viernes, 8 de junio de 2018

Expedición Nemo. Unir el mundo a nado después de recorrerlo a pie



Existen dos diferencias importantes entre Forrest Gump y Nacho Dean. Los dos recorrieron miles de kilómetros a pie, cierto, pero Forrest lo hacía sin saber para qué, no tenía causa ni propósito; tampoco destino: cuando se cruzaba en su camino un océano daba media vuelta, sin más. En cambio, Nacho ha recorrido 33.000 kilómetros por una buena causa: concienciar sobre el calentamiento global y el cuidado del planeta, recordándonos que es el único que tenemos y, de paso, lo maravilloso que es; y además, a Nacho ningún “charco” logró detener su vuelta al mundo. Y es más, como se vio obligado a salvarlos utilizando barcos y aviones, al finalizar su reto se le quedó clavada la espinita de no haberlos cruzado a nado. Una espinita que Nacho se va a quitar de golpe a partir del próximo 8 de junio.

Y es que el 8 de junio, Día Mundial de los Océanos, es el que ha elegido este aventurero extremo, soñador e inquieto para comenzar su nuevo reto: unir los cinco continentes nadando. Y de esta manera, cerrar el círculo de su “marcha mundial por la naturaleza y el planeta Tierra” (Earth Wide Walk), que le llevó 3 años de su vida, 12 pares de zapatillas durante 33.000 kilómetros por 31 países y un sinfín de experiencias, anécdotas y aprendizajes, acompañado únicamente por su inseparable “Jimmy Águila Libre”, su carrito. Bueno, acompañado también por sus sueños, su mente abierta de par en par y las miles de personas que se cruzaron en su camino, todas ellas buenas gentes rebosantes de humanidad y generosidad.



Un sueño bajo la tormenta

Cuando Nacho se embarcó en su anterior aventura, ni siquiera sabía si iba a volver (de hecho, pudo haber sucedido en dos o tres ocasiones de peligro cierto); y cuando regresó, más vivo que nunca, sólo pensó en encerrarse en su rincón de Cuitu de Siero (Asturias) a escribir su libro, su memoria del viaje (“Libre y salvaje”, Ed. Planeta). Eso le llevó un tiempo, que también terminó. ¿Y a hora qué?, se preguntó entonces. La respuesta le llegó en un sueño: «Esa noche había una fuerte tormenta y me desperté de golpe; un trueno, probablemente. Lo curioso es que recordé perfectamente lo que estaba soñando: me encontraba en mitad del océano, batiéndome contra las olas, nadando con todas mis fuerzas. Y me dije, ¡ya está! Lo vi con toda claridad.»

Enseguida sintió que ese sueño era su nueva misión. Le estaba marcando el camino. Nacho no necesitaba ni pretendía hacer historia, ni demostrar nada al mundo, ni ninguna otra de las motivaciones que mueven a otros aventureros, a otros “locos” (la gloria, una promesa, una expiación…). No, para Nacho la única motivación es su sueño, su pasión, la certeza de que eso es lo que tiene que hacer. Punto.

Y su mensaje. Que es el verdadero propósito de esta misión. Y si en su odisea a pie la protagonista fue el planeta Tierra, en esta podemos decir que es el planeta Agua. El mar está sufriendo como nunca, ya casi hay más plástico que peces en los océanos. Gigantescas islas flotantes de plástico y basura que las corrientes han ido formando y son imposibles de eliminar. Pero lo peor está en por debajo de la superficie: los microplásticos, plástico en descomposición que es devorado por aves, peces, tortugas y demás criaturas marinas y causa su muerte por millones. «Nos creemos que el mar traga con todo, denuncia Nacho, y hay basura hasta donde no llega la luz solar.» Y no olvidemos que, además de la despensa del planeta, el océano es su principal pulmón.



Cinco estrechos para unir cinco continentes

Europa y África a través del Estrecho de Gibraltar; Europa y Asia por el Bósforo, en Estambul, o desde Kastelorizo, la isla griega más cercana a Turquía, y declarada parque natural marino; Asia y América a través del Mar de Bering, que une Alaska con Siberia; Asia y Oceanía por el Mar de Bismark en Papúa Nueva Guinea, isla que pertenece mitad a Indonesia y mitad a Oceanía; y finalmente África y Asia cruzando el Golfo de Áqaba, en el Mar Rojo, nexo entre Egipto y Jordania. Serán travesías de 3 a 20 kilómetros en las que Nacho se va a encontrar fuertes corrientes, niebla, vientos y oleaje, aguas heladas, medusas y tiburones, alta salinidad… Un plus de dificultad y de peligrosidad que hay que tener muy en cuenta.

Y es que gran parte del éxito de esta aventura está en planificar perfectamente cada travesía. El tráfico de buques, las posibles corrientes, médicos deportivos, los hospitales más cercanos (por si los tiburones), todo tipo de permisos y trámites. El barco de apoyo -y el patrón- será diferente en cada estrecho, pero el equipo será siempre el mismo.

El entrenamiento también ha sido fundamental. En primer lugar, el físico: Nacho lleva meses entrenando a diario en piscina y en aguas abiertas por todo el litoral español; siguiendo los consejos de otros nadadores expertos en larga distancia, como Jacobo Parages o Toni Portabella. Porque Nacho no es un especialista, ni mucho menos; de hecho, nunca había nadado en aguas abiertas hasta ahora. Sabía nadar, claro, como todos, pero no es lo mismo hacerte 20 largos en una piscina que 20 kilómetros en el mar. Ha sido una labor intensa de todo un año, cinco o seis horas diarias, seis días a la semana. Y además sin entrenador, ni preparador físico, ni nutricionista, ni psicólogo; tan solo los consejos de amigos deportistas, su fisio y los vídeos y libros que devoraba sin moderación. Lo suyo es completamente autodidacta y nuevo para él, algo que le añade más mérito, si cabe. Todo a base de horas, tesón y coraje. De fe y convicción. Y mucha cabeza.

Porque en esta especialidad la mente juega un papel esencial. Lo mismo que el control y la planificación de cada etapa. «Aunque siempre vas a vivir situaciones que son imposibles de prever ni de planificar». En situaciones de riesgo hay que saber tomar decisiones; existe una línea muy fina entre la ambición, el desafío y la sensatez, el sentido común. Puede que sus desafíos a la cordura y al confort (tan de esta sociedad) sean difíciles de entender, puede que parezcan una locura sin sentido, pero en realidad hay muchos años de entrenamiento, muchas situaciones extremas vividas en otros retos que le definen sus límites, y toda una vida haciendo deporte. Y, por supuesto, un potente mensaje.


