viernes, 13 de abril de 2012

La soberbia y otras causas de la tragedia del Titanic.


La noche del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los peores desastres marítimos en tiempos de paz de la historia; y, desde luego, el más célebre. Fueron muchas las circunstancias que convirtieron este naufragio en leyenda –la tragedia en sí, el elevado número de muertos, la insuficiente cantidad de botes, la diferencia de clases en las prioridades del salvamento- pero son más aún los extraños sucesos que lo envolvieron, las misteriosas coincidencias que condujeron al titánico buque a hundirse inevitablemente en las gélidas aguas del Atlántico Norte.
El crucero más grandioso, rápido, moderno, lujoso y seguro del planeta parte del puerto de Southampton, con bandera de nacionalidad británica. Ha sido construido expresamente para atravesar el Atlántico a mayor velocidad que ningún otro buque, portando en sus fastuosos camarotes a los más adinerados miembros de la alta sociedad mundial. La compañía está orgullosa de su obra maestra y ha dado orden al capitán de navegar a toda máquina hasta el puerto de destino. Será un buen reclamo publicitario. Sus tres poderosas hélices mueven las 70.000 toneladas a una velocidad de 25 nudos, cortando las olas a su paso como una gigantesca cuchilla. No hay peligro, aseguran sus creadores, a pesar de la niebla y otras amenazas imprevisibles y más que probables; el barco es “insumergible”. A unas 400 millas al este de la isla de Terranova el aire se enfría repentinamente. La niebla es densa, pero el monstruo flotante mantiene su frenética velocidad. De pronto, el vigía grita con fuerza –y pánico-: “¡Iceberg a proa!”
Un instante después esa proa choca violentamente contra la descomunal masa de hielo y el “insumergible” portento de la ingeniería moderna comienza a hundirse en las oscuras y frías aguas. Y con él dos tercios de los 2.177 pasajeros. No hay botes de salvamento para todos. Pocos minutos después, el Titán se sumerge definitivamente en el océano y desaparece de la vista de los 705 afortunados supervivientes.  

¿Titán? Sí, han leído bien. La tragedia del hundimiento del Titán fue relatada por el marino y escritor Morgan Robertson 15 años antes del naufragio del Titanic, en 1897. La novela de título Futility (inutilidad) -que fue reeditada en 1912, unas semans antes del naufragio del Titanic, con el más sugerente nombre The Wreck of the Titan (‘El naufragio del Titán’)- coincide asombrosamente con el suceso real. No sólo en el nombre de la nave, la ambición y arrogancia de sus armadores y la helada causa del desastre, sino también en detalles tan precisos como el puerto de partida (Southampton), la velocidad (25 nudos), el insuficiente número de botes (24-20), el tamaño y el tonelaje (70.000 -66.000), el número de supervivientes (705-605) y el lugar del siniestro (a 400 millas de Terranova en ambos casos).

Tal vez podamos achacar a la casualidad las múltiples coincidencias entre el Titán y el Titanic, sin embargo el visionario Robertson –oficial de la marina mercante estadounidense además de prolífico escritor aficionado- escribió en 1914 otra novela, de título ‘Más allá del espectro’, en la que pronosticó una guerra entre Estados Unidos y Japón, provocada por un ataque furtivo de estos últimos en el mes de diciembre y en la que modernos aviones lanzaban “bombas soles”, tan poderosas que podían destruir una ciudad entera en segundos. Descrito treinta años antes de Pearl Harbor y el Enola Gay.


Pero si la novela de Robertson predijo el desastre del Titanic 14 años antes de que ocurriera, el célebre periodista británico William Thomas Stead –pionero del periodismo de investigación- lo hizo con 26 años de antelación. El 22 de marzo de 1886, Stead publicó un artículo llamado ‘Cómo el buque-correo se hundió en mitad del Atlántico, por un superviviente’, en el que un vapor de gran tamaño colisiona con otro barco, provocando una gran pérdida de vidas debido a la escasez de botes de salvamento. “Esto es exactamente lo que podría suceder, y sucederá, si las naves zarpan con pocos botes salvavidas” añadía Stead.
El periodista y editor aún se acercó más al Titanic en 1892, cuando publicó un relato titulado ‘Del Viejo al Nuevo Mundo’, en el que un navío de pasajeros, el Majestic, rescata un puñado de supervivientes procedentes de otro buque que había colisionado con un iceberg. El Majestic era un barco real y en aquellos años se encontraba capitaneado por Edward Smith… el primer y último capitán del Titanic. Sin embargo, la relación de Stead con el Titanic es aún más curiosa y, sobre todo, mucho más trágica. En 1910, dos años antes del hundimiento, dio una conferencia sobre seguridad en los barcos de pasajeros, que ilustró con un dibujo en el que él mismo aparecía como víctima de un naufragio. Una ficción que se hizo dramática realidad en la noche del 14 de abril de 1912. Lo más sorprendente es que Stead no tenía previsto realizar el viaje en el Titanic y fue un conocido futurólogo, W. De Kerlor, quien unos meses antes lo ‘vio’ embarcado rumbo a América y “envuelto en una catástrofe marítima junto a cientos de personas”. Incluso hubo un sacerdote británico que le envió una carta premonitoria sobre el naufragio de un transatlántico en su viaje inaugural.
Pese a todos estos avisos y oscuras premoniciones –o precisamente por ellos- W. T. Stead, adalid del nuevo periodismo, defensor de los derechos de la mujer, abogado de los oprimidos y firme candidato al Nobel de la Paz aquel año, decidió embarcarse en Sothampton rumbo a Nueva York en ese portento de la ingeniería marítima absolutamente insumergible. Precisamente el motivo de su viaje era asistir a un congreso de paz, invitado por el presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft. Pero un iceberg se cruzó en su camino. Cuentan los supervivientes que, tras el choque fatal, Stead ayudó a cuantas mujeres y niños pudo para embarcarlos en los botes en un acto “típico de su generosidad, coraje y humanidad”. Después de que todos los botes hubieron partido, Stead regresó a la sala de fumadores de Primera Clase donde fue visto por última vez sentado en una butaca de cuero, leyendo parsimoniosamente un grueso libro. Su cuerpo nunca fue recuperado.

