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martes, 14 de diciembre de 2021

El Rock que sonó en Belén


Hace unos años, por estas fechas, me asomé a la pantalla de mi vieja y catódica Phillips, perezosamente, dejando pasar los canales uno tras otro para ver qué había, o qué no había, en estado de desilusión preventiva, cuando de pronto, y ante el asombro agradecido de mis ojos y mis oídos, me reconcilié durante una hora con la televisión. Porque lo que vi fue una impresionante exhibición de patinaje sobre hielo de los más grandes ex campeones mundiales; y lo que escuché fueron maravillosas canciones de Navidad interpretadas en directo por dos grandes del rock, Reo Speedwagon y Rick Springfield (Hollyday Cellebration on Ice se llamó el invento). Y ver las piruetas imposibles de Brian Boitano, Calyssa Davidson o Shae-Lynn Bourne mientras Rick, Kevin y la banda se dejaban el alma cantando Silent Night, Christmas With You o Little Drummer Boy, la verdad, uno se sintió afortunado… y apenado también, porque echaba de menos en su país esta forma de entender el espectáculo, la música (el rock) y la Navidad. Sobre todo, la Navidad.

Hoy, viendo de nuevo esta maravilla (la grabé en mi viejo VHF, y aún la veo cada año), me quedo con ganas de más. De más música y de más Navidad. Y pienso que estaría bien poner la televisión y encontrarme con el Especial Navidad de Johnny Cash& Friends, por ejemplo, al que acudían lo más de lo más de la canción popular americana; pero la cruda realidad me obliga a apagar la tele. Y aprovecho entonces para regodearme con el penúltimo disco del maestro Dylan, Christmas In The Heart (2010) divertido, emotivo y sincero repaso de algunos clásicos navideños que, como el sabio Bob dice, “es una música universal y todo el mundo puede relacionarse con ella a su propia manera”. Y entonces me pregunto por qué allí sí y aquí no; por qué en España el villancico queda para los coros parroquiales, las reuniones familiares, los programas infantiles y Raphael, y en Estados Unidos e Inglaterra es una tradición que llena de orgullo a los más grandes entre los grandes. ¿Tan ingratos somos?

Y uno no se resigna. Y entonces, tras compartir su corazón con Dylan, da paso al viejo B.B. King, cantando y punteando generosamente un Merry Christmas, Baby; y después llega el Rey, Elvis, melancólico por no poder celebrar la Navidad con su alguien muy especial… blue Christmas without you...”; y luego Lynyrd Skynyrd, cantando en familia su Navidad de rock sureño tirando a country o a blues, según les dé. Y siguen los Kinks y su Father Christmas, que es tan Kinks como Sunny Afternoon; y Smokie, que tienen todo un LP dedicado a estas fechas (como el gran Neil Diamond, que acaba de sacar disco navideño, y tantos otros), y que cantan, con toda la razón, que “la Navidad no es sólo para los niños”; y LouisArmstrong, y Stevie Wonder y Dolly Parton y Freddie Mercury y BruceSpringsteen y Chuck Berry y Elton John y Bonnie Raitt y ArethaFranklin y Bob Seger y Shakin' StevensColdplay y The Pogues y Jethro Tull y Emereson Lake & Palmer, y los Beach Boys y hasta AC-DC y su cañero Mistress for Christmas, que te deja el cuerpo como si te hubiera pasado el trineo de Papá Noel por encima. Y hasta el mismísimo Bowie, porque los extraterrestres también celebran la Navidad: ¿quién no ha escuchado ese maravilloso dúo del Duque Blanco con Bing Crosby, deseando Paz en la Tierra ante el piano que preside un majestuoso salón, lleno de espíritu navideño, de magia y de complicidad? 


Y de Bing a Frank, dos estrellas que también cantaron juntas bajo la Estrella de la Navidad. Pero lo que ahora llega a mis oídos —y a mi corazón— es esa Voz, la de Frank Sinatra, acompañado por su “pandilla de ratas”, en un disco inolvidable repleto de joyas inmortales (Christmas With The Rat Pack), interpretadas por el propio Frank y sus colegas Dean Martin y Sammy Davis Jr., esos entrañables gamberros que cantaban como los ángeles y que nos desean, como no podía ser de otra manera, que la Navidad suene en todo el mundo.

