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miércoles, 1 de enero de 2025

Jose Nortes: amar la música sobre todas las cosas

 


Imagina que subes a un mismo escenario a músicos del calibre de Miguel Ríos, Coque Malla, Ariel Rot, Antonio Vega (DEP), Quique González, Sergio Makaroff, Morgan, Ricardo Ruipérez o la mismísima Sharon Corr, acompañados por unos teloneros de lujo como Txetxu Altube, Anaheim, Iñigo Coppel, Carlos Vudú, Marta Andrés… ¿Sabes qué tendrían todos en común (además de un talento extraordinario y una calidad musical de primer orden)? A un tipo llamado Jose Nortes.

Un tipo que sabe de música como pocos en nuestro país; que siente, vive, mama, respira, transpira música por cada poro… en cada latido. Un tipo que, sencillamente, ES música. Y lo es desde siempre y en todo cuanto hace. Guitarrista vocacional y de altísimo nivel desde su adolescencia –una pasión que nunca ha abandonado- y desde hace más de una década uno de los productores de mayor prestigio en nuestro panorama musical.

Un tipo modesto y amable, que entiende la producción como un intenso viaje entre compañeros/amigos/colegas, esto es, lleno de complicidad, de buenos ratos y de buen rollo. Un tipo respetado, querido y requerido por músicos de todo pelo -consagrados, legendarios, reinventados, emergentes- que buscan en Nortes, pues eso, su norte. Su guía. Su faro. Su mejor versión. Y, sin excepción, la encuentran. 

Todo esto, y muchos factores más, hacen de Jose Nortes un productor musical con mayúsculas.

 

 

Bienvenido a Black Betty… Estás en tu casa

Ese buen rollo es lo que se palpa nada más entrar en el estudio que Jose Nortes ha estrenado hace un par de años en Madrid, muy cerquita de Las Ventas (escenario de tantísimos conciertos memorables). El ambiente acogedor y cálido de Black Betty Studios (homenaje de Nortes al clásico de Leadbelly reinventado por Ram Jam en 1977) te envuelve al instante y te hace sentir como en casa (que es de lo que se trata). El espacio abierto y holgado, el imponente piano Steinway, las guitarras ordenadas y ansiosas por sonar (Gibson, Duesemberg, Rickenbacker, la acústica de doce cuerdas de Álvaro Urquijo, que ese día andaba por ahí), las paredes de madera y el techo sin final aparente, un equipo de sonido espectacular… y una sala de máquinas impecable a los mandos del maestro. Un sitio pensado para crear.

 


Un viaje siempre en buena compañía

Todo lo que haga falta para «ayudar al artista a sacar lo mejor que tiene dentro, que todo ese caos que tiene en la cabeza se plasme en una canción, en un disco». Esta es la misión del productor para Nortes, un papel anónimo en el backstage que es reflejo de su amor por la música y al mismo tiempo su forma de expresarse (eso sí, sin que se note; «si se oye mucho al productor no estás haciendo bien tu trabajo»). No hay regla de oro: cada artista, cada disco, cada tema es un mundo; y cada proceso también, desde empezar el tema de cero a cambiarlo por completo, y todo lo que hay entre medias.

En este viaje lo importante es que el artista tenga plena confianza en el productor, y se deje guiar, buscar nuevos caminos, probar enfoques diferentes, dar las vueltas que haga falta hasta llegar al final feliz. Para ello Nortes cuenta también con una gran familia de músicos habituales, su guardia de corps, que desprenden talento, complicidad y profesionalidad por todos los poros. Y, si el sonido lo requiere, el productor ficha a quien crea conveniente, sin mayor problema: por ejemplo, la sección rítmica de Fito para un disco de Ariel Rot, o el sonido irlandés de Street Wings para lo último de Txetxu Altube (rendido fan de Bap Kennedy).

 

En el principio fue Led Zeppelin

Pero vayamos al principio. ¿De dónde nace la vocación musical de Jose Nortes? Desde muy pequeño se enamoró de la guitarra (una amante, por cierto, a la que siempre ha sido fiel), con la inestimable ayuda de Led Zeppelin. Formó las típicas bandas de versiones durante su adolescencia, y a los 16 años se vio en la encrucijada (nunca mejor dicho) entre estudiar Caminos o dedicarse a otra cosa (¿la música?). Probó Caminos. Un año bastó para darse cuenta del error y, de paso, descubrir una carrera con el sugerente nombre de Audio Engineering. Fue en el Berklee College of Music de Boston, la universidad privada de música más grande del mundo. “Aquello era como Fama, tal cual”, recuerda. Cuatro años después, regresaba a España con el título, una mochila rebosante de música nueva y la clara convicción de dedicarse profesionalmente a este mundo.

 

De The Bolivians a Miguel Ríos 

Formó varias bandas y llegó a hacer cierto ruido a finales de los 90 con The Bolivians (junto a Carlos Raya, más tarde guitarrista de MClan); hasta sacaron un par de discos. Pero justo cuando empezaban a ir hacia arriba… se peleron unos y otros por no se sabe qué tontería y se fue todo al traste. En un día. Después de cinco años de plena dedicación. Nortes quedó tan decepcionado que se dijo: «Se acabaron las bandas. Ahora voy a producir» (ya que tenía el título…). Sin abandonar nunca la guitarra, por supuesto. De hecho, empezó a tocar para Antonio Vega (cogió el relevo de Raya cuando éste fue reclamado por Carlos Tarque) mientras producía a Quique González (Pájaros Mojados, 2002). Luego llegó Miguel Ríos, el gran Miguel Ríos, y lo fichó para su banda, de la que Nortes es pilar fundamental. Y hasta hoy. Casi quince años. Lo último, esa gigantesca gira (Symphonic Ríos), acompañado por orquesta sinfónica y los Black Betty Boys, liderados por Nortes.

