jueves, 16 de enero de 2020

Think BIC! Homenaje al boli de nuestra vida



En la era de la revolución digital, de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la sociedad virtual, no viene mal recordar uno de los inventos más revolucionarios, exitosos y aparentemente simples de la Historia. Tal vez sea exagerado compararlo a la rueda, la polea o la imprenta, pero en aquellos años de carencias y pesadumbre tras la II Guerra Mundial, el boli BIC logró, como los otros grandes inventos de la Humanidad, facilitarnos la vida. Que no es poco.


En 1950, el inquieto Marcel Bich y su socio Edouard Buffard, que unos años antes habían adquirido en París una fábrica desocupada con la idea de producir partes para plumas y lapiceros, crearon un producto que reunía toda la practicidad y avances tecnológicos de la época, y que invariablemente marcó un gran salto para la Humanidad en el desarrollo de la escritura cotidiana: el bolígrafo Bic Cristal. Aunque en realidad, el verdadero creador fue el húngaro Laszo Biró en 1938, cuyo ingenio consistía en una bola de acero en la punta de un cilindro, lleno de tinta especial que bajaba por acción de la gravedad, cubría la bola y se secaba al instante sobre el papel. El invento de Biró se llamó birome, y fue la base sobre la que Marcel Bich diseñó su propia bola metálica, perfeccionando el flujo de tinta de forma que acabó para siempre con los molestos borrones. Bich quitó la ‘h’ de su apellido (para evitar incómodas sonoridades con la palabra ‘bitch’) y el nuevo bolígrafo firmó su página en la historia con el nombre de Bic, “el bolígrafo mediano”.



En 1953 salió de fábrica el primer bolígrafo Bic Cristal y la primera palabra que escribió fue “éxito”. Una acertada premonición, desde luego, porque aquella tinta era petróleo. La producción inicial de 10.000 unidades diarias se multiplicó hasta las 250.000 en sólo tres años. En poco tiempo la revolución Bic se extendió por todo el mundo, hasta llegar a los 160 países actuales, en los que se venden 15 millones de bics cada día. Con los años, la compañía comercializó otros exitosos inventos del propio Bich, tan dispares y tan geniales como mecheros, cuchillas de afeitar desechables, canoas, tablas de surf y hasta móviles.

El ingenioso Barón Marcel Bich murió en 1994, a los 79 años de edad, después de una prolífica biografía creadora y procreadora (tuvo once hijos).

Hace un par de años, en la primavera de 2018, este pequeño invento tuvo incluso su propia Exposición, nada menos que en el prestigioso Centquatre de París, donde protagonizó una colección de arte contemporáneo sin precedentes. Más de 150 trabajos artísticos entre dibujos, fotografías y esculturas, de artistas procedentes de todo el planeta, unidos por una inspiración común: el boli Bic.

Y es que desde hace casi siete décadas, el Bolígrafo Bic forma parte de la Historia tanto como el boli bic de la historia de cada uno. Todos tenemos nuestros propios recuerdos inseparables de un boli bic. Desde nuestra tierna infancia y esos ‘murales abstractos’ que aparecían en las paredes del salón (blanco lienzo donde los haya); o en el colegio, para escribir dictados, pintar gafas y pipa a Sócrates en el libro de Filosofía o disparar bolitas de papel mojado en plan cerbatana de precisión; o en la Facultad, tatuándonos brazos y manos con oportunos ‘recordatorios’ en los exámenes (también escritos con compás y paciencia infinita en el propio boli, para lo que se tardaba, más o menos, el tiempo de estudiar la asignatura completa); y por supuesto en el trabajo, garabateando inconscientemente en aburridas reuniones o firmando prometedores negocios. 

Sí, el boli Bic es parte imborrable de nuestra particular historia, de mi historia también; tan imborrable como su tinta azul o negra sobre el papel de mis cuadernos, habitualmente llenos de terroríficos garabatos adornando mis apuntes. Mis primeros  relatos y poesías adolescentes, mis primeros dibujos de cómic o las primeras ideas creativas que presenté a mis clientes nacieron de un Bic. También fue parte inseparable de mi afición a la música, en forma de improvisadas baquetas o rebobinando las decenas de casetes que grababa cada año (¿os suena?). Y quién no recuerda aquel inolvidable jingle, que marcó a nuestra generación y que aún hoy recordamos y tarareamos con indisimulada nostalgia: “Bic naranja escribe fino; Bic Cristal escribe normal”. 




Y yo me pregunto: sesenta y siete años después de su nacimiento, cuando miles (millones) de jóvenes emprendedores repartidos por el mundo globalizado e hipertecnológico están tratando de inventar la nueva app que revolucione el mercado, ¿cuántos están inventando el nuevo Bic? ¿Un ingenio del alcance, la versatilidad, la simplicidad, la longevidad y la universalidad del boli bic?




jueves, 9 de enero de 2020

Lo que nos enseñaron nuestros padres.


