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martes, 14 de diciembre de 2021

El Rock que sonó en Belén


Hace unos años, por estas fechas, me asomé a la pantalla de mi vieja y catódica Phillips, perezosamente, dejando pasar los canales uno tras otro para ver qué había, o qué no había, en estado de desilusión preventiva, cuando de pronto, y ante el asombro agradecido de mis ojos y mis oídos, me reconcilié durante una hora con la televisión. Porque lo que vi fue una impresionante exhibición de patinaje sobre hielo de los más grandes ex campeones mundiales; y lo que escuché fueron maravillosas canciones de Navidad interpretadas en directo por dos grandes del rock, Reo Speedwagon y Rick Springfield (Hollyday Cellebration on Ice se llamó el invento). Y ver las piruetas imposibles de Brian Boitano, Calyssa Davidson o Shae-Lynn Bourne mientras Rick, Kevin y la banda se dejaban el alma cantando Silent Night, Christmas With You o Little Drummer Boy, la verdad, uno se sintió afortunado… y apenado también, porque echaba de menos en su país esta forma de entender el espectáculo, la música (el rock) y la Navidad. Sobre todo, la Navidad.

Hoy, viendo de nuevo esta maravilla (la grabé en mi viejo VHF, y aún la veo cada año), me quedo con ganas de más. De más música y de más Navidad. Y pienso que estaría bien poner la televisión y encontrarme con el Especial Navidad de Johnny Cash& Friends, por ejemplo, al que acudían lo más de lo más de la canción popular americana; pero la cruda realidad me obliga a apagar la tele. Y aprovecho entonces para regodearme con el penúltimo disco del maestro Dylan, Christmas In The Heart (2010) divertido, emotivo y sincero repaso de algunos clásicos navideños que, como el sabio Bob dice, “es una música universal y todo el mundo puede relacionarse con ella a su propia manera”. Y entonces me pregunto por qué allí sí y aquí no; por qué en España el villancico queda para los coros parroquiales, las reuniones familiares, los programas infantiles y Raphael, y en Estados Unidos e Inglaterra es una tradición que llena de orgullo a los más grandes entre los grandes. ¿Tan ingratos somos?

Y uno no se resigna. Y entonces, tras compartir su corazón con Dylan, da paso al viejo B.B. King, cantando y punteando generosamente un Merry Christmas, Baby; y después llega el Rey, Elvis, melancólico por no poder celebrar la Navidad con su alguien muy especial… blue Christmas without you...”; y luego Lynyrd Skynyrd, cantando en familia su Navidad de rock sureño tirando a country o a blues, según les dé. Y siguen los Kinks y su Father Christmas, que es tan Kinks como Sunny Afternoon; y Smokie, que tienen todo un LP dedicado a estas fechas (como el gran Neil Diamond, que acaba de sacar disco navideño, y tantos otros), y que cantan, con toda la razón, que “la Navidad no es sólo para los niños”; y LouisArmstrong, y Stevie Wonder y Dolly Parton y Freddie Mercury y BruceSpringsteen y Chuck Berry y Elton John y Bonnie Raitt y ArethaFranklin y Bob Seger y Shakin' StevensColdplay y The Pogues y Jethro Tull y Emereson Lake & Palmer, y los Beach Boys y hasta AC-DC y su cañero Mistress for Christmas, que te deja el cuerpo como si te hubiera pasado el trineo de Papá Noel por encima. Y hasta el mismísimo Bowie, porque los extraterrestres también celebran la Navidad: ¿quién no ha escuchado ese maravilloso dúo del Duque Blanco con Bing Crosby, deseando Paz en la Tierra ante el piano que preside un majestuoso salón, lleno de espíritu navideño, de magia y de complicidad? 


Y de Bing a Frank, dos estrellas que también cantaron juntas bajo la Estrella de la Navidad. Pero lo que ahora llega a mis oídos —y a mi corazón— es esa Voz, la de Frank Sinatra, acompañado por su “pandilla de ratas”, en un disco inolvidable repleto de joyas inmortales (Christmas With The Rat Pack), interpretadas por el propio Frank y sus colegas Dean Martin y Sammy Davis Jr., esos entrañables gamberros que cantaban como los ángeles y que nos desean, como no podía ser de otra manera, que la Navidad suene en todo el mundo.