 


Dúos, tríos y otras conexiones

Como dijo en una ocasión su admirado Jimmy Page, «Amo tocar. Si pudiera hacer sólo esto, sería una utopía». Así lo siente (y el público también) cada vez que se sube a un escenario y se marca uno de sus brutales solos. Hay mucho Gilmour en esos dedos (otro de sus héroes; y también de Jimmy Page, por cierto). Utopía o no, afortunadamente para nosotros Jose Nortes no sólo toca la guitarra.

Su prestigio como productor brilla más con cada disco. Que se lo digan a Coque Malla, a Ricardo Ruipérez o a Sharon Corr (su nuevo disco en solitario), por mencionar algunos trabajos recientes. O a Ariel Rot, por mencionar uno de sus primeros. «Ariel confió ciegamente en mí desde el primer momento. Le estaré agradecido toda mi vida». Aquel álbum, Dúos, Tríos y Otras Perversiones (2007), fue un punto de inflexión fundamental en su vida profesional. Por la calidad extraordinaria del disco, por el reto que supuso y por el talento que allí se concentró (Amaral, Fito, MClan, Coque Malla. Bunbury, Calamaro, Miguel Ríos, Pereza, Quique González…).

Talento que se atrae y se conecta, creando nuevos vínculos una y otra vez. El primer disco de Quique le conectó con Ariel y Makaroff, por ejemplo. El de Ariel con Coque Malla, mientras Carlos Raya le llevó a Antonio Vega y su amigo Paco Eldelahar le presentó a Nina, que hacía coros en la banda de Paco, Anaheim, con solo 17 añitos. De ese encuentro mágico nació luego Morgan, nada menos; sin duda uno de los mayores bombazos del rock (y el blues, el góspel, el soul, el jazz, el country…) español en los últimos años. Precisamente, el estudio de Nortes, Black Betty, se estrenó con el primer álbum de Nina, «Ove», Ekain, Paco y «Chuches». El nombre del disco, North, es un sincero “gracias” a su productor.

 

El estudio, por cierto, comparte espacio, ilusión y colaboraciones con un proyecto de creación literaria de nombre La Plaza de Poe, liderado por la escritora Eva Losada Casanova, pareja de Nortes. Todo queda en casa.

 


 

Cuando el rock era como un puñetazo

Todo esto, y mucho más, es Jose Nortes. Un tipo que nació a la música de la mano de Led Zeppelin, los Beatles y Zappa, enganchado a la guitarra por la gracia de David Gilmour. Amante del funk, del folk irlandés (al que llegó a través de Mark Knopfler), del rock californiano, del soul, del blues, del swing o del pop español de los 80 («había frescura, descaro, imaginación, diversión; quizá menos talento musical, pero más creatividad»).

Un tipo que produce con mimo, sabiduría, lealtad y, lo más importante, con plena independencia de las modas o la industria (de hecho, en cierta ocasión le ofrecieron producir a un futuro talento, de nombre Melendi, que Nortes rechazó) y que, por salud, prefiere no hablar de la “música” nacida en ciertos programas televisión. Un tipo que añora los tiempos del rock con mensaje, «cuando el rock era otra cosa, era irreverente, era un puñetazo, gente con ganas de dar por saco (chicos malos como Burning, Makaroff, Gabinete, Ilegales o los Sex Pistols), ahora el rock se ha domesticado».

Un tipo que sigue manteniendo una visión romántica de la música, de la vida –que vienen a ser lo mismo-; de aquellos tiempos pre-spotify en los que la música era misterio, búsqueda, descubrimiento, y se disfrutaba a fuego lento, sin prisas, sin ansia…

 

Un tipo, en fin, que ama la Música sobre todas las cosas. Con pasión. Con vocación. Con compromiso. Y con una lealtad a sus principios –éticos y musicales- a prueba de egos, ambiciones y otras tentaciones.

 


 

viernes, 21 de junio de 2024

El río que nos lleva. 40 años rendido a Bruce Springsteen

 


La primera vez que escuché The River, a finales de 1980, yo tenía 15 años recién cumplidos. Una edad en la que ya me entendía más o menos bien con la música (y empezaba mis primeros pinitos en la escritura). Pero a partir de ese doble disco, inmenso, melancólico, repleto de historias de perdedores y de relaciones complicadas y de amor visceral y de lugares lejanos que podían estar a la vuelta de la esquina, después de ese doble disco, digo, la música se convirtió en protagonista de mi vida y el Río de Bruce Springsteen, como un torbellino de sentimientos y emociones que no había sentido hasta entonces, me arrastró irremisiblemente, poderosamente, y me trasladó a lugares de los que no quería volver.

The River se convirtió automáticamente en mi canción favorita (lo sigue siendo), pero había otras historias en el álbum que aún hoy me hacen estremecer, por muchas veces que las haya escuchado: Independence Day (con la que siempre me he identificado), Point Blank (dura, trágica, hermosa), I Wanna Marry You (una historia de amor real como la vida), Sherry Darling (ese saxo, ¡por Dios!), Fade Away, Drive All Night, Two Hearts, Hungry Heart… No descartaría ninguna, aunque muchas llegaron a The River precisamente como descartes de Darkness on The Edge of Town (otro discazo: Badlands, Racing in the Street, The Promised Land, Something in the Night…).