Son malos tiempos, es cierto. Pero no son los peores. Otros vivieron tiempos más difíciles, más duros, más terribles (guerra, hambre, miseria, destrucción). Pero tenían otra mentalidad, una visión diferente de lo que es la vida, o lo que debiera ser. Y trabajaron duro para construirla. Nosotros, en cambio, nos limitamos a quejarnos. Clamamos al cielo por estos malos tiempos que nos ha tocado vivir y no somos conscientes de que somos nosotros quienes los hemos hecho malos. O peores. Rechinamos los dientes por la herencia recibida y somos incapaces de reconocer que somos los únicos culpables de haberla dilapidado. Estúpidamente. Inconscientemente. Como auténticos nuevos ricos, malcriados y descerebrados.





"¿Quiénes son los pobres? Los nietos de los ricos" nos restriega un viejo aforismo castellano. No siempre es cierto, porque nuestros padres no fueron ricos pero nuestros hijos sí son cada vez más pobres. No fueron ricos, aunque sí prósperos. Salieron de la miseria tras una guerra autodestructiva y levantaron un país con sus manos, con su sangre, con su esfuerzo; con una mentalidad de honradez y austeridad, de trabajo y ahorro, de comprar cuando hay y no gastar cuando no hay. Simplemente. De cuidar que sus hijos vivieran mejor de lo que vivieron ellos, de darles lo que ellos nunca tuvieron. Cosas tan simples como ir a la universidad, tener vacaciones o comprarse un coche antes de los treinta.
  
Hemos sido -seguimos siendo- un país de nuevos ricos (a nivel particular e institucional) que hace tiempo hemos perdido el sentido común y arruinado, literalmente, la herencia de nuestros padres. Los míos, por suerte, me enseñaron austeridad; que el lujo es, en efecto, un lujo y que se disfruta mejor en pequeñas dosis; que había que sacar buenas notas para recibir premio y que, en la vida, el esfuerzo es el único camino para ganarse la recompensa, aunque esta no sea siempre justa; que hay que trabajar duro, pero también estar en casa y dar a nuestros hijos algo (o mucho) de ese tiempo que no tenemos; que somos unos privilegiados, y hay que devolver el favor de lo que nos han regalado ayudando a los que no tuvieron tanta suerte (que cada vez son más); que lo importante no es el coche, sino quien lo conduce, y que vestir bien no significa vestir de etiqueta (o sea, enseñando bien la etiqueta); que siempre quedan agujeros para apretarse el cinturón un poquito más, y no pasa nada si este mes no se sale a cenar; que no es cutre llevarse las palomitas al cine desde casa si eso significa poder ir al cine; que la dignidad de cada uno está en darse a los demás (a los tuyos y a los otros); que el éxito es un concepto muy relativo -y a menudo sobrevalorado- y que un pequeño logro es siempre una gran alegría; que la modestia es un valor, lo mismo que la generosidad, lo mismo que la honestidad, lo mismo que la bondad.

Me enseñaron que la verdadera riqueza está dentro de nosotros, no en nuestros bolsillos. Y que esta vida no es un fin, sino un medio. Que estamos aquí de paso y que lo mejor que podemos hacer es el bien. Que no somos más que el de al lado; y tampoco menos. Que el apellido vale lo que vale la persona. Que engañar es malo, que robar también, que la ambición es legítima pero ha de tener límites, y que ser honrado no es ser tonto, es ser honrado.

Y aunque a veces uno se pregunte si realmente merece la pena tanto esfuerzo para tan poco, si podía haber hecho más para ganar más viviendo menos, si estar dando a otros es estar quitando a mis hijos, o si es mejor seguir una vocación poco productiva que una profesión más generosa pero infinitamente más ingrata… entonces, miro hacia atrás y recuerdo lo que me enseñaron. Y pienso que sí, que estoy en el buen camino. Que en esta vida lo único importante, lo verdaderamente importante, es ser buena persona. Y hacer lo que se debe en cada momento. Punto.

Pienso que a todos nos enseñaron más o menos lo mismo. El problema es que la mayoría de nuestra generación lo ha olvidado y sustituido por conceptos como "ambición", "codicia", "dinero", "éxito", "imagen". La consecuencia es que hemos quemado el futuro. El nuestro, seguro; el de nuestros hijos, depende de lo que les enseñemos a partir de ahora.
Si es que hemos aprendido la lección.


PD. Mi primo Javier decía: «Había un hombre tan pobre, tan pobre, tan pobre... que sólo tenía dinero». Pues eso. 


martes, 24 de diciembre de 2019

Campeones. El milagro de J. Fesser




Visto desde fuera, tener un hijo con una discapacidad intelectual es, para la mayoría de la sociedad, una desgracia ajena. Visto desde dentro, para la mayoría de los padres la noticia es un shock; para algunos, incluso, una tragedia. Pero con el paso de los días, el drama va dejando paso a la comedia romántica y, con los años, la presunta tragedia se convierte, casi sin excepción, en una maravillosa historia de amor. Es lo que pasa también cuando ves Campeones. Te esperas un lacrimógeno dramón al uso y lo que te encuentras es una divertidísima y entrañable comedia, de las que se disfrutan de verdad, que además lanza un mensaje tan implacable y certero como necesario.

