domingo, 10 de febrero de 2019

El viajero de las piernas rodantes


“La vida es corta pero el día es largo”
J. W. GOETHE

El día se puede hacer muy largo, descarnadamente largo cuando eres prisionero de una silla de ruedas. O puede hacerse corto, muy corto, casi como una pausa, si decides que esas ruedas no son tus cadenas sino tus piernas liberadoras, y juegas al tenis, y vibras en conciertos de rock, y estudias Periodismo, y escribes poesía; e incluso vives tu propia road movie, rodeando el cálido y azul Mediterráneo en una furgoneta con la única compañía de tu música, tus pensamientos —tus miedos— y tu silla de ruedas.
Gabriel es de los que decidieron hacer su día corto. De los que, como anima Goethe, aprovechan el momento, el presente, la infinitud de cada día único e irrepetible —porque en realidad, y aunque lo ignoremos, cotidianamente estar vivo es un regalo—. O al menos pone todo su empeño, su energía y su alma en intentarlo. Porque no siempre es fácil. Y no siempre lo consigue.



Gabriel Villalonga era un adolescente muy vital, «muy físico» (como él mismo se define), siempre practicando deporte, siempre en acción. Tenía 17 años cuando cayó escalando una montaña en Mallorca. Una mañana radiante, «al igual que mi espíritu de entonces», recuerda. Una mañana absurda que torció su vida de una manera tan brutal como irreversible. En un instante. Un día antes, todos sus sueños de futuro estaban intactos y refulgentes, esperándole con los brazos abiertos. Tras la caída todo se apagó. Literalmente. Catorce días en la UVI, debatiéndose entre la vida y la muerte. De hecho, los médicos aseguraban que sería un milagro que viviera. Pero Gabriel quería vivir; recuerda su “muerte” con claridad: «un estado maravilloso de profunda, paz, unidad y consciencia; nada de dolor o vacío; una voz me preguntó si quería volver y yo no lo dudé, porque tenía 17 años, toda una vida por vivir y una vitalidad extraordinaria.»

El 80 por ciento de tu cuerpo está muerto.
Tras su paso por la UVI en Mallorca fue trasladado al Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Al poco de llegar, la doctora le enseñó el dibujo de un cuerpo humano tachado desde el pecho para abajo y le dijo que había perdido las funciones motoras y sensitivas de la parte tachada (mazazo), pero que en algunos casos se experimentaba una recuperación en los meses siguientes (alivio). Lo primero que hizo Gabriel fue desterrar de su pensamiento la primera parte de la noticia y aferrarse a la segunda como quien se agarra a la frágil raíz que detiene in extremis su caída hacia el fondo del barranco. «Yo estaba convencido de que iba a recuperarme y además tenía una vitalidad y un optimismo extraordinarios que no iban a ser mermados por desplazarme en una silla de ruedas.» 

Pasó ocho meses en el hospital, que Gabriel recuerda incluso como divertidos y, sobre todo, increíblemente enriquecedores. Su vitalidad constituyó un ejemplo para muchos —pacientes y médicos— y estableció lazos inquebrantables con otros accidentados, lazos que aún hoy perduran. Durante esos meses, experimentó una revolución interna que supuso una liberación. Su pensamiento fue más fuerte, o más terco, que su cuerpo y decidió vivir, en el pleno sentido de la palabra. El pensamiento es lo que tiene, que te puede dejar atrapado en un laberinto de desesperanza o te libera en un segundo por la primera salida que encuentre. Puedes elegir entre la compasión y la normalidad. Gabriel eligió la normalidad.

Antes del accidente, Gabriel estaba enamorado del tenis, no hacía otra cosa que soñar con ser tenista, incluso se sabía de memoria los 100 primeros clasificados de la lista ATP. Ese amor no menguó ni un ápice después del accidente. «Tenía bien claro que yo iba a jugar a tenis aunque tuviera que reinventarlo.» En España no existía aún el tenis en silla de ruedas, pero sí en Francia. Y allí se fue. Jugó su primer torneo en Toulouse y luego el Open de Francia en París, viaje del que guarda un recuerdo imborrable de camaradería y sueños cumplidos. De vuelta en España, pasado un tiempo—para estudiar su otra vocación, el Periodismo—, se trajo su deporte favorito en la mochila, así que se le puede considerar el introductor del tenis en silla de ruedas en nuestro país. En 1991 se creó la Comisión Nacional de Tenis en Silla de Ruedas y se disputó el primer Campeonato de España, cuyo vencedor fue Gabriel Villalonga. Hoy, este deporte cuenta con un circuito de torneos y miles de participantes, muchos de ellos niños.

Fueron tiempos de espíritu vitalista y aventurero. Acompañado únicamente por su mochila y sus piernas metálicas, rodó por Turquía, Francia, Argelia, México, California y casi toda Europa; viajando en tren o en autoestop, durmiendo en parques y estaciones, lo cual no siempre era seguro: «En Grecia me robaron todo el equipaje mientras dormía y en Escocia perdí la silla de ruedas en la estación cuando el tren había partido». 

En Cuba toqué fondo.
El sufrimiento llegó años después; el optimismo, la vitalidad y la forma física de la juventud fue mermándose poco a poco conforme se le iba torciendo la espalda e iban asomando interminables problemas físicos, que aparecían al mínimo descuido o imprudencia. O el simple hecho de tener que mirar a todos desde abajo, o soportar las miradas de compasión, o el ser considerado “minus válido”, cuando, en justicia, debería ser considerado más como un héroe. Todo, en su conjunto, iba creando una llaga profunda, un sufrimiento anquilosado que se fue acentuando día a día y desembocó en una inevitable crisis, en una contienda entre su visión positiva y la cruel realidad; tal vez la misma contienda que soportan la mayoría de los seres humanos, pero en su caso multiplicada por una carga más pesada y más dolorosa sobre los hombros.
Tocó fondo en Cuba. En un viaje temerario —solo y sin dinero— que acabó en grave accidente y varios meses de confinamiento sobre una cama, boca abajo, a solas con su conciencia. Tomó la resolución de cuidarse muy seriamente la salud, que se estaba deteriorando con excesos de todo tipo. A su vuelta a España, recuerdo que coincidimos en varios conciertos —Counting Crows, Elliott Murphy y alguno más—. Se le veía más sosegado, más profundo, más filósofo. En aquella época Gabriel escribió mucha poesía, viajó sin jugarse la vida, continuó practicando deporte, redescubrió la naturaleza y, sobre todo, cultivó su lado más espiritual: «toda desgracia es una llave para entrar en una realidad diferente y más luminosa y plena; la tan buscada felicidad no depende de coordenadas exteriores como físico, silla de ruedas, dinero o éxito sino de algo mucho más complejo que palpita en el interior de cada uno, todo lo que buscas está dentro de ti».


