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jueves, 23 de enero de 2025

BENDITA JUVENTUD. Crónica del congreso de valores de Lo Que De Verdad Importa 2024

 


«La juventud de hoy ama el lujo. Es maleducada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran en la habitación. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran los postres en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros».

Si tienes más de cuarenta años es muy probable que esta sea tu opinión sobre la juventud de hoy. No es nada nuevo. De hecho, la cita es de hace unos 2.500 años; y pertenece a Sócrates, para más señas. Es una etiqueta más, en este mundo híper etiquetado en el que vivimos (todos somos un hashtag); y quizá esté justificada, e incluso sea cierta; y puede que hasta sea razonable y necesaria esa actitud (juventud implica rebeldía, descontento, rechazo, novedad, cuestionarlo todo antes de aceptarlo ciegamente; esto es, evolución). Sin embargo, lo que hemos visto últimamente en Paiporta, Catarroja, Utiel, Alfafar, Benetússer o Massanassa niega rotundamente que la juventud española sea insolidaria, tirana e irrespetuosa; niega rotundamente que abomine del esfuerzo y del trabajo, que prefiera el lujo al barro o que no sea capaz de sacrificarse por una causa que no es la suya, por una gente que no es la suya. Niega rotundamente que nuestros jóvenes no sean capaces de enfrentarse cara a cara, sin miedo, a la frustración, al dolor, a la pérdida, al desamparo.

 

¿Generación de cristal? Sí, de cristal blindado

Ya lo decía Vicente Blasco Ibáñez, que además de escritor, revolucionario y fundador del periódico El Pueblo era valenciano: “La juventud es la edad de los sacrificios desinteresados, de la ausencia de egoísmo, de los excesos superfluos.” Lo demostró la marea de jóvenes que atravesó el Turia por la pasarela desde el primer día, a miles, sin que nadie los llamara; un ejército armado con palas, cepillos, cubos y botas de agua, y sobre todo con esperanza, que acudió al epicentro del desastre, sin preguntar; ellos simplemente se ofrecieron. Llegaron con su energía, con su fortaleza, con su optimismo, listos para enfrentarse a esa batalla incierta contra el barro, la destrucción, el caos, el abandono; una batalla cruenta contra el tiempo y la angustia, contra el miedo y el desamparo, contra la muerte; una batalla infame contra la irresponsabilidad y la ineptitud, contra el cálculo político, contra la desinformación y el fango mediático, contra la nefasta gestión de los que mandan. Contra la política, que todo lo corrompe, que todo lo embarra.

Sí, fueron nuestros jóvenes los que llegaron de todas partes de España en sus coches, en furgonetas alquiladas, en camiones de todos los tamaños, en tractores (con sus padres y abuelos agricultores). Llevando un gigantesco cargamento de ropa, alimentos, herramientas, medicinas; de esperanza y solidaridad, de una fe inquebrantable en que no hay imposibles, y tampoco límites. Sólo voluntad.

 


Más de 6.000 jóvenes con valores y con ganas de cambiar el mundo

Esa bendita juventud es la que también acudió en masa (más de 6.000, sold out total) al último Congreso de Valores de la Fundación Lo Que De Verdad Importa en Madrid, el pasado miércoles en el Palacio de Vistalegre.

Un Congreso, por cierto, que ese día cumplía 18 años de bendita juventud. Y es que la juventud fue protagonista absoluta del evento, no sólo por los 6.000 entusiastas invitados, también por los tres ponentes –extraordinarios, admirables, valiosísimos- que subieron al escenario para darnos caña. Tres historias de vida que, como suele pasar en estos congresos, nos sacudieron por dentro como un tsunami de valores no por esperado menos sorprendente. Una sacudida de las buenas, con lección y tirón de orejas. Para ellos, los jóvenes, y también para todos nosotros, los no tan jóvenes, que tantas veces nos creemos infalibles, incuestionables e imbatibles. Ya nos lo restregó el poeta alemán Friedrich Hebbel, allá por la mitad del s. XIX:  “A menudo se echa en cara a la juventud el creer que el mundo comienza con ella. Cierto, pero la vejez cree aún más a menudo que el mundo acaba con ella. ¿Qué es peor?” No, no hace falta que respondas.

 


Brianeitor. Un genuino campeón de la vida

Si has visto la película Campeonex, el exitazo dirigido por Javier Fesser, sabrás perfectamente quién es Brianeitor. Si eres aficionado a los vídeo juegos en general y a Team Heretics en particular, seguro que también lo conoces. Y si tienes menos de 25 años, puede que seas uno de sus doscientos sesenta mil seguidores en YouTube. Pero Brianaeitor no es solo un crack de los vídeo juegos, un tipo carismático de sonrisa picarona, querido y admirado por legiones de fans y “casi” ganador de un Goya. Es, sobre todo, muy buena gente. Eso es lo que más llama la atención de su historia. Probablemente por contagio: de su padre, que ha ejercido también de madre durante 22 años; de sus abuelas, que lo criaron y lo llenaron de amor a diario; de sus hermanos pequeños, de sus amigos incondicionales, de sus referentes en la vida.