Y es que la película del tándem Fesser & Manso, en colaboración con el guionista David Marqués, rompe con muchos de esos estereotipos y prejuicios tontos (sí, tontos) que todos utilizamos como escudo ante estas personas “diferentes”, ante estos seres humanos que son mucho más humanos que la mayoría de nosotros. Por eso Campeones es una película importante y necesaria. Y además –no menos importante- es una buenísima película: cargada de humor, de ironía, de ternura, de diálogos memorables y de personajes adorables e inolvidables; una película sincera, honesta y real. Sobre todo real. Porque las situaciones son reales, los diálogos son reales, los prejuicios son reales (los del entrenador, los de los pasajeros del autobús, los de los espectadores) y los personajes son tan reales como sus historias –las de la película y las de sus propias vidas.

Vidas paralelas


Esto es quizá lo más valioso de Campeones. Que vida y guión, realidad y ficción, personas y personajes se entrelazan con absoluta veracidad. Porque son lo mismo. Sí. José, Jesús, Gloria, Julio, Fran, Stefan, Jesús Lago Solís, Sergio, Alberto y Roberto tienen los mismos deseos, esperanzas, ilusiones, dificultades, sentido del humor, miedos, alegrías, frustraciones, virtudes y coraje que Juanma,  Marín,  Collantes, Fabián, Paquito, Manuel, Jesús Lago Solís, Sergio, Benito y Román. Los mismos defectos, las mismas carencias, los mismos sentimientos. Los mismos generosos corazones. “Ellos viven la lógica del corazón”, nos recuerda Fesser; solo por eso, ya son mejores que nosotros. Y también por su falta de prejuicios y su mirada limpia. Por su entusiasmo y su entrega, su ilusión a prueba de bombas. Es la gran lección que nos han dejado estos diez campeones. La que nos dejan cada día miles de campeones que no salen en la película pero están ahí, tan protagonistas como estos peculiares Amigos.


Un hijo como nosotros


«Yo tampoco querría un hijo como nosotros. Pero sí quisiera un padre como usted», le suelta a bocajarro Marín a Marco, cuando el entrenador aún no había empezado a entender pero su pupilo sí apreciaba en él los primeros síntomas. Un pensamiento y una reivindicación que ya nos conmovió –y nos sacudió con tremenda e inesperada fuerza- aquella noche inolvidable en la que Jesús Vidal dedicó el Goya a sus padres. No sé si la sociedad ha cambiado mucho desde entonces, si esa “normalización” tan políticamente correcta se ha transformado en algo más emocionalmente correcta, una visión natural y aceptada de esas capacidades diferentes; tan natural y aceptada que no tuviéramos que hablar más de normalización (habría que definir primero qué es “normal”). Ni, ya puestos, de inclusión.

Ese día llegará (está mucho más cerca que hace veinte años, que hace diez e incluso que hace uno), gracias a cientos de fundaciones y miles de voluntarios que se dejan la piel a diario en esta causa. Sin perder el entusiasmo ni un ápice. Recordándonos, como señala Román refiriéndose a Marco en una de las frases lapidarias de la película, que «La discapacidad la va a tener siempre, le estamos enseñando a manejarla». Eso es lo que debemos aprender. A manejar nuestra discapacidad, que es bastante más limitadora que la de estos campeones; llámalo cortedad de miras, falta de empatía, complejos varios, exceso de ombligo, cerrazón mental, prejuicios, condescendencia, analfabetismo emocional o de mil maneras más. Hay tantas discapacidades sin diagnosticar…



¡¡¡Subcampeones oe oe oeeeeee!!!


La otra lección imprescindible que nos sirve la película en bandeja es –atención, spoiler- ese gran final de la gran final del campeonato de baloncesto. Esa canasta imposible de Benito en el último segundo que, efectivamente, no entra y hace campeones a Los Enanos. Y esa alegría desbordada, sincera, plena de Los Amigos al saberse subcampeones, abrazándose al adversario en una fenomenal fiesta de saltos, risas, aplausos y vítores, coreando todos ese transgresor ¡¡¡Subcampeones, subcampeones oe oe oeeeeee!!!, tan alejado del “hay que ganar siempre, a cualquier precio” que nos impone la implacable cultura del éxito.

Una vez más, el mensaje de estos campeones atípicos llega nítido y potente a nuestros oídos: lo más importante no es ganar, sino disfrutar el camino; hacerlo lo mejor que puedas, con entusiasmo, con generosidad, con humildad, pensando en el otro, haciendo equipo (haciendo Amigos). La vida sería un poco más llevadera sin tanta obsesión por tener más, ganar más, correr más, ¿verdad? Lo resume magníficamente la madre del entrenador Marco tras la victoriosa derrota: «Lo importante, hijo, es que tú estés bien». Poco más queda por decir.



La película Campeones ha marcado sin duda un antes y un después en la percepción que tenemos de la discapacidad intelectual. Nos ha hecho ver y entender de una manera tan clara y contundente que es casi un milagro, como el que abre los ojos al entrenador ciego de prejuicios (inmenso Javier Gutiérrez); a ver lo que nos dura.

