sábado, 14 de marzo de 2020

Los 33 de San José. La luz dentro del túnel




El 5 de agosto de 2010, treinta y tres hombres quedaron atrapados en la mina San José, Chile. Durante 17 días permanecieron incomunicados y casi (casi) fueron dados por muertos. Después de dos meses de entierro en vida y tras un espectacular rescate, los 33 vieron la luz. Lo que se vivió ahí dentro, en el interior de esa gigantesca y profunda tumba y en el interior de esas treinta y tres almas sin esperanza, fue desvelado por el único periodista que tuvo acceso directo a ellos. Gracias a él, todos pudimos conocer la historia y, lo que es más importante, aprender la lección. Una historia incluida en mi libro "La muerte del egoísmo".

En la despiadada película El Gran Carnaval del maestro Billy Wilder, Chuck Tatum (Kirk Douglas) es un periodista de poca monta y menos escrúpulos que acaba en un pueblo perdido del desierto de Nuevo México. La suerte le sonríe cuando el indio Leo Mimosa queda atrapado en una mina. Rescatarlo puede ser cuestión de horas, pero Tatum convence al ambicioso sheriff y al corrupto capataz del equipo de rescate para que realicen el salvamento de forma que dure varios días y dé tiempo a convertirse en jugosa noticia. Un hombre enterrado vivo en las entrañas de la roca; una esposa desconsolada e impotente; unos hombres jugándose el tipo por rescatarlo; y un cronista que tiene acceso en exclusiva al condenado, que incluso se convierte en su único amigo, para contar la historia día a día, minuto a minuto, resuello a resuello. La cosa funciona, al principio: empiezan a llegar visitantes curiosos, primero en coches, luego en caravanas, en autobuses, en tren. Se montan cientos de tiendas de campaña junto a la mina, y después tiendas de souvenirs y puestos de comida rápida y atracciones de feria y hasta una noria. Miles y miles de voyeurs indolentes llegados de todo el estado; y Tatum, el narrador, saboreando el éxito de la jugada.
Al final, claro, Leo muere (“¡El circo ha terminado! ¡Váyanse a sus casas!” brama Tatum, desde lo alto). Y el público de este gran carnaval de miserias hace que lo siente y se retira, decepcionado, a la gris rutina de sus vidas. Y el periodista sin alma (y sin noticia) acaba siendo devorado por el monstruo ambicioso y perverso que él mismo ha creado. Y también por el último atisbo de su propia conciencia.


Hace diez años, en agosto de 2010, treinta y tres mineros quedaron atrapados en las entrañas de otro desierto, el de Atacama, en Chile. Como en la película de Billy Wilder, también un periodista tuvo acceso exclusivo a los mineros y realizó una brillante crónica desde primerísima línea; mantuvo conversaciones privadas con los protagonistas, se reunió con el equipo de rescate y con los médicos y fue el primer periodista que consiguió entrevistar al líder de los mineros, Mario Sepúlveda. Pero, al contrario que el perverso Chuck Tatum, Jonathan Franklin no se aprovechó de la tragedia, ni alargó el rescate para estirar su noticia, ni traicionó la confianza de los hombres atrapados; ni provocó su muerte. Franklin, simplemente, fue testigo de excepción de esta hazaña de supervivencia y esperanza, de lucha épica contra el miedo, el calor sofocante, la desesperación, la enfermedad e incluso el fantasma del canibalismo. Una historia que conmocionó al mundo y que el periodista estadounidense afincado en Chile escribió en formato de novela con el sucinto título de “Los 33” (y cuya versión cinematográfica protagonizó Antonio Banderas). 

Jonathan Franklin nos introduce en las profundidades de la mina San José para descubrirnos cómo se vive minuto a minuto sepultado a 622 metros durante 70 días y 70 noches; la forma de organizarse, qué roles y tareas se asignaron o el sistema de racionar los recursos (apenas un par de bocados de atún enlatado cada 48 horas); cómo soportaron los primeros 17 días, en que estuvieron incomunicados y dados por muertos (el Gobierno planificaba ya un funeral de Estado, cuando salió de las entrañas de la tierra ese sucinto mensaje: “Estamos bien en el refugio los 33”); y también con qué heroica confianza soportaron sus familias la angustia, la impotencia y la incertidumbre ("Enterrados quizás... Vencidos nunca" rezaba una de sus pancartas); o la celeridad y acierto con que actuó el Gobierno de Chile, asesorado por la NASA, para organizar el rescate (cuando sólo había un 2% de posibilidades de encontrarlos con vida), que supuso el mayor desafío tecnológico de las últimas décadas. Y, sobre todo, cómo lograron sobreponerse al instinto de supervivencia individual y formar una piña que fue, en realidad, lo que los mantuvo cuerdos y vivos. “Sepúlveda tuvo una visión. Se creyó elegido por Dios para ser líder y que aquellos 33 hombres estaban destinados a salvarse. Muchos de sus compañeros reconocerían después que a su fuerza, optimismo y locura se agarraron todos para salir de allí” escribe Franklin. La mujer de Sepúlveda, Elvira, añade: “Me dice en las cartas que es el líder, el que manda. Me dice que es el Corazón Valiente. Siempre fue combativo”. Un líder nato que logró mantener la unidad y, lo que es más importante aún, el orden y la calma en una situación extrema.



Y fue también fue su profunda fe, su confianza en la voluntad de Dios lo que afianzó ese sentimiento de comunidad y unión; hablaban incluso de Jesucristo como el minero número 34. “Nosotros ahí clamamos a un Dios vivo y Él nos respondió”. Una devoción que se plasmó, por ejemplo, en el especialísimo regalo que hicieron llegar al papa Benedicto XVI, mientras aún permanecían en la mina: una bandera de Chile firmada por los 33 mineros, como símbolo de “la esperanza con que millones de personas en todo el mundo confiamos a Dios su vida". Y es que el milagro del desierto de Atacama cambió sus vidas, como pudieron comprobar los mil millones de personas que siguieron por televisión el espectacular rescate, la noche del martes 12 de octubre: del primer al último de los 33, todos vestían una camiseta en la que se leía “Gracias, Señor”.

El rescate fue un rotundo éxito, desde que comenzó a las 23:19 del martes, apenas transcurrieron 22 horas y 42 minutos hasta que emergió de las profundidades de la roca viva la estrecha cápsula “Fénix 2” con el último de los heroicos mineros, Luis Urzúa, el jefe de turno (y otra de las personas clave en la buena resolución de la tragedia). Las imágenes del reencuentro de los 33 con sus familias, los abrazos, las lágrimas incontenidas, la alegría desbordada, la felicidad plena, dio la vuelta al mundo. Y la historia quedó como un maravilloso ejemplo de supervivencia, de compañerismo y de esperanza, de tesón y valentía. Y de profunda fe.

Lo cierto es que, según reconocieron los propios mineros, todos salieron de aquella mina más religiosos que cuando entraron, porque “creímos en Él y Él nos respondió”. A diferencia del minero de El Gran Carnaval, los 33 de San José confiaron en quien tenían que confiar. Ellos vieron la luz antes de salir del túnel.

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