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martes, 16 de junio de 2020

La noche en que nació Frankenstein.


1816 fue el año sin verano. O “la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental” como lo bautizó, con mayor dramatismo, el historiador John D. Post. Lo cierto es que, aquel verano, China, Europa y Estados Unidos sufrieron temperaturas por debajo de los 5ºC y fuertes nevadas destruyeron las cosechas y causaron muchas muertes. Y mucho terror. También aquel verano, la noche del 16 de junio para ser exactos, cuatro singulares personajes se protegían de la violenta tormenta en una villa suiza; de sus sueños de esa oscura noche nacieron dos de los mayores mitos del terror literario: el vampiro y el monstruo de Frankenstein.


Las fuertes alteraciones climáticas ocurridas aquel año fueron causadas por las erupciones del volcán Tambora, en la isla indonesia de Sumbawa (también  la del volcán Laki, en Islandia, según otras teorías). Fue tal la cantidad de polvo arrojado a la atmósfera, que ocultó la luz del sol y redujo las temperaturas en todo el planeta. En pleno mayo, la escarcha quemó las cosechas; y en julio y agosto se observó hielo en ríos y lagos al sur de Pennsilvania. Las temperaturas oscilaban a gran velocidad, pasando de los 30ºC habituales del verano a los 0ºC invernales. Todo ello provocó, además, la escasez de alimentos y una considerable subida de precios, que en algunos casos se multiplicó por diez.

En China, las bajas temperaturas y las tormentas de nieve asolaron la producción de arroz en varias provincias. En el tropical Taiwán heló. En Inglaterra y Francia, aún recuperándose de las consecuencias de las guerras Napoleónicas, estallaron disturbios y saqueos; en Suiza el hambre engendró tal violencia, que el gobierno declaró el estado de emergencia nacional. Aunque eso es algo que, probablemente, no afectó a los huéspedes de Villa Diodati, la mansión palaciega a orillas del lago Ginebra (aguas que inspiraron a Milton, Rousseau y Voltaire) que aquel verano incierto acogía a Lord Byron, el anfitrión, su amigo Percy Bysshe Shelley, la esposa de éste, Mary Wollstonecraft Shelley, su hermanastra Claire Clairmont y John William Polidori, el joven y menospreciado médico personal de Byron. Un encuentro fascinante y excitante, que el mismísimo rey del terror moderno, Stephen King, describió como «la merendola inglesa más loca de la Historia de la Literatura».

Aquella noche del 16 de junio una fantástica tormenta, aderezada de lluvias torrenciales y furiosos rayos, asolaba con vehemencia la villa. En el interior, protegidos del invernal verano, el grupo de amigos pasaba el tiempo leyendo en voz alta historias de fantasmas alemanas (Fantasmagoriana y otras espectrales lecturas), bajo la luz mortecina de las velas y los efectos no menos mortecinos del láudano. Inspirado por la noche tormentosa y los relatos fantasmales, Byron tuvo una genial idea: desafiar a sus amigos a escribir, esa misma noche, una historia de terror. El reto fue aceptado por todos, pero con desiguales resultados: los dos grandes poetas, paradigmas del romanticismo, no lograron rematar sus respectivos relatos. Mary tampoco consiguió escribir nada esa noche. Tal vez el único inspirado fue Polidori, que comenzó la que sería la primera obra literaria donde aparece la figura del vampiro.

En El Vampiro de Polidori no hay estacas ni copas rebosantes de sangre ni mordiscos en la yugular ni tumbas a modo de alcoba. Ni siquiera hay colmillos. Pero sí hay maldad, inmoralidad, terror, crueldad, perversión, venganza. Venganza doblemente entendida, porque el maligno personaje principal, Lord Ruthwen, estaba basado en el propio Byron, odiado hasta tal punto por su médico; no sin razón, pues es sabido que los hombres geniales no toleran el menor gesto de genio en sus subordinados y Polidori se vio continuamente humillado, torturado y frustrado por su señor, que le llamaba despectivamente “el doctorcillo Polly-Dolly”. Sin embargo, la desconocida pieza del doctor resultó ser una pequeña joya literaria, precursora de todas las historias de vampiros que se han escrito posteriormente (reconocido por el propio Bram Stocker), inspiradas todas ellas, sin duda, en la fría, amoral y despiadada figura de Lord Ruthwen. Unos años después, en 1921, Polidori se suicidó, sin haber escrito nada reseñable aparte de El Vampiro; tenía 26 años.