Sí lo fue, en cambio, el cuerpo del violinista Wallace Hartley, otro de los héroes del Titanic. Durante el hundimiento –que se prolongó cerca de tres horas- los ocho miembros de la banda, dirigidos por Hartley, no dejaron de tocar sus instrumentos en ningún momento, primero en el salón y después en cubierta, con la intención de que los pasajeros mantuvieran la calma y la esperanza. Testigos supervivientes afirmaron en su día que la última melodía que interpretaron fue ‘Nearer, my God, to Thee’ (‘Más cerca, Señor, de Ti’). Ninguno de los ocho sobrevivió. El hecho sorprendente, aparte de su romántico heroísmo, es que el cadáver de Hartley fue hallado con su violín fuertemente amarrado al pecho (había sido un regalo de su prometida), pero al ser repatriado a Gran Bretaña el instrumento había desaparecido. Después de un siglo de misterio, parece ser que ha sido recuperado hace escasas fechas y en estos momentos se está investigando su autenticidad, antes de ser subastado (suponemos que por una cifra considerable). La anécdota miserable la pone la propia naviera propietaria del barco insumergible, White Star Line, que cobró a la familia del héroe el coste de la pérdida de su uniforme.
            Además del violinista Wallace Hartley, otras 1.516 personas fallecieron en el naufragio; y 705 pudieron ser rescatadas de los botes salvavidas, después de sobrevivir al desastre y a la hipotermia. Era el destino que tenían asignado. Hubo otros pasajeros que también salvaron sus vidas porque el destino, o la bendita casualidad, cambió sus planes de embarcar. Es el caso del que iba a ser segundo ingeniero de a bordo, Colin McDonald, que declinó la oferta debido a un oscuro presentimiento. Condon Middleton tenía su pasaje desde hacía tiempo y una incontenible ilusión por ser protagonista de aquel viaje histórico; pero poco antes de la partida, soñó con el hundimiento del barco dos noches consecutivas y anuló la reserva en el último momento.

Hubo quien cambió de idea casi con un pie a bordo, como el empresario J. P. Morgan, propietario de la naviera, que canceló su billete a causa de una superstición inesperada, cuando ya tenía su equipaje en el lujoso camarote. Inexplicable es también el caso del señor y la señora Wanderbright, que habían enviado previamente a su mayordomo a organizar el equipaje en la estancia reservada, pero a escasos minutos de zarpar decidieron no subir a bordo, abandonando a sirviente y equipaje a su suerte. El propio dueño de la constructora, Lord Gird, que acostumbraba a realizar todos los viajes inaugurales de sus barcos, no lo hizo en esta ocasión. Pero el caso más singular de supervivencia quizá sea el de la camarera Violet Jessop, que trabajó primero en el barco estrella de la White Star Line, el Olympic… hasta que chocó con un crucero británico; posteriormente fue camarera y superviviente del Titanic; voluntaria de Cruz Roja en la I Guerra Mundial, a bordo del Britannic, que fue hundido por una explosión; tras la guerra, regresó como camarera al Olympic, que en uno de sus últimos viajes chocó contra un pequeño barco-faro, matando a siete de sus once tripulantes. Estos sucesos., sin embargo, nunca llegaron a desanimar a Violet Jessop que continuó ejerciendo su vocación de camarera marítima en distintos cruceros hasta que se retiró en 1950. No hay noticias de que hundiera más barcos.   


Efecto Titanic
La concatenación de sucesos fatales, que conducen inevitablemente a un desastre –que se podía haber evitado fácilmente- se conoce como ‘efecto Titanic’. Desde luego, tiene su razón de ser:

· La causa de que en aquella primavera hubiera tal abundancia de icebergs en la zona de Terranova es doble: por una parte el desprendimiento inusual de placas de hielo en Groenlandia y por otra su desplazamiento a una gran velocidad, debido a una excepcional fuerza gravitatoria de la luna y el sol (la luna alcanzó el punto más cercano a la Tierra en 1400 años).

· Si el Titanic hubiese chocado de proa contra el Iceberg, se habría podido mantener a flote, incluso seguir navegando, con tan sólo dos compartimentos inundados.

· Si el vigía hubiera avistado el iceberg 5 segundos antes se hubiera evitado la colisión. Si lo hubiera hecho 5 segundos después, se hubiera estrellado de frente.

· Si el primer oficial, Murdoch, no hubiese dado la orden de marcha atrás, el buque habría pasado junto al iceberg sin tocarlo.


· Si esa noche hubiese habido viento, o los vigías hubiesen tenido prismáticos, el iceberg habría sido avistado con tiempo suficiente para evitar la catástrofe.


· El exceso de confianza -de soberbia- y la consiguiente falta de previsión fue, probablemente, la más culpable de las causas de la tragedia.


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