Una última lección


Lo cuenta Javier Fesser en el libro Nada nos para, de la Fundación A LA PAR. «El otro día le pregunté a uno de los actores de Campeones si le gustaría repetir con un Campeones 2. Me contestó que la experiencia había sido tan increíble que “habría que darle la oportunidad a otro ¿no?”. Eso es ser un campeón de verdad en la vida. Y admirar a gente así y valorarla nos hará un poquito mejores a todos.»

Ser un poco mejores. ¡Qué bonita razón para ver Campeones! ¿Verdad?



viernes, 20 de diciembre de 2019

Star Wars: el ascenso del Universo Lucas

Hace más de cuatro décadas, una galaxia muy, muy lejana se mostró ante los ojos de los terrícolas por primera vez. En la oscuridad de 32 salas de cine, aquel iniciático 25 de mayo de 1977, unos cuantos miles de habitantes de nuestro frágil e insignificante planeta tuvieron el honor de descubrir un nuevo mundo de guerras estelares, naves espaciales, estrellas de la muerte, princesas secuestradas, poderosos malvados y valerosos héroes que había nacido para revolucionar, más allá de lo imaginable, la industria del cine. Y las vidas de varias generaciones de terrícolas. 
Recién estrenada la (presunta) última entrega de esta obra magna del cine, Star Wars: El ascenso de Skywalker, es el momento perfecto para recordar cómo empezó todo. Una odisea tan galáctica y visionaria como la propia saga.


La Guerra de las Galaxias es obra, casi personal, de un genio visionario de nombre George Lucas, que transformó su relativamente corta experiencia en el cine, su incombustible imaginación, su pasión por los clásicos y una visión del negocio inédita hasta la fecha, en una de las creaciones cinematográficas más trascendentales e influyentes del último tercio del s. XX. No sólo marcó las pautas de una nueva forma de entender la industria, también se convirtió en un fenómeno social y cultural al que se han ido sumando millones de fans en todo el mundo a lo largo de más de cuatro décadas.

Nunca, ni siquiera con el entrañable ET de su amigo Spielberg, hemos estado los humanos tan cerca de la vida intergaláctica. Esa galaxia muy muy lejana en el espacio pero muy muy cercana en nuestras retinas, en nuestra memoria, en nuestras neuronas o en nuestros labios incluso (¿quién no ha exclamado alguna vez “que la fuerza te acompañe”?). Planetas y satélites de nombres imposibles (Kashyyyk, Tatooine, Coruscant, Naboo…) en los que habitan innumerables razas extraterrestres a cual más extravagante, androides que dominan más de seis millones de formas de comunicación, humanoides tan humanos como los humanos y toda suerte de extraños seres, capaces de reunirse amistosamente en un bar con banda de jazz de fondo o de aniquilarse con armas de destrucción selectiva o masiva, según la circunstancia de la batalla.

Porque, en definitiva, de lo que nos habla George Lucas en La Guerra de las Galaxias -y sus ocho secuelas y precuelas- es, precisamente, de la vida; de la nuestra, la de los seres humanos. Nos habla del Bien y del Mal, del poder y de la rebeldía, del amor y del valor, de la conquista de la libertad, de la muerte por la libertad. Nos habla de políticos corruptos y de honestos ciudadanos. De buenos y malos, en suma. Como todo, como siempre. 

Los caballeros de la Orden del Jedi, defensores de la paz y la justicia, están directamente extraídos de los caballeros medievales, con sus ritos, sus princesas y sus espadas (aquí de luminoso haz de energía); con su ‘fuerza superior’, ese poder metafísico omnipresente que les provee de mágicas habilidades (como un Merlín cualquiera). Y también tienen su lado oscuro, los Sith, antagonistas de los Jedi, que se dejan llevar por el odio, la ambición y la crueldad, y que controlan el lado más negativo de la ‘fuerza’ con un único fin: dominar el universo (como un Hitler, un Napoleón o un Julio César). Obi Wan Kenobi por el lado bueno, Darth Vader por el lado malo.


El origen: de Ford a Kurosawa pasando por la Edad Media.

Pero vayamos al principio. Esto es, al cine. La primera película de la saga, Una nueva esperanza (originalmente La Guerra de las Galaxias) se estrenó en 1977, pero nació seis años antes, cuando George Lucas comenzó a trabajar en dos ideas para la Universal: American Graffiti (estrenada en 1973, fue su primer éxito) y un boceto de guión que en sus inicios se llamó «The Journal of the Whills», sobre un aprendiz de comando espacial  “Jedi-Bendu” y su maestro. Lucas cambió la historia por una suerte de remake de una película del japonés Akira Kurosawa (La fortaleza escondida, 1958), a la que añadió elementos como los Sith, la Estrella de la Muerte y un tal Annikin Starkiller, como estrella protagonista. Dos años, cientos de tachones, borrones y reescritos después, fueron apareciendo el granjero-héroe Luke, la Fuerza, el padre de Luke (Anakin), Ben Kenobi y demás galácticos personajes. En 1976 ya había una versión de guión relativamente definitiva, bajo el poco sugerente título Adventures of Luke Starkiller, as taken from the Journal of the Whills, Saga I: The Star Wars (“Aventuras de Luke Starkiller, extraídas del Diario de los Whills, Saga I: Las Guerras Estelares); durante el mismo proceso de producción quedó directamente en Star Wars y Luke cambió el Starkiller (asesino de estrellas) por el Skywalker (caminante del cielo), que además resultaba más apropiado para un héroe.