Una vida que ha estado siempre rodeada de cariño y empatía, de bases sólidas cimentadas en los valores y en la actitud positiva frente a los problemas más gordos. Porque el suyo es un problema de los gordos. El nombre oficial es atrofia muscular degenerativa con espina bífida. Una putada que le ha prostrado en una silla de ruedas desde los cuatro años. Pero que él ha utilizado como lanzadera para volar, ser libre, cumplir sus sueños (los soñados y los inimaginables, como protagonizar Campeonex), superar todo tipo de dificultades con una sonrisa y, en fin, ser él mismo –alegre, optimista, auténtico- incluso en las peores crisis o en las operaciones más duras.



Desde muy pequeño, Brianeitor ha aprendido a vivir su enfermedad con naturalidad, con humor y con una actitud envidiable que nos resume en tres reflexiones: “Una: lo que de verdad importa es hacer feliz a la gente que te hace feliz, a la gente que te rodea y te quiere. Dos: en la vida siempre vas a tener problemas, la diferencia está en cómo los afrontas. Tres: si yo estando como estoy he cumplido sueños inimaginables, vosotros con esfuerzo y con ganas podéis conseguir lo que os propongáis”. Amén a eso. O, tomando el grito de guerra del propio Brianeitor: ¡¡VAMOOOOS!!

 

Carlos Llibre. Cumpliendo los 101 sueños de su hermano

Carlos y su hermano gemelo, Álex, siempre fueron uno. Desde muy pequeños eran inseparables, todo lo hacían juntos: los juegos, los estudios, el deporte, las gamberradas… Conforme fueron creciendo, también crecieron los retos y su afición por los deportes extremos, ya fuera en potentes motos o sobre los esquís, atravesando desiertos o escalando montañas, corriendo maratones o nadando en aguas abiertas. Siempre juntos. Hasta que hace siete años, en un accidente de moto cotidiano, Álex falleció y dejó a Carlos solo. Por primera vez y para siempre. Pero lo que tiene un alma deportista como la de Carlos es que los obstáculos se cruzan en tu camino para ser superados. De modo que, una vez superado el luto, al dolor y la tristeza se impusieron el desafío y el homenaje.



Todo empezó cuando, recogiendo la habitación de su hermano, Carlos encontró su lista de los 101 sueños que cumplir en la vida. Algunos de ellos ya los habían realizado juntos. Pero aún quedaban muchos sin tachar en la lista de Álex. Con la idea de ir cumpliendo los sueños de su gemelo, Carlos creó un movimiento aspiracional, ALL1 Team, bien arropado por amigos y familiares y con un lema vital: “Los sueños cuando son compartidos se cumplen”. El Ironman marcó el camino, pero también el Titan Desert y luego el Dakar, e intensas travesías por cualquier rincón del mundo pedaleando, caminando o esquiando. No importa dónde, no importa cómo, siempre rodeado de los suyos y en contacto con la naturaleza. Poniendo en movimiento valores como la generosidad, el esfuerzo, el amor y la pasión por la vida. Y, por encima de todo, el tributo, el recuerdo imborrable de una persona fuera de lo común, un tipo extraordinario que fue un ejemplo permanente de lo que de verdad importa: “Eres lo que vives, no lo que tienes”.

 

María Galán. Mis niños son mi razón de ser

María tiene 26 años, cara de niña –de niña buena- y una apariencia frágil, casi quebradiza. Eso si miras desde fuera. Porque en realidad María es increíblemente madura para su edad y tiene una fortaleza interior a prueba de bombas; un tipo de fortaleza que solo te proporciona el haber vivido y superado el lado más oscuro de la vida. Ese rincón apartado de nuestro brillante lado del planeta –el del primer mundo- donde reinan el sufrimiento, la enfermedad, el hambre, la carencia más absoluta. Un lugar (Entebbe, Uganda) en el que la media de edad es de 15 años. Ni siquiera llegan a ser jóvenes. Y es allí, en ese rincón olvidado y oscuro, donde hace cuatro años María decidió que estaba su vida. «Aquí encontré todos mis porqués y paraqués. Soy muy feliz».



