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jueves, 23 de enero de 2025

BENDITA JUVENTUD. Crónica del congreso de valores de Lo Que De Verdad Importa 2024

 


«La juventud de hoy ama el lujo. Es maleducada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran en la habitación. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran los postres en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros».

Si tienes más de cuarenta años es muy probable que esta sea tu opinión sobre la juventud de hoy. No es nada nuevo. De hecho, la cita es de hace unos 2.500 años; y pertenece a Sócrates, para más señas. Es una etiqueta más, en este mundo híper etiquetado en el que vivimos (todos somos un hashtag); y quizá esté justificada, e incluso sea cierta; y puede que hasta sea razonable y necesaria esa actitud (juventud implica rebeldía, descontento, rechazo, novedad, cuestionarlo todo antes de aceptarlo ciegamente; esto es, evolución). Sin embargo, lo que hemos visto últimamente en Paiporta, Catarroja, Utiel, Alfafar, Benetússer o Massanassa niega rotundamente que la juventud española sea insolidaria, tirana e irrespetuosa; niega rotundamente que abomine del esfuerzo y del trabajo, que prefiera el lujo al barro o que no sea capaz de sacrificarse por una causa que no es la suya, por una gente que no es la suya. Niega rotundamente que nuestros jóvenes no sean capaces de enfrentarse cara a cara, sin miedo, a la frustración, al dolor, a la pérdida, al desamparo.

 

¿Generación de cristal? Sí, de cristal blindado

Ya lo decía Vicente Blasco Ibáñez, que además de escritor, revolucionario y fundador del periódico El Pueblo era valenciano: “La juventud es la edad de los sacrificios desinteresados, de la ausencia de egoísmo, de los excesos superfluos.” Lo demostró la marea de jóvenes que atravesó el Turia por la pasarela desde el primer día, a miles, sin que nadie los llamara; un ejército armado con palas, cepillos, cubos y botas de agua, y sobre todo con esperanza, que acudió al epicentro del desastre, sin preguntar; ellos simplemente se ofrecieron. Llegaron con su energía, con su fortaleza, con su optimismo, listos para enfrentarse a esa batalla incierta contra el barro, la destrucción, el caos, el abandono; una batalla cruenta contra el tiempo y la angustia, contra el miedo y el desamparo, contra la muerte; una batalla infame contra la irresponsabilidad y la ineptitud, contra el cálculo político, contra la desinformación y el fango mediático, contra la nefasta gestión de los que mandan. Contra la política, que todo lo corrompe, que todo lo embarra.

Sí, fueron nuestros jóvenes los que llegaron de todas partes de España en sus coches, en furgonetas alquiladas, en camiones de todos los tamaños, en tractores (con sus padres y abuelos agricultores). Llevando un gigantesco cargamento de ropa, alimentos, herramientas, medicinas; de esperanza y solidaridad, de una fe inquebrantable en que no hay imposibles, y tampoco límites. Sólo voluntad.

 


Más de 6.000 jóvenes con valores y con ganas de cambiar el mundo

Esa bendita juventud es la que también acudió en masa (más de 6.000, sold out total) al último Congreso de Valores de la Fundación Lo Que De Verdad Importa en Madrid, el pasado miércoles en el Palacio de Vistalegre.

Un Congreso, por cierto, que ese día cumplía 18 años de bendita juventud. Y es que la juventud fue protagonista absoluta del evento, no sólo por los 6.000 entusiastas invitados, también por los tres ponentes –extraordinarios, admirables, valiosísimos- que subieron al escenario para darnos caña. Tres historias de vida que, como suele pasar en estos congresos, nos sacudieron por dentro como un tsunami de valores no por esperado menos sorprendente. Una sacudida de las buenas, con lección y tirón de orejas. Para ellos, los jóvenes, y también para todos nosotros, los no tan jóvenes, que tantas veces nos creemos infalibles, incuestionables e imbatibles. Ya nos lo restregó el poeta alemán Friedrich Hebbel, allá por la mitad del s. XIX:  “A menudo se echa en cara a la juventud el creer que el mundo comienza con ella. Cierto, pero la vejez cree aún más a menudo que el mundo acaba con ella. ¿Qué es peor?” No, no hace falta que respondas.

