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jueves, 17 de octubre de 2019

España y los abuelos. Una deuda pendiente.



En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.

Vivimos malos tiempos para los abuelos. A lo largo de los últimos años casi hemos logrado dinamitar los dos pilares básicos que los sustentaban: la familia y la dignidad humana. La mismísima Declaración Universal de los Derechos Humanos define la familia como “el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”, pero en España cada vez está menos protegida, especialmente por el Estado, y son miles y miles los abuelos que sufren las consecuencias (se sienten fuera de lugar, no pueden ver a sus nietos, se ven abandonados, marginados, olvidados...).


Mirar hacia otro lado

Y además vivimos en una sociedad donde se escuchan cada vez más altas las voces en pro de “la muerte digna”, ese siniestro eufemismo que es el primer paso hacia el cadalso de la eutanasia por decreto. La consecuencia, o la causa quizá, es nuestra decreciente capacidad de compasión; miramos hacia otro lado, nos auto convencemos de que es la mejor solución para todos, anestesiamos nuestra razón y nuestro corazón y decidimos que los viejos sobran, que no sirven, que sólo estorban. Un lastre indeseado e incómodo. Evitable.

Por supuesto que hay ancianos que lo pasan mal, que sufren enfermedades terribles, que malviven con míseras pensiones, que se encuentran desvalidos y abandonados a su suerte, que van pasando de un hijo a otro en degradante turno, que permanecen anestesiados durante horas frente al televisor, que simplemente estorban y han perdido toda ilusión por vivir. Sólo hay que echar un vistazo a la Hoja de Caridad del periódico un domingo cualquiera, o pasarse por un comedor social de Cáritas un día cualquiera, o visitar un centro geriátrico cualquiera en cualquier pueblo o ciudad de España. La tristeza y la soledad golpean sin piedad sus almas, y la pobreza y los malos tratos golpean sus cuerpos con inhumana crueldad. Por eso, con ellos, no hay que escatimar cariño ni cuidados; todo lo que necesiten y más. Es nuestra responsabilidad, como sociedad, como familia y como individuos. Debemos mirarnos menos el ombligo y mirar más sus arrugas; las de fuera y las de dentro. Y aplicar los “cuidados paliativos” a su sufrimiento, no a su aliento vital. Porque los abuelos son lo mejor que tenemos y lo que más debemos cuidar.





Muerte digna vs vida digna

Decía García Márquez que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Puede que los viejos deban, por fuerza, aprender a soportar la soledad, pero una vejez solitaria nunca puede ser buena. Es, precisamente, la soledad lo que hace más infelices a nuestros mayores, la sensación de abandono, de inutilidad. Y es la compañía, el afecto, la comprensión lo que les da la vida; y lo que hace esa vida realmente digna. No se trata de asegurarles una “muerte digna” según el criterio de un celador, un médico o un familiar —cualesquiera que sean sus intenciones últimas— sino de procurarles una vida digna, cada día, cada minuto. Si hay alguien que se lo merece, con absoluta certeza, son nuestros mayores, nuestros abuelos. Porque ellos lo han dado todo por nosotros y, lo que es más, lo siguen dando. Si les dejamos. 

Según el psiquiatra infantil Kornhaber, los abuelos ocupan un lugar destacado en la vida de los niños, “sólo los padres están por encima de los abuelos en su jerarquía del afecto”. “Son como libros vivientes y archivos de la familia”, añade Kornhaber. Son también el elemento transmisor de la experiencia y los valores, los encargados de ayudarnos a comprender principios hoy olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo esenciales para una buena vida familiar: tradición, generosidad, memoria, religiosidad, sacrificio, humanidad...



Abuelos activos, un bien social

 “Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida”; muchos de nuestros mayores siguen la consigna de Picasso con entusiasmo. En un mundo que envejece rápidamente, las personas mayores activas desempeñan un papel cada vez más importante, con su ejemplo y con su trabajo voluntario, cuidando a personas enfermas o dependientes, e incluso a sus propias familias: lo estamos viendo desde los tiempos de la crisis, son los abuelos quienes han sustituido a las guarderías... y al subsidio. Como Isabelu, que comparte sus escasos ingresos con su hija menor y su yerno (ambos en paro), para que no les falte un pollo en su mesa ni un biberón en la cuna de su bebé.