Aquella noche del 16 de junio la pluma de Mary Shelley no estuvo inspirada; pero sí las noches posteriores. Ocurrió tras un paseo en barca, durante el cual Byron y Shelley discutían las recientes teorías científicas sobre el poder de la electricidad para revivir cuerpos inertes. Esa noche Mary soñó con cadáveres fantasmagóricos, científicos aterrorizados y máquinas que devolvían la vida. Cuando despertó, temblorosa por el miedo y la excitación, comenzó a escribir su historia: «Una siniestra noche de noviembre pude por fin contemplar el resultado de mis fatigosas tareas. Con una ansiedad casi agónica coloqué al alcance de mi mano el instrumental que iba a permitirme encender el brillo de la vida en la forma inerte que yacía a mis pies (…) De pronto, al tenebroso fulgor de la llama mortecina, observé cómo la criatura entreabría sus ojos ambarinos y desvaídos». Había nacido a la vida el monstruo de otro doctor, el de Victor Frankenstein. Y con él, la inmortalidad de Mary Shelley, su creadora. La novela se publicó en marzo de 1818 bajo el título de Frankenstein o el moderno Prometeo.

Aquel verano de 1816 la naturaleza ensombreció el mundo y la mente humana creó la novela de terror moderna. El volcán Tambore recordó al hombre su pequeñez frente a la naturaleza, como hace pocos veranos nos lo recordaron los volcanes de Bali (Agung), Guatemala (Volcán de Fuego) y Galápagos (Sierra Negra), o como este verano nos lo está recordando un bichito invisible a los ojos, pero igualmente dañino para la humanidad. El relato de Polidori nos conciencia de que la maldad está siempre ahí, por mucho que se disfrace. Y la novela de Mary Shelley, que no es aconsejable jugar a ser Dios Creador… salvo, tal vez, para crear obras inmortales como El Vampiro y Frankenstein. Lo escribió precisamente Lord Byron: “Cuando el hombre cesa de crear, deja de existir.”


viernes, 12 de junio de 2015

De Drácula y otros célebres vampiros (y vampiras)



Londres. 20 de abril de 1912. La noche es fría, opaca, tenebrosa. Más aún en la miserable y pestilente pensión de una callejuela sin nombre en la que un viejo irlandés, presa de un pánico indescriptible, profiere con voz demente y excitada una misteriosa palabra, al tiempo que señala con mano temblorosa el rincón más oscuro de la habitación: “¡Strigoi, strigoi!” Unos instantes más tarde, el infeliz está muerto. Cuando los policías acuden al inmundo agujero para llevarse el cuerpo inerte, descubren la identidad del huésped en el mugriento libro de registro: Bram Stoker.