Al argumento galáctico le añadió Lucas unas buenas dosis de sus géneros literarios y cinematográficos de referencia: el western (especialmente Centauros del desierto, de John Ford), los seriales de Flash Gordon, las películas de samuráis de Kurosawa, las novelas caballerescas y la sociedad feudal, Lawrence de Arabia y Casablanca, los combates aéreos de la II Guerra Mundial, las batallas navales de las películas de piratas, el senado romano y Los tres mosqueteros. Una vez finalizada la primera entrega, Lucas ya sabía, antes de su exitoso estreno, que sería el inicio de una serie de aventuras; y que, además, no habría de ser la primera cronológicamente, sino la cuarta de seis. El propio Lucas lo explica así: “No mucho tiempo después de que comenzara a escribir Star Wars, concluí que la historia daba para más de lo que una simple película podía dar cabida. Mientras completaba la saga de los Skywalker y los caballeros Jedi, empecé a visualizarlo como un relato que tomaría lugar en, por lo menos, nueve películas —tres trilogías— y decidí continuar justo entre los hechos precedentes y los sucesivos, partiendo entonces con la historia intermedia”.

Varios escritores y guionistas pasaron, con mayor o menor fortuna, por los sucesivos argumentos, tratamientos, borradores y guiones, cuyo esquema general había definido George Lucas. Él mismo acabó escribiendo el guión de El Imperio Contraataca, cuyo proceso de producción resultó tan estresante y costoso para el director que pensó en rematar ahí la serie. Finalmente se estrenó en mayo de 1983 y resultó ser un éxito apoteósico. El mismo proceso se repitió con la tercera entrega, El retorno del Jedi: el desgaste (multiplicado por el ruinoso acuerdo de su divorcio en 1987), el éxito, la renuncia oficial a continuar la saga… y su posterior continuación, por triplicado.



La otra galaxia: el universo expandido de Lucas

Pero la trascendencia de La guerra de las galaxias fue mucho más allá de su éxito en taquilla. Ya desde su primera entrega, logró redefinir el género de la ciencia ficción gracias a unos efectos especiales absolutamente innovadores e inéditos en la época, que resucitaron el interés del público por el género; igualmente, inició el concepto de “película taquillera del verano”, que daba más importancia al impacto visual que a la profundidad de la trama. También introdujo importantes innovaciones en el sonido, definió el concepto de “futuro usado” (aspecto sucio frente a la pulcritud –irreal- de anteriores películas de ciencia ficción) y marcó el camino de las trilogías cinematográficas.

Pero tal vez la verdadera revolución de Star Wars fue lo que se ha denominado el “Universo expandido”, esto es, expandir los beneficios de cada película hasta límites inimaginables a través del merchandising, las licencias y cánones y cualquier elemento de la cultura popular susceptible de ser comprado. Desde la primera historieta publicada por Marvel Comics en 1978 (“New Planets, New Perils”), han sido cientos de comics, especiales de televisión y radio, maquetas, libros, diseños, reportajes y entrevistas, dibujos animados, películas, juguetes, juegos, videojuegos, cromos, tarjetas, páginas web... los que han invadido las vidas de varias generaciones de fans galácticos, siempre bajo el control omnímodo de George Lucas, que supervisa todos y cada uno de los planetas y asteroides de este universo expandido.


Por haber, hay hasta una religión, el jediísmo o yedaísmo, cóctel de budismo, taoísmo, sintoísmo y ciertas creencias celtas cuyo credo se fundamenta en La Fuerza, tal y como la define Obi-Wan Kenobi: “La Fuerza es lo que le da al Jedi su poder, es un campo de energía creado por todas las cosas vivientes, nos rodea, penetra en nosotros y mantiene unida a la galaxia.” Creyentes o no, miles de fans (frikis, si se quiere) celebran los estrenos de cada película en multitudinarias convenciones, organizadas por Lucas Films, a las que acuden disfrazados de sus personajes favoritos, y donde viven tres días de vida auténticamente intergaláctica, inspirada en el universo Star Wars. Además, cada 4 de mayo (May the fourth, que suena a May the Force...) desde 1979 se conmemora el Día Mundial de la Guerra de las Galaxias (Star Wars Day), en el que millones de fans celebran el nacimiento de la saga.