Como don Alfredo, que a sus setenta y ocho años, y a pesar de arrastrar una hemiplejia desde hace treinta, mantiene un envidiable espíritu vital. No sólo por su inagotable y contagioso sentido del humor, sino porque durante sus paseos por el barrio, del brazo de su hija Rocío, ha decidido que su misión es que los demás se sientan útiles: una excusa para piropear a la bisabuela vecina, que vuelve encantada a su casa después de un “parece mentira que tenga usted bisnietos, con lo joven que es”; o para comentar el partido del Madrid con todos los porteros de su calle, íntimos ya; o, simplemente, para escuchar las penas de los mendigos más o menos habituales, cuyas biografías se sabe de memoria.

O como Laura, que va a buscar a sus nietos al colegio, da clases de inglés (“aunque jamás lo hablaré”), ayuda en un comedor de Cáritas y aprende solfeo con su nieta de 7 años. O como Manuel, que a pesar de sus problemas de visión, un tumor cerebral (ya superado) y la muerte reciente de su esposa (aún no superada), prefiere vivir en su casa y no molestar a sus hijos, aunque todos se han ofrecido a acogerle: “tengo una visión positiva de mi vida. Si la vista me deja, dibujo, leo y cuando puedo me hago un viaje. Me fui a Florencia con mi nieta mayor, ella empujaba mi silla de ruedas; yo la hacía reír”. O como Íñigo, que a sus setenta y pico años sigue practicando surf casi todos los días (cuando hay olas), además de enseñar a sus nietos y dirigir la tienda que fundó hace más de tres décadas; o como Paco y Rosa, que siguen recogiendo el heno y ordeñando a sus nueve vacas a diario, sin acordarse de que entre los dos suman siglo y medio. Y como ellos, miles y miles de mayores que pueden y quieren ser útiles a la sociedad. Sólo tenemos que dejarles.



Dice un proverbio oriental “Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”. Pues eso, ya es tiempo de pagárselo. Y con intereses. 

(Este artículo es uno de los capítulos de mi libro "La muerte del egoísmo", Ed. Palabra)


martes, 30 de agosto de 2016

Firhall, el pueblo donde no existen niños


Firhall es un pequeño pueblo residencial a orillas del río Nairn, en la espectacular y escarpada costa de Moray Firth, al nordeste de Escocia. Firhall podría ser un pueblo más de las Tierras Altas, con sus verdes infinitos, sus paseos junto al río, sus campos de golf, sus barcos de recreo, sus casitas acojedoras con jardines perfectos… un pueblo como cualquier otro, con una diferencia: en Firhall no existen los niños.


En Firhall, como en el relato de Poe, reina el silencio. No hay gritos ni risas ni berrinches; no se escuchan los molestos sonidos de las bicicletas ni el bullicio de un partido de fútbol; no hay monopatines correteando por las calles ni llantos de bebé; ni el alboroto insufrible de los columpios o la comba, rompiendo el apacible silencio del parque al atardecer. No, en Firhall no hay ruidos ni molestias ni bullicio. En Firhall todo es calma y quietud. En el pueblo sin niños a orillas del río Nairn, sólo se escucha el silencio.


Firhall nació hace ocho años, cuando un avispado promotor vendió la idea de una suerte de paraíso en el que los escoceses pudieran envejecer con tranquilidad, en un lugar donde sólo se respirara paz, sosiego y el aire fresco de los fiordos. Un verdadero paraíso para jubilados. Claro que lo más chocante es que el mínimo de edad se estableciera en 45 años, que es una edad, cuando menos, temprana para envejecer. “No somos un pueblo de ogros –aseguran-, no odiamos a los niños”. Y en efecto, les permiten recibir las visitas de nietos y sobrinos algunos fines de semana; siempre que el bullicio de los pequeños salvajes no perturbe el sosiego de tan desestresado edén. Cierto es que, para concederse alguna alegría, o compañía, lo que sí les permiten tener es perro (uno por hogar, eso sí), aunque no especifican las reglas si están prohibidos los ladridos, las peleas y las deposiciones inconvenientes.

