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jueves, 16 de enero de 2020

Think BIC! Homenaje al boli de nuestra vida



En la era de la revolución digital, de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la sociedad virtual, no viene mal recordar uno de los inventos más revolucionarios, exitosos y aparentemente simples de la Historia. Tal vez sea exagerado compararlo a la rueda, la polea o la imprenta, pero en aquellos años de carencias y pesadumbre tras la II Guerra Mundial, el boli BIC logró, como los otros grandes inventos de la Humanidad, facilitarnos la vida. Que no es poco.


En 1950, el inquieto Marcel Bich y su socio Edouard Buffard, que unos años antes habían adquirido en París una fábrica desocupada con la idea de producir partes para plumas y lapiceros, crearon un producto que reunía toda la practicidad y avances tecnológicos de la época, y que invariablemente marcó un gran salto para la Humanidad en el desarrollo de la escritura cotidiana: el bolígrafo Bic Cristal. Aunque en realidad, el verdadero creador fue el húngaro Laszo Biró en 1938, cuyo ingenio consistía en una bola de acero en la punta de un cilindro, lleno de tinta especial que bajaba por acción de la gravedad, cubría la bola y se secaba al instante sobre el papel. El invento de Biró se llamó birome, y fue la base sobre la que Marcel Bich diseñó su propia bola metálica, perfeccionando el flujo de tinta de forma que acabó para siempre con los molestos borrones. Bich quitó la ‘h’ de su apellido (para evitar incómodas sonoridades con la palabra ‘bitch’) y el nuevo bolígrafo firmó su página en la historia con el nombre de Bic, “el bolígrafo mediano”.



En 1953 salió de fábrica el primer bolígrafo Bic Cristal y la primera palabra que escribió fue “éxito”. Una acertada premonición, desde luego, porque aquella tinta era petróleo. La producción inicial de 10.000 unidades diarias se multiplicó hasta las 250.000 en sólo tres años. En poco tiempo la revolución Bic se extendió por todo el mundo, hasta llegar a los 160 países actuales, en los que se venden 15 millones de bics cada día. Con los años, la compañía comercializó otros exitosos inventos del propio Bich, tan dispares y tan geniales como mecheros, cuchillas de afeitar desechables, canoas, tablas de surf y hasta móviles.

El ingenioso Barón Marcel Bich murió en 1994, a los 79 años de edad, después de una prolífica biografía creadora y procreadora (tuvo once hijos).

Hace un par de años, en la primavera de 2018, este pequeño invento tuvo incluso su propia Exposición, nada menos que en el prestigioso Centquatre de París, donde protagonizó una colección de arte contemporáneo sin precedentes. Más de 150 trabajos artísticos entre dibujos, fotografías y esculturas, de artistas procedentes de todo el planeta, unidos por una inspiración común: el boli Bic.

Y es que desde hace casi siete décadas, el Bolígrafo Bic forma parte de la Historia tanto como el boli bic de la historia de cada uno. Todos tenemos nuestros propios recuerdos inseparables de un boli bic. Desde nuestra tierna infancia y esos ‘murales abstractos’ que aparecían en las paredes del salón (blanco lienzo donde los haya); o en el colegio, para escribir dictados, pintar gafas y pipa a Sócrates en el libro de Filosofía o disparar bolitas de papel mojado en plan cerbatana de precisión; o en la Facultad, tatuándonos brazos y manos con oportunos ‘recordatorios’ en los exámenes (también escritos con compás y paciencia infinita en el propio boli, para lo que se tardaba, más o menos, el tiempo de estudiar la asignatura completa); y por supuesto en el trabajo, garabateando inconscientemente en aburridas reuniones o firmando prometedores negocios. 

Sí, el boli Bic es parte imborrable de nuestra particular historia, de mi historia también; tan imborrable como su tinta azul o negra sobre el papel de mis cuadernos, habitualmente llenos de terroríficos garabatos adornando mis apuntes. Mis primeros  relatos y poesías adolescentes, mis primeros dibujos de cómic o las primeras ideas creativas que presenté a mis clientes nacieron de un Bic. También fue parte inseparable de mi afición a la música, en forma de improvisadas baquetas o rebobinando las decenas de casetes que grababa cada año (¿os suena?). Y quién no recuerda aquel inolvidable jingle, que marcó a nuestra generación y que aún hoy recordamos y tarareamos con indisimulada nostalgia: “Bic naranja escribe fino; Bic Cristal escribe normal”. 




