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miércoles, 17 de marzo de 2021

Hastaloscojonitis aguda

 


Cuando hace unos días, el diputado Fran Carrillo soltó eso de «estoy hasta los cojones de todos nosotros», además de emular al que fuera presidente de la I República, Estanislao Figueras, reflejó con gran fidelidad el sentir (el sufrir) de millones de españoles que están también hasta los cojones de todos ellos, en general, empezando por el presidente del gobierno y su extensa corte, continuando por el resto de presidentes autonómicos, por los diputados nacionales y regionales y los dirigentes de todos los partidos, sindicatos y demás asalariados de los españoles, incluyendo, en lugar destacado, al portavoz sanitario y su peculiar sentido del humor.

A un año de aquella fatídica fecha de marzo, en la que el cielo cayó sobre nuestras cabezas y fuimos condenados a un cruel arresto domiciliario, sin juicio previo (y justo un día después, casualidades de la vida, de estar todas y todos vociferando por las calles, en grupos de miles y cientos de miles), a un año de aquel día de mierda, digo, todos hablan –o gritan- de los estragos que la pandemia ha provocado –y provoca- en la salud, en los negocios, en la socialización, en los hábitos, en la vida incluso, pero pocos, muy pocos, levantan la voz frente a uno de los efectos secundarios más devastadores del maldito bicho: la hastaloscojonitis aguda.

Yo la padezco desde hace tiempo. Lo confieso. Y va a más. Lo sé porque me hago pruebas semanalmente y, además de dar positivo, el nivel de hastaloscojonitis se agudiza y endemiza cada vez más. Se hace fuerte en mí, la muy jodida. Y no veo ni tratamiento ni vacuna a medio plazo. Y eso la agudiza aún más, con vehemencia y hasta con regodeo.

Los síntomas de esta hastaloscojonitis aguda son claros: impotencia, incredulidad, hartazgo, indefensión, cabreo, vergüenza y una extrema falta de respeto hacia la autoridad incompetente. Esos «servidores públicos» (¡me parto!) que llevan un año, 365 días contados, toreándonos, mareándonos, engañándonos, insultándonos y matándonos mientras dedican su tiempo, su energía y nuestro dinero a su particular juego de tronos, a sus vergonzosos tejemanejes y descarados pagos de favores, a sus maniobras orquestadas en la oscuridad, a sus multicampañas de manipulación, a su politiqueo ruin, perverso y pestilente.

Hace un año escribí, en referencia al silencio que lo envolvió todo a causa del confinamiento: «Sólo espero, sí, que tras este estremecedor silencio afloren las conciencias en lugar de los odios. Y que se abran las mentes a las ideas del otro. Y que se admitan los errores, con humildad y sinceridad, y las críticas no sean destructivas, para variar. Sólo espero que aprendamos a valorar lo bueno que tenemos, que es mucho, en lugar de alardear de lo malo, que además de perjudicial es estúpido. Sólo espero que nuestra bandera común, nuestro ideario sean la generosidad, la bondad, la tolerancia, el sentido común, la mirada limpia. Sé que es mucho esperar, siendo como somos, y teniendo lo que tenemos dirigiendo el cotarro, pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento.»

 

Cuán equivocado estaba. Aquella esperanza “en alza” de las primeras semanas –de aplausos, solidaridad y resistirés- fue muy pronto aniquilada, volatilizada, desintegrada… en cuanto entró en juego la cizaña de la política. Y en cuanto nos dimos cuenta, los pobres mortales, de en qué manos estábamos. Había otras prioridades, hermanos. Y se resumían en una sola: PODER. Así, mientras ellos juegan al monopoly político, ya sin máscaras ni disimulos, los demás seguimos cumpliendo a rajatabla, como buenos ciudadanos, con las restricciones impuestas desde la más absoluta subjetividad y la peor de las incompetencias (que yo sepa, seguimos sin comité de expertos, más allá del bromista, inoperante y siempre impreciso Simón). Diecisiete subjetividades y diecisiete incompetencias, por concretar un poco más.

