viernes, 15 de marzo de 2019

Team Hoyt. Mi padre es mi héroe.




El Ironman es la prueba más dura y exigente del Triatlón: 3.800 metros nadando en mar abierto, 180 km en bicicleta y 42,2 km de carrera a pie. Sólo los atletas más resistentes y preparados tienen el valor de participar, después de años de entrenamiento. Si a esa dureza extrema le añadimos remolcar una pesada barca mientras nadas, cargar con un sidecar acoplado a tu bicicleta y correr empujando una silla de ruedas con un individuo de 70 kilos encima, ya no eres un atleta, eres un héroe. Y hace falta mucho más que el más exigente de los entrenamientos para llegar a la meta. Hace falta sentir mucho amor por ése a quien llevas. Tanto, que verle sonreír mientras tú resoplas por el esfuerzo sea tu mayor recompensa.

Los héroes están en boga. Desde el cine, el cómic, la televisión y los kioscos nos invade una legión de seres extraordinarios provenientes de la tierra, el mar o un planeta lejano, que combaten el mal con poderes prodigiosos y espíritu abnegado y salvan a los humildes mortales de los villanos más crueles, abyectos y retorcidos. No es una moda puntual; en realidad, siempre ha sido así. Desde los héroes clásicos hasta los modernos superhéroes, de Ulises a Spiderman miles de generaciones a lo largo de la historia hemos admirado las hazañas increíbles de esos semidioses invencibles y nos hemos rendido ante sus valores de entrega, honor y justicia. Y eso está bien. Todos necesitamos héroes.

Pero existe una raza de héroes que va más allá de estas superhazañas, que supera a los ídolos de ficción en generosidad, esfuerzo, tesón, sacrifico, valentía. Son los héroes de la vida real; los que entregan su vida por otro, minuto a minuto, veinticuatro horas al día, empujados por un poder muy superior a cualquier superpoder: el amor.

Uno de estos héroes es Dick Hoyt. “Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia” escribió Scott Fitzgerald. Si hubiera conocido a los Hoyt habría escrito una historia de amor. Una historia que comenzó en 1962. Y comenzó mal. Cuando Rick nació, el cordón umbilical se enrolló alrededor de su cuello provocándole una parálisis cerebral. Los médicos cercenaron cualquier esperanza, condenando a Rick al estado vegetal de por vida; incluso llegaron a aconsejar a sus padres que lo sacrificaran. “Bueno, esos doctores ya no están vivos; pero me hubiera gustado que vieran a Rick ahora”, reprocha Dick, con cierta tristeza, tal vez pensando cómo habría sido su vida sin la otra mitad del equipo Hoyt. Más vacía, probablemente. Y mucho menos emocionante, con toda seguridad.


Desde muy pequeño, Judy y Dick Hoyt decidieron criar a su hijo de la manera más “normal” posible, junto a sus hermanos menores y en la escuela pública. Intentar convencer a las autoridades de que Rick era capaz de entender aunque no pudiera hablar fue su primera batalla. Y su primera victoria. La segunda fue cuando un grupo de ingenieros se interesaron por su caso, al descubrir sus habilidades de comprensión (“Le contaron un chiste y Rick se partió de risa” cuenta Dick), y desarrollaron un ordenador que le permitía escribir sus pensamientos a través de pequeños movimientos de cabeza.

Pero la historia interesante comienza en 1977. Rick, gran aficionado al deporte, quería participar en una carrera benéfica a favor de un deportista local que se había quedado paralítico. Convenció a su padre, que empujó a Rick durante cinco millas en su silla de ruedas. Terminaron los últimos, pero ese día, por primera vez, Rick no se había sentido como un discapacitado. Éste fue el pistoletazo de salida para una vida dedicada a la competición de maratones primero y triatlones después. “Cuando decidimos participar en un triatlón, papá entrenó hasta 5 horas al día, 5 veces a la semana, incluso cuando estaba trabajando”, recuerda Rick. Y lo que es más, tuvo que aprender a nadar.

Desde entonces, el Equipo Hoyt ha participado oficialmente en mil carreras, incluyendo más de 200 triatlones, 6 competiciones Ironman, más de 60 maratones y un recorrido de 3,735 millas en bicicleta por Estados Unidos. En 2011, a los 70 años, Dick tomó la decisión de retirarse oficialmente de la competición; la edad, un pequeño infarto sufrido en una carrera y el descubrimiento de una arteria obstruida en un 95% aceleraron su decisión. Aunque, según comentó uno de los médicos: “Si no hubieras estado en tan excelente forma, probablemente hubieras muerto hace 15 años.”
Hoy, Rick vive en su propio apartamento, y trabaja en Boston (otro de sus logros: se graduó en la Universidad); Dick, por su parte, vive retirado en Holland, Massachusetts. Pero el Equipo Hoyt siempre encuentra la manera de encontrarse y volver a ‘trabajar’ juntos, dando charlas y conferencias por todo el país o compitiendo en una que otra carrera los fines de semana.


Cierta vez le preguntaron a Rick qué era lo que más desearía darle a su padre; “que él se siente en la silla y que yo pueda empujarlo”, respondió. Este mensaje de entrega, amor y superación que transmite el Equipo Hoyt, ha llegado a miles de personas a lo largo de todos estos años y ha inspirado a muchísimas familias con hijos discapacitados, que han transformado su tragedia en esperanza. “Zachary irá al colegio; mira a Rick Hoyt, si él lo hizo, Zach también puede”, Danya, madre de un niño con parálisis cerebral. “Me dijeron que nunca andaría y después de 40 intervenciones en mi cuerpo, estoy entrenando para mi primer maratón”, Mike, veterano de guerra. “Lloré de emoción al verles correr. Dick me miró y me dijo ‘muchísimas gracias’” Bob, entrenador de atletismo. “Tú y tu hijo sois la inspiración para más gente de la que podáis imaginar”, Kevin, corredor de maratón. “Nancy y yo os enviamos nuestra más calurosa felicitación por vuestra labor humanitaria y ejemplar. Que Dios os bendiga”, Ronald Reagan, presidente de los Estados Unidos.