Lo que ganan los firhallenses con esta peculiar normativa no es poco: calles limpias, ausencia total de molestias, partidos de golf sin interrupciones, seguridad y comodidad, jardines sin pisadas, noches silenciosas. Lo que pierden, sin embargo, es más: alegría, carcajadas, felicidad, compañía, magia… vida. Decía Mario Puzo que la única riqueza en este mundo son los niños, más que todo el dinero y el poder; y el autor de El Padrino sabía mucho de dinero, de poder… y de familia. Y así lo han visto no pocos de los residentes de Firhall, que han decidido vender sus silenciosas propiedades y retirarse a otros lugares donde sus nietos puedan quedarse todo el tiempo que quieran, corretear por los parques, jugar, gritar, reírse, saltar e incluso dejar sus pisadas en el jardín.

Leyendo esta noticia sobre el pueblo escocés, y aprovechando que hace poco revisité la inmortal obra de J. M. Barrie, (también escocés, de Kirriemuir, a unas millas al sur de Firhall), no puedo evitar pensar en su Peter Pan y el País de Nunca Jamás, que en realidad no es sino un reflejo inverso del pueblo sin niños. Esto es, un país de niños sin adultos, un paraíso a medida que se rige por reglas propias, sin interferencias de los mayores, donde la magia y la risa reinan en perfecta armonía (“¿Sabes, Wendy?, cuando el primer niño rió por primera vez, su risa se rompió en miles de pedazos que se fueron dando saltos, y así fue como aparecieron las hadas”). Pero incluso en ese mundo mágico, alegre y eternamente infantil, que queda allá por la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer, los niños acaban sintiendo nostalgia de sus familias, añoran su hogar, a sus padres, a sus madres. Porque los necesitan. Para crecer, aunque no quieran; para aprender a amar. Como los padres (y los abuelos) necesitan  a los niños, su risa, su alegría, su alboroto, su amor, su anarquía. Su ruido. Porque, aunque a veces no lo quieran recordar, ellos también fueron niños.

Y uno, que ha superado con creces los 45 otoños mínimos para instalarse en Firhall, cuando mira a sus hijos (dieciséis, catorce y diez años), especialmente si andan gritando a coro y a pleno pulmón, hay momentos en los que no puede evitar pensar en ese paraíso, y en sus casitas de jardines perfectos, y en sus parques inmaculados y en sus paseos por el río Nairn y en su tranquila seguridad y en su silencio, bendito silencio, y… ¿Y qué quieren que les diga? Que me quedo con el bendito ruido del País de Nunca Jamás.



viernes, 5 de julio de 2013

Lejos del mundanal ruido. ¿Vacaciones alternativas?


En plena era de la globalización, la interactividad y las multirrelaciones virtuales, una mujer de 50 años, tras una vida dedicada a sus hijos y al Estado, decide dejarlo todo y evadirse del mundanal ruido en un diminuto islote en las Islas Marshall, donde ha vivido durante 5 años sin móvil, sin ordenador, sin microondas, sin televisor, sin jefes y sin hijos. Sola y feliz. Hay otros modernos robinsones, voluntarios y forzados, que han sobrevivido en completa soledad en islas perdidas. Aunque no han llegado a los 28 años del héroe de Daniel Defoe, cada uno ha vivido su propia historia. Una emocionante aventura, en cualquier caso.

 



Hace unos años, Joan Rutherford decidió que merecía un buen descanso. No un fin de semana de escapada, ni siquiera unas vacaciones de lujo en Las Bahamas, en un confortable complejo hotelero. No. Lo que Joan necesitaba era lo que podríamos llamar un descanso extremo. Por ejemplo, 5 años en un islote de la Micronesia, durmiendo bajo las estrellas y rodeada de gaviotas. “¿Has dormido alguna vez con las gaviotas? ¡Oh, Dios! Hazlo al menos una vez en tu vida -exclama, excitada-. Las blancas suenan como arpas durante toda la noche”. Antes de su descanso extremo, Joan pasó los últimos 27 años de su vida criando a sus hijos y fichando de nueve a cinco como funcionaria del Estado de Washington.
Una vida rutinaria que ha quedado atrás, muy lejos en la distancia y, sobre todo, en la cabeza. “Descansar significa no tener responsabilidades ni preocupaciones acerca de lo que sucede en la sociedad”. Ya en 1988 Joan se tomó unas semanas de vacaciones para viajar en busca de un lugar al que retirarse cuando tocara. No sabía por qué –tal vez el aire o el color del mar o la suave brisa- pero se sentía misteriosamente atraída por la Micronesia. Cuando llegó a las Islas Marshall, supo que ese era el lugar. El siguiente paso era elegir en cuál de los 34 atolones había de instalarse. El criterio era sencillo: el más alejado de las ciudades, las carreteras y las multitudes que pudiera encontrar. Condiciones que cumplía a la perfección el islote de nombre Mili. Un diminuto, plano y solitario punto de arena en medio de un gigantesco desierto de mar. Eso sí, rodeado de vivo coral, aguas transparentes y miles de peces multicolores.