 


Brianeitor. Un genuino campeón de la vida

Si has visto la película Campeonex, el exitazo dirigido por Javier Fesser, sabrás perfectamente quién es Brianeitor. Si eres aficionado a los vídeo juegos en general y a Team Heretics en particular, seguro que también lo conoces. Y si tienes menos de 25 años, puede que seas uno de sus doscientos sesenta mil seguidores en YouTube. Pero Brianaeitor no es solo un crack de los vídeo juegos, un tipo carismático de sonrisa picarona, querido y admirado por legiones de fans y “casi” ganador de un Goya. Es, sobre todo, muy buena gente. Eso es lo que más llama la atención de su historia. Probablemente por contagio: de su padre, que ha ejercido también de madre durante 22 años; de sus abuelas, que lo criaron y lo llenaron de amor a diario; de sus hermanos pequeños, de sus amigos incondicionales, de sus referentes en la vida.

Una vida que ha estado siempre rodeada de cariño y empatía, de bases sólidas cimentadas en los valores y en la actitud positiva frente a los problemas más gordos. Porque el suyo es un problema de los gordos. El nombre oficial es atrofia muscular degenerativa con espina bífida. Una putada que le ha prostrado en una silla de ruedas desde los cuatro años. Pero que él ha utilizado como lanzadera para volar, ser libre, cumplir sus sueños (los soñados y los inimaginables, como protagonizar Campeonex), superar todo tipo de dificultades con una sonrisa y, en fin, ser él mismo –alegre, optimista, auténtico- incluso en las peores crisis o en las operaciones más duras.



Desde muy pequeño, Brianeitor ha aprendido a vivir su enfermedad con naturalidad, con humor y con una actitud envidiable que nos resume en tres reflexiones: “Una: lo que de verdad importa es hacer feliz a la gente que te hace feliz, a la gente que te rodea y te quiere. Dos: en la vida siempre vas a tener problemas, la diferencia está en cómo los afrontas. Tres: si yo estando como estoy he cumplido sueños inimaginables, vosotros con esfuerzo y con ganas podéis conseguir lo que os propongáis”. Amén a eso. O, tomando el grito de guerra del propio Brianeitor: ¡¡VAMOOOOS!!

 

Carlos Llibre. Cumpliendo los 101 sueños de su hermano

Carlos y su hermano gemelo, Álex, siempre fueron uno. Desde muy pequeños eran inseparables, todo lo hacían juntos: los juegos, los estudios, el deporte, las gamberradas… Conforme fueron creciendo, también crecieron los retos y su afición por los deportes extremos, ya fuera en potentes motos o sobre los esquís, atravesando desiertos o escalando montañas, corriendo maratones o nadando en aguas abiertas. Siempre juntos. Hasta que hace siete años, en un accidente de moto cotidiano, Álex falleció y dejó a Carlos solo. Por primera vez y para siempre. Pero lo que tiene un alma deportista como la de Carlos es que los obstáculos se cruzan en tu camino para ser superados. De modo que, una vez superado el luto, al dolor y la tristeza se impusieron el desafío y el homenaje.



Todo empezó cuando, recogiendo la habitación de su hermano, Carlos encontró su lista de los 101 sueños que cumplir en la vida. Algunos de ellos ya los habían realizado juntos. Pero aún quedaban muchos sin tachar en la lista de Álex. Con la idea de ir cumpliendo los sueños de su gemelo, Carlos creó un movimiento aspiracional, ALL1 Team, bien arropado por amigos y familiares y con un lema vital: “Los sueños cuando son compartidos se cumplen”. El Ironman marcó el camino, pero también el Titan Desert y luego el Dakar, e intensas travesías por cualquier rincón del mundo pedaleando, caminando o esquiando. No importa dónde, no importa cómo, siempre rodeado de los suyos y en contacto con la naturaleza. Poniendo en movimiento valores como la generosidad, el esfuerzo, el amor y la pasión por la vida. Y, por encima de todo, el tributo, el recuerdo imborrable de una persona fuera de lo común, un tipo extraordinario que fue un ejemplo permanente de lo que de verdad importa: “Eres lo que vives, no lo que tienes”.