Tras nueve exitosas películas, cientos de mundos paralelos y un poderoso arraigo en la cultura popular, el universo creado por George Lucas parece no tener fin. Aunque, pese a lo que afirmó su propio creador (“Todo el tiempo me preguntan: '¿Qué ocurre después de El retorno del Jedi '? Y es que la verdad no hay respuesta. Cuando Luke salva a la galaxia y logra redimir a su padre, es justo ahí donde la historia acaba”) ya ha llegado a las pantallas de todo el universo conocido la última entrega de la saga, Star Wars IX: The Rise Ofv Skywalker. La pregunta ahora es ¿para cuándo el primer spin off?






lunes, 16 de diciembre de 2019

Cuando J.R.R. Tolkien fue Papá Noel


J.R.R. Tolkien no fue solamente uno de los más grandes escritores de la literatura fantástica, inglesa y universal, además de afamado lingüista, conferenciante, ilustrador, catedrático en la Universidad de Oxford -entre otros muchos cargos y honores- y creador de El Señor de los anillos y El hobbit. Fue también orgulloso padre de cuatro hijos, a los que no se limitaba a contar un cuento antes de dormir; para ellos escribió e ilustró, a lo largo de 23 años, una de sus más deliciosas creaciones: Las Cartas de Papá Noel (Letters from Father Christmas).


El día de Navidad de 1920, el pequeño John recibió una misteriosa carta en su casa de Oxford, fechada el 22 de diciembre. Tenía restos de nieve y había llegado desde el mismísimo Polo Norte; estaba escrita con letra temblorosa, decorada con bellos dibujos y firmada por el mismísimo Papá Noel. Como el pequeño John aún no sabía leer –tenía tres años- su padre, John Ronald Reuel, leyó las palabras que Papá Noel le había dirigido expresamente a él: “Me he enterado de que le has preguntado a tu papá cómo soy y dónde vivo. He hecho un autorretrato y he dibujado mi casa. Guarda bien el dibujo. Ahora mismo me marcho a Oxford con el saco lleno de regalos (algunos para ti). Espero llegar a tiempo: esta noche la nieve es muy espesa en el Polo Norte. Con cariño, Papá Noel”.
A partir de aquella misiva, año tras año, cada día de Navidad los hijos de J.R.R. Tolkien (después de John llegaron Michael, Christopher y Priscilla) recibían su particular carta de Papá Noel -de manos del compinchado cartero o entre sus regalos navideños-, en la que relataba a los niños toda suerte de avatares, acontecimientos y anécdotas que sucedían en su morada del Polo Norte. Papá Noel les contaba cómo era su día a día, el proceso de empaquetado de regalos, los múltiples quehaceres de sus ayudantes, de qué forma se divertían en los ratos libres o las constantes meteduras de pata de su fiel Karhu (un enorme y patoso Oso Polar). Conforme sus hijos crecían, Tolkien fue introduciendo otros personajes fantásticos: gnomos rojos, muñecos de nieve, osos de las cavernas, elfos rojos y verdes, trasgos malignos “que aullaban como silbatos de locomotora” y los dos sobrinos de Karhu, Paksu y Valkotukka, que aparecieron un día de visita y allí se quedaron; y, ya en las últimas cartas, su imprescindible secretario personal, el elfo Ilbereth (que en ocasiones también escribía algún párrafo, con trazos elegantes y ligeros).

Los niños aprendían que el trabajo de Papá Noel no era en absoluto sencillo y él y sus amigos se veían envueltos en no pocos peligros y dificultades. El frío, las tormentas,  la guerra con una horda de trasgos picapleitos que vivían en unas cuevas debajo de la casa, el día en que se soltaron todos los renos de los trineos y desperdigaron los regalos por doquier o las sempiternas torpezas de su principal ayudante Karhu...





“Mis queridos niños, el pasado noviembre un día muy ventoso se voló la leña y fue a parar en lo alto del Polo Norte; le dije que no lo hiciera, pero el Oso Polar trepó hasta la delgada cima para bajarla… y lo hizo. El Polo se rompió por la mitad y cayó en el tejado de mi casa y el Oso Polar cayó por el agujero y aterrizó en el comedor, con la leña sobre su nariz, y toda la nieve cayó del tejado y se heló y apagó todas las chimeneas y se extendió por todos los almacenes donde tenía los juguetes de este año (…) Os envío un dibujo del accidente y de mi nueva casa (…) Si John no puede leer mi vieja y temblorosa letra (1925 años) debe decírselo a su padre. ¿Cuándo va a empezar Michael a aprender a leer y a escribirme sus propias cartas? Mucho amor para vosotros dos y para Christopher”.
En algunos episodios, Tokien ya dejaba entrever ecos de las historias que estaba elaborando para su legendarium, en el que elfos y trasgos son parte esencial: “Supongo que recordarás que hace unos años tuvimos problemas con los trasgos y que pensábamos que todo estaba arreglado. Bueno, pues este otoño volvieron a la carga, y peor que en los últimos siglos. Hemos librado varias batallas, y durante unos días mi casa estuvo sitiada. En noviembre empezó a parecer plausible que la invadieran y se llevaran mis bienes, de modo que todos los Calcetines de Navidad del mundo se iban a quedar vacíos…”

Los relatos estaban impregnados de fino humor y multitud de detalles, tanto de los personajes como de los paisajes, detalles que se acompañaban con bellísimas ilustraciones explicativas, realizadas con maestría por el propio Tolkien, que proporcionaban una gran verosimilitud a la historia (además de la letra temblorosa y los sellos y matasellos del Polo Norte). Pero también las aprovechaba el escritor para lanzar (explícita o implícitamente) el obligado mensaje de todo padre responsable a sus hijos: qué tenían que hacer los niños para poder recibir muchos regalos, esto es, portarse bien, obedecer a papá y mamá, ayudar en casa, ser aplicados y, claro, sacar buenas notas.


