lunes, 21 de mayo de 2012

La noche en que nació Frankenstein.


1816 fue el año sin verano. O “la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental” como lo bautizó, con más dramatismo, el historiador John D. Post. Lo cierto es que, ese verano, China, Europa y Estados Unidos sufrieron temperaturas por debajo de los 5ºC y fuertes nevadas destruyeron las cosechas y causaron muchas muertes. Y mucho terror. También ese verano, la noche del 16 de junio para ser exactos, cuatro singulares personajes se protegían de la violenta tormenta en una villa suiza; de sus sueños de esa oscura noche nacieron dos de los mayores mitos del terror literario: el vampiro y el monstruo de Frankenstein.

Las fuertes alteraciones climáticas ocurridas ese año fueron causadas por las erupciones del volcán Tambora, en la isla indonesia de Sumbawa (también  la del volcán Laki, en Islandia, según otras teorías). Fue tal la cantidad de polvo arrojado a la atmósfera, que ocultó la luz del sol y redujo las temperaturas en todo el planeta. En pleno mayo, la escarcha quemó las cosechas y en julio y agosto se observó hielo en ríos y lagos al sur de Pennsilvania. Las temperaturas oscilaban a gran velocidad, pasando de los 30ºC habituales del verano a los 0ºC invernales. Todo ello provocó, además, la escasez de alimentos y una considerable subida de precios, que en algunos casos se multiplicó por diez.

En China, las bajas temperaturas y las tormentas de nieve asolaron la producción de arroz en varias provincias. En el tropical Taiwán heló. En Inglaterra y Francia, aún recuperándose de las consecuencias de las guerras Napoleónicas, estallaron disturbios y saqueos; en Suiza el hambre engendró tal violencia, que el gobierno declaró el estado de emergencia nacional. Aunque eso es algo que, probablemente, no afectó a los huéspedes de Villa Diodati, la mansión palaciega a orillas del lago Ginebra (aguas que inspiraron a Milton, Rousseau y Voltaire) que ese verano acogía a Lord Byron, el anfitrión, su amigo Percy Bysshe Shelley, la esposa de éste, Mary Wollstonecraft Shelley, su hermanastra Claire Clairmont y John William Polidori, el joven y menospreciado médico de Byron.

La noche del 16 de junio una fantástica tormenta, aderezada de lluvias torrenciales y furiosos rayos, asolaba con vehemencia la villa. En el interior, protegidos del invernal verano, el grupo de amigos pasaba el tiempo leyendo en voz alta historias de fantasmas alemanas (Fantasmagoriana y otras espectrales lecturas), bajo la luz mortecina de las velas y los efectos no menos mortecinos del láudano. Inspirado por la noche tormentosa y los relatos fantasmales, Byron tuvo una genial idea: desafiar a sus amigos a escribir, esa misma noche, una historia de terror. El reto fue aceptado por todos, pero con desiguales resultados: los dos grandes poetas, paradigmas del romanticismo, no lograron rematar sus respectivos relatos. Mary tampoco consiguió escribir nada esa noche. Tal vez el único inspirado fue Polidori, que comenzó la que sería la primera obra literaria donde aparece la figura del vampiro.

En El Vampiro de Polidori no hay estacas ni copas rebosantes de sangre ni mordiscos en la yugular ni tumbas a modo de alcoba. Ni siquiera hay colmillos. Pero sí hay maldad, inmoralidad, terror, crueldad, perversión, venganza. Venganza doblemente entendida, porque el maligno personaje principal, Lord Ruthwen, estaba basado en el propio Byron, odiado hasta tal punto por su médico; no sin razón, pues es sabido que los hombres geniales no toleran el menor gesto de genio en sus subordinados y Polidori se vio continuamente humillado, torturado y frustrado por su señor, que le llamaba despectivamente “el doctorcillo Polly-Dolly”. Sin embargo, la desconocida pieza del doctor resultó ser una pequeña joya literaria, precursora de todas las historias de vampiros que se han escrito posteriormente (reconocido por el propio Bram Stocker), inspirados todos ellos, sin duda, en la fría, amoral y despiadada figura de Lord Ruthwen. Unos años después, en 1921, Polidori se suicidó, sin haber escrito nada reseñable aparte de El Vampiro; tenía 26 años.

Esa noche del 16 de junio, la pluma de Mary Shelley no estuvo inspirada; pero sí las noches posteriores. Fue tras un paseo en barca, durante el cual Byron y Shelley discutían las recientes teorías científicas sobre el poder de la electricidad para revivir cuerpos inertes. Esa noche Mary soñó con cadáveres fantasmagóricos, científicos aterrorizados y máquinas que devolvían la vida. Cuando despertó, temblorosa por el miedo y la excitación, comenzó a escribir su historia: “Una siniestra noche de noviembre pude por fin contemplar el resultado de mis fatigosas tareas. Con una ansiedad casi agónica coloqué al alcance de mi mano el instrumental que iba a permitirme encender el brillo de la vida en la forma inerte que yacía a mis pies (…) De pronto, al tenebroso fulgor de la llama mortecina, observé cómo la criatura entreabría sus ojos ambarinos y desvaídos”. Había nacido a la vida el monstruo de otro doctor, el de Victor Frankenstein. Y con él, la inmortalidad de Mary Shelley, su creadora. La novela se publicó en marzo de 1818 bajo el título de Frankenstein o el moderno Prometeo.

Aquel verano de 1816 la naturaleza ensombreció el mundo y la mente humana creó la novela de terror moderna. El volcán Tambore recordó al hombre su pequeñez frente a la naturaleza, como hace un par de años nos lo recordó el volcán Eyjafjallajokull o el tsunami de Japón en 2011. El relato de Polidori nos conciencia de que la maldad está siempre ahí, por mucho que se disfrace. Y la novela de Mary Shelley, que no es aconsejable jugar a ser Dios Creador… salvo, tal vez, para crear obras inmortales como El Vampiro y Frankenstein. Lo escribió Lord Byron: “Cuando el hombre cesa de crear, deja de existir.”


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