 

María Galán. Mis niños son mi razón de ser

María tiene 26 años, cara de niña –de niña buena- y una apariencia frágil, casi quebradiza. Eso si miras desde fuera. Porque en realidad María es increíblemente madura para su edad y tiene una fortaleza interior a prueba de bombas; un tipo de fortaleza que solo te proporciona el haber vivido y superado el lado más oscuro de la vida. Ese rincón apartado de nuestro brillante lado del planeta –el del primer mundo- donde reinan el sufrimiento, la enfermedad, el hambre, la carencia más absoluta. Un lugar (Entebbe, Uganda) en el que la media de edad es de 15 años. Ni siquiera llegan a ser jóvenes. Y es allí, en ese rincón olvidado y oscuro, donde hace cuatro años María decidió que estaba su vida. «Aquí encontré todos mis porqués y paraqués. Soy muy feliz».



Y es que sólo allí, en los brazos acogedores de la ONG Babies Uganda, fundada hace diez años por su madre y una amiga, Maribel, es donde María se encuentra en casa. Acogiendo y cuidando a niños que carecen de todo; proporcionando un poco de esperanza y futuro a familias que miran a los ojos de la muerte cada día; abriendo sonrisas y oportunidades donde antes sólo había dolor, impotencia y tristeza, y a menudo graves discapacidades. Una dramática realidad que María (@auntie_mariagalan) y el equipo de Babies Uganda trata de mitigar con mucho trabajo, mucho cariño y una ilusión contagiosa y tenaz. Hoy, aquel orfanato que iba a cerrar por falta de fondos hace diez años, ha crecido y acoge también Kikaya House (donde María vive con sus 32 peques), el colegio Infantil y de Primaria Kikaya Junior School (650 niños) y un recién estrenado centro de Secundaria, Kikaya Senior School (350 niños). Además de una clínica con sala de maternidad, laboratorio y atención primaria que da asistencia gratuita a miles de personas de la región.

Una lección potente, la de María, que nos recuerda la importancia de dar, de darnos a los demás. De compartir y compartirnos. La importancia de pensar que no somos el ombligo del universo y que más allá de nuestra ceguera de primer mundo hay otro mundo que nos necesita. Y que nos espera con los brazos abiertos.

 


Forever Young

Después de escuchar embobado los testimonios de Brian, Carlos y María, más todo lo que sucede de principio a fin en los congresos de LQDVI (la música, las actuaciones, las lágrimas, las risas, emociones a mansalva…), irremediablemente sales con una nueva visión de las cosas, con un nuevo orden de prioridades, con una refrescada actitud para enfrentarte a los (insignificantes) obstáculos de tu día a día. Sales con la idea de que la juventud de hoy no está, ni mucho menos, perdida; que hay esperanza -una esperanza justificada- en que las nuevas generaciones sepan hacerlo mejor que nosotros. Porque tienen más inteligencia, más aptitudes, más corazón y más coraje de lo que pensamos. Porque tienen la fuerza, la ilusión, la actitud, la luz interior, ¡la edad! para transformar la sociedad. Y más nos vale a nosotros dejarles hacer.

Por terminar con algo de música, que siempre es importante, estos días he escuchado con especial intención una de mis canciones favoritas del maestro Dylan. Un tema lleno de poesía, de buenos deseos y de valiosas lecciones escrito desde el corazón para su hijo Jakob. Y, de paso, para todos nosotros. Porque habla de muchas de las cosas que escuchamos el otro día en el congreso de Lo Que De Verdad Importa. Forever Young. Toda vuestra.

Que Dios te bendiga y te proteja siempre / que tus deseos se hagan todos realidad / que hagas siempre por otros y otros hagan por ti / que construyas tu escalera a las estrellas y subas cada peldaño / Que crezcas para ser virtuoso, / que crezcas para ser auténtico / que siempre conozcas la verdad / y veas las luz que te rodea. / Que seas siempre valiente, que seas firme y fuerte, / que seas por siempre joven.