Agosto, 1988. Primer shock en el Calderón

El río de Bruce me fue arrastrando año tras año, descubriéndome los nuevos y los viejos discos, presentándome a los miembros de la E-Street Band, a los que empezaba a apreciar como hermanos (especialmente a Roy Bittan y Max Weinberg, que también protagonizan mi otro disco favorito, Bat Out Of Hell, de Meat Loaf/Jim Steinman). Tuvieron que pasar ocho años hasta que pude verlo en directo por primera vez, en agosto de 1988. Aquella noche, asfixiante y expectante, el Calderón estaba lleno hasta la bandera. El calor era abrasador en el césped, y ahí estábamos, rodeados de miles de cuerpos ardientes que impedían el paso del aire como un muro de contención, pero abrazados a miles de corazones que buscaban, como nosotros, ese soplo fresco, potente y revitalizador que bramaba sobre el desnudo escenario. Fue un concierto apoteósico, gigantesco, contundente. No recuerdo si fueron tres horas o cuatro, ni qué canciones resonaron en la candente noche madrileña, pero sí recuerdo que llegué a casa en éxtasis, sin voz pero con el alma llena de Bruce, llena de E-Street Band, llena de rock, llena de adrenalina, llena de vida. Llena de un Río que, ese día lo supe, no dejaría de arrastrarme jamás.

 

Han pasado muchos años desde aquella primera vez. Y han pasado muchas cosas (historias, trabajo, familia, aprendizajes, vaivenes, sueños, despertares, otros cinco o seis conciertos…), pero si hay algo permanente en mi vida, en mi banda sonora emocional, es la música de Bruce Springsteen. El río que no cesa de fluir. Es algo que nunca falla, que siempre está ahí cuando lo necesitas, que te empuja a rememorar momentos olvidados, que te obliga a despertar emociones dormidas, que te invita a zambullirte en lo más profundo de ti mismo. Porque esos mensajes, esas melodías, esas historias no envejecen, no se oxidan, no menguan con el tiempo ni con la edad. Ese río, poderoso e imparable, no pierde un ápice de su fuerza demoledora, de su inspiradora y mundanal poesía, de su inagotable capacidad de recordarnos quiénes somos en realidad, y para qué estamos aquí. Por qué o por quién luchamos. «La idea de luchar por una vida perdida siempre ha estado presente en mis canciones», nos dice Bruce. Quizá también la nuestra.

 


Junio, 2024. Otra vez "el mejor concierto jamás tocado"

Y eso es, precisamente, lo que volvimos a vivir el otro día en el Metropolitano. Con todo su poder, con toda su brutal y exultante contundencia. Con toda su épica y su pasión y su voltaje de alta intensidad. Con toda su melancolía, con toda su mística y su reverencial carisma y su cercanía y su perfecta comunión con el público. Y su inquebrantable complicidad con la banda, ese prodigio de precisión, equilibrio y unidad. Y su maestría y su generosidad y su integridad a prueba de egos, conforts y estrellatos fugaces. En cada concierto la misma consigna: «No salimos a pasar el rato, sino a tocar el mejor concierto jamás tocado». Y una vez más (la quinta para mí) lo volvieron a dar todo. Todo. Porque el Boss es así. No contempla una segunda opción. Ni necesita nada más. Con el cariño del público, su público, la lealtad de su banda y su capacidad de transmitir a través de su música, el Jefe va servido.

Y nosotros, claro -60.000 almas entregadas-, también lo dimos todo. Porque estábamos ahí arriba, con Bruce, con Steven, con Max, con Roy, con Nils, con Garry, con Patti, con Jake (y añorando a Clarence y Danny). Porque esa noche, como cada noche, Bruce y la E-Street fuimos todos nosotros. Es el gran truco de magia del Boss: que él se refleja en su público y su público se refleja en él, en su actitud, en sus canciones, en sus historias y personajes. «Cuando das con la música y la letra adecuadas, tu voz se transforma en la de aquellos sobre quienes has decidido escribir». Y esos somos tú y yo.

 


Porque, ¿quién no ha superado un día de soledad, una tormenta, una traición? ¿Quién no ha prometido alguna vez que jamás se rendiría? ¿Quién no escucha con el alma a sus fantasmas, sus guitarras, sus voces; quién no ve su luz, tan viva, tan presente? ¿Quién no piensa que dos corazones son mejor que uno, sobre todo si el corazón está hambriento de amor o tiene que caminar solo por el lado oscuro del alma… o de la ciudad? ¿Quién no ha conducido alguna vez en busca de la tierra prometida, en el desierto de Utah, en el condado de Darlington o en rincones perdidos de Madrid?

¿Quién no añora su terruño, su hogar, sus raíces aunque se haya sentido atrapado y haya renegado de ellas a los dieciocho? ¿Quién no se ha sumergido en un río que le ha arrastrado por la vida a golpes, pero siempre manteniendo la cabeza firme y a flote? ¿Quién no se ha sentido alguna vez el último hombre en pie, el único superviviente de un pasado que ya no está, la única imagen viva de una vieja fotografía en blanco y negro?