Y yo me pregunto: sesenta y siete años después de su nacimiento, cuando miles (millones) de jóvenes emprendedores repartidos por el mundo globalizado e hipertecnológico están tratando de inventar la nueva app que revolucione el mercado, ¿cuántos están inventando el nuevo Bic? ¿Un ingenio del alcance, la versatilidad, la simplicidad, la longevidad y la universalidad del boli bic?




lunes, 14 de octubre de 2019

Cirque du Soleil: Laliberté, Fraternité, Genialité


El circo, desde siempre, es sinónimo de magia, de fantasía, de sorpresa, de espectáculo, de fascinación. Pero su mejor definición está escrita en el rostro de un niño, de cualquier niño, la primera vez que asiste a una función circense. Y es exactamente la misma expresión que se escribe en el rostro de un adulto, de cualquier adulto, cuando acude por primera vez a una función del Cirque du Soleil. Y todas las demás veces. Una magia que nació en las calles de Quebec y ahora fascina al mundo entero.



Cuando llegas a una función del Cirque du Soleil lo primero que sientes es que te envuelve una atmósfera especial. El color, la estética, la música, el vestuario, la puesta en escena… poco a poco percibes que te estás adentrando en un mundo mágico y sorprendente, algo que no habías conocido, ni siquiera imaginado, en tu vida anterior. Una sensación que se transforma automáticamente en fascinación en el instante de comenzar el espectáculo, con el primer foco, con la primera nota, con la primera aparición. A partir de ese momento, tu boca ya no se vuelve a cerrar, tus ojos no se atreven a parpadear y tus manos y tu corazón no cesan de aplaudir hasta que se apaga el último foco, hasta que se pierde la última nota.

Entre el primer y el último instante, han pasado ante tus asombrados ojos bufones, trovadores, saltimbanquis, acróbatas, contorsionistas, malabaristas o payasos, decenas de artistas que realizan proezas imposibles porque, sencillamente, no son de este mundo. Esta es la esencia del Cirque du Soleil, una nueva concepción artística que, partiendo de los números circenses tradicionales, añadió vestuario, coreografía, música, iluminación, glamour, argumento y diferentes disciplinas para crear un espectáculo absolutamente innovador, cuyo objetivo final es, en palabras de su fundador: “asombrar y dejar al público sin aliento”. Tal cual.


Magia callejera

No siempre fue así, claro. Aunque sí ha mantenido intacta su atmósfera de mágica fascinación, el Cirque du Soleil nació del arte callejero. Su fundador y alma creativa, Guy Laliberté (1959), ya tenía la certeza a los 16 años de que dedicaría su vida a las artes escénicas. Comenzó tocando el acordeón en un grupo de música folk (La Gueule du loup) por las calles de Quebec, su ciudad natal, y después por Europa, donde aprendió otro ancestral arte ambulante: el de tragar fuego. A su regreso a Quebec, en 1979, se unió al grupo de échassiers (caminantes con zancos) de Gilles Ste-Croix; juntos organizaron una feria de verano en Baie Saint Paul, a la que se unió el futuro socio de Laliberté, Daniel Gauthier. Les Échassiers de Baie-Saint-Paul recorrieron las calles de la localidad sorprendiendo a los transeúntes con su espectáculo visual de bailarines, acróbatas y tragafuegos. Una experiencia que el verano siguiente repetirían en Quebec.


En los años posteriores cambiaron su nombre por Le Club des talons hauts pero no su actividad callejera. En 1982 organizaron un gran festival cultural en Baie Saint Paul al que asistieron artistas callejeros de todo Canadá; la convocatoria fue un éxito y una experiencia que sembró en las mentes de Laliberté y Ste-Croix la idea de fundar un circo. Un año después convencieron al gobierno para subvencionar un espectáculo que recorrería en 1984 todo el país como parte de los festejos que celebraban el 450 aniversario del descubrimiento de Canadá. Le Club recibió 1,5 millones de dólares y se convirtió en Le Grand Tour du Cirque du Soleil, primera vez que se utilizó el término que acabaría siendo reconocido en todo el mundo. Un “montaje dramático de artes circenses y esparcimiento callejero”, como reseñaba su espíritu fundacional.

El tour resultó un éxito, aunque no financieramente. Con 60.000 dólares en el banco, Laliberté solicitó al gobierno una nueva subvención, que le fue concedida (a regañadientes) y le permitió estrenar una segunda temporada de Le Grand Tour, que pasó a llamarse simplemente Cirque du Soleil. Era el mes de mayo de 1985. El reto era ahora convertir al grupo de artistas callejeros en un verdadero circo. Añadieron música, dramatización, nuevos artistas, números innovadores y mucha imaginación y nació su primer espectáculo, La Magie Continue. Recorrieron Canadá con una carpa para 800 espectadores, con gran éxito de público y crítica, a pesar de lo cual bordearon de nuevo la quiebra.



Invocar la imaginación, incitar a los sentidos

Después de tres años de duro trabajo y sinsabores financieros, en 1987 logran salir de Canadá por primera vez. Su destino, el Festival de Artes de Los Angeles. Sólo viaje de ida, pues ni siquiera disponían de fondos para poder regresar a Quebec. Lo reconoce el propio Laliberté: “Aposté todo a esa noche. Si fallábamos, no habría dinero para regresar a casa”. Afortunadamente ganó la apuesta y la triunfal presentación de su producción Cirque Réinventé permitió que el Cirque du Soleil no sólo sobreviviera, sino que comenzara una carrera imparable hacia el firmamento del show business. Después de Los Angeles llegaron otras ciudades americanas y luego Europa y Japón; la carpa para 800 personas se transformó en la Grand Chapiteau actual, con capacidad para 2.500; en 1992 se instaló el primer espectáculo fijo, en el Mirage Hotel de Las Vegas y, a partir de ahí, la conquista del mundo, un nuevo show cada dos años (van ya 22) y unos beneficios millonarios con cada gira.

Aquel grupo de 20 artistas callejeros y 50 empleados de Le Club que en 1984 definieron su misión como “invocar la imaginación, incitar a los sentidos y evocar las emociones de la gente en todo el mundo” alcanzan hoy los 5.000 empleados –de ellos 1.300 artistas- procedentes de 50 países, con 22 espectáculos que han fascinado –y siguen fascinando- a más de 100 millones de espectadores. El sueño de un visionario llamado Laliberté hecho mágica realidad.


Buscadores de tesoros 

Las claves que explican el éxito del Cirque du Soleil a lo largo de estos casi treinta años pueden resumirse en tres: originalidad (mezcla de circo, arte, danza y teatro, además de reinventarse en cada espectáculo); perfección (sólo valen los mejores, cada número es sinónimo de excelencia técnica y estética); y emoción (conexión total con el espectador, ofrecerle una experiencia realmente única de principio a fin). Para lograrlo no vale cualquiera, claro. Y esta sea tal vez su mayor dificultad: encontrar el talento adecuado. A esa labor se dedican sus “buscadores de tesoros”, 60 expertos que rastrean el mundo en busca de artistas, gimnastas, deportistas de élite (muchos medallistas olímpicos) que quieran prolongar su carrera. Sólo tienen que cumplir dos requisitos: excelentes condiciones atléticas y expresividad, capacidad de dar vida a un personaje.

El atleta o artista idóneo será luego entrenado durante meses en un estudio/laboratorio especial, con sede en Montreal. Allí aprenderá a potenciar sus cualidades físicas y, sobre todo, a transmitir emoción, a actuar en el escenario. Aprenderá también a convivir con personas de multitud de países y culturas; y a trabajar para el equipo, para el éxito de la compañía, no para su ego. El reto de cada producción del Cirque du Soleil es ser mejor que la anterior; todos, desde el director artístico hasta la encargada del guardarropa, son conscientes de que siempre están a un paso del fracaso, que el éxito en el pasado no garantiza el futuro; y es esta preocupación, bien gestionada por los directivos, la que obliga a cuidar hasta el detalle más nimio y buscar permanentemente la perfección y la creatividad.


La vida en el Cirque du Soleil no es fácil, obviamente. El trabajo es duro, el entrenamiento es exhaustivo y en algunos espectáculos los artistas están viajando durante años (Saltimbanco lleva de gira desde 1992); pero esto crea también unos lazos entre el personal que no se dan en ninguna otra organización. Además, la compañía cuida al máximo la calidad de vida de sus trabajadores, incluidas sus familias (hay programas de estudios para los hijos). Cada cual encuentra sus propias razones para pertenecer a esta gran familia circense: Para Fernando Dudka, equilibrista argentino, “Vengo del mundo de la gimnasia y aquí tienes más capacidad para expresarte”; a David Chala, percusionista cubano, lo que le atrae es que “dentro del número siempre queda un pequeño hueco para la improvisación”; y al español Pablo Gomis, payaso, le motiva viajar y descubrir que “el humor cambia de un país a otro”.

A Guy Laliberté, su fundador, además de ver cumplido su sueño y haberse convertido en multimillonario, le motivan otras dos buenas causas: sacar a los niños de la calle a través de su programa Cirque du Monde y combatir la pobreza mundial facilitando el acceso al agua potable con la Fundación One Drop, creada en 2007. La buena causa que nos motiva a los espectadores es, simplemente, soñar durante un par de horas y vivir una experiencia que perdurará toda la vida.


Un atardecer en Hawai

El nombre Cirque du Soleil (Circo del Sol) nació una tarde de 1984, mientras Laliberté admiraba una puesta de sol durante un viaje a Hawai; buscando una denominación para su nuevo espectáculo optó por usar el término en francés soleil, como símbolo de “juventud, dinamismo y energía”. Un nombre que transmite, en cualquier país del mundo, el espíritu, la magia y la personalidad original, intransferible del Cirque du Soleil. Sólo intentaron cambiarla una vez… y la lección quedó aprendida: Sucedió en la primera actuación fuera de las fronteras de Québec, en Notario, cerca de las Cataratas del Niágara. Como el público era mayoritariamente anglosajón, Laliberté decidió adaptar el nombre al inglés y denominarlo Circus of the Sun. El espectáculo fracasó. Las razones fueron probablemente variadas, pero la lección que aprendió Laliberté es que al perder su nombre perdieron también su originalidad, su esencia. Su magia.

El último show estrenado en España, Kooza. Que lo disfruten.






jueves, 12 de enero de 2017

Dalí y Disney: unidos por el Destino


El 14 de enero de 1946, Salvador Dalí firmó un contrato con Disney Studios para trabajar en un corto de siete minutos de dibujos animados. Su título, Destino. Durante meses, Dalí acudió cada mañana a trabajar al estudio de animación de la Avenida Dopey, en Burbank, como un empleado más. Pero su intenso trabajo (unas 15 pinturas, 135 bocetos y numerosos dibujos) permanecieron décadas en el olvido, ya que el gran proyecto Disney-Dalí nunca llegó a ser realidad (o surrealidad). Hasta hoy.


La historia de este Destino que unió a los dos genios para la eternidad comienza, sin embargo, diez años antes, en el verano de 1936. Por aquellos días, el más anárquico de los Hermanos Marx, Harpo, andaba de visita por Europa. Un ferviente admirador de la obra “marxista” llamado Salvador Dalí (que consideraba su película El conflicto de los Marx el culmen de la evolución del cine cómico) viajó expresamente a París para encontrarse con el genial mudo en una fiesta; el encuentro fue un verdadero flechazo artístico. Unos meses después, Dalí envió a Harpo un peculiar regalo de Navidad: una estrambótica arpa con alambres de espino y clavijas-tenedor, toda envuelta en celofán. La amistad creció con el tiempo y con las ocurrencias de ambos, y cierto día comenzaron a colaborar en una idea para una película surrealista, Giraffes on a Horseback Salad (algo así como “Jirafas en una ensalada montada a caballo”); Dalí escribió el guión, pero la obra nunca se llegó a filmar: en opinión de la Metro Goldwin Mayer era demasiado surrealista incluso para los hermanos más surrealistas de Hollywood. Al igual que los bocetos de Destino, durante casi 60 años se pensó que el material se había perdido, pero en 1996 algunas de las imágenes que el pintor bocetó para Giraffes fueron halladas entre sus papeles; hace unos años pudieron admirarse en la exposición Dalí & Film en la Tate Modern de Londres.


Un encuentro de pesadilla

Dalí amaba Hollywood. En ningún otro lugar era tan atrevidamente difusa la línea que separaba, o que unía, fantasía y realidad. “Estoy en Hollywood, donde he contactado con los tres mayores surrealistas americanos: Harpo Marx, Disney y Cecil B. DeMille. Creo que los he contagiado suficientemente y espero que aquí el Surrealismo se convierta en una realidad”, escribió en 1937 a su colega André Breton. Desde luego, Dalí se encontraba en Hollywood como reloj derretido en sus cuadros. Era admirado por su arte y por sus excentricidades, le invitaban a fiestas y eventos, realizó exposiciones, salía habitualmente en los periódicos y hasta fue portada de las revistas Life y Time. En 1941 la Twentieth Century Fox le contrató para diseñar la secuencia de una pesadilla en la película Moontide, de Fritz Lang; Dalí realizó numerosos bocetos y pinturas, pero justo el día después de comenzar el rodaje, el 7 de diciembre, la Armada Imperial Japonesa atacó Pearl Harbor y, además de 13 buques americanos, hundió Moontide.

Unos años después, en 1944, Dalí regresaba a Hollywood para crear una nueva pesadilla a las órdenes de otro genio, esta vez Alfred Hitchcock. La película en cuestión era Recuerda, protagonizada por Gregory Peck e Ingrid Bergman, y el orondo director tenía muy claro por qué quería a Dalí: “todos los sueños en las películas son borrosos. No son verdad. Dalí diseñaba los sueños tal y como deberían ser... negras sombras, larguísimas perspectivas, todo muy definido; muy real”. Hitchcok y Dalí trabajaron casi un mes en la famosa secuencia onírica, y el resultado forma ya parte de la historia del Cine. La escena es, sin duda, la más recordada de Recuerda.


Destino

Dalí y Disney se habían conocido unos años antes, en 1940, en el transcurso de una cena en casa del productor Jack Warner en Hollywood. Ambos ya se admiraban mutuamente, Dalí pensaba que las animaciones de Disney eran una ampliación del surrealismo, y éste pensaba que él era un verdadero genio, rebosante de imaginación. El mítico y extraño delirio etílico de Dumbo (1941) tiene mucho de Dalí, pero Disney quería más. Quería un proyecto genuinamente daliniano, basado íntegramente en los diseños del pintor. Un proyecto que finalmente comenzó a gestarse en enero de 1946, cuando Dalí empezó a crear oficialmente para Disney en el corto Destino. El trabajo se prolongó durante ocho meses y Dalí diseñó escenarios, personajes, paisajes y objetos en un collage de imágenes oníricas que narran la transformación de una princesa-bailarina y sus avatares por un mundo desértico de sombras alargadas, relojes derretidos, ojos misteriosos, hormigas y tortugas gigantes en busca de su príncipe (“una sencilla historia de amor, donde el chico encuentra a la chica”, en palabras del propio Disney). Pura poesía gráfica, rebosante de romanticismo, lirismo y surrealismo a partes iguales.


Por razones presupuestarias, el visionario proyecto nunca llegó a realizarse, hasta que en 2003 Roy E. Disney (sobrino de Walt) lo resucitó y, partiendo del guión, la música, los dibujos y los story boards originales, logró hacerlo realidad. Desde hace unos años, estos seis minutos y medio nacidos de la magia de dos de los más grandes genios del siglo XX, y que han permanecido olvidados en un oscuro cajón durante seis décadas, pueden ser finalmente admirados por el mundo entero, en la nueva edición en DVD de Fantasía y Fantasía 2000… y en Internet

La espera, sin duda, ha merecido la pena.


martes, 3 de enero de 2017

Leonardo da Vinci: genio de muchas almas



Leonardo Da Vinci fue un “hombre de muchas almas”, según expresión de la época. Fue, en efecto, muchas cosas y en todas puso el alma. Pintor, escultor, músico, arquitecto, urbanista, ingeniero militar, científico, anatomista, matemático, naturalista. Y también inventor fecundo y polifacético, precursor del automóvil, la bicicleta, el tanque, las cadenas articuladas, el batiscafo, la ametralladora y la aviación. Fue genio y hombre, perfeccionista y caótico, apasionado y curioso. Siempre artista. Y, ante todo, un enamorado de la vida.

Tal vez suene a tópico afirmar que Leonardo Da Vinci nació en el lugar adecuado y en la época propicia para desarrollar su infinita capacidad creadora. Pero así es. En el año 1452 Italia era un mosaico de ciudades-estado, pequeñas repúblicas y feudos bajo el poder de los príncipes o el papa. Todos ellos amaban dos cosas: la guerra y el arte. Así que hacían la guerra para conquistar poder y riquezas; y con éstas compraban el arte que hacía resplandecer aquél. El abono ideal para un genio renacentista. Un talento inusual, el de Leonardo, que su padre le descubrió de niño (cuando se topó con un dibujo de Medusa tan realista que casi le derriba del susto) y que potenció enviándole, a los 14 años, al taller de Andrea del Verocchio en calidad de aprendiz.
            A lo largo de seis años, aprendió del maestro todo lo que éste le pudo enseñar sobre pintura, escultura, técnicas y mecánicas de la creación artística. Cuando Leonardo abandonó el taller para comenzar su carrera como artista libre, el discípulo ya había superado al maestro. Tras unos años desarrollando sus habilidades en Florencia, en 1482 se presentó ante el poderoso Ludovico Sforza, dueño y señor de Milán, para quien trabajaría durante diecisiete años como “pictor et ingenierius ducalis”. Y aunque oficialmente su principal ocupación era la de ingeniero militar, sus proyectos abarcaron la hidráulica, la arquitectura, la mecánica, además de la pintura y la escultura.

Es en esta época cuando su verdadero talento artístico comienza a deslumbrar. Lo que él consigue, está más allá de su tiempo. Leonardo funde magia y técnica, razón y arte en una nueva y revolucionaria técnica: el sfumato. Difumina sombras y luz, disolviendo los contornos de los objetos con la atmósfera que los rodea. Esta alquimia prodigiosa de la luz nos descubre una realidad más poética, rebosante de sensibilidad, de vida y ciencia. Porque para él la belleza no se limita al arte. Como describe Dimitri Merezhkovski en su novela biográfica El romance de Leonardo, “Veía con el mismo goce la fuerza desarrollada por las máquinas, ruedas, palancas, resortes, correas, cilindros de hierro o engranajes, que la fuerza del Espíritu por la que se mueven los mundos”.
            Esta mezcla obsesiva de arte y ciencia lleva a Leonardo constantemente de un extremo a otro, sin orden aparente. Acaba de dibujar el rostro de la Virgen María en el momento de escuchar la anunciación del arcángel -su cabeza sutilmente coronada, la encantadora belleza de sus rizos, el misterio de sus ojos- y de pronto entra un criado gritando con excitado entusiasmo “¡Monstruos, meser Leonardo, os traigo monstruos!”. Y aparece con una pléyade de horribles mendigos que posarán a cambio de cena y vino. Y Leonardo deja de lado el bello rostro y se sienta con los monstruos, los observa con profunda y ávida curiosidad y, cuando ya borrachos muestran su peor expresión, toma papel y dibuja sus caras con el mismo lápiz que unos minutos antes acababa de retratar la divina sonrisa de la Virgen María. Y es que, para Leonardo, belleza y fealdad son las caras de una misma moneda: el arte, la ciencia. “Una gran fealdad es tan rara entre los hombres como una gran belleza; lo mediocre es lo frecuente.”

Leonardo es, ante todo, gran observador. (“Mira, instrúyete, observa para conocer la expresión de todos los sentimientos humanos” aconseja a sus discípulos). Con curiosidad casi matemática busca expresiones, reacciones, rostros, modelos; anota sus observaciones, dibuja, analiza. Llena cientos de cuadernos (códices) con bocetos, ideas y escritos que siglos más tarde nos acercarán a la verdadera dimensión de su genio. Pero su trabajo es caótico, de tan prolífico. Lo quiere abarcar todo y la mayoría de lo que empieza queda sin terminar. Se puede pasar días trabajando en la cabeza del apóstol San Juan, en La última cena, y cuando le queda el toque final se queda en casa estudiando el vuelo de los abejorros o las moscas; y examina la estructura de sus alas tan profundamente que descubre que las patas traseras les sirven de timón: un hallazgo que aplicará a su máquina voladora. De seguido, se olvida de la mosca y se vuelca en un escudo para la Academia Milanesa de pintura. A veces, durante días observa y dibuja gatos, sus posturas y costumbres; o contempla con idéntica curiosidad los peces y otros animales acuáticos en una pecera. O el vuelo de un halcón cayendo en picado sobre su presa, movimiento que rápidamente dibuja en su cuaderno. Es diverso e inconstante (“genio del desorden”); y se asombra de todo, alegre y ávidamente, como un niño.

Sabe de todo y todo le atrae. Es capaz de planificar una ciudad para 35.000 habitantes con calles de dos alturas o proyectar un canal que une el río Ticinio con el Sesia para regar las praderas de Lomellina; puede diseñar un carro de combate con imposibles cuchillas o un ingenio mecánico que mide los segundos con asombrosa precisión; y también mostrar las proporciones del hombre perfecto o escudriñar sus músculos y huesos previa disección.

Pero su verdadera obsesión (y frustración) es volar. Y al diseño de una máquina voladora dedica largas horas de investigación y meditación. Curvado sobre su mesa de trabajo, hundido en sus pensamientos, acariciándose con sus finos dedos y gesto lento su larga barba ondulada, observa a través de la ventana el vuelo de una golondrina: “¡qué fácil, qué sencillo!” se maravilla, acompañándola con la mirada, envidioso y triste; luego contempla en su cuaderno el gigantesco esqueleto de murciélago de su último intento y se pregunta si lo logrará algún día. Su ayudante ejerce de piloto de pruebas; sube al tejado, se coloca alrededor del cuerpo vejigas de buey y cerdo para no romperse los huesos, levanta las alas y, empujado por el viento, vuela escasos metros, agita los pies en el aire y cae verticalmente sobre un montón de estiércol, reventando todas las vejigas con gran estrépito. “¡Esta máquina nos conducirá a todos a la ruina!” exclama, cuando logra sacar la cabeza del pestilente montículo.

Hacia 1499 su protector, Ludovico, pierde el poder y Leonardo regresa a Florencia tras 20 años de ausencia. Allí entabla amistad con Maquiavelo y trabaja para César Borgia y su desmesura guerrera. Continúa pintando, por libre y por encargo, y continúa también dejando obras inconclusas (La batalla de Angheri). No es el caso de su pintura más sublime, perfecta y querida. A lo largo de tres años, en las tardes brumosas de luz tenue, el maestro prepara con desacostumbrado mimo pinceles y pinturas en espera de la hora (“hoy la luz y las sombras parecen hechas para su rostro”); invita al estudio a los mejores músicos, cantantes y poetas para distraer y evitar el aburrimiento de la dama, una mujer de unos 30 años, vestida con un traje sencillo y oscuro, un ligero velo transparente que baja hasta la mitad de la frente. Es monna Lisa, la Gioconda; hija de Antonio Gerardini y esposa de Francesco di Giocondo.
Leonardo ha pasado ya la cincuentena, pero se impacienta como un niño en espera de su premio del día. Cuando llega, piensa que la viviente monna Lisa le parece menos real que la retratada en el lienzo. Tal es el grado de perfección que ha logrado otorgar a la pintura. Lo esencial del parecido reside menos en los rasgos del rostro que en la expresión de los ojos y la sonrisa. Una sonrisa que ya había reflejado en su Eva, y en el ángel de la Virgen de las Rocas, y en Leda y en muchos otros rostros femeninos antes de conocer a la Gioconda; como si toda su vida, en todas sus creaciones, hubiera buscado el reflejo de su propio encanto y lo hubiese encontrado al fin en el rostro de la monna Lisa. Una sonrisa llena de misterio, serena, semejante a un agua tranquila y transparente; y al mismo tiempo irreal, lejana, extraña. Una sonrisa que se refleja en el alma del propio Leonardo. Igual que su mirada.

Sus años finales los pasa Leonardo en Amboise como “pintor, ingeniero y arquitecto oficial” del rey francés Francisco I. Se lamenta de la dispersión de su obra, de la multitud de proyectos inacabados. Trata de concluir sus estudios para construir una máquina voladora, con la esperanza de que la creación de las alas humanas salvaría y justificaría toda la labor de su vida. Se entrega a la tarea con tenacidad, sin pensar en la muerte, dominando la enfermedad; olvidándose de comer y dormir, pasa noches enteras haciendo cálculos y dibujos. Pero el agotamiento acaba por minar sus fuerzas. El 23 de abril de 1519, sábado de Pasión, manda llamar a un confesor y a un notario, para quedar en paz con Dios y con el mundo.
Escasos días después, en la mañana del 2 de mayo, ante Fray Guillermo y su discípulo Francesco Melzi, su corazón deja de latir. Su rostro conserva esa expresión de serena y profunda atención que Leonardo mostraba con tanta frecuencia. Recibe sepultura en el convento de San Florentino, aunque pronto su tumba –y su memoria- fue quedando olvidada en el tiempo. Su fiel Francesco escribió: “Creo que todos deben afligirse por la pérdida de un hombre tan extraordinario como no volverá a haber jamás. ¡Dios mío, concédele eterno reposo!”