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sábado, 8 de febrero de 2025

Mar afuera. Tengo alas que no puedes ver


Mi prólogo para el libro Mar afuera. Un viaje lleno de vidade Marimar García Garrido. 


Yo sé que a Marimar le gustan mucho las citas inspiradoras (y las de quedar, pero esa es otra cuestión). Sé también que le gusta mucho El Principito (de hecho, creo que está enamorada en secreto de ese pequeño idealista). Así que, aprovechando que el libro que tienes en tus manos abre cada capítulo con un par de citas inspiradoras, viene muy a cuento empezar este prólogo con un par de citas del inmortal personaje de Saint-Exupéry. Dos pensamientos que parecen escritos expresamente para Marimar. Uno es: «A veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer»; y el otro, «El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo». Y podría añadir un tercero, «Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos».

Quien tenga la suerte de conocer a Marimar sabe perfectamente que se ha dedicado toda la vida a hacer cosas que no podía hacer, a vencer (fulminar) todo tipo de obstáculos y a mirar con el corazón más que con los ojos (que es también como debemos mirarla nosotros). Los que no tengan la suerte de haberla conocido descubrirán en este libro a una verdadera fuerza de la naturaleza, a una mujer incombustible e inquebrantable, a una soñadora capaz de hacer realidad la mayoría de sus sueños, a un alma generosa y entregada («darte a los demás te ayuda a dar sentido a tu vida»), a un ser que lleva el optimismo de serie, no importa cuánto o cómo la castigue su enfermedad; o la vida. Lo que vas a leer aquí es una historia, la de Marimar, que es una fuente de inspiración tan potente como El Principito. La diferencia es que nuestra protagonista es real.



«No me veo como una superwoman ni como una heroína. Tan solo soy una chica que vive unas circunstancias distintas» nos soltó en aquel congreso de Lo Que De Verdad Importa, cuando fue ponente de lujo hace unos años. Esas “circunstancias distintas” son que tiene el noventa por ciento de su cuerpo paralizado, únicamente puede mover los músculos del cuello y de la cara. Lo cual no le impide vivir y disfrutar la vida plenamente; ni mucho menos le impide ser feliz. Porque, para empezar, la cabeza la tiene muy bien armada Marimar, desbordante de actitud e inteligencia (¡es lista y rápida, la tía!); es culta e inquieta también, muy lectora y viajera; y posee un envidiable sentido común.

Pero lo que de verdad define y distingue a Marimar son dos cualidades que están más allá de la cabeza; bastante más allá. La primera, su extraordinario vitalismo. Ama la vida de una manera tan intensa, tan insaciable, con una fuerza tal que es casi un superpoder (aunque ella lo niegue); irradia unas ganas de vivir y de disfrutar cada momento, cada minuto, de las que es muy difícil no contagiarse por mero contacto. Un contagio muy beneficioso, por cierto.


La segunda cualidad typical Marimar es su sentido del humor, su inagotable capacidad de reírse –o carcajearse- de todo, con todos. Algo que es muy de agradecer para los que no tenemos el don de saber contar buenos chistes. Porque Marimar es de risa fácil. Se ríe con cualquier guiño, con cualquier tontería, con cualquier gracieta que pase por ahí. A veces con tal entusiasmo que, si no la conoces bien, piensas que se está ahogando. Literalmente. Puede parecer exagerado, pero lo cierto es que está todo el día deseando que la hagas reír. Y si echas un vistazo al álbum de su vida, te das cuenta de que en la mayoría de las fotos está riéndose, cuando no partiéndose de risa. Incluidos momentos muy duros. Marimar conoce perfectamente el poder sanador de la risa.

Ambas cualidades son un ejemplo mayúsculo para todos los que caminamos (sí, caminamos) por la vida arrastrando los pies, con la queja siempre acoplada sobre los hombros. Un peso ab-so-lu-ta-men-te insoportable que formamos acumulando nuestras pequeñas frustraciones, nuestros exagerados miedos y una rica variedad de problemas minúsculos que ––nos decimos con convicción- nos impiden volar. Marimar nos demuestra que ese peso ab-so-lu-ta-men-te insoportable es en realidad ab-so-lu-ta-men-te nada. Excusas. Miedo. Lo decía Jaume Sanllorente, fundador de Sonrisas de Bombay y muy querido amigo de Marimar: «el miedo te paraliza; es una cárcel que no te deja volar hacia tus sueños, pero cada uno de nosotros tiene la llave». Marimar, desde luego, tiene la suya bien a mano. Lo lleva demostrando desde los seis años, cuando comenzó su enfermedad. Nunca, nunca se ha dejado atrapar en esa cárcel de miedos; jamás ha dejado de volar hacia la vida, hacia sus sueños. Como canta Jimmy Buffett en aquella vieja canción, Wings (que también parece escrita para Marimar), «Tengo alas que no puedes ver / Tengo ruedas en mis pies /  Allí arriba me siento libre / En esas alas que no puedes ver».