Este planeta es maravilloso. Y además no tenemos otro

 Sí, esta “locura” de Nacho, lo mismo que la anterior, pretende concienciarnos sobre la conservación del planeta, de los peligros del cambio climático y de utilizar el mar como vertedero universal. Despertar a la gente desde la acción y la pasión, más que desde la culpa; apelar a la emoción, a la belleza, al reto deportivo, a la inspiración… «¡Eso sí que es motivador! Más que amenazar con la destrucción de este mundo, mostrar toda su belleza. No hace falta descubrir otro planeta; tenemos uno maravilloso, valiosísimo, que merece la pena cuidar».

Y debemos convencernos también de que nuestra aportación, por muy pequeña que parezca, es importante. Cada gota cuenta. Reciclar, recoger basura, limpiar las playas, educar a los hijos, dar ejemplo… «Hay que creer en el poder individual de la gente», se reafirma Nacho. Para él, «éste es el verdadero progreso, la capacidad de mejorar el mundo. No puede ser que la evolución de una especie acabe con el medio en que vive». Hay que buscar la sostenibilidad, las energías renovables, la agricultura y ganadería ecológicas; reciclar, sí, pero también reducir el consumo, aprender a vivir con menos. Y volver a la naturaleza: `porque algo hay en la naturaleza que es salud, que es equilibrio, que es vida. Y valores de verdad, de honestidad. El contacto con la naturaleza es algo que buscamos porque lo necesitamos.

«El planeta es mi hogar, la naturaleza es todo lo que necesito. Cuando estoy inmerso en ella conecto con lo más profundo de mi espíritu y mis instintos. Y me siento libre, salvaje, invencible». También es nuestro hogar, el tuyo y el mío. Y se merece que lo cuidemos. Una buena forma es ayudando y apoyando a Nacho Dean en su aventura marina.

¡A por ello, Nacho! Y gracias.




viernes, 25 de mayo de 2018

¿Uno de los nuestros? ¡No, gracias!


NOTA PREVIA: Este artículo lo escribí y publiqué en mi blog El Malecón de El Semanal Digital en enero de 2015. Está dedicado especialmente a Bárcenas y al PP, pero es válido para cualquiera de los condenados estas últimas semanas (Gürtel o no Gürtel) y para los que aún hoy siguen librándose de las rejas, a pesar de las evidencias. Sí, de todos los partidos y demás instituciones. La maldita impunidad. 


«Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón quise ser un gánster». Con esta inequívoca declaración de intenciones de un curtido por la vida Henry Hill arranca la obra maestra de Martin ScorseseUno de los nuestros. A lo largo de la película, el niño Henry va creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Desde muy joven, el gánster —magistralmente interpretado por Ray Liotta y que existió en la realidad— sabe perfectamente qué significa eso de ser "uno de los nuestros": «Para mí, ser gánster era muchísimo mejor que ser presidente de los Estados Unidos. Antes de acudir por primera vez a la parada de taxis buscando un trabajo para después del colegio sabía que quería ser uno de ellos, sabía que allí estaba mi futuro. Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. (…) Para nosotros vivir de otra manera era impensable, la gente honrada que se mataba en trabajos de mierda por unos sueldos de miseria, que iba a trabajar en metro cada día y pagaba sus facturas estaba muerta, eran unos gilipollas, no tenían agallas. Si nosotros queríamos algo lo cogíamos». 

Yo no sé si Luis Bárcenas, Luis el Cabrón, L.B., El Tesorero Infiel o como quiera que sea su nombre oficial quiso ser un gánster desde que tenía uso de razón. Ignoro a qué temprana edad se convenció de que no quería ser un don nadie matándose en un trabajo de mierda por un sueldo de miseria. Tampoco sé exactamente cuándo empezó a conocer el verdadero significado del lujo, el poder y el miedo que otorga el dinero, si fue con su primera paga o con su primer safari. Y desconozco por completo si se siente gilipollas cada vez que paga una factura y si se ha sentido gilipollas alguna vez. Ni lo sé ni me importa. Lo que sí me importa, y mucho —y además me cabrea, y muchísimo—, es que se haya tirado tropecientos años alimentando su bolsillo a cuenta de la mamandurria política, acumulando millones de forma más que sospechosa, viviendo por encima del bien y del mal, con total desprecio y desdén hacia la ética más elemental. Ser un tipo despreciable no es delito, y hoy por hoy no hay pruebas de nada más. Sí indicios, y muchos; y ojalá se tornen pruebas y éstas sean la llave de una condena ejemplar. Ojalá.

Pero seres tan despreciables como L.B. no habrían mangoneado tantos años a sus anchas, creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el placer y del poder intocable que otorga el dinero, si la Familia (el Partido) no lo hubiera permitido. ¿Acaso era intocable, el Cabrón? ¿Acaso nadie osaba? ¿Acaso nadie sospechaba? ¿Acaso nadie sabía? ¿O nadie quería saber? Es curioso que, hace tres años, cuando se destapó la alcantarilla L.B./Gürtel, el Partido se rasgó las vestiduras y clamó al cielo jurando y perjurando limpieza absoluta, desinfección total. En estos tres años no se ha hecho NADA. No se ha limpiado NADA. No se ha desinfectado NADA. «Es uno de los nuestros —se habrán susurrado unos a otros—, no podemos entregarlo a la masa rencorosa. Eso nos salpicaría. Y perderíamos credibilidad. Y votos. Y necesitamos esos votos por el bien de España. Nuestro votante entenderá». Y el votante se habrá susurrado, en voz muy bajita para que su conciencia no lo escuche: «Los otros también lo hacen; y además lo hacen mucho más. Ahí están los recién llegados y sus subvenciones de dictaduras nada recomendables; y los ERES de Griñán y Chávez, y las subvenciones fantasma de Ferraz, y el clan de los Pujoleone, y el fortunón de Bono, y los paniaguados de la ceja, y los sindicatos millonarios, y el Cabildo y el Duque y la SGAE…». Y Baleares, y Castellón y Valencia y los alcaldes gallegos y… les habría faltado susurrarse.