Y es que sólo allí, en los brazos acogedores de la ONG Babies Uganda, fundada hace diez años por su madre y una amiga, Maribel, es donde María se encuentra en casa. Acogiendo y cuidando a niños que carecen de todo; proporcionando un poco de esperanza y futuro a familias que miran a los ojos de la muerte cada día; abriendo sonrisas y oportunidades donde antes sólo había dolor, impotencia y tristeza, y a menudo graves discapacidades. Una dramática realidad que María (@auntie_mariagalan) y el equipo de Babies Uganda trata de mitigar con mucho trabajo, mucho cariño y una ilusión contagiosa y tenaz. Hoy, aquel orfanato que iba a cerrar por falta de fondos hace diez años, ha crecido y acoge también Kikaya House (donde María vive con sus 32 peques), el colegio Infantil y de Primaria Kikaya Junior School (650 niños) y un recién estrenado centro de Secundaria, Kikaya Senior School (350 niños). Además de una clínica con sala de maternidad, laboratorio y atención primaria que da asistencia gratuita a miles de personas de la región.

Una lección potente, la de María, que nos recuerda la importancia de dar, de darnos a los demás. De compartir y compartirnos. La importancia de pensar que no somos el ombligo del universo y que más allá de nuestra ceguera de primer mundo hay otro mundo que nos necesita. Y que nos espera con los brazos abiertos.

 


Forever Young

Después de escuchar embobado los testimonios de Brian, Carlos y María, más todo lo que sucede de principio a fin en los congresos de LQDVI (la música, las actuaciones, las lágrimas, las risas, emociones a mansalva…), irremediablemente sales con una nueva visión de las cosas, con un nuevo orden de prioridades, con una refrescada actitud para enfrentarte a los (insignificantes) obstáculos de tu día a día. Sales con la idea de que la juventud de hoy no está, ni mucho menos, perdida; que hay esperanza -una esperanza justificada- en que las nuevas generaciones sepan hacerlo mejor que nosotros. Porque tienen más inteligencia, más aptitudes, más corazón y más coraje de lo que pensamos. Porque tienen la fuerza, la ilusión, la actitud, la luz interior, ¡la edad! para transformar la sociedad. Y más nos vale a nosotros dejarles hacer.

Por terminar con algo de música, que siempre es importante, estos días he escuchado con especial intención una de mis canciones favoritas del maestro Dylan. Un tema lleno de poesía, de buenos deseos y de valiosas lecciones escrito desde el corazón para su hijo Jakob. Y, de paso, para todos nosotros. Porque habla de muchas de las cosas que escuchamos el otro día en el congreso de Lo Que De Verdad Importa. Forever Young. Toda vuestra.

Que Dios te bendiga y te proteja siempre / que tus deseos se hagan todos realidad / que hagas siempre por otros y otros hagan por ti / que construyas tu escalera a las estrellas y subas cada peldaño / Que crezcas para ser virtuoso, / que crezcas para ser auténtico / que siempre conozcas la verdad / y veas las luz que te rodea. / Que seas siempre valiente, que seas firme y fuerte, / que seas por siempre joven.

 

Aquí te dejo el vídeo de Forever Young en el concierto The Last Waltz. Imprescindible.



 

viernes, 18 de noviembre de 2022

Lo Que De Verdad Importa 2022. Otra sacudida de las buenas


Sucede, a veces, que uno necesita ese empujoncito que le reafirme en sus valores; que le diga que sí, que está en el camino correcto; que, aunque imperfecto, uno es en el fondo buena gente. Sí, todos necesitamos a veces ese empujoncito. Somos así, los humanos. Pero lo de ayer no fue un empujoncito
. Fue una sacudida en toda regla. Lo suele ser, siempre, el congreso de Lo Que De Verdad Importa. Porque lo que allí se vive, lo que allí se palpa, se respira, se ve; lo que allí se escucha y se interioriza no son testimonios más o menos impactantes, más o menos inspiradores; no, lo que allí experimentas son sacudidas brutales a tu conciencia acomodada, a tu vida de queja y pereza, a tu “no se puede”, a tu “es que” y a tu “si yo lo intento”. Y no hablo de los cerca de dos mil jóvenes que tuvieron la suerte –o los reflejos- de conseguir entrada (otros tantos se quedaron en lista de espera; buena señal de que la generación siguiente viene con ganas). No, hablo de nosotros, los maduros, los mayores, los que hoy –se supone- dirigimos el cotarro.

Somos el espejo en el que se miran los niños y los jóvenes de hoy. Somos el ejemplo que les guía en uno u otro sentido; esa es nuestra responsabilidad, la más importante quizá (“Hijo, ten cuidado de por dónde andas” “Ten cuidado tú, papá; yo sigo tus pasos”). Por eso me gusta acudir al Congreso de LQDVI cada año. Por eso necesito acudir al Congreso de LQDVI cada año. Porque nos devuelve a la realidad, a la buena, no a la conveniente; y nos sacude, y nos despierta. Y nos levanta.



