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miércoles, 15 de abril de 2020

Silencio. Desolación. Esperanza. Y el maldito bicho



Fue mi descubrimiento de Poe. El primer relato suyo que leí –devoré- con apenas 15 o 16 años. El que me enganchó desde la primera lectura y convirtió a Edgar Allan Poe, el maldito, el apasionado, en mi referente literario, en mi maestro, en mi mayor influencia desde entonces y para siempre. For evermore. Luego llegaron los demás relatos, los de terror, los de misterio, las fantasías humorísticas; y sus poemas, de amor, desamor y muerte; y sus ensayos y críticas; y su única novela. Y su vida, contada por otros; inventada, contrastada o exagerada por otros. Una relación –de devoción, respeto y lectura continuada- a la que me he mantenido fiel desde aquella primera vez. Desde el instante en que mis manos abrieron la gruesa y magnífica antología de Cuentos de Terror –selección y traducción de Rafael Llopis Paret, editada por Taurus en 1963- y mis ojos se posaron en la página 169 y leyeron: SILENCIO. «Las cumbres de las montañas dormitan; los valles, los riscos y las cavernas están mudos».
Muchos años han pasado desde entonces. Y Silencio sigue siendo mi relato favorito de Poe, que releo con asiduidad. Y estos días de encierro obligado, de miedo e incertidumbre, de pesada monotonía, de ruido amortiguado y de furia contenida lo he vuelto a leer. Y de esa lectura ha nacido una nueva reflexión, que antes nunca había tenido en cuenta. Porque antes, para mí, el «silencio» era una bendición, un oasis momentáneo, una necesidad física y mental. Y hoy, como en el breve relato de Poe, es una maldición.  
«Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo

La maldición del silencio
En la inquietante fábula de Poe, el hombre que se encuentra, pensativo, sentado en la roca gris a los pies de melancólico río Zaire no se estremece cuando el juguetón Demonio le maldice con la maldición del tumulto, el rayo o la violenta tempestad; apenas tiembla cuando escucha el terrible rugido de los hipopótamos y los behemot o el inquietante suspirar de los nenúfares; y ni siquiera se inmuta ante la niebla espectral, la desolación o la lluvia, que al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. 
No, en el cuento de Poe el hombre sentado en la roca solo se estremece –y de qué manera- ante la maldición del SILENCIO. Y no puedo evitar pensar que algo muy parecido le está sucediendo al mundo en estos días aciagos y malditos. Y lo que le sucede es que el ruido, la furia y la destrucción de volcanes y terremotos, de inundaciones y tsunamis, apenas nos inquietan un instante fugaz. Que la desolación y la miseria que causan las guerras, el fanatismo o la ambición desalmada nos estremecen lo justo. Y que la enfermedad, la hambruna, la esclavitud y la muerte de millones de personas cada año ni nos inmuta. Nos pilla lejos, debe ser.
Y, sin embargo, el silencio que anida estos días en nuestras calles vacías, en nuestros parques precintados de risas y juegos; el silencio que se ha apoderado de nuestros estadios, de nuestros bares, de nuestras playas y nuestros gimnasios; e incluso de nuestras casas, a estas alturas (el ánimo decae, con el paso de los días); el silencio de morgues improvisadas, de funerales y entierros en obligada soledad; el silencio que todo lo invade, que todo lo abarca, que todo lo envuelve –salvo el aplauso de las ocho-, ese maldito silencio sí que nos estremece. Y de qué manera.
Con lógica razón, porque la que nos ha caído encima, al mundo y a cada uno de nosotros, es una maldición de las memorables. No por grave (compárese con el terremoto de Haití, el huracán Katrina o el tsunami de Indonesia) sino por global. Pero lo que no lograron esas otras maldiciones cargadas de tormenta y desolación, de angustia y miseria, de tumulto y violencia desatada, lo ha conseguido el silencio provocado por ese maldito bicho invisible: estremecernos hasta tal punto que hemos paralizado el mundo. Ahí sí. 
Será que había que hacerlo. El miedo del primer mundo. Vale. Porque yo sí creo que la vida de cualquier ser humano debería ser sagrada. Aquí y en Siria, o en Haití o en Somalia. Y la de un anciano, la de un discapacitado o la de un mendigo, incluso la de un no nacido. Todas y cada una deberían tener el mismo valor, la misma dignidad, la misma consideración. Siempre y en todo lugar. Pero no siempre es así. ¿Verdad?