 

Aquí te dejo el vídeo de Forever Young en el concierto The Last Waltz. Imprescindible.



 

viernes, 16 de octubre de 2020

LA M.O.D.A. EL ROCK HECHO CON PASIÓN, HONESTIDAD Y CARRETERA

 


«You can stand me up at the gates of hell / But I won't back down / And I'll keep this world from draggin' me down / Gonna stand my ground and I won't back down». 23 de noviembre de 2019, Wizink Center. Fin de gira La Maravillosa Orquesta del Alcohol. Lleno hasta el último centímetro del recinto. Sold Out total. 15.000 espectadores esperan ansiosos la salida al escenario de siete chavales de Burgos (bueno, hay un palentino y un gallego). La expectación –la emoción, la ilusión- se palpa en el ambiente. Se ve, se siente, se respira. Por megafonía suena  la vieja canción de Tom Petty, en la voz solemne y poderosa de su amigo Johnny Cash. Es el último tema antes de la aparición de la banda. Pero no es una canción más. Ese «no retrocederé / voy a mantenerme firme / no me daré la vuelta / y evitaré que este mundo me arrastre» es una reivindicación en toda regla, una declaración de principios, una afirmación contundente y desafiante tras nueve años de largo caminar: «Aquí estamos, hasta aquí hemos llegado; ha sido duro, ha sido difícil, pero nos lo hemos currado, y de aquí ya no nos baja nadie».

 

Hijos de Johnny Cash

Y es, también, una reivindicación de su héroe, su guía, su inspirador musical y vital. Del culpable de que todos ellos -Alvar, Caleb, David, Jacobo, Jorge, Joselito y Nacho- se entreguen a esto de la música de la forma en que lo hacen. Con pasión, con honestidad y carretera. Muchos kilómetros de carretera.

Y es que el “hombre de negro” es para esta Maravillosa Orquesta Del Alcohol ejemplo de todo lo que quieren ser. La carrera de Cash es una de las más solventes, honestas, coherentes y auténticas de la historia del rock. Como cantante, como compositor, como agitador de conciencias, como artista valiente y comprometido, como ser humano profundamente humano; un tipo sencillo, familiar, amigo de sus amigos, enamorado de la música hasta la médula. Y con una vida dura y difícil a sus espaldas, y un origen del que nunca renegó. Una vida y una carrera que tienen un significado muy especial para los siete componentes de La M.O.D.A., más allá del tatuaje de David, la imagen del whatsapp de Nacho, el tema que suena justo antes de cada actuación o la propia canción con la que homenajean a todos esos hijos de Johnny Cash («Ellos son distintos, son honrados / aunque no tengan para comer. / Son los hijos de Johnny Cash / van viajando con el viento. / Hijos de Johnny Cash / morirán en el intento por salir de la ciudad»).

 

No te olvides de dónde vienes


Cash fue un currante de la música, y de la vida; lo fue desde su infancia en los campos de algodón de Dyess, Arkansas, hasta su muerte, mientras grababa ese superlativo tributo a la música y a los músicos (viejos y nuevos) que conforman sus American Recordings. Otro de los valores que han heredado sus “hijos”. Lo del uniforme de los conciertos (camiseta blanca de tirantes) no es capricho ni casualidad. Me lo cuenta Nacho Mur, guitarra y mandolina de La M.O.D.A, entre cerveza y cerveza. Por un lado, la camiseta es un símbolo inequívoco de currante (como lo fueron sus abuelos cuando iban al tajo de sol a sol, homenajeados en el tema “1932”), icono de su origen rural y de clase trabajadora; también es una manera de reivindicar el grupo como un bloque, sin individualismos, todos igual sobre el escenario; y, además, es la reivindicación de la música por encima de disfraces, postureos o artificios; nada que distraiga de lo esencial, de lo básico. Como el mismísimo man in black.