Rodando alrededor del Mediterráneo
En 2003 su inquieto ‘yo’ viajero lo liberó de la asfixiante «rutina martilleante de las hormigas» y lo empujó hacia su más grandiosa hazaña (o su más grande locura, según): rodear su amado Mediterráneo («compañero azul»), país a país, reto a reto, en solitario durante seis meses al volante de una furgoneta. Con la única compañía de sus ruedas y su banda sonora (Dylan Byrds, Johnny Cash, Lynyrd Skynyrd, Vivaldi… según cada momento). Partió de Madrid y rodó por Francia, Mónaco, Italia, Eslovenia, Serbia y Croacia, Albania, Grecia, Siria, Jordania, Israel, Palestina, Egipto, Líbano… venciendo todos los problemas físicos y arquitectónicos a los que se puede enfrentar un ‘rodante’, en una singular hazaña de superación, tenacidad, romanticismo y espíritu viajero. Un bellísimo recorrido por la Historia y el Arte, la Religión y la Filosofía, la Poesía y la Música (mención obligada la indescriptible belleza del festival Rainbow en el desierto del Neguev, en Israel), la Miseria y la Grandeza, la Gente… ¡la Vida!, experiencia que quedó magistralmente plasmada en un libro tan épico como su hazaña; tan profundo, tan exhaustivo, tan emocionante, tan original, tan revelador y tan desafiante como su autor. Un libro que, por cierto, permanece a la espera de una editorial que acepte su propio reto y apueste por él. Su título, «Compañero Azul»; su autor, Gabriel Villalonga. No hay prisa, «a un parapléjico le toca muy a menudo ejercitar la paciencia de la inmovilidad como única opción posible». Pero ahí queda.

Hoy, a sus casi 50 años, Gabriel continúa su eterna batalla, la del día a día, la supervivencia común a todos los mortales pero con un peso añadido: el 80 por ciento del cuerpo paralizado. Y entre sus nuevos objetivos «la gran lección aprendida en este viaje: conquistar las montañas y explorar los países de la vida interior, de las pequeñas y grandes aventuras de cada nueva jornada.  Abrazar al Dios de la Minúsculas Cosas. Y en ésas estoy desde mi llegada…»    

Todo un ejemplo de tesón, vitalidad y ganas de vivir que nos recuerda, a golpe de rueda, que «el secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace». Las palabras son de Tolstoi. El mérito, de personas como Gabriel.


domingo, 3 de febrero de 2019

American Pie. El día que murió la música.


El 3 de febrero de 1959 tres de los músicos de rock más influyentes de la época fallecieron en un desgraciado accidente aéreo. La muerte de Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper supuso un inesperado mazazo para un joven repartidor de periódicos de 18 años llamado Don. Doce años después, el joven Don inmortalizó aquel día de febrero en una canción, que se convirtió en todo un himno para varias generaciones. Pero lo que esconde la letra de American Pie va mucho más allá de “el día que murió la música”. Habla de la historia misma de América. Y de la historia del Rock.

Hace ahora 47 años, en enero/febrero de 1972, American Pie se mantuvo cuatro semanas en el número uno de las listas de popularidad de Estados Unidos. Don McLean la había compuesto unos meses antes, en la primavera de 1971, y fue grabada el 26 de mayo de ese año, incluida en el álbum del mismo nombre. Desde el primer momento, la misteriosa letra -plagada de referencias, nombres y metáforas- generó no pocas especulaciones acerca de su verdadero sentido. Cuando Don McLean fue preguntado sobre el significado de American Pie, respondió con ironía: “Significa que nunca tendré que volver a trabajar” (y no andaba mal encaminado, teniendo en cuenta cómo iba conquistando las listas de éxito de medio mundo). Más tarde, el cantautor declaró (aunque no aclaró) con más seriedad: “Encontrarán muchas 'interpretaciones' de mi letra, pero no les diré la mía... Lamento dejarlos a todos así, pero hace tiempo me di cuenta de que los compositores deben dar sus declaraciones y marcharse, manteniendo un silencio digno”.


A lo largo de cuatro décadas, la letra de American Pie ha sido desmenuzada y analizada verso a verso, metáfora a metáfora por expertos, historiadores, locutores de radio, críticos musicales y fieles fans. Y aunque aún queda algún rincón oscuro, o al menos con variadas interpretaciones, la historia que relata esta obra magna del folk rock está más o menos clara. Y esta historia no es otra que la historia de la música americana, desde aquel fatídico 3 de febrero de 1959 en que murieron los tres grandes, hasta principios de 1971, cuando Don McLean comenzó a darle forma. También es la historia de una doble pérdida de inocencia, la de un muchacho que vivió la muerte de sus héroes; y la de un país que pasó de una década idílica luminosa y despreocupada, la de los 50, a otra mucho más oscura, que vio morir a John y Bob Kennedy, a Luther King, a miles de americanos en Vietnam y al propio padre de McLean, en 1961.
Este paso de la infancia a la madurez, de la bendita felicidad a la cruel realidad marcó el destino de Don, que abandonó la universidad en 1964 para dedicarse enteramente a la música. El sueño americano se estaba volviendo una pesadilla turbulenta y Don, como el resto de su generación, quería encontrar respuestas y también hacer preguntas. La potente invasión de la música británica tampoco ayudó a elevar la autoestima de un país deprimido (salvo puntuales orgullos nacionales, como el lanzamiento del Apolo 14). Así andaba Estados Unidos en 1971, hasta que alguien escribió una canción que supuso la oración funeraria de esa era, e invitaba a los americanos a mirar, y caminar, hacia delante.



Pero el acontecimiento que marcó realmente la vida de aquel joven repartidor fue leer en el periódico la noticia de la muerte de aquellos tres músicos (especialmente la de Buddy Holly), almas vivas de aquel rock ‘n roll alegre y despreocupado: “A long, long time ago, I can still remember how that music used to make me smile” (“Hace mucho, mucho tiempo, aún puedo recordar cómo aquella música me hacía sonreír”). A partir de este primer verso, American Pie hace un recorrido por los sentimientos de McLean ante la noticia (“febrero me estremeció… no pude dar un paso… pero algo me tocó muy dentro, el día que la música murió”) y luego todo un desglose de los artistas que reinaron –inmerecidamente algunos de ellos, para McLean- en la década de los 60.



Habla de los Monotones y su éxito de 1958 “The book of love”; y de bailar lento y del rhythm 'n' blues y de la canción de Marty Robbins “A White Sport Coat (And a Pink Carnation)” y de su furgoneta pick ‘up de teenager. Y luego entra de lleno en Bob Dylan, al que considera un bufón (jester) envuelto en la cazadora de James Dean (en su portada del disco The Freewhelin’), al que reprocha haber abandonado su faceta contestataria y vivir de las rentas musicales; y se refiere también a un Elvis en decadencia (“the King is looking down”); y a los Beatles, y su deriva política (“reading Marx”) y su Seargent Pepper, y al Charles Manson (Helter Skelter) que se ‘inspiró’ en su mítico “White Album”. Nos recuerda también cuando los Byrds dejaron de volar alto y “cayeron en la hierba” (les pillaron con marihuana); y cuando “todos estaban en un único lugar” (Woodstock), una generación perdida en el espacio… y en otras sustancias.

