viernes, 16 de julio de 2021

Nuestro primer oro olímpico


1928, como 2021, fue año olímpico. Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, si bien no contaban con el poderío mediático de los actuales Juegos, fueron pioneros en muchos aspectos: por primera vez se realizó el encendido del pebetero con la llama olímpica; por primera vez Grecia, cuna del Olimpismo, encabezó el desfile en la ceremonia inaugural; por primera vez las mujeres compitieron en atletismo; por primera vez un personaje de la realeza (Olaf de Noruega) subió a lo más alto del podio; y por primera vez, España ganó el máximo galardón en unos Juegos Olímpicos oficiales. Nuestra primera Medalla de Oro.


La tarde del 12 de agosto de 1928, en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, ante la reina Guillermina, la princesa Juliana, el presidente del COI, los Cuerpos Diplomáticos de medio mundo, jefes de estado, ministros, personalidades de las artes y las ciencias, cientos de periodistas y 70.000 espectadores, sonaba el himno de España por primera vez en unos Juegos Olímpicos. En lo más alto del mástil, nuestra bandera; y en lo más alto del podio (que en esta ocasión conformaban sus monturas), los capitanes de Caballería José Navarro Morenés, Julio García Fernández y José Álvarez de Bohorques, marqués de los Trujillos (que ya había participado en la Olimpiada de París 1924, quedando en un honroso séptimo lugar). Ese histórico día de verano, hace 93 años, la ciudad que vio nacer a Van Gogh vio también nuestro primer Oro Olímpico, en la modalidad de saltos de obstáculos por equipos; un hito que no se repetiría hasta 44 años después, en Sapporo ‘72, gracias a ese otro gran deportista que fue Paquito Fernández Ochoa.


Los IX Juegos Olímpicos se celebraron en Ámsterdam entre el 17 de mayo y el 12 de agosto y participaron 3.014 atletas (de los que 290 eran mujeres) de 46 países, que compitieron en 14 deportes y 109 especialidades. Para el deporte español era tan solo su tercera cita olímpica y acudió con una delegación de 82 deportistas, que se batieron en ocho disciplinas: atletismo, natación, regatas, esgrima, boxeo, fútbol, jockey sobre hierba e hípica. A lo largo de casi dos meses se fueron sucediendo las diferentes competiciones, con más pena que gloria para los atletas españoles. Hasta el último día. Fue precisamente la jornada de clausura de los Juegos la elegida por la organización para celebrar el Gran Premio Olímpico de Salto de Obstáculos. Ello aseguró la presencia regia en el palco de honor y el lleno absoluto, hasta la última grada, en el Estadio Olímpico.
También aseguró el nerviosismo de nuestros jinetes, presionados por la responsabilidad de llevar una medalla a casa, después del fracaso colectivo; y si era de oro, mejor. La cosa no estaba fácil, desde luego. Las 16 naciones participantes tenían un altísimo nivel (“no eran precisamente hermanitas de la caridad” recordaba el capitán Trujillos), especialmente Suecia, invicta en todos los concursos de saltos olímpicos desde 1912. Pero tampoco había que desdeñar a Polonia, Francia, Estados Unidos o Alemania, verdaderas potencias en las disciplinas ecuestres y que habían acudido a la cita olímpica con tándems jinete-caballo realmente temibles.


Los tres capitanes españoles, junto al resto de jinetes seleccionados habían llegado a Holanda por ferrocarril tan solo ocho días antes; tras una semana de entrenamiento en la ciudad de Laken, próxima a Ámsterdam, el equipo hípico acude a la ciudad olímpica el mismo día de la competición. Al entrar en el estadio, Trujillos y sus compañeros no disimulan su asombro ante el imponente escenario y el no menos imponente público. Sus compatriotas les dan ánimos: “Sois los mejores; debéis batiros como leones y no olvidaros de que sois de Caballería”. Ellos responden con convicción: “Desde hace mucho tiempo soñamos con estar en los Juegos de Ámsterdam; aquí estamos y no nos iremos con las manos vacías”. La expectación es fabulosa, la reina Guillermina ya está en el palco regio, junto a las personalidades mundiales más relevantes del momento; los 70.000 espectadores contienen la respiración durante los preliminares. España no parte como favorita, pero sus jinetes generan curiosidad.
Trujillos, Navarro y García Fernández se desean suerte, los nervios templados; fe absoluta en la victoria; los caballos (Zalamero, Zapatazo y Revistada) están en buena forma, y ellos también. Comienza la competición, y se van sucediendo las actuaciones de los 34 jinetes de los diferentes países; finalmente, el equipo a batir es Polonia. España acumula dos puntos antes del último recorrido; la prueba es dura, pero García Fernández acaba con un único derribo. Cuatro puntos en total. La tensión es máxima; sale el último jinete polaco, que realiza un recorrido impecable… hasta el obstáculo final: seis puntos de penalización; más los dos anteriores, ocho. Los jinetes españoles no se lo creen aún, pero los altavoces del gran estadio olímpico anuncian: “¡España, ganadora con cuatro puntos!”

Los tres capitanes escuchan emocionados el anuncio y la inmediata ovación de las 70.000 gargantas que abarrotan el estadio. Los otros componentes del equipo español irrumpen en la pista y corren a felicitar a los campeones con indisimulado júbilo; ordenanzas y oficiales se saltan el protocolo militar y se abrazan lanzando vivas a España y al Arma de Caballería. El Oro es español. El orgullo también. Y las lágrimas. La reina Guillermina de Holanda hace entrega solemne de la medalla de oro a los tres vencedores. El primero en recibirla es el capitán Trujillos, el más veterano. “Hemos dejado al deporte español en el lugar que le correspondía” le dice a la reina, consciente de la trascendencia de su hazaña. Acto seguido, saludando con pulso firme y ojos temblorosos, los tres jinetes de oro escuchan la Marcha Real Española, junto a 70.000 espectadores enmudecidos y puestos en pie. La bandera española, en lo más alto del mástil olímpico. Y el deporte español, en lo más alto del olimpo mundial.




Recibidos por... nadie

Pero son otros tiempos. Y la histórica hazaña, el hito sin precedentes en el olimpismo español (y no repetido hasta 44 años después) no obtiene la resonancia merecida en su propio país. Las medallas de oro volvieron a España en tren y a su paso por la frontera, en Hendaya, el único baño de multitudes que reciben los tres héroes es el que les proporciona el padre de Trujillos, Mauricio Álvarez de las Asturias Bohorques (duque de Gor), quien les recibe con orgulloso entusiasmo, una caja de puros y una botella de champán. Su llegada a Madrid es aún más desoladora: los campeones olímpicos fueron recibidos en la Estación del Norte por… nadie. Probablemente un telegrama que se perdió en algún lugar del camino, entre la ciudad del Amstel y la del Manzanares. O entre un despacho y otro del propio Ministerio de la Guerra.