 
Joan reconoce que la vida en Mili no ha sido fácil, a pesar de todo; especialmente los dos primeros años. Las violentas tempestades, el calor sofocante, la humedad extrema; y las condiciones de vida primitivas, pro descontado: sin agua (solo la que recoge los días de lluvia), sin electricidad (salvo por un pequeño generador que utiliza en ocasiones especiales), sin comida (cinco cocoteros y miles de peces por capturar). Pero no sin ayuda. Aunque vive sola en su micro isla, cuenta con la amistad y la compañía de una gran familia nativa, la de Shigeru y Kajnet y sus 11 hijos, propietarios del atolón Mili, que han adoptado a Joan como una más del clan. Sólo le impusieron dos condiciones para permanecer en la isla: no comer ningún pez sin que uno de ellos comprobara si era venenoso; y no tratar de cruzar la laguna sola, debido al peligro que suponen las fuertes corrientes.
Los hijos de Shigeru y Kajnet adecentaron la isla y construyeron una pequeña cabaña para su invitada, con salón exterior a la sombra de una palmera y vistas al coral y a la inmensidad celeste del Pacífico. Le enseñaron a plantar patatas, cebollas y lechuga, a sacar todo el provecho de los cocoteros y a pescar al más puro micronesian style. Eso sí, como carece de nevera “si pesco un pez más grande de lo que puedo comer, lo tengo que devolver al mar”. El resto de su tiempo lo pasa leyendo, buceando o completando su magnífica colección de conchas, algunas de ellas verdaderas joyas de la naturaleza. Tras cinco años de tranquila felicidad, Joan ha tenido que abandonar su isla por motivos médicos. Ahora está de nuevo en Washington, pero su mente sólo piensa en volver a su atolón Mili, con sus gaviotas, sus cinco cocoteros y su bendita soledad.
 
 
El suizo Xavier Rosset también decidió abandonar familia, amigos y comodidades para aventurarse durante un año en una isla desierta (Tofua, en las islas Ha’apai, donde solo hay cocos, cerdos salvajes y un volcán) con una navaja suiza, un machete, una videocámara y unos paneles solares para recargar la cámara como único equipaje. El objetivo, grabar un documental y reflexionar sobre nuestra acartonada vida occidental. El reto, aprender a convivir con la soledad y a vivir de la naturaleza (“Al principio fue muy difícil. Tuve que encontrar comida, construirme un techo, aprender a pescar y a cazar”). El resultado, un magnífico documental y, sobre todo, la satisfacción de haberse encontrado a sí mismo en 300 días de absoluta soledad.


El caso del canadiense Harold Hackett es aún más curioso, si cabe. Solitario habitante de Tignish, en la pequeña isla de Prince Edwards, desde 1996 mitiga su falta de compañía humana haciendo amigos de una forma un tanto peculiar: lanzando al océano cientos de botellas de zumo, previamente vaciadas, con cartas en su interior solicitando la amistad del fortuito receptor, como una suerte de facebook a la antigua. Calcula que ha lanzado en estos años unas 4.870 botellas, la mayoría de las cuales han llegado, mecidas por el viento y la marea, hasta lugares tan remotos como Rusia, Islandia, Holanda, Gran Bretaña, Francia e incluso África.
Cuando un nuevo amigo, en cualquier parte del planeta, recibe uno de los mensajes embotellados de Harold, responde a su vez enviando una carta (por correo postal) a su dirección. Cada año recibe cientos de cartas, especialmente en Navidad, y a veces también regalos. Según calcula Harold, debe de llevar más de 3.100 cartas respondidas. “Nunca imaginé que haría tantos amigos”, reconoce. “Cada carta tiene su propia historia. Algunas llegan a varias personas en diferentes países. Otras son tristes. En una de ellas, una señora de Escocia me contaba que sus tres hijos murieron ahogados durante una tormenta”.