 “Un héroe lo es en todos los sentidos y maneras, y ante todo, en el corazón y en el alma” escribió Thomas Carlyle. Ése es sin duda el tipo de heroísmo que define a Dick Hoyt. Y a Danya, la madre de Zachary. Y a Begoña y su hijo Luis. Y a Juani y Pedro, su marido. Y a Santiago. Y a Laura. Y a miles y miles de héroes callados cuyo día a día es una hazaña inconmensurable, demostrando que la generosidad absoluta, la entrega total a otro es posible; que el verdadero héroe no necesita más que un poder: el amor, que todo lo puede, que todo lo da sin pedir nada a cambio, salvo, tal vez, una sonrisa, un ‘gracias’, un ‘te quiero’.


miércoles, 13 de marzo de 2019

Lucía Lantero. El ángel de los niños de Haití (Ayitimoun yo)


La historia de Lucía es una hermosa historia de amor. La historia de amor entre una joven cántabra que vivía una vida normal y confortable, recién licenciada en Ciencias Gastronómicas, y unos niños haitianos que vivían un infierno de miseria, esclavitud y prostitución; de madres que se ven obligadas a regalar a sus hijos. De cólera. De huracanes. De HAMBRE. Lucía Lantero llegó a la región más pobre del país más pobre del continente americano para hacer voluntariado durante tres meses. Pero después de lo que allí vio y vivió ya no se pudo marchar. Decidió montar un orfanato para sacar a esos niños de su infierno y ofrecerles una mínima seguridad, que ellos a su vez han transformado en infinita felicidad.




Hace 6 años, por una de esas casualidades de la vida, Lucía fue a parar a Haití; concretamente al punto fronterizo más pobre y alejado del mundo que llamamos civilizado. Haití, olvidado por ese mismo mundo civilizado durante décadas, salió a los medios de comunicación en 2010 a raíz del terremoto que asoló el país. Pero antes ya era uno de los países más pobres del planeta, un territorio asolado por la miseria, la deforestación y el hambre. 
El hambre.

Lucía viajó hasta aquel rincón perdido y olvidado porque creía que podía aportar algo, ayudar a mitigar ese hambre atroz con sus conocimientos de agricultura y conservación de alimentos (allí, para tratar de engañar a sus estómagos, los haitianos comen galletas de barro). Tres meses de voluntariado, pensó, serían suficientes. Pero a su llegada, la vida le dio un giro de 180º. Porque lo que allí encontró fue un país completamente derruido, asolado por el terremoto, cuyas casas (por llamarlas de alguna forma) fabricadas con adobe, barro, paja y excrementos de burro, duraron lo que un castillo de naipes frente a una galerna. Dos millones de personas lo perdieron todo (casa, vida, familia, esperanza). Para la mayoría, la única salida era —y es— atravesar la frontera y llegar a la próspera República Dominicana donde, con suerte, podrían trabajar en régimen de semi esclavitud en los cañaverales o en cualquier otro boyante negocio del país vecino.

Alexis, un amigo francés al que Lucía conoció en su época de estudiante, la convenció para ir a Haití, a colaborar en un proyecto sobre semillas y deforestación. Lucía aceptó. Planificó su estancia y comenzó su periodo de voluntariado con la idea de regresar a España a los tres meses. Sin embrago, el destino le tenía reservados otros planes.
    Tras el terremoto, la situación aún podía empeorar en Haití. A la cólera, el hambre y el pillaje se sumó una tormenta tropical que terminó de arrasar el país. A Lucía y sus compañeros les aconsejaron refugiarse en República Dominicana, que se encontraba a sólo unos minutos. Y es precisamente allí donde Lucía encontró la nueva razón de su vida: niños haitianos perdidos por las calles, tirados por las calles, hambrientos y desamparados. Sucios, descalzos y harapientos. Alexis y ella les acogieron y les dieron de comer pan y zumos; los niños les contaron su historia, cómo sus madres tienen tanta hambre que se ven obligadas a regalarlos para al menos intentar sobrevivir por separado, ellas y sus hijos. Niños abandonados a su suerte que probablemente sepan que van a acabar víctimas de la esclavitud, de la prostitución, del tráfico de órganos. En cualquier caso, son dinero. La ley de la supervivencia.


No me puedo volver

En medio de aquella miseria, Lucía se dice: “No me puedo volver”. No, no puede dejar abandonado a “Chiquitín”; o a ese otro niño que le confiesa cómo le viola un hombre todas las noches; o al que le cuenta cómo transcurren sus días buscando comida donde no existe, expuesto a las enfermedades, sin hogar, sin familia, viviendo una infancia sin vida, ni presente ni futura.
    Resuelta a encontrar una solución, Lucía empieza a remover Roma con Santiago para proporcionar un hogar a esos niños. Gracias a las gestiones del padre Antonio se reúne con las administraciones y ong’s. Tiene unos ahorros, que pone a su disposición. “Les dije: tomad mi dinero y hacéis lo que podáis”. Hay lugares en los que, en efecto, las cosas suceden así. Pero no allí. Allí, o lo haces tú o nadie lo va a hacer por ti. No existía un orfanato, ni un centro de acogida ni nada semejante. “¿Cómo puede ser?”, se pregunta Lucía. Pero tampoco existe respuesta. Decide quedarse y ayudar a esos niños desamparados. “No puedo conseguir que sean felices, pero sí que esta noche no les violen, que esta noche no les peguen”. Ahora es ella la que convence a Alexis para que se quede a ayudarla.

Regresan los dos a Haití, al otro lado de la frontera, en busca de una casa que haga las veces de hogar y encuentran una que estaba en construcción, sin ventanas ni puertas, sin suelo; pero hay un techo, al menos. Y paredes. Piensan Alexis y Lucía que han cruzado la frontera solos, pero a sus espaldas escuchan una voz que les llama a gritos: “¡¡Lucíaaa, Lucíaaa!!”. Son los niños, que han atravesado la frontera ante el temor de que no volvieran sus recién encontrados ángeles.


El comienzo no fue fácil en absoluto. Los niños estaban asilvestrados. No habían recibido educación, ni cariño. Para la sociedad eran ratas. Además, Lucía y Alexis no sabían nada de ong’s, ni de leyes, ni de permisos… Compran material de construcción y tienen que dormir en tiendas de campaña junto a ese material para que no se lo roben por la noche. Pero esa noche, por primera vez en su vida, los niños duermen tranquilos. El padre Antonio consigue cinco colchones y, también por primera vez, duermen en blando; no saben qué hacer con las sábanas, es algo extraño para ellos; juegan con ellas, se pelean con ellas, se pierden entre tanta blanca suavidad, pero duermen felices.