Días más tarde todo se compensó con un gran banquete oficial que se ofreció a los campeones en el hotel Ritz, y al que acudieron el general Primo de Rivera (jefe del gobierno), el Capitán General Weyler, numerosos compañeros del Arma de Caballería y el Rey Alfonso XIII, quien los recibió con orgullo y cariño: “Vosotros los jinetes, los que nunca me habéis dado un disgusto”. El homenaje fue entrañable, emotivo e inolvidable para los tres jóvenes jinetes, a los que se unieron cientos de españoles que acudieron al hotel para mostrar su admiración y gratitud por esa primera medalla de oro del olimpismo patrio.


La medalla de Oro, robada

Pero el periplo del dorado galardón no había concluido aún. Unos años más tarde, en tiempos de la II República, la pérdida fue mucho más grave que un simple telegrama. Porque lo que se perdió fue la mismísima medalla de oro. O mejor dicho, le fue arrebatada a su legítimo dueño, José Álvarez de las Asturias Bohorques, durante un asalto a su domicilio madrileño (como tantos otros asaltos incontrolados perpetrados en aquellos años). Y, con el oro olímpico, le robaron también todos sus trofeos hípicos, que eran muchos, importantes y valiosos. Sin embargo, aunque la medalla desapareció físicamente, su espíritu se mantuvo intacto en la memoria del marqués de los Trujillos y en la de su familia durante décadas. Hasta 1984. Ese año, Juan Antonio Samaranch, desde 1980 presidente del COI, se enteró de que esa medalla histórica, el primer oro olímpico del deporte español, llevaba medio siglo desaparecida. Y no se lo pensó un segundo. Encargó una réplica exacta para reparar esa deuda con la historia y el olimpismo. Por pura justicia deportiva.

El acto de entrega de la medalla “recuperada” fue tan sencillo como emotivo. En una fría mañana de diciembre, sobre la arena del picadero cubierto del Club de Campo de Madrid, con la presencia de S.M. el Rey Juan Carlos I y un puñado de familiares y amigos. Trujillos, con su sempiterno “loden”, su sombrero y su bastón y una envidiable vitalidad a sus 90 años; y frente a él, su grandísimo amigo Beltrán Alburquerque colgándole de nuevo la medalla de oro y fundiéndose luego en un abrazo largo, profundo y emocionado. Y todos sus nietos, su familia, sus amigos más íntimos, llorando sin apenas disimulo y agradeciendo infinitamente el poder vivir ese repetido momento histórico que no pudimos vivir en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, aquel 12 de agosto de 1928. Un beso muy fuerte, abuelo.



Trujillos, un jinete récord

· En 1921 logra el récord de España de altura con un salto de 2,20 m; marca que no fue superada hasta 26 años después.

· Participó en 261 carreras de caballos, 162 lisas y 99 de obstáculos, de las que ganó 107, palmarés que fue record absoluto del Gentleman Riders durante 7 años.

· Siendo profesor de la Escuela de Equitación Militar, en 1927 y 1928, descendió las míticas cortaduras de la Zarzuela (barrancadas de 15 metros de caída casi vertical), hazaña ecuestre que dio la vuelta al mundo.

· Ganó 12 Copas del Rey, 3 veces el Gran Premio de Madrid, varias Copas de Naciones (por equipos) y numerosos premios internacionales.

· Fue presidente de la Sociedad de Fomento y Cría Caballar de 1956 a 1976, Medalla de Oro al Mérito deportivo y Medalla de Oro del COI.

Su mayor orgullo deportivo: su hijo Pepe

Dedicó toda tu vida (97 intensos años), toda su alma generosa y todo su saber (que era mucho) a la hípica, su gran pasión. Lo hizo todo y lo ganó todo sobre un caballo. Y sin embargo, de entre todos sus méritos, del que más orgulloso estuvo siempre fue de entrenar y convertir a su hijo Pepe (mi padre) en uno de los mejores jinetes de su generación. Un palmarés deportivo impresionante que muy pocos han logrado alcanzar en el mundo de la hípica. José Álvarez de las Asturias Bohorques Pérez de Guzmán, Pepe Álvarez de Bohorques para amigos y compañeros del mundillo ecuestre, fue Subcampeón del Mundo individual en 1966, Campeón de España en dos ocasiones, ganador de 5 Copas de Naciones y de 107 Primeros Premios Internacionales, 1º en el Ranking de Ganadores de Primeros Premios en Concurso de Saltos Internacional Oficial en 1961 (con 15 victorias), seleccionado para tres Juegos Olímpicos… 


Además atesora altas distinciones, entre otras muchas, la Medalla de Oro de la Federación Ecuestre Internacional, la Orden Olímpica del C.O.E. y 2 Medallas de Plata al Mérito Deportivo. Y como directivo ha sido Presidente de la Comisión de Saltos de Obstáculos de la F.E.I. durante 8 años, Vicepresidente de la R.F.H.E., miembro del C.O.E. desde 1989 hasta 1997 y prestigioso Juez Internacional Oficial durante 20 años, participando en más de 100 Concursos Internacionales, entre ellos tres Juegos Olímpicos y cuatro Campeonatos del Mundo. 





Una cierta polémica

En algunos círculos es considerada como primera medalla de oro olímpica la obtenida (que no ganada) por la pareja Villota-Amézola en cesta punta, en los "Concursos Internacionales de Ejercicios Físicos y Deportes de París del año 1900", una serie de eventos deportivos que se disputaron a lo largo de varios meses en el contexto de la Exposición Universal de la capital francesa. Según el investigador Bill Melon, se disputaron competiciones amateur de pelota en el frontón de Neully-Sur-Seine; la final, que debía enfrentar a los españoles con la pareja francesa, no se llegó a disputar debido a la negativa de los anfitriones a aceptar las reglas.
      La cesta punta no ha vuelto a ser disciplina olímpica. Veinticuatro años después de estos "Concursos de Ejercicios Físicos" se celebraron en París unos Juegos Olímpicos más "oficiales", en los que la cesta punta fue deporte de exhibición, al igual que en México '68 y Barcelona '92 (España, por cierto, ganó en todas ellas).