Y entonces llegan los Rolling Stones y su Jampin’ Jack Flash (“Jack Flash sat on a candlestick) y su simpatía por satán y los Hell Angels; y aparece fugazmente una chica que canta blues (Janis Joplin) a la que pregunta por alguna noticia feliz… pero se va (muere) con una sonrisa. Y Don McLean se lamenta, porque los tres hombres que más admira (“The Father, Son and Holy Ghost”: Valens, Big Bopper y Holly) han cogido el último tren a la costa, el día que murió la música… “the day the music died”. Y todos volveremos a cantar “Bye bye Miss American Pie…” una y otra vez, pero no como un lamento por la música perdida, sino para dar gracias por un himno que sigue eternamente vivo en nuestra memoria. Y en nuestro ipod. 



Por curiosidad, otras canciones con historia
Cuando entiendes la letra de una canción que te gusta (y esa letra es interesante), te gusta un poco más. Pero cuando también conoces su significado, la historia que hay detrás (de su composición, de su autor, de su realidad), esa canción se convierte en algo especial, porque te identificas más con ella, porque te llega más hondo. Estos son algunos ejemplos:

· I Don’t Like Mondays (Boomtown Rats). El lunes 29 de enero de 1979 la adolescente Brenda Ann Spencer estrenó el rifle que le había regalado su padre disparando a los alumnos del colegio frente a su casa. Resultado, dos muertos y nueve heridos. No me gustan los lunes” fue la única explicación que dio a la policía.

· Huracán (Bob Dylan) denuncia el caso real del boxeador negro Rubin Carter, falsamente acusado de triple asesinato por motivos racistas, en 1966. Condenado a cadena perpetua, fue absuelto en 1985 tras una revisión del juicio.

· Sunday Bloody Sunday (U2) recuerda el Domingo Sangriento de 1972 en el Ulster, en el que murieron 14 manifestantes por los disparos del ejército británico.

· Piano Man (Billy Joel) repasa los personajes y experiencias que vivió realmente el cantante cuando era un joven pianista de bar en las noches de Nueva York.

· Layla (Eric Clapton) se inspira en el amor no correspondido de Pattie Boyd, por aquel entonces (1972) esposa de su amigo George Harrison. Finalmente, Pattie se divorció y se casó con Clapton. Sin rencores, el amigo y exmarido Harrison acudió a la boda.

· You’ve Got a Friend (Carole King). La cantautora escribió esta canción para su amigo James Taylor, que pasaba por una profunda depresión. La versión que realizó el propio Taylor le devolvió el éxito y le salvó de un más que probable suicidio.

· The Wall (Pink Floyd). La obra cumbre del rock sinfónico está inspirada directamente en la vida de Roger Waters: la opresión escolar, la muerte de su padre en la guerra, una madre absorbente, sus fracasos sentimentales, la fama y los devaneos con las drogas…

· Candle In The Wind (Elton John) fue en primera instancia dedicada a Marilyn Monroe (Norma Jeane). En 1997 el cantante realizó una versión en homenaje póstumo a su gran amiga Diana de Gales.


miércoles, 30 de enero de 2019

El origen de la leyenda Beatles


Verano de 1960. Unos muchachos de Liverpool abandonan su vida de estudiantes y viajan a Hamburgo para comenzar una carrera como músicos. Tres de ellos se llaman John, Paul y George. Allí mismo conocen a un tal Ringo. Todo comenzó en el Club Indra, hace 55 años.




Aunque en realidad, esta historia tuvo su prólogo 3 años antes, el 6 de julio de 1957, cuando John Lennon conoció a Paul MacCartney en un concierto parroquial en la iglesia Woolton de Liverpool, a ritmo de skiffle y rock’n roll, mientras las amas de casa vendían tortas y dulces caseros. Un año después se sumó George Harrison y en 1960 se bautizaron The Beatles. Había nacido una de las bandas más grandes e influyentes de la historia. Para muchos, el pilar fundamental de la música popular del siglo XX.
Cambiaron la cultura moderna, revolucionaron a la juventud de la época, inventaron la psicodelia, iniciaron el movimiento hippie, definieron el pop como estilo musical, fueron pioneros de los conciertos masivos de rock y de los vídeos musicales. Incluso llegaron a atravesar el espacio con una de sus canciones, Across the Universe, que la NASA envió hasta la mismísima Estrella Polar, a 431 años luz de su Liverpool natal (como parte de los actos conmemorativos, en 2008, del 50 aniversario del lanzamiento del Explorer I, el primer satélite estadounidense). Fueron los reyes indiscutibles de la música pop durante casi una década. Y siguen reinando 40 años después de su muerte.


Fue en agosto de 1960, en la muy liberada Hamburgo, cuando los Beatles dieron su primer concierto “oficial”. John Lennon, Paul McCartney, Pete Best, Stu Sutcliffe y George Harrison llegaron a la ciudad alemana contratados para actuar en directo. Por esa época, aún no definido su estilo, tocaban rock ’n’ roll al más puro estilo Elvis, pantalones de cuero y tupé incluidos. El primer local en el que actuaron fue el "Indra", donde había días en que tocaban hasta siete horas seguidas. Después llegaron el "Kaiserkeller" y el "Top Ten”, y luego la expulsión del país de George Harrison, denunciado por menor de edad. En los siguientes dos años, regresaron a Hamburgo en numerosas ocasiones, actuando en total más de 280 noches, 1500 horas de música en directo. Una experiencia iniciática que resultó trascendental para el grupo, como reconoce Paul McCartney: “A Hamburgo llegamos siendo unos críos y regresamos siendo unos críos maduros. Allí crecimos”.
En 1962, el batería Pete Best fue sustituido por Ringo Starr, a quien conocieron precisamente en Hamburgo, cuando tocaba junto a otra banda inglesa. La muerte de Stu Sutcliffe, conocido como “el quinto Beatle”, a causa de una hemorragia cerebral en la ciudad alemana, dejó el grupo con los cuatro componentes que convirtieron a los Fab Four en leyenda inmortal. 

Fue Brian Epstein, manager del grupo desde 1962 hasta 1967 (y también considerado “el quinto Beatle”), quien hizo prender y cuajar esa leyenda: los vistió, los modernizó y los convirtió en los Reyes del Pop. Hizo de ellos unos buenos chicos, con pinta de no haber roto un plato ni una guitarra en su vida. Una imagen a la que contribuyeron especialmente los diseñadores Pierre Cardin y, sobre todo, Douglas Millings. Fue el francés quien creó el icónico traje sin cuello de los Beatles, iniciando una moda que abarcaría toda la década de los 60 y que revolucionó los estándares masculinos de la época: simplicidad, ligereza, comodidad, líneas ajustadas, tejidos más sutiles marcaron un estilo joven, desenfadado e intelectual. Pero el diseñador británico fue quien realmente definió el estilo Beatle, añadiendo al traje ‘sin cuello’ de Cardin sus personalísimos detalles: los tres botones de nácar, el ribeteado negro que remarca los bordes, los bolsillos inclinados a la altura de las caderas, los tejidos grises… No en vano Millings ha sido siempre reconocido como el “sastre de los Beatles”, para quienes realizó más de 500 diseños, incluyendo giras y películas.  

