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martes, 30 de agosto de 2016

Firhall, el pueblo donde no existen niños


Firhall es un pequeño pueblo residencial a orillas del río Nairn, en la espectacular y escarpada costa de Moray Firth, al nordeste de Escocia. Firhall podría ser un pueblo más de las Tierras Altas, con sus verdes infinitos, sus paseos junto al río, sus campos de golf, sus barcos de recreo, sus casitas acojedoras con jardines perfectos… un pueblo como cualquier otro, con una diferencia: en Firhall no existen los niños.


En Firhall, como en el relato de Poe, reina el silencio. No hay gritos ni risas ni berrinches; no se escuchan los molestos sonidos de las bicicletas ni el bullicio de un partido de fútbol; no hay monopatines correteando por las calles ni llantos de bebé; ni el alboroto insufrible de los columpios o la comba, rompiendo el apacible silencio del parque al atardecer. No, en Firhall no hay ruidos ni molestias ni bullicio. En Firhall todo es calma y quietud. En el pueblo sin niños a orillas del río Nairn, sólo se escucha el silencio.


Firhall nació hace ocho años, cuando un avispado promotor vendió la idea de una suerte de paraíso en el que los escoceses pudieran envejecer con tranquilidad, en un lugar donde sólo se respirara paz, sosiego y el aire fresco de los fiordos. Un verdadero paraíso para jubilados. Claro que lo más chocante es que el mínimo de edad se estableciera en 45 años, que es una edad, cuando menos, temprana para envejecer. “No somos un pueblo de ogros –aseguran-, no odiamos a los niños”. Y en efecto, les permiten recibir las visitas de nietos y sobrinos algunos fines de semana; siempre que el bullicio de los pequeños salvajes no perturbe el sosiego de tan desestresado edén. Cierto es que, para concederse alguna alegría, o compañía, lo que sí les permiten tener es perro (uno por hogar, eso sí), aunque no especifican las reglas si están prohibidos los ladridos, las peleas y las deposiciones inconvenientes.

Lo que ganan los firhallenses con esta peculiar normativa no es poco: calles limpias, ausencia total de molestias, partidos de golf sin interrupciones, seguridad y comodidad, jardines sin pisadas, noches silenciosas. Lo que pierden, sin embargo, es más: alegría, carcajadas, felicidad, compañía, magia… vida. Decía Mario Puzo que la única riqueza en este mundo son los niños, más que todo el dinero y el poder; y el autor de El Padrino sabía mucho de dinero, de poder… y de familia. Y así lo han visto no pocos de los residentes de Firhall, que han decidido vender sus silenciosas propiedades y retirarse a otros lugares donde sus nietos puedan quedarse todo el tiempo que quieran, corretear por los parques, jugar, gritar, reírse, saltar e incluso dejar sus pisadas en el jardín.

Leyendo esta noticia sobre el pueblo escocés, y aprovechando que hace poco revisité la inmortal obra de J. M. Barrie, (también escocés, de Kirriemuir, a unas millas al sur de Firhall), no puedo evitar pensar en su Peter Pan y el País de Nunca Jamás, que en realidad no es sino un reflejo inverso del pueblo sin niños. Esto es, un país de niños sin adultos, un paraíso a medida que se rige por reglas propias, sin interferencias de los mayores, donde la magia y la risa reinan en perfecta armonía (“¿Sabes, Wendy?, cuando el primer niño rió por primera vez, su risa se rompió en miles de pedazos que se fueron dando saltos, y así fue como aparecieron las hadas”). Pero incluso en ese mundo mágico, alegre y eternamente infantil, que queda allá por la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer, los niños acaban sintiendo nostalgia de sus familias, añoran su hogar, a sus padres, a sus madres. Porque los necesitan. Para crecer, aunque no quieran; para aprender a amar. Como los padres (y los abuelos) necesitan  a los niños, su risa, su alegría, su alboroto, su amor, su anarquía. Su ruido. Porque, aunque a veces no lo quieran recordar, ellos también fueron niños.

Y uno, que ha superado con creces los 45 otoños mínimos para instalarse en Firhall, cuando mira a sus hijos (dieciséis, catorce y diez años), especialmente si andan gritando a coro y a pleno pulmón, hay momentos en los que no puede evitar pensar en ese paraíso, y en sus casitas de jardines perfectos, y en sus parques inmaculados y en sus paseos por el río Nairn y en su tranquila seguridad y en su silencio, bendito silencio, y… ¿Y qué quieren que les diga? Que me quedo con el bendito ruido del País de Nunca Jamás.



martes, 23 de abril de 2013

Real como la vida misma. De Sherlock Holmes a Peter Pan

Arthur Conan Doyle se graduó en la Universidad de Edimburgo en 1881 y abrió una consulta de oculista; seis años después, ante la pertinaz ausencia de pacientes, decidió probar suerte escribiendo un relato detectivesco. Sólo necesitaba un tipo de detective diferente, original; entonces, se acordó de su antiguo profesor, el agudo, observador y deductivo doctor Joseph Bell; ese mismo año de 1887 nació Sherlock Holmes. Como el detective de Conan Doyle, muchos otros personajes novelescos han sido inspirados por personas reales, desde Tom Sawyer o Drácula, hasta Crusoe, Peter Pan o el mismísimo Dr. Jekyll. Y Mr. Hyde, claro.