Bram Stoker tenía 64 años cuando dejó este mundo. Murió arruinado, enfermo y demente (tres habituales síntomas de la sífilis), retorciéndose de dolor mientras sufría alucinaciones de la criatura que él mismo había creado quince años atrás, a la que señalaba aterrorizado al grito de “strigoi”, que en rumano significa bruja, espíritu maligno. O vampiro.
            Su existencia no había sido fácil, ya desde niño. Postrado en cama debido a una salud precaria durante sus siete primeros años de vida, dedicaba las horas a estudiar y a escuchar las historias de fantasmas que su madre le relataba cada día. Logró cursar sus estudios en el prestigioso Trinity College de Dublín, donde comenzó a sentir la llamada de la creación literaria, primero con modestas obras de teatro y críticas y poco después con relatos de terror y misterio que publicaba en la revista Shamrock. Todo marchaba relativamente bien hasta que abandonó su Irlanda natal para instalarse en Londres. Allí conoció al hombre que, con los años, marcaría su tragedia: el célebre actor shakesperiano Henry Irving.
Trabajó durante años para él más como esclavo que como representante y se arrastró con él por los rincones más perversos y pervertidos de Europa (donde contrajo la sífilis); a la muerte del ególatra actor, en 1905, el fiel servidor fue absolutamente olvidado en su goloso testamento. Durante esos años, entre servicio y perversión, le dio tiempo a Stoker de practicar el ocultismo en una sociedad secreta y de escribir unas cuantas novelas y relatos de éxito limitado. Hasta que en mayo de 1897 la editorial Archibald Constable and Company publicó su inmortal Drácula, novela que asentó las bases –matices, cualidades, iconografía, rituales, personalidad- del vampiro literario. Aunque el protagonista se basó en la figura del sangriento príncipe rumano Vlad el Empalador muy diversas las influencias que Stoker reflejó en su personaje, desde Henry Irving a Franz Liszt, pasando por libros de ocultismo, leyendas ancestrales de la lejana Transilvania, los manuscritos hallados por su amigo el orientalista Hermann ‘Arminius’ Bamberger o las historias de espectros que su madre le relató de niño. 
Pero el Drácula de Bram Stoker bebió también de otras muchas fuentes, de otras muchas copas rebosantes de espeso líquido carmesí. La “novela de terror mejor escrita de todos los tiempos”, en palabras de su amigo Oscar Wilde, y que alcanzó una fama que su creador jamás habría siquiera imaginado, tuvo una nutrida lista de nobles precedentes vampíricos que, unos más que otros, fueron marcando el camino del afamado Conde a lo largo de todo el siglo XIX. El mito vampírico, en su siniestro encanto e insaciable capacidad de hacer –e incitar a hacer- el Mal, había conquistado ya a los más prestigiosos poetas y novelistas del Romanticismo, desde Rusia hasta Francia, de Escocia a Estados Unidos, bajo cuyas plumas adoptó múltiples identidades y peculiaridades, todas únicas, todas excelsas, todas inmortales.

“Los seres que llamamos vampiros existen; alguno de nosotros tiene pruebas de ello. Pero aunque no tuviéramos la evidencia irrefutable de nuestra propia experiencia tan desdichada, las enseñanzas y los testimonios del pasado ofrecen pruebas suficientes para cualquier persona sensata” declama en un pasaje de Drácula el profesor Abraham Van Helsing. Y es cierto. El vampiro es criatura milenaria, abundante en mitología, aunque no es hasta la literatura del XIX cuando su leyenda se transforma en arte y el monstruo eternamente insaciable empieza a tomar forma.


Forma, por cierto, que no siempre fue masculina. Es más, en aquellos primeros poemas y cuentos vampíricos la terrorífica criatura suele ser una mujer, generalmente bella y siempre perversa. Tal es el caso de Vampirismo (1821), del compositor y escritor E. T. A. Hoffmann, considerado el primer relato en prosa de una mujer vampiro, la bella Aurelia, que enamora al conde Hippolit con su encanto y una vida desgraciada necesitada de consuelo. Ya casados, el conde descubre horrorizado que su esposa abandona el lecho cada noche y se reúne en el cementerio con otras mujeres para alimentarse de la carne putrefacta de los cadáveres, razón por la que sospechosamente no prueba bocado en la mesa (“¡Maldito engendro del diablo! ¡Ya sé por qué te repugna la comida civilizada! ¡En las tumbas es donde pastas, mujer endemoniada!”).
Más sutil y misteriosa que las criaturas necrófagas de Hoffmann es La muerta enamorada de Gautier, publicado en 1836. Narra una “singular y terrible” historia de juventud del párroco Romualdo, que comienza el día previo a su ordenación, cuando queda prendado de una hipnótica desconocida, Clarimonda, que trata de seducirlo y alejarlo del sacerdocio. Aunque no lo consigue, al principio, Romualdo vive perseguido por esa obsesión y, finalmente, sin saber si es realidad o ensoñación (nunca llega a averiguarlo), se convierte en su amante. Clarimonda resulta ser una vampira que se sirve de la sangre del párroco para mantenerse viva; pero éste sigue enamorado de ella, hasta que su abad le obliga a contemplar la tumba de su monstruosa amante y , tras rociarla con agua bendita, queda convertida en polvo y el sacerdote logra la paz de su alma. “No miréis nunca a una mujer –concluye su relato- pues, por más casto y prudente que seáis, un solo minuto basta para haceros perder la eternidad”.