Y es que uno, como cada año, llega al congreso de Lo Que De Verdad Importa con sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias, con sus granitos de arena reconvertidos en himalayas imposibles; con su queja latente y su visión nublada de esta vida loca, loca, loca; llega, en fin, con sus gafas de miope emocional, o sus orejeras cargadas de prejuicios, que no le dejan ver más allá de lo que tiene frente a sus ojos y a no más de metro o metro y medio. Y no falla: es llegar y empezar a sentir la magia. Uno ve a esos dos mil jóvenes, apenas 18 o 19 años, contagiándose ilusión anticipada por lo que están a punto de experimentar; ve a los voluntarios, animosos y entregados; y a los habituales amigos de todos los años (patronos y fans incondicionales de LQDVI), que se reservan este día como quien se reserva el día de su boda; y ve a María Franco y su equipo de cracks, rematando con nerviosismo los detalles de última hora, agobiadas (¡bendito agobio!) por la apabullante asistencia, que cada edición desborda el aforo del Palacio de Congresos de IFEMA (lo mismo que todos los aforos, año tras año, en todas las ciudades). Y este año ha venido hasta el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida (“Pepito para mis amigos”), que recuerda a los jóvenes que “el futuro es vuestro, y lo bueno que os pase en la vida dependerá de lo que hagáis hoy”. Aptitud y actitud. Y no traicionarse a uno mismo, ser siempre leal a los principios y convicciones.  

Y entonces, empiezan las sacudidas.

 


Primera sacudida: Marián Rojas. Doctora del alma y experta en felicidad

La autora del best seller “Cómo hacer que te pasen cosas buenas”, psiquiatra vocacional (o médico del alma, como Marián define su profesión) y sobre todo un bellísimo ser humano (un voluntariado en los vertederos de Camboya cambió su vida; luego llegaron otras muchas causas), nos enseñó que la felicidad consiste en ser capaces de disfrutar lo bueno que nos sucede cada día (esas pequeñas cosas) y aprender a gestionar lo malo (eso que nos supera y nos anula).

Y sobre todo advierte a los jóvenes del peligro real -y diagnosticado- que supone estar empantallados durante horas cada día, en búsqueda permanente de la satisfacción inmediata. Una auténtica adicción a la dopamina, tan nociva y tan adictiva como la cocaína. Soledad, vacío, miedo, inseguridad, desilusión, depresión, desinterés por todo… Es la crisis del s. XXI, agravada en los adolescentes por la pandemia. ¿La solución? Trabajo (compromiso, esfuerzo, motivación) y Amor (a uno mismo, a los demás, a las propias creencias). Y mucha oxitocina, esto es, muchos abrazos de más de 8 segundos, mucha empatía, mucho mirarse a los ojos y muchas personas vitamina alrededor.

 


Segunda sacudida: Sarah Almagro. Campeona de surf adaptado… sin manos ni pies.

Sarah es muy joven (22 años) pero muestra una seguridad y una madurez extraordinarias. Será porque tuvo que madurar de golpe –muy de golpe- cuando apenas tenía 18 años. El futuro, eso que planeas tan detenidamente, puede desaparecer en un instante, nos dice. Y entonces te das cuenta de que te has olvidado de vivir el presente. Sarah, multideportista desde los 5 años (surf, tenis, crossfit, fútbol), activa, rebelde, luchadora, vivió ese cambio drástico del destino cuando sufrió una meningitis que le robó las manos y los pies (sus padres se enfrentaron a los médicos para que no le amputaran hasta el hombro y las ingles, que era la idea inicial), y la encadenó a una máquina de diálisis. Fue un golpe durísimo (“¿Por qué a mí?”) que casi acaba en depresión, en rendición.

Pero Sarah peleó por su vida (en equipo con su familia), batió todos los records en la rehabilitación, salió de la silla de ruedas, se libró de la diálisis (su padre le regaló uno de sus riñones) y se volvió a subir a una tabla de surf. En menos de tres años después de aquel coma inducido, en el delgado filo de una muerte casi cierta, Sarah estaba ganando el Campeonato de España (dos veces) y colgándose una medalla de plata en el Mundial de Surf Adaptado celebrado en California. “La vida no es maravillosa. Es una auténtica mierda (enfermedades, pobreza, guerras) pero podemos hacer que sea maravillosa. Depende de ti y de tu actitud”. Al final, nos dice –y nos demuestra- Sarah, la fuerza de voluntad es lo que mueve el mundo.

 


Tercera sacudida: Nacho y Leto. El poder del amor en los momentos más oscuros

La historia de adicción, familias rotas, redención y amor sin fisuras de Nacho y Leto fue una demostración de hasta qué punto se puede desnudar un alma en público. Algo habitual en los congresos de LQDVI, porque aquí nadie juzga; sólo escucha, interioriza, entiende –o no- y reflexiona. Nacho era un adolescente con una vida cómoda y una familia normal, como cualquier otra. Pero solo en apariencia. Porque el alcohol era el dueño de ese hogar y los hijos fueron las primeras víctimas. Enviado a los 9 años a un internado en Suiza, a 9.000 km de su casa y de sus padres, en México, Nacho se sentía abandonado, rabioso, una bomba de emociones y problemas conductuales en el colegio. Esa bomba acabó explotando en Madrid, donde fue a vivir con su madre, ya separada. Ahí probó el alcohol y ya no lo soltó. Le gustó ese efecto de evadirse, borrarse, ser otro. A la fiesta se unieron luego el hachís y la cocaína. Y encadenado a esa noria se pasó años.