Y mientras escucho, pienso que todos ellos, auténticas leyendas de la música, los más grandes artistas del rock, el blues, el soul o el country, los crooners eternos, están regalando todo su inmenso talento, su cariño más sincero al Niño pobre que nació en Belén. Independientemente de creencias o ideas políticas. Con respeto, devoción y un gran sentido de la tradición. Y me pregunto, con sana envidia, ¿por qué aquí no?


Y en ese preciso instante resuena la voz poderosa, profunda y honesta de Johnny Cash, que nos recuerda el verdadero significado de la Navidad, mientras le canta al Niño Dios: “Baby Jesus, I’m a poor boy too / I have no gift to bring / That’s fit to give the King / Shall I play for you on my drum?”. Y pienso, ¡qué mejor regalo se puede pedir!



viernes, 16 de octubre de 2020

LA M.O.D.A. EL ROCK HECHO CON PASIÓN, HONESTIDAD Y CARRETERA

 


«You can stand me up at the gates of hell / But I won't back down / And I'll keep this world from draggin' me down / Gonna stand my ground and I won't back down». 23 de noviembre de 2019, Wizink Center. Fin de gira La Maravillosa Orquesta del Alcohol. Lleno hasta el último centímetro del recinto. Sold Out total. 15.000 espectadores esperan ansiosos la salida al escenario de siete chavales de Burgos (bueno, hay un palentino y un gallego). La expectación –la emoción, la ilusión- se palpa en el ambiente. Se ve, se siente, se respira. Por megafonía suena  la vieja canción de Tom Petty, en la voz solemne y poderosa de su amigo Johnny Cash. Es el último tema antes de la aparición de la banda. Pero no es una canción más. Ese «no retrocederé / voy a mantenerme firme / no me daré la vuelta / y evitaré que este mundo me arrastre» es una reivindicación en toda regla, una declaración de principios, una afirmación contundente y desafiante tras nueve años de largo caminar: «Aquí estamos, hasta aquí hemos llegado; ha sido duro, ha sido difícil, pero nos lo hemos currado, y de aquí ya no nos baja nadie».

 

Hijos de Johnny Cash

Y es, también, una reivindicación de su héroe, su guía, su inspirador musical y vital. Del culpable de que todos ellos -Alvar, Caleb, David, Jacobo, Jorge, Joselito y Nacho- se entreguen a esto de la música de la forma en que lo hacen. Con pasión, con honestidad y carretera. Muchos kilómetros de carretera.

Y es que el “hombre de negro” es para esta Maravillosa Orquesta Del Alcohol ejemplo de todo lo que quieren ser. La carrera de Cash es una de las más solventes, honestas, coherentes y auténticas de la historia del rock. Como cantante, como compositor, como agitador de conciencias, como artista valiente y comprometido, como ser humano profundamente humano; un tipo sencillo, familiar, amigo de sus amigos, enamorado de la música hasta la médula. Y con una vida dura y difícil a sus espaldas, y un origen del que nunca renegó. Una vida y una carrera que tienen un significado muy especial para los siete componentes de La M.O.D.A., más allá del tatuaje de David, la imagen del whatsapp de Nacho, el tema que suena justo antes de cada actuación o la propia canción con la que homenajean a todos esos hijos de Johnny Cash («Ellos son distintos, son honrados / aunque no tengan para comer. / Son los hijos de Johnny Cash / van viajando con el viento. / Hijos de Johnny Cash / morirán en el intento por salir de la ciudad»).

 

No te olvides de dónde vienes


Cash fue un currante de la música, y de la vida; lo fue desde su infancia en los campos de algodón de Dyess, Arkansas, hasta su muerte, mientras grababa ese superlativo tributo a la música y a los músicos (viejos y nuevos) que conforman sus American Recordings. Otro de los valores que han heredado sus “hijos”. Lo del uniforme de los conciertos (camiseta blanca de tirantes) no es capricho ni casualidad. Me lo cuenta Nacho Mur, guitarra y mandolina de La M.O.D.A, entre cerveza y cerveza. Por un lado, la camiseta es un símbolo inequívoco de currante (como lo fueron sus abuelos cuando iban al tajo de sol a sol, homenajeados en el tema “1932”), icono de su origen rural y de clase trabajadora; también es una manera de reivindicar el grupo como un bloque, sin individualismos, todos igual sobre el escenario; y, además, es la reivindicación de la música por encima de disfraces, postureos o artificios; nada que distraiga de lo esencial, de lo básico. Como el mismísimo man in black.

