Mostrando entradas con la etiqueta Ara Malikian. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ara Malikian. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de noviembre de 2022

Lo Que De Verdad Importa 2022. Otra sacudida de las buenas


Sucede, a veces, que uno necesita ese empujoncito que le reafirme en sus valores; que le diga que sí, que está en el camino correcto; que, aunque imperfecto, uno es en el fondo buena gente. Sí, todos necesitamos a veces ese empujoncito. Somos así, los humanos. Pero lo de ayer no fue un empujoncito
. Fue una sacudida en toda regla. Lo suele ser, siempre, el congreso de Lo Que De Verdad Importa. Porque lo que allí se vive, lo que allí se palpa, se respira, se ve; lo que allí se escucha y se interioriza no son testimonios más o menos impactantes, más o menos inspiradores; no, lo que allí experimentas son sacudidas brutales a tu conciencia acomodada, a tu vida de queja y pereza, a tu “no se puede”, a tu “es que” y a tu “si yo lo intento”. Y no hablo de los cerca de dos mil jóvenes que tuvieron la suerte –o los reflejos- de conseguir entrada (otros tantos se quedaron en lista de espera; buena señal de que la generación siguiente viene con ganas). No, hablo de nosotros, los maduros, los mayores, los que hoy –se supone- dirigimos el cotarro.

Somos el espejo en el que se miran los niños y los jóvenes de hoy. Somos el ejemplo que les guía en uno u otro sentido; esa es nuestra responsabilidad, la más importante quizá (“Hijo, ten cuidado de por dónde andas” “Ten cuidado tú, papá; yo sigo tus pasos”). Por eso me gusta acudir al Congreso de LQDVI cada año. Por eso necesito acudir al Congreso de LQDVI cada año. Porque nos devuelve a la realidad, a la buena, no a la conveniente; y nos sacude, y nos despierta. Y nos levanta.



Y es que uno, como cada año, llega al congreso de Lo Que De Verdad Importa con sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias, con sus granitos de arena reconvertidos en himalayas imposibles; con su queja latente y su visión nublada de esta vida loca, loca, loca; llega, en fin, con sus gafas de miope emocional, o sus orejeras cargadas de prejuicios, que no le dejan ver más allá de lo que tiene frente a sus ojos y a no más de metro o metro y medio. Y no falla: es llegar y empezar a sentir la magia. Uno ve a esos dos mil jóvenes, apenas 18 o 19 años, contagiándose ilusión anticipada por lo que están a punto de experimentar; ve a los voluntarios, animosos y entregados; y a los habituales amigos de todos los años (patronos y fans incondicionales de LQDVI), que se reservan este día como quien se reserva el día de su boda; y ve a María Franco y su equipo de cracks, rematando con nerviosismo los detalles de última hora, agobiadas (¡bendito agobio!) por la apabullante asistencia, que cada edición desborda el aforo del Palacio de Congresos de IFEMA (lo mismo que todos los aforos, año tras año, en todas las ciudades). Y este año ha venido hasta el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida (“Pepito para mis amigos”), que recuerda a los jóvenes que “el futuro es vuestro, y lo bueno que os pase en la vida dependerá de lo que hagáis hoy”. Aptitud y actitud. Y no traicionarse a uno mismo, ser siempre leal a los principios y convicciones.  

Y entonces, empiezan las sacudidas.

 


Primera sacudida: Marián Rojas. Doctora del alma y experta en felicidad

La autora del best seller “Cómo hacer que te pasen cosas buenas”, psiquiatra vocacional (o médico del alma, como Marián define su profesión) y sobre todo un bellísimo ser humano (un voluntariado en los vertederos de Camboya cambió su vida; luego llegaron otras muchas causas), nos enseñó que la felicidad consiste en ser capaces de disfrutar lo bueno que nos sucede cada día (esas pequeñas cosas) y aprender a gestionar lo malo (eso que nos supera y nos anula).