Esto es España. Y aquí ser "uno de los nuestros" lo justifica todo. Porque los otros roban más. Los otros mienten más. Los otros son más malos. Malísimos. Nosotros no, nosotros somos buenos y si hacemos algo malo es por el bien común (del Partido). Lo gracioso es que luego se quejan de que aborrezcamos la clase política. «¡No somos todos iguales!» vociferan, indignados. Indignados ¡ellos! Pero sí, son todos iguales; porque aunque no lo haga lo justifica, o no lo denuncia, o no lo persigue, o no lo investiga, o no pide que se investigue (sólo cuando la mierda les salpica de lleno se llevan las manos a la cabeza y braman, con afectado dramatismo: «¡tolerancia cero contra la corrupción! ¡el que la hace la paga! ¡que actúe la Justicia caiga quien caiga!»… mientras esperan que un nuevo escándalo de "los otros" camufle su pestilente hedor a podredumbre.

El mapa de la corrupción en España es vastísimo y variadísimo; toca todo el territorio y todos los sectores. PP, PSOE, CIU, IU, CC, PNV, sindicatos, medios, ongs, jueces, policías, fiscales, banqueros, empresarios, "intelectuales", realezas… aquí está pringado hasta el que no existe. Cientos de casos de corrupción que se van sumando año tras año SIN QUE NADIE PAGUE. Con total y vergonzosa impunidad. ¡Cómo aborrezco esa palabra! IMPUNIDAD. Éste es el verdadero mal de España. La maldita impunidad. El saberse justificado y arropado por "los nuestros" (al menos hasta que uno tenga el pie en el cadalso, cosa que no sucede a menudo).


Por eso, la única solución posible para limpiar de una vez por todas esta mierdocracia a la que mantenemos con nuestro sudor y nuestras lágrimas es arrancar las malas hierbas de raíz, extirpar el cáncer, aniquilar la plaga (utilicen la metáfora que más les guste). Y para ello necesitamos dos cosas: una, que la Ley actúe con todo su peso, TODO, "caiga quien caiga"; y dos, que creemos un Eliot Ness. Un Fiscal Anticorrupción intocable e incorruptible que se rodee de sus Malone, Wallace y Stone, un equipo de intocables e incorruptibles con pleno poder para meterse hasta la cocina y más allá de cualquier organización o administración sospechosa; y con auténtica obsesión por la limpieza y la desinfección. Y si hay que construir más prisiones, se construyen, que hay mucho albañil en paro. Será por ladrillos…


Sólo así, con persecución implacable y penas ejemplares, limpiaremos este país de Al Capones, Bárcenas, Pujoles o Griñanes. Porque son nuestras carteras las que se están llevando, es nuestro dinero el que están robando, a manos llenas, para disfrutar de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Y no son "los otros" quienes lo están haciendo, son "los nuestros". Con la impunidad de nuestra justificación. ¿Se lo vamos a seguir permitiendo? ¡No, gracias! ¡No, gracias! ¡No, gracias!


Por terminar con otra cita cinéfila, en La ley del silencio es el Padre Barry (Karl Malden) quien define nítidamente el origen del mal, ya sea en los muelles neoyorquinos o en los despachos patrios: «¿Os digo qué tienen de malo los muelles? El amor al dinero maldito. Y para vosotros el amor al dinero es más importante que el amor al prójimo». Pues eso, el dinero maldito. Y la codicia. Y el clientelismo moral. Y el desprecio al prójimo. Ya lo dijo la Biblia, pero no le hicimos caso: «el amor al dinero es la raíz de todos los males». De los nuestros, desde luego, sí.

martes, 24 de abril de 2018

Zilda Arns. La Madre Teresa de Brasil



Ocho años después del trágico terremoto de Haití, es un buen momento como otro cualquiera para no olvidar a las víctimas, las que murieron y las que aún sobreviven; y para recordar a quien murió aquel fatídico 12 de enero por llevar un poco de esperanza a los niños haitianos después de haber dedicado su vida a los niños más pobres de Brasil.


“Tantos años protegiéndola de las balas, de la guerra, y cuando por fin va a Haití, muere por un terremoto”. Se lamenta la hermana Mayu, aún compungida por la noticia. El día 12 de enero, la Dra. Zilda Arns, fundadora de Pastoral da Criança, su maestra, su amiga, murió en Puerto Príncipe a los 75 años. Unos días antes, había interrumpido las vacaciones junto a sus nietos porque “me han llamado los obispos de Haití para explicar la Pastoral; esto es muy importante y yo quiero ir, yo tengo que ir”. Llevaba años esperando este momento, pero la Embajada siempre le denegaba el permiso, por su seguridad. El 10 de enero estaba en Haití para dar una charla en la Conferencia Nacional de los Religiosos del Caribe. Dos días después yacía bajo los escombros de una Iglesia derruida por el terremoto. Sepultada donde ella quería estar, donde siempre había estado, con los más pobres, en el país más pobre de América Latina.

La Dra. Arns, Médica Pediatra, Especialista en Salud Pública, representante titular de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil en el Consejo Nacional de Salud, miembro del Consejo Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil, Presidenta de la Comisión Intersectorial de Salud Indígena, madre de cinco hijos y abuela de diez nietos, dedicó la mitad de su vida a la caridad a través de causas humanitarias y solidarias en el área de la salud, especialmente en el combate contra la desnutrición y la mortalidad  materno-infantil. Para millones de brasileños fue una de las personalidades más importantes de la historia de su país; amada, respetada y admirada no sólo por la Iglesia sino también por la sociedad civil en general, Zilda Arns dejó tras su muerte una de las organizaciones en defensa de la infancia más importantes, eficaces y extraordinarias del mundo, con más de 270.000 voluntarios atendiendo a más de 2 millones de niños cada mes: la Pastoral da Criança/Pastoral de la Niñez. Una obra inmensa como Brasil, gigantesca como su pobreza.


Si a la familia va bien, al niño va bien
“El mundo puede ser mucho mejor si nosotros velamos por él con una mirada de fraternidad, donde todos tengan pan para comer, esperanzas y todos lleven dentro de su corazón la voluntad de servir al prójimo”. Esta idea es la que levantó, junto al cardenal Majela (entonces Arzobispo de Landrina) y con el apoyo de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, la Pastoral da Criança en el pequeño pueblo de Florestópolis, que entonces padecía el más alto índice de mortalidad infantil de todo Brasil. Era el año 1983, y fue el comienzo de una extraordinaria historia de amor, coraje, dificultades, heroísmo y esperanza. Sobre todo, de esperanza.