 


El nómada que encontró su camino

Nacho Mur es el miembro más reciente de la Maravillosa Orquesta. Se unió a la banda por una afortunada casualidad, hace unos tres años. Su único contacto hasta entonces había sido el vídeo, precisamente, de “Hijos de Johnny Cash”, con el que literalmente alucinó; más aún cuando les vio en directo («Vi una banda de amigos que tocaban algo diferente, con mucha energía, con mucha fuerza; y esas letras, la voz de David… Había algo muy de verdad ahí»). Nacho vivía ya en Madrid y andaba con su proyecto Faz (junto a Itziar Baitza); en una sesión de grabación conoció a Jacobo, batería de La M.O.D.A., quien le recomendó al resto del grupo («Un chaval que toca la guitarra y la mandolina y puede encajar muy bien»). Justo se les había ido el guitarrista, Adán, así que le propusieron unirse al equipo y, sin pensárselo, Nacho dijo que sí. No sabía aún el cambio radical que iba a suponer en su vida.

Él ya vivía de la música, desde los 16 años, cuando dejó su Palencia natal (un pueblo de 30 habitantes) y se estableció en Madrid. Una vida de nómada que le llevó por todos los recovecos del mundillo musical, armado únicamente con su guitarra, su talento innato y sus insaciables ganas de aprender. Se metió de lleno en el ambiente más rockero de Madrid, la Escuela de Música Creativa, las revistas especializadas, los pequeños locales («Libertad 8 era mi segunda casa. Ahí toqué todas las noches de los 20 a los 28 años»), curtiéndose como músico de sesión o girando con artistas consagrados (Cómplices, Manolo Tena), compartiendo talento y amistad con cantautores como Txetxu Altube y Dani Flaco, grabando, escuchando, aprendiendo (es un obsesivo estudioso de la música), produciendo a grandes nombres o a bandas emergentes (Nebraska)… Feliz de poder elegir su camino, de dedicarse a lo que más ama («Amar la música, eso es lo que significa ser músico»). Viviendo con pasión, inconformismo y curiosidad inagotable todo ese mundo ecléctico y enriquecedor, desde el folk al heavy, desde el rock clásico a los cantautores latinoamericanos, desde Paco de Lucía a Los Violadores del Verso. O desde Dylan a La M.O.D.A., con Kerouak en el bolsillo (solo que en lugar de la Ruta 66, aquí el camino fue la A-1, Burgos-Madrid. «La distancia nos acerca»).



En las tierras castellanas

Pero, a pesar de su impresionante trayectoria musical, de su habilidad con la guitarra o la mandolina, fue su origen rural, la Castilla profunda, lo que más unió a Nacho con su nuevo grupo. No te olvides de dónde vienes. «Formar parte de una banda es algo más personal, tiene que ver con la afinidad, con haber vivido una experiencia similar, con tener unos valores comunes, una misma visión de la vida…». Porque las canciones de La M.O.D.A. hablan de lo que conocen, de lo que piensan y sienten, o les preocupa, de su entorno, su gente; no se inventan historias, son de primera mano, de verdad. Y eso, para Nacho y los demás, es más importante que tocar bien la guitarra. De hecho, ni le llegaron a hacer una prueba. En su primer ensayo ya formaba parte del grupo.

Fueron aquellos los momentos previos al comienzo éxito. No habían llegado aún los festivales, las grandes salas, pero empezaban a llenar pequeños y medianos locales. Y, lo más importante, empezaban a congregar a un creciente grupo de fieles que conectaban con sus letras, con sus mensajes, con su visión de la música y de lo que debe ser un directo. El camino estaba claramente marcado, y ya nada les iba a desviar de él.