viernes, 11 de junio de 2021

Orquesta de Cateura: reciclar basura para reciclar personas




Asunción, Paraguay. A unos nueve kilómetros al sur de la capital Cateura se despliega a orillas del río Paraguay como una inmensa ciudad de inmundicia, de miles de chabolas hacinadas en desorden alrededor de la basura; una ciudad de pobreza, suciedad y polvo (o barro, según la estación). Más de 25.000 personas viven (sobreviven) en un espacio que no es de nadie y no tiene nada. Por no tener, ni siquiera tiene reconocimiento oficial, lo que significa que no hay calles asfaltadas, no cuenta con electricidad ni agua potable, no existen servicios municipales de ninguna clase. Ni los más mínimos. En Cateura las casas están construidas y amuebladas con basura, y los niños apenas tienen con qué jugar, salvo la propia basura; lo que encuentran arrojado en el gigantesco vertedero (el más grande de la región) que es a un tiempo el sustento y la tragedia de los habitantes de este pozo de miseria. De él viven miles de familias, en él bucean cada día miles de adultos y niños, hombres y mujeres, en busca de algo que rescatar. Un juguete, un aparato, algo de ropa, un mueble viejo… Cualquier objeto desechado por alguien más afortunado que ellos. Cualquier cosa que ellos puedan resucitar y a la que puedan proporcionar una nueva vida. Una utilidad. Lo que sea. Porque en Cateura no se deshecha nada, nada se da por perdido. Ni los objetos… ni las personas. Y lo mismo que una lata o unas tuberías desahuciadas se pueden reciclar en instrumentos musicales, por ejemplo, la pobreza extrema de muchos de estos niños se está reciclando en esperanza, en futuro, en dignidad. No se trata de un milagro; es, simplemente, un proyecto maravilloso creado por una persona excepcional: Favio Chávez.

Favio comenzó su aprendizaje musical en Sonidos de la Tierra, un innovador programa de emprendimiento social, que busca transformar las comunidades rurales de Paraguay utilizando la música para crear capital social y reducir la pobreza. El programa fue creado en 2002 por el Maestro Luis Szarán, director de orquesta, compositor, investigador musical y emprendedor social, y su misión es promover la formación de escuelas de música, agrupaciones corales y orquestales, asociaciones culturales o sociedades filarmónicas, talleres de lutería y becas de perfeccionamiento a líderes musicales. Cualquier tema relacionado con la música que pueda significar una salida, una esperanza, para miles de jóvenes sin recursos en uno de los países más pobres del hemisferio occidental. Una bella iniciativa sobre el poder de la música como elemento de transformación social. Y un proyecto que enamoró a Favio desde el primer momento; para él fue algo novedoso y revelador. Nunca nadie —ni el estado ni ninguna institución o empresa— había planteado algo parecido. Un aprendizaje gratuito para los niños y jóvenes carentes de todo recurso pero rebosantes de ilusión y de pasión por la música.

 

Una ciudad nacida de la basura

Durante un año, Favio recorrió Paraguay para llevar Sonidos de la Tierra a cada rincón del país, entrevistándose con las comunidades y los educadores, con políticos y religiosos, con la gente; sobre todo con la gente, con el pueblo, los verdaderos protagonistas de la historia. Uno de esos viajes le llevó hasta Cateura, una ciudad nacida de la basura donde malviven dos mil quinientas familias junto a uno de los vertederos más grandes del país. Cada día, mil quinientas toneladas de basura se vierten en ese gigantesco océano de desperdicios; y cada día, miles de niños y adultos escarban en busca de algo que reciclar. Es su medio de vida. Su único medio de vida.



Favio se quedó horrorizado cuando vio las condiciones en las que vivían aquellas pobres gentes, y se le revolvió el estómago al ver aquel auténtico ejército de niños zambulléndose en la basura, conviviendo cada día con la suciedad y la enfermedad, con los parásitos, las ratas. «No es un lugar donde debería vivir la gente», pensó. «¡Es donde toda la ciudad arroja su basura!». Favio decidió que tenía que hacer algo por aquellos niños, que debía centrar sus esfuerzos en ayudarles a escapar de esa vida de basura y miseria, sin perspectiva de futuro, sin salida más allá del vertedero, las drogas o la delincuencia. Su experiencia previa como director de orquesta en Caperuguá le inspiró la idea de crear un pequeño conjunto musical con aquellos chavales, ansiosos por aprender. La noticia corrió a gran velocidad por las calles retorcidas y polvorientas de Cateura, de un extremo a otro de la ciudad, rebotando de chabola en chabola. Fue como una luz, brillante y esperanzadora. En poco tiempo una multitud de niños y adolescentes estaba llamando a las puertas de Favio, en busca de una oportunidad. El problema, claro, era que la cantidad de candidatos multiplicaba el número de instrumentos disponibles. Más o menos cinco violines para cincuenta aspirantes a violinistas; y una proporción similar con el resto de instrumentos. Pero la iniciativa había llamado la atención de mucha gente, y su impacto era ya imparable. Fueron llegando personas de todas partes que se ofrecían para ayudar en el programa de construcción de instrumentos, que formaba parte del proyecto; por desgracia, los materiales eran demasiado caros e inaccesibles para los niños de Cateura. En realidad, nada que no procediera de la basura era lo suficientemente barato para ellos. Pero, «que no tengamos nada no es excusa para no hacer nada», decidió Favio. Y entonces se le encendió una lucecita. Si nuestros recursos son tan escasos, busquémoslos en aquello que jamás escasea en Cateura: la basura. La solución más lógica y natural, desde luego. Pero ¿funcionaría? Por supuesto, si cuentas con el maestro lutier adecuado.

 

Música como instrumento de esperanza

Y ahí es donde Favio conoció a Nicolás. Un rescatador de basura, al igual que toda su familia; otra historia más de supervivencia de todos los días, sin horas de descanso, sin domingos, sin un minuto de vacaciones. Nicolás lleva toda una vida reciclando y vendiendo aquello que encuentra en el vertedero y que pueda ser de alguna utilidad, una vez ha pasado por sus manos. También instrumentos musicales, claro. Favio le propuso trabajar para su incipiente orquesta, fabricando instrumentos de todo tipo a partir de la basura. Nicolás aceptó. Feliz por ser útil. Y sin preguntar siquiera cuánto iba a cobrar. Cogió una tacita de aluminio, le añadió una tabla, tensó unas cuerdas y probó… Y aquello sonó. Maravillosamente desafinado. A priori parecía un imposible, pero el instrumento funcionaba. Quizá no para tocar en el Konzerthaus de Berlín, pero sí al menos para que un niño rebosante de ilusión pudiera aprender a tocar, a dar sus primeras lecciones con cierta dignidad. Esa es precisamente la verdadera recompensa para Nicolás, escuchar a un niño tocar sus instrumentos sacados de la nada, de la miseria. Y, por supuesto, es la felicidad total para los jóvenes músicos. Poder aprender, vislumbrar una salida de la miseria; y también poder transmitir y compartir los sentimientos que llevan dentro —su rabia, su deseo, su pena, sus miedos, su alegría, su rebeldía, su amor—, algo que es parte de la música tanto como del ser humano.  