¿Quién no se ha ocultado en los oscuros callejones, corriendo por su vida, tratando de respirar el aire abrasador en el corazón de la noche; esa noche que, lo sabes bien, solo pertenece a los amantes? ¿Quién no ha tenido la tentación de empezar de cero, destruyendo su pasado con una bola de demolición? ¿Quién no ha necesitado alguna vez una mano que le sacara de la oscuridad, o de las malas tierras, y le llevara hacia el resplandor, hacia la redención, hacia la tierra de las esperanzas y los sueños? ¿Quién no ha sentido en su juventud que había nacido para correr, en busca de nuevos sueños e ilusiones, aunque fuera atravesando la Carretera del Trueno?  

 


Va por ti, Ramón

¿Quién, en fin, no recuerda a sus amigos, a los que ya no están, los que te han dejado un vacío en el corazón; quién no recuerda las canciones que compartíais, vuestros discos favoritos, los conciertos del Boss que nunca os queríais perder; quién no recuerda aquella (casi) última vez, en el cine Palafox, viendo –viviendo- Western Stars, saboreando cada canción, deslumbrados ante cada estrella? Esos añorados amigos -¿verdad, Ramón?- a los que seguimos viendo en nuestros sueños, a los que seguimos manteniendo vivos en el corazón; esos amigos que el pasado miércoles también estuvieron allí, en el Metropolitano, saltando, cantando, vibrando, emocionándose con las canciones de su ídolo, con las historias que hablan de la vida, de los sueños, de nosotros, de ti y de mí, de todos los que adoramos a este tipo que parece recién salido de una granja de Milwaukee, o de una fábrica de New Jersey, pero que es capaz de hacernos sentir vivos, libres, únicos, héroes cada vez que escuchamos sus canciones.

 

Por eso el Boss es el Boss. Por eso el río continúa fluyendo en mí, imparable y poderoso, como aquel primer día en otoño del 80. Quizá más calmado, más sereno, pero con la misma intensidad, con la misma capacidad de revolcarme por dentro en cada canción, de mostrarme el lado correcto de las cosas, de reconfortar mi espíritu en momentos de tormenta, de mantenerme despierto en cada viaje por carreteras infinitas, aunque acabe literalmente sin voz. Como en el último concierto. ¡Bendito seas, Bruce, bendito seas!




viernes, 21 de julio de 2023

Crónica emocional del concierto de Rod Stewart. Mi vida ante mis ojos

 


Dicen que toda tu vida pasa ante tus ojos justo antes de morir. No sé si eso es cierto. Pero sí puedo asegurar que gran parte de mi vida pasó antes mis ojos, ante mis oídos y ante mi corazón hace apenas una semana. Y nunca me había sentido tan vivo.

 No es fácil expresar con palabras lo que se vive en el alma. No es fácil dar sentido racional a lo que es pura magia. No es fácil modelar algo tan etéreo, tan volátil, tan invisible –y al mismo tiempo tan palpable- como la música. Y aún diría más, como la música vivida, sentida, paladeada en directo.

 Y eso es lo que sentí hace apenas una semana –aún lo siento- en el concierto que nos regaló Sir Rod Stewart en el Wizink Center. Y sí, toda mi vida desde adolescente -desde que llegó a mis manos aquel impagable Absolutely Live, que yo pinchaba sin cesar en el bar de Zarauz donde curraba- pasó ante mí como un maremoto emocional de sonidos, vivencias, recuerdos, amistades, amores, lugares, momentos…  Momentos eternos, imborrables, como la primera vez que bailé Sailing (pegado, muy pegado) en aquellos guateques clandestinos; o cuando mi cuñada me regaló Storyteller, que lo tiene casi todo; o la cinta que me grabó mi querido amigo Ernesto, donde descubrí temazos como Reason To Believe, The Killing Of Georgie, Mandolin Wind o I Was Only Joking); o el día que me compré en un mercadillo de Londres el vinilo de Atlantic Crossing, que devoré día tras día hasta casi rayarlo; o los viajes a ritmo de Stone Cold Sober, Hot Legs, Every Picture Tells A Story, It's All Over Now y tantas otras obras inmortales del viejo rockero; o aquel concierto a medias en Las Ventas, en 1986, del que me tuve que ir escopetado a casa en la vespino de mi hermano, desesperado de dolor por una muela cabrona (aunque más dolió perderme el show); o el día que descubrí Rose, hace apenas unos meses, y me enamoré perdidamente, otra vez, de la trágica Irlanda; o las veces que he bailado Tonight I'm Yours, Maggie May o Sweet Little Rock And Roller en bares, bodas y fiestas de todo pelo; o la de veces que he pinchado, desde mi cabina de mando, You Wear It Well, Twistin' The Night Away, Stay With Me y tantas otras joyas para animar la noche; o la de veces, en fin, que he llorado (de puro gozo) escuchando I Don't Wanna Talk About It, You're In My Heart, To Love Somebody, The First Cut Is The Deepest o esa maravilla imerecedera que es Country Comforts.



Fue un fantástico viaje a un tiempo pasado que sí, fue mejor; más intenso, más despreocupado, más vibrante, más feliz, quizá. Una banda sonora de cuatro décadas y pico de duración que me ha acompañado siempre, siempre, y que el miércoles 12 de julio se materializó en un concierto memorable, imborrable. Pura elegancia, pura emoción, pura nostalgia; y una generosa dosis de esa excitante medicina que el viejo canalla domina tan sabiamente desde hace seis décadas. Incluidas (¡cómo no!) dos tríos de rubias sexys de piernas largas que nos enamoraron con sus voces y su talento a las cuerdas.