La muerte de Epstein en verano de 1967 fue también el principio de la muerte de los Beatles, poco después de la publicación de Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, su obra magna, su disco más adulto, completo y ambicioso (y considerado uno de los más importantes de la historia). A partir de entonces, la vida fácil comenzó a complicarse. El grupo dejó de serlo y afloraron las individualidades, la esencia que los mantenía unidos empezó a disolverse. Ni el pasaje a la India para conocerse a sí mismos, ni el charlatán Maharishi, ni la meditación, ni el LSD pudieron evitar lo inevitable. Luego llegó mayo del 68, y mientras el mundo estallaba a su alrededor, a la banda llegó una revolución de nombre Yoko Ono y las tensiones y los egos y las puñaladas supusieron el principio del fin de los Beatles, que pasaron del “nosotros” al “yo, yo, yo y yo”..



Aún quedaba por grabar el White Album, para muchos su obra más redonda, y con él vino Charles Manson, que asesinó a Sharon Tate y a sus invitados al ritmo de Helter Skelter (el título de la canción apareció escrito con sangre en la escena de uno de sus crímenes). Un año después, los Beatles daban fin a una década imprescindible en la historia de la música del siglo XX. Lo cantó George Harrison, con genial sensibilidad, en ese mismo epitafio blanco: “Miro al mundo y percibo que está girando / mientras mi guitarra llora suavemente. / Con cada error tal vez debamos aprender. / Mi guitarra aún llora suavemente”.


¿Quién fue realmente el ‘quinto Beatle’?

Además de Stu Sutcliffe, amigo de Lennon y bajista original del grupo desde 1959 hasta su muerte en1962; y de Brian Epstein, inventor y manager de los Beatles durante toda su época de esplendor, han existido otros ‘quintos beatles’ a lo largo de la historia: tal vez el más real fuera Billy Preston, músico de gran prestigio que los acompañó en la grabación del álbum Let it Be y el único que ha sido acreditado en una canción de los Beatles, en el sencillo Get Back. También ha entrado en esta lista de “quintos” el batería original de la banda, Pete Best. Y George Martin, productor de todos los discos de la banda excepto Let it be. Y Neil Aspinall, fallecido en 2008, que fue amigo, chófer, asistente, road manager y hasta instrumentista exótico… y, según reconoció George Martin en sus memorias, el único merecedor del título de 'quinto Beatle'.

lunes, 28 de enero de 2019

Totalán no es Albuquerque (gracias, Julen)


Años 50. Nuevo México. Chuck Tatum es un periodista de poca monta y menos escrúpulos que, tras quedarse sin trabajo en Nueva York, acaba, por un capricho del destino y de la gasolina, en un pueblo –un agujero- perdido en el desierto. Albuquerque se llama, el agujero. Allí alquila su pluma y su talento al diario local, en espera de alguna miserable noticia que reseñar. La suerte sonríe a Tatum cuando el indio Leo Mimosa queda atrapado en una mina. Rescatarlo puede ser cuestión de horas, pero Tatum se saca de la manga una jugada maestra y convence al ambicioso sheriff, al corrupto capataz del equipo de rescate y a la amargada esposa de Leo, Lorraine, de realizar el salvamento de forma que dure varios días y dé tiempo a convertirse en noticia, en “la Gran Historia”, y en la gran exclusiva, claro. Un hombre atrapado entre la vida y la muerte en las entrañas de la roca; una esposa desconsolada esperando, impotente, a sus pies; unos hombres jugándose el tipo por rescatarlo; y un cronista que tiene acceso en exclusiva al condenado, que incluso se convierte en su único amigo, para contar la historia día a día, minuto a minuto, resuello a resuello. 

La cosa funciona: el bar de Lorraine empieza a recibir visitantes curiosos, primero de la región, luego de todo el país. Llegan coches, caravanas, autobuses, trenes. Se montan tiendas de campaña junto a la mina, y después tiendas de souvenirs y puestos de comida y casetas de feria y atracciones y hasta una noria. Miles y miles de personas, de insensibles voyeurs de la tragedia de Leo, de espectadores sin corazón y sin cerebro, sin conciencia, expectantes ante el mínimo acontecimiento de esta historia “de interés humano”. Y Tatum, el narrador, saboreando el éxito de la jugada. Pero su ambición no se detiene ahí, y además de jugar con la vida de Leo, se la juega también con su mujer. Lo que haga falta por la noticia, todo por la gran historia.

Al final, claro, Leo muere («¡El circo ha terminado! ¡Váyanse a sus casas!»). Y el público de este gran carnaval de miserias hace que lo siente, y se retira apesadumbrado, decepcionado, a la falsa y gris felicidad de sus hogares. Lorraine, la esposa, la viuda, ve abierta la puerta de su celda y escapa de su vida, de sus fantasmas, de su agujero en Albuquerque. Y el desalmado Chuck Tatum, el periodista, el carroñero, acaba siendo devorado por el monstruo ambicioso y desalmado que él mismo ha creado. Y puede que por su propia conciencia. 

El Gran Carnaval” (Ace In The Hole, 1951) es una obra maestra, otra más, del genio Billy Wilder (y una de las más impactantes interpretaciones de un enorme Kirk Douglas). Su película más cáustica, más despiadada y más corrosiva. Y probablemente la más real. Por eso es también la única de sus obras que no triunfó, porque el espejo que colocó frente a la sociedad norteamericana de la época fue demasiado cruel y demasiado certero. 


De Albuquerque a Totalán

La tragedia que ha desolado a España entera estas dos últimas semanas, por una vez, no se ha parecido en (casi) nada al desalmado carnaval de Wilder. Totalán no ha sido Albuquerque, ni el pequeño Julen –gracias a Dios- ha sufrido lo que el indio Leo; no ha habido ningún Tatum que haya convertido el drama de una familia en carne –en carroña- de exclusiva (salvo ese bulo miserable que lanzó algún hijo de puta, la prensa y la tv han sido más respetuosas que morbosas); y tampoco un sheriff manipulable y deleznable, ni un capataz corrupto, vendido por un puñado de dólares; ni, por supuesto, un carnaval de morbo montado a los pies de ese pozo maldito que encerraba la esperanza de todo un país en el cuerpecito de un niño.

Todo lo contrario. Totalán, el pueblo entero (un pueblo roto por el dolor), ha sido un ejemplo de empatía, de solidaridad y de calidad humana extraordinarias; desde el alcalde hasta el último vecino, pasando por el párroco y esas mujeres que durante dos semanas, sin descanso, han estado preparando desayuno, comida y cena para los trescientos profesionales que conformaban el dispositivo de salvamento. Trescientas personas totalmente ajenas a la familia que se han volcado en el rescate como si fueran sus propios hijos los que hubieran caído a ese pozo maldito. Luchando contra la montaña día y noche, hora tras hora, sin descanso, sin resuello, sin queja. Voluntarios, Protección Civil, ingenieros, operarios y bomberos; las empresas que trabajaron en tiempo récord para fabricar los tubos y la cabina, o llevar la tuneladora desde Madrid; la Guardia Civil en pleno (TEDAX, montaña, judicial, tráfico, espeleología); y, claro, la Brigada de Salvamento Minero de Asturias. Para todos ellos, sin excepción, lo único importante es haberse dejado el pellejo por una esperanza –un milagro- que, por desgracia, al final ha resultado vana. Su único consuelo, el de todos y cada uno, haber hecho «todo lo que he podido».