«El mundo nos envía basura y nosotros le devolvemos música», nos dice Favio. Música que suena maravillosamente, por cierto, en las manos de estos jóvenes. No importa de qué estén hechos sus instrumentos: un chelo que antes fue una lata de aceite o un tambor de productos químicos, una madera de pallet y viejas cucharas y tenedores a modo de clavijas. O un saxofón hecho con viejas cañerías, mangos de cuchara, monedas y botones. O una flauta que tuvo otras vidas como tubería, pedazos de cubiertos y candados. Y violines y contrabajos y baterías construidos con latas de pintura, de aceite o de batata, con tablas y cucharas de madera, con una fuente de pizza, un tenedor para hacer pasta, radiografías, latas de cerveza, bidones… De toda esa basura reciclada, de la ilusión y el talento de esos chicos igualmente reciclados, Favio ha logrado extraer sonidos que antes eran impensables, de una belleza y una armonía que no tienen nada que envidiar a la maestría de Yo-Yo Ma, Malikian o la Filarmónica de Viena, al menos en pasión y amor a la música; en capacidad de transmitir emoción, que es siempre lo más difícil de conseguir. Las Suites para chelo de Bach, el Verano de Vivaldi, la Serenata Nocturna de Mozart, el canon de Pachelbel o el Himno a la Alegría de Beethoven cobran un nuevo sentido cuando sus notas salen —hermosas, llenas de vida— de estas latas, cañerías y cucharas. Lo mismo que éxitos populares como ImagineLa pantera rosa o El Humaguaqueño. Porque toda esa música, cuando es interpretada por la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, es mucho, muchísimo más que música.   

Con la ayuda irremplazable de Nicolás (que fue perfeccionando el sonido de sus instrumentos con total maestría), Favio comenzó a dar forma a su orquesta de instrumentos reciclados, una escuela única en el mundo en la que los alumnos no aprenden solo música. La primera lección, para ellos y para nosotros, es que incluso viviendo en el nivel más bajo de la pobreza, careciendo absolutamente de todo, si uno tiene iniciativa, si tiene creatividad, ilusión, hasta la propia basura puede convertirse en una herramienta educativa capaz de cambiar la vida de mucha gente. Y este es precisamente el objetivo de la orquesta: transmitir esa filosofía al mundo. Y es también una lección de vida para sus alumnos: «La construcción de los instrumentos con la basura y el hecho de llegar a un nivel en el que estos instrumentos suenan bien también ha resultado un aprendizaje para que ellos vieran que no todas las cosas son inmediatas, que no todo se consigue ya.»

En un principio, la orquesta de Cateura no iba a ser más que un “disparador social”, una actividad para aprovechar el tiempo útil de los jóvenes, para proporcionarles un poco de ilusión a través del arte. Pero poco a poco se convirtió en algo mucho más grande, mucho más importante y mucho más transcendente. Porque la mayor parte de los jóvenes de Cateura viven en el filo, a caballo entre la pobreza, las drogas, el alcohol, la explotación, la desesperanza… No ven salida. Son como la basura en la que viven y trabajan; deshechos de la sociedad; juguetes rotos, desahuciados de la vida. Pero gracias a la música, gracias a la orquesta de Favio Chávez, muchos de esos adolescentes y niños desahuciados están saliendo del vertedero; están siendo reciclados, como los instrumentos de Nico, en una nueva vida; ahora tienen una oportunidad y desde luego la están aprovechando. Saben lo importante que es para ellos y también para sus familias; de hecho, consideran que es una manera de devolver el esfuerzo que hacen sus padres por ellos, algo que no tiene precio en un lugar donde el alimento o la ropa, los juegos o los libros, escasean de forma dramática.

«La música no va a cambiar o solucionar todos los problemas, pero a través de la orquesta pueden encontrar la estabilidad que no tienen en sus familias o comunidades». Desde luego, a estos jóvenes la orquesta les ha dado mucho más que simplemente enseñanza musical. Les ha dado esperanza. Sueños. Educación. Objetivos. Ha supuesto, sin excepción, un gran cambio en sus vidas. Ahora estos chicos piensan en la universidad, o en hacerse músicos profesionales, o en llevar a cabo iniciativas para ayudar a su comunidad, a otros jóvenes como ellos, que no han tenido tanta suerte. La meta no es sólo formar buenos músicos, también buenas personas; compartir valores. Decirles que lo que de verdad importa no son las cosas materiales, sino el conocimiento, la sensibilidad, las emociones…

 


Teloneros de Metallica

La orquesta de Favio y sus jóvenes maestros se convirtió en un fenómeno social, primero en su país y luego en todo el planeta. Comenzaron tocando en centros educativos, en fiestas populares, en pequeños auditorios de poblaciones pequeñas; allá donde les reclamaban. Su fama se extendió pronto, y comenzaron a ampliar auditorio y repertorio. A partir de 2008, con apenas dos años de vida, empezaron las giras. Europa, Estados Unidos, Latinoamérica, Oriente Medio, Asia. La mayoría de aquellos niños ni siquiera habían salido de Cateura y ahora se veían viajando por medio mundo y actuando ante miles de espectadores en auditorios de prestigio internacional: el Teatro Carré de Ámsterdam, el Millenium Stage del Kennedy Center, en Washington, el Auditorio Nacional de Madrid, el Koncerthus de Oslo, el Coliseo de Bogotá, el Teatro San Martín de Tucumán, el Ramallah Cultural Palace, en Palestina, el Teatro Sheldonian de Oxford, el Palau de la Música en Barcelona, el Teatro de la Osaka International House Foundation, en Japón…

Pero el gran acontecimiento llegó en 2014, cuando una de las bandas de rock más importantes de la historia, Metallica, con ciento veinte millones de discos vendidos y nueve Grammys a sus espaldas, les contrató como teloneros para su gira por siete países de Sudamérica. El mítico grupo estadounidense de thrash rock liderado por James Hetfield se enamoró de estos jóvenes “reciclados” y compartió con ellos los más imponentes escenarios: el Parque Simón Bolívar en Bogotá, el Parque Bicentenario de Quito, el Estadio Do Morumbi en Sao Paulo, el Jockey Club de Asunción, el Estadio Ciudad de la Plata en Buenos Aires, el Estadio Monumental de Santiago de Chile y el Estadio Nacional de Lima, donde los cuarenta jóvenes músicos de Cateura, dirigidos por Favio Chávez, interpretaron “su música de la basura” —y algún clásico de Metallica reciclado, como Nothing Else Matters— ante un público enfervorizado, muy diferente al que estaban habituados y en auditorios desde luego mucho más descomunales. Doscientos cincuenta mil espectadores en total disfrutaron de la música, la simpatía y la complicidad de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, y para los jóvenes intérpretes aquella gira quedó marcada como una de las experiencias más impactantes de sus vidas.