Conoció a Leto y se enamoró. Nacho intentó bajar el nivel de drogas y alcohol durante esa relación. Pero siempre volvía (“la cagaba, la cagaba y la cagaba”). Ni siquiera cuando ella se quedó embarazada y meses después nació Lola. El día del parto Nacho estaba colocado. Entre Miami y Madrid la cosa no cambió, hasta que Nacho eligió salvarse, por su familia más que por él, e ingresó en un centro de desintoxicación. Tenía 24 años. Tras seis meses de tratamiento intenso y duro, resucitó. Se volcó en el deporte (sacrificio, orden, conducta), acabó la carrera y volvió con Leto. Se casaron y hoy viven una vida feliz, limpia, serena (aunque Nacho sigue yendo a terapia), rodeados de cuatro hijos de cuento (Lola ya tiene 16) y arropados por todo el amor del mundo. Una vida sumida en la oscuridad durante años que vio la luz gracias al milagroso poder de la familia.

 


Cuarta sacudida: Ara Malikian. El poder transformador de la música, incluso entre las bombas.

Ara Malikian es hoy un músico conocido y admirado en todo el mundo. Violinista virtuoso y especialista en sacudir los formalismos inamovibles de la música clásica, colecciona sold outs en los más prestigiosos teatros y auditorios (y en plazas de pueblos y pequeñas iglesias) y es recibido con los brazos abiertos en docenas de países. Un tipo peculiar y exitoso, carismático y global. Y un hijo de la guerra. Malikian nació de padres armenios huidos al Líbano por un genocidio que el gobierno turco aún niega. A los 6 años le tocó vivir otra guerra que duró más de 20 años. Allí, entre las bombas y los disparos, el pequeño Ara practicaba el violín día y noche, en casa o en el sótano (“Como los Beatles en el garaje” le motivaba su padre). Y allí, entre las bombas y los disparos, Ara descubrió el poder transformador de la música: esos sótanos estaban llenos de fiesta, baile, canciones, música, ¡vida! Algo parecido a la felicidad.

Con el tiempo, sus padres lo enviaron a estudiar música a Alemania, cuna de Bach, Mozart y Beethoven, pero donde él se sentía un bicho raro. Tocando en bares y “amenizando bodas judías durante cuatro años” logró pagarse los estudios. Y descubrió, de paso, que las razas y las religiones no están hechas para odiar (como le habían enseñado desde pequeño), sino para unir. Y la música es el pegamento de contacto. Practicó duro, diez veces más que sus compañeros, y se convirtió en un virtuoso del violín. Y también en un renovador. Porque Ara amaba la música clásica, pero también se impregnaba de todas las músicas que escuchaba en los bares y clubes en los que tocaba. Luego, estuvo 7 años en una orquesta en un teatro de ópera; un salario, seguridad, confort… pero se sentía atrapado, “hasta que salí del foso”. Años después, con su violín al hombro, conquistó el mundo. Y descubrió que aquel viejo violín (un “Alfredo Ravioli” auténtico) que le regaló su padre había salvado la vida de su abuelo años atrás, disfrazado de violinista para huir del genocidio armenio. Al final, nos dice Ara, la música tiene un gran poder, porque llega al corazón. Y es un arma poderosísima para hacer del mundo un lugar más justo, más noble y más respetuoso con los demás. Nuestro deber, con o sin violín, es intentarlo.

 


Después de escuchar estas cuatro historias y sentir estas cuatro sacudidas uno ya no es el mismo que cuando entró en ese majestuoso auditorio. Es lo que tienen los congresos de LQDVI. Que te sacuden por dentro como una ola de seis metros en Mavericks. Y te dejan baldado. Y renovado. Y, sí, un poco mejor persona. Eso es, al fin y al cabo, lo que de verdad importa.

Lo dijo Jorge Font, ponente habitual, deportista y poeta: “Si no vas a un congreso de LQDVI, no te pasará nada. Pero si vas, te pasa algo seguro”. Hasta el año que viene, pues. 






lunes, 16 de mayo de 2022

Fernando Vega de Seoane: una buena dosis de vitamina positiva

 



Hace unos días tuve la suerte de asistir a una charla de Fernando Vega de Seoane, organizada por la Fundación Lo Que de Verdad Importa. Para quien no lo conozca –pocos, a estas alturas- Fernando es ese tipo que se quedó parapléjico tras estamparse contra un árbol (“que me recibió con los brazos abiertos”) esquiando en Baqueira. Un accidente desafortunado en una bajada normal, tranquila, y en una pista sin aparente riesgo. Pura mala suerte. Una putada que él ha transformado en un vivo ejemplo de superación, inspiración y energía positiva. Ése es Fernando, Fer.