Y sobre todo advierte a los jóvenes del peligro real -y diagnosticado- que supone estar empantallados durante horas cada día, en búsqueda permanente de la satisfacción inmediata. Una auténtica adicción a la dopamina, tan nociva y tan adictiva como la cocaína. Soledad, vacío, miedo, inseguridad, desilusión, depresión, desinterés por todo… Es la crisis del s. XXI, agravada en los adolescentes por la pandemia. ¿La solución? Trabajo (compromiso, esfuerzo, motivación) y Amor (a uno mismo, a los demás, a las propias creencias). Y mucha oxitocina, esto es, muchos abrazos de más de 8 segundos, mucha empatía, mucho mirarse a los ojos y muchas personas vitamina alrededor.

 


Segunda sacudida: Sarah Almagro. Campeona de surf adaptado… sin manos ni pies.

Sarah es muy joven (22 años) pero muestra una seguridad y una madurez extraordinarias. Será porque tuvo que madurar de golpe –muy de golpe- cuando apenas tenía 18 años. El futuro, eso que planeas tan detenidamente, puede desaparecer en un instante, nos dice. Y entonces te das cuenta de que te has olvidado de vivir el presente. Sarah, multideportista desde los 5 años (surf, tenis, crossfit, fútbol), activa, rebelde, luchadora, vivió ese cambio drástico del destino cuando sufrió una meningitis que le robó las manos y los pies (sus padres se enfrentaron a los médicos para que no le amputaran hasta el hombro y las ingles, que era la idea inicial), y la encadenó a una máquina de diálisis. Fue un golpe durísimo (“¿Por qué a mí?”) que casi acaba en depresión, en rendición.

Pero Sarah peleó por su vida (en equipo con su familia), batió todos los records en la rehabilitación, salió de la silla de ruedas, se libró de la diálisis (su padre le regaló uno de sus riñones) y se volvió a subir a una tabla de surf. En menos de tres años después de aquel coma inducido, en el delgado filo de una muerte casi cierta, Sarah estaba ganando el Campeonato de España (dos veces) y colgándose una medalla de plata en el Mundial de Surf Adaptado celebrado en California. “La vida no es maravillosa. Es una auténtica mierda (enfermedades, pobreza, guerras) pero podemos hacer que sea maravillosa. Depende de ti y de tu actitud”. Al final, nos dice –y nos demuestra- Sarah, la fuerza de voluntad es lo que mueve el mundo.

 


Tercera sacudida: Nacho y Leto. El poder del amor en los momentos más oscuros

La historia de adicción, familias rotas, redención y amor sin fisuras de Nacho y Leto fue una demostración de hasta qué punto se puede desnudar un alma en público. Algo habitual en los congresos de LQDVI, porque aquí nadie juzga; sólo escucha, interioriza, entiende –o no- y reflexiona. Nacho era un adolescente con una vida cómoda y una familia normal, como cualquier otra. Pero solo en apariencia. Porque el alcohol era el dueño de ese hogar y los hijos fueron las primeras víctimas. Enviado a los 9 años a un internado en Suiza, a 9.000 km de su casa y de sus padres, en México, Nacho se sentía abandonado, rabioso, una bomba de emociones y problemas conductuales en el colegio. Esa bomba acabó explotando en Madrid, donde fue a vivir con su madre, ya separada. Ahí probó el alcohol y ya no lo soltó. Le gustó ese efecto de evadirse, borrarse, ser otro. A la fiesta se unieron luego el hachís y la cocaína. Y encadenado a esa noria se pasó años.

Conoció a Leto y se enamoró. Nacho intentó bajar el nivel de drogas y alcohol durante esa relación. Pero siempre volvía (“la cagaba, la cagaba y la cagaba”). Ni siquiera cuando ella se quedó embarazada y meses después nació Lola. El día del parto Nacho estaba colocado. Entre Miami y Madrid la cosa no cambió, hasta que Nacho eligió salvarse, por su familia más que por él, e ingresó en un centro de desintoxicación. Tenía 24 años. Tras seis meses de tratamiento intenso y duro, resucitó. Se volcó en el deporte (sacrificio, orden, conducta), acabó la carrera y volvió con Leto. Se casaron y hoy viven una vida feliz, limpia, serena (aunque Nacho sigue yendo a terapia), rodeados de cuatro hijos de cuento (Lola ya tiene 16) y arropados por todo el amor del mundo. Una vida sumida en la oscuridad durante años que vio la luz gracias al milagroso poder de la familia.

 


Cuarta sacudida: Ara Malikian. El poder transformador de la música, incluso entre las bombas.

Ara Malikian es hoy un músico conocido y admirado en todo el mundo. Violinista virtuoso y especialista en sacudir los formalismos inamovibles de la música clásica, colecciona sold outs en los más prestigiosos teatros y auditorios (y en plazas de pueblos y pequeñas iglesias) y es recibido con los brazos abiertos en docenas de países. Un tipo peculiar y exitoso, carismático y global. Y un hijo de la guerra. Malikian nació de padres armenios huidos al Líbano por un genocidio que el gobierno turco aún niega. A los 6 años le tocó vivir otra guerra que duró más de 20 años. Allí, entre las bombas y los disparos, el pequeño Ara practicaba el violín día y noche, en casa o en el sótano (“Como los Beatles en el garaje” le motivaba su padre). Y allí, entre las bombas y los disparos, Ara descubrió el poder transformador de la música: esos sótanos estaban llenos de fiesta, baile, canciones, música, ¡vida! Algo parecido a la felicidad.

Con el tiempo, sus padres lo enviaron a estudiar música a Alemania, cuna de Bach, Mozart y Beethoven, pero donde él se sentía un bicho raro. Tocando en bares y “amenizando bodas judías durante cuatro años” logró pagarse los estudios. Y descubrió, de paso, que las razas y las religiones no están hechas para odiar (como le habían enseñado desde pequeño), sino para unir. Y la música es el pegamento de contacto. Practicó duro, diez veces más que sus compañeros, y se convirtió en un virtuoso del violín. Y también en un renovador. Porque Ara amaba la música clásica, pero también se impregnaba de todas las músicas que escuchaba en los bares y clubes en los que tocaba. Luego, estuvo 7 años en una orquesta en un teatro de ópera; un salario, seguridad, confort… pero se sentía atrapado, “hasta que salí del foso”. Años después, con su violín al hombro, conquistó el mundo. Y descubrió que aquel viejo violín (un “Alfredo Ravioli” auténtico) que le regaló su padre había salvado la vida de su abuelo años atrás, disfrazado de violinista para huir del genocidio armenio. Al final, nos dice Ara, la música tiene un gran poder, porque llega al corazón. Y es un arma poderosísima para hacer del mundo un lugar más justo, más noble y más respetuoso con los demás. Nuestro deber, con o sin violín, es intentarlo.

 


Después de escuchar estas cuatro historias y sentir estas cuatro sacudidas uno ya no es el mismo que cuando entró en ese majestuoso auditorio. Es lo que tienen los congresos de LQDVI. Que te sacuden por dentro como una ola de seis metros en Mavericks. Y te dejan baldado. Y renovado. Y, sí, un poco mejor persona. Eso es, al fin y al cabo, lo que de verdad importa.

Lo dijo Jorge Font, ponente habitual, deportista y poeta: “Si no vas a un congreso de LQDVI, no te pasará nada. Pero si vas, te pasa algo seguro”. Hasta el año que viene, pues. 






martes, 20 de noviembre de 2018

Talento callejero. Cuando la música es la vida.


Los músicos callejeros son habitualmente despreciados por los insensibles viandantes de las grandes ciudades o, en el mejor de los casos, simplemente ignorados. Algunos de ellos son molestos, es cierto; pero muchos otros poseen enorme talento, cuando no auténtica genialidad. Sólo nos piden que nos detengamos un minuto, que escuchemos su música y que, si acaso, echemos una moneda. Muy poco para lo mucho que ellos dan.



Son muchos los músicos que deleitan con su talento nuestro acelerado ir y venir en metros, parques, calles y plazas de las grandes ciudades. No cuentan, claro, los moscones desesperantes del acordeón y el organillo; hablamos de música, no de zumbidos. Sin embargo, el arte de estos músicos –a menudo inmenso- no siempre es apreciado en su justa medida; tal vez sea por ignorancia o falta de sensibilidad; o quizá por esta vida a contrarreloj que sufrimos y nos impide detenernos simplemente un par de minutos, escuchar y disfrutar de la belleza. La respuesta a esta pregunta es lo que pretendió averiguar el Washington Post a través de un curioso experimento: colocó a Joshua Bell, uno de los violinistas más prestigiosos del mundo, en el vestíbulo de una transitada estación del metro de Washington, en plena hora punta; el músico callejero (por un día) estuvo haciendo gala de su virtuosismo durante casi una hora ante los indiferentes transeúntes. Más de mil personas pasaron frente a Bell y apenas una decena se detuvieron a escuchar las maravillosas piezas de Bach y Schubert interpretadas por el maestro con un Stradivarius "Gibson ex Huberman", único en el mundo y valorado en tres millones de dólares. Solo una mujer, que reconoció a Bell, se detuvo a escuchar durante varios minutos y luego charló con él unos instantes. Los otros mil y pico pasaron de largo a toda velocidad –la velocidad habitual- sin girar la mirada siquiera. Probablemente sin oír la magia siquiera.
Idéntico experimento se realizó en el metro de Madrid, de la mano del violinista libanés afincado en España Ara Malikian, y tampoco en esta ocasión apenas se detuvo nadie, salvo un par de transeúntes con poca prisa y quizá algo más de sensibilidad; ni siquiera los más caritativos, que lanzaban a la carrera unos céntimos en la funda del violín, cuya recaudación final sumó 5,35 euros. Ara Malikian, sin embargo, agradece la experiencia y reivindica el talento de sus colegas de la calle: “Tocar en lugares como estos es una verdadera vocación y hay intérpretes muy buenos”. Y tiene razón. Los metros, plazas, callejuelas y parques del mundo están repletos de grandísimos músicos, ya sean jóvenes en busca de una oportunidad, exmúsicos profesionales caídos en desgracia o, simplemente, homeless de portentoso talento natural.



Tal es el caso de Damián Salazar, un joven virtuoso de la guitarra eléctrica que toca en la calle Florida de Buenos Aires y que a sus 19 años de puro talento se ha convertido en una verdadera celebridad, interpretando con su peculiar estilo los más famosos punteos de artistas como Guns and Roses, Dire Straits, Scorpions o Pink Floyd. Lo mismo que Tim, maestro del punteo bluesero, y ya una leyenda callejera en su desnudo escenario de piedra, a los pies de la Ópera de la Bastilla en París. Algunos años más tiene el simpático abuelo que interpreta Johnny Be Goode en una calle de Bruselas, acompañado únicamente de su guitarra acústica, su barba de Papá Noel y una inquebrantable pasión por los clásicos del rock&roll. John William Windham, también abuelo, tocaba el blues con el corazón en las aceras de San Francisco, entre el parque junto al estadio de los Giants y la tercera parada de autobús de la 22; vivía en la calle desde hacía años y allí fue robado y asesinado en 2007; pero los que le escucharon tocar aún recuerdan su sempiterno cigarrillo colgado de los labios, su mirada pícara y su blues de alma negra al más puro estilo Mississippi, donde había nacido 70 años atrás.
Otra vieja gloria de las estaciones de metro y autobuses de Nueva York es conocido y reconocido como Danny Small. Una voz portentosa que interpreta con maestría clásicos del soul (Jackie Wilson, My Girl, Sitting On The  Dock Of The Bay, Without You In My Life), y que encandila a cualquier mortal que pase por ahí y tenga un mínimo gusto por la buena música. “Nunca aprendí a cantar; simplemente escucho una canción y la interpreto. ¡Canto sin cantar!” dice, y se ríe. Danny llegó a tener una banda, pero ahora vive en el metro, en algún punto entre Harlem y el Midtown. Y es feliz, porque ama cantar y en cada “concierto” reúne a su alrededor unas decenas de agradecidos admiradores de ese talento inmenso y generoso.
Lo mismo que el mítico Grandpa Elliott, un icono de las calles de Nueva Orleans durante décadas; su voz, su armónica y su reconfortante presencia han tocado incontables corazones a lo largo de los años, y especialmente tras el devastador paso del Huracán Katrina. Hoy, el anciano y jovial Grandpa ha dejado la calle para ser el alma de una peculiar banda formada por músicos callejeros de todo el mundo, unidos en un movimiento cuya misión es tratar de cambiar la sociedad a través de la música. Su nombre, Playing for Change Fundation.
               La idea nació hace una década, cuando la abogada, coreógrafa y actriz Whitney Kroenke conoció al productor musical y director Mark Johnson en Los Angeles y juntos dieron forma a este proyecto. Mark había perfeccionado un estudio móvil con el que grababa a músicos callejeros de todo el mundo interpretando una misma canción, cada uno con su instrumento o su voz, para luego combinar sonido e imagen en un original, multiétnico y maravilloso vídeo. El primer capítulo se empezó a grabar y filmar en octubre de 2001 con el mítico soul Stand By Me, de Ben E. King.
El estudio de grabación móvil empezó a recorrer el mundo localizando músicos que ‘tocaran’ el corazón. Los primeros fueron Grandpa Elliott, en Nueva Orleans, y Roger Didley, conocido en las calles de Santa Mónica como “la voz de Dios”; todo talento, alma y dedicación, y cuya interpretación de Stand By Me sobrecogió el corazón de Mark y le convenció de que el proyecto debía seguir adelante (“esta canción dice: no importa quién seas, no importa dónde vayas, lo único importante es que tengas alguien a tu lado” introduce Didley al comenzar su canción). A ellos se fueron uniendo la tabla de lavar de ‘Washboard’ Chaz (Nueva Orleans), la voz de Clarence Bekker (Amsterdam), la percusión tribal de Twin Eagle Drum Group (Nuevo México), la pandereta de François Vigué (Toulouse), la mandolina de Cesar Pope (Río de Janeiro), el chelo de Dimitri Doganov (Moscú) el coro africano de Sinamuva (Congo), el saxo de Stefano (Pisa), la batería de Kissangwa (Congo), las guitarras de Geraldo & Dionisio (Caracas), el contrabajo de Pokei Klaas (Sudáfrica) y los bongos de Django Degen (Barcelona).

Hoy son ya 76 los episodios grabados por Playing for Change en las calles de todo el planeta, cada uno de ellos una auténtica e inspiradora joya musical. Fieles a su lema “conectando al mundo a través de la música”, han creado una banda liderada por Grandpa Elliott y formada por músicos africanos, europeos y americanos que recorre el mundo alegrando los corazones e iluminando las almas de cientos de miles de personas, y recaudando fondos para ayudar a músicos sin recursos y otros proyectos solidarios. Cuando regresen a España no se lo pierdan, les tocará de lleno.
“La música nos rodea. Lo único que tenemos que hacer es escucharla” sentencia el portentoso y precoz August Rush en esa maravillosa oda a la música como forma de vida —en la calle, en un club o en un auditorio— que es El triunfo de un sueño. Una película imprescindible para todos aquellos que nos detenemos unos minutos a escuchar el talento callejero, sólo por el placer de escuchar buena música.