 

Himno generacional

Y parte fundamental de ese camino, de esa carretera de tan largo recorrido (el que llevan y el que les queda), son esa letras que salen del corazón y las tripas de David y que luego hacen suyas el resto de la banda. Versos nada fáciles para una generación acostumbrada a lugares comunes, a letras vacías o simplonas, a mensajes “fast food”. Las letras de La M.O.D.A. van a contracorriente, como su música. Son profundas y complicadas, reflejan inquietud y un cierto pesimismo, invitan a reflexionar, golpean conciencias dormidas, a veces con verdaderos mazazos. Justo lo que no espera un veinteañero al uso. Pero que, una vez le llega el mensaje, le empapa de arriba abajo. Y es que esas también son sus voces. «Vuelven a sonar las voces de la gente».



Por eso son tantas las canciones de La M.O.D.A. que se han convertido en verdaderos himnos, coreados como una sola voz y un solo corazón por cientos, miles de jóvenes en cada concierto, sus héroes del sábado («Dónde están los que pueden parar el mundo solo con mirar»). Un espectáculo que hay que vivir en directo; un ritual puro, mágico, que crea una conexión brutal con el público, venga de donde venga. Hay, cierto, mucha nube negra en sus letras («Píntalo todo de negro cuando busques una luz»), mucho frío invernal, mucho desasosiego, incluso astillas en los dedos, pero también hay lucha y esperanzaperdedores y perdidos, no vencidos»), redención y liberación, horizonte y mar… y, sí, optimismo. «Se puede perder la vista, pero nunca la mirada». No habría espacio aquí para resaltar tantos versos resaltables, basta con echar un vistazo a dos o tres temas esenciales para desear descubrir mucho más (Himno Nacional, La inmensidad, 1932, Héroes del sábado, Miles Davis…). O basta con asistir a uno de sus conciertos para comprender el increíble poder redentor, unificador e incluso terapéutico que tienen sus canciones. «Perder la voz cantando una canción es la mejor medicación».

 

En lo alto de la montaña rusa

Después de 9 años de carretera, de miles de kilómetros y de horas de ensayo, de cientos de conciertos (140 bolos seguidos en la última gira, Salvavida), de una carrera coherente y honesta como pocas, y autogestionada para poder mantener su libertad creativa intacta, estos marineros del destierro no han dejado ni un segundo de navegar. Ni de soñar. Y ahora que están ahí, donde querían, «en ese instante en que la montaña rusa llega arriba y no antes ni después», toca disfrutar el sueño. Porque se lo merecen, porque esa subida en la montaña rusa no ha sido fácil, porque han llegado ahí arriba sin ayuda, ignorados por los medios y por la industria, currándose cada concierto, en España y más allá (Méjico, Colombia, Estados Unidos), dándolo todo ante cuarenta personas o diez mil, sudando esas camisetas blancas día tras día tras día.



El momento es dulce, pero no hay lugar para la autocomplacencia. Quedan muchos sueños por cumplir. Ahora hay que coger aire, me dice Nacho, para seguir trabajando. Un pie delante del otro. Toca girar por Méjico, Chile, Argentina; y preparar nuevas canciones (muchas horas de ensayo en el local, en equipo; y luego cada uno por su cuenta, en casa). Nacho, además, acompaña a Quique González –uno de sus ídolos- en su nueva gira. Todo por la música. Como siempre, con pasión, honestidad y carretera. Sin olvidar, siquiera por un instante, de dónde vienen.

La gran diferencia, mirando nueve años atrás, es que ahora no están solos en este mundo. Ya no.




jueves, 24 de septiembre de 2020

Jim Henson: el genio con alma de trapo

El mundo del espectáculo está repleto de pioneros que descubrieron y marcaron un camino hasta entonces desconocido. Inventos prodigiosos, avances tecnológicos, hallazgos científicos, innovaciones que maravillan a millones de espectadores cada vez más difíciles de sorprender. Por eso, cuando la sorprendente innovación consiste en un simple trapo con ojos, el mérito del genio creador es mucho mayor. Hay truco, claro. Y no es otro que dar vida a ese trapo. Es exactamente a lo que dedicó su vida Jim Henson.


Cuando en 1969 asomó en los televisores de los hogares norteamericanos una rana de felpa con ojos saltones, boca contorsionista y labia inagotable presentando el programa Sesame Street (en España Barrio Sésamo) el mundo descubrió a un nuevo genio. Pero la historia de la rana Gustavo (Kermit, el original) se remonta 14 años atrás; y la de su creador, unos cuantos más. James Maury Henson, Jim para los amigos, descubrió que quería dedicarse al mundo del espectáculo cuando era apenas un chaval, exactamente el día que llegó a su hogar la primera televisión (“el mayor acontecimiento de mi adolescencia”); en esa pantalla, Jim conoció al gran marionetista Burr Tillstrom y descubrió también su amor por los muñecos de trapo y voz ventrílocua.