La maravillosa tradición de la familia Tolkien perduró hasta que la pequeña Priscilla cumplió catorce años, en 1943; aunque, como señala Ilbereth en la última carta, “conservamos siempre los nombres de los viejos amigos y sus cartas, y esperamos volver algún día, cuando sean adultos y tengan casas y niños propios”. Tres años después de la muerte de J.R.R., en 1976, las Cartas de Papá Noel fueron editadas en un cuidadísimo libro por la segunda esposa de su hijo Christopher, Baillie, que incluía las cartas manuscritas de puño y letra de Noel/Tolkien y las ilustraciones originales. Una obra deliciosa que muestra su genial capacidad imaginativa y, sobre todo, su inmensa capacidad de amor y entrega hacia sus cuatro hijos. Sin duda, el regalo más entrañable que recibían cada Navidad.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Cuento de Navidad



Magda no creía en la Navidad. La verdad es que Magda no creía ya en casi nada. Salvo en su propia miseria. De sus envejecidos y harapientos cincuenta años recién cumplidos, había pasado treinta en la calle. Indigente, la llamaban. Escoria de la escoria, se definía ella. Había sido adicta a casi todo: a la heroína, cuando había con qué; al pegamento, cuando no; a la metadona, en los momentos en que le quedaba un atisbo de lucidez y admitía a regañadientes la caridad culpable de su odiada sociedad. En los últimos años, sólo le restaba ya la adicción al vino barato y a su propia soledad. Durante el día bebía y a veces hasta sacaba fuerzas para pedir limosna, pero casi siempre simplemente la esperaba, aletargada (semiinconsciente), reclinada en su rincón de cartones y miseria. Por la noche dormía, pero no soñaba; porque la escoria sólo puede permitirse soñar con escoria y, para eso, mejor no soñar. No pedía nada a la vida, pues sabía que la vida ya nada le iba a dar. Si acaso, abandonarla definitivamente de una vez. Morir. Morir. Morir. «Dios mío, deja que me muera. Deja que me muera… por favor…».

Habían pasado ya treinta años. Treinta años desde que le arrebataron a su bebé, a su niña, a su vida. Incapacitada, la declararon. ¿Incapacitada para qué? ¿Para querer a su hija más que a su vida? ¿Para darle todo el amor que una madre puede dar, que es todo el amor del mundo? Se la quitaron. Se la robaron. Se la llevaron, y con ella se llevaron también su corazón y su cordura. Lo único que le dejaron fue una foto, descolorida ya por el paso del tiempo y por el roce de sus ásperas y ennegrecidas manos (¡Pero qué guapa era, tan regordeta! Y con esos dos curiosos lunares detrás de la oreja, que eran como la Tierra y la Luna, le gustaba pensar. «Tú eres la Tierra, mi amor. Y yo la Luna, que para eso estoy loca. Y la Tierra no puede vivir sin la Luna. Y la Luna no puede vivir sin la Tierra»). Pero aquel día la Luna se quedó sola. Y, durante treinta años de lunática locura, esa foto fue su único puente con la cordura. Y durante treinta años, la esperanza de volver a ver a su niña fue su única razón para seguir viva. Aunque sólo fuera para morir entre sus brazos, como ella había nacido entre los suyos, aquella Nochebuena treinta años atrás.


Pero esa noche, también Noche Buena (para el mundo decente, porque para los miserables todas las noches son malas), todo apuntaba a que iba a ser su última noche. La neumonía ya no huía del alcohol, como otras veces, y la fiebre subía en proporción inversa a la temperatura de su gélido rincón de cartones y mantas raídas. Esa noche, Magda lloró. Llanto de sangre y hielo. De sangre y de dolor por la vida vivida, por la vida perdida; de helada tristeza porque no iba a morir en brazos de su niña. 