La vida de Fer antes de romperse la espalda era de lo más normal. Familia numerosa y feliz, buenos amigos, trabajo motivador, empresa propia, aficiones apasionantes. Lo mismo que ahora. Es lo que él nos cuenta con total naturalidad (y sin tratar de vendernos la moto). Porque lo extraordinario de Fer no es que su vida sea maravillosa desde una silla de ruedas, sino que sigue siéndolo a pesar de la silla de ruedas. Y es que lo esencial, lo importante, no ha cambiado. Ni por fuera ni, sobre todo, por dentro.

Esta es la primera gran lección que nos deja en su charla (muy directa, muy distendida y muy elocuente). Hubo, confiesa, un momento corto, muy corto, de tristeza tras el accidente. Notó perfectamente el alcance de la lesión, y la consecuencia inevitable. Pero al minuto decidió encarar la situación con actitud positiva. Físicamente era mucho más lo que le quedaba intacto (manos, brazos, ojos, boca, cabeza…) que lo que había perdido (piernas). Anímicamente, en realidad no había perdido nada (familia, amigos, trabajo, motivación, fe, humor, optimismo, todo seguía ahí). Puede que incluso haya ganado en unos cuantos de esos aspectos.


El proceso de recuperación fue largo y duro. Más largo –e innecesario- de lo que él habría deseado, sobre todo en el hospital de parapléjicos de Toledo (“si estoy bien por qué tengo que cumplir el protocolo completo en lugar de irme a mi casa”). Y menos duro de lo que imaginó en un principio (“desde el frío de la nieve, ahí tirado, hasta llegar a casa, en cada paso iba a mejor: helicóptero – UCI – planta – Toledo – especialistas – silla de ruedas - Madrid....”). Gracias también, en parte, a la magia sedante del Propofol y después a su sistema para automatizar el dolor neuropático, que es inevitable e incurable, pero perfectamente neutralizable.



En Toledo Fer fue un paciente impaciente, inconformista y racional. Tremendamente pragmático. Su única obsesión era acelerar el proceso, saltarse lo inútil. Porque él, orgánicamente y psicológicamente estaba bien. No había trauma, ni depresión, ni negación, ni falsa euforia. Puede chocar, puede parecer pretencioso, puede no ser lo habitual… pero esa es la verdad, lo que él sentía y necesitaba. De modo que su única urgencia era conseguir el alta cuanto antes. “Rapidito”. Lo consiguió a las dos semanas (el protocolo dicta tres meses).

 La llegada a casa, después de dos semanas en el hospital de Toledo y noventa y cuatro días en total tras el accidente, no fue fácil. Ahí es donde se dio cuenta de lo complicado que es no tener piernas útiles. Pero complicado no significa imposible. Con la ayuda casi sobrehumana de su mujer, Fer tardó dos horas, muy complicadas, en llegar a la bañera (escaleras, desvestirse, cuarto de baño lleno de trampas, caída suicida a la bañera…), pero a pesar de todo consiguió finalmente darse ese baño largamente esperado y merecido. Lo disfrutó como nunca habría imaginado. La clave de la hazaña, nos dice, fue “no ver barreras aunque las haya. Porque las hay”.

La otra clave, además de su inconformismo, su carácter positivo, su sentido del humor y su pragmatismo endémico, era estar bien. “Eso es lo que de verdad importa. Estar bien yo para que a mi alrededor las cosas estén mejor”. Su mujer, Bea (otro fenómeno que merece su propia charla inspiradora), sus cinco hijos, sus familiares y amigos, su trabajo. “Si yo estoy enfadado o deprimido sería todo muy difícil, no solo para mí, sobre todo para las personas que están a mi alrededor”. Así que no había ni hay opción. Por supuesto que hay momentos de cabreo o de frustración (¿quién no los tiene, con o sin piernas?). Pero ganan la sonrisa, la gratitud y el buen rollo por goleada. Una victoria compartida: Fer tiene sus pilares fundamentales (“mis agarraderas”), que son su familia, sus amigos y su trabajo. “Si todo eso va bien, lo demás va bien. Y yo estoy bien”. En realidad, lo que nos dice Fer es que el accidente ha cambiado un aspecto de su vida (andar), pero no ha cambiado su vida. Y la labor impagable de Bea, “gestionando la situación con esa serenidad y esa paz, a mí me ha dado mucha tranquilidad”.

Al final, si algo tiene solución, se busca la solución; y si no la tiene, pues se inhibe. Estamos demasiado preocupados por situaciones o problemas que no van a ocurrir nunca. Hay que vivir el presente, disfrutar lo que se tiene, ser feliz con poco. Si estás cubierto emocionalmente, lo demás pasa a un segundo plano. Eso es algo que ha de gestionarse con actitud positiva. No hay otra. Y vale para todos: “cada uno tiene su silla de ruedas”, nos recuerda Fer.