 


El nómada que encontró su camino

Nacho Mur es el miembro más reciente de la Maravillosa Orquesta. Se unió a la banda por una afortunada casualidad, hace unos tres años. Su único contacto hasta entonces había sido el vídeo, precisamente, de “Hijos de Johnny Cash”, con el que literalmente alucinó; más aún cuando les vio en directo («Vi una banda de amigos que tocaban algo diferente, con mucha energía, con mucha fuerza; y esas letras, la voz de David… Había algo muy de verdad ahí»). Nacho vivía ya en Madrid y andaba con su proyecto Faz (junto a Itziar Baitza); en una sesión de grabación conoció a Jacobo, batería de La M.O.D.A., quien le recomendó al resto del grupo («Un chaval que toca la guitarra y la mandolina y puede encajar muy bien»). Justo se les había ido el guitarrista, Adán, así que le propusieron unirse al equipo y, sin pensárselo, Nacho dijo que sí. No sabía aún el cambio radical que iba a suponer en su vida.

Él ya vivía de la música, desde los 16 años, cuando dejó su Palencia natal (un pueblo de 30 habitantes) y se estableció en Madrid. Una vida de nómada que le llevó por todos los recovecos del mundillo musical, armado únicamente con su guitarra, su talento innato y sus insaciables ganas de aprender. Se metió de lleno en el ambiente más rockero de Madrid, la Escuela de Música Creativa, las revistas especializadas, los pequeños locales («Libertad 8 era mi segunda casa. Ahí toqué todas las noches de los 20 a los 28 años»), curtiéndose como músico de sesión o girando con artistas consagrados (Cómplices, Manolo Tena), compartiendo talento y amistad con cantautores como Txetxu Altube y Dani Flaco, grabando, escuchando, aprendiendo (es un obsesivo estudioso de la música), produciendo a grandes nombres o a bandas emergentes (Nebraska)… Feliz de poder elegir su camino, de dedicarse a lo que más ama («Amar la música, eso es lo que significa ser músico»). Viviendo con pasión, inconformismo y curiosidad inagotable todo ese mundo ecléctico y enriquecedor, desde el folk al heavy, desde el rock clásico a los cantautores latinoamericanos, desde Paco de Lucía a Los Violadores del Verso. O desde Dylan a La M.O.D.A., con Kerouak en el bolsillo (solo que en lugar de la Ruta 66, aquí el camino fue la A-1, Burgos-Madrid. «La distancia nos acerca»).



En las tierras castellanas

Pero, a pesar de su impresionante trayectoria musical, de su habilidad con la guitarra o la mandolina, fue su origen rural, la Castilla profunda, lo que más unió a Nacho con su nuevo grupo. No te olvides de dónde vienes. «Formar parte de una banda es algo más personal, tiene que ver con la afinidad, con haber vivido una experiencia similar, con tener unos valores comunes, una misma visión de la vida…». Porque las canciones de La M.O.D.A. hablan de lo que conocen, de lo que piensan y sienten, o les preocupa, de su entorno, su gente; no se inventan historias, son de primera mano, de verdad. Y eso, para Nacho y los demás, es más importante que tocar bien la guitarra. De hecho, ni le llegaron a hacer una prueba. En su primer ensayo ya formaba parte del grupo.

Fueron aquellos los momentos previos al comienzo éxito. No habían llegado aún los festivales, las grandes salas, pero empezaban a llenar pequeños y medianos locales. Y, lo más importante, empezaban a congregar a un creciente grupo de fieles que conectaban con sus letras, con sus mensajes, con su visión de la música y de lo que debe ser un directo. El camino estaba claramente marcado, y ya nada les iba a desviar de él.

 

Himno generacional

Y parte fundamental de ese camino, de esa carretera de tan largo recorrido (el que llevan y el que les queda), son esa letras que salen del corazón y las tripas de David y que luego hacen suyas el resto de la banda. Versos nada fáciles para una generación acostumbrada a lugares comunes, a letras vacías o simplonas, a mensajes “fast food”. Las letras de La M.O.D.A. van a contracorriente, como su música. Son profundas y complicadas, reflejan inquietud y un cierto pesimismo, invitan a reflexionar, golpean conciencias dormidas, a veces con verdaderos mazazos. Justo lo que no espera un veinteañero al uso. Pero que, una vez le llega el mensaje, le empapa de arriba abajo. Y es que esas también son sus voces. «Vuelven a sonar las voces de la gente».