Trescientas personas ajenas entre sí, ajenas al pueblo y a la familia (magníficamente coordinadas por el ingeniero Ángel García Vidal) que lo han dado todo y más durante dos semanas por salvar a un niño a quien no conocían, pero que les importaba tanto como si fuera suyo. Todos ellos están hoy exhaustos y apenados, destrozados por la batalla y la impotencia. Tremendamente conmocionados por no haber podido salvar al pequeño, a pesar del gigantesco esfuerzo. Pero el ejemplo de solidaridad, de compromiso, de entrega, de empatía, de profesionalidad, de unidad que nos han dado tardará mucho en olvidarse. Quiero pensar que es así como somos en realidad, los españoles. Que cuando nos ponemos no hay montaña que se nos resista. Por muy hija de puta que sea (y esta lo ha sido, de qué manera). Que cuando queremos –o nos aprietan las circunstancias- somos capaces de darlo todo sin pensarlo. Y, lo que es más importante, sin mirar a quién.

No. Totalán no es Albuquerque. Ni los españoles hemos sido la América profunda de Wilder. Y doy gracias a Julen (descansa en paz, pequeño) por haber conseguido el milagro. Que durante dos semanas nos hayamos olvidado de lo que nos divide (en estos tiempos en los que ya nos enfrenta hasta la comida) y hayamos echado a los de siempre de las portadas; que durante dos semanas un pueblecito de Málaga haya sido España entera, la misma, la de todos; que durante dos semanas el mismo dolor, y la misma esperanza, hayan sido competencia de las 17 Comunidades Autónomas; que durante dos semanas hayamos cambiado –prensa y tv incluidas- la víscera por el corazón, el morbo por el interés humano (salvo excepciones, claro). Que durante dos semanas hayamos demostrado al mundo lo grandes que podemos ser en altruismo, en capacidad de sacrificio, en calidad humana y en profesionalidad, cuando nos ponemos. Esto es, cuando no andamos a garrotazo limpio. Que es casi siempre.

Por desgracia, mañana volveremos a esa rutina goyesca. Y a mí me quedará la sensación de que estas dos semanas de unión en el dolor y en la esperanza no habrán sido sino un bonito sueño, aunque breve y vano. Como si hubiera vivido dos semanas en otro país. Ojalá no fuera así. Pero las portadas de hoy ya me están dando la razón.




jueves, 10 de enero de 2019

Marimar. Mantener la sonrisa (o la carcajada) pase lo que pase


Marimar es… Marimar. Puede parecer algo obvio, pero es la única descripción exacta de su persona. Podríamos intentar describirla con los adjetivos habituales, por ejemplo única, entrañable, cariñosa, fuerte, valiente, optimista, testaruda, generosa, activa, vitalista, divertida, buena, humilde, entrañable (sí, está repetido; lo sé), y todos ellos serían correctos, son parte inequívoca de su personalidad. Pero Marimar tiene algo más, un plus que es muy difícil de describir con simples adjetivos. Hay que conocerla, sentirla, vivirla… y entonces se llega a la conclusión de que Marimar es, pues eso, Marimar.

Dentro de la gran familia que es Lo Que De Verdad Importa, Marimar es una ponente muy especial. Además de por su personalidad, por la forma en que llegó a los congresos. El primer año estuvo durante todo el acto sentada entre el público, observando y escuchando atentamente desde su silla de ruedas a cada uno de los ponentes (Irene Villa, Nando Parrado, Kyle Maynard y Bosco Gutiérrez). Toni, su padre (otro ser humano indescriptible; lo mismo que su madre, Loli), se acercó a Pilar y le dijo: “Hola, soy el padre de Marimar y solo te quiero entregar este vídeo”. Era el documental ‘Mar Afuera’, que Pilar se llevó a casa y vio al cabo de unos días. “Estuve llorando una semana”, reconoce. Desde aquella primera edición, Marimar no faltó ni un solo año a su cita con el congreso de Lo Que De Verdad Importa en Madrid; como merecido homenaje, en el congreso del quinto aniversario fue ponente de honor. Y su historia (transmitida con la ayuda y complicidad de su gran amigo Jaume Sanllorente) cautivó y conmovió a cada uno de los dos mil jóvenes que tuvieron la inmensa suerte de asistir aquella tarde de noviembre al Palacio de Congresos de Madrid.

En la pantalla aparece un mensaje escrito por Marimar:
“Buenas tardes a todos. Me llamo María del Mar. Tengo 25 años y llevo asistiendo a estos maravillosos congresos desde su inauguración de la misma manera que todos vosotros: como público.

En estos cinco años, de un modo u otro, me he sentido identificada con muchos de los testimonios que han pasado por aquí. Todas han sido historias de superación que me han hecho reflexionar sobre ‘lo que de verdad importa’.

La verdad es que no me veo como una superwoman ni como una heroína. Tan solo soy una chica que vive en unas circunstancias distintas. Muchas veces he estado tentada de compartir mis experiencias con todos vosotros, pues creo que pueden ser de ayuda, pero para eso necesitaba una persona que diera voz a esas palabras y fue precisamente aquí donde la encontré. Encontré a mi gran amigo Jaume Sanllorente”.

Marimar sube al escenario, empujada por su padre, bajo una tormenta de aplausos. Es la primera vez que está ahí arriba. Jaume se sienta junto a ella. Saluda al público con un hilo de voz y un poco de tos (ha estado enferma toda la semana, pero no quería perderse ese momento por nada del mundo): “Hola a todos”. Más aplausos. Jaume presenta a la protagonista: “Es un honor compartir este momento contigo, que llevamos ensayando por email desde hace un tiempo. Millones de personas darían lo que fuera por compartir contigo este momento tan especial”. Ella, todo humor, no se corta y le tira los tejos a Jaume: “También hay muchas de las personas que están aquí a las que les gustaría estar donde yo estoy…”



Marimar se hizo famosa hace unos años gracias a un documental que tuvo bastante repercusión, primero en TVE y luego en youtube. Lo protagonizaba una chica de Madrid, tetrapléjica, que estaba estudiando Periodismo con mucho tesón, con mucha fuerza y no pocas dificultades (licenciatura que actualmente está terminando). Llevaba por título ‘Mar afuera’, y nació como una respuesta vitalista a la película de Alejandro Amenábar ‘Mar adentro’, que reflejaba el suicidio asistido de Ramón Sampedro, tetrapléjico durante 30 años. ‘Mar adentro’ era la visión gris, triste y negativa, sin esperanza; ‘Mar afuera’ era la visión colorista, alegre y positiva, llena de vida (por eso se llama ‘Mar’, como ella: “y porque lo dije yo”). Representa su opción de Vida, “con mayúsculas, con luces de neón, a lo grande; y además contagiando la vida a todos los que tenemos la suerte de estar a tu alrededor”, apunta Jaume.