Lo peor, sin embargo, llegó de donde menos lo esperaban. Desde organizaciones supuestamente amigas surgen voces críticas hacia su labor: “¿Qué hacen, si no saben nada de estos niños? No tienen conocimientos de psicología, no pueden quitarles sus armas naturales, ni crearles falsas esperanzas”. Lucía y Alexis hacen caso omiso. Tiran para adelante como buenamente pueden. No es fácil, ni mucho menos. Otro problema añadido era la propia agresividad de los niños. La miseria hace asomar lo peor del ser humano. Se pelean con machetes, cuchillos, botellas. Es lo que han visto en sus mayores. Es lo que han aprendido para defenderse. Y allí todos son potenciales enemigos. Son miles de niños huérfanos por todo el país, víctimas del terremoto, de la cólera… y de sus propias familias: “allí las parejas no duran mucho tiempo, y cuando la madre se vuelve a casar, el nuevo padre no quiere a esos niños, los vende, los maltrata”.

Son momentos muy duros. Pero su decisión de quedarse y continuar luchando es inalterable. Llega al orfanato la tía de Lucía, Marta, que resulta ser un bálsamo de moral, de tranquilidad y de disciplina: “¡Hasta que no estén todos sentados no se come!” Fue el primer día que comieron sentados, ¡y con tenedores! La tía Marta trae también dinero, experiencia y, lo más importante, esperanza. Una ayuda extra que a Lucía le da la vida. Pero no pueden con todo; el dinero se acaba pronto, los recursos escasean, las fuerzas menguan. Se sienten solos, diminutos ante una empresa tan inabarcable.

Buscan ayuda en otras ong’s y en la administración, pero incomprensiblemente se estrellan contra un muro de insolidaridad. Les llegan a acusar de no ser legales, de aprovecharse de los niños. “Dudaban de nosotros; pensaban que estábamos haciendo dinero con ellos… ¡incluso violándolos!” Tienen que profesionalizarse si quieren recibir apoyo y ayudas. “En España, Quatrecasas nos adoptó, nos ayudó a tener marco legal y a regularizar nuestra situación”. Finalmente se convierten de forma oficial en Ayitimoun Yo (“Niños de Haití”), una Asociación Sin Ánimo de Lucro. 


Cuando todo cobra sentido


Los niños están felices, porque tienen protección, porque comen todos los días. “Cuando comen son felices. Mil veces más que nosotros. Porque se preocupan del hoy, no del mañana. Mientras tengan comida y no tengan ninguna enfermedad, son felices”. Esa es la clave, vivir el presente. Lucía lo sabe también: “si yo hubiera pensado en el mañana no habría hecho nada. Cuando piensas en el mañana dejas de pensar en lo que es importante hoy”. Empiezan a organizarse, a establecer horarios; los niños comienzan a ir al colegio, que para ellos es un auténtico lujo: se visten de punta en blanco, devoran los libros. Saben lo importante que es la educación. Saben que es la única salida.

Por fin, todo parece cobrar sentido. La lucha, el esfuerzo, la esperanza. Pero la tragedia se cierne de nuevo sobre el país. Es su sino. A la isla llegan casi seguidos dos huracanes de nivel 2. Gracias a la inestimable ayuda de los Cascos Azules y los voluntarios, los niños permanecen a salvo en el interior de un container. Afuera, los destrozos son brutales. No queda nada. Ni un saco de arroz, ni una cabra, ni agua, ni carreteras, ni un gramo de esperanza.
Pero la vida ha de seguir. La suya y la de los pequeños.

Pasan los meses, un año, dos años. Lucía y Alexis, flanqueados por su pequeño ejército de voluntarios, llevan ya 2 años y tres meses en la isla. Ahora tienen más confianza y experiencia, pero ello no impide que la vida se haga más dura a cada instante. La madre de Lucía les visita por primera vez, pero no elige el mejor momento: la dueña de la casa les ha subido el precio del alquiler hasta una cifra que ellos no pueden pagar… y tienen que abandonar el que ha sido su hogar durante tanto tiempo. Se quedan en la calle. Y, lo que es peor, saben que nadie les va a alquilar una casa. No son muy populares por allí. La salvación llega a través de una monja a la que conocen, que les deja un terreno y los Cascos Azules les prestan tiendas de campaña. Las autoridades —corruptas— les amenazan con quitarles a los niños. Y lo hacen delante de los propios niños. La cara de terror se refleja en sus rostros: saben demasiado bien cuál es su destino si Lucía no se ocupa de ellos (algunos han encontrado bidones llenos de huesos… los restos inservibles del tráfico de órganos que son quemados tras extraer la parte valiosa). 

Pero lo peor no es el miedo, es la angustia constante por conseguir fondos, por recaudar dinero suficiente para aguantar un día más, una semana más. La solución llega a través de un primo de Lucía, que graba un vídeo sobre Ayitimoun Yo y lo cuelga en internet, a la búsqueda desesperada de ángeles anónimos. A través de una web de crowdfunding recaudan 72.000 dólares en sólo dos meses. Gentes de Tokio, Nueva York, de Chile, de Perú, de todas partes, hacen pequeñas donaciones por el simple hecho de que creen en Lucía, en su historia, en su sinceridad. “Ahí volví a confiar en que la gente, cuando sabe lo que sucede, colabora en lo que puede”. Ese dinero les permite continuar, comprar un trozo de tierra y empezar a construir su propio hogar. Tienen un proyecto agrícola, pequeñas cosechas que les van a ayudar a ser autosuficientes: tomates, patatas. Han aprendido a plantar semillas, y eso les va a dar la vida en un lugar donde no existe apenas comida. También han proporcionado trabajo a los padres, construyendo canales para el agua o edificando la casa, que está ya casi terminada del todo.



Lo que cuenta es el día a día. 

“Hay un proceso emotivo que nadie nos ha enseñado. No te enseñan a lidiar con las emociones de la empatía. Pero esa es la verdadera humanidad. Hay que dar un paso más: querer conocer, poder sentir lo que siente la otra persona. Hay que saber más, qué pasa con todos y cada uno. Tenemos esa responsabilidad. Debemos mirar más hacia abajo; no hacia arriba, a los que tienen, sino a los que no tienen nada. La suerte que tenemos de haber nacido aquí es una responsabilidad para los que no han tenido tanta suerte”. Lo más importante, nos recuerda Lucía, es la empatía. Pero una empatía que se transforme en acción.