 Porque ese miércoles todos fuimos Rod. Todos fuimos La Valiente Escocia, con sus gaitas y su orgullo patrio, y fuimos adictos al amor (si es que alguna vez dejamos de serlo) y todo lo que vestíamos nos quedaba bien, como a él, incluso la cara de Ronnie Wood (Oh La La!), su eterno compi de Faces. Y todos bailamos y vibramos y añoramos a Tina, y fuimos eternamente jóvenes y, sobre todo, fuimos suyos durante toda la noche. Esa y todas las noches, en realidad.

 

Y puede que hubiera cosas de las que no quisimos hablar, o recordar, como aquel primer corte en el corazón (el más profundo), pero las recordamos y las dijimos en silencio. Y fuimos Jeff Beck y Christine McVie, y Billy y Patti, esos jóvenes corazones hambrientos de libertad, y Maggie May y Baby Jane y Lady Marmalade. Y hasta Zelensky; y por un momento nuestros doce mil corazones latieron al ritmo del corazón de Ucrania; y lloraron lágrimas de guerra, de rabia y de injusticia.

 


Y sí, durante toda la noche estuvimos tan excitados como un tren repleto de chicas de Brooklyn, camino de la ciudad. Y todos estuvimos en el corazón de todos, y nos sentimos muy sexys y nos susurramos unos a otros, al oído, ¿Te he dicho últimamente que te quiero? Y navegamos a través del mar, y volamos cruzando el cielo y sentimos -doce mil almas unidas en una sol- que aquella noche era la noche. Y que nunca habría otra igual. Una noche que el tiempo jamás podrá borrar de nuestra memoria.

 Una noche que nos recordó que aún somos jóvenes en busca de libertad, jóvenes corazones de 78 años, o de 58. Y que no hay tiempo que perder, porque la vida es demasiado breve y el tiempo es un ladrón cuando estás indeciso. Pero ya nos lo dejó bien claro la otra noche el joven Rod, con su voz áspera, carnosa, sublime, melodiosamente sexy: el tiempo está de nuestro lado.

 Así sea.



jueves, 2 de junio de 2022

Por qué los Stones siguen siendo los más grandes "Sixty" años después

 


Lo que ayer vivimos en el Wanda Metropolitano no fue un milagro, como señalan algunos, ni un canto del cisne moribundo, como desearían los más agoreros. Ni siquiera fue una sorpresa, al menos para la mayoría. Fue la constatación –otra más- de algo que ya sabíamos: que los Rolling  Stones son la banda de rock más grande de todos los tiempos. No solo por su longevidad, que también, sino porque sesenta años después de su nacimiento siguen tan frescos, tan potentes, tan intensos, tan divertidos como hace seis décadas, como hace tres o como hace una. Anoche lo pudimos vivir y sentir en el Wanda más de 50.000 afortunadas almas totalmente entregadas a la causa.

Vimos y sentimos la fuerza incendiaria de unos septuagenarios (Mick, 79; Keith, 78; Ronnie, 75 cumplidos ayer mismo; Charlie habría celebrado 81 en agosto) que siguen tocando, vibrando y brincando como unos treintañeros. Sonando de manera pletórica, inmensa, como solo ellos saben y pueden hacerlo. Puro rock ‘n roll, puro rythm & blues, pura magia. Los que allí estuvimos anoche lo vivimos en directo. Y sabemos perfectamente lo que vivimos. Que nadie trate de explicarnos qué, cómo o por qué. No hay explicación. Salvo que son los más grandes en lo suyo. Como Nadal. Como el Madrid. It’s only rock ando roll, but I like it.

Ayer, 1 de junio de 2022, The Rolling Stones nos regalaron un concierto de más de dos horas repletas de minutos gloriosos. Aparte del momentazo “happy birthday” dedicado a Ronnie Wood, los 12 minutos de Midnight Rambler, el careo Jagger-corista de Gimme Shelter, o el final apoteósico encadenando Start Me Up, Paint It Black, Sympathy For The Devil, Jumpin’ Jack Flash y Satisfaction, yo me quedo con ese Out Of Time, un tema mítico de 1966 que tocaron ayer, en Madrid, por primera vez en concierto. El mensaje queda claro: después de 60 años en la carretera, no estamos fuera de tiempo ni fuera de ritmo ni fuera de onda. Somos los Stones. Y seguimos siendo los putos amos.

 


Y ya que estamos, porque me cuesta parar aquí (estoy escuchando Sticky Fingers mientras escribo), voy a atreverme a resumir en diez puntos las claves de esta afirmación tan contundente.

1. Por empezar por lo más vistoso. Mick Jagger sigue siendo tan sexy, irreverente, provocador, carismático y energético como siempre. Un influencer en toda regla. Por eso le seguimos amando con pasión.

2. La banda ha sabido gestionar los egos con inteligencia y equilibrio desde sus inicios. Algo nada fácil en este mundo del show business (que pregunten a los Beatles y a tantos otros).

3. Los líderes de esta empresa llamada The Rolling Stones han sabido también arroparse siempre por un equipo solvente, perfecto, extraordinario. Captación y retención de talento realizado con sabiduría y acierto. Ayer, especial mención a Darryl Jones (bajo), Chuck Leavell (piano) y Steve Jordan (batería, 65 años) que, simplemente, se salieron.

4. La banda ha sabido mantener intacto el poder de su marca durante 60 años. The Rolling Stones TM conserva toda su fuerza, su reputación y su autoridad frente a todas las marcas de la competencia. Y seguirá incluso cuando ellos ya no estén sobre el escenario.