Marimar nació como una niña completamente sana, la mayor de seis hermanos. Pero a los seis años detectaron que iba perdiendo movilidad paulatinamente. A partir de ahí comenzó a moverse cada vez con mayor dificultad y le diagnosticaron una enfermedad degenerativa y desconocida, que ni siquiera tiene nombre. Bueno, sí: “Yo la he bautizado como la Enfermedad de Marimar”, reclama la autora. Debido a esta enfermedad, sólo puede mover los músculos del cuello y de la cara, pero ello no le impide vivir la vida plenamente. Todo un reto, desde luego; pero un reto elegido y deseado.
De la fuerza de voluntad de Marimar tienen bastante culpa sus padres, que siempre han transmitido a sus seis hijos que tener alguna diferencia no significa que uno sea ni mejor ni peor. Algo que siempre han asumido en su familia con total naturalidad (Marimar tiene un hermano síndrome de Down, Miguel Ángel —su ángel—, y otro que padece acondroplasia, Pablo, el pequeño). “La verdad es que mis padres siempre han sido ese gran pilar que nos sustenta a mí y a mis hermanos y nos han enseñado muchísimas cosas; pero a grosso modo lo que nos han enseñado es que en vez de lamentarnos y sentirnos inferiores hay que darle importancia a otras cosas; nos han enseñado a ser felices, justamente lo que todos los padres quieren para sus hijos. Y nos han enseñado lo que de verdad importa”.



La enfermedad de Marimar no impidió tampoco que acudiera al colegio, aunque las infraestructuras del centro más cercano a su casa no estaban precisamente preparadas para hacer la vida fácil a su alumna especial. Así que tuvo que intentarlo en otro colegio; pero este se encontraba más lejos, lo que supuso añadir dificultades. Y cambió de nuevo; al definitivo, el Senara (en ese momento de la ponencia se escucha un potente griterío en algún lugar del público; “son las ‘senarinas’, las alumnas del Senara, informa Marimar. “Es que hay competencia entre colegios… ¡Haya paz!”).
Fueron muchos años en el colegio, y muchas las anécdotas que podría contar. Hubo soledades, alegrías, logros, momentos difíciles. Hubo también caídas, mentales y físicas. De estas tal vez más, pero Marimar es especialista en reaccionar con paciencia y, sobre todo, sentido del humor. Como aquel día que se cayó al suelo desde una rampa, saliendo del centro, con el consiguiente trompazo; después de recolocarla en su silla, se apresuraron para llevarle una tila, aunque, en realidad, quien más la necesitaba era su padre; ella estaba “con una pachorra…”. Otro día se dio un fuerte golpe en la cabeza y, ante la falta de hielo para detener la hinchazón, acabó con un pollo congelado en el chichón. “Momento foto”, se ríe.

Marimar se ríe mucho. Es muy importante el sentido del humor en su vida. En ella y en quienes tiene a su alrededor. La risa alegra la vida y relativiza las dificultades; y además se transmite y se contagia con facilidad. Sobre todo si ella está cerca. Le gusta recordar aquel día en que una niña, al verla en su silla de ruedas, salió corriendo hacia su abuelo gritando “¡Abuelo, abuelo, he visto a Clara” (la amiga parapléjica de Heidi). Ha habido también emocionadas sonrisas, como en el momento de su graduación, con toda su familia y amigos aplaudiendo, orgullosos de su hazaña. Y ha habido momentos complicados, como aquel en que, una vez terminada la clase, fueron saliendo del aula todas las alumnas… menos Marimar; se quedó sola, encerrada tras una puerta imposible de abrir para ella, llorando de impotencia durante un buen rato, hasta que su padre fue a buscarla y la “salvó”. Pasado el disgusto, su padre la animó con una nueva visión de su pequeño trauma: “mira el lado bueno; si han salido todas dejándote sola es porque absolutamente ninguna te ha visto como una persona que no puede valerse por sí misma, sino como una persona totalmente normal”. Y es que, como señala Jaume, “a veces las tragedias son bendiciones maquilladas; de algo negativo siempre se puede sacar una lectura positiva”. “Totalmente”, asiente ella.

Marimar es también una gran viajera. No es fácil encontrarla en Madrid, ya sea porque se ha ido con un grupo de amigos a Galicia o Lanzarote, o porque está de excursión en cualquier otro lugar interesante. Todos los años, por ejemplo, viaja a Lourdes. Ella dice que “esperando un milagro, pero el verdadero milagro es el ambiente que se respira en esos viajes, de ayuda, de cariño, de entrega. Allí todos somos una gran familia, voluntarios, enfermeras y enfermos. Muchas veces digo que lo más importante para mí es creer en Dios —que creo—, ayudar a los demás, dar tu amor y dejarte ayudar. Todo tiene un porqué y eso me ayuda a no lamentarme y a no quejarme por nada”. Y la verdad es que no se lamenta por nada. Y es más, se ve como una persona a la que le gusta más ayudar que ser ayudada; y objetivamente, hay que reconocer que ayuda más a los que están a su alrededor (con su ejemplo, su valor, su tesón, su generosidad, su simpatía…) de lo que ella es ayudada. Y eso que vive rodeada de cariño.
Es impresionante ver cómo cuida a sus amigos, cómo está pendiente de cada detalle de quienes tiene cerca, su voluntad de servir a los demás. Siempre habla de la importancia que tiene el amor, el de su familia, el de sus amigos, el de sus médicos. Pero para ella es más importante el amor que da, lo mismo que la alegría, el sentido del humor o sus ganas de vivir. Eso es lo que hace de Marimar alguien tan especial.



 “Mi padre dice que soy una vividora nata, que me encanta disfrutar de la vida; aunque también dice que soy una loca por ir al parque de atracciones con mis amigos y subirme a todo lo habido y por haber, sin tener sujeción ni poder agarrarme a nada”. Y ella se sube en la montaña rusa, y en la lanzadera, y en lo que le echen, porque “el mundo es según lo ve cada uno, y yo veo el mundo maravilloso. A mí me gusta. Me da igual estar en silla de ruedas, imposibilitada; eso no me va a cortar las ganas de vivir. Yo trato de vivir el día a día con la mayor intensidad”. Y así sale de la Lanzadera, “despeinada y feliz”.

Una de las lecciones diarias de Marimar y su familia es que el sufrimiento es una escuela, en la que hay mucho que aprender. Tú decides si quieres o no; si aprendes superas la prueba; si no, suspendes. Al final, todo está en la escala de valores que tú tengas. Pero no es solo una cuestión de sufrimiento, también de voluntad, y de esfuerzo, y de ganas de vivir.
Toni y Loli son unos luchadores, siempre mirando hacia delante, desde el minuto uno; y sus hijos han salido a ellos. Por ejemplo: cuando Marimar fue a examinarse de Selectividad, le negaron la adaptación curricular y la obligaron a realizar el examen con todos los demás alumnos, en la misma aula y con el mismo tiempo, no querían “favoritismos” (ella, claro, no podía ni siquiera usar el bolígrafo). Se tiró llorando de jueves a domingo, hasta que se dijo “¡Basta! Se van a enterar de quién soy yo”. Y se enteraron: después de tres días de exámenes orales, incluyendo latín, aprobó con nota. Decía el Principito que la peor barrera es la que tenemos nosotros en nuestra cabeza. Por eso Marimar nunca se ha quejado, no ha perdido la alegría, y ni siquiera ha necesitado un psicólogo. Aunque suene excesivo decirlo, es feliz con su enfermedad. Se siente muy útil hacia los demás, por poder demostrar que es capaz de hacer muchas cosas y ser una persona activa.


