miércoles, 18 de abril de 2012

Billy Wilder. El genio que nos hizo reír, sufrir, soñar y pensar.

En la última ceremonia de los Oscars, el director francés Michel Hazanavicius (The Artist) dedicó su galardón a tres personas: Billy Wilder, Billy Wilder y Billy Wilder. Un emotivo tributo a quien fue su héroe cinematográfico, maestro de maestros, que hace ahora diez años dejó el Cine definitivamente huérfano. Con él se fue el último genio de esa estirpe de cineastas pura sangre, entregados a la causa en cuerpo, alma y cerebro. Y se fue también una forma de hacer cine, de contar historias que nunca antes, y mucho menos después, se ha logrado siquiera imitar.

Afirmaba Billy Wilder que hacía películas sólo para entretener a la gente, que “si el Cine consigue que un individuo olvide por dos segundos que ha aparcado mal el coche, no ha pagado la factura del gas o ha tenido una discusión con su jefe, entonces el Cine ha alcanzado su objetivo”. Claro que, entre la primera y la última escena, era capaz de criticar el nazismo, el comunismo, el capitalismo y el machismo en una sola (y desternillante) película; o de diseccionar la sociedad moderna, y su ambiciosa sed de poder a precio de saldo, entre risas tan inocentes como culpables; o de sentar las bases del cine negro con una cerilla, una grabadora y una pulsera enroscada en un (fascinante) tobillo; o de mostrarnos, sin disfraces ni elipsis, el rostro más real del alcoholismo o del periodismo carroñero. Billy Wilder sabía, como demostró en todas sus obras, que el Cine puede, y a veces debe, llegar más allá. Pocos grandes lo demostraron en tantas películas y, desde luego, ninguno dirigiendo sus propios guiones.
            Y es que detrás de sus desproporcionadas gafas se escondía una de las miradas más inteligentes y sibilinas, más talentosas y cínicas del séptimo arte (que con él si lo fue). Armado con su pluma-estilete, jamás le tembló el pulso a la hora de diseccionar a la sociedad de su época, de airear (para limpiar) la hipocresía reinante y campante; no importaba el tono, ya fuera comedia, drama social, thriller, romance, melodrama o todo en uno, el objetivo de todas sus películas fue siempre dejar a la vista las contradicciones internas del ciudadano americano (y del alemán y del soviético y del austro-húngaro…); descubrir el engaño, el disfraz, la máscara que él, paradójicamente, utilizaba para llegar a la verdad. Y siempre con esa inteligencia –vital y cinematográfica- que es, probablemente, su mayor aportación al cine.
            Antes de ser genio, Wilder fue estudiante de Derecho, camarero en el hotel paterno (donde “aprendí muchas cosas sobre la naturaleza humana, ninguna de ellas buena”), director de una cadena de cafeterías de estación, importador de relojes suizos, bailarín de hotel (pareja de alquiler de ancianas solitarias), propietario de una granja de truchas, devoto del jazz y periodista de sucesos en Berlín. Es ahí donde se da cuenta de que lo suyo es escribir y, entre noticia y noticia, le da tiempo de vender una docena de guiones antes de abandonar Alemania en 1934, coincidiendo con la ascendente carrera de Hitler (los Wilder eran judíos; su madre y otros familiares murieron en Auschwitz).

Tras una breve estancia en París se traslada a Hollywood y comienza a escribir guiones que dirigen otros, entre ellos su maestro e inspiración Ernst Lubitsch (la frase “¿cómo lo haría Lubistch?” presidió el despacho de Wilder durante 40 años). También fue el inicio de una fructífera colaboración con Charles Brackett, su coguionista y antagonista (“tuvimos muchas peleas, pero todas constructivas”), que generó algunos de los guiones más brillantes del cine, tras interminables horas de discusiones a bocajarro, Wilder fusta en mano y Bracket pluma en ristre. Lo mismo que años después con su otro fiel colaborador, I. A. L. Diamond con quien escribió sus magistrales comedias. El guión, para Wilder, es la verdadera alma de la película, por eso lo cuidó hasta el milímetro en todas y cada una de sus películas, en todos y cada uno de sus –afiladísimos- diálogos. No le importaba reconocerlo: “La mayoría de la gente no dice nada inteligente o interesante. Por eso tienen que pagar tanto dinero a guionistas inteligentes para que inventen cosas inteligentes”.

Esa inteligencia corrosiva, unida a su colosal talento, nos regaló algunas de las escenas más memorables vistas en una sala de cine: el cadáver narrador (William Holden) flotando en la piscina de su madura protectora (Gloria Swanson) en El Crepúsculo de los Dioses; la falda de Marilyn Monroe despertando las adúlteras fantasías del ‘rodríguez’ Tom Ewell en La tentación vive arriba; la ‘hazaña’ del periodista-hiena Kirk Douglas y el fiel retrato de la voyeurista, insensible y miserable ciudadanía americana en El gran carnaval; el desgarrador y realista delirium tremens de Ray Milland en Dias sin huella; el “nadie es perfecto” del enamorado millonario al (des)travestido Dafne/Lemmon en Con faldas y a lo loco; la hilarante conversión del fanático comunista en aristocrático capitalista de la Coca-Cola al ritmo frenético de La Danza del Sable en Uno, Dos Tres; la infinita soledad nocturna de Jack Lemmon en el parque –esa fila infinita de bancos vacíos- mientras su jefe ejerce de jefe y adúltero en El apartamento.

A lo largo de cuarenta años de carrera como director y guionista Billy Wilder nos dejó un buen puñado de obras maestras en cuantos géneros tocó (incluido el judicial, con la mejor adaptación de una obra de Agatha Christie: Testigo de cargo). Su ácida ironía, su corrosivo sentido del humor –a veces amargo, a veces compasivo, siempre sutil e inteligente- no impidió que todas sus películas (salvo una, El Gran Carnaval, demasiado despiadada para la época) costituyeran grandes éxitos de público, crítica y premios (21 nominaciones y 6 oscars, como guionista y director). En 1981 enfundó definitivamente su pluma-estilete y se dedicó a disfrutar de su impresionante colección de arte y de los innumerables homenajes que le brindó el mundo del cine hasta su muerte, a los 94 años. “Yo quiero morir a los 104 años, completamente sano, asesinado de un tiro por un marido que me acabara de pillar, in fraganti, con su joven esposa”. No fue el final que él había escrito, pero… ¡nadie es perfecto!

Cita con Billy Wilder
Uno de sus actores predilectos, William Holden, dijo de él que “tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar”. Desde luego lo demostró en cuantas ocasiones tuvo, que fueron muchas y variadas.
· “Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: no debes aburrir”.
· “Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate”.
· “Antonioni seguro que es un gran director, un gran artista. Pero en lo que a mí se refiere, soy incapaz de mantenerme despierto”
· “Comprendo sin dificultad por qué Godard ha podido por sí sólo exterminar varias empresas productoras”.
· “Un director tiene que ser policía, comadrona, psicoanalista, adulador y bastardo”
· “Algunas personas sólo guiñan el ojo para poder apuntar mejor”.
· “Quizás El crepúsculo de los dioses es una película cínica, pero para mí esa película es Hollywood; el guionista, el agente, la estrella olvidada, todos eran retratos del natural”.
· “Existen más libros sobre Marilyn Monroe que sobre la II Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza entre las dos: era el infierno, pero valía la pena”.
No en vano, Billy Wilder fue el único director que se atrevió a repetir película con la impuntual, desmemoriada y emocional Marilyn: en Con faldas y a loco y La tentación vive arriba. En ambas, por cierto, demostró su natural talento para la comedia.




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