El poeta francés Charles Baudelaire dedicó a su vez a una de estas criaturas La metamorfosis del vampiro (1857), uno de sus llamados “poemas inmorales”, que fue censurado en la época. Aquí el amor y la muerte se entremezclan con el deseo más carnal, aunque la mujer vampiro se sirve de su cuerpo y de sus “palabras impregnadas de almizcle” sólo para beber la sangre y la inspiración del poeta, hasta la médula de los huesos. El irlandés Sheridan Le Fanu nos cuenta en su novela Carmilla (1872) la relación de Laura y una joven desconocida que llega accidentalmente a su castillo, Carmilla, y se comporta de modo extraño y misterioso. Se suceden hechos sobrenaturales y terroríficos, seducción, muerte y resurrección, ataques vampíricos y finalmente caza a la criatura, que marcan muchas de las pautas posteriores del género.

Sir Arthur Conan Doyle se acercó al mito desde una perspectiva científica –la razón frente a lo sobrenatural- en El parásito (1894). El escéptico Gilroy se somete a los supuestos poderes psíquicos –hipnotismo, sugestión- de la deforme Helen Penelosa, quien acaba obsesivamente enamorada de él. Despechada, le obliga mentalmente a realizar actos perversos (mantener relaciones con ella, robar un banco, derramar ácido sobre el rostro de su prometida) aunque finalmente Gilroy logra liberarse de ese trance mesmérico, ese poder mental que lo aplasta y atormenta, instante en que la señorita Penelosa muere.
También el prolífico Alejandro Dumas quedó subyugado por los relatos vampíricos, como plasmó en La dama pálida, uno de sus cuentos de terror incluidos en Los mil y un fantasmas, que vieron la luz en 1849. Fantástico y sombrío, ambientado en el corazón de los Cárpatos (otro futuro referente), relata la desventura de la noble polaca Jadwige, secuestrada por dos hermanos herederos de la estirpe de Brankovan, que acaban enamorados de ella y enfrentados entre sí. Uno de ellos muere y, convertido en vampiro, visita cada noche la alcoba de Jadwige para alimentarse de su sangre, dejándola pálida y enferma; al final, vampiro y hermano se baten en duelo y ambos mueren… y con ellos muere también la maldición que había afectado a toda la estirpe durante generaciones, desde que un Brankovan asesinó a un sacerdote.
El escritor ruso Nikolái Gógol recrea magistralmente en su desconocido relato Vi las leyendas populares más espeluznantes de aquellas lejanas tierras, mezclando el horror con los dilemas morales y el más puro costumbrismo. En El Horla (1887), Guy de Maupassant va desgranando día a día la historia de un hombre que enloquece a causa de la invasiva presencia de un doble maligno; paranoia, alucinaciones, demencia (síntomas que él mismo padecía ya en esos años, a causa de la sífilis) y un final nada alentador: después del hombre mortal queda el Horla, el que no muere. “¡No… no, sin duda… no ha muerto… Entonces… tendré que matarme yo…!”