También su vida profesional la vive con plena intensidad y permanentes retos. Ha estudiado Periodismo, compaginando cada día horas de rehabilitación y médicos con la Facultad (su ilusión, o su meta, es dirigir un periódico; y lo conseguirá), es colaboradora de informativos en Radio María y periodista en el área de Comunicación y contenidos web en Acorde (asociación por una buena praxis en el derecho concursal). Su sentido del humor y su curiosidad la llevaron un día a enviar su CV a una empresa sin decirles nada de su enfermedad… simplemente “quería saber lo que era una entrevista de trabajo y punto”. Esta es la actitud que tiene Marimar con todo en la vida. Y este es su mensaje a los jóvenes: “Me gustaría que os quedarais con dos ideas grabadas a fuego: primero, no tengáis miedo nunca, porque el miedo paraliza el alma y es tu peor enemigo; si yo estoy aquí con todos los obstáculos que se me han puesto (y he de decir que han sido unos poquitos), vosotros también podéis con todo ¿vale? Y segundo, que es muy importante mantener y transmitir esa sonrisa, pase lo que pase”.


La verdadera lección es, simplemente, tratar de ver siempre lo bueno en todo, y tratar también de contagiar esa visión positiva a quienes tenemos alrededor. “Tengo una enfermedad, y a mí me gustaría deciros que, ante cualquier enfermedad o cualquier obstáculo que nos ponga la vida (a todos nos pasan cosas buenas y cosas malas) solo tenemos dos opciones: o tirarla a la basura o vivirla a tope”. La elección de Marimar no admite dudas. Ella ha decidido vivir la vida a tope y, de paso, mostrarnos el camino para seguir sus pasos.


Esta historia la escribí originalmente para el primer libro de Lo Que De Verdad Importa (Ed. Lunwerg, 2014).


miércoles, 2 de enero de 2019

De propósitos y causas para Año Nuevo. Cinco empujoncitos



Como sucede cada año, invariablemente –inevitablemente- , la Navidad ha llegado a nuestras vidas cargada de contradicciones. Obviando a los haters profesionales, los grinchs de turno que abominan de la Navidad y cuanto representa, les afecte o no, estamos los que, con fe o simple espíritu navideño, queremos celebrar este Acontecimiento, este Sentimiento, como nos dé la gana. Con regalos, con encuentros familiares, con villancicos, con luminosos árboles y Nacimientos full equip, con nostalgias y deseos, con austeridad o dispendio, con oraciones y juerga, que para todo hay sitio. Se trata, sencillamente, de celebrar, de (re)unirse, de compartir. Pequeños momentos de felicidad, alegría no forzada, deseos de bien para el vecino, lecturas un poco más optimistas de la vida. Y buenos propósitos, que es a lo que vamos.

Y cuando digo buenos propósitos no me refiero a echarle más horas al gimnasio, quitar las telarañas al teclado o dejar por fin de fumar (¡si supierais lo fácil que es…!). No, me refiero a mirar más hacia un lado y otro, y sobre todo hacia abajo (o abajito, como decía la Dra. Arns); me refiero a pensar más en el otro, el cercano y el lejano; me refiero a ser más comprensivo, más entusiasta, más abierto a otras opiniones y modos; me refiero a ser más orejas y menos bocas, o teclas; me refiero a ser más de hacer que de pensar, más de remangarse que de donar (que también), más de actuar que de predicar. Me refiero a propósitos con causa más allá de nuestros ombligos. Que, por cierto, se hacen cada año más grandes, más profundos y más vacíos.

Afortunadamente, hay mucha gente buena. Mucha, muchísima más que gente mala; lo que pasa es que hacen menos ruido, no gritan, no alardean, no se imponen medallas, no se hacen selfies glorificadores… Gente que se dedica, en privado silencio, a los demás. Gente que regala su tiempo, su esfuerzo, su bondad, su paciencia sin pedir nada a cambio. Nada. (Gente rara de narices, ¿eh?). Y esa gente no sólo merece nuestra admiración, nuestro aplauso y nuestro agradecimiento. Merece nuestra involucración. Admirar es fácil, es gratis; echarle horas a la causa, la que sea, ya es otra cosa. Lo expresó nítidamente José Martí: “Hacer es la mejor manera de decir”. Pues eso.


Marta, Dani y Sole
Lo del propósito

Este año te propongo que te propongas un propósito. Y que lo cumplas. No que lo intentes. Que lo cumplas. Un propósito con causa. La que quieras: ancianos, refugiados, disminuidos, inmigrantes, el pobre de tu parroquia, agua potable en Sudán, tu abuela, tus hijos, tus padres, el músico de la esquina, el planeta, el cáncer infantil, la ELA, los misioneros… Por causas que no quede. Exígete a ti mismo un compromiso personal, firma un contrato contigo, con testigos de cargo en caso de incumplimiento. No te arrepentirás. Según dicen los expertos en la materia (voluntarios, héroes, ángeles, como quieras llamarlos), no sólo ayudarás a gente que lo necesita de veras, sino que además tú serás más feliz. Palabra.

Y todo esto viene a cuento porque hace unas semanas estuve en un encuentro, presentado por la incombustible y genuina Marta Barroso (que se mete en todos los fregados en los que merece la pena meterse), de los que dan un buen tirón de orejas a tu “filantropía telescópica”, esa que ejerces desde tu sillón y llega cuanto más lejos mejor. Para que no salpique, supongo. El concepto es de Dickens (Casa Desolada), pero nos define perfectamente a la mayoría de nosotros, españoles del s XXI. Por eso es importante, de vez en cuando, escuchar historias de filantropía de verdad, de la que se ejerce sobre el terreno, con las manos, con la sonrisa, mirando a los ojos. A ver si se nos contagia algo. Aquí van cinco ejemplos extraordinarios que tuvimos la suerte de vivir en el Espacio Somos de la Fundación Botín de Madrid. Cinco testimonios de personas y empresas que, ciertamente, nos dejaron huella. Profunda e inspiradora.



Debra Piel de Mariposa. Solidaridad contra la enfermedad

En 1993, Nieves Montero y su marido Íñigo fundaron la Asociación Debra-Piel de Mariposa cuando su primer hijo nació con la enfermedad Epidermólisis bullosa. Una enfermedad rara entre las enfermedades raras, y cruel entre las enfermedades más crueles. Porque, además de dolorosa («los afectados sufren dolor todos los días de su vida, todos los momentos de su día» nos cuenta Nieves), es incurable. El nombre le viene por la extrema fragilidad de la piel, como la de una mariposa, que te deja en carne viva por fuera y también por dentro, en algunos órganos. Nieves e Íñigo, tras los primeros momentos de incertidumbre y desolación, decidieron crear la Asociación para que ninguna familia de afectados caminara sola, para que pudieran apoyarse y ayudarse unas a otras. En pocos años habían crecido de manera tan espectacular que decidieron profesionalizarse. Hoy cuentan con un panel de expertos internacionales, innumerables familias, voluntarios y colaboradores, y 11 Tiendas Solidarias Piel de Mariposa que, además de vender moda sostenible, generan beneficios para hacer crecer sus proyectos de ayuda y de investigación (ahí es donde tú puedes ayudar, por cierto).  Ah, y también cuentan con unos embajadores de lujo, que a través del vídeo #yovendomicuerpo nos meten en la frágil piel de los afectados por esta enfermedad. Y, de paso, nos ponen la piel de gallina.