En 1954, aún en el colegio, comenzó a trabajar en una pequeña emisora de TV creando un show con marionetas para la programación matutina de los sábados. Siguió desarrollando su artística afición en la universidad, en Washington, donde descubrió las posibilidades de los diferentes materiales textiles y donde una emisora local le ofreció la oportunidad que decidiría el resto de su vida: crear su propio show de marionetas en directo. El 9 de mayo de 1955 se emitió el primer programa de Sam and Friends; ese día, los telespectadores de Washington D.C. tuvieron el honor de conocer a la rana Gustavo (en blanco y negro, en un programa de cinco minutos y en una versión muy básica, pero llena de vida; y de humor). El show se prolongó durante seis años y fue el germen de lo que algún tiempo después serían los Muppets. Y también el germen de la familia Henson, ya que una de las marionetistas, Jane, se convertiría en la esposa de Jim y madre de sus cinco hijos.



Henson pensaba que las marionetas necesitaban tener “vida y sensibilidad” para ser creíbles en televisión. Así que comenzó a diseñar personajes utilizando materiales flexibles que permitieran mostrar diferentes emociones, algo imposible para una marioneta rígida. Además, en lugar de mover los brazos con cuerdas desde arriba, utilizó varillas para manipularlos desde abajo, enriqueciendo sus movimientos. Por último, les dio voz y personalidad. Lo que logró fue crear unas marionetas llenas de vida como no se habían visto antes; y las completó con unos diálogos ingeniosos y divertidos que convirtieron Sam and Friends en un éxito durante seis años.

Una vez graduado, el joven Jim anduvo dubitativo sobre su futuro y el de sus criaturas de felpa. Su sueño era realizar un show de “entretenimiento para todo el mundo” con sus Muppets. Mientras tanto, su mujer abandonó las marionetas para criar a sus hijos y Henson se asoció con Frank Oz, otro genio apasionado por los títeres que sería su amigo, cómplice y colaborador durante 27 años. En 1969 Jim Henson cumplió su sueño: entró a formar parte de un visionario programa infantil de televisión, Sesame Street, lleno de estrafalarios personajes de trapo (El Monstruo de las Galletas, Bert y Ernie, el Pájaro Gigante) a los que se sumó Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo.

Poco a poco, los personajes creados por Jim Henson cobraron mayor protagonismo en el “barrio”; pero la idea de su creador era concederles su propio programa. Un show exclusivo para los Muppets. Y orientado no sólo al público infantil, sino también al adulto. El proyecto fue una realidad en 1976, con producción británica. A la Rana Gustavo se le fueron uniendo personajes memorables y variopintos como la inimitable y oronda Miss Peggy, el gran Gonzo, el presunto chistoso Fozzie, el descerebrado Animal, el ininteligible Chef Sueco, la rockera Electric Mayhem (banda del programa) y los entrañables y sarcásticos ancianos Slater y Waldorf, siempre dispuestos a desprestigiar el show desde su palco. El resultado fue un programa de variedades de lo más surrealista y disparatado, que conquistó a la audiencia durante cinco temporadas (120 programas y 235 millones de espectadores en 100 países) y convirtió a sus personajes en auténticos referentes culturales de varias generaciones. Por el plató de los Muppets cantaron, bailaron y rieron las más relumbrantes estrellas del momento, en perfecta complicidad con la extravagante troupe: Elton John, Nureyev, Peter Sellers, Johnny Cash, John Denver, Julie Andrews, Bob Hope, Liza Minelli, Gene Kelly, Candice Bergen, Peter Ustinov… y muchos, muchos más. Todos querían ser invitados al show y dejarse llevar por las disparatadas ocurrencias de sus personajes (las estrellas femeninas, además, debían soportar los incombustibles celos de Miss Peggy).