Lucía Lantero renunció a su vida, “pero ha merecido la pena cada segundo. Estaba convencida de que no iba a ser  feliz, pero cuando renuncias a tu zona de confort y superas el miedo te das cuenta de que la felicidad no es un objetivo, sino una consecuencia de vivir con valores. Cuando vives haciendo lo que crees que es justo, la felicidad llega sola; porque la felicidad es una consecuencia de tus actos”.
    La consecuencia de la entrega de Lucía es que estos niños han dormido tranquilos, sanos y a salvo durante todos estos años. “Para ellos es el día a día lo que cuenta. Y yo me siento afortunada porque me han dado la oportunidad de ser instrumento para los demás. Tienes que dejar de pensar en ti, ni siquiera para mirarte en el espejo. Olvidarte  totalmente de ti, porque no hay nadie más ahí”. Y, porque si ella no está, esos niños lo pierden todo. Otra vez.

La otra gran lección de Lucía es que no hay nada que sea imposible. “Si yo (una inepta en casi todo y desde luego nada preparada) he podido llegar hasta aquí, no hay nada que no pueda hacer cualquiera”. Aunque, reconoce, en más de una ocasión ha pensado que ahí ha habido algo más: “Yo lo llamo milagro. Sí, estoy convencida de que Dios ha tenido mucho que ver en esto”.


Para Lucía volver a España no es una opción, salvo que sea para recaudar fondos. “Ellos están ahí porque yo estoy con ellos. Sencillamente, no puedo volver”. Ella no se siente una heroína, ni una víctima, ni mucho menos una fracasada. Sino una persona inmensamente feliz, porque está donde quiere estar, con aquellos a los que quiere. “El éxito es obtener lo que se desea, la felicidad es disfrutar lo que se consigue”, cita a Emerson. Una frase que define plenamente el estado actual de Lucía, y que justifica su sonrisa (“Si sonríes a la vida, la vida te sonríe”, dice). Sobre todo teniendo en cuenta que su único miedo (“¿Qué pasará con mi vida si me caso y tengo hijos?”) ya no tiene cabida: Lucía se casó hace dos años con Yago, y hace unos meses nació su primer hijo. La decisión, por supuesto, es vivir en el que ya es su hogar, en Haití. Allí, la familia seguirá creciendo. En número, en felicidad, en valores. Eso es lo que de verdad importa.

Ayitimoun yo (AYMY) no tiene subvenciones ni ayuda oficial de ningún tipo, sobrevive únicamente por la generosidad de donantes particulares. Así que si quieres colaborar, es tan fácil como entrar en su web y hacerte socio o realizar el donativo que quieras. Tu recompensa serán unas cuantas sonrisas de infinito agradecimiento.
    También es importante que sepas que cada céntimo recaudado está destinado íntegramente a los niños; tanto Lucía y Alexis como los voluntarios y colaboradores se pagan su manutención, sus gastos y sus viajes. Aquí no hay dietas, ni sueldos, ni comisiones… ni euros que se van quedando por el camino.


(Esta historia forma parte del segundo libro de la Fundación Lo Que De Verdad Importa)


viernes, 8 de marzo de 2019

8-M Mujeres y trabajo, feminismo y respeto



Hay, en verdad, muchas mujeres en todo el mundo que merecen ser felicitadas en su día. Mujeres tenaces que se han abierto camino en un mundo de hombres (aunque cada vez menos) y que han llegado a gobernar naves a las que antes sólo podían acceder como grumetes (¿o grumetas?). Metáforas aparte, sí es cierto que hace unas décadas las mujeres españolas tenían que pedir permiso a sus maridos para viajar, para trabajar y casi, casi para respirar. Hoy, le pese a quien le pese, la cosa ha cambiado mucho. Y las mujeres tienen las mismas posibilidades profesionales que los hombres, en la teoría y (casi) en la práctica; queda aún mucho camino por recorrer para superar ese ´casi´, especialmente en la equiparación de salarios y acceso a los cargos de mayor altura en las empresas y organizaciones. Pero no es solo una cuestión de leyes ni de manifiestos ni de ministerios, es sobre todo una cuestión de hechos, de actitud; de reivindicar menos y practicar más. De dar ejemplo, no lecciones.


En realidad, no sé si cada 8 de marzo celebramos El Día Internacional de la Mujer o El Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En mi humilde opinión de hombre, la diferencia es inexistente, pues salvo alguna excepción parasitaria (especialmente en la política de altura, es decir, de bajura), la gran mayoría de las mujeres en nuestro país son trabajadoras. Otra cosa es que ese trabajo sea reconocido como un éxito profesional o sea considerado un avance de la sociedad moderna y progresista. Pero trabajar, vaya si trabajan.

Personalmente, he tenido la suerte de conocer mujeres que han llegado a dirigir importantes empresas, directoras generales, consejeras delegadas y hasta presidentas. Conozco mujeres que detentan altos cargos de la Administración y manejan presupuestos millonarios; y también muchas grandes profesionales de las finanzas, la docencia, la investigación, el deporte, la empresa, la comunicación, las fuerzas de seguridad, la hostelería, la Solidaridad… En todos los ámbitos y en todos los puestos. Y hoy es su día.


Pero también he conocido mujeres que han dejado una carrera profesional exitosa para cuidar a su marido inválido, día tras día durante años; y he conocido mujeres que lo tienen todo y han decidido vivir su vida al servicio de los que no tienen nada; y mujeres que apenas saben escribir pero poseen un doctorado en nobleza y capacidad de sacrificio; he conocido mujeres capaces de dejar su trabajo y su ciudad para acompañar a su madre enferma de soledad; y mujeres que dejaron su país para ganarse cuatro perras en el nuestro, sólo para que allá sus hijos tuvieran una educación mejor; y mujeres que nunca llegaron a prosperar porque prefirieron estar tres horas más en casa, haciendo deberes o luchando con su prole por veinte minutos de lectura en inglés. Y hoy también es su día.

He conocido mujeres con tres hijos cruelmente enfermos que, a pesar de sus jornadas de 24 horas, son incapaces de perder la sonrisa ni la esperanza; mujeres emprendedoras que podrían tener un despacho con vistas al éxito y que eligieron ver el fracaso de cada día en los comedores sociales; mujeres que piensan que el verdadero éxito es entregarse a los demás, ya sean jóvenes con valores, huérfanos en Haití o deportistas de élite en silla de ruedas; mujeres líderes que no salen en la Prensa porque no han creado una empresa de éxito, sino "solamente" una ong; mujeres que ahora cuidan niños en una guardería por un sueldo que no llega a mileurista –y por feliz vocación- después de cuidar cuentas millonarias en una multinacional... 