 


“Yo me siento un privilegiado. He nacido en Madrid, una de las ciudades top del mundo; he vivido en una familia que me ha procurado la mejor educación. ¿Mérito mío? No. Tengo mi propia empresa, una mujer maravillosa, cinco hijos de los que me siento orgulloso, amigos de los de verdad… En realidad no tengo ni una sola razón para decir por qué me ha pasado esto a mí”. Hay todavía quien piensa que Fer, tarde o temprano, va a caer; que se va a dar de bruces con la cruel realidad. El viejo pecado de juzgar sin conocer. Porque pensar eso, además de injusto y estúpido, es puro desconocimiento. No es cuestión de heroísmo (él reniega rotundamente de esa consideración), sino de sentido común, de aceptación y aprovechamiento. De profundo respeto hacia su vida y a la de quienes le rodean. De honesta y sincera gratitud por lo que tiene, que es mucho, muchísimo más que lo que le falta.

Aquellos que quieren cantar siempre encuentran una canción, dice un proverbio sueco. Está claro que perder la movilidad en las piernas no impide a Fernando Vega de Seoane seguir cantando alto y afinado. Una canción con una potente melodía y una letra inspiradora que está llegando a todos los rincones con su “vitamina positiva”. Una canción pegadiza y contagiosa que está haciendo vibrar los corazones de muchísima gente. Animando, empujando, aliviando, impulsando o, simplemente, alegrando las vidas de mucha, mucha gente. Y eso, querido Fernando, sí es mérito tuyo. Sigue cantando, por favor. A ver si nosotros encontramos también nuestra canción.




martes, 22 de diciembre de 2020

El nuevo libro de Lo Que De Verdad Importa. Dedicado a los que siempre están

 


¡Por fin! Ya tenemos el nuevo libro de Lo Que De Verdad Importa (el cuarto volumen ya), que podéis comprar en la web de la Fundación. Un regalo muy especial para esta Navidad -o para pedir a los Reyes Magos- que es un auténtico soplo de esperanza y optimismo después del año que hemos pasado todos. Prologado por Emilio Aragón y con 17 extraordinarias historias de superación, esfuerzo, tolerancia, solidaridad, tesón y sueños cumplidos que nos van a venir muy bien para entrar en 2021 con nuevas fuerzas. Dedicado a la familia, #losquesiempreestan. Y perfecto para regalarte o para regalar a alguien que de verdad te importe.

Como siempre, con fotos del gran Daniel Losada Casanova y textos de un servidor. Os dejo aquí la introducción, para ir inspirando un poco...



Los que siempre están

Este 2020 estamos viviendo tiempos extraños, inciertos, inéditos. La pandemia nos ha caído encima como un gigantesco tsunami, sin previo aviso, generando miedo y desolación a su paso. Hemos sufrido una crisis sanitaria que ha paralizado todo el universo conocido. Y un terremoto social y económico está sacudiendo los cimientos del mundo globalizado y, con especial grado de intensidad, el nuestro. Sumidos en esta oscuridad incierta, hay sin embargo una luz que nos mantiene lúcidos y esperanzados. Miles de lucecitas, en realidad. Miles de pequeños destellos de esperanza que son los que nos van a sacar de este pozo en el que nos ha sumido el infame covid-19. Esos miles de destellos son nuestro faro, la llama que nos guía hacia la salida, hacia la luz. Como siempre han hecho, con esfuerzo, con sacrificio, con generosidad, con amor. Esas lucecitas son los miles de héroes que han luchado –y luchan- contra la pandemia en primera línea. Y también las empresas, fundaciones e instituciones que se están dejando la piel para ayudar a los que más lo necesitan. Lo somos también todos y cada uno de nosotros, responsables de lo que hagamos con nuestras manos, con nuestras palabras y con nuestro corazón. Pero, como siempre suele suceder –y sobre todo en los momentos peores-, la luz que brilla con más fuerza en este estado de excepción mundial es la de las familias, nuestra tabla de salvación, el regazo protector, el abrazo acogedor, el corazón entregado siempre. Nuestras familias es lo que más hemos añorado en los momentos duros del confinamiento; son las que más pérdidas han sufrido, las que más soledad y tristeza han padecido. Pero también han sido ellas las que nos ha mantenido unidos, firmes y esperanzados.



«La familia es la patria del corazón», nos dijo Giuseppe Mazzini, alma de la Unificación italiana. El escritor Michael D. O’Brien va un poco más allá en su novela La última escapada: «El precio que hay que pagar por una familia feliz es la muerte del egoísmo». Y es cierto. La familia es donde crecemos como personas, donde primero dejamos de ser yo para ser nosotros, donde aprendemos el valor de lo importante, que es darnos a los demás. La familia es refugio y guía, es historia y legado, raíces y alas; es el hombro siempre dispuesto y la mano siempre tendida; es el nido protector y el impulso necesario, el aliento –y a menudo también el alimento- de tantos sueños. La familia es el ejemplo cotidiano, silencioso, discreto… y al mismo tiempo perenne e indestructible. Y es, sobre todo, la mejor escuela de amor, en su sentido más profundo. Los que siempre están.