Y mientras escucho, pienso que todos ellos, auténticas leyendas de la música, los más grandes artistas del rock, el blues, el soul o el country, los crooners eternos, están regalando todo su inmenso talento, su cariño más sincero al Niño pobre que nació en Belén. Independientemente de creencias o ideas políticas. Con respeto, devoción y un gran sentido de la tradición. Y me pregunto, con sana envidia, ¿por qué aquí no?


Y en ese preciso instante resuena la voz poderosa, profunda y honesta de Johnny Cash, que nos recuerda el verdadero significado de la Navidad, mientras le canta al Niño Dios: “Baby Jesus, I’m a poor boy too / I have no gift to bring / That’s fit to give the King / Shall I play for you on my drum?”. Y pienso, ¡qué mejor regalo se puede pedir!



domingo, 26 de febrero de 2017

Dos historias de Oscar y una leyenda negra


El 16 de mayo de 1929, en el Hollywood Roosevelt Hotel de Los Ángeles, se celebró la primera ceremonia de entrega de los Oscars; y por primera vez en la historia del cine, se escuchó la voz de un actor en una película, Al Johnson en El Cantor de Jazz. El 14 de mayo de 1988, moría la Voz a los 82 años de edad, en Los Angeles; Frank Sinatra dejó huérfano el mundo de la música, pero también el del cine, al que aportó interpretaciones memorables; una de ellas le valió el Oscar. Y, de paso, una leyenda negra.


El primer Oscar de la historia
La primera frase que los espectadores pudieron escuchar en una sala de cine fue “¡Espera un minuto, espera un minuto, no has escuchado nada todavía! ¡Espera un minuto te digo! ¡No has escuchado nada! ¿Quieres escuchar ‘Toot, Toot, Tootsie’?” la voz era del actor Al Jonhson, que interpretaba a Jakie Rabinowitz, el hijo de un rabino ultra ortodoxo que decide seguir su vocación musical como el cantante de jazz Jack Rubin. En esa primera entrega de los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood, el Cantor de Jazz no recibió ningún Oscar, aunque sí un galardón especial por su contribución al cine; era la única película sonora de la noche.

Además de por su “mayoría silenciosa”, la ceremonia de 1929 fue muy diferente a como la conocemos en la actualidad: consistió en un sencillo banquete  celebrado en un hotel, no hubo discursos, duró 45 minutos, los premios se conocían desde meses antes y ningún medio la retransmitió en directo (por primera y única vez, ya que en la segunda edición y en las ochenta siguientes los premios siempre han sido retransmitidos en directo). Esa noche estuvo llena de primeras veces: se entregó el primer Oscar a la mejor película (Alas, de William Wellman) y el primer Oscar al mejor director (Frank Borzage por El séptimo cielo) y el primer Oscar al mejor actor y a la mejor actriz (Emil Jannings y Janet Gaynor), y al mejor guión y a la mejor fotografía…; y el primer Oscar honorífico (a Warner Bros), y el primer premio especial (a Charles Chaplin, por su genial versatilidad al actuar, escribir, dirigir y producir El circo). Y por primera y única vez se entregó el Oscar a los mejores efectos de ingeniería (a Roy Pomeroy por Alas, que posee, por tanto, un Oscar único), y también por primera y única vez se celebró la gala en el Hotel Roosevelt.



Desde aquella primera ceremonia, hace ya 82 ediciones, la estatuilla dorada conocida como Oscar (creada en 1928 por el escenógrafo Cedric Gibbons, aunque no fue “bautizada” hasta tres años después, cuando la bibliotecaria de la Academia, Margaret Herrick, decidió que se parecía a su tío Oscar) ha sido el objeto de deseo de todos y cada uno de los profesionales del cine; el becerro de oro que adoran, con envidiable fe, guionistas, compositores, directores artísticos, diseñadores, directores de fotografía, productores, editores, directores y actores. Un dios que tiene el poder, a veces milagroso e incomprensible para los mortales espectadores, de crear estrellas fulgurantes de la nada o de volver a encender estrellas apagadas durante años con renovado esplendor.