La familia Muppet creció con los años (en cantidad y en disparate) y perduró en la memoria colectiva gracias al talento, el ingenio y la iniciativa de Jim Henson (y sus colaboradores, Frank Oz a la cabeza). Luego llegaría el salto a la gran pantalla, con obras memorables dirigidas por Henson y, tras su muerte, por su hijo Brian; y otros proyectos paralelos a los Muppets, como las películas El Cristal Oscuro y Dentro del Laberinto o la serie de televisión Fraguel Rock, digna heredera del humor y el colorido musical de sus “mayores”.


James Maury Henson murió en la mañana del 16 de mayo de 1990, a los 53 años. A su funeral, en la Catedral de San Juan el Divino, en Nueva York, nadie acudió vestido de negro; una banda de Nueva Orleans, The Dirty Dozen Brass Band, interpretó When The Saints Go Marching In y su amigo Harry Belafonte entonó emocionado Turn The World Around (“Dale la vuelta al mundo”); tras dos horas y media de ceremonia, seis de sus entrañables hijos de trapo le cantaron un popurrí de sus canciones favoritas; conforme avanzaba la música, se iban uniendo al coro inicial los demás Muppets, portados por los compungidos empleados; finalmente, sobre el escenario quedaron todos y cada uno de los personajes creados por Henson, llorando la pérdida de quien les había dado no sólo la vida, sino también su propia vida.


viernes, 24 de marzo de 2017

Johnny Cash. Sólo un cantante.

“No soy un salvador, no soy un santo; el hombre con las respuestas ciertamente no soy. Nunca te diría qué está bien y qué está mal. Sólo soy un cantante de canciones (…) Pero puedo hacerte ver a través de los ojos de los amantes y entender sus sueños. Y llevarte a la ciudad donde un hombre fue crucificado; puedo decirte cómo vivió y por qué murió (…) No soy un gran hombre, ni proclamo serlo; pero cuando me encuentre a mi Creador no agacharé la cabeza, me mantendré orgulloso y fuerte y diré: Señor, yo era un cantante. Sí era un cantante de canciones” (A Singer Of Songs). Tal vez Johnny Cash no se considerase a sí mismo más que un cantante de canciones, pero para el resto del mundo, para todos los que le admiramos y veneramos, fue mucho más. Fue, sencillamente, uno de los más grandes. En la música y en la vida.



Y es que la música y la vida suelen ir siempre de la mano. En el caso de Johnny Cash, ambas nacieron en los campos de algodón de Dyess, Arkansas (“la primera canción que recuerdo haber cantado fue I Am Bound for the Promised Land, en la trasera del camión que nos llevaba a los campos”), donde su madre cantaba, y a veces lloraba, aquellos lamentos gospel que apenas hacían olvidar las desgarradoras jornadas de sol a sol entre infinitas hileras de algodón y espinos, pero que sembraron la semilla de la música en el alma del joven J.R., y allí mismo comenzó a germinar. “Dios te ha tocado con su don, hijo. Nunca olvides el don”, le dijo su madre. Su cometido, comprendió el niño en ese momento, era cuidarlo y usarlo bien.

Johnny Cash nació el 26 de febrero de 1932, en plena Depresión. Su primer hogar fue una cabaña mísera, regalo del New Deal, que compartía con sus padres y seis hermanos. Entre el algodón y la música, trabajó en un taller de coches en Michigan, fue interceptor de mensajes cifrados en las Fuerzas Aéreas, en la Alemania de la postguerra, y vendedor a domicilio en Memphis. “Fui un gran operador de radio, y un pésimo vendedor”. La trágica muerte de su hermano Jack (“mi héroe, mi mejor amigo, mi compañero, mi protector”), debido a un accidente laboral, marcó toda la vida de Johnny Cash. Su pérdida dejó un rincón enorme, frío y triste en su corazón, que permaneció hasta su muerte; aunque siempre sintió su presencia en los momentos de negrura. Como cuando estaba vivo, nunca le falló.