En su pequeña isla ya es toda una leyenda entre los pescadores, que a menudo recogen sus botellas entre las redes. Pero a Harold aún le quedan muchos amigos por añadir a su particular “red social”, pues según él mismo reconoce “voy a seguir haciéndolo hasta que muera”. Estaremos atentos en nuestra próxima visita a la playa.

 
Llega el verano. Vacaciones. Descanso, lo llaman. Y uno se pregunta, asumiendo impotente la pronta inmersión en la muchedumbre estival, si acaso no sería la de Joan Rutheford, la de Xabier Rosset o la de Harold Hackett una opción a considerar. Por probar. Nada más.






jueves, 18 de abril de 2013

Es país para viejos (obligado homenaje a nuestros mayores).


En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.
 

Vivimos malos tiempos para los abuelos. A lo largo de los últimos años hemos logrado dinamitar los dos pilares básicos que los sustentaban: la familia y la dignidad humana. La mismísima Declaración Universal de los Derechos Humanos define la familia como “el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”, pero en España cada vez está menos protegida, especialmente por el Estado, y son miles y miles los abuelos que sufren las consecuencias (se sienten fuera de lugar, no pueden ver a sus nietos, se ven abandonados, marginados, olvidados...).
    Y si además vivimos en una sociedad donde se escuchan cada vez más altas las voces en pro de “la muerte digna”, ese siniestro eufemismo que es el primer paso hacia el cadalso de la eutanasia por decreto. La consecuencia, o la causa quizá, es nuestra decreciente capacidad de compasión; miramos hacia otro lado, nos auto convencemos de que es la mejor solución para todos, anestesiamos nuestra razón y nuestro corazón y decidimos que los viejos sobran, que no sirven, que sólo estorban. Un lastre indeseado e incómodo. 
 
Asesinato por compasión
Y claro, en nombre de la muerte digna haremos como esas dos entrañables y simpáticas asesinas de “Arsénico por compasión”, que se deshacían con toda amabilidad (y un té envenenado) de los viejos solitarios que tenían la desgracia de aterrizar en su pensión, y cuyos cadáveres enterraban cuidadosamente en el sótano, a espaldas del mundo, del agente de policía O’Hara y especialmente de su sobrino Mortimer Brewster (grandísimo Cary Grant en la versión cinematográfica de Frank Capra). Ya lo hizo, con la misma excusa de la compasión, el asesino en serie de Olot, quien envenenó a once octogenarios que estaban a su cuidado en el centro geriátrico La Caritat (cruel paradoja), donde trabajaba como celador. Pero Joan Vila, que “ayudó a morir” a los once ancianos inyectándoles lejía, está más cerca del siniestro doctor Montes que de las encantadoras tía Abby y tía Martha Brewster, partiendo de que ni unos ni otras tienen derecho a decidir quién puede vivir y quién debe morir, y mucho menos a ser el brazo ejecutor. Eso se llama jugar a ser Dios. O, cuando menos, Anton Chigurh, el asesino de “No es país para viejos”.
 
Por supuesto que hay ancianos que lo pasan mal, que sufren enfermedades terribles, que malviven con míseras pensiones, que se encuentran desvalidos y abandonados a su suerte, que van pasando de un hijo a otro en degradante turno, que  permanecen anestesiados durante horas frente al televisor, que simplemente estorban y han perdido toda ilusión por vivir. Sólo hay que echar un vistazo a la Hoja de Caridad del periódico un domingo cualquiera, o pasarse por un comedor social de Cáritas un día cualquiera, o visitar un centro geriátrico cualquiera en cualquier pueblo o ciudad de España. La tristeza y la soledad golpean sin piedad sus almas, y la pobreza y los malos tratos golpean sus cuerpos con inhumana crueldad. Por eso, con ellos, no hay que escatimar cariño ni cuidados; todo lo que necesiten y más. Es nuestra responsabilidad, como sociedad, como familia y como individuos. Debemos mirarnos menos el ombligo y mirar más sus arrugas; las de fuera y las de dentro. Y aplicar los “cuidados paliativos” a su sufrimiento, no a su aliento vital. Porque los abuelos son lo mejor que tenemos y lo que más debemos cuidar.
 