Y el ganador es… la Voz
Una de esas estrellas que renació de sus apagadas cenizas gracias al tío Oscar fue Frank Sinatra. La Voz. Aunque, en esta ocasión, no necesitó cantar ni bailar para ganarse el aplauso del público, de la profesión y hasta de la crítica. Sólo necesitó actuar. ¡Y de qué manera! En 1953 el actor atravesaba una mala racha. Debido a sus excesos, escándalos amorosos y juergas varias con su “pandilla de ratas” (el Rat Pack, como bautizó Lauren Bacall a Sinatra, Sammy Davis Jr., Dean Martin, Peter Lawford y alguno más), su casa de discos había cancelado su contrato, no le llegaban ofertas del cine y había fracasado en la televisión.

Entonces llegó De aquí a la eternidad (de Fred Zinnemann, con Burt Lancaster, Deborah Kerr, Montgomery Clift, Donna Reed, Ernest Borgnine), que prometía ser una de las películas más importantes del año y, de paso, de la historia del cine (como así fue, ganando 8 Oscars). Sinatra luchó, suplicó por el papel del soldado Angelo Maggio; incluso llegó a ofrecerse gratis, consciente de lo que podría suponer para su carrera. Pero el productor no le quería. Además, el cantante no parecía el intérprete más adecuado para un personaje dramático de tanto calado. Sin embargo, finalmente consiguió el papel. Dio lo mejor de sí mismo, que era mucho, y realizó una interpretación memorable, intensa, intuitiva, brillante. Y muy oportuna. De una tacada, ganó el Oscar al mejor actor de reparto, recuperó su condición de estrella y obtuvo la recompensa extra de la credibilidad como actor dramático. Los años siguientes nos dejó grandes interpretaciones en películas como De repente, Como un torrente y especialmente El hombre del brazo de oro, cuyo personaje del heroinómano Frankie Machine le valió una nominación al Oscar, esta vez como protagonista (le arrebató la estatuilla Ernest Borgnine por Marty; precisamente el actor que interpretó al sargento que le “arrebató” la vida en De aquí a la eternidad).


La leyenda negra
Hasta aquí la historia del primer y único Oscar de Frank Sinatra. Ahora viene la leyenda. Y lo que dice esta leyenda, color film noir, es que fueron sus conexiones mafiosas las que ayudaron al cantante en decadencia a conseguir el papel que le devolvió la gloria. Una leyenda que Mario Puzo recogió en su novela El Padrino y que el gran Coppola plasmó en la, para muchos, mejor película de la historia del cine.  “Hollywood te va a dar todo lo que le pidas” (Don Vito) - “Ya es tarde, empiezan a rodar la semana que viene” (Johnny Fontane) - “A ese Woltz le haré una oferta que no rechazará” (Don Vito). Nadie sabe a ciencia cierta si fue el padrino Moretti o Giancana o Lucky Luciano, o cualquier otro amigo mafioso de Sinatra quien hizo una oferta que no rechazó al productor de la Columbia para darle el papel de Angelo Maggio, y probablemente no lo sepamos nunca. “Para tener éxito hay que tener amigos; pero para tener mucho éxito hay que tener muchos amigos” decía el propio Sinatra. Lo único cierto es que la Voz se convirtió en el Actor y que en los archivos del FBI se conserva un expediente sobre Francis Albert Sinatra de 2.403 páginas.










jueves, 21 de noviembre de 2013

Lincoln y Kennedy: dos muertes unidas por el misterio.


Tal vez las coincidencias sólo significan lo que nosotros queremos que signifiquen; tal vez veamos incuestionables patrones de semejanza donde apenas hay un fino hilo que une dos acontecimientos históricos; tal vez queramos ver misterios asombrosos donde sólo hay simples casualidades que rozan la leyenda urbana. Tal vez las muertes de Lincoln y Kennedy no sean más que eso, un cúmulo de increíbles casualidades. O tal vez no. Juzguen ustedes mismos. 