Y realmente, esos momentos oscuros fueron muchos a lo largo de su vida. Johnny Cash vivió toda su existencia en la cuerda floja, entre el tormento de las drogas y el alcohol, o el del fracaso y el éxito, que a veces apenas se diferenciaban. Pero desde el primer single que grabó, (‘Cry, Cry Cry’ y ‘Hey, Porter’, 1954) hasta sus últimas grabaciones, American Recordings, cuyo último episodio se publicó 7 años después de su muerte; desde su primer matrimonio fallido, destrozado por su atracción suicida por la perdición, hasta el encuentro de su amor verdadero y redentor, al que siguió incluso en su muerte; desde su adicción por las anfetaminas y derivados hasta su devoción por la Biblia, por la oración, por Jesús; desde el niño miserable que recogía algodón hasta la estrella refulgente y admirada en todo el mundo, John R. Cash ha sido, ante todo, un hombre honesto, un alma buena y un espíritu libre.

Y de la mano de la vida, a la música. También fueron duros sus incicios, como los de todos. Pero tras grabar su primer single, en el mítico estudio Sun Records de Sam Phillips, descubridor también de Elvis Presley, comenzó su vida en la carretera y, de paso, arrancó su sueño. Junto a Elvis, Jerry Lee Lewis y Roy Orbison (¡vaya cartel!) recorrió los pueblos de todo el país y comenzaron a sonar sus éxitos en la radio. Cuando a ellos se unió June Carter, hija de la gran estirpe de la música folk americana, el éxito se multiplicó; y también las dos adicciones de Johnny Cash: las anfetaminas y la propia June. En 1962, tocó fondo. Fue en un concierto en el Carnegie Hall, cuando salió al escenario tan ‘colocado’ que no pudo ni cantar, y por primera vez fue consciente de su problema, de su enfermedad. June se convirtió en su ángel de la guarda, “Dijo que conocía mi soledad, que éramos almas gemelas y que lucharía por mí con toda su voluntad. Lo hizo convirtiéndose en mi compañera, mi amiga y mi amante, y rezando por mí”.
     Con ella, Johnny Cash reencontró a J.R. Y también reencontró a Dios. “Siempre he sido cristiano; en algún lugar entre el mejor y el peor cristiano —reconoció en su autobiografía—. Intentando, pese a mis muchos fallos y mi continuada atracción hacia los siete pecados capitales, tratar a mis semejantes como lo hubiera hecho Cristo”. Tal vez fuera esa la razón que le impulsó a llevar un sincero consuelo a los presos de San Quintín o años después a los de Folsom, conciertos que le devolvieron el estrellato en 1968. Unos meses antes, se había casado con June Carter, tras haberle pedido la mano en plena actuación, delante de miles de personas. Un año después tenía su propio programa de televisión, y en 1970 nació John Carter Cash, su hijo. La vida le sonreía, y la música también: en 1971 compuso una de sus canciones inmortales, un auténtico himno a los desheredados, Man In Black (“visto de negro por los pobres y abatidos… Por el viejo enfermo y solitario… Por las vidas que ya nunca serán… Hasta que las cosas sean mejores, soy El Hombre de Negro”). Como él mismo reconoció, “la sobriedad me sentaba bien”.


Su vida y su música transcurrieron como siempre habían transcurrido, entre el éxito y el olvido, entre la carretera y su paraíso en Cinnamon Hill, Jamaica, entre la devoción por su familia y el amor a Dios, entre la serenidad y las recaídas. Cantó con los más grandes, visitó la clínica Betty Ford, se apagó su estela creativa y comercial durante años y volvió a brillar con más fuerza que nunca en 1994, cuando se unió al productor Jack Rubin y comenzó a grabar la serie American Recordings. Canciones profundas, oscuras, desnudas, acompañadas por un piano, una guitarra y la voz envejecida y grandiosa de Johnny Cash, y por su alma herida: “Me he herido hoy, para ver si aún siento… ¿En qué me he convertido? Mi más dulce amigo; todo al que conozco se va, al final…” (Hurt).

El 12 de septiembre de 2003 John R. Cash también se fue. Tomó su última carretera apenas cuatro meses después de la muerte de su esposa, June Carter Cash, su amor, su ángel, su amiga, su compañera en la música y en la vida. Ese día, cuando Johnny llegó ahí arriba, probablemente se subió al escenario y entonó un bello gospel junto a su madre, su hermano Jack, June, Roy, Elvis y tantos amigos que se le adelantaron en la última gira. Y a uno, la verdad, le hubiera encantado haber estado ahí, en primera fila, sin perder una nota, sin perder una sílaba, sin perder un gesto de ese tipo grande y honesto que fue mucho más, muchísimo más, que un "cantante de canciones".