En Florestópolis, Zilda Arns desarrolló una metodología comunitaria basada en la multiplicación del conocimiento y de la solidaridad entre las familias más pobres, inspirándose en el milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces que saciaron a cinco mil personas, sin contar mujeres y niños. La educación de las madres por los líderes comunitarios capacitados (voluntarios) resultó la mejor forma de combatir la desnutrición y la mayor parte de las enfermedades fácilmente prevenibles, y también la violencia y la marginación de los niños. Acciones sencillas que se pueden reproducir fácilmente, como la lactancia materna, el suero casero, las vacunas, el control nutricional y los cuidados durante el período prenatal alcanzaron gran éxito. “Si a la familia le va bien, al niño también le va bien”, sentenciaba la Doctora.

El método es sencillo: mejorar las condiciones de vida de las mujeres para que sus hijos nazcan fuertes y sanos, con todo su potencial; y una vez nacidos, desarrollar un proyecto educativo integral, hasta los seis años. Un desarrollo físico, social, mental, espiritual y cognitivo, del que depende su futuro. Se trata de enseñar a las madres a conocer y prevenir enfermedades, educarlas para atenderse y atender a sus hijos, alfabetizarlas para que aprendan y comprendan. Los testimonios agradecidos de las madres siempre emocionaban profundamente a la Dra. Arns: “Yo era ciega, tenía los ojos cerrados; la Pastoral me los ha abierto: ahora sé leer unas letritas”. Luego, a esa educación irremplazable es necesario añadir valores de esfuerzo, solidaridad, autoestima; Zilda Arns lo tenía muy claro: “no se puede vivir de la limosna de la ONG o del Estado, eso sólo crea dependencia. Si se acaba la ‘vaca’ ya no hay leche. Hay que aprender a ser autosuficientes”.

270.000 voluntarias contra la pobreza extrema
Pero lo más importante es siempre llegar “abajito”, como decía ella, estar dentro, en el corazón de cada comunidad, de cada casa, de cada familia. En la periferia de las grandes ciudades, en los bolsones de miseria de los pequeños municipios de Brasil, en los monstruosos basureros, en las violentas favelas, en los pueblos perdidos, allí donde sobreviven los más pobres entre los pobres, y dentro de éstos, los más indefensos: las mujeres y los niños.


Para llevar a cabo esta misión, la Pastoral da Criança cuenta con una fuerza humana y espiritual inmensa, un verdadero ejército de 270.000 voluntarias (el 92% son mujeres), que llegan a cada rincón, a cada familia, a cada niño. Todos los meses, miles y miles de líderes comunitarias suben montes bajo un sol ardiente, o bajo la lluvia, llegan en canoa hasta los “palafitos” (casa de madera en el mar), atraviesan pantanos, se lastiman en caminos de piedra y espinos, a pie, a caballo, en bicicleta o en barca, sin medir sacrificios, sin pedir nunca nada. Para que “todos los niños tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). En palabras de la Doctora Arns, el trabajo ingente de estos voluntarios tiene “un verdadero espíritu misionero, de amor ardiente que no espera, sino que sale al encuentro y tiende la mano a los que más lo necesitan. Un trabajo ecuménico y sin prejuicios, siguiendo lo que nos enseñó el mismo Jesús.” Mayu, su fiel Mayu (la hermana Mª Eugenia Arena, Asesora de la Pastoral da Criança Internacional) relata hasta qué punto se emocionaba cuando esas mujeres le decían: “antes yo no era persona, ahora me siento una doctora” “quiero trabajar hasta el fin de mi vida para salvar a los niños de mi comunidad, lo mismo que fueron salvados los míos”.

Generosidad, gratitud, entrega, fe; en un mundo egoísta, ingrato y vacío, ellas dan sus vidas por los demás, cada día, sin pedir nada, en los rincones más pobres y duros de las ciudades y los suburbios. Tal y como lo hizo su “jefa”. Mayu cuenta su propia experiencia cuando visitó un gigantesco basurero de Curitiba, donde vivían y trabajaban las familias en situación de extrema pobreza: “Era casi un everest de basura revuelta, suciedad, mal olor, calor… Allí cada mes llegan las líderes comunitarias arriesgándose para hacer el seguimiento de los niños de familias que están en peor situación aún que ellas. ¡Aquí está Dios!, en este trabajo oculto que salva vidas, pensé”.


Hoy, 35 años después, la Pastoral acompaña mensualmente a dos millones de embarazadas y niños menores de seis años, y a un millón cuatrocientas mil familias pobres, en 4.060 municipios brasileños. Se han reducido en más de un 50% la mortalidad infantil y se ha controlado la desnutrición. Se ha llevado la dignidad y los derechos allí donde antes sólo había violencia y pobreza extrema. Su método ha sido adoptado en países de África, Asia y América Latina (Bolivia, Colombia, Guatemala, Panamá, México, Venezuela, Paraguay… el siguiente iba a ser Haití).

Pero esos millones de niños no se quedan huérfanos, tras la muerte de su doctora. Ya hace tiempo que una religiosa excepcional dirige la organización, apoyada por el propio hijo de Zilda Arns, Nelson, que ha sido coordinador adjunto de su madre durante 26 años. No se quedan huérfanos, aunque sí un poco más tristes y un poco más solos. Como la joven Ceiça, sorda de un oído debido a las palizas que recibió de niña, y una de sus más fieles colaboradoras, que recuerda las palabras de la Dra. Arns con los ojos humedecidos por la tristeza: “Amar es acoger, amar es comprender, amar es hacer que otro crezca”. Ella lo sabe bien, pues fue uno de esos millones de niños que salieron de la miseria y crecieron al amparo de la Pastoral da Criança.

En España, Tierra y Vida
En España, el espejo de la obra de Zilda Arns es la Asociación Tierra y Vida, ong fundada en 1999 para disminuir la mortalidad infantil, defender los derechos de los niños y mejorar sus condiciones de vida, en América Latina y Caribe. La educación como instrumento de desarrollo y cambio. Han atendido ya a más de 30.000 niños, pero su labor y sus voluntarios necesitan nuestro apoyo para poder llegar a más. Ayudar es muy fácil, sólo hay que entrar en www.asociaciontierrayvida.es y donar la cantidad que quieras; o hacerte socio. No te imaginas lo que pueden dar de sí unos pocos euros en manos de Mayu Arena y su equipo.



















lunes, 23 de abril de 2018

Rafa Nadal como metáfora


Uno, lo reconozco, tiene una especial debilidad por Rafa Nadal. No como personaje sino como persona; no como héroe lejano al que admirar sino como ser cercano al que imitar. Como ejemplo de lo que debe ser un gran deportista y, por encima de todo, como ejemplo de lo que significa ser una gran persona. Rafa Nadal es un tipo próximo, humilde, sencillo, honesto, optimista, generoso, responsable, sacrificado… enormemente sacrificado. Cuenta su tío y entrenador, Toni Nadal, que no ha entrenado ni jugado un solo día desde 2005 sin sufrir tremendos dolores; dolores que se aguanta en lo más hondo y, pasados por el tamiz de su espíritu luchador y su indestructible disciplina, transforma en fuerza ganadora.