5. Es una marca -y un producto- que trasciende las generaciones. Una historia que empieza en abril de 1962 y que hoy, junio de 2022, sigue movilizando a millones de personas y llenando estadios por todo el mundo. Se han mantenido actuales conservando sus raíces, sacando material nuevo regularmente y llegando con fuerza a nuevos públicos. Mucho trabajo detrás.



6. Siguen dando espectáculo, que es lo que su público demanda. Entregándose en los directos con eléctrica intensidad y sin limitarse a vivir del legado. Inconformistas, perfeccionistas, generosos (el concierto de anoche duró cerca de 2 horas y media) y honestos como pocos, de ayer o de hoy.

7. Tienen una complicidad con su público muy especial, muy verdadera y palpable. Conexión total. Saben cómo hacerlo y los fans responden con entusiasmo y gratitud. Mick habla con el público, introduce cada canción, les hace partícipes; Keith agradece emocionado el cariño demostrado en sus dos temas en solitario; Ronnie está feliz como un niño con el Happy Birthday coreado por 50.000 gargantas más o menos afinadas…

8. Orgullo de pertenencia: jamás he visto en un concierto tal cantidad de camisetas de los protagonistas. Camisetas viejas, ajadas, descoloridas, de otras giras, de otras décadas, recién compradas… Todos querían reivindicar con orgullo su fervor por los Stones.

9. Mantener viva la pasión durante 60 años está al alcance de muy pocos, en cualquier profesión. Pero ellos siguen disfrutando de su trabajo, de su compromiso con la marca y con el público, con el mismo entusiasmo, con la misma profesionalidad, con la misma pasión que hace seis décadas. Ayer lo volvieron a demostrar con una clase magistral de lo que es amar lo que haces.

10. Esta te la dejo a ti: ¿cuál crees que es el secreto de los Rolling Stones para mantener viva la llama después de 60 años? Y a una edad en la que la mayoría llevaríamos jubilados 10 o 15 años. Cuéntamelo en los comentarios. Gracias J

 


PD. El concierto en el Wanda fue perfecto. Solo un pequeño pero: eché mucho de menos algunos de mis clásicos, como Dead Flowers, Angie, Ruby Tuesday o Sweet Virginia. Pero, claro, you can’t always get what you want…




martes, 14 de diciembre de 2021

El Rock que sonó en Belén


Hace unos años, por estas fechas, me asomé a la pantalla de mi vieja y catódica Phillips, perezosamente, dejando pasar los canales uno tras otro para ver qué había, o qué no había, en estado de desilusión preventiva, cuando de pronto, y ante el asombro agradecido de mis ojos y mis oídos, me reconcilié durante una hora con la televisión. Porque lo que vi fue una impresionante exhibición de patinaje sobre hielo de los más grandes ex campeones mundiales; y lo que escuché fueron maravillosas canciones de Navidad interpretadas en directo por dos grandes del rock, Reo Speedwagon y Rick Springfield (Hollyday Cellebration on Ice se llamó el invento). Y ver las piruetas imposibles de Brian Boitano, Calyssa Davidson o Shae-Lynn Bourne mientras Rick, Kevin y la banda se dejaban el alma cantando Silent Night, Christmas With You o Little Drummer Boy, la verdad, uno se sintió afortunado… y apenado también, porque echaba de menos en su país esta forma de entender el espectáculo, la música (el rock) y la Navidad. Sobre todo, la Navidad.

Hoy, viendo de nuevo esta maravilla (la grabé en mi viejo VHF, y aún la veo cada año), me quedo con ganas de más. De más música y de más Navidad. Y pienso que estaría bien poner la televisión y encontrarme con el Especial Navidad de Johnny Cash& Friends, por ejemplo, al que acudían lo más de lo más de la canción popular americana; pero la cruda realidad me obliga a apagar la tele. Y aprovecho entonces para regodearme con el penúltimo disco del maestro Dylan, Christmas In The Heart (2010) divertido, emotivo y sincero repaso de algunos clásicos navideños que, como el sabio Bob dice, “es una música universal y todo el mundo puede relacionarse con ella a su propia manera”. Y entonces me pregunto por qué allí sí y aquí no; por qué en España el villancico queda para los coros parroquiales, las reuniones familiares, los programas infantiles y Raphael, y en Estados Unidos e Inglaterra es una tradición que llena de orgullo a los más grandes entre los grandes. ¿Tan ingratos somos?

Y uno no se resigna. Y entonces, tras compartir su corazón con Dylan, da paso al viejo B.B. King, cantando y punteando generosamente un Merry Christmas, Baby; y después llega el Rey, Elvis, melancólico por no poder celebrar la Navidad con su alguien muy especial… “blue Christmas without you...”; y luego Lynyrd Skynyrd, cantando en familia su Navidad de rock sureño tirando a country o a blues, según les dé. Y siguen los Kinks y su Father Christmas, que es tan Kinks como Sunny Afternoon; y Smokie, que tienen todo un LP dedicado a estas fechas (como el gran Neil Diamond, que acaba de sacar disco navideño, y tantos otros), y que cantan, con toda la razón, que “la Navidad no es sólo para los niños”; y LouisArmstrong, y Stevie Wonder y Dolly Parton y Freddie Mercury y BruceSpringsteen y Chuck Berry y Elton John y Bonnie Raitt y ArethaFranklin y Bob Seger y Shakin' Stevens y Coldplay y The Pogues y Jethro Tull y Emereson Lake & Palmer, y los Beach Boys y hasta AC-DC y su cañero Mistress for Christmas, que te deja el cuerpo como si te hubiera pasado el trineo de Papá Noel por encima. Y hasta el mismísimo Bowie, porque los extraterrestres también celebran la Navidad: ¿quién no ha escuchado ese maravilloso dúo del Duque Blanco con Bing Crosby, deseando Paz en la Tierra ante el piano que preside un majestuoso salón, lleno de espíritu navideño, de magia y de complicidad? 