 


Desde que hace cincuenta años John Fitzgerald Kennedy, 35º presidente de los Estados Unidos de América, fuera asesinado en Dallas muchos son los enigmas que han rodeado su vida y, especialmente, su muerte: sus relaciones amorosas más o menos secretas con Marilyn Monroe; sus problemas de salud amortiguados con drogas por el incierto doctor Max Jacobson (“Max Milagros”); sus negociaciones in extremis y en secreto con el frío Kruschev, de cuyo resultado dependió literalmente la suerte del planeta; sus desaconsejables amistades con el “rat pack” (el clan Sinatra) y, de paso, con la Mafia; o su trágica muerte a balazos (tres o cuatro, según), la madre de todos los misterios, aún hoy no esclarecido a pesar de los esfuerzos ingentes del fiscal de distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison, y de cuantos lo han intentado después de él. Y aunque la Comisión Warren concluyera en 1964 que no había prueba alguna de conspiración, si existe en la historia una muerte presidencial repleta de teorías conspiranoicas, sin duda es la de JFK: desde el Sistema de Reserva Federal, la CIA, la KGB o la Mafia, hasta el director del FBI, J. Edgar Hoover, su contrincante republicano Richard Nixon o su mismísimo vicepresidente (y sucesor) Lyndon B. Johnson. Cada cual tenía sus motivos y medios, como en una novela de Agatha Christie, pero en este caso lo que ha faltado es un buen Poirot que resolviera el misterio, con una generosa dosis de materia gris.

 
Interesantes teorías, sin duda. Pero no dejan de ser teorías. Sin embargo, hay un misterio mayor en la vida del presidente Kennedy que lo vincula directamente con el presidente Lincoln y atañe también a sus respectivos asesinatos y a los autores de éstos. Y no es el empeño de Jackie de rendir homenaje póstumo a su marido a imagen y semejanza del sepelio de Lincoln, cosa que se llevó a cabo con el experto asesoramiento del historiador James Robertson. Se trata de un asombroso cúmulo de coincidencias y casualidades, de fechas, nombres y hechos que constituyen, cuando menos, otro sorprendente misterio.


Veamos: Lincoln fue elegido por primera vez para el Congreso de los Estados Unidos en 1846 y Kennedy justo 100 años después, en 1946; ambos fueron elegidos presidentes en 1860 y 1960 respectivamente, Lincoln el 6 de noviembre y Kennedy el 8 del mismo mes; los dos presidentes fueron asesinados en viernes, de una bala en la cabeza, en presencia de sus esposas; Abraham Lincoln en el Teatro Ford y John F. Kennedy en un automóvil Ford, modelo Lincoln; tras disparar, el asesino de Kennedy se ocultó en un teatro, el Lincoln. Después de su muerte los dos presidentes fueron sucedidos por sureños de apellido Johnson, Andrew Johnson nacido en 1808 y Lindon B. Johnson en 1908. Tanto Lincoln como Kennedy fueron arduos defensores de los derechos de los negros: Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación en 1862, que se convirtió en ley en 1863, y en 1963 Kennedy presentó sus informes al Congreso sobre los Derechos Civiles.
 
 
El día que fue asesinado, Lincoln dijo a un guardia, William H. Cook, “creo que hay hombres que quieren quitarme la vida... y no hay duda de que lo harán”; un presentimiento similar confesó Kennedy a su consejero, Ken O’Donnell, el mismo día de su muerte. Sus presuntos asesinos nacieron también casi con 100 años de diferencia, John Wilkes Booth en 1838 y Lee Harvey Oswald en 1939; ambos murieron de un disparo antes de llegar a juicio; sus respectivos nombres completos suman quince letras, mientras que los nombres de los presidentes que asesinaron suman también el mismo número de letras, siete. Precisamente el número fatídico donde ambos encontraron la muerte: Lincoln en el balcón número siete del Teatro Ford, y Kennedy en el Ford Lincoln, vehículo número siete de la caravana presidencial.