Quizá quien no conozca a Marimar y no consiga ver esas alas no acabe de creerse del todo cuán alto es capaz de volar. Y es que esa silla de ruedas motorizada no pesa tanto cuando tienes unas alas como las suyas, que se alimentan de fuerzas muy poderosas: su fe, sus padres (Loli y Toni, dos fenómenos), sus hermanos, sus amigos, su viaje anual a Lourdes, su optimismo a prueba de frustraciones, su risa, su tenacidad, el cariño que recibe a espuertas allá por donde va; y esa frase que alguien le enseñó cuando era pequeña y que lleva grabada a fuego desde entonces: «No pienses en lo perdido, piensa en lo que te queda por hacer». Y así lleva toda su vida, volando con esas alas de libertad y tachando “cosas por hacer” de su interminable lista. La última, por el momento, escribir un libro. La siguiente, volar en globo.

«Creo que seguir adelante no es una opción, es algo obligatorio», nos recalca Marimar. Esta es la gran lección que descubrirás en las páginas de “Mar Afuera”. Un libro que, como diría Jorge Font (otro crack de la vida y gran admirador de Marimar), si no lo lees no te pasará nada; pero si lo lees, te pasa algo seguro.


Y por terminar con otra de esas citas inspiradoras que tanto le gustan a Marimar: «Aprovecha el día.  No dejes que termine sin haber crecido un poco, sin haber sido un poco más feliz, sin haber alimentado tus sueños». Nos lo recuerda Walt Whitman a ti y a mí. A Marimar, te lo puedo asegurar, no le hace ninguna falta. 


Un libro, en fin, para regalar y para regalarseEscrito a lo largo de estos años con mucho esfuerzo, cariño e ilusión por parte de Marimar (y con la inestimable ayuda y buen hacer de Mamen Sánchez). Inspirador como pocos. Sorprendente y entretenido, muy entretenido. Que está destinado a hacer mucho, mucho bien. Ese es su único objetivo. Casi nada...


viernes, 18 de noviembre de 2022

Lo Que De Verdad Importa 2022. Otra sacudida de las buenas


Sucede, a veces, que uno necesita ese empujoncito que le reafirme en sus valores; que le diga que sí, que está en el camino correcto; que, aunque imperfecto, uno es en el fondo buena gente. Sí, todos necesitamos a veces ese empujoncito. Somos así, los humanos. Pero lo de ayer no fue un empujoncito
. Fue una sacudida en toda regla. Lo suele ser, siempre, el congreso de Lo Que De Verdad Importa. Porque lo que allí se vive, lo que allí se palpa, se respira, se ve; lo que allí se escucha y se interioriza no son testimonios más o menos impactantes, más o menos inspiradores; no, lo que allí experimentas son sacudidas brutales a tu conciencia acomodada, a tu vida de queja y pereza, a tu “no se puede”, a tu “es que” y a tu “si yo lo intento”. Y no hablo de los cerca de dos mil jóvenes que tuvieron la suerte –o los reflejos- de conseguir entrada (otros tantos se quedaron en lista de espera; buena señal de que la generación siguiente viene con ganas). No, hablo de nosotros, los maduros, los mayores, los que hoy –se supone- dirigimos el cotarro.

Somos el espejo en el que se miran los niños y los jóvenes de hoy. Somos el ejemplo que les guía en uno u otro sentido; esa es nuestra responsabilidad, la más importante quizá (“Hijo, ten cuidado de por dónde andas” “Ten cuidado tú, papá; yo sigo tus pasos”). Por eso me gusta acudir al Congreso de LQDVI cada año. Por eso necesito acudir al Congreso de LQDVI cada año. Porque nos devuelve a la realidad, a la buena, no a la conveniente; y nos sacude, y nos despierta. Y nos levanta.



Y es que uno, como cada año, llega al congreso de Lo Que De Verdad Importa con sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias, con sus granitos de arena reconvertidos en himalayas imposibles; con su queja latente y su visión nublada de esta vida loca, loca, loca; llega, en fin, con sus gafas de miope emocional, o sus orejeras cargadas de prejuicios, que no le dejan ver más allá de lo que tiene frente a sus ojos y a no más de metro o metro y medio. Y no falla: es llegar y empezar a sentir la magia. Uno ve a esos dos mil jóvenes, apenas 18 o 19 años, contagiándose ilusión anticipada por lo que están a punto de experimentar; ve a los voluntarios, animosos y entregados; y a los habituales amigos de todos los años (patronos y fans incondicionales de LQDVI), que se reservan este día como quien se reserva el día de su boda; y ve a María Franco y su equipo de cracks, rematando con nerviosismo los detalles de última hora, agobiadas (¡bendito agobio!) por la apabullante asistencia, que cada edición desborda el aforo del Palacio de Congresos de IFEMA (lo mismo que todos los aforos, año tras año, en todas las ciudades). Y este año ha venido hasta el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida (“Pepito para mis amigos”), que recuerda a los jóvenes que “el futuro es vuestro, y lo bueno que os pase en la vida dependerá de lo que hagáis hoy”. Aptitud y actitud. Y no traicionarse a uno mismo, ser siempre leal a los principios y convicciones.  