Y hoy también es su día.












  
También mujeres que nunca se han preocupado por eso de la emancipación, la liberalización o la dignidad en el trabajo. Para las que ser "ama de casa" es tan digno como ser "directora general"; para las que el éxito social es hacer lo más felices posible a los suyos; para las que la remuneración más valiosa es entregarse a los demás; para las que su único Curriculum Vitae es el que llevan impreso en las arrugas del rostro y en los callos de las manos; para las que la carrera más prestigiosa es la "maternidad" y el título más valorado es el de "madre". O el de "hija". A todas ellas, en el Día Internacional de la Mujer, siempre trabajadora, felicidades. Y sobre todo, gracias.

Y por terminar con un final acorde, qué mejor que estas dos reflexiones, de un hombre y de una mujer que sabían muy bien lo que decían: «El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres». Simone de Beauvoir. «Nuestra sociedad es masculina, y hasta que no entre en ella la mujer no será humana» Henrik Johan Ibsen. Mucho se ha avanzado, y especialmente en España, por mucho que lo nieguen el radicalismo feminista y los políticos machistas que se aprovechan del radicalismo feminista. Quedan otros muchos países en los que la mujer es aún más esclava que libre (en el Islam, en África, en Latinoamérica), y tal vez la rabia reivindicativa de las feministas occidentales debería dirigirse más hacia allí, donde es infinitamente más necesaria. Pero, claro, la política es la política. En fin.

Y termino con mi reivindicación particular. Solo una petición: que la palabra más importante que salga de nuestra boca al referirnos a una mujer, de cualquier condición, edad, raza, cultura, profesión y demás circunstancias, sea RESPETO. 




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viernes, 22 de febrero de 2019

Jacobo Parages. Un corazón como un océano


Cuando Jacobo atravesó a nado el Estrecho de Gibraltar, en verano de 2013, él no era experto en ultra distancias. De hecho, nunca había nadado en aguas abiertas. Este fue su primer reto, “el reto más importante de mi vida”. La idea era ayudar a los chicos y chicas con síndrome de Down que comparten con él piscina y amistad durante sus largas horas de entrenamiento, en un centro deportivo de Madrid. Recaudar fondos para su causa y regalarles una ilusión. Pero la afición de Jacobo por la natación llegó unos años antes, y por una causa diferente. El nombre técnico es espondilitis anquilosante, la realidad se resume en una sola palabra: dolor. Una enfermedad que te afecta a lo más básico de tu día a día, que convierte el gesto más sencillo en una hazaña, que te obliga a prepararte mentalmente ante el simple hecho de salir de la cama o atarte los zapatos. No digamos lanzarte a una piscina y nadar durante dos horas y media cada día. Y sin embargo, en contra de la opinión de los médicos, que le pronosticaron una vida resignada  y pasiva (“incompatible con la práctica deportiva”), Jacobo decidió que a él lo que le iba era la actividad, el deporte, la vida plena. Y esa decisión le salvó.


“¿Dónde mueren los sueños? En un lugar llamado miedo”.

Cuatro años después de serle diagnosticada la enfermedad, cuatro años después de vivir cada minuto de su vida pendiente del dolor (mitigado únicamente a base de pastillas, y no del todo), Jacobo decidió quitarse sus miedos de golpe e ir en busca de sus sueños (“No me quería morir sin cumplir mis sueños, y la espondilitis no me iba a detener”). Llenó una mochila con un cargamento de antiinflamatorios y se lanzó a dar la vuelta al mundo. Como suena. ¿El plan? Ninguno. “Siguiendo el sol”, esto es, partiendo de Tahití ir saltando de país en país siempre hacia poniente: Nueva Zelanda, Australia, Papúa, Tailandia, Vietnam, Laos, Camboya, Filipinas, China, Tíbet, Nepal, India, Pakistán, Irán, Turquía, Grecia y luego África… “Fue una experiencia como 7 masters”. Las pastillas se acabaron, pero la fuerza mental no. La experiencia le llenaba de tal manera que desconectó de su enfermedad. “Cada día era un regalo”, incluyendo aquellas tres semanas que permaneció en cama, aislados —él, su compañero de viaje y la novia de éste— por una riada salvaje, en una aldea perdida al norte de Pakistán. Tres semanas de dolor insoportable, aunque sí superable. “Como casi todos los días desde los 28 años”.

El viaje, el sueño, duró 15 meses. Pero el dolor no se fue. Su día a día era un continuo martirio. “Tardaba diez minutos en poder salir de la cama; abrocharme la camisa era casi imposible”. Convenció a su médico de que probara con él un nuevo tratamiento, experimental, con inyecciones que eliminan el nivel de inflamación del cuerpo… ¡que eliminan el dolor! “A las dos semanas estaba haciendo el pino. Mi vida cambió radicalmente”. Jacobo aprendió a patinar, volvió a nadar, a montar en bici. Se planteó un reto cada año, y el del año 2013 fue cruzar el Estrecho a nado. Entrenó duramente durante veintiún meses, diariamente, con mucho esfuerzo y dedicación plena (en sus horas libres). “Pero pensé: lo absurdo es hacerlo para mí y busqué una razón de peso. Ahí entró la Federación Síndrome de Down de Madrid (una causa a la que siempre ha estado muy unido, por amistades y familiares). Qué mejor que regalárselo a ellos, y compartirlo también con todos los afectados de espondilitis”. La idea, concienciar, a los afectados y a la sociedad, de que se pueden hacer cosas a pesar de las supuestas incapacidades. De que el dolor o la enfermedad no deben hundir una vida, y de que simplemente flotar tampoco es vivir. Hay que luchar contra la corriente, contra el dolor, contra la apatía, contra el miedo. El reto se logrará o no, pero el solo hecho de luchar supone haber vencido a la enfermedad.