La familia es también el germen de la Fundación LQDVI. El legado vital que el empresario Nick Forstman dejó a sus hijos, aún pequeños cuando él murió de cáncer, y que tituló What Really Matters. Bellísimas reflexiones escritas desde el corazón acerca de la amistad, la enfermedad, la espiritualidad, el trabajo, el matrimonio, los hijos. «Bettina, Delfina y Nicholas, no podéis comprender el amor que siento cuando os miro a los ojos o escucho vuestras voces mientras jugáis. Ser vuestro padre es el mayor honor que me ha sido concedido (…) Si solo tuviera un deseo, sería que vosotros también legarais este amor. Eso es, después de todo, lo que de verdad importa.»



La familia es lo que impulsó cada paso, cada aliento de Nando Parrado en su salida imposible de esa tumba de hielo y roca a la que se vio condenado junto a sus compañeros, en mitad de los Andes. La familia es lo que salvó a Bosco Gutiérrez Cortina de caer en un pozo profundo y oscuro, sin redención, durante los 257 días de su doloroso secuestro. La familia es lo que siempre tuvo Pablo Pineda a su lado para poder caminar con seguridad en un mundo complicado y no siempre comprensivo. La familia es el motor que propulsó a María de Villota hasta lo más alto del podio, en la competición y en la vida. La familia es la fuerza que activa a diario el corazón de Marimar García Garrido para seguir dando gracias a la vida con esa alegría descomunal y contagiosa, tan suya (y tan nuestra). La familia es la esencia, el alma,  la vocación heroica de madre coraje de Lucía Lantero; es la esperanza nunca perdida de Isabel Lavín de la Cavada y el amor siempre presente de Anne Dauphine Julliand; es las piernas de Irene Villa, y su sonrisa perpetua y limpia, sin rencor; es el perdón de buen hijo de Juan Pablo Escobar y el orgullo de padre de Bertín Osborne; es el lazo irrompible de Sergio y Juanma Aznárez y la fortaleza inquebrantable de Kyle Maynard. Sí, la familia es protagonista indiscutible de todas estas lecciones de vida que han pasado –y siguen pasando- por los congresos de LQDVI. Y, como podrás comprobar al pasar la página, también de las historias extraordinarias que hemos seleccionado en este libro, el cuarto volumen ya.

Historias, vidas, ejemplos que demuestran que aún tenemos remedio. Que todavía hay esperanza. Que la lucha de nuestros padres y abuelos no fue en vano. Que los valores que nos legaron siguen vivos, vigentes y activos. Historias que nos enseñan, sobre todo, a ser mejores personas. A pensar un poco más en el de al lado, o en el de abajo, o en el de lejos. Y a no olvidarnos nunca, nunca, del verdadero valor de la familia. Nuestro bien más preciado. Los que siempre están. Los que de verdad importan.



Esa es la gran esperanza. La única esperanza quizá. La certeza de que, cuando esto acabe –porque acabará- habremos aprendido la lección. Que dejemos de mirarnos tanto en el espejo de nuestro egoísmo y empecemos a mirar hacia los lados, hacia adelante, hacia abajo; sobre todo hacia abajo. Y que miremos también más hacia nuestra propia casa, a nuestra familia, a nuestros hijos. Y que atendamos mejor a nuestros mayores, y les cuidemos y les visitemos y les agradezcamos y les dediquemos nuestro tiempo en vida, más que nuestro lamento cuando ya no están. Y que cuando la desgracia azote a otros, cerca o lejos, apelemos a la solidaridad y a la justicia y tendamos la mano y abracemos y acojamos y comprendamos… Y también nos remanguemos y nos ensuciemos y nos convirtamos en pequeños héroes nosotros, con mascarilla o sin mascarilla, en lugar de quedarnos en casa aplaudiendo.

La certeza, sí, de que cuando esto acabe saldremos más fuertes, más tolerantes, más solidarios. De que seremos mejores personas, mejores hijos, mejores padres, mejores vecinos. Puede que solo sea un deseo, una esperanza. Pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento. Así que, mantengamos viva y firme la esperanza. De que salimos de esta, primero, y de que todo -lo bueno, lo  malo y lo peor- habrá servido para algo. O para mucho. Eso es hoy lo que de verdad importa.

 


PS. Lo dijo Einstein: «Nada ocurre hasta que algo comienza a moverse». Este libro que tienes en tus manos, estas historias de valor, de solidaridad, de tolerancia, de superación, de entrega a los demás, van a ser un magnífico empujón. Así que, adelante…