Por eso, en esta España de corruptelas, ambiciones desmedidas, envidias, irresponsabilidad generalizada, trampas, vanidades y egoísmos rayanos en el crimen contra la humanidad, la imagen de Rafa Nadal mordiendo trofeo tras trofeo después de muchos meses de forzada y dolorosa sequía, se me antoja la imagen viva de lo que necesitamos para levantar esto. No me refiero al hecho de la victoria en sí, sino al esfuerzo, el sacrificio, el aguante, el pundonor, el tesón, la entrega, la autoexigencia y la ilusión que han llevado a un Rafa lesionado –para algunos incluso acabado- a ser de nuevo un Rafa ganador, el indiscutible número uno. Sin victimismos, sin atajos, sin excusas, tres vicios a los que somos tan aficionados en esta España de urdangarines, bárcenas, eufemianos, sindicatos de cinco tenedores y portadas del Interviú como paradigma del éxito social.

La lección de Rafa, la que nos lleva inculcando día a día desde hace tantos años, se puede resumir en una palabra, en un concepto, en un valor (tan en desuso hoy día): Responsabilidad. Como botón, esta anécdota de infancia incluida en el libro Lo que de verdad importa (que he tenido el privilegio de escribir para la Fundación LQDVI):

«En un mundo en el que rehuimos fácilmente cualquier culpa, Rafa se acostumbró desde muy pequeño a que la responsabilidad era siempre suya; hasta tal punto que a veces se pasó: sucedió en un torneo al que Toni acudió con Rafa y otro pupilo; observaba el juego de este último cuando un amigo le dijo que creía que su sobrino estaba jugando (y perdiendo) con la raqueta rota; Toni acudió a la pista y, efectivamente, la raqueta de Rafa estaba rota. Al terminar el juego le dijo: “¿Oye, no crees que deberías saber a estas alturas cuándo tu raqueta está rota?” Y Rafa le respondió: “Es que estaba tan acostumbrado a tener siempre yo la culpa, que pensé que el que jugaba mal era yo, no la raqueta”».

Este es Rafa Nadal. El de las gestas de Wimbledon y Rolland Garros, el talismán de la Copa Davis, el de las dolorosas derrotas; el mismo que decidió compartir su sonrisa y su ilusión con los deportistas menos privilegiados en la ciudad olímpica de Pekín, en lugar de acomodarse en el hotel de cinco estrellas que correspondía a su estatus. El mismo que anima a su Selección cubierto literalmente de rojigualda o el que se parte de risa rodando un anuncio benéfico con su íntimo amigadversario Federer.


"Si dijera que ganar lo que he ganado me ha dado mucha felicidad, no sería demasiado exacto. Las satisfacciones que me ha dado mi carrera responden más a cómo he conseguido las cosas que a las cosas que he conseguido", escribe Rafa Nadal en el prólogo del libro Lo que de verdad importa. "Y yo creo que esto es extrapolable a todos los ámbitos de la vida. Nuestros logros, nuestros objetivos conseguidos deberían responder a unos valores que parece que tenemos olvidados o que nos gusta olvidar. Si he conseguido lo que he conseguido a nivel profesional, ha sido por poner en práctica toda una serie de principios que no están justamente valorados: el trabajo, el esfuerzo, la superación, el respeto, la capacidad de aguante y la ilusión". Valores universales que todos deberíamos practicar para entender lo que de verdad nos convierte en seres humanos, en seres sociales, y que son los únicos que deberíamos admirar. Porque, como afirma Rafa, son los únicos que nos pueden proporcionar la felicidad. La verdadera felicidad, que no es la del dinero fácil, ni la del éxito superficial, ni la del poder a cualquier precio.

Aún estamos a tiempo, creo. De dar la vuelta a esta sociedad sin valores, sin principios, sin metas para recuperar la esencia de lo que deberíamos ser. Esfuerzo, generosidad, sacrificio, ilusión, responsabilidad… Los valores están ahí, sólo tenemos que volver a asumirlos como propios. Nos lo recuerda Rafa Nadal como sólo él sabe hacerlo: con un mordisco y una sonrisa. Esa sonrisa de Rafa, esa alegría innata, que es una carga inagotable de energía positiva que nos llena el depósito de optimismo cada vez que aparece en los medios. Muerda o no muerda trofeo.

¡Gracias, Rafa!



jueves, 19 de abril de 2018

Yabba Dabba Dooo! Los Picapiedra, qué modernos estos prehistóricos



Hace unos 70 o 7.000 años (milenio arriba, milenio abajo) nació Fred Flintstone. Exactamente el mismo día que su vecino e inseparable Barney Rubble. Y, casualidades de la vida, también el día que nacieron sus sufridas esposas, Wilma y Betty. Y su mascota, el dinosaurio Dino. Y el troncomóvil. Y el cuernófono. Y los piedrólares… Y una de las series de dibujos animados más exitosas, populares e inmortales de la historia. O de la prehistoria.

En España, los Flinstones se llamaron los Picapiedra. Pedro y Vilma Picapiedra. Y sus vecinos, los Rubble, se convirtieron en Pablo y Betty Mármol. Aquí, como en medio mundo, la serie tuvo el mismo éxito que en Estados Unidos, que en su día batió el récord de capítulos, 166, a lo largo de seis años ininterrumpidos de emisión en la cadena ABC. Luego llegaron décadas de reposiciones, capítulos especiales, continuaciones, cine, homenajes… Pero no nos adelantemos, que vamos en troncomóvil. Regresemos al principio de la historia.

Los Picapiedra estaba ambientada en la ciudad de Piedradura (Bedrock), y contaba la vida cotidiana de una típica familia de clase media americana en los años 50-60, trasladada a la Edad de Piedra. Las tramas, aunque aparentemente infantiles e inocentes, en el fondo se dirigían también al público adulto con sus pícaros diálogos, su divertida crítica a las costumbres de la época (la barbacoa, el ‘boliche’, el drive-in cinema, el coche familiar), sus visionarios avances tecnológicos y sus continuas referencias a la guerra de sexos (la escena de Pedro aporreando la puerta al grito de ¡Vilmaaaa! ha marcado a varias generaciones); o tocando temas “mayores” como la maternidad y la infertilidad (Vilma se queda embarazada; los Mámol tienen que adoptar), la ludopatía, el consumismo desenfrenado o las complicadas relaciones familiares.