La Casa de Carlota. Talentos diferentes. Nada más. Y nada menos

La Casa de Carlota es un estudio de diseño diferente. Creativo, innovador y sorprendente como pocos. Transgresor. Incluso revolucionario. La clave de tanto adjetivo impactante es la INTEGRACIÓN. Así, con mayúsculas. Porque en esta casa trabajan creativos con síndrome de Down y autismo, que aportan una frescura, una pureza y una libertad expresiva que ya quisieran muchos grandes creativos y diseñadores gráficos de pro. Pero cuidado, avisa José María Batalla, padre de la idea (y de aquel maravilloso vídeo de Los Peces no se Mojan): aquí no trabaja nadie porque tenga un cromosoma de más o de menos; aquí trabaja el que vale, el que aporta, el que marca diferencias. No contratan a los diseñadores por sus discapacidades, sino por sus capacidades diferentes. Es el sueño de cualquier director creativo: lateral thinking pero de verdad. El equipo también suma a jóvenes estudiantes de escuelas de diseño, profesionales provenientes del mundo del arte, el diseño y la creatividad, además de «una holandesa, otro que va en bici y un vegetariano». Una inusual y extraordinaria combinación de talentos que es también una verdadera lección de inclusión y de sentido común. Que, en el fondo, viene a ser lo mismo.



Algo de Jaime. Mucho de Jaime

Jaime tiene 24 años y le encanta dibujar. De hecho, tiene un talento especial para la ilustración. Sobre todo animales. El dibujo, para Jaime, es mucho más que una habilidad extraordinaria. Es su forma de expresarse, de comunicarse con el mundo; básicamente su única manera de exteriorizar algo de lo mucho que tiene dentro. Y es que Jaime tiene autismo severo, pero a pesar de sus problemas de comunicación y sociabilidad también es libre para ver las cosas de otra manera. Nos lo cuenta Sole Alonso, su madre. Y nos cuenta también cómo ella y su marido, Javier, han adaptado su vida, su mentalidad a la de Jaime. Cómo lo que al principio pensaron que era una carga se convirtió en un milagro; cómo Jaime ha unido a la familia, y qué orgullosos están sus hermanos de él. Y también nos contó cómo ese talento innato e inagotable se convirtió en una marca de moda, Algo de Jaime, que hoy se vende hasta en Zara, El Corte Inglés y Kilombo Rugs. Un negocio solidario que asegura el futuro de Jaime y ayuda a otras asociaciones y fundaciones. La lección que nos deja Jaime es que el talento a veces tiene caminos sorprendentes, impensables; y que, como nos recuerda su madre, no debemos juzgar por la superficie, sino por lo profundo que hay en cada persona. Que es lo que somos. Por cierto, esta es la tienda de Algo de Jaime; por muy poco de tu parte te llevarás mucho de Jaime.




Trip Drop. Viajar con el corazón en la mano

Daniel Losada es un gran tipo. Lo digo porque lo sé de primera mano. Y lo dice él, sin palabras, con ese corazón que tiene que no le cabe en el cuerpo. Además de viajero (fundador de Deep Planet) y fotógrafo excepcional (es quien ilumina los libros de Lo Que De Verdad Importa con esas imágenes llenas de alma), es un tipo que vive constantemente con la mirada puesta en el otro. De esos que se preguntan cada día ¿Qué puedo hacer para ayudar? ¿Cómo y dónde? Y van y lo hacen. Sin más historias. Dani creó en 2009 la plataforma Trip-Drop Viaja y Ayuda, que pone en contacto a viajeros (primer mundo) con comunidades que necesitan ayuda en los países de destino (tercer mundo). La diferencia está en que los viajeros entregan la ayuda in situ, mirando a los ojos, con humildad y cercanía, comprando en destino; y recibiendo su gratificante recompensa (abrazos, sonrisas, emoción) también en vivo y en directo. Y eso es impagable, para unos y para otros. «Viajamos con dos sacos, uno para dar y otro para recibir», dice Dani.  En esos sacos cabe de todo: desde cabras para las viudas masái, máquinas de braille para una escuela de niños albinos o un autobús para las madres teresianas de Bombay, hasta balones de fútbol, ladrillos y manos para levantar un orfanato, ropa, medicinas, material escolar... No es caridad, es intercambio; y, sobre todo, una acción de gran rentabilidad emocional. Ah, y también puedes colaborar sin necesidad de viajar. Lo importante es que cada uno pongamos nuestra gotita.



Make A Wish. De ilusión también se cura

Todos los niños con enfermedades graves, raras y/o de larga duración tienen una cosa en común: que son niños. Bueno, dos cosas: que tienen ilusiones. Sueños, deseos, esperanzas. Ellos viven el presente, por eso no pierden nunca la fuerza ni la alegría a pesar de lo que llevan encima. Quieren vivir, jugar, reír, ser niños. Ejercer de niños. Otra cosa son sus padres, sus hermanos, su familia. A ellos el mundo se les cae encima. Y necesitan también su tratamiento emocional. Para unos y otros nació en 1999 Make-A-Wish, que apuesta por una medicina muy eficaz y necesaria llamada ilusión. Como nos cuenta Carmela Fernández-Piera, un equipo de voluntarios (o ángeles) se ocupa de hacer realidad esas experiencias mágicas, esos momentos especiales que van a ayudar a niños y familias a enfrentarse al sufrimiento, transformando el dolor, el miedo o la soledad en energía, vitalidad y espíritu de lucha. A mantener vivas sus ilusiones. Fuerte ¿eh? Conocer a su ídolo, ser un arqueólogo egipcio, manejar un barco carguero, visitar Legoland o Disneyland, nadar entre delfines, volver a Venezuela para reencontrarse con alguien especial… Lo importante, además, es que cumplir la ilusión no es un regalo, cada niño tiene que currárselo, merecérselo, ganárselo. En el esfuerzo está la verdadera recompensa. El suyo, y el nuestro: porque nuestra solidaridad también ayuda a cumplir las ilusiones de estos niños. Y eso, amigos, también es importante.


Al final, la gran lección que aprendemos de estas historias, de estos testimonios, es cómo todos podemos lograr cosas extraordinarias sólo con proponérnoslo. Cómo podemos ayudar a mil causas de mil maneras diferentes. Cómo podemos involucrarnos de manera real, directa. Y cuánto bien podemos hacer sin esperar a que nos suceda algo extraordinario o grave para empezar. Sólo nos hace falta un empujoncito. Pues aquí tienes cinco.


Feliz año nuevo.