La esperanza


Sólo espero que cuando todo esto acabe, porque acabará, además del homenaje y recuerdo a nuestros fallecidos y el reconocimiento universal a nuestros héroes (que no somos, precisamente, los que nos quedamos en casa), sólo espero, digo, que aprendamos la lección magistral. Y que dejemos de mirar nuestros ombligos y nuestros espejos, que es lo que más nos gusta mirar, y empecemos a mirar hacia los lados, y hacia abajo; sobre todo, hacia abajo. Y que en lugar de fijarnos en lo que tenemos arriba, con envidia o ambición, fijemos la mirada en lo que tenemos delante, que es la mejor forma de avanzar. Y que miremos también más hacia nuestra propia casa, a nuestra familia, a nuestros hijos. Y que atendamos mejor a nuestros mayores, y les cuidemos y les visitemos y les agradezcamos y les dediquemos nuestro tiempo en vida, más que nuestro lamento (¿culpable?) cuando ya no están.

Y que cuando escuchemos el tumulto y la furia de la tempestad en un lugar lejano, o cercano, también nos estremezcamos y apelemos a la solidaridad y a la justicia y tendamos la mano y abracemos y acojamos y entendamos… pero también nos remanguemos y nos ensuciemos y nos convirtamos en pequeños héroes nosotros, con mascarilla o sin mascarilla, en lugar de quedarnos en casa aplaudiendo a otros. O maldiciendo, que también los hay.
Sólo espero, sí, que tras este estremecedor silencio afloren las conciencias en lugar de los odios. Y que se abran las mentes a las ideas del otro. Y que se admitan los errores, con humildad y sinceridad, y las críticas no sean destructivas, para variar. Sólo espero que aprendamos a valorar lo bueno que tenemos, que es mucho, en lugar de alardear de lo malo, que además de perjudicial es estúpido. Sólo espero que nuestra bandera común, nuestro ideario sean la generosidad, la bondad, la tolerancia, el sentido común, la mirada limpia. Sé que es mucho esperar, siendo como somos, y teniendo lo que tenemos dirigiendo el cotarro, pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento. 


Volviendo a Poe, por terminar, el maestro también definió –a su particular modo- la esperanza: «En el más profundo sopor, en el delirio, en el desmayo… hasta la muerte, hasta la misma tumba, no todo se pierde». Y os aseguro que el prisionero de El pozo y el péndulo –relato angustioso y sobrecogedor- lo tenía bastante más crudo que nosotros, prisioneros de sofá y tele panorámica. Así que, mantengamos viva y firme la esperanza. De que salimos de esta, primero, y de que todo -lo bueno, lo malo y lo peor- habrá servido para algo. Aunque solo sea para escuchar más allá del silencio.


martes, 30 de agosto de 2016

Firhall, el pueblo donde no existen niños


Firhall es un pequeño pueblo residencial a orillas del río Nairn, en la espectacular y escarpada costa de Moray Firth, al nordeste de Escocia. Firhall podría ser un pueblo más de las Tierras Altas, con sus verdes infinitos, sus paseos junto al río, sus campos de golf, sus barcos de recreo, sus casitas acojedoras con jardines perfectos… un pueblo como cualquier otro, con una diferencia: en Firhall no existen los niños.


En Firhall, como en el relato de Poe, reina el silencio. No hay gritos ni risas ni berrinches; no se escuchan los molestos sonidos de las bicicletas ni el bullicio de un partido de fútbol; no hay monopatines correteando por las calles ni llantos de bebé; ni el alboroto insufrible de los columpios o la comba, rompiendo el apacible silencio del parque al atardecer. No, en Firhall no hay ruidos ni molestias ni bullicio. En Firhall todo es calma y quietud. En el pueblo sin niños a orillas del río Nairn, sólo se escucha el silencio.


Firhall nació hace ocho años, cuando un avispado promotor vendió la idea de una suerte de paraíso en el que los escoceses pudieran envejecer con tranquilidad, en un lugar donde sólo se respirara paz, sosiego y el aire fresco de los fiordos. Un verdadero paraíso para jubilados. Claro que lo más chocante es que el mínimo de edad se estableciera en 45 años, que es una edad, cuando menos, temprana para envejecer. “No somos un pueblo de ogros –aseguran-, no odiamos a los niños”. Y en efecto, les permiten recibir las visitas de nietos y sobrinos algunos fines de semana; siempre que el bullicio de los pequeños salvajes no perturbe el sosiego de tan desestresado edén. Cierto es que, para concederse alguna alegría, o compañía, lo que sí les permiten tener es perro (uno por hogar, eso sí), aunque no especifican las reglas si están prohibidos los ladridos, las peleas y las deposiciones inconvenientes.

Lo que ganan los firhallenses con esta peculiar normativa no es poco: calles limpias, ausencia total de molestias, partidos de golf sin interrupciones, seguridad y comodidad, jardines sin pisadas, noches silenciosas. Lo que pierden, sin embargo, es más: alegría, carcajadas, felicidad, compañía, magia… vida. Decía Mario Puzo que la única riqueza en este mundo son los niños, más que todo el dinero y el poder; y el autor de El Padrino sabía mucho de dinero, de poder… y de familia. Y así lo han visto no pocos de los residentes de Firhall, que han decidido vender sus silenciosas propiedades y retirarse a otros lugares donde sus nietos puedan quedarse todo el tiempo que quieran, corretear por los parques, jugar, gritar, reírse, saltar e incluso dejar sus pisadas en el jardín.

Leyendo esta noticia sobre el pueblo escocés, y aprovechando que hace poco revisité la inmortal obra de J. M. Barrie, (también escocés, de Kirriemuir, a unas millas al sur de Firhall), no puedo evitar pensar en su Peter Pan y el País de Nunca Jamás, que en realidad no es sino un reflejo inverso del pueblo sin niños. Esto es, un país de niños sin adultos, un paraíso a medida que se rige por reglas propias, sin interferencias de los mayores, donde la magia y la risa reinan en perfecta armonía (“¿Sabes, Wendy?, cuando el primer niño rió por primera vez, su risa se rompió en miles de pedazos que se fueron dando saltos, y así fue como aparecieron las hadas”). Pero incluso en ese mundo mágico, alegre y eternamente infantil, que queda allá por la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer, los niños acaban sintiendo nostalgia de sus familias, añoran su hogar, a sus padres, a sus madres. Porque los necesitan. Para crecer, aunque no quieran; para aprender a amar. Como los padres (y los abuelos) necesitan  a los niños, su risa, su alegría, su alboroto, su amor, su anarquía. Su ruido. Porque, aunque a veces no lo quieran recordar, ellos también fueron niños.

Y uno, que ha superado con creces los 45 otoños mínimos para instalarse en Firhall, cuando mira a sus hijos (dieciséis, catorce y diez años), especialmente si andan gritando a coro y a pleno pulmón, hay momentos en los que no puede evitar pensar en ese paraíso, y en sus casitas de jardines perfectos, y en sus parques inmaculados y en sus paseos por el río Nairn y en su tranquila seguridad y en su silencio, bendito silencio, y… ¿Y qué quieren que les diga? Que me quedo con el bendito ruido del País de Nunca Jamás.