 
Escocia, finales del siglo XIX, una noche de invierno tras una cacería, alrededor de una reconfortante chimenea. Un eminente cirujano mantiene en vilo a la docena de invitados con sus malabarismos deductivos: “La mayoría de la gente ve, pero no observa. Fijaos: en cierta ocasión entró un hombre en el aula donde yo estaba dando clase. Caballeros, les dije, este hombre ha sido soldado en un regimiento escocés y, probablemente músico de su banda. Les hice observar su fanfarrón modo de caminar y su baja estatura, que demostraba que de ser soldado, tuvo que serlo como músico. Aunque al principio el hombre lo negó acabó confesando que, en efecto, fue gaitero en un regimiento escocés (y además desertor, de ahí su reticencia). Entonces uno de mis alumnos exclamó: El doctor Bell bien pudiera ser Sherlock Holmes. A lo que yo respondí: Mi querido señor, yo soy Sherlock Holmes”.
            En efecto, el propio Conan Doyle reconoció abiertamente su inspiración a la hora de crear al más famoso detective de la literatura universal. El doctor Bell siempre insistía a sus alumnos en la enorme importancia de los pequeños detalles, en el infalible poder de la observación y la deducción, que ponía permanentemente en práctica tanto en sus clases como en sus diagnósticos médicos. Y opinaba que el desarrollo de esta facultad podía transformar la vida monótona de cualquier persona en un mundo emocionante y diferente. Es lo que hizo, con creces, su alumno Conan Doyle.
 
Otro alumno aventajado del profesor Bell fue Robert Louis Stevenson, aunque a la hora de crear al honorable doctor Jekyll y su reverso tenebroso Mr. Hyde no se inspiró en el deductivo doctor, sino en el ciudadano modélico de día y ludópata ladrón de noche William Brodie. Concejal del Ayuntamiento de Edimburgo, próspero comerciante y rector de una comunidad masónica, Brodie ocultaba una vida secreta tras su virtuosa máscara: dos amantes simultáneas, con las que tuvo cinco hijos; robos a bancos y comercios durante más de 18 años (sin levantar sospechas); y una desmedida afición por el juego y los bajos fondos. Su buena racha de impunidad expiró en 1786, tras aliarse con unos ladrones de baja estofa y dar un fallido golpe a las oficinas centrales de recaudación; aunque Brodie logró escapar, uno de sus cómplices lo delató para librarse del destierro. Murió ahorcado el 1 de octubre de 1788… y resucitó casi un siglo después de la mano de Stevenson su obra El diácono Brodie y su doble vida, estrenada en Londres en 1844 y editada dos años más tarde como novela con el inmortal título de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, que nos mostró “la íntima y primitiva dualidad del hombre”.
 
Otra terrorífica realidad es la que inmortalizó (y nunca mejor dicho) el irlandés Bram Stoker en 1897 con su novela Drácula. Aparte de ciertas leyendas medievales sobre mitos chupasangres y la reconocida inspiración en el relato El Vampiro de William Polidori (doctor personal de Lord Byron, cuyo carácter inspiró a su vez este primigenio relato vampírico), el protagonista de la obra de Stoker nació en la Rumanía del siglo XV bajo el apelativo de Vlad V. el Empalador, también conocido como Draculaea, que significa “hijo del demonio” en rumano. Este tirano, que gobernó Valaquia entre 1452 a 1462, hizo alarde de su brutal sadismo en guerras y represalias posteriores, llegando a empalar en largas estacas a más 40.000 prisioneros. Stoker también pudo haberse inspirado en la sanguinaria condesa húngara Isabel Bathory, que pretendía conservar su hermosura bañándose en la sangre de jóvenes doncellas, a las que torturaba y desangraba colgándolas en cadenas. Finalmente, la sádica condesa fue condenada a morir emparedada, episodio que aparece reflejado en el cuento de Stoker El huésped de Drácula.

Más amable resulta el personaje de Robin Hood, ladrón legendario donde los haya, y al que se refiere un manuscrito descubierto recientemente en la biblioteca de la famosa Escuela Eton, fundada por Enrique VI en 1440: “En esta época, según la opinión popular, un ladrón con el nombre de Robin Hood y sus cómplices, infectaron Sherwood y otras regiones respetables y honradas de Inglaterra con sus continuos robos”. La referencia no es más que una breve anotación al margen de un libro de historia, el Polychronico, escrita en latín al parecer por un monje anónimo. No es mucho, pero al menos abre la posibilidad de que personaje tan universalmente atractivo fuera una realidad; aunque no sepamos si, efectivamente, robaba a los ricos para dárselo a los pobres o para redecorar su castillo.
 