Y de Bing a Frank, dos estrellas que también cantaron juntas bajo la Estrella de la Navidad. Pero lo que ahora llega a mis oídos —y a mi corazón— es esa Voz, la de Frank Sinatra, acompañado por su “pandilla de ratas”, en un disco inolvidable repleto de joyas inmortales (Christmas With The Rat Pack), interpretadas por el propio Frank y sus colegas Dean Martin y Sammy Davis Jr., esos entrañables gamberros que cantaban como los ángeles y que nos desean, como no podía ser de otra manera, que la Navidad suene en todo el mundo.

Y mientras escucho, pienso que todos ellos, auténticas leyendas de la música, los más grandes artistas del rock, el blues, el soul o el country, los crooners eternos, están regalando todo su inmenso talento, su cariño más sincero al Niño pobre que nació en Belén. Independientemente de creencias o ideas políticas. Con respeto, devoción y un gran sentido de la tradición. Y me pregunto, con sana envidia, ¿por qué aquí no?


Y en ese preciso instante resuena la voz poderosa, profunda y honesta de Johnny Cash, que nos recuerda el verdadero significado de la Navidad, mientras le canta al Niño Dios: “Baby Jesus, I’m a poor boy too / I have no gift to bring / That’s fit to give the King / Shall I play for you on my drum?”. Y pienso, ¡qué mejor regalo se puede pedir!



miércoles, 6 de octubre de 2021

Nebraska. La joven promesa del rock en español


 

Hace poco más de un año sacaron su primer álbum, tutelados por el sello Subterfuge y producidos por Nacho Mur, guitarrista de La M.O.D.A. Ahora están a punto de publicar nuevo material, después del año pandémico y el parón involuntario. Cultura musical, canciones que enganchan, armonías vocales y un directo fresco, contundente y divertido son sus señas de identidad. Un grupo joven, con mucho camino por delante. Pero si vamos más allá de la música, podríamos considerar a Nebraska como una pequeña empresa. Una start up en toda regla, llena de ilusiones, de pasión y de dedicación plena. Donde cada cual tiene su función también fuera del escenario. Y donde se respira la misma profesionalidad que en cualquier otro sector. Solo que este es más divertido.

«Me siento tan afortunado por haber pertenecido a un grupo que era una auténtica banda. No se trataba de un cantante y guitarrista con algunos tipos detrás (…) Algunas bandas de hoy tienen la experiencia de trabajar realmente juntas y perfeccionar su oficio. Otras bandas son muy parecidas a: "Me acabo de comprar una guitarra por Navidad, vamos a montar un grupo". Y realmente puedes escuchar la diferencia». El dueño de estas palabras es Robbie Robertson, que sabe mucho del oficio de la música y formó parte de una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos. En efecto, The Band no se componía de una estrella visible acompañada por unos músicos profesionales (salvo en tiempos de Dylan); ahí cantaban casi todos, componían casi todos y todos aportaban sus raíces, sus influencias, su talento y el dominio absoluto de sus instrumentos. Realmente eran La Banda.

 

De Toronto a Nebraska

La mención de los canadienses viene al caso en esta historia por dos razones: una, porque la música de Robbie, Levon y compañía –y de toda esa época irrepetible- es sin duda un referente para esta joven banda de nombre claramente reivindicativo. Y dos, porque –salvando las distancias- Nebraska es un grupo muy similar a The Band: se nutre de talentos diversos y sin protagonismos; aquí todos aportan por igual, cada cual en su terreno. Y, desde luego, no son fruto de un fortuito regalo navideño. Son fruto de la vocación temprana y de una cultura musical envidiable; son fruto del trabajo duro, de horas y horas y horas en el local de ensayo; son fruto de su pasión sin fisuras por la Música y de esa bendita ilusión de la juventud; y de una sorprendente madurez para unos chicos, y chica, que no pasan de los veintitrés años.

 


Cuando Willie conoció a Cati

Willie (guitarra y voz), Luis (bajo y voz) y Rubio (guitarra) se conocían del colegio. A Los 16 años montaron una banda de versiones en la que tocaban la música que les gustaba, sin más complicaciones (Fito, Pereza, 84, Los Secretos, ACDC…). Eso duró lo mismo que el colegio. Fue cuando Willy decidió que quizá era el momento de componer algo propio. Por probar. Por no dejar la música, en realidad. Escribió una canción en inglés y la grabó con Rubio. Nada más escucharla se dieron cuenta de que necesitaban una voz femenina. Si a Fleetwood Mac le quedaba tan bien, por qué no a ellos. Cosas del destino, Willy conoció a Cati una noche y empezaron a hablar de música. Dylan, Nirvana, Beach Boys, Eagles, The Band y otros argumentos de peso salieron en la conversación. Un flechazo musical en toda regla, como cuando Keith conoció a Mick en aquella estación, cargado de discos de blues. Cati, además de rubia como Kurt Kovain (otro argumento), y con una voz impresionante, tenía gustos musicales más que interesantes: es devota de Stevie Nicks, y también muy fan de CRAG y Solera (desde bebé cantaba Discípulo de Merlín) y de los Beach Boys (esas armonías vocales la vuelven loca). El fichaje fue instantáneo.