Ilusión compartida

Fue una travesía de 18,8 kilómetros, 3 horas 46 minutos que cambiaron su vida para siempre. Y la de mucha gente. Empezando por su compañero de piscina, Pablo, un joven con síndrome de Down que acompañó a Jacobo durante los primeros 400 metros, haciendo el reto un poco más suyo y elevando su ánimo un poco más por las nubes. También la de muchos otros niños y mayores Down, y la de miles de afectados de espondilitis, algunos de los cuales contactaron con Jacobo para darle las gracias por la ilusión compartida, por el ejemplo y por el nuevo estado de ánimo con el que afrontan ahora su drama. Una madre con un hijo de 18 años, jugador de baloncesto, con las dos rodillas destrozadas y condenado a una silla de ruedas de por vida si no cambiaba la mentalidad; un atleta de Granada, especialista en triatlón; otro de Pamplona, interesado por el tratamiento; un afectado que llevaba 15 años sufriendo la enfermedad, el dolor, y que acabó en su mismo médico… “Lo único que pretendo es intentar darles un poco de luz, demostrarles que ellos también pueden superar la enfermedad. Que es una decisión que ellos deben tomar”.

A su llegada a Punta el Vaar, en Tánger, nada más pisar tierra, Jacobo dedicó un emotivo recuerdo a “todos los hombres, mujeres y niños que, en busca de una vida mejor, han perdido la vida en el Estrecho. Para todos ellos, una oración”.

Una misión, una vida, una sobrina
Una oración, un homenaje que salió del corazón de Jacobo con plena intención y profunda sinceridad. Por su relación con el propio Estrecho (que conoció con apenas dos meses de vida y con el que ha tenido siempre una sensibilidad especial), y por su relación con el continente africano. Especialmente Malawi. Una estrecha franja de desierto, pobreza y sobrepoblación al sureste de África que marcó su vida hace ya 18 años. Jacobo acudió a la misión de María Mediadora como voluntario durante tres meses, para ayudar a las misioneras en su proyecto de construir un internado para que las chicas pudieran prepararse para la universidad y tener una oportunidad de escapar de la miseria. Allí estaban, también como voluntarios, su hermano Beltrán y su cuñada Carmen. Y allí también conoció a Cecilia. Un frágil bebé de dos meses metido en una incubadora de plástico, que le conmovió profundamente. Su padre la había entregado a la misión, en un intento desesperado por salvar su vida porque no podía alimentarla. “Esta niña se muere”, le dijo la hermana Teresa, con lágrimas en los ojos y en el alma. Un par de días más tarde Jacobo debía regresar a España. “Me fui pensando que ese bebé indefenso se moría”. Pero recibió una carta de Beltrán y Carmen: “Hemos decidido adoptarla”.  Hoy Ceci tiene una familia (bastante abundante, por cierto), tiene amigas, educación, oportunidades, futuro. Tiene una vida feliz porque un día dos occidentales de buen corazón decidieron que esa niña merecía vivir.



La fuerza más poderosa del mundo

Eso es lo que realmente importa, la bondad. A Beltrán y a Carmen, lo mismo que a Jacobo, les define perfectamente la frase final con la que Somerset Maugham se refiere a Larry Darrel, en esa maravillosa película que es El filo de la navaja (1946): “Creo que quien le haya conocido no podrá sustraerse a su bondad y nobleza. La bondad es, al fin y al cabo, la fuerza más poderosa del mundo”.


El siguiente reto de Jacobo fue también duro, y gratificante: nadar los 40 kilómetros que separan Mallorca y Menorca a favor de la lucha contra el cáncer infantil (3 Hombres contra el mar, flanqueado por Peio y Félix). Y ha habido otros desafíos estos años (entre ellos, escribir un libro), más los que vendrán. Y todos han tenido la mejor de las causas: proporcionar un poco de esperanza, de ilusión, de fe en sí mismos a todos aquellos que creen que no pueden sino resignarse a una vida de dolor e impotencia. Jacobo estará allí, con ellos. Como siempre. La bondad es lo que tiene. 


miércoles, 20 de febrero de 2019

Atticus Finch. Es pecado matar un ruiseñor.



Hace casi 60 años se publicó la que probablemente es la obra favorita de la literatura norteamericana del siglo XX, y de gran parte del mundo. Ese día nació también el héroe por excelencia, el personaje más querido y admirado de América, el arquetipo de padre, abogado, vecino, amigo y ser humano. El hombre que todos (los que aún creemos en ciertos valores) quisiéramos llegar a ser.

 


Cuando la escritora sureña Harper Lee escribió Matar un Ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960) tal vez sólo quería retratar la vida aparentemente tranquila (pero como un volcán a punto de estallar, en realidad) de su Alabama natal: su familia, sus vecinos, sus juegos de infancia, sus amigos, su padre (en quien se basó para crear a Atticus); quizá pretendía únicamente aleccionar a la convulsa e hipócrita sociedad norteamericana de los años 60, recordando aquel incidente racial que ocurrió cerca de su ciudad cuando ella sólo tenía 10 años, en 1936; puede que sólo quisiera retratar la pérdida de la inocencia (¿su inocencia?), vista a través de los ojos limpios de una niña, Scout; es posible, incluso, que nunca pensara que su novela fuera a llegar más allá de los campos de algodón y las maltrechas cabañas de los negros del profundo Sur. Pero el caso es que su novela se convirtió, casi instantáneamente, en un verdadero clásico americano y universal, que ganó el Premio Pulitzer, que alcanzó los 30 millones de copias vendidas en su debut y aún se siguen vendiendo un millón de ejemplares cada año en todo el mundo, que es lectura obligada en todas las escuelas (y hogares) de Estados Unidos y que, en fin, lo que podría haberse quedado en una novela costumbrista sin pretensiones ha devenido a lo largo de este medio siglo en uno de los alegatos más serenos y contundentes en favor de la tolerancia, la honestidad, la justicia, la compasión (“Es pecado matar un ruiseñor” porque “sólo hacen una cosa y es cantar con todo su corazón para nuestro deleite”).

 

Pero, por encima de todo, lo que logró Harper Lee fue crear al auténtico héroe, cercano, humano, real, al héroe que lo es sin pretensiones de serlo. “Atticus Finch no hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie: no cazaba, no jugaba al poker, no pescaba, no bebía, no fumaba, se sentaba y leía”. Un hombre que piensa que “el verdadero arrojo es cuando sabes que tienes todas las de perder, pero emprendes la acción y la llevas a cabo a pesar de todo”. Un tipo corriente que es un padre y ser humano excepcional, por lo valiente, sereno, justo, comprensivo, honesto. Un ejemplo de integridad en estos tiempos (y aquéllos) de corruptelas, odios y violencia.