Cierta noche de 1704, en algún lugar de los Mares del Sur, tuvo lugar una acalorada discusión a bordo de un barco pirata entre el capitán y su primer piloto, de nombre Alexander Selkirk. Tras el altercado, el piloto fue abandonado en la deshabitada isla de Juan Fernández, en la que permaneció durante cuatro largos y solitarios años. Rescatado en 1709, Selkirk fue trasladado a Inglaterra, donde el periodista Daniel Defoe conoció su aventura (o desventura) y rescribió en 1719 bajo el título de "La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe”, oficialmente la primera novela de habla inglesa. Es posible que Dafoe se inspirara también en las peripecias del español Pedro Serrano, que en 1526 naufragó en algún punto del Caribe y permaneció ocho años en un islote perdido, con uno de sus marineros, sin agua potable y sin apenas comida pero con mucho ingenio, valor y esperanza.
 
Por orden del tirano Hessler, el arquero Guillermo Tell disparó a una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo, Walter, desde una distancia de 150 pasos. Su delito, no haberse inclinado ante el paso del invasor austriaco. El certero disparo y los sucesos que luego acontecieron fueron recogidos por primera vez 200 años después en las crónicas suizas del escritor Aegiidius Tschudi, en el siglo XVI. Al parecer se inspiró en multitud de leyendas y relatos de arqueros medievales, pero especialmente en uno: el escocés Gilpatrick, que fue obligado a disparar su flecha contra un huevo colocado sobre la cabeza de su hijo. Por obra y gracia de Tschudi, el arquero escocés se convirtió en el personaje más popular del folklore suizo.
            También la literatura infantil tiene sus mágicos personajes reales. Tal es el caso de la Alicia de Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll. Su famoso cuento está lleno de referencias a la vida, la sociedad y los conocidos del escritor, pero su inspiración indiscutible es su amiga de la infancia Alice Pleasance Liddell. El cuento nació una calurosa tarde de julio de 1862, de picnic a orillas del Támesis con las tres hermanas Liddle; Dodgson comenzó a relatar una serie de historias disparatadas a las que llamó "Las aventuras subterráneas de Alicia" , y que encandilaron a las tres niñas, especialmente a Alice. Cuatro meses después, comenzó a escribir el manuscrito y a dibujar las ilustraciones. Finalmente se publicó en 1865, dedicado a Alice Liddell; como detalle final, el autor incluyó un retrato ovalado de la niña en la última página.
 
 
Un caso muy similar al de Alicia y Alice Liddle es el de Peter Pan y Peter Llewelyn Davies. El escritor James M. Barrie, gran amigo de la familia, comenzó a desarrollar la idea de su relato a partir de la amistad con Peter y sus hermanos, con los que jugaba a menudo y para los que creaba pequeñas obras de teatro que ellos mismos representaban. Esa convivencia, trufada de juegos y aventuras imaginarias, se plasmó primero en una obra de teatro, Peter Pan (1904) y luego en un libro, Peter Pan y Wendy (1911), que más tarde el propio Barry desarrolló en otros relatos y novelas. También Mark Twain recogió experiencias de su entorno vital para plasmarlas en sus geniales aventuras de Tom Sawyer; Tía Polly estaba inspirada en su madre y Tom en el propio escritor, junto con rasgos de “tres amigos”; Hunkleberry Finn era Tom Blankenship, el hijo del borracho de su pueblo, Hannibal (Missouri); y, según reconoce él mismo: “La mayoría de las aventuras que refiero en este libro son reflejo de la realidad; uno o dos me han ocurrido a mí mismo; el resto son anécdotas de otros niños, compañeros míos de la escuela”.

Para crear su legendario personaje El Zorro, Johnston McCulley se inspiró en bandidos reales de California durante la Fiebre del Oro, a mediados del s. XIX; uno de ellos fue Joaquín Murrieta, también conocido como el Robin Hood de El Dorado, forajido para unos y para otros héroe patriótico y símbolo de la resistencia contra la dominación yanqui en California.  Muchos otros personajes de la ficción literaria fueron personas reales antes de nacer: el Conde Montecristo fue el inocente zapatero Picaud; James Bond fue un tímido ornitólogo de nombre… James Bond; Cyrano de Bergerac, escritor, poeta y militar vivió realmente en el s. XVII con el nombre de Cyrano de Bergerac Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac; y el estricto capitán Blight fue tan real como el motín del HMS Bounty, 146 años antes de que fuera encarnado magistralmente por Charles Laughton en el cine.