Pero ni los múltiples galardones, ni el reconocimiento de instituciones y organismos internacionales, ni las exitosas giras en auditorios o estadios, ni los rendidos reportajes y artículos que les dedican a diario los medios de comunicación de todo el mundo, han apartado a esta singular orquesta de sus valores, de su camino, del suelo que pisan y sobre el que está levantado —y bien afianzado— el proyecto pedagógico y vital de Favio Chávez. No han olvidado sus orígenes ni su responsabilidad. «Fundé esta orquesta para educar y concienciar al mundo. Pero es también un mensaje social para que la gente entienda que, a pesar de que estos estudiantes viven en situación de pobreza extrema, también pueden contribuir a la sociedad. Merecen esta oportunidad». La oportunidad de sacar adelante a sus familias y comunidades. De sacar adaelante sus vidas. De ser un ejemplo vivo para miles, millones de jóvenes en todo el mundo que tampoco tienen nada, pero que, si lo desean con todas sus fuerzas, pueden llegar a cambiar su futuro. «No debemos deshacernos tan fácilmente de las cosas como tampoco debemos desechar fácilmente a las personas». Este es el poderoso mensaje, la hermosa lección que nos deja la historia de Favio Chávez y su Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura.


PD. Esta historia la escribí originalmente para el tercer libro de Lo Que De Verdad Importa.

sábado, 17 de abril de 2021

Bernard Offen en Lo Que De Verdad Importa. Perdonar, pero no olvidar


Bernard Offen fue uno de los millones de judíos prisioneros en los campos de exterminio nazis y uno de los miles que lograron sobrevivir. En su caso, sobrevivió a cinco campos diferentes. Aquellas prisiones inhumanas alcanzaron la máxima expresión de la barbarie humana, el ejemplo extremo de hasta dónde es capaz de llegar el hombre en cuestión de horror y crueldad hacia sus semejantes. Hoy, ocho décadas después, Bernard Offen quiere mostrar aquel horror a los jóvenes de este siglo a través de su testimonio directo, porque es necesario que conozcan de primera mano la verdadera dimensión moral del holocausto; no basta saberlo de oídas. Tienen que conocer para entender y evitar repetir los mismos errores.

 


En el congreso de Lo Que De Verdad Importa las imágenes se suceden en la pantalla, sobre el escenario: la esvástica como símbolo del honor, del terror; humillación y crueldad, personas tratadas como ganado, hacinadas en trenes de muerte, sin agua, sin aire, sin dignidad; montañas de cadáveres apilados a las puertas de los barracones; frío y muerte; solidaridad desesperada, niños marcados con la estrella de David, fosas comunes, guerra, dolor, miedo; colas de esqueletos hambrientos implorando por unas migajas; las cámaras de gas, humo y hedor proveniente de las incineradoras; Ana Frank (la testigo), Hitler (el monstruo), las madres tratando de proteger a sus hijos, de regalarles un día más, unas horas, unos minutos. Ejecuciones, sadismo, un ejército orgulloso de su patriótica misión y millones de cadáveres abandonados a su paso.

¿Cómo se puede sobrevivir a todo ese horror?

Bernard Offen —polaco, 92 años “de juventud”, pelo blanco acabado en una larga coleta; ojos profundos, serenos, rebosantes de paz interior— lleva años tratando de explicarlo, años compartiendo con gentes de todo el mundo la historia que vivieron él y su familia, su pueblo. “Nací en Podgórze, Cracovia, en 1929. Soy parte de una familia de seis personas. Dos hermanos que sobrevivieron y una hermana que no, como tampoco mis padres, mi abuela y otras 60 personas de mi entorno familiar que no sobrevivieron. Tenía apenas 10 años cuando comenzó la guerra; recuerdo que en la radio de mi tío escuché los discursos de Hitler y, aunque no los entendía, sentía que se cernía un peligro sobre los judíos, no sabía por qué, aún. Aquel momento fue como una toma de conciencia del peligro”.

La invasión de Polonia comenzó en 1939 y a los pocos meses todos los judíos estaban obligados a colocarse el infame brazalete con la estrella de David bien visible. Quedaban así inconfundiblemente marcados para la desgracia. También comenzó la segregación. Camiones militares y soldados entraron en sus barrios, obligándoles a subir a los vehículos a punta de metralleta; si alguno se resistía, era ejecutado allí mismo, en plena calle. “Si veías a alguien morir de aquella manera, subías al camión sin más”. En principio eran enviados a realizar trabajos forzados, pero algunos ya no volvían. Su padre y su hermano tuvieron suerte, regresaban a casa cada noche.

 



En 1941 el gueto de Cracovia estaba rodeado por un muro de tres metros de altura y alambradas, vigilados por centenares de guardias; una prisión de la que era imposible escapar (“¿Os imagináis que, de repente, vuestro barrio está rodeado por un muro de tres metros de altura y no podéis salir?”). Sin comida suficiente, sin medicamentos, la gente muriendo por las calles, frío, temor, incertidumbre. Así era el gueto. Una prisión de miedo y muerte en la que hombres, mujeres y niños trataban simplemente de sobrevivir un día más. Así vivió Bernard durante 2 años.

“Era 1943 cuando mi madre y mi hermana desaparecieron del gueto, obligadas a subirse a un camión de prisioneros. Llegaba, lo cargaban de gente y al que se resistía le disparaban un tiro en la cabeza. Por aquella época yo me escapaba del gueto a escondidas para encontrar comida fuera, sobornando a los guardias; volvía al gueto cargado de alimentos, repartía una parte entre mi familia y la otra la vendía para poder sobornar a los guardias de nuevo y conseguir más comida. Yo solía salir muy temprano, antes de las seis de la mañana; pero aquel día era más temprano de lo habitual, las dos de la mañana. Iba con mi padre, caminando junto a la alambrada, buscando el hueco por el que colarme hacia exterior; cuando llegamos, mi padre subió la alambrada desde el suelo y yo me deslicé por debajo, escapando a las colinas. No entendía por qué mi padre quería que ese día yo saliera tan temprano, pero así lo hice. Cuando regresé, unas horas después, tenía los bolsillos llenos de patatas, pan y todo lo que pude conseguir. Pero no logré volver a entrar en el gueto. Escuché disparos y gritos. Permanecí oculto entre los arbustos, en lo alto de la colina, desde donde podía observar el gueto sin ser visto. Las calles estaban ocupadas por más tropas, las SS y soldados aliados de los alemanes. Más disparos y gritos. Durante horas. Por la tarde, las tropas se habían marchado y pude entrar sin problema. Se habían llevado a mi madre y a mi hermana. Vi a mi padre y al instante me di cuenta de que había cambiado, ya no era el mismo hombre al que había dejado aquella mañana. Su esposa y su hija de 12 años (mi hermana Miriam) habían desaparecido”. Bernard Offen no tuvo noticias de ellas hasta mucho tiempo después. Una vez terminada la guerra descubrieron que los camiones las habían trasladado hasta el campo de extermino de Balchaus, en el que fueron asesinados 600.000 seres humanos. Una productiva fábrica de muerte.

