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martes, 16 de junio de 2020

Billy Wilder. El genio que nos hizo reír, sufrir, soñar y pensar.



Con Billy Wilder se fue, hace ya dieciocho años, el último genio de esa estirpe de cineastas pura sangre, entregados a la causa en cuerpo, alma y cerebro. Y se fue también una forma de hacer cine, de contar historias que nunca antes, y mucho menos después, se ha logrado siquiera imitar.
«Con faldas y a lo loco», «Uno dos tres», «La tentación vive arriba», «El apartamento», «Testigo de cargo», «Perdición», «El crepúsculo de los dioses», «El gran carnaval«, «Días sin huella», «Traidor en el infierno»todas ellas obras maestras indiscutibles, inmortales, irrepetibles; todas ellas inteligentes y corrosivas, con un trasfondo que sacude almas y conciencias; todas ellas admiradas por la crítica, el público y los colegas durante generaciones; todas ellas nacidas del genio y el cerebro de uno de los mejores cineastas de todos los tiempos y géneros. ¿Hay quién dé más? 

Afirmaba Billy Wilder que hacía películas sólo para entretener a la gente, que “si el Cine consigue que un individuo olvide por dos segundos que ha aparcado mal el coche, no ha pagado la factura del gas o ha tenido una discusión con su jefe, entonces el Cine ha alcanzado su objetivo”. Claro que, entre la primera y la última escena, era capaz de criticar el nazismo, el comunismo, el capitalismo y el machismo en una sola (y desternillante) película; o de diseccionar la sociedad moderna, y su ambiciosa sed de poder a precio de saldo, entre risas tan inocentes como culpables; o de sentar las bases del cine negro con una cerilla, una grabadora y una pulsera enroscada en un (fascinante) tobillo; o de mostrarnos, sin disfraces ni elipsis, el rostro más real del alcoholismo o del periodismo carroñero. Billy Wilder sabía, como demostró en todas sus obras, que el Cine puede, y a veces debe, llegar más allá. Pocos grandes lo demostraron en tantas películas y, desde luego, ninguno dirigiendo sus propios guiones.

Y es que detrás de sus desproporcionadas gafas se escondía una de las miradas más inteligentes y sibilinas, más talentosas y cínicas del séptimo arte (que con él si lo fue). Armado con su pluma-estilete, jamás le tembló el pulso a la hora de diseccionar a la sociedad de su época, de airear (para limpiar) la hipocresía reinante y campante; no importaba el tono, ya fuera comedia, drama social, thriller, romance, melodrama o todo en uno, el objetivo de todas sus películas fue siempre dejar a la vista las contradicciones internas del ciudadano americano (y del alemán y del soviético y del austro-húngaro…); descubrir el engaño, el disfraz, la máscara que él, paradójicamente, utilizaba para llegar a la verdad. Y siempre con esa inteligencia –vital y cinematográfica- que es, probablemente, su mayor aportación al cine.


¿Cómo lo haría Lubistch?


Antes de ser genio, Wilder fue estudiante de Derecho, camarero en el hotel paterno (donde “aprendí muchas cosas sobre la naturaleza humana, ninguna de ellas buena”), director de una cadena de cafeterías de estación, importador de relojes suizos, bailarín de hotel (pareja de alquiler de ancianas solitarias), propietario de una granja de truchas, devoto del jazz y periodista de sucesos en Berlín. Es ahí donde se da cuenta de que lo suyo es escribir y, entre noticia y noticia, le da tiempo de vender una docena de guiones antes de abandonar Alemania en 1934, coincidiendo con la ascendente carrera de Hitler (los Wilder eran judíos; su madre y otros familiares murieron en Auschwitz).




Tras una breve estancia en París se traslada a Hollywood y comienza a escribir guiones que dirigen otros, entre ellos su maestro e inspiración Ernst Lubitsch (la frase “¿cómo lo haría Lubistch?” presidió el despacho de Wilder durante 40 años). También fue el inicio de una fructífera colaboración con Charles Brackett, su coguionista y antagonista (“tuvimos muchas peleas, pero todas constructivas”), que generó algunos de los guiones más brillantes del cine, tras interminables horas de discusiones a bocajarro, Wilder fusta en mano y Bracket pluma en ristre. Lo mismo que años después con su otro fiel colaborador, I. A. L. Diamond con quien escribió sus magistrales comedias. El guión, para Wilder, es la verdadera alma de la película, por eso lo cuidó hasta el milímetro en todas y cada una de sus películas, en todos y cada uno de sus –afiladísimos- diálogos. No le importaba reconocerlo: “La mayoría de la gente no dice nada inteligente o interesante. Por eso tienen que pagar tanto dinero a guionistas inteligentes para que inventen cosas inteligentes”.

Esa inteligencia corrosiva, unida a su colosal talento, nos regaló algunas de las escenas más memorables vistas en una sala de cine: el cadáver narrador (William Holden) flotando en la piscina de su madura protectora (Gloria Swanson) en El Crepúsculo de los Dioses; la falda de Marilyn Monroe despertando las adúlteras fantasías del ‘rodríguez’ Tom Ewell en La tentación vive arriba; la ‘hazaña’ del periodista-hiena Kirk Douglas y el fiel retrato de la voyeurista, insensible y miserable ciudadanía americana en El gran carnaval; el desgarrador y realista delirium tremens de Ray Milland en Dias sin huella; el “nadie es perfecto” del enamorado millonario al (des)travestido Dafne/Lemmon en Con faldas y a lo loco; la hilarante conversión del fanático comunista en aristocrático capitalista de la Coca-Cola al ritmo frenético de La Danza del Sable en Uno, Dos Tres; la infinita soledad nocturna de Jack Lemmon en el parque –esa fila infinita de bancos vacíos- mientras su jefe ejerce de jefe y adúltero en El apartamento.


Nadies es perfecto. Salvo, quizá, Billy Wilder


A lo largo de cuarenta años de carrera como director y guionista Billy Wilder nos dejó un buen puñado de obras maestras en cuantos géneros tocó (incluido el judicial, con la mejor adaptación de una obra de Agatha Christie: Testigo de cargo). Su ácida ironía, su corrosivo sentido del humor –a veces amargo, a veces compasivo, siempre sutil e inteligente- no impidió que todas sus películas (salvo una, El Gran Carnaval, demasiado despiadada para la época) costituyeran grandes éxitos de público, crítica y premios (21 nominaciones y 6 oscars, como guionista y director). 

En 1981 enfundó definitivamente su pluma-estilete y se dedicó a disfrutar de su impresionante colección de arte y de los innumerables homenajes que le brindó el mundo del cine hasta su muerte, a los 94 años. “Yo quiero morir a los 104 años, completamente sano, asesinado de un tiro por un marido que me acabara de pillar, in fraganti, con su joven esposa”. No fue el final que él había escrito, pero… ¡nadie es perfecto!


Cita con Billy Wilder


Uno de sus actores predilectos, William Holden, dijo de él que “tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar”. Desde luego lo demostró en cuantas ocasiones tuvo, que fueron muchas y variadas.

· “Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: no debes aburrir”.

· “Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate”.

· “Antonioni seguro que es un gran director, un gran artista. Pero en lo que a mí se refiere, soy incapaz de mantenerme despierto”

· “Comprendo sin dificultad por qué Godard ha podido por sí sólo exterminar varias empresas productoras”.

· “Un director tiene que ser policía, comadrona, psicoanalista, adulador y bastardo”
· “Algunas personas sólo guiñan el ojo para poder apuntar mejor”.

· “Quizás El crepúsculo de los dioses es una película cínica, pero para mí esa película es Hollywood; el guionista, el agente, la estrella olvidada, todos eran retratos del natural”.

· “Existen más libros sobre Marilyn Monroe que sobre la II Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza entre las dos: era el infierno, pero valía la pena”.

No en vano, Billy Wilder fue el único director que se atrevió a repetir película con la impuntual, desmemoriada y emocional Marilyn: en Con faldas y a loco y La tentación vive arriba. En ambas, por cierto, demostró su natural talento para la comedia.




jueves, 21 de noviembre de 2013

Lincoln y Kennedy: dos muertes unidas por el misterio.