Por eso son tantas las canciones de La M.O.D.A. que se han convertido en verdaderos himnos, coreados como una sola voz y un solo corazón por cientos, miles de jóvenes en cada concierto, sus héroes del sábado («Dónde están los que pueden parar el mundo solo con mirar»). Un espectáculo que hay que vivir en directo; un ritual puro, mágico, que crea una conexión brutal con el público, venga de donde venga. Hay, cierto, mucha nube negra en sus letras («Píntalo todo de negro cuando busques una luz»), mucho frío invernal, mucho desasosiego, incluso astillas en los dedos, pero también hay lucha y esperanzaperdedores y perdidos, no vencidos»), redención y liberación, horizonte y mar… y, sí, optimismo. «Se puede perder la vista, pero nunca la mirada». No habría espacio aquí para resaltar tantos versos resaltables, basta con echar un vistazo a dos o tres temas esenciales para desear descubrir mucho más (Himno Nacional, La inmensidad, 1932, Héroes del sábado, Miles Davis…). O basta con asistir a uno de sus conciertos para comprender el increíble poder redentor, unificador e incluso terapéutico que tienen sus canciones. «Perder la voz cantando una canción es la mejor medicación».

 

En lo alto de la montaña rusa

Después de 9 años de carretera, de miles de kilómetros y de horas de ensayo, de cientos de conciertos (140 bolos seguidos en la última gira, Salvavida), de una carrera coherente y honesta como pocas, y autogestionada para poder mantener su libertad creativa intacta, estos marineros del destierro no han dejado ni un segundo de navegar. Ni de soñar. Y ahora que están ahí, donde querían, «en ese instante en que la montaña rusa llega arriba y no antes ni después», toca disfrutar el sueño. Porque se lo merecen, porque esa subida en la montaña rusa no ha sido fácil, porque han llegado ahí arriba sin ayuda, ignorados por los medios y por la industria, currándose cada concierto, en España y más allá (Méjico, Colombia, Estados Unidos), dándolo todo ante cuarenta personas o diez mil, sudando esas camisetas blancas día tras día tras día.



El momento es dulce, pero no hay lugar para la autocomplacencia. Quedan muchos sueños por cumplir. Ahora hay que coger aire, me dice Nacho, para seguir trabajando. Un pie delante del otro. Toca girar por Méjico, Chile, Argentina; y preparar nuevas canciones (muchas horas de ensayo en el local, en equipo; y luego cada uno por su cuenta, en casa). Nacho, además, acompaña a Quique González –uno de sus ídolos- en su nueva gira. Todo por la música. Como siempre, con pasión, honestidad y carretera. Sin olvidar, siquiera por un instante, de dónde vienen.

La gran diferencia, mirando nueve años atrás, es que ahora no están solos en este mundo. Ya no.




martes, 14 de junio de 2016

Zarauz. Un viaje de dos días al pasado



Uno, lo reconozco, tiende a veces a la melancolía. Será el alma de poeta que en el fondo siempre estuvo ahí, al acecho. Pero sienta bien. Al menos durante un fin de semana de visita fugaz a un tiempo, a una edad, a un lugar que sí, sin duda, fue mejor. O más fácil. Y de ahí vengo. Con todo el jet lag emocional revoloteando por mi cabeza como el cuervo de Poe por su habitación, tras colarse por la ventana. Inquieto. Añorante. Sensible. Sólo eso y nada más.

Pero, insisto, sienta bien. Añorar el pasado, volver a lo que uno fue y vivió, veintitantos años atrás; revivir los sentimientos, volver a soñar los sueños que luego nunca fueron, retornar aquella vida despreocupada y feliz, aquella sensación de libertad en la que sólo existía el ahora, el aquí; donde el futuro no era sino una mera hipótesis difusa, aún por definir, y el pasado no era necesario pues en realidad no había nada que añorar. Todo lo opuesto a este hoy, en que la preocupación por el futuro apenas te deja tiempo para el presente y tienes que echar mano del pasado para darle un poco de sentido a todo esto.