 

La novela de Harper Lee se hizo cine un año después de su publicación. Estrenada en 1962, la propia escritora quedó prendada con el resultado final («En la película el hombre y la pieza se encuentran... he tenido muchas, muchas ofertas para adaptar la obra a un musical, a la televisión o al teatro, pero siempre las he rechazado. Esa película fue una obra de arte») y, sobre todo, quedó prendada de Gregory Peck: estaba tan impresionada por su interpretación que le regaló el reloj de bolsillo de su padre (fallecido poco antes del estreno), ese reloj que abre la película y que Peck llevó como un tesoro al recoger su Óscar al mejor actor.

 

Dirigida con mano maestra por Robert Mulligan, con un guión de Horton Foote que mimaba el original hasta el mínimo detalle (ganador del Oscar); una bellísima fotografía en blanco y negro; una ambientación sensacional, del profundo sur y de sus gentes, del calor sofocante, de la pobreza, del odio, del miedo; un ritmo perfectamente medido entre el drama, el suspense, el humor y la tragedia; una banda sonora insuperable del gran Elmer Bernstein, canción de cuna incluida; unas interpretaciones espléndidas de todo el reparto (mención especial para los niños protagonistas, Mary Badham y Phillip Alford, que actuaban por primera vez); un debut tan escalofriante como lleno de ternura de un jovencísimo Robert Duvall; y, finalmente, un inmortal Gregory Peck, que realizó el papel de su vida, una interpretación conmovedora, llena de matices, contención y credibilidad que le valió su único Oscar y, de paso, dio un giro a su carrera. Y es que es imposible imaginar a otro en los zapatos de Atticus Finch, ese ejemplo de dignidad humana cuyas enseñanzas son universales y básicas. Un personaje que, sencillamente, nos impulsa a ser mejores personas. “La mayoría de las personas lo son, Scout, cuando finalmente logras verlas en su totalidad”. Lo dijo el actor poco antes de morir: me gustaría que me recordaran como un buen padre.

 


Para el recuerdo, dos escenas absolutamente imprescindibles en la historia del Cine. La primera, una auténtica lección de coraje sin apariencia de serlo: Atticus sentado frente a la puerta de la cárcel, vigilante, esperando a la turba que no tarda en llegar, engañosamente tranquila (armada de rifles y odio a partes iguales). La amenaza velada (“Ya sabe usted qué queremos”) frente a la serenidad. Y los niños, curiosos, preocupados, que aparecen en la escena y se colocan entre los linchadores y el defensor. Y Scout que mira a los ojos de sus vecinos, y les llama por sus nombres (“Hola, señor Cunningham, ¿cómo va su pleito, marcha bien? ¿No se acuerda de mí, señor Cunningham?”) y les recuerda lo que Atticus ha hecho por ellos; y les desarma con su inocencia (la inocencia de un ruiseñor) y vence su odio con la más contundente ternura. “Es posible pararle los pies a una turba, simplemente porque continúan siendo seres humanos”.

 


La segunda, una auténtica lección de dignidad: durante ese juicio imposible de ganar, tras el veredicto de culpabilidad, Atticus recoge sus papeles, cabizbajo, y el público negro, desterrado en la parte de arriba de la sala, se levanta, lentamente, en señal de infinito respeto hacia el defensor de su causa, de la de todos ellos (“Señorita Jean Louise, levántese, su padre se marcha”). Y en la mirada de ese anciano negro, resignada y dolorosa, la dignidad que nunca se dejará vencer. Lo mismo que Atticus: “Quería que descubrieses lo que es la verdadera bravura, en vez de creer que la bravura la encarna un hombre con un arma en la mano. Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”.






 

domingo, 10 de febrero de 2019

El viajero de las piernas rodantes


“La vida es corta pero el día es largo”
J. W. GOETHE

El día se puede hacer muy largo, descarnadamente largo cuando eres prisionero de una silla de ruedas. O puede hacerse corto, muy corto, casi como una pausa, si decides que esas ruedas no son tus cadenas sino tus piernas liberadoras, y juegas al tenis, y vibras en conciertos de rock, y estudias Periodismo, y escribes poesía; e incluso vives tu propia road movie, rodeando el cálido y azul Mediterráneo en una furgoneta con la única compañía de tu música, tus pensamientos —tus miedos— y tu silla de ruedas.
Gabriel es de los que decidieron hacer su día corto. De los que, como anima Goethe, aprovechan el momento, el presente, la infinitud de cada día único e irrepetible —porque en realidad, y aunque lo ignoremos, cotidianamente estar vivo es un regalo—. O al menos pone todo su empeño, su energía y su alma en intentarlo. Porque no siempre es fácil. Y no siempre lo consigue.



Gabriel Villalonga era un adolescente muy vital, «muy físico» (como él mismo se define), siempre practicando deporte, siempre en acción. Tenía 17 años cuando cayó escalando una montaña en Mallorca. Una mañana radiante, «al igual que mi espíritu de entonces», recuerda. Una mañana absurda que torció su vida de una manera tan brutal como irreversible. En un instante. Un día antes, todos sus sueños de futuro estaban intactos y refulgentes, esperándole con los brazos abiertos. Tras la caída todo se apagó. Literalmente. Catorce días en la UVI, debatiéndose entre la vida y la muerte. De hecho, los médicos aseguraban que sería un milagro que viviera. Pero Gabriel quería vivir; recuerda su “muerte” con claridad: «un estado maravilloso de profunda, paz, unidad y consciencia; nada de dolor o vacío; una voz me preguntó si quería volver y yo no lo dudé, porque tenía 17 años, toda una vida por vivir y una vitalidad extraordinaria.»

El 80 por ciento de tu cuerpo está muerto.
Tras su paso por la UVI en Mallorca fue trasladado al Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Al poco de llegar, la doctora le enseñó el dibujo de un cuerpo humano tachado desde el pecho para abajo y le dijo que había perdido las funciones motoras y sensitivas de la parte tachada (mazazo), pero que en algunos casos se experimentaba una recuperación en los meses siguientes (alivio). Lo primero que hizo Gabriel fue desterrar de su pensamiento la primera parte de la noticia y aferrarse a la segunda como quien se agarra a la frágil raíz que detiene in extremis su caída hacia el fondo del barranco. «Yo estaba convencido de que iba a recuperarme y además tenía una vitalidad y un optimismo extraordinarios que no iban a ser mermados por desplazarme en una silla de ruedas.» 