Los personajes llegaron incluso a protagonizar varios anuncios de Winston, patrocinador de la serie hasta 1963 (hoy sería impensable ver a Pedro y Pablo fumando relajadamente un cigarrillo mientras sus esposas realizaban los trabajos del hogar). Y por rematar el legado adulto de Los Picapiedra, una curiosidad: la sintonía de la serie (“Meet The Flinstones”) es una derivación del 2º movimiento de la Sonata para Piano nº 17 de Beethoven. Bastante más animada, claro.

La serie se convirtió muy pronto en un verdadero icono popular y fueron los primeros dibujos animados en horario prime time, y también los primeros de la TV emitidos en color, en 1962. Y unas décadas antes que los Simpson (que tanto les deben, por cierto) presentaron una extensa y divertidísma galería de artistas invitados: Ann-Margrock, Stony Curtis, Rock Hudson, Alfred Hitchrock… y hasta Bond, Fred Bond, en el primer largometraje de la serie, El superagente Picapiedra (“The Man Called Flintstone”, 1967). El show de Los Picapiedra mantuvo su récord como la serie animada más larga durante 31 años, desde su cancelación en 1966 hasta 1997, año en que fue superada, precisamente, por Los Simpson.

Después de 1966 llegaron otras secuelas y variaciones, meras sucedáneas que no se acercaron ni de lejos al original. Ni en ingenio, ni en humor, ni en transgresión. En 1994, el mismísimo Spielberg se atrevió a producir la versión “en carne y hueso” de Los Picapiedra para el cine, con un resultado más bien decepcionante, salvo la presencia del gran John Goodman (que indudablemente nació para ser Pedro Picapiedra) y el luminoso descubrimiento de Halle Berry (un talento y una belleza desde luego mucho mejor aprovechados en películas posteriores). Increíblemente, el experimento se repitió en el año 2000, esta vez además sin Goodman y, lo que es peor, sin Halle Berry. 


Casi 70 años (o 7.000) después de su creación por los genios William Hanna y Joseph Barbera, los Picapiedra siguen encandilando a generaciones de espectadores en todo el mundo. ¿Su secreto? Tal vez saber reflejar con enormes dosis de ingenio e ironía la familia media de la sociedad occidental de las últimas décadas, que es la misma en cualquier país y en cualquier época. ¿O quién no lanza un eufórico “¡Yabba Dabba Dooo!” cuando suena la pterodáctilosirena que marca el fin de la jornada laboral?




viernes, 13 de abril de 2018

Yo crecí en los ochenta y sobreviví



«Yo crecí en los ochenta y sobreviví / haciendo la grulla de Karate Kid», canta el Reno Renaldo en ese homenaje heavy, certero y bizarro a toda una generación, la suya y la mía, que resultó tan extraordinaria en tantos frentes. Algo debe de tener, digo, cuando se está regresando una y otra vez a ese punto preciso del pasado, con DeLorean o sin él, tirando de condensador de fluzo o de sana nostalgia. Ya sabemos que en esto del ciclo de la vida al final todo vuelve, sea cual sea la época a la que se vuelve o desde la que se vuelve.

Pero lo cierto es que lo que está sucediendo con el revival ochentero va un poco más allá de la simple moda o el retorno de un grupúsculo de nostálgicos a su feliz y desprendida juventud. Remakes de series y películas –de Mazinger Z a Starsky y Hutch, pasando por los Cazafantasmas, MacGyver, el Equipo A o los mismísimos Karate Kid y su eterno rival Johnny Lawrence, que vuelven al cine 34 años después con los actores originales-; revisiones de mitos eróticos, históricos, cinéfilos, estilísticos o súperheroicos; libros de EGB que nacen como álbum de recuerdos y acaban convirtiéndose en bestsellers y en giras musicales multitudinarias; monólogos que duran en cartel más que el conejito de Duracel; resurrecciones –a veces forzadas, todo hay que decirlo- de grupos o restos de grupos o grupos de un único superviviente de la célebre Movida; añoranza de libertades, pequeñas revoluciones o grandes victorias generacionales –a veces sobrevaloradas, todo hay que decirlo-…


Una generación de transiciones

Y es que la nuestra fue una generación especial, diferente, única en su especie. La generación del baby boom (records de natalidad, nada menos). Y también la generación de la Transición. En realidad, la generación de las transiciones. Muchas y variadas. Políticas, culturales, sociales, morales, tecnológicas. La transición del blanco y negro al color, del vinilo al CD, del mueble tocadiscos al Walkman; y también de la máquina de escribir al Mac, o del teléfono de ruedecita que solo servía para llamar y ser llamado a tener el mundo en el bolsillo; de la inocente Casa de la Pradera a la erótica cañí de Nadiuska y la Cantudo, de un canal y medio en la tele al infinito vídeo club, un mundo; de la inocencia y la seguridad al tsunami de las drogas y el sida; de la uniformidad monocromática a la explosión multicolor y multitodo de la moda juvenil; de la pandi de toda la vida a la tribu urbana (o eras heavy, rocker, pijo, siniestro, mod, tecno, punk, gótico, quinqui, etc. o no eras nada. Yo era nada); de la crisis económica brutal al yuppismo salvaje; de los pseudo vídeos musicales con ballet Zoom de fondo a la revolución visual y conceptual del Thriller de Michael Jackson… y lo que vino detrás; del cuarto de jugar y el geyperman a los salones de juegos y las maquinitas… y lo que vino detrás. En fin, del gris al arcoíris, por resumirlo fácil. O de la dictadura a la democracia, que en realidad fue la mecha que lo encendió todo.

Fue una época rica en cambios -bruscos, inesperados, acelerados, radicales, extremos incluso-. Y para muchos de ellos no estábamos preparados, ni nosotros como adolescentes, ni nuestros padres como responsables, ni siquiera la sociedad como garante de la cosa en general. A todos, sin excepción, el ciclón de los ochenta nos pilló con la guardia baja; en pelotillas, para entendernos. Sus luces y sus sombras. Y hubo mucho de ambas.

Pero vayamos por partes.