Ese mismo año de 1943 el gueto fue clausurado. Bernard, su padre y sus hermanos fueron trasladados al campo de Plaszow, a dos kilómetros de Cracovia. Fue su primer campo. Los más jóvenes —niños, en realidad— eran obligados a vigilar al resto de prisioneros; si los soldados descubrían que habían ocultado alguna infracción sin denunciarla, eran ejecutados sin más preámbulos. “Una noche, escuché a uno de los guardias bromear acerca de que nos iban a matar a todos los jóvenes (yo tenía 13 años) en el tren. En cuanto nos metieron en el vagón, salté junto a otros prisioneros. Escuché disparos a mi espalda, pero yo seguí corriendo con todas mis fuerzas, sin mirar atrás”. Esta vez, Bernard logró escapar. Pero la libertad duró poco. Fue capturado de nuevo e internado en otro campo, Julag.

Una de las consecuencias más tristes de todo aquello fue el hecho de separarse de su padre y de sus seres queridos. “Mi familia fue alejada, separada de mí para siempre. Ya no existían, ni existirían nunca más en mi mundo. Yo tenía que tratar de sobrevivir en el campo, solo. Siempre había otros hombres que trataban de ayudarme, dándome un trozo de pan o algo de ropa para abrigarme. Aún recuerdo los rostros de aquellos hombres, a los que llamé mis ángeles. Ellos eran lo mejor en un lugar de horror, donde pasaban cosas terribles”. Consiguió escapar también de aquel campo y tuvo la fortuna de encontrar una familia polaca que le ocultó durante unos días. “Pero debía salir pronto de ahí, porque si los alemanes me descubrían, matarían a toda esa familia. Ellos corrieron un gran riesgo por mí. Fueron verdaderos héroes”.



Uno de esos campos de exterminio en los que transcurrió la infancia robada de Offen fue el tristemente célebre campo de Auschwitz. El más conocido, el más cruel, el más inhumano. Pero incluso en aquellas circunstancias terribles había lugar para la compasión, para la solidaridad. “En el día a día del barracón número 5 también tuve a esos ángeles que me ayudaban”. Lo más duro era el hambre: “Todos estábamos famélicos y hambrientos. Recibíamos al día una hogaza de pan para cada cuatro personas, que se dividían en partes iguales con ayuda de una rudimentaria balanza: un trozo de pan en cada extremo, hasta que el peso era exacto. Si pudierais ver a esos cuatro hombres, mirando fijamente sus raciones, podríais comprender hasta qué punto estábamos hambrientos”. Y desesperados. Es en estas situaciones extremas cuando asoma lo mejor y lo peor de cada ser humano. “Una de las peores cosas que allí vi fue robar las posesiones de otra persona, especialmente la comida, ese famélico trozo de pan. A menudo la metodología de supervivencia consistía en proteger tu ración de pan durante toda la noche para poder tener algo que comer por la mañana; otros la intentaban robar, y algunos llegaron incluso al extremo de matar por ese trozo de pan”. Muchos murieron así, asesinados en sus propias literas por otros prisioneros simplemente un poco más desesperados que ellos.

Los días transcurrían, uno tras otro, en esa situación de permanente horror y miedo, de hambre y desesperación; la monotonía y la incertidumbre los hacían aún más insoportables. Y la presencia del sádico doctor Mengele, que a menudo visitaba los barracones en busca de víctimas para sus monstruosos experimentos, elevaba el nivel de miedo hasta el límite. ¿Qué fue, en esas circunstancias terribles, lo que le dio fuerzas a Bernard Offen para sobrevivir? “Una de las razones fue el enfado con Dios. ¿Por qué estoy aquí?, me preguntaba. Y la respuesta era por ser judío. En ese diálogo interior con Dios le dije: si me sacas de aquí cambiaré mi religión a la que tú quieras, ¡pero déjame salir! La otra razón era que yo tenía un fuerte deseo de sobrevivir. Y quería sobrevivir para poder hacer películas que mostraran al mundo todo aquello, dar testimonio de ese horror. Mi misión, desde entonces, es hacer todo lo que esté en mi mano para que eso no se vuelva a repetir. No solo por los alemanes, sino por nadie, por nadie. Y no estamos tan lejos; si no cambiamos el maltrato, el odio, el daño que causamos a otros seres humanos por el simple hecho de ser diferentes, algo parecido puede volver a suceder. Otra vez”.



Pero Bernard Offen también está aquí, en el congreso de Lo Que De Verdad Importa, para transmitirnos un mensaje de esperanza; para decirnos, mirándonos a los ojos, que la vida tiene un lado positivo, que cualquier experiencia, por dura que sea, se puede superar. Él lo hizo. En 1945 fue liberado el campo de Dachau, última prisión en la que el joven Offen fue confinado. Aun en aquellos momentos, próximas las tropas aliadas, los presos temían por sus vidas. No sabían qué iban a hacer los guardias, si matarlos a todos antes de huir o entregarse al enemigo. “La última noche, después de una larga marcha, nos encerraron en unos barracones alejados del campo; por la mañana, al levantarnos, ya no había guardias. Como yo era uno de los más fuertes, me dijeron que volviera al campo para pedir ayuda. Escuché disparos de artillería y me escondí en una de las casas de la granja. Desde allí vi tanques, no sabía si rusos o americanos, y salí con las manos en alto, llamando su atención. Después de hablar con el comandante de la compañía, dos soldados me acompañaron hasta donde estaban el resto de los prisioneros”. Los salvadores llevaban raciones de chocolate que aquellos famélicos despojos humanos devoraron con fruición; muchos enfermaron por esa causa, y algunos incluso murieron, porque sus cuerpos, torturados por el hambre durante tanto tiempo, no podían tolerar ese tipo de alimentos. Lo que necesitaban era tan solo pan y sopa.

 

Después de ser liberado, Bernard permaneció con los aliados durante unos meses, cerca de Munich. Comida, cuidados médicos, recuperación física y psicológica. Empezó a preocuparse por su familia, a preguntarse quiénes habrían sobrevivido y quiénes no. En un campo de refugiados cercano descubrió los nombres de sus hermanos, Sam y Natan, en una lista de supervivientes. Según aquellos papeles, se encontraban en Salzburgo. Tras un interminable viaje en un tren de carga llegó al campo de refugiados de Salzburgo, pero sus hermanos ya no estaban allí. Habían partido hacia el norte de Italia, le dijeron. Tuvo que esperar un mes hasta que consiguió los documentos para poder viajar a Italia; atravesó los Alpes en tren y al llegar al campo de refugiados le confirmaron que, efectivamente, sus hermanos habían estado allí pero fueron enviados al Hospital del Ejército Polaco. Dos días en auto-stop y la temida respuesta: “Sí, pero se fueron a un campo de entrenamiento del ejército polaco”. “¿Dónde? En Bari. Otro viaje, al sur. Cuando por fin llegó, preguntó en la cantina y le informaron de que los Offen habían salido a dar un paseo, “por ahí”. “Salí por donde me habían dicho y vi a lo lejos un par de soldados en shorts kakis que parecían mis hermanos; fui hacia ellos y… —Bernard Offen aún se emociona al recordar ese momento; a pesar de los años transcurridos, las emociones permanecen frescas en su memoria— …nos abrazamos, lloramos, les conté que nuestro padre había muerto en Auschwitz, nos volvimos a abrazar… Después de aquel encuentro me quedé con ellos dos semanas, pero luego me marché a otro campo de refugiados y comencé mi camino”.