Esta Semana Santa, lo mismo que el minipuente de mi santo, seguiré sin poder hacer una excursión a Valsaín, Segovia, ni bañarme en mi adorado Cantábrico, aunque vaya con mascarilla, PCR negativa, duerma en mi propia casa y viaje con mis convivientes (lo que antes llamábamos familia); sí puedo, en cambio, unirme a medio millón de madrileños en el Retiro, a un millón en Navacerrada y a dos millones de terraceo por el centro. O unirme a una fiesta clandestina de dos días y dos noches con un grupo de jóvenes franceses –que sí pueden venir sin mayor problema- en un piso turístico cualquiera de la capital. También puedo ir de compras a un atestado hipermercado de Madrid, pero no pasear por un desierto encinar en Cáceres, al lado de casa de mi hermana, no vaya a ser que nos contagie un jabalí una nueva variedad del bicho y la fastidiemos ya del todo. Otra opción es Punta Cana o las Maldivas, que ahí sí puedo, pero no me llega…

En fin. Es lo que hay. Pero no me malinterpreten. Esta endémica hastaloscojonitis aguda que padezco no la ha producido el coronavirus de marras, ni el sobresaturado uso de la mascarilla o el gel hidroalcohólico, ni la falta de planes familiares o sociales, ni siquiera la nostalgia del mar, que tanto añoro y necesito. No, lo que me provoca estos jodidísimos síntomas (recuerden: impotencia, incredulidad, hartazgo, indefensión, cabreo, vergüenza y una extrema falta de respeto hacia la autoridad incompetente) es ver que, mientras mueren españoles por decenas de miles, se arruinan españoles por cientos de miles y se desesperan españoles por millones, los políticos españoles (con los responsables del cotarro a la cabeza) siguen pasándose a los españoles por el forro, pendientes únicamente de sus desmesurados ombligos, de sus cuotas de poder y de sus asuntos sucios. Y la calculadora que suma, resta, multiplica y divide los votos, propios o ajenos, es la misma que no cuenta los muertos. Los muertos no votan.

 

Pues eso. Que estamos hasta los cojones de todos vosotros. Menos mal que los madrileños tendremos, al menos, un leve desahogo democrático el próximo cuatro de mayo. May the forth. O May The Force, para los fans de Star Wars. Que la fuerza –y el sentido común- nos acompañe…



miércoles, 15 de abril de 2020

Silencio. Desolación. Esperanza. Y el maldito bicho



Fue mi descubrimiento de Poe. El primer relato suyo que leí –devoré- con apenas 15 o 16 años. El que me enganchó desde la primera lectura y convirtió a Edgar Allan Poe, el maldito, el apasionado, en mi referente literario, en mi maestro, en mi mayor influencia desde entonces y para siempre. For evermore. Luego llegaron los demás relatos, los de terror, los de misterio, las fantasías humorísticas; y sus poemas, de amor, desamor y muerte; y sus ensayos y críticas; y su única novela. Y su vida, contada por otros; inventada, contrastada o exagerada por otros. Una relación –de devoción, respeto y lectura continuada- a la que me he mantenido fiel desde aquella primera vez. Desde el instante en que mis manos abrieron la gruesa y magnífica antología de Cuentos de Terror –selección y traducción de Rafael Llopis Paret, editada por Taurus en 1963- y mis ojos se posaron en la página 169 y leyeron: SILENCIO. «Las cumbres de las montañas dormitan; los valles, los riscos y las cavernas están mudos».
Muchos años han pasado desde entonces. Y Silencio sigue siendo mi relato favorito de Poe, que releo con asiduidad. Y estos días de encierro obligado, de miedo e incertidumbre, de pesada monotonía, de ruido amortiguado y de furia contenida lo he vuelto a leer. Y de esa lectura ha nacido una nueva reflexión, que antes nunca había tenido en cuenta. Porque antes, para mí, el «silencio» era una bendición, un oasis momentáneo, una necesidad física y mental. Y hoy, como en el breve relato de Poe, es una maldición.  
«Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo

La maldición del silencio
En la inquietante fábula de Poe, el hombre que se encuentra, pensativo, sentado en la roca gris a los pies de melancólico río Zaire no se estremece cuando el juguetón Demonio le maldice con la maldición del tumulto, el rayo o la violenta tempestad; apenas tiembla cuando escucha el terrible rugido de los hipopótamos y los behemot o el inquietante suspirar de los nenúfares; y ni siquiera se inmuta ante la niebla espectral, la desolación o la lluvia, que al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. 
No, en el cuento de Poe el hombre sentado en la roca solo se estremece –y de qué manera- ante la maldición del SILENCIO. Y no puedo evitar pensar que algo muy parecido le está sucediendo al mundo en estos días aciagos y malditos. Y lo que le sucede es que el ruido, la furia y la destrucción de volcanes y terremotos, de inundaciones y tsunamis, apenas nos inquietan un instante fugaz. Que la desolación y la miseria que causan las guerras, el fanatismo o la ambición desalmada nos estremecen lo justo. Y que la enfermedad, la hambruna, la esclavitud y la muerte de millones de personas cada año ni nos inmuta. Nos pilla lejos, debe ser.
Y, sin embargo, el silencio que anida estos días en nuestras calles vacías, en nuestros parques precintados de risas y juegos; el silencio que se ha apoderado de nuestros estadios, de nuestros bares, de nuestras playas y nuestros gimnasios; e incluso de nuestras casas, a estas alturas (el ánimo decae, con el paso de los días); el silencio de morgues improvisadas, de funerales y entierros en obligada soledad; el silencio que todo lo invade, que todo lo abarca, que todo lo envuelve –salvo el aplauso de las ocho-, ese maldito silencio sí que nos estremece. Y de qué manera.
Con lógica razón, porque la que nos ha caído encima, al mundo y a cada uno de nosotros, es una maldición de las memorables. No por grave (compárese con el terremoto de Haití, el huracán Katrina o el tsunami de Indonesia) sino por global. Pero lo que no lograron esas otras maldiciones cargadas de tormenta y desolación, de angustia y miseria, de tumulto y violencia desatada, lo ha conseguido el silencio provocado por ese maldito bicho invisible: estremecernos hasta tal punto que hemos paralizado el mundo. Ahí sí. 
Será que había que hacerlo. El miedo del primer mundo. Vale. Porque yo sí creo que la vida de cualquier ser humano debería ser sagrada. Aquí y en Siria, o en Haití o en Somalia. Y la de un anciano, la de un discapacitado o la de un mendigo, incluso la de un no nacido. Todas y cada una deberían tener el mismo valor, la misma dignidad, la misma consideración. Siempre y en todo lugar. Pero no siempre es así. ¿Verdad?


La esperanza


Sólo espero que cuando todo esto acabe, porque acabará, además del homenaje y recuerdo a nuestros fallecidos y el reconocimiento universal a nuestros héroes (que no somos, precisamente, los que nos quedamos en casa), sólo espero, digo, que aprendamos la lección magistral. Y que dejemos de mirar nuestros ombligos y nuestros espejos, que es lo que más nos gusta mirar, y empecemos a mirar hacia los lados, y hacia abajo; sobre todo, hacia abajo. Y que en lugar de fijarnos en lo que tenemos arriba, con envidia o ambición, fijemos la mirada en lo que tenemos delante, que es la mejor forma de avanzar. Y que miremos también más hacia nuestra propia casa, a nuestra familia, a nuestros hijos. Y que atendamos mejor a nuestros mayores, y les cuidemos y les visitemos y les agradezcamos y les dediquemos nuestro tiempo en vida, más que nuestro lamento (¿culpable?) cuando ya no están.

Y que cuando escuchemos el tumulto y la furia de la tempestad en un lugar lejano, o cercano, también nos estremezcamos y apelemos a la solidaridad y a la justicia y tendamos la mano y abracemos y acojamos y entendamos… pero también nos remanguemos y nos ensuciemos y nos convirtamos en pequeños héroes nosotros, con mascarilla o sin mascarilla, en lugar de quedarnos en casa aplaudiendo a otros. O maldiciendo, que también los hay.
Sólo espero, sí, que tras este estremecedor silencio afloren las conciencias en lugar de los odios. Y que se abran las mentes a las ideas del otro. Y que se admitan los errores, con humildad y sinceridad, y las críticas no sean destructivas, para variar. Sólo espero que aprendamos a valorar lo bueno que tenemos, que es mucho, en lugar de alardear de lo malo, que además de perjudicial es estúpido. Sólo espero que nuestra bandera común, nuestro ideario sean la generosidad, la bondad, la tolerancia, el sentido común, la mirada limpia. Sé que es mucho esperar, siendo como somos, y teniendo lo que tenemos dirigiendo el cotarro, pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento. 


Volviendo a Poe, por terminar, el maestro también definió –a su particular modo- la esperanza: «En el más profundo sopor, en el delirio, en el desmayo… hasta la muerte, hasta la misma tumba, no todo se pierde». Y os aseguro que el prisionero de El pozo y el péndulo –relato angustioso y sobrecogedor- lo tenía bastante más crudo que nosotros, prisioneros de sofá y tele panorámica. Así que, mantengamos viva y firme la esperanza. De que salimos de esta, primero, y de que todo -lo bueno, lo malo y lo peor- habrá servido para algo. Aunque solo sea para escuchar más allá del silencio.


sábado, 14 de marzo de 2020

Los 33 de San José. La luz dentro del túnel




El 5 de agosto de 2010, treinta y tres hombres quedaron atrapados en la mina San José, Chile. Durante 17 días permanecieron incomunicados y casi (casi) fueron dados por muertos. Después de dos meses de entierro en vida y tras un espectacular rescate, los 33 vieron la luz. Lo que se vivió ahí dentro, en el interior de esa gigantesca y profunda tumba y en el interior de esas treinta y tres almas sin esperanza, fue desvelado por el único periodista que tuvo acceso directo a ellos. Gracias a él, todos pudimos conocer la historia y, lo que es más importante, aprender la lección. Una historia incluida en mi libro "La muerte del egoísmo".

En la despiadada película El Gran Carnaval del maestro Billy Wilder, Chuck Tatum (Kirk Douglas) es un periodista de poca monta y menos escrúpulos que acaba en un pueblo perdido del desierto de Nuevo México. La suerte le sonríe cuando el indio Leo Mimosa queda atrapado en una mina. Rescatarlo puede ser cuestión de horas, pero Tatum convence al ambicioso sheriff y al corrupto capataz del equipo de rescate para que realicen el salvamento de forma que dure varios días y dé tiempo a convertirse en jugosa noticia. Un hombre enterrado vivo en las entrañas de la roca; una esposa desconsolada e impotente; unos hombres jugándose el tipo por rescatarlo; y un cronista que tiene acceso en exclusiva al condenado, que incluso se convierte en su único amigo, para contar la historia día a día, minuto a minuto, resuello a resuello. La cosa funciona, al principio: empiezan a llegar visitantes curiosos, primero en coches, luego en caravanas, en autobuses, en tren. Se montan cientos de tiendas de campaña junto a la mina, y después tiendas de souvenirs y puestos de comida rápida y atracciones de feria y hasta una noria. Miles y miles de voyeurs indolentes llegados de todo el estado; y Tatum, el narrador, saboreando el éxito de la jugada.
Al final, claro, Leo muere (“¡El circo ha terminado! ¡Váyanse a sus casas!” brama Tatum, desde lo alto). Y el público de este gran carnaval de miserias hace que lo siente y se retira, decepcionado, a la gris rutina de sus vidas. Y el periodista sin alma (y sin noticia) acaba siendo devorado por el monstruo ambicioso y perverso que él mismo ha creado. Y también por el último atisbo de su propia conciencia.


Hace diez años, en agosto de 2010, treinta y tres mineros quedaron atrapados en las entrañas de otro desierto, el de Atacama, en Chile. Como en la película de Billy Wilder, también un periodista tuvo acceso exclusivo a los mineros y realizó una brillante crónica desde primerísima línea; mantuvo conversaciones privadas con los protagonistas, se reunió con el equipo de rescate y con los médicos y fue el primer periodista que consiguió entrevistar al líder de los mineros, Mario Sepúlveda. Pero, al contrario que el perverso Chuck Tatum, Jonathan Franklin no se aprovechó de la tragedia, ni alargó el rescate para estirar su noticia, ni traicionó la confianza de los hombres atrapados; ni provocó su muerte. Franklin, simplemente, fue testigo de excepción de esta hazaña de supervivencia y esperanza, de lucha épica contra el miedo, el calor sofocante, la desesperación, la enfermedad e incluso el fantasma del canibalismo. Una historia que conmocionó al mundo y que el periodista estadounidense afincado en Chile escribió en formato de novela con el sucinto título de “Los 33” (y cuya versión cinematográfica protagonizó Antonio Banderas). 

Jonathan Franklin nos introduce en las profundidades de la mina San José para descubrirnos cómo se vive minuto a minuto sepultado a 622 metros durante 70 días y 70 noches; la forma de organizarse, qué roles y tareas se asignaron o el sistema de racionar los recursos (apenas un par de bocados de atún enlatado cada 48 horas); cómo soportaron los primeros 17 días, en que estuvieron incomunicados y dados por muertos (el Gobierno planificaba ya un funeral de Estado, cuando salió de las entrañas de la tierra ese sucinto mensaje: “Estamos bien en el refugio los 33”); y también con qué heroica confianza soportaron sus familias la angustia, la impotencia y la incertidumbre ("Enterrados quizás... Vencidos nunca" rezaba una de sus pancartas); o la celeridad y acierto con que actuó el Gobierno de Chile, asesorado por la NASA, para organizar el rescate (cuando sólo había un 2% de posibilidades de encontrarlos con vida), que supuso el mayor desafío tecnológico de las últimas décadas. Y, sobre todo, cómo lograron sobreponerse al instinto de supervivencia individual y formar una piña que fue, en realidad, lo que los mantuvo cuerdos y vivos. “Sepúlveda tuvo una visión. Se creyó elegido por Dios para ser líder y que aquellos 33 hombres estaban destinados a salvarse. Muchos de sus compañeros reconocerían después que a su fuerza, optimismo y locura se agarraron todos para salir de allí” escribe Franklin. La mujer de Sepúlveda, Elvira, añade: “Me dice en las cartas que es el líder, el que manda. Me dice que es el Corazón Valiente. Siempre fue combativo”. Un líder nato que logró mantener la unidad y, lo que es más importante aún, el orden y la calma en una situación extrema.



Y fue también fue su profunda fe, su confianza en la voluntad de Dios lo que afianzó ese sentimiento de comunidad y unión; hablaban incluso de Jesucristo como el minero número 34. “Nosotros ahí clamamos a un Dios vivo y Él nos respondió”. Una devoción que se plasmó, por ejemplo, en el especialísimo regalo que hicieron llegar al papa Benedicto XVI, mientras aún permanecían en la mina: una bandera de Chile firmada por los 33 mineros, como símbolo de “la esperanza con que millones de personas en todo el mundo confiamos a Dios su vida". Y es que el milagro del desierto de Atacama cambió sus vidas, como pudieron comprobar los mil millones de personas que siguieron por televisión el espectacular rescate, la noche del martes 12 de octubre: del primer al último de los 33, todos vestían una camiseta en la que se leía “Gracias, Señor”.

El rescate fue un rotundo éxito, desde que comenzó a las 23:19 del martes, apenas transcurrieron 22 horas y 42 minutos hasta que emergió de las profundidades de la roca viva la estrecha cápsula “Fénix 2” con el último de los heroicos mineros, Luis Urzúa, el jefe de turno (y otra de las personas clave en la buena resolución de la tragedia). Las imágenes del reencuentro de los 33 con sus familias, los abrazos, las lágrimas incontenidas, la alegría desbordada, la felicidad plena, dio la vuelta al mundo. Y la historia quedó como un maravilloso ejemplo de supervivencia, de compañerismo y de esperanza, de tesón y valentía. Y de profunda fe.

Lo cierto es que, según reconocieron los propios mineros, todos salieron de aquella mina más religiosos que cuando entraron, porque “creímos en Él y Él nos respondió”. A diferencia del minero de El Gran Carnaval, los 33 de San José confiaron en quien tenían que confiar. Ellos vieron la luz antes de salir del túnel.

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