Pasó ocho meses en el hospital, que Gabriel recuerda incluso como divertidos y, sobre todo, increíblemente enriquecedores. Su vitalidad constituyó un ejemplo para muchos —pacientes y médicos— y estableció lazos inquebrantables con otros accidentados, lazos que aún hoy perduran. Durante esos meses, experimentó una revolución interna que supuso una liberación. Su pensamiento fue más fuerte, o más terco, que su cuerpo y decidió vivir, en el pleno sentido de la palabra. El pensamiento es lo que tiene, que te puede dejar atrapado en un laberinto de desesperanza o te libera en un segundo por la primera salida que encuentre. Puedes elegir entre la compasión y la normalidad. Gabriel eligió la normalidad.

Antes del accidente, Gabriel estaba enamorado del tenis, no hacía otra cosa que soñar con ser tenista, incluso se sabía de memoria los 100 primeros clasificados de la lista ATP. Ese amor no menguó ni un ápice después del accidente. «Tenía bien claro que yo iba a jugar a tenis aunque tuviera que reinventarlo.» En España no existía aún el tenis en silla de ruedas, pero sí en Francia. Y allí se fue. Jugó su primer torneo en Toulouse y luego el Open de Francia en París, viaje del que guarda un recuerdo imborrable de camaradería y sueños cumplidos. De vuelta en España, pasado un tiempo—para estudiar su otra vocación, el Periodismo—, se trajo su deporte favorito en la mochila, así que se le puede considerar el introductor del tenis en silla de ruedas en nuestro país. En 1991 se creó la Comisión Nacional de Tenis en Silla de Ruedas y se disputó el primer Campeonato de España, cuyo vencedor fue Gabriel Villalonga. Hoy, este deporte cuenta con un circuito de torneos y miles de participantes, muchos de ellos niños.

Fueron tiempos de espíritu vitalista y aventurero. Acompañado únicamente por su mochila y sus piernas metálicas, rodó por Turquía, Francia, Argelia, México, California y casi toda Europa; viajando en tren o en autoestop, durmiendo en parques y estaciones, lo cual no siempre era seguro: «En Grecia me robaron todo el equipaje mientras dormía y en Escocia perdí la silla de ruedas en la estación cuando el tren había partido». 

En Cuba toqué fondo.
El sufrimiento llegó años después; el optimismo, la vitalidad y la forma física de la juventud fue mermándose poco a poco conforme se le iba torciendo la espalda e iban asomando interminables problemas físicos, que aparecían al mínimo descuido o imprudencia. O el simple hecho de tener que mirar a todos desde abajo, o soportar las miradas de compasión, o el ser considerado “minus válido”, cuando, en justicia, debería ser considerado más como un héroe. Todo, en su conjunto, iba creando una llaga profunda, un sufrimiento anquilosado que se fue acentuando día a día y desembocó en una inevitable crisis, en una contienda entre su visión positiva y la cruel realidad; tal vez la misma contienda que soportan la mayoría de los seres humanos, pero en su caso multiplicada por una carga más pesada y más dolorosa sobre los hombros.
Tocó fondo en Cuba. En un viaje temerario —solo y sin dinero— que acabó en grave accidente y varios meses de confinamiento sobre una cama, boca abajo, a solas con su conciencia. Tomó la resolución de cuidarse muy seriamente la salud, que se estaba deteriorando con excesos de todo tipo. A su vuelta a España, recuerdo que coincidimos en varios conciertos —Counting Crows, Elliott Murphy y alguno más—. Se le veía más sosegado, más profundo, más filósofo. En aquella época Gabriel escribió mucha poesía, viajó sin jugarse la vida, continuó practicando deporte, redescubrió la naturaleza y, sobre todo, cultivó su lado más espiritual: «toda desgracia es una llave para entrar en una realidad diferente y más luminosa y plena; la tan buscada felicidad no depende de coordenadas exteriores como físico, silla de ruedas, dinero o éxito sino de algo mucho más complejo que palpita en el interior de cada uno, todo lo que buscas está dentro de ti».


Rodando alrededor del Mediterráneo
En 2003 su inquieto ‘yo’ viajero lo liberó de la asfixiante «rutina martilleante de las hormigas» y lo empujó hacia su más grandiosa hazaña (o su más grande locura, según): rodear su amado Mediterráneo («compañero azul»), país a país, reto a reto, en solitario durante seis meses al volante de una furgoneta. Con la única compañía de sus ruedas y su banda sonora (Dylan Byrds, Johnny Cash, Lynyrd Skynyrd, Vivaldi… según cada momento). Partió de Madrid y rodó por Francia, Mónaco, Italia, Eslovenia, Serbia y Croacia, Albania, Grecia, Siria, Jordania, Israel, Palestina, Egipto, Líbano… venciendo todos los problemas físicos y arquitectónicos a los que se puede enfrentar un ‘rodante’, en una singular hazaña de superación, tenacidad, romanticismo y espíritu viajero. Un bellísimo recorrido por la Historia y el Arte, la Religión y la Filosofía, la Poesía y la Música (mención obligada la indescriptible belleza del festival Rainbow en el desierto del Neguev, en Israel), la Miseria y la Grandeza, la Gente… ¡la Vida!, experiencia que quedó magistralmente plasmada en un libro tan épico como su hazaña; tan profundo, tan exhaustivo, tan emocionante, tan original, tan revelador y tan desafiante como su autor. Un libro que, por cierto, permanece a la espera de una editorial que acepte su propio reto y apueste por él. Su título, «Compañero Azul»; su autor, Gabriel Villalonga. No hay prisa, «a un parapléjico le toca muy a menudo ejercitar la paciencia de la inmovilidad como única opción posible». Pero ahí queda.

Hoy, a sus casi 50 años, Gabriel continúa su eterna batalla, la del día a día, la supervivencia común a todos los mortales pero con un peso añadido: el 80 por ciento del cuerpo paralizado. Y entre sus nuevos objetivos «la gran lección aprendida en este viaje: conquistar las montañas y explorar los países de la vida interior, de las pequeñas y grandes aventuras de cada nueva jornada.  Abrazar al Dios de la Minúsculas Cosas. Y en ésas estoy desde mi llegada…»    

Todo un ejemplo de tesón, vitalidad y ganas de vivir que nos recuerda, a golpe de rueda, que «el secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace». Las palabras son de Tolstoi. El mérito, de personas como Gabriel.