martes, 19 de mayo de 2026

Lourdes, el lugar más contagioso del mundo



Sucede, a veces, que la vida te regala uno de esos momentos que te arreglan por dentro. Que te cosen el roto interior y te hacen, digamos, mejor de lo que eras justo antes. Mejor persona, mejor ser humano en todos los (buenos) sentidos. Quizá no experimentes una transformación radical y extrema de tu existencia, un giro de 180º de tus principios y prioridades (que también sucede), pero sí te aseguras un potente empujón hacia el lado bueno de las cosas. Y eso es algo que necesitamos todos. Y especialmente yo.

Ese momento –valioso, extraordinario, imborrable, hermoso- me lo regaló la vida esta pasada semana. Y fue volver a Lourdes como hospitalario. Un año más, una peregrinación más, un regalo de la vida más.

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Para los que no conozcan lo que supone ir al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes con enfermos (de todo tipo: parálisis cerebral, ELA, síndrome de Down, tetraplejia, ceguera, autismo, cáncer, discapacidad intelectual…), la idea básica es que durante cinco días te olvidas de quién eres, de lo que eres (de tu cargo, de tus problemas, de tus prioridades) y te dedicas en cuerpo y alma a otras personas que, por la razón que sea, han tenido peor suerte que tú. Personas a las que una grave enfermedad, una dolencia extrema o un mal incurable –y a menudo apenas apaciguable- les hace la vida más dura y complicada y que, durante unos días, se olvidan un poco de su día a día y viven el sueño esperanzador del milagro de Lourdes; o, simplemente, la alegría de estar ahí, en presencia de su segunda Madre, dejándose querer y abrazar.

Y esa es tu prioridad como hospitalario -tu única misión, en realidad-, que durante esos cinco días ellos se olviden también de lo que son, de lo que sufren. Tu responsabilidad es cuidarlos, atenderlos, escucharlos, entenderlos, aliviarlos; es reír con ellos, rezar con ellos, cantar y jugar con ellos (incluso disfrazarte de princesa barbuda); es abrazarlos y mimarlos, quererlos; es hacer que se sientan especiales (lo son), protagonistas de una experiencia que va más allá, mucho más allá, de un simple voluntariado. Para ellos y para ti.

Las cojeras del alma

Porque aquí, en Lourdes, se unen lo físico y lo místico, lo lúdico y lo religioso, el entorno natural (bellísimo, imponente) y el interior más profundo de cada uno. La fe y la duda. Las dolencias del cuerpo y la discapacidad espiritual; las cojeras del alma. Porque aquí todos venimos cojos de algo, en busca de algún tipo de curación. Eso es también lo que nos une a unos y otros. Y, sobre todo, lo que hace de esta peregrinación algo tan radicalmente diferente.

Y así son esos cinco días. Una gratificante mezcla de sentimientos, emociones, experiencias, madrugones y risas. De compañerismo y trabajo duro que en ningún momento se percibe duro. Porque vas con otro ánimo, porque la queja se ha quedado en Madrid y la tontería se te borra de un plumazo en cuanto subes al autobús y te sientas, durante doce horas, junto a uno de los enfermos (por ejemplo Raúl, un alma tranquila y risueña como pocas, a pesar de vivir anclado a una silla de ruedas; o Angie, que sufre su ELA en forzado silencio pero que te da las gracias con una dulzura y una sonrisa que son pura luz); y escuchas y observas y entiendes y admiras. Y empiezas a pensar que has ido allí a recibir más que a dar. A aprender y absorber más que a demostrar. El ego, como en la mítica grabación colmada de estrellas de “We Are The World”, se queda fuera.

Y entonces empiezas a contagiarte.

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Un poderoso foco de contagio

La primera vez que fui como hospitalario a Lourdes alguien me dijo que el verdadero milagro de este pequeño rincón de peregrinaje oculto entre bosques y montañas era que, en 150 años de existencia del Santuario, tras millones de peregrinos y enfermos de toda consideración, nadie se había contagiado de nada. Ni siquiera compartiendo la misma agua en las piscinas, donde cientos de personas sumergen sus cuerpos, sanos o enfermos, cada día.