En el principio fue la infancia

¿Y qué tuvo nuestra infancia que no han tenido las de las siguientes generaciones? (¡pobres!) Pues para empezar, infancia. Esto es, juegos, imaginación, peligro, inquietud, espíritu aventurero, diversidad, ¡libertad! Aunque haya quien piense lo contrario. ¿Sobreprotección? ¡No, gracias! Nos jugábamos la vida en columpios de hierro, con aristas y caída en gravilla; o viajando en la perrera del R12 familiar, sin cinturón, claro; o moviéndonos en vespino, sin casco y con los cascos del walkman a todo volumen. Y jugando al churro/media manga/manga entera (¿mangotera?) o fustigándonos las palmas de las manos con un cinturón, víctimas del “rey verdugo”. O bebiendo lactosa, y comiendo gluten y bocadillos de mantequilla con azúcar o de tableta de chocolate. Sin peligro de obesidad. Porque no parábamos. Porque eso del sedentarismo no existía. Porque nuestra pantalla era la realidad, en tecnología HD y 3D integral, cien por cien táctil (a veces, dolorosamente táctil). Y todo aquello nos hizo fuertes. Despiertos. Proactivos. Y sin duda menos caprichosos (¿Recuerdan el anuncio aquél de “¡Un palo, un palo!”? Pues eso).


Una televisión educativa y entretenida

Aunque suene paradójico, teníamos pocos canales donde elegir y los programas estaban hechos con muy pocos medios, pero había más libertad y más calidad, porque no éramos presos de la corrección política ni de las tiránicas audiencias. Siendo objetivos, no creo que exista un programa de entretenimiento que haya superado al Un Dos Tres; ni un programa infantil que llegue a la suela de los zapatones a Los Payasos de la Tele; o un divulgador de la naturaleza con el carisma, la credibilidad y la poesía de Félix Rodríguez de la Fuente. Y quizá hoy nuestros hijos tengan Juego de Tronos, Big Bang o Cómo conocí a vuestra madre… pero nosotros tuvimos Starsky y Hutch, Canción triste de Hill Street, Roseanne y Aquellosmaravillosos años, que es quizá la mejor serie que haya parido la televisión (y la mejor BSO); y a los insuperables Roper y La chicas de oro, y al simpar Benny Hill, que hoy coleccionaría dardos feministas por millones. ¡Y teníamos M.A.S.H.! Y El Coche Fantástico, que era malísima pero nos encantaba. Y antes tuvimos a Heidi y a Mazinger Z (40 años ya) y a los Teleñecos (los auténticos, sin el Espinete ese, por favor), y a Bugs Bunny y el pato Lucas; y a la anárquica y genuina Pippi y a los geniales Picapiedra, cuando eran realmente geniales. Antes del cine.

Veíamos la tele en familia (¡se podía ver la tele en familia!), y en general había humor sano, imaginación y mensaje; simplicidad y profundidad a un tiempo. Había Responsabilidad. Programas realmente didácticos y series que transmitían valores universales y nos trataban con mucho respeto. Nos hacían felices al tiempo que nos iban convirtiendo en mejores niños y en mejores adolescentes. La tele -sí, la tele- trataba de educar, además de entretener. A pequeños y adultos. Ya nos pervertiríamos nosotros solos con el tiempo.




Luces de la ciudad

Y de repente, se hizo la luz; y la noche ya no era oscuridad y un mundo completamente nuevo, excitante y subyugante se abrió ante nuestras narices. El poderoso influjo de la luna. O del neón. La discoteca era un invento relativamente nuevo y más aún los bares de copas, uno de los grandes inventos de la humanidad, que eran un punto de encuentro universal. No hacía falta quedar para encontrarte con tu gente (tampoco había mucha más posibilidad: no existían los móviles ni el whatsapp ni las redes para organizar quedadas multitudinarias); tú ibas allí y allí estaba todo el mundo. Tu mundo, se entiende. Sin demasiada mezcla. Cada tribu tenía sus bares, su música, su ambiente, su estilo y su forma de divertirse. Había zonas neutrales, claro, bares eclécticos donde precisamente lo estimulante estaba en la variedad. Cultura general. Sociología noctámbula. Sin duda, eran los mejores bares.

Pero, como suele pasar, con la luz llegó la sombra. En una infinita variedad de efectos primarios y secundarios. Y nos pilló a todos, otra vez, en pelotas. Desconocimiento total. Ni adolescentes ni padres, ni siquiera la sociedad, teníamos ni pajolera idea de lo que era la heroína, la coca, la maría, las pastillitas de colores. Ni cómo combatirlas, ni cómo curarlas. Ni cómo evitarlas. Al contrario, la vida te incitaba a probarlas sin más. Era la época del “hay que experimentar”, “tienes que estar al día”, “pero si no engancha”, “yo controlo”… Esas frases se llevaron a muchos por delante, y alguno más que se está yendo ahora, con efectos retardados. Fue quizá la transición más dura y cruel de todas, de la bendita ignorancia a la cruda y letal realidad.


Cómo mola mi gramola

Tal vez el mayor salto de todos, o el más representativo de la época, al menos, fue la música. Esta sí que fue una transición del blanco y negro al technicolor, al multicolor, al telefunken palcolor y al arcoíris en cadena. Pasamos de Nino Bravo, los Pekenikes, Mari Trini o Camilo Sesto a Radio Futura, Alaska, Mecano, Leño y Tino Casal, de la canción melódica y las rancheras al punk, el rock cañí, el tecno, el heavy, el pijo pop, el sex symbol de turno (para ellos y para ellas) y el fenómeno fan en general. De fuera  nos llegó más punk, más rock, más heavy, más pop, más fenómeno fan, algo de mod y de funky y demasiado tecno, además de los insoportables nuevos románticos. Mucho sintetizador, mucho playback, mucho postureo y mucha farsa. Y mucha música prefabricada. ¿Divertida? Quizá. Sobrevalorada, sin duda.
  
Se habla de riqueza musical, de eclecticismo, de creatividad a mansalva. Vale. Salvo excepciones, que las hubo y muy reseñables (en España y allende), la música de los ochenta era hortera y enlatada, superflua e intrascendente; importaba más el disfraz que la canción, el envoltorio que la música en sí. Muchos de los grupos que triunfaron en la época (a veces con una sola canción) ni siquiera sabían componer, ni cantar, ni tocar. Gritaban, provocaban y se divertían (y nos divertían, reconozco). Y contaban con la complicidad culpable de la radio (esos insufribles 40) que machacaba el hit del momento día, noche y madrugada. Afortunadamente uno tenía sus pequeños oasis, tanto en la radio (Ciclos, Vuelo 605, Radio 3, Luis Cuevas) como en la vida nocturna (El Sol, Nashville, Honky Tonk, Taste...) y, sobre todo, en el verano (la cultura musical que se respiraba en el País Vasco en general, y en Zarauz en particular, estaba a años luz). ¿Riqueza musical? ¿Eclecticismo? ¿Creatividad a mansalva? Sí. La de los 70. Y la de los grupos de los 70 que siguieron creciendo en los 80, en los 90... y aún hoy.