Envejecimiento Activo
Decía García Márquez que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Puede que los viejos deban, por fuerza, aprender a soportar la soledad, pero una vejez solitaria nunca puede ser buena. Es, precisamente, la soledad lo que hace más infelices a nuestros mayores, la sensación de abandono, de inutilidad. Y es la compañía, el afecto, la comprensión lo que les da la vida; y lo que hace esa vida realmente digna. No se trata de asegurarles una “muerte digna” según el criterio de un celador, un médico o un familiar, cualesquiera que sean sus intenciones últimas, sino de procurarles una vida digna, cada día, cada minuto. Si hay alguien que se lo merece, con absoluta certeza, son nuestros mayores, nuestros abuelos. Porque ellos lo han dado todo por nosotros y, lo que es más, lo siguen dando. Si les dejamos. Según el psiquiatra infantil Kornhaber, los abuelos ocupan un lugar destacado en la vida de los niños, «sólo los padres están por encima de los abuelos en su jerarquía del afecto». «Son como libros vivientes y archivos de la familia», añade Kornhaber. Son también el elemento transmisor de la experiencia y los valores, los encargados de ayudarnos a comprender principios hoy olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo esenciales para una buena vida familiar: tradición, generosidad, memoria, religiosidad, sacrificio, humanidad...
 
 
«Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida»; muchos de nuestros mayores siguen la consigna de Picasso con entusiasmo. En un mundo que envejece rápidamente, las personas mayores activas desempeñan un papel cada vez más importante, con su ejemplo y con su trabajo voluntario, cuidando a personas enfermas o dependientes, e incluso a sus propias familias: lo estamos viendo ahora, en estos tiempos de crisis, en que son los abuelos quienes han sustituido a las guarderías... y al subsidio. Como Isabelu, que comparte sus escasos ingresos con su hija menor y su yerno (ambos en paro), para que no les falte un pollo en su mesa ni un biberón en la cuna de su bebé.
        O como Laura, que va a buscar a sus nietos al colegio, da clases de inglés («aunque jamás lo hablaré»), ayuda en un comedor de Cáritas y aprende solfeo con su nieta de 7 años. O como Alfredo, que a pesar de arrastrar una hemiplejia desde hace treinta años, hoy, a sus casi ochenta, no ha perdido un ápice de ánimo ni de humor ni de pasión por el fútbol y los paseos. O como Manuel, que a pesar de sus problemas de visión, un tumor cerebral (ya superado) y la muerte reciente de su esposa (aún no superada), prefiere vivir en su casa y no molestar a sus hijos, aunque todos se han ofrecido a acogerle: «tengo una visión positiva de mi vida. Si la vista me deja, dibujo, leo y cuando puedo me hago un viaje. Me fui a Florencia con mi nieta mayor, ella empujaba mi silla de ruedas; yo la hacía reír». O como Ina, que trabajó durante 60 años en la misma familia, primero cuidando a los hijos y luego a los nietos, hasta que la salud se lo permitió; y en sus últimos años fue ella la que se dejó mimar por unos y otros, que fueron su verdadera familia (su familia “de sangre” se desentendió de Ina muchos años atrás). O como Íñigo, que a sus setenta y pico años sigue practicando surf casi todos los días (cuando hay olas), además de enseñar a sus nietos y dirigir la tienda que fundó hace más de tres décadas en Zarauz; o como Paco y Rosa, que siguen recogiendo el heno y ordeñando a sus nueve vacas a diario, sin acordarse de que entre los dos suman más de siglo y medio. Y como ellos, miles y miles de mayores que pueden y quieren ser útiles a la sociedad. Sólo tenemos que dejarles.
 
Ya sabes, si tienes una persona mayor en tu familia, cuídala, mímala, llénala de afecto y de nietos, haz que se sienta útil; y, sobre todo, querida. Y si ves un anciano por la calle o en el parque, salúdale como si le conocieras, sonríele con sinceridad e incluso siéntate a charlar con él. Seguro que te lo agradecerá infinitamente; y seguro que tú aprendes una valiosa lección (de historia, de generosidad, de humanidad). Dice un proverbio oriental “Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”. Pues eso, ya es tiempo de pagárselo. Y con intereses.