Después de unos años en Polonia, en 1951 los hermanos Offen decidieron emigrar a Inglaterra y luego a Estados Unidos. En 1981 Bernard decidió regresar a Polonia, por primera vez desde el fin de la guerra, a enfrentarse con su dolor y sus demonios, “como parte de mi terapia, de mi proceso de curación”. Hoy es guía en el antiguo gueto de Cracovia y en los campos de Plaszow y Auschwitz-Birkenau (a veces, las preguntas de los visitantes le hacen llorar, pero piensa que es importante que conozcan todo lo que sucedió en aquellos terribles lugares, sin ocultar detalle), y ha realizado cuatro películas sobre el holocausto. Dar a conocer su historia, aun a costa de revivir su dolorosa experiencia, tiene un objetivo muy claro: “que algo así no vuelva a repetirse. Es necesario que los jóvenes conozcan la historia para que aprendan de nuestros errores”.



Tras su trágico caminar al borde de la muerte en Plaszow, Julag, Mauthausen, Auschwitz-Birkenau y Dachau, Bernard Offen ha sido capaz de perdonar a sus verdugos. “Para mí es necesario perdonar. Si no lo hiciera, llevaría ese odio en mi interior, y estaría haciéndome daño a mí, no a los asesinos, no a la SS, no a los torturadores. Decidí dejarlo ir, porque no podemos cambiar lo que sucedió, pero sí evitar que vuelva a suceder”. Y es capaz también de sonreír: “no siempre, pero lo intento. Me da fuerza. Una sonrisa consigue que otras personas sonrían. Cuando somos negativos, deprimimos a los demás, y cuando somos positivos los levantamos. Es una elección, elegimos en cada momento cómo somos para nosotros mismos y para los demás”. Y es que, para este superviviente de uno de los episodios más negros de la humanidad, lo que de verdad importa es precisamente eso, “las personas, los seres humanos”.  

miércoles, 14 de abril de 2021

La soberbia y otras causas de la tragedia del Titanic.


La noche del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los peores desastres marítimos en tiempos de paz de la historia; y, desde luego, el más célebre. Fueron muchas las circunstancias que convirtieron este naufragio en leyenda –la tragedia en sí, el elevado número de muertos, la insuficiente cantidad de botes, la diferencia de clases en las prioridades del salvamento- pero son más aún los extraños sucesos que lo envolvieron, las misteriosas coincidencias que condujeron al titánico buque a hundirse inevitablemente en las gélidas aguas del Atlántico Norte.


El crucero más grandioso, rápido, moderno, lujoso y seguro del planeta parte del puerto de Southampton, con bandera de nacionalidad británica. Ha sido construido expresamente para atravesar el Atlántico a mayor velocidad que ningún otro buque, portando en sus fastuosos camarotes a los más adinerados miembros de la alta sociedad mundial. La compañía está orgullosa de su obra maestra y ha dado orden al capitán de navegar a toda máquina hasta el puerto de destino. Será un buen reclamo publicitario. Sus tres poderosas hélices mueven las 70.000 toneladas a una velocidad de 25 nudos, cortando las olas a su paso como una gigantesca cuchilla. No hay peligro, aseguran sus creadores, a pesar de la niebla y otras amenazas imprevisibles y más que probables; el barco es “insumergible”. A unas 400 millas al este de la isla de Terranova el aire se enfría repentinamente. La niebla es densa, pero el monstruo flotante mantiene su frenética velocidad. De pronto, el vigía grita con fuerza –y pánico-: “¡Iceberg a proa!”
Un instante después esa proa choca violentamente contra la descomunal masa de hielo y el “insumergible” portento de la ingeniería moderna comienza a hundirse en las oscuras y frías aguas. Y con él dos tercios de los 2.177 pasajeros. No hay botes de salvamento para todos. Pocos minutos después, el Titán se sumerge definitivamente en el océano y desaparece de la vista de los 705 afortunados supervivientes.  

¿Titán? Sí, has leído bien. La tragedia del hundimiento del Titán fue relatada por el marino y escritor Morgan Robertson 15 años antes del naufragio del Titanic, en 1897. La novela de título Futility (inutilidad) -que fue reeditada en 1912, unas semans antes del naufragio del Titanic, con el más sugerente nombre The Wreck of the Titan (‘El naufragio del Titán’)- coincide asombrosamente con el suceso real. No sólo en el nombre de la nave, la ambición y arrogancia de sus armadores y la helada causa del desastre, sino también en detalles tan precisos como el puerto de partida (Southampton), la velocidad (25 nudos), el insuficiente número de botes (24-20), el tamaño y el tonelaje (70.000 -66.000), el número de supervivientes (705-605) y el lugar del siniestro (a 400 millas de Terranova en ambos casos).

Tal vez podamos achacar a la casualidad las múltiples coincidencias entre el Titán y el Titanic, sin embargo el visionario Robertson –oficial de la marina mercante estadounidense además de prolífico escritor aficionado- escribió en 1914 otra novela, de título ‘Más allá del espectro’, en la que pronosticó una guerra entre Estados Unidos y Japón, provocada por un ataque furtivo de estos últimos en el mes de diciembre y en la que modernos aviones lanzaban “bombas soles”, tan poderosas que podían destruir una ciudad entera en segundos. Descrito treinta años antes de Pearl Harbor y el Enola Gay.


Pero si la novela de Robertson predijo el desastre del Titanic 14 años antes de que ocurriera, el célebre periodista británico William Thomas Stead –pionero del periodismo de investigación- lo hizo con 26 años de antelación. El 22 de marzo de 1886, Stead publicó un artículo llamado ‘Cómo el buque-correo se hundió en mitad del Atlántico, por un superviviente’, en el que un vapor de gran tamaño colisiona con otro barco, provocando una gran pérdida de vidas debido a la escasez de botes de salvamento. “Esto es exactamente lo que podría suceder, y sucederá, si las naves zarpan con pocos botes salvavidas” añadía Stead.