Pero hay que reconocer que había donde elegir. Demasiado, quizá. Así que lo suyo era que cada cual tuviera su particular gramola en casa y en el coche, su colección de vinilos y cintas “temáticas”, a gusto de cada uno y de cada momento (lentas, marcha, fiesta, viaje…). Cintas que además intercambiábamos o regalábamos asiduamente para acrecentar nuestra cultura musical, en una suerte de prehistoria del P2P.



El tebeo se hace adulto

Veníamos del Mortadelo y Filemón (otro mito inmortal en permanente resurrección), del Astérix y el Lucky Luke (el genio inconmensurable de Goscinny), de Mafalda y el mundo tierno y mordaz, inteligente y divertidísimo de Quino; y antes, del Capitán Trueno y Jabato, o de Superlópez, o del Sheriff King; y por supuesto del universo infinito de Marvel (Capitán América, la Masa, Namor, el Hombre de Hierro, Estela Plateada y el insuperable Spiderman, a años luz del resto), cuyos números mensuales esperábamos con impaciencia y coleccionábamos con fervor. Nosotros vivimos aquellos sueños desde dentro de nuestros superhéroes, a través de la lectura y la imaginación. Las nuevas películas de la factoría Marvel –otra mina de oro de procedencia ochentera- lo deja todo demasiado fácil. Creo. Pero molan.


Veníamos de toda esta riqueza tebeística pre adolescente y, casi sin darnos cuenta, nos vimos inmersos en un universo mucho más oscuro, mucho más apasionante y, sobre todo, mucho más rico visual y literariamente. El cómic de adultos, que vivió en los ochenta una época doradísima. El Creepy, el Cimoc, el 84 (Zona 84 a partir de 1985), el Comix Internacional. Las impresionantes novelas gráficas de Richard Corben y Bernie Wrightson (dos  genios que conocimos antes gracias a las portadas de Meat Loaf), el erotismo con mensaje de Milo Manara, el clásico Drácula de F. Fernández, visiones apocalípticas y distópicas de civilizaciones futuras, el terror gótico de Poe o Lovecraft, el humor negro y socarrón del Torpedo de Sánchez Abulí o la voluptuosa y letal Vampirella. Arte y literatura, con certeras dosis de sensualidad (por aquello de satisfacer al público adolescente), que engancharon a muchos miles de jóvenes españoles gracias a Josep Toutain, casi el único editor que apostó por el cómic de calidad y la novela gráfica en una sociedad recién salida del tebeo y del recato.

Afortunadamente, en los últimos años hemos vivido un potentísimo resurgir de este arte gráfico y literario, que ha tenido, cómo no, su fiel reflejo en el cine (con Sin City y Los 300 de Frank Miller como abanderados de lujo).


La Princesa prometida y otros mitos de la gran pantalla

Ya quedan pocas salas como aquellas, con sus pantallas gigantescas, sus acomodadores de librea, sus sesiones continuas y sus butacas de doble uso, según fueras con colegas o con ligue. Pero lo importante, lo verdaderamente importante es que aquella fue una época extraordinariamente rica en películas emblemáticas, de esas que son capaces de marcar a toda una generación y permanecen en la sala VIP de la memoria durante toda la vida.


Los Cazafantasmas, The Blues Brothers, Terminator, Poltergeist, Gremlins, Los Goonies, Karate Kid, Arma Letal, Robocop, Aterriza como puedas, Top Secret, Cuenta conmigo, Nueve semanas y media, Mujeres al borde de un ataque de nervios, La vaquilla… Películas menores, que quizá no fueran obras maestras pero que marcaron nuestras vidas, nos llegaron muy dentro, y aún hoy, décadas después, siguen conquistándonos en cada pase televisivo. También hubo cine de calidad, en los ochenta. Obras, éstas sí, importantes e inimitables (con algunas se ha intentado, con otras ni se han atrevido), con Blade Runner, Indiana Jones y La princesa prometida a la cabeza. Pero también Brubaker, Fama, La cosa, El imperio del sol, La misión, Memorias de África, Arde Mississippi, Platoon, Regreso al futuro, el Club de los Poetas Muertos, El nombre de la rosa, Las amistades peligrosas o Amanece que no es poco. Fue nuestro cine. No solo porque es el que nos tocó, sino porque lo hicimos muy nuestro, además. Seguimos recitando diálogos de memoria; seguimos utilizando frases, expresiones, guiños que sólo nosotros entendemos; seguimos añorando personajes que nos emocionaron y que, en más de una ocasión, cambiaron nuestra forma de vestir, de comportarnos e incluso de vivir.

Sí, esas eran y son nuestras pelis inmortales (y eso lo dice un amante empedernido del cine clásico). Como nuestra fue también la década entera. Y la seguimos sintiendo muy nuestra. Porque, en fin, fue una década emblemática, paradójica, simpática, ecléctica, estrambótica, hiperbólica, prolífica, única y hasta paródica, que diría Don Mendo. O, para entendernos, una época guay, que molaba y sigue molando. Mogollón.



Lo que vivimos
Mucha música buena, largas noches sin dormir, conciertos inolvidables, libertad de horarios, la caída del muro de Berlín, series maravillosas, la mili, el Mundial de Fútbol, la Transición, el cometa Halley, la primera consola, la época dorada de la publicidad, el último combate de Muhammad Alí y el primer KO de Tyson, La Edad de Oro, el destape, Martes y Trece, la inquietud cultural, creatividad por doquier, los dos rombos, las lentas, “KITT, te necesito”, Robin Wright, veranos interminables, la vespa, Aplauso…

A lo que sobrevivimos
Mucha música mala, las primeras resacas, aforos muy sobrepasados, los abanicos y zapatones de Locomía, las descomunales hombreras y las descomunales melenas cardadas (ellas y ellos), los años del plomo de ETA, el garrafón, la mili, el sida, la heroína, el golpe de Tejero, Chernóbil, la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente y de Fofó, la colza, los new romantics, la moda juvenil, el sintetizador, Verano Azul, el pesado de Marco, las tribus urbanas, la moto sin casco, el coche sin cinturón, Enrique y Ana, la ruta del bacalao…



Y a partir de aquí, que cada cual continúe sus listas.