Sí, a veces viene bien hacer un viaje al pasado, de “cuerpo presente”. Volver a pasarte las horas sentado en el malecón, simplemente mirando el mar, viendo las olas, admirando a las viejas glorias, observando a los nuevos talentos, esperando tu momento para entrar al agua con tu vieja Jeff Crawford, otra vez, y con el ratón de Guetaria de eterno testigo mudo, de “fondo de pantalla” de lujo. Volver a saborear el salitre, a paladear la brisa, a dejar tu huella en la arena húmeda en aquellos largos paseos en los que no hacía falta pensar, tan solo mirar las olas (y quizá admirar algo más). Volver a sentir la libertad de aquellos veranos sin horas, en los que todos los días eran sábado noche (“sábado la noche” bramaba Moris), en los que a veces sólo pasabas por casa para desayunar y coger la tabla y las gafas de sol, porque había buenas olas y eso era infinitamente más importante que dormir.

Volver a disfrutar esas conversaciones intrascendentes, en las que apenas cabían tres o cuatro temas: surf, música, noche (con todos sus subtemas) y poco más. Volver a escuchar la banda sonora de un tiempo y un lugar que se encontraba a años luz, en cultura musical, de lo que se escuchaba en Madrid. No importaba el local, ni la fauna nocturna que lo habitara, la buena música era un fijo, un obligado. Un must. Del Fany al Nashville, del Marina al Kupela, del Mármol al Sausalito. Y el Antxe, que fue el último reducto de los viejos rockeros que nos resistíamos a los nuevos ritmos y modas.

Volver a los pintxos, a las txuletas o al txangurro de Astillero, o a las cenas en la sociedad de turno, el mejor plan del mundo mundial; volver al paseo en bici por el pueblo, saludando a discreción, visitando los “santos” lugares (el mercado, la tienda de música de Iñaki, Juanita, Pukas…); volver a escuchar el Gure Aita, que estremece más que un tubo en Mundaka; volver a sentarte en la terraza del Golf, de cara al mar, con una cerveza en copa y miles de recuerdos a flor de piel (¡y Arguiñano!).

Volver a ver a la gente, a tu gente. Sentir —saber— que por muchas hojas del calendario que hayan caído en el tiempo sigue siendo ayer, que nunca te has ido. Que siguen frescas las risas y la cerveza, y el Ballantine’s con hielo; que el eco de aquel “¡La vida es jauja!” no se llegó a apagar del todo. Más arrugas, quizá, pero el mismo espíritu. Hijos, canas, kilos, años, pero los mismos veintitantos cuando nos ponemos a recordar. Parece que hables del fin de semana pasado o del año pasado, pero no más allá. Y tal vez sea así, tal vez no hayan pasado veinte años. Porque el pasado se hace presente con la presencia, porque la nostalgia se esfuma cuando estás ahí. Porque hay cosas que no cambian, que siempre permanecen. Porque te siguen queriendo. Porque les sigues queriendo. Y porque sabes que, por muy lejos que estés —en la distancia y en el tiempo— basta que vuelvas dos días para sentir que siempre has estado ahí.

Este fin de semana, sentado en el malecón de Zarauz, mi Zarauz, pensando en todo y en nada, mirando las olas, dejándome abrazar por la brisa y el salitre, paseando por los rincones de ayer, aflorando la risa tonta y las anécdotas y la amistad, me he vuelto a sentir en casa. Sin necesidad de nada más.


Sí, a veces hay que volver al pasado para darte cuenta de que nunca te fuiste, nunca te has ido, nunca te irás.






jueves, 12 de febrero de 2015

Tartufo. Aquellos maravillosos años

Lo malo, a veces, de echar una mirada en internet es que puedes darte de bruces con tu pasado. Así, sin previo aviso ni anestesia emocional. Es, precisamente, lo que me sucedió hace un tiempo cuando me topé, sin querer, con un grupo de facebook cuyo nombre agitó mi memoria como una turbadora coctelera de añoranza, realidad y unas gotas de melancolía. El agitador nombre era “Amantes de Tartufo”; y no, no se trataba de una comunidad de conquistas despechadas del impostor de Moliére, sino de una pequeña discoteca de aquel Madrid de los 80 que una vez fue nuestra casa.