 

Eres lo que te emociona

Y es que, más allá del “eres lo que escuchas” que proclama Radio 3, a estos jóvenes melómanos lo que les va es el “eres lo que te emociona”. La música que les apasiona de verdad. A pesar de su juventud, la cultura musical de los miembros de Nebraska es de una calidad realmente encomiable. Y, como en el caso de The Band, de un eclecticismo muy enriquecedor. Aparte de los ya mencionados, entre sus mitos/influencias/referentes hay nombres como Wilco, Beatles, Strokes, Kooks, Foo Fighters, Munford and Sons, Springsteen, CSNY, la Velvet... Y mucho rock patrio también, una lista encabezada por Fito, al que siguen La M.O.D.A., Club del Río, Leiva, 84, McEnroe o Los Zigarros. Y cientos más. Es más importante escuchar que escribir, dice Willie.

Y también escuchar tu propia vocación. A unos les viene de familia, como en el caso de Willie: su abuelo paterno, gran amante del jazz, fue alumno del mítico pianista neoyorkino Joshua Edelmann… quien también dio clases de piano a Willie, con solo 12 años; y sus tíos maternos forman parte de dos bandas referentes,  como Los Zodiacs y McEnroe. Rubio quería tocar la batería, pero acabó con una guitarra entre los dedos. Luis empezó con la guitarra en el colegio, pasó por la batería y, cuando la banda fichó a Cuesta, pedazo de batera, acabó en el bajo. Cati se pegó en el cole a su amiga Vera, una artista vocacional con quien empezó a descubrir música, a tocar, a cantar, a enredar con las voces y las armonías… algo que hoy es una de las claves que definen a Nebraska.

 



De la birra a la kettle

Una vez conformada la banda (Willie, Luis, Cati, Rubio y Cuesta) empezaron a tocar sin mayor pretensión que hacer música; pero la cosa fue creciendo casi sin darse cuenta. De repente, la prioridad era Nebraska, las canciones, los ensayos. Las copas y los estudios pasaron a un segundo plano. La idea, que la universidad les deje el tiempo que necesitan para tocar y ensayar. Y además, poniendo cada uno sus conocimientos al servicio de la banda (ya sea Derecho, Empresariales, Publicidad, Diseño Gráfico, Marketing…). Habilidades que también han sabido complementar perfectamente. Como en cualquier empresa.

Y es que, en realidad, es lo que son: una start up que requiere toda la pasión, la ilusión y la dedicación. Una empresa musical en la que los cinco se compenetran y complementan en ambos sentidos. Todo su tiempo de ocio –y parte del universitario- lo dedican a la banda, que hoy por hoy es su trabajo. Ya ni siquiera hay cervezas en los ensayos, ahora tienen una kettle y beben té. La prueba indiscutible de que están en “modo profesional”.


La M.O.D.A., Subterguge y The Galileo Connection

En pocos meses, Nebraska se convirtió en una banda sólida, con personalidad y temas propios, que coleccionaba sold outs. Y entonces llegó Nacho Mur. El guitarrista de La M.O.D.A. (y productor por vocación) contactó con ellos a través de uno de los socios de la mítica sala madrileña Galileo Galilei y una amiga de Nacho, Mäbú. Le pasaron un par de maquetas y se interesó vivamente por ellos. Quedaron en el local de ensayo y le mostraron todo su potencial. Para Mur fue un descubrimiento y decidió producirles su primer disco. De hecho, no descartó ninguno de los 12 temas que Nebraska había pre-seleccionado.

El contacto con el sello Subterfuge también tuvo lugar en Galileo. En este caso, por recomendación de los tíos de Willie, integrantes de McEnroe (una de las bandas de cabecera del sello independiente). El momento mágico, un bolo en pleno agosto de 2018, al que acudió Carlos Galán… y una pléyade de fans que llenaron la sala y no pararon de corear sus temas. Carlos quedó tan convencido que citó a Nebraska en las oficinas de la discográfica. Tras meses de intenso trabajo y grandes profesionales a los mandos, salió su primer álbum, “Las aventuras de todas partes”, que presentaron hace unas semanas en el Círculo de Bellas Artes… con sold out y más de 500 fans coreando cada tema. 



 

La aventura no ha hecho más que empezar

Un sonido fresco, enérgico y muy personal, que ha bebido en las fuentes de lo mejor del rock y el folk; unas letras que saben contar historias a su generación desde el lado positivo de la vida; un directo potente y divertido, que engancha mágicamente a sus groupies (y a quien venga); carisma, juventud y pasión a raudales; un maestro en la producción, que ha conectado maravillosamente con el grupo y su música; un sello que sabe apostar y confiar y respetar y apoyar y ver todo el potencial de una banda emergente; y cinco músicos, cinco amigos, cinco aventureros decididos a forjar una carrera sólida y seria en el tormentoso mundo de la música. Eso es Nebraska. Una banda joven e ilusionada que va a por todas, que está encontrando su sitio en esta nueva era dorada del rock en español. Y que lo tiene todo para codearse con los mejores.

El futuro está aún por escribirse (por componerse). Pero los sueños siguen ahí. Intactos. Y, puestos a soñar, hoy por hoy sueñan con compartir escenario con algunos de sus mitos. La M.O.D.A., Leiva, Club del Río… Y, puestos a soñar más alto, con Fito. Tiempo al tiempo.  


«Encontrar una nueva estrella en el cielo es realmente difícil», reconoce Robbie Robertson. Pues esta estrella de cinco puntas ya está empezando a brillar con fuerza.