Apenas estaba consciente cuando los servicios sociales la rescataron de su pozo de miseria y cartón. Apenas escuchó la furibunda sirena de la ambulancia del Samur. Apenas notó el pinchazo en su brazo calloso. Sin embargo, en su nebulosa moribunda, sí sintió la mano de la enfermera cogiendo la suya. Firme y cariñosa. Y sí vio, con absoluta nitidez, sus ojos comprensivos, llenos de amor sincero, sin falsa compasión. Y también percibió el calor (¡la vida!) de sus labios tiernos besando su mejilla como sólo una hija es capaz de besar a una madre (o eso quería pensar). Y en ese preciso instante, sus ojos ya casi apagados por la muerte inminente, Magda pudo ver los dos pequeños lunares que la enfermera tenía, apenas visibles, detrás de su oreja. Y un segundo antes de entregarse a la muerte, mirando a los ojos de la joven con toda la ternura acumulada durante treinta años, aferrándose a su mano dulce y familiar, Magda sonrió. Y su sonrisa dibujó una palabra, apenas un susurro, un último suspiro extrañamente vivo y pleno: «…María…».




miércoles, 20 de noviembre de 2019

España no es un circo. ¡Ojalá!



Uno está harto de escuchar, aquí y allá, que esta España nuestra de corruptelas, subvenciones, impunidades, impuestazos, amienemigos, mediocridades, injusticias, maldades, codicias, indignidades, complejos, fanatismos y demás alargadas sombras es un circo. Será, digo yo, por los payasos que dirigen —ahora o antes— el cotarro; o por las algarabías de patio de colegio en el congreso de los imputados; o por las animaladas continuas a las que somos sometidos los ciudadanos; o por las manadas de alimañas sin moral ni castigo; o por los equilibrios imposibles para justificar lo injustificable; o por los jueces que han de enjaular a las fieras más peligrosas sin látigo, sin taburete y, a veces, sin dignidad; o por los miles de pequeños empresarios y autónomos que son obligados a lanzarse al vacío sin red; o por el más difícil todavía en esto de sobrevivir. España es un circo; el Congreso de los Diputados es un circo; la política es un circo; los sindicatos son un circo; el ayuntamiento de tal o cual ciudad es un circo; las autonomías son un circo (y a algunas, además, les crecen los enanos)…

Y uno podría estar de acuerdo en que, en efecto, este país es un auténtico circo de tres pistas (o diecisiete), un puro cachondeo. Y de hecho lo estaba. Muy de acuerdo. Hasta hace un par de días.

Y es que hace un par de días volví a ver y a disfrutar como un niño “El mayor espectáculo del mundo”, esa obra magna del siempre magno Cecil B. DeMille (y que, por cierto, fue la primera película que vio en el cine el genio Spielberg, a los seis años, y le marcó para los restos; especialmente la escena del descarrilamiento del tren), esa maravilla de color, espectáculo y pasión que aún conservo en DVD y que hace un par de días me dio por rememorar.
            Y digo que volver a ver esa película cambió mi percepción del “España es un circo” porque el circo que yo vi esa tarde en la tele no tiene nada que ver, nada, con la España que padecemos hoy. Y llamar a esta España “circo” hoy se me antoja injusto e insultante. Para el circo, claro.


En “El mayor espectáculo del mundo” vi a un director (Charlton Heston) apasionado y entregado a su gente, que desafía a la crisis, a los dueños todopoderosos, a la naturaleza indomable, a los gansters, a los egos desbocados, a la desgracia e incluso a la muerte para llevar adelante la función («¡El espectáculo debe continuar!»); para inundar de alegría los corazones de miles de niños «de 6 a 80 años»; para dar trabajo, dignidad y cobijo a las más de mil almas que tiene a su cargo. Un acto permanente e inagotable de humanidad, generosidad y responsabilidad.

Vi a los cientos de trabajadores que luchan diariamente por su pan, sin desmayo, sin demora, sin una queja, sin una excusa, siempre con una sonrisa en los labios y en el corazón; porque su trabajo es duro, pero es su vida. Horas y horas de ensayo, horas y horas de esfuerzo y afán de superación; día tras día, mes tras mes, viviendo una vida de incomodidades e incertidumbres. De sacrificio. De aceptación.

Vi a una gran familia, más de mil quinientos seres unidos por lo que aman, dejando a un lado diferencias, egoísmos e incompatibilidades; todos a una, levantando la gigantesca carpa cada mañana, recogiéndola todos a una cada noche; sobreponiéndose juntos a la catástrofe, mano con mano, corazón con corazón; artistas y montadores, asistentes y domadores, limpiadores y estrellas, taquilleras y vendedores de helados. El compañerismo elevado a su máxima expresión.


Vi que, al final, los buenos, los honrados, los luchadores reciben siempre su recompensa; y que los villanos, los codiciosos, los tramposos reciben siempre su castigo. Y que la ley es la ley, aunque a veces parezca injusta (uno siempre llora cuando el payaso “Botones”/James Stewart es esposado por un agente del FBI que, ese día, no está precisamente orgulloso de su trabajo).


Vi, en fin, un grandioso espectáculo de optimismo, de superación, de entrega a los demás, de orgullo, de unidad, de ejemplaridad. Una lección infinitamente más constructiva que la que nos ofrecen habitualmente nuestros poderes públicos, nuestros corruptos oficiales y oficiosos o nuestras estrellas mediáticas de falso esplendor en esta feria de tramposos impunes en que han convertido España. Vi lo que me gustaría que vieran mis hijos cuando tengan ojos para ver la realidad. Un circo, desde luego, muy diferente al que nos tienen montado aquí.