No sé en qué año nació Tartufo. Finales de los 70, creo. Pero sí recuerdo el año en que yo entré por primera vez: 1980. Tenía 15 años, y fue el comienzo de una gran y prolongada amistad. Llegábamos cada sábado en vespino o en vespa (los más pudientes) y esperábamos como clavos, a las siete de la tarde, hasta que Carlos, el gran Carlos, nos abría las puertas de nuestro Tartufo. Nuestro, sí, porque éramos una gran familia; todos nos conocíamos, todos nos divertíamos, todos nos reencontrábamos cada semana, todos bailábamos la música que nos gustaba... y todos esperábamos las lentas de las nueve para intentar ligar, casi siempre infructuosamente (y con los minutos contados, justo hasta que empezaba el piano de ‘American Pie’, que era el paso de las lentas a las rápidas).
     Allí, regados en sanfranciscos, destornilladores y años después en Ballantine’s con hielo, saltábamos frenéticamente con Tequila, Secretos (‘Déjame’ sonaba varias veces cada tarde), Alaska, Police, Meat Loaf, Loquillo, Bowie e, invariablemente, el ‘Sultans of Swing’ de Dire Straits, con ese punteo inmortal que salía de nuestros vasos, reconvertidos en la fender de Mark Knopfler. Allí vimos en directo, apiñados todos alrededor de la minúscula pista, a Mecano, cuando ya eran medio famosos; y nos partimos de risa con Tip y Coll y su afrancesada y surrealista jarra de agua.

Con el tiempo, los más veteranos teníamos nuestra mesa (la 5, recuerdo) y nuestras botellas, con el nombre y el privilegio de la bandeja y las copas, servidas por Emilio o por José Luis (Hulk), o por Pepe Román en la barra, un santo Job; o colándonos en el mismísimo office, que era el súmmum del reconocimiento y la complicidad. Los más de lo más hasta tenían un azulejo con su nombre detrás de la barra. Luis, el jefe de sala, mantenía el local en orden, Carlos, en la puerta, no nos dejaba entrar con zapatillas y la adorable Esperanza en el guardarropa nos arropaba como a sus propios sobrinos; y nosotros la queríamos mucho más que a nuestras tías. Un personal entrañable, familiar (todos sabían tu nombre), educado y profesional como no ha habido en otro local de Madrid. Tartufo era un sitio pequeño, pero allí nos sentíamos importantes; y lo que es más, nos sentíamos queridos.
     Año tras año, nuestra fidelidad fue pasando de la tarde a la noche. La vespa se transformó en R-5 o Fiat Uno, que te aparcaban más o menos cerca según la veteranía. Los amigos seguían siendo los mismos, y las novias solían durar más tiempo; la música sonaba igual de bien (lentas incluidas) y despedíamos cada velada coreando el ‘New York, New York’ del amigo Sinatra. Carlos Moro, relaciones públicas de aquellos años dorados, organizaba magníficas fiestas y saraos de todo tipo (en alguno, como el de la hípica, le ayudé yo); y, probablemente, era el único local en el que se podía vivir Fin de Año sin morir en el intento.

Hubo otros sitios míticos en aquellos tiempos: Taste, El Callejón, Honky, Pachá, Joy, el Penta, ¡el Sol!... Pero Tartufo era mágico, especial, único, íntimo. Muy nuestro. Allí vivimos muchos años de diversión, buen rollo, risas, novietas, rupturas, celebraciones, piques en la pista y exaltación de la amistad. La última noche (murió recién entrados los 90), recuerdo, algunos lloraron; otros bebimos a la salud de aquellos días inolvidables, preguntándonos, eso sí, adónde iríamos al día siguiente.

Hoy, gracias en parte a facebook, todos esos momentos no se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, sino que permanecerán en nuestra memoria como guiños de un tiempo pasado que, sí, fue mejor.