Pero probablemente la influencia que más hondamente marcó la obra de Bram Stoker fue el relato de John William Polidori El vampiro. Médico, secretario y esclavo personal de Lord Byron (lo mismo que Stoker de Henry Irving), Polidori escribió el primer cuento de vampiros de la literatura aquella célebre noche del 15 de junio de 1816 en Villa Diodati, al tiempo que Mary Shelley alumbraba su Frankenstein. Permanentemente humillado y frustrado por Byron, Polidori creó sin embargo el personaje que inspiró inevitablemente a todos los vampiros posteriores: el frío, malvado y seductor Lord Ruthwen (a su vez inspirado levemente en un poema de Lord Byron, El Giaour, y no tan levemente en el propio Byron). Una historia de venganza, dentro y fuera del relato, que acaba en ambos casos trágicamente: con el suicidio de Polidori a los 26 años de edad y la victoria de Ruthwen frente a la inocente Aubrey, cuya sangre “había aplacado la sed de un vampiro”. Trágico final muy diferente al de la novela de Stoker, que concluye con una palabra más esperanzadora: ‘SALVACIÓN’.


Drácula, estrella de cine
· Ya en 1896, un año antes de la publicación de Drácula, el genio George Méliès creó y dirigió una película de vampiros (La mansión del diablo).
· La primera versión cinematográfica de Drácula se realizó en Rusia en 1920.
· En 1922 el alemán F. Murnau dirigió la pionera Nosferatu; la figura siniestra del Conde Orlok (un trasunto de Drácula para evitar pagar derechos) se convirtió en un icono del cine.
· El actor húngaro Béla Lugosi fue uno de los más célebres Dráculas, primero en teatro y luego en cine (1931 y 1936). Su imagen de aristócrata seductor y su elegante capa (con la que fue incinerado) marcarían las pautas de posteriores adaptaciones.  
· El actor que más veces interpretó a Drácula fue Christopher Lee, en los años 60 y 70. Mostró una imagen más violenta del conde, con colmillos y ojos inyectados en sangre.
· En 1992, Francis Ford Coppola dirigió la más fiel (romántica y aterradora) adaptación de la novela de Stoker; Gary Oldman realizó una memorable interpretación del conde.
· Drácula aparte, se han realizado cientos de películas basadas en las leyendas vampíricas. Como en la tradición literaria, también en el cine es una criatura inmortal.


martes, 23 de abril de 2013

Real como la vida misma. De Sherlock Holmes a Peter Pan

Arthur Conan Doyle se graduó en la Universidad de Edimburgo en 1881 y abrió una consulta de oculista; seis años después, ante la pertinaz ausencia de pacientes, decidió probar suerte escribiendo un relato detectivesco. Sólo necesitaba un tipo de detective diferente, original; entonces, se acordó de su antiguo profesor, el agudo, observador y deductivo doctor Joseph Bell; ese mismo año de 1887 nació Sherlock Holmes. Como el detective de Conan Doyle, muchos otros personajes novelescos han sido inspirados por personas reales, desde Tom Sawyer o Drácula, hasta Crusoe, Peter Pan o el mismísimo Dr. Jekyll. Y Mr. Hyde, claro.

 
Escocia, finales del siglo XIX, una noche de invierno tras una cacería, alrededor de una reconfortante chimenea. Un eminente cirujano mantiene en vilo a la docena de invitados con sus malabarismos deductivos: “La mayoría de la gente ve, pero no observa. Fijaos: en cierta ocasión entró un hombre en el aula donde yo estaba dando clase. Caballeros, les dije, este hombre ha sido soldado en un regimiento escocés y, probablemente músico de su banda. Les hice observar su fanfarrón modo de caminar y su baja estatura, que demostraba que de ser soldado, tuvo que serlo como músico. Aunque al principio el hombre lo negó acabó confesando que, en efecto, fue gaitero en un regimiento escocés (y además desertor, de ahí su reticencia). Entonces uno de mis alumnos exclamó: El doctor Bell bien pudiera ser Sherlock Holmes. A lo que yo respondí: Mi querido señor, yo soy Sherlock Holmes”.
            En efecto, el propio Conan Doyle reconoció abiertamente su inspiración a la hora de crear al más famoso detective de la literatura universal. El doctor Bell siempre insistía a sus alumnos en la enorme importancia de los pequeños detalles, en el infalible poder de la observación y la deducción, que ponía permanentemente en práctica tanto en sus clases como en sus diagnósticos médicos. Y opinaba que el desarrollo de esta facultad podía transformar la vida monótona de cualquier persona en un mundo emocionante y diferente. Es lo que hizo, con creces, su alumno Conan Doyle.
 
Otro alumno aventajado del profesor Bell fue Robert Louis Stevenson, aunque a la hora de crear al honorable doctor Jekyll y su reverso tenebroso Mr. Hyde no se inspiró en el deductivo doctor, sino en el ciudadano modélico de día y ludópata ladrón de noche William Brodie. Concejal del Ayuntamiento de Edimburgo, próspero comerciante y rector de una comunidad masónica, Brodie ocultaba una vida secreta tras su virtuosa máscara: dos amantes simultáneas, con las que tuvo cinco hijos; robos a bancos y comercios durante más de 18 años (sin levantar sospechas); y una desmedida afición por el juego y los bajos fondos. Su buena racha de impunidad expiró en 1786, tras aliarse con unos ladrones de baja estofa y dar un fallido golpe a las oficinas centrales de recaudación; aunque Brodie logró escapar, uno de sus cómplices lo delató para librarse del destierro. Murió ahorcado el 1 de octubre de 1788… y resucitó casi un siglo después de la mano de Stevenson su obra El diácono Brodie y su doble vida, estrenada en Londres en 1844 y editada dos años más tarde como novela con el inmortal título de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, que nos mostró “la íntima y primitiva dualidad del hombre”.
 
Otra terrorífica realidad es la que inmortalizó (y nunca mejor dicho) el irlandés Bram Stoker en 1897 con su novela Drácula. Aparte de ciertas leyendas medievales sobre mitos chupasangres y la reconocida inspiración en el relato El Vampiro de William Polidori (doctor personal de Lord Byron, cuyo carácter inspiró a su vez este primigenio relato vampírico), el protagonista de la obra de Stoker nació en la Rumanía del siglo XV bajo el apelativo de Vlad V. el Empalador, también conocido como Draculaea, que significa “hijo del demonio” en rumano. Este tirano, que gobernó Valaquia entre 1452 a 1462, hizo alarde de su brutal sadismo en guerras y represalias posteriores, llegando a empalar en largas estacas a más 40.000 prisioneros. Stoker también pudo haberse inspirado en la sanguinaria condesa húngara Isabel Bathory, que pretendía conservar su hermosura bañándose en la sangre de jóvenes doncellas, a las que torturaba y desangraba colgándolas en cadenas. Finalmente, la sádica condesa fue condenada a morir emparedada, episodio que aparece reflejado en el cuento de Stoker El huésped de Drácula.

Más amable resulta el personaje de Robin Hood, ladrón legendario donde los haya, y al que se refiere un manuscrito descubierto recientemente en la biblioteca de la famosa Escuela Eton, fundada por Enrique VI en 1440: “En esta época, según la opinión popular, un ladrón con el nombre de Robin Hood y sus cómplices, infectaron Sherwood y otras regiones respetables y honradas de Inglaterra con sus continuos robos”. La referencia no es más que una breve anotación al margen de un libro de historia, el Polychronico, escrita en latín al parecer por un monje anónimo. No es mucho, pero al menos abre la posibilidad de que personaje tan universalmente atractivo fuera una realidad; aunque no sepamos si, efectivamente, robaba a los ricos para dárselo a los pobres o para redecorar su castillo.
 
Cierta noche de 1704, en algún lugar de los Mares del Sur, tuvo lugar una acalorada discusión a bordo de un barco pirata entre el capitán y su primer piloto, de nombre Alexander Selkirk. Tras el altercado, el piloto fue abandonado en la deshabitada isla de Juan Fernández, en la que permaneció durante cuatro largos y solitarios años. Rescatado en 1709, Selkirk fue trasladado a Inglaterra, donde el periodista Daniel Defoe conoció su aventura (o desventura) y rescribió en 1719 bajo el título de "La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe”, oficialmente la primera novela de habla inglesa. Es posible que Dafoe se inspirara también en las peripecias del español Pedro Serrano, que en 1526 naufragó en algún punto del Caribe y permaneció ocho años en un islote perdido, con uno de sus marineros, sin agua potable y sin apenas comida pero con mucho ingenio, valor y esperanza.
 
