pensé que nunca imaginé que iba a morir bajo una avalancha, que era extraño. Pero a la vez un alivio”. Un minuto y medio llevaba Nando enterrado, a punto de estallarle los pulmones, cuando sintió una mano que le raspaba la cara y al instante un chorro de aire helado entrando por su garganta. Dos horas después pudieron empezar a desenterrar el resto de su cuerpo. Otros no tuvieron tanta suerte: ocho murieron enterrados. Aunque todos los demás, los supervivientes, también permanecían enterrados en el fuselaje, ahora bajo tres metros de nieve. Tres días tardaron en cavar un túnel para poder salir a la superficie.
“La situación era esta: un agujero en la nieve y tres metros más abajo un trozo de fuselaje donde vivía gente (además de ocho cadáveres), en una montaña en mitad de los Andes”. Sin embargo, la avalancha también había salvado sus vidas, pues elevó la temperatura en el interior 15 o 20 grados, como en un igloo. Y disponían de 8 cuerpos más.



Esto sucedió dos semanas y media después del accidente. Pero aún quedaban dos meses hasta su rescate. ¿Y qué pasó durante aquellos 60 días? “Nada. Y mucho. Nada en acción, porque en cuanto andábamos unos metros nos hundíamos. Empezamos a experimentar calzados para la nieve: almohadones atados a los pies, planchas de aluminio. Inventamos gafas de sol, máquinas de hacer agua, un saco de dormir con las fundas de los asientos. A mí me eligieron jefe de expedición, supongo que porque yo solamente quería salir de ahí”. Aunque era una muerte segura (frío, avalanchas, grietas…) Nando no tenía dudas al respecto: “moriré luchando contra esta montaña, pero al menos lo intentaré”. Para él, sin embargo, no era ningún acto heroico: “el coraje viene del miedo”.
Los días y las semanas transcurrían desesperadamente lentas. Y las fuerzas se iban minando con rapidez. Dos más murieron. Los rostros demacrados, los cuerpos famélicos, las mentes débiles y desesperanzadas de este flamante equipo de jóvenes guerreros tan solo unos días atrás, clamaban por una salida. No podían esperar hasta el verano, porque la montaña les estaba matando poco a poco. Eligieron un día para la expedición, el 12 de diciembre. La noche anterior ultimaron los preparativos: dos pantalones, dos camisetas, una camisa, un jersey y una cazadora de algodón. Por la mañana, los tres expedicionarios (Antonio, Roberto y Nando) se abrazaron a sus compañeros y partieron montaña arriba. A 5000 metros de altitud, y con sus exiguas fuerzas, cada paso suponía un esfuerzo brutal; no se lo esperaban. Esa noche durmieron los tres abrazados dentro del saco y al día siguiente decidieron que Antonio debía volver con los demás; su ritmo entorpecía la marcha.


“Seguimos subiendo y subiendo, y al llegar a la cima (esta es una lección en mi vida) descubrimos que era una falsa cima. No podíamos más, pero había que seguir. Hubo cuatro de esas falsas cimas, y las cuatro veces no podíamos más. La última era la peor de todas. No había rocas donde agarrarse, no teníamos guantes (era como golpearse los dedos como un martillito durante horas y horas); no había oxígeno. Tardamos 14 horas en subir 60 metros; toda la noche, gritando, llorando, insultando a la suerte; orinándonos en las manos y en las piernas tratando de calentarlas. Cuando llegamos, a la mañana siguiente, hacía sol. Dios nos había bendecido con los días de mejor tiempo que uno pueda imaginarse”.
El mazazo llegó unos minutos después. “¿Ves verde?”, preguntaba Roberto, que aún no había llegado hasta arriba. “¡Dime que ves verde!” Nando no fue capaz de responder; apenas podía respirar. Ante él, 360 grados a su alrededor, solo se veían “montañas, montañas y nada más que montañas”; moles de roca y nieve hasta donde alcanzaba la vista. Moles de roca y  nieve que aplastaron sus esperanzas sin contemplación, en un instante. O casi. “Los siguientes 40 o 50 segundos fueron los más importantes de mi vida, porque tomé la decisión más difícil  de mi vida. Decidí cómo iba a morir. Le dije a Roberto ‘hacia atrás no podemos volver y aquí no vamos a morir. Yo me voy. Cada paso que dé estaré más cerca de mi padre’. Y él me dijo: ‘hemos hecho tantas cosas juntos que vamos a hacer una más, moriremos juntos’”.

Fueron bajando hacia un valle y luego otro, caminando sin descanso durante diez días, kilómetros y kilómetros de nieve, hielo, rocas, grietas y ríos. Y cuando ya no podían dar un solo paso, caminaban diez o doce horas más. “Rezábamos mucho, cada paso era un Avemaría; yo con la imagen de mi padre, y sin fuerzas, pero caminando, siguiendo adelante”. Un paso más, un esfuerzo más; en su mente recordaba la historia de su padre, cuando ganó el Campeonato Sudamericano de remo; a 50 metros de la meta su cuerpo estaba al límite, le estallaban los pulmones, los músculos agarrotados, sólo quería rendirse, dejar de sufrir; entonces miró a su contrincante y vio el mismo sufrimiento en su rostro, y empezó a remar con más fuerza, un poco más, un poco más, hasta que atravesó la meta, el primero. “Esa historia, años después, me salvó la vida”.