Sin embargo, para mí, el verdadero milagro de Lourdes es precisamente lo contrario. El recinto del Santuario es sin duda el más poderoso foco de contagio del planeta, con epicentro en la Gruta de Massabielle. Se contagia el silencio, esa profunda conversación interior que tanta falta nos hace y que tan poco ejercitamos en nuestra vida cotidiana. Se contagia la devoción, la fe sencilla y sincera, la necesidad de rezar y agradecer desde lo más hondo del corazón. Se contagia la empatía, la facilidad que tenemos todos los camilleros y damas hospitalarias –veteranos o novatos- de abrazar, de escuchar, de entender, de sentir lo que siente cada enfermo; de estar siempre a su lado, de no escatimar sonrisas ni cercanía ni cariño… ni cachondeo, cuando toca; de no robarles su dignidad ni en los momentos extremos (darles de comer, vestirles, lavarles esto y aquello, tratar de traducir los balbuceos, de entender los aparentes sinsentidos). Se contagia la risa, la alegría, la vitalidad, las asombrosas ganas de vivir y de disfrutar que tienen todos los enfermos a pesar de sus circunstancias; quizá porque para ellos son sólo eso, circunstancias. Y se contagia también su dolor. Inevitablemente. Afortunadamente.

Se contagia la humildad, la certeza inamovible de lo pequeñitos que somos, de que cada uno es lo que da, y punto; sin cargos, sin nombres, sin currículums, sin falsa caridad, sin una pizca de condescendencia. Se contagia el respeto, al lugar, a la devoción, a las normas, a las creencias, a las personas, a los motivos, a los extraños, a tu equipo; y, por encima de todo, el respeto a los enfermos, a sus discapacidades y capacidades, a sus buenos y malos momentos, a su lucha, a su sagrada dignidad.

Se contagia la formidable capacidad de entrega de los hospitalarios, de todos y cada uno; y el entusiasmo, que no decae en ningún instante por muy largo que se haga el día; y la complicidad y la generosidad y el “todos a una” de los equipos; y la amistad entre unos y otros que se forja en cada peregrinación, y que además de especial es irrompible.

Se contagia, en fin, la Luz. La luminosa y fascinante combinación de esperanza y fervor, de recogimiento y paz interior ante la imagen de la Virgen de Lourdes. En la gruta, en el santuario, en las capillas, en el hospital, en la impresionante procesión de las antorchas, que cada noche ilumina todo el recinto con miles de pequeñas y vibrantes llamas y miles de corazones llenos de luz, provenientes de todos los rincones del mundo. Una Luz universal, incandescente y resplandeciente, que todo lo llena, que todo lo abraza.

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Gracias, gracias, gracias

Dice un proverbio indio que lo que no se da, se pierde. Yo puedo asegurar que aquí, en Lourdes, no se pierde ni un miligramo de generosidad, de entrega, de puro amor al prójimo. Algo de lo que estamos tan necesitados en estos tiempos convulsos, ingratos y narcisistas. El milagro de dar sin medida, de darse en cuerpo y alma, de acoger y de aprender, y de recibir con los brazos y el corazón abiertos de par en par. Es a lo que hemos venido. Es lo que nos llevamos todos, sin excepción. Es la razón por la que muchos repiten año tras año durante 25, 50 y hasta 70 años. La razón por la que otros hemos vuelto a contagiarnos después de iniciarnos hace cuarenta años y retomarlo –con convencimiento firme, con ilusión renovada- hace ya tres. Y los que queden...

Sí. Sucede, a veces, que la vida te regala uno de esos momentos que te arreglan por dentro. Y esos cinco días en el Santuario de Lourdes, intensos y reconfortantes, me han arreglado para todo un año. Gracias a los enfermos, que me han enseñado lo que es vivir una vida infinitamente más complicada y dura sin la queja permanente, con la alegría y la ilusión de un niño, con una fe envidiable y una gratitud tan sincera como sus miradas (algunos de mis maestros de este año: Miguel Ángel, Raúl, Isabel, Óscar, Vega, Angie, Miki, Mari Cruz, los gemelos polacos, Morales, Gon, Javi, Sonsoles…). De todos he aprendido valiosísimas lecciones de dignidad y de coraje, de amor y generosidad, que han quedado grabadas a fuego en este corazón mío, tan necesitado y hambriento de lecciones importantes.

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Y gracias por supuesto al Equipo Rosa. Equipazo donde los haya. Desde los jefes -Cheleles, Antonio y Rocío- todo serenidad, ejemplo y dedicación, hasta el último de los novatos. Ahí quedan otras lecciones impagables de amor, entrega y compromiso, impartidas en un curso intensivo por los mejores maestros que uno pueda imaginar: Myriam, Sandra, Tere, Pilar, Ignacio, Manolo, Gloria, Elena, Ana, Sol, Dani, Mariana, Mamen, Lucía, Nico, Inés, Cris … y Rocío, mi mujer, mi socia, mi cómplice. You all are the best!!!

Poco más que añadir. Salvo dar las gracias otra vez. Y la promesa firme de que esto no queda aquí. Que el año que viene –y el siguiente, y el siguiente- volveremos Rocío y yo a curarnos de la vida en este pequeño rincón de los Pirineos. Volveremos a contagiarnos de todo lo bueno que emana de esa Luz y de ese manantial de agua milagrosa. Volveremos a vivir la experiencia de darnos como si no hubiera un mañana a una causa mucho más grande, mucho más gratificante y mucho más valiosa que nosotros mismos: los demás.

Es para lo que estamos aquí, ¿no?


jueves, 19 de marzo de 2026

BANDA SONORA PARA EL DÍA DEL PADRE


Mucho antes -y después también- de que El Corte Inglés lo transformara en un mero intercambio de regalos, más o menos de cumplido, el Día del Padre fue un intercambio de experiencias, recuerdos, vivencias, emociones, reproches y toda suerte de choques generacionales, inmortalizados en maravillosas canciones por los más grandes padres e hijos de la música. Una banda sonora perfecta para el Día del Padre. Cada uno tendrá la suya, claro. Sólo pretendo que esta os invite a disfrutar un poco más de vuestro día. Y los que aún no seáis padres, de comprender un poco más a los vuestros.

En 1970, Cat Stevens nos dejó una de esas canciones inmortales que ha trascendido a los años y a las generaciones, Father and Son. Un homenaje a las relaciones, no siempre fáciles, entre padres e hijos, y que hoy sigue tan vigente como entonces. Ese diálogo forjado de paternalismo («Fui una vez como eres tú ahora y sé que no es fácil») y de reproche («Desde el momento en que pude hablar se me ordenó callar») es, simplemente, la vida. Con música de fondo; una banda sonora prolífica y maravillosa.

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Eric Clapton con su hijo Conor

Son muchos los artistas que han dedicado a sus padres composiciones llenas de recuerdos, añoranza, agradecimiento, rebeldía, cariño. Canciones como My Father’s Eyes, en la que Eric Clapton ve los ojos de su padre, al que no conoció, en los ojos de su hijo Conor («me he dado cuenta de que está aquí conmigo, cuando miro a los ojos de mi padre»). O la entrañable Cats in the Cradle de Harry Chapin, que nos cuenta la historia de un padre demasiado ocupado y de un hijo demasiado triste, que de mayor repite el error de su padre.

Bruce Springsteen en Independence Day quiere escapar de la oscuridad de su hogar y de la oscuridad de su pueblo y de un padre que, en el fondo, es demasiado igual a él; «así que di adiós, porque es el Día de la Independencia / todos los chicos deben huir / todos los hombres deben hacer su camino (…) nada de lo que puedas decir puede cambiar nada ahora». Al final, sin embargo, hay un lugar para la comprensión: «Papá, ahora sé las cosas que querías pero no pudiste decirme».

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El Boss con su viejo

Pero no todo son tristezas y reproches. Hay hermosos tributos como el que rinde el propio Boss a su viejo en Walk Like a Man, que recuerda cuando de niño intentaba «caminar como un hombre», siguiendo las mismas huellas que su padre dejaba en la arena. «Cada generación culpa a la anterior» canta Mike & The Mechanics en The Living Years mientras añora a su padre fallecido, pero siente su presencia en el hijo recién nacido. En la poética On Elvis Presley’s Birthday Elliott Murphy rememora esos momentos mágicos junto a su padre, atravesando en su viejo Cadillac las calles de Long Island y sus negros vecinos, aquel día de cumpleaños del ídolo paterno. Un ídolo que también tuvo padre, Vernon Presley, que en la triste Don’t Cry Daddy Elvis trata de consolar por su reciente viudedad. En cambio, para Peter Gabriel en Father Son, su padre es la seguridad, incluso entre las fieras olas, porque sabe que está siempre a su lado.

Neil Young pregunta a su hijo en la entrañable My Boy por qué crece tan rápido, por qué no se toma su tiempo para cumplir sus sueños y hacer planes; y se lamenta porque «creí que apenas habíamos empezado». Bob Dylan, padre ausente, dedicó en Forever Young los más bellos deseos y consejos a su hijo recién nacido, mientras él andaba de gira en gira: «Que Dios te bendiga y te guarde siempre, que tus deseos se hagan realidad, que construyas una escalera a las estrellas y subas cada peldaño; que crezcas para ser honesto, que crezcas para ser sincero, que siempre seas valiente y te mantengas erguido y fuerte. Que permanezcas siempre joven».

John Lennon tuvo el tiempo justo, antes de morir, de pedirle a su hijo Sean que le cogiera de la mano antes de cruzar la calle en Beautiful Boy (Darling Boy); y de rematar la dedicatoria con uno de esos sabios consejos paternos que el tiempo ha convertido en una máxima imperecedera, especialmente aplicable al padre de hoy: «La vida es aquello que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes». Y Dan Fogelberg, en The Leader of the Band, rinde un emotivo y agradecido homenaje a ese padre que fue músico, educador y líder de un grupo y del que el cantante se siente un simple “legado” («gracias por la música / y tus historias de la carretera / Gracias por la libertad / cuando me llegó la hora de partir / Gracias por tu cariño/ y cuando te tocó ponerte duro / Y Papá, no creo que / te dijera “te quiero” lo suficiente»).

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Elvis y Vernon Presley

Otra bella historia nos cuenta MyFather, en la voz de Nina Simone: la promesa incumplida de un padre (navegar por el Sena) que finalmente su hija logró cumplir por él («veo el sol de París ponerse en los ojos de mi padre»). El rudo cowboy Rodney Atkins en Watching You se emociona describiendo cómo su hijo observa todo lo que hace y trata de imitarlo, porque de mayor sólo quiere ser como él. Y otro countryman, George Strait, recuerda en The Best Day aquellos días de infancia, pesca y acampada, que compartía con su padre; o los de adolescente y coches, o el mismísimo día de su boda, «no puedo creer lo que has crecido, hijo»; todos ellos fueron “el mejor día de mi vida”.

Y es que el secreto del amor de un padre, nos revela también George Strait en Love Without End, Amen, es precisamente que no acaba nunca. Ni siquiera cuando ya se ha ido. «Si vieras cuántas noches estás conmigo, cuando escribo una copla de madrugada» lo añora Alberto Cortez en Carta a mi viejo. En un día como hoy no hace falta decir mucho más. Basta con un abrazo fuerte y un «mi querido, mi viejo, mi amigo», gracias por estar ahí.

Termino con una frase que no es ninguna canción, sino un bellísimo poema de Santa Teresa de Calcuta dedicado a su padre, y a todos los que somos padres:

«Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado.»

Ese es el legado que recibimos de nuestros padres. Ese es el legado que dejamos a nuestros hijos.

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Mi vieja Jeff Crawford. Un legado paterno y un dibujo que fue el mejor regalo.