Por orden del tirano Hessler, el arquero Guillermo Tell disparó a una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo, Walter, desde una distancia de 150 pasos. Su delito, no haberse inclinado ante el paso del invasor austriaco. El certero disparo y los sucesos que luego acontecieron fueron recogidos por primera vez 200 años después en las crónicas suizas del escritor Aegiidius Tschudi, en el siglo XVI. Al parecer se inspiró en multitud de leyendas y relatos de arqueros medievales, pero especialmente en uno: el escocés Gilpatrick, que fue obligado a disparar su flecha contra un huevo colocado sobre la cabeza de su hijo. Por obra y gracia de Tschudi, el arquero escocés se convirtió en el personaje más popular del folklore suizo.
            También la literatura infantil tiene sus mágicos personajes reales. Tal es el caso de la Alicia de Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll. Su famoso cuento está lleno de referencias a la vida, la sociedad y los conocidos del escritor, pero su inspiración indiscutible es su amiga de la infancia Alice Pleasance Liddell. El cuento nació una calurosa tarde de julio de 1862, de picnic a orillas del Támesis con las tres hermanas Liddle; Dodgson comenzó a relatar una serie de historias disparatadas a las que llamó "Las aventuras subterráneas de Alicia" , y que encandilaron a las tres niñas, especialmente a Alice. Cuatro meses después, comenzó a escribir el manuscrito y a dibujar las ilustraciones. Finalmente se publicó en 1865, dedicado a Alice Liddell; como detalle final, el autor incluyó un retrato ovalado de la niña en la última página.
 
 
Un caso muy similar al de Alicia y Alice Liddle es el de Peter Pan y Peter Llewelyn Davies. El escritor James M. Barrie, gran amigo de la familia, comenzó a desarrollar la idea de su relato a partir de la amistad con Peter y sus hermanos, con los que jugaba a menudo y para los que creaba pequeñas obras de teatro que ellos mismos representaban. Esa convivencia, trufada de juegos y aventuras imaginarias, se plasmó primero en una obra de teatro, Peter Pan (1904) y luego en un libro, Peter Pan y Wendy (1911), que más tarde el propio Barry desarrolló en otros relatos y novelas. También Mark Twain recogió experiencias de su entorno vital para plasmarlas en sus geniales aventuras de Tom Sawyer; Tía Polly estaba inspirada en su madre y Tom en el propio escritor, junto con rasgos de “tres amigos”; Hunkleberry Finn era Tom Blankenship, el hijo del borracho de su pueblo, Hannibal (Missouri); y, según reconoce él mismo: “La mayoría de las aventuras que refiero en este libro son reflejo de la realidad; uno o dos me han ocurrido a mí mismo; el resto son anécdotas de otros niños, compañeros míos de la escuela”.

Para crear su legendario personaje El Zorro, Johnston McCulley se inspiró en bandidos reales de California durante la Fiebre del Oro, a mediados del s. XIX; uno de ellos fue Joaquín Murrieta, también conocido como el Robin Hood de El Dorado, forajido para unos y para otros héroe patriótico y símbolo de la resistencia contra la dominación yanqui en California.  Muchos otros personajes de la ficción literaria fueron personas reales antes de nacer: el Conde Montecristo fue el inocente zapatero Picaud; James Bond fue un tímido ornitólogo de nombre… James Bond; Cyrano de Bergerac, escritor, poeta y militar vivió realmente en el s. XVII con el nombre de Cyrano de Bergerac Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac; y el estricto capitán Blight fue tan real como el motín del HMS Bounty, 146 años antes de que fuera encarnado magistralmente por Charles Laughton en el cine.