Diez días después, consumidos por el agotamiento, la suerte (el milagro) decidió que Roberto se sentara mirando hacia la montaña que tenía enfrente, mientras Nando observaba la puesta de sol. Roberto gritó “¡Un hombre! ¡Un hombre a caballo!” Estaba a unos 300 metros. Comenzaron a gritar y el hombre les hizo una seña, justo antes de que el sol se ocultara por completo. Aquella noche no durmieron, de pura excitación. Al amanecer, bajaron la montaña y llegaron hasta un río, infranqueable y ensordecedor; al otro lado, a 20 metros de distancia, el hombre y su caballo. Le hicieron señas y el hombre les lanzó una piedra envuelta en un papel y un lápiz bien atado. Le devolvieron la piedra con este mensaje: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Tengo 14 amigos ahí arriba. No tenemos comida. ¿Cuándo nos vienen a buscar arriba? Por favor”. El hombre les lanzó un poco de queso y pan y se marchó.

Regresó al día siguiente con caballos, comida y ayuda. Les mostraron un mapa para que señalaran el lugar donde estaba el avión. “¡Pero si esto está a 60 kilómetros! Ustedes no pueden haber atravesado los Andes con esa ropa; ni haber sobrevivido dos meses y medio en las montañas”. Cuatro horas después llegó el helicóptero desde Santiago de Chile. Nando subió, muerto de miedo por las fuertes turbulencias, y guio al equipo de rescate hasta los restos del Fairchild. Era muy arriesgado aterrizar, pero consiguió bajar lo suficiente como para que tres supervivientes pudieran subir al avión, que se lanzan sobre Nando y le cubren de besos, abrazos y lágrimas. “Aún recuerdo sus caras, con una alegría inmensa de estar vivos de nuevo”. Una horas más tarde, todos estaban a salvo en el hospital. La muerte había quedado definitivamente atrás, en las montañas, y para los dieciséis acababa de empezar una nueva vida.


“Yo aprendí muchas cosas: por ejemplo a sobrevivir en cualquier circunstancia. Pero eso no es lo más importante. Lo que modificó realmente mi vida es lo que aprendí al volver a casa”. Sentado frente a frente con su padre, ante las sillas vacías de su madre y de su hermana. La tristeza, la ausencia. Su padre le dice. “No miremos hacia atrás, no podemos cambiar el pasado. Miremos hacia adelante. Y no pienses que esto es lo más importante de tu vida. Tienes que vivir, crear una familia, trabajar, cometer errores…”

Nando rehízo su vida. Alcanzó el éxito como empresario, continuó su pasión por los deportes. Conoció a Veronique, su esposa; tuvieron dos preciosas hijas, Cecilia y Verónica, que cada vez que le abrazan es como si le dijeran “gracias papá por haber sufrido lo que sufriste, porque si no, nosotras no estaríamos respirando”. Y cada minuto que pasa con ellas, con su padre, con sus amigos, Nando se da cuenta de qué es lo que de verdad importa: “lo único que vale es el amor y los afectos; lo demás desaparece en un segundo”. Como le dijo su padre: “no cometas el mismo error que yo, que esperé a decirle cosas a tu madre que luego no pude, porque no tuve tiempo; así que vive, quiere a tu familia y diles todos los días lo que significan para ti”.


Lo más importante que Nando aprendió allí, durante 72 días de sufrimiento extremo, mirando a la muerte cada minuto, fue el significado de la palabra Amor: “El calor de mis hijas cuando las acuesto cada noche o la presencia callada de mi esposa Veronique cerca de mí, momentos que no se repetirán, esos son los valores importantes y duraderos”. Y el significado de la palabra Amistad: sus compañeros de los Andes siguen siendo sus mejores amigos 40 años después; se ven a menudo, comparten sus vidas, se ayudan cuando tiene problemas, se quieren. Y todos conservan la misma ética, los mismos valores (generosidad, esfuerzo, unidad, entrega…) que salvaron sus vidas en aquel test imposible.

“Gracias a esa experiencia, hoy valoro infinitamente más cada instante, vivo sobre todo el presente. Disfrutar cada aliento es sensacional. Vivo de regalo todos los días en honor de los que no tuvieron mi suerte”. Y lo más importante, su sufrimiento en los Andes se llevó todo lo trivial e insignificante. “Todos nos dimos cuenta de que lo único crucial en esta vida es amar y ser amado”.


Esta historia la escribí originalmente para el  libro Lo Que De Verdad Importa (Volumen I), editado por Lunwerg.