Tal vez las coincidencias sólo significan lo que nosotros queremos que signifiquen; tal vez veamos incuestionables patrones de semejanza donde apenas hay un fino hilo que une dos acontecimientos históricos; tal vez queramos ver misterios asombrosos donde sólo hay simples casualidades que rozan la leyenda urbana. Tal vez las muertes de Lincoln y Kennedy no sean más que eso, un cúmulo de increíbles casualidades. O tal vez no. Juzguen ustedes mismos. 

 


Desde que hace cincuenta años John Fitzgerald Kennedy, 35º presidente de los Estados Unidos de América, fuera asesinado en Dallas muchos son los enigmas que han rodeado su vida y, especialmente, su muerte: sus relaciones amorosas más o menos secretas con Marilyn Monroe; sus problemas de salud amortiguados con drogas por el incierto doctor Max Jacobson (“Max Milagros”); sus negociaciones in extremis y en secreto con el frío Kruschev, de cuyo resultado dependió literalmente la suerte del planeta; sus desaconsejables amistades con el “rat pack” (el clan Sinatra) y, de paso, con la Mafia; o su trágica muerte a balazos (tres o cuatro, según), la madre de todos los misterios, aún hoy no esclarecido a pesar de los esfuerzos ingentes del fiscal de distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison, y de cuantos lo han intentado después de él. Y aunque la Comisión Warren concluyera en 1964 que no había prueba alguna de conspiración, si existe en la historia una muerte presidencial repleta de teorías conspiranoicas, sin duda es la de JFK: desde el Sistema de Reserva Federal, la CIA, la KGB o la Mafia, hasta el director del FBI, J. Edgar Hoover, su contrincante republicano Richard Nixon o su mismísimo vicepresidente (y sucesor) Lyndon B. Johnson. Cada cual tenía sus motivos y medios, como en una novela de Agatha Christie, pero en este caso lo que ha faltado es un buen Poirot que resolviera el misterio, con una generosa dosis de materia gris.

 
Interesantes teorías, sin duda. Pero no dejan de ser teorías. Sin embargo, hay un misterio mayor en la vida del presidente Kennedy que lo vincula directamente con el presidente Lincoln y atañe también a sus respectivos asesinatos y a los autores de éstos. Y no es el empeño de Jackie de rendir homenaje póstumo a su marido a imagen y semejanza del sepelio de Lincoln, cosa que se llevó a cabo con el experto asesoramiento del historiador James Robertson. Se trata de un asombroso cúmulo de coincidencias y casualidades, de fechas, nombres y hechos que constituyen, cuando menos, otro sorprendente misterio.


Veamos: Lincoln fue elegido por primera vez para el Congreso de los Estados Unidos en 1846 y Kennedy justo 100 años después, en 1946; ambos fueron elegidos presidentes en 1860 y 1960 respectivamente, Lincoln el 6 de noviembre y Kennedy el 8 del mismo mes; los dos presidentes fueron asesinados en viernes, de una bala en la cabeza, en presencia de sus esposas; Abraham Lincoln en el Teatro Ford y John F. Kennedy en un automóvil Ford, modelo Lincoln; tras disparar, el asesino de Kennedy se ocultó en un teatro, el Lincoln. Después de su muerte los dos presidentes fueron sucedidos por sureños de apellido Johnson, Andrew Johnson nacido en 1808 y Lindon B. Johnson en 1908. Tanto Lincoln como Kennedy fueron arduos defensores de los derechos de los negros: Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación en 1862, que se convirtió en ley en 1863, y en 1963 Kennedy presentó sus informes al Congreso sobre los Derechos Civiles.
 
 
El día que fue asesinado, Lincoln dijo a un guardia, William H. Cook, “creo que hay hombres que quieren quitarme la vida... y no hay duda de que lo harán”; un presentimiento similar confesó Kennedy a su consejero, Ken O’Donnell, el mismo día de su muerte. Sus presuntos asesinos nacieron también casi con 100 años de diferencia, John Wilkes Booth en 1838 y Lee Harvey Oswald en 1939; ambos murieron de un disparo antes de llegar a juicio; sus respectivos nombres completos suman quince letras, mientras que los nombres de los presidentes que asesinaron suman también el mismo número de letras, siete. Precisamente el número fatídico donde ambos encontraron la muerte: Lincoln en el balcón número siete del Teatro Ford, y Kennedy en el Ford Lincoln, vehículo número siete de la caravana presidencial.