El periodista y editor aún se acercó más al Titanic en 1892, cuando publicó un relato titulado ‘Del Viejo al Nuevo Mundo’, en el que un navío de pasajeros, el Majestic, rescata un puñado de supervivientes procedentes de otro buque que había colisionado con un iceberg. El Majestic era un barco real y en aquellos años se encontraba capitaneado por Edward Smith… el primer y último capitán del Titanic. Sin embargo, la relación de Stead con el Titanic es aún más curiosa y, sobre todo, mucho más trágica. En 1910, dos años antes del hundimiento, dio una conferencia sobre seguridad en los barcos de pasajeros, que ilustró con un dibujo en el que él mismo aparecía como víctima de un naufragio. Una ficción que se hizo dramática realidad en la noche del 14 de abril de 1912. Lo más sorprendente es que Stead no tenía previsto realizar el viaje en el Titanic y fue un conocido futurólogo, W. De Kerlor, quien unos meses antes lo ‘vio’ embarcado rumbo a América y “envuelto en una catástrofe marítima junto a cientos de personas”. Incluso hubo un sacerdote británico que le envió una carta premonitoria sobre el naufragio de un transatlántico en su viaje inaugural.

Pese a todos estos avisos y oscuras premoniciones –o precisamente por ellos- W. T. Stead, adalid del nuevo periodismo, defensor de los derechos de la mujer, abogado de los oprimidos y firme candidato al Nobel de la Paz aquel año, decidió embarcarse en Southampton rumbo a Nueva York en ese portento de la ingeniería marítima absolutamente insumergible. Precisamente el motivo de su viaje era asistir a un congreso de paz, invitado por el presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft. Pero un iceberg se cruzó en su camino. Cuentan los supervivientes que, tras el choque fatal, Stead ayudó a cuantas mujeres y niños pudo para embarcarlos en los botes en un acto “típico de su generosidad, coraje y humanidad”. Después de que todos los botes hubieron partido, Stead regresó a la sala de fumadores de Primera Clase donde fue visto por última vez sentado en una butaca de cuero, leyendo parsimoniosamente un grueso libro. Su cuerpo nunca fue recuperado.

Sí lo fue, en cambio, el cuerpo del violinista Wallace Hartley, otro de los héroes del Titanic. Durante el hundimiento –que se prolongó cerca de tres horas- los ocho miembros de la banda, dirigidos por Hartley, no dejaron de tocar sus instrumentos en ningún momento, primero en el salón y después en cubierta, con la intención de que los pasajeros mantuvieran la calma y la esperanza. Testigos supervivientes afirmaron en su día que la última melodía que interpretaron fue ‘Nearer, my God, to Thee’ (‘Más cerca, Señor, de Ti’). Ninguno de los ocho sobrevivió. El hecho sorprendente, aparte de su romántico heroísmo, es que el cadáver de Hartley fue hallado con su violín fuertemente amarrado al pecho (había sido un regalo de su prometida), pero al ser repatriado a Gran Bretaña el instrumento había desaparecido. Después de un siglo de misterio, fue recuperado y subastado en 2013, por la considerable cifra de 900.000 libras. La anécdota miserable la pone la propia naviera propietaria del barco insumergible, White Star Line, que cobró a la familia del héroe el coste de la pérdida de su uniforme.

Además del violinista Wallace Hartley, otras 1.516 personas fallecieron en el naufragio; y 705 pudieron ser rescatadas de los botes salvavidas, después de sobrevivir al desastre y a la hipotermia. Era el destino que tenían asignado. Hubo otros pasajeros que también salvaron sus vidas porque el destino, o la bendita casualidad, cambió sus planes de embarcar. Es el caso del que iba a ser segundo ingeniero de a bordo, Colin McDonald, que declinó la oferta debido a un oscuro presentimiento. Condon Middleton tenía su pasaje desde hacía tiempo y una incontenible ilusión por ser protagonista de aquel viaje histórico; pero poco antes de la partida, soñó con el hundimiento del barco dos noches consecutivas y anuló la reserva en el último momento.


Hubo quien cambió de idea casi con un pie a bordo, como el empresario J. P. Morgan, propietario de la naviera, que canceló su billete a causa de una superstición inesperada, cuando ya tenía su equipaje en el lujoso camarote. Inexplicable es también el caso del señor y la señora Wanderbright, que habían enviado previamente a su mayordomo a organizar el equipaje en la estancia reservada, pero a escasos minutos de zarpar decidieron no subir a bordo, abandonando a sirviente y equipaje a su suerte. El propio dueño de la constructora, Lord Gird, que acostumbraba a realizar todos los viajes inaugurales de sus barcos, no lo hizo en esta ocasión. 


Pero el caso más singular de supervivencia quizá sea el de la camarera Violet Jessop, que trabajó primero en el barco estrella de la White Star Line, el Olympic… hasta que chocó con un crucero británico; posteriormente fue camarera y superviviente del Titanic; voluntaria de Cruz Roja en la I Guerra Mundial, a bordo del Britannic, que fue hundido por una explosión; tras la guerra, regresó como camarera al Olympic, que en uno de sus últimos viajes chocó contra un pequeño barco-faro, matando a siete de sus once tripulantes. Estos sucesos., sin embargo, nunca llegaron a desanimar a Violet Jessop que continuó ejerciendo su vocación de camarera marítima en distintos cruceros hasta que se retiró en 1950. No hay noticias de que hundiera más barcos.   



Efecto Titanic
La concatenación de sucesos fatales, que conducen inevitablemente a un desastre –que se podía haber evitado fácilmente- se conoce como ‘efecto Titanic’. Desde luego, tiene su razón de ser:

· La causa de que en aquella primavera hubiera tal abundancia de icebergs en la zona de Terranova es doble: por una parte el desprendimiento inusual de placas de hielo en Groenlandia y por otra su desplazamiento a una gran velocidad, debido a una excepcional fuerza gravitatoria de la luna y el sol (la luna alcanzó el punto más cercano a la Tierra en 1400 años).

· Si el Titanic hubiese chocado de proa contra el Iceberg, se habría podido mantener a flote, incluso seguir navegando, con tan sólo dos compartimentos inundados.

· Si el vigía hubiera avistado el iceberg 5 segundos antes se hubiera evitado la colisión. Si lo hubiera hecho 5 segundos después, se hubiera estrellado de frente.

· Si el primer oficial, Murdoch, no hubiese dado la orden de marcha atrás, el buque habría pasado junto al iceberg sin tocarlo.


· Si esa noche hubiese habido viento, o los vigías hubiesen tenido prismáticos, el iceberg habría sido avistado con tiempo suficiente para evitar la catástrofe.


· El exceso de confianza -de soberbia, de vanidad, de autoengaño- y la consiguiente falta de previsión fue, probablemente, la más culpable de las causas de la tragedia.