Y entonces, empiezan las sacudidas.

 


Primera sacudida: Marián Rojas. Doctora del alma y experta en felicidad

La autora del best seller “Cómo hacer que te pasen cosas buenas”, psiquiatra vocacional (o médico del alma, como Marián define su profesión) y sobre todo un bellísimo ser humano (un voluntariado en los vertederos de Camboya cambió su vida; luego llegaron otras muchas causas), nos enseñó que la felicidad consiste en ser capaces de disfrutar lo bueno que nos sucede cada día (esas pequeñas cosas) y aprender a gestionar lo malo (eso que nos supera y nos anula).

Y sobre todo advierte a los jóvenes del peligro real -y diagnosticado- que supone estar empantallados durante horas cada día, en búsqueda permanente de la satisfacción inmediata. Una auténtica adicción a la dopamina, tan nociva y tan adictiva como la cocaína. Soledad, vacío, miedo, inseguridad, desilusión, depresión, desinterés por todo… Es la crisis del s. XXI, agravada en los adolescentes por la pandemia. ¿La solución? Trabajo (compromiso, esfuerzo, motivación) y Amor (a uno mismo, a los demás, a las propias creencias). Y mucha oxitocina, esto es, muchos abrazos de más de 8 segundos, mucha empatía, mucho mirarse a los ojos y muchas personas vitamina alrededor.

 


Segunda sacudida: Sarah Almagro. Campeona de surf adaptado… sin manos ni pies.

Sarah es muy joven (22 años) pero muestra una seguridad y una madurez extraordinarias. Será porque tuvo que madurar de golpe –muy de golpe- cuando apenas tenía 18 años. El futuro, eso que planeas tan detenidamente, puede desaparecer en un instante, nos dice. Y entonces te das cuenta de que te has olvidado de vivir el presente. Sarah, multideportista desde los 5 años (surf, tenis, crossfit, fútbol), activa, rebelde, luchadora, vivió ese cambio drástico del destino cuando sufrió una meningitis que le robó las manos y los pies (sus padres se enfrentaron a los médicos para que no le amputaran hasta el hombro y las ingles, que era la idea inicial), y la encadenó a una máquina de diálisis. Fue un golpe durísimo (“¿Por qué a mí?”) que casi acaba en depresión, en rendición.

Pero Sarah peleó por su vida (en equipo con su familia), batió todos los records en la rehabilitación, salió de la silla de ruedas, se libró de la diálisis (su padre le regaló uno de sus riñones) y se volvió a subir a una tabla de surf. En menos de tres años después de aquel coma inducido, en el delgado filo de una muerte casi cierta, Sarah estaba ganando el Campeonato de España (dos veces) y colgándose una medalla de plata en el Mundial de Surf Adaptado celebrado en California. “La vida no es maravillosa. Es una auténtica mierda (enfermedades, pobreza, guerras) pero podemos hacer que sea maravillosa. Depende de ti y de tu actitud”. Al final, nos dice –y nos demuestra- Sarah, la fuerza de voluntad es lo que mueve el mundo.

 


Tercera sacudida: Nacho y Leto. El poder del amor en los momentos más oscuros

La historia de adicción, familias rotas, redención y amor sin fisuras de Nacho y Leto fue una demostración de hasta qué punto se puede desnudar un alma en público. Algo habitual en los congresos de LQDVI, porque aquí nadie juzga; sólo escucha, interioriza, entiende –o no- y reflexiona. Nacho era un adolescente con una vida cómoda y una familia normal, como cualquier otra. Pero solo en apariencia. Porque el alcohol era el dueño de ese hogar y los hijos fueron las primeras víctimas. Enviado a los 9 años a un internado en Suiza, a 9.000 km de su casa y de sus padres, en México, Nacho se sentía abandonado, rabioso, una bomba de emociones y problemas conductuales en el colegio. Esa bomba acabó explotando en Madrid, donde fue a vivir con su madre, ya separada. Ahí probó el alcohol y ya no lo soltó. Le gustó ese efecto de evadirse, borrarse, ser otro. A la fiesta se unieron luego el hachís y la cocaína. Y encadenado a esa noria se pasó años.

Conoció a Leto y se enamoró. Nacho intentó bajar el nivel de drogas y alcohol durante esa relación. Pero siempre volvía (“la cagaba, la cagaba y la cagaba”). Ni siquiera cuando ella se quedó embarazada y meses después nació Lola. El día del parto Nacho estaba colocado. Entre Miami y Madrid la cosa no cambió, hasta que Nacho eligió salvarse, por su familia más que por él, e ingresó en un centro de desintoxicación. Tenía 24 años. Tras seis meses de tratamiento intenso y duro, resucitó. Se volcó en el deporte (sacrificio, orden, conducta), acabó la carrera y volvió con Leto. Se casaron y hoy viven una vida feliz, limpia, serena (aunque Nacho sigue yendo a terapia), rodeados de cuatro hijos de cuento (Lola ya tiene 16) y arropados por todo el amor del mundo. Una vida sumida en la oscuridad durante años que vio la luz gracias al milagroso poder de la familia.

 


Cuarta sacudida: Ara Malikian. El poder transformador de la música, incluso entre las bombas.

Ara Malikian es hoy un músico conocido y admirado en todo el mundo. Violinista virtuoso y especialista en sacudir los formalismos inamovibles de la música clásica, colecciona sold outs en los más prestigiosos teatros y auditorios (y en plazas de pueblos y pequeñas iglesias) y es recibido con los brazos abiertos en docenas de países. Un tipo peculiar y exitoso, carismático y global. Y un hijo de la guerra. Malikian nació de padres armenios huidos al Líbano por un genocidio que el gobierno turco aún niega. A los 6 años le tocó vivir otra guerra que duró más de 20 años. Allí, entre las bombas y los disparos, el pequeño Ara practicaba el violín día y noche, en casa o en el sótano (“Como los Beatles en el garaje” le motivaba su padre). Y allí, entre las bombas y los disparos, Ara descubrió el poder transformador de la música: esos sótanos estaban llenos de fiesta, baile, canciones, música, ¡vida! Algo parecido a la felicidad.

Con el tiempo, sus padres lo enviaron a estudiar música a Alemania, cuna de Bach, Mozart y Beethoven, pero donde él se sentía un bicho raro. Tocando en bares y “amenizando bodas judías durante cuatro años” logró pagarse los estudios. Y descubrió, de paso, que las razas y las religiones no están hechas para odiar (como le habían enseñado desde pequeño), sino para unir. Y la música es el pegamento de contacto. Practicó duro, diez veces más que sus compañeros, y se convirtió en un virtuoso del violín. Y también en un renovador. Porque Ara amaba la música clásica, pero también se impregnaba de todas las músicas que escuchaba en los bares y clubes en los que tocaba. Luego, estuvo 7 años en una orquesta en un teatro de ópera; un salario, seguridad, confort… pero se sentía atrapado, “hasta que salí del foso”. Años después, con su violín al hombro, conquistó el mundo. Y descubrió que aquel viejo violín (un “Alfredo Ravioli” auténtico) que le regaló su padre había salvado la vida de su abuelo años atrás, disfrazado de violinista para huir del genocidio armenio. Al final, nos dice Ara, la música tiene un gran poder, porque llega al corazón. Y es un arma poderosísima para hacer del mundo un lugar más justo, más noble y más respetuoso con los demás. Nuestro deber, con o sin violín, es intentarlo.

 


Después de escuchar estas cuatro historias y sentir estas cuatro sacudidas uno ya no es el mismo que cuando entró en ese majestuoso auditorio. Es lo que tienen los congresos de LQDVI. Que te sacuden por dentro como una ola de seis metros en Mavericks. Y te dejan baldado. Y renovado. Y, sí, un poco mejor persona. Eso es, al fin y al cabo, lo que de verdad importa.

Lo dijo Jorge Font, ponente habitual, deportista y poeta: “Si no vas a un congreso de LQDVI, no te pasará nada. Pero si vas, te pasa algo seguro”. Hasta el año que viene, pues. 






lunes, 16 de mayo de 2022

Fernando Vega de Seoane: una buena dosis de vitamina positiva

 



Hace unos días tuve la suerte de asistir a una charla de Fernando Vega de Seoane, organizada por la Fundación Lo Que de Verdad Importa. Para quien no lo conozca –pocos, a estas alturas- Fernando es ese tipo que se quedó parapléjico tras estamparse contra un árbol (“que me recibió con los brazos abiertos”) esquiando en Baqueira. Un accidente desafortunado en una bajada normal, tranquila, y en una pista sin aparente riesgo. Pura mala suerte. Una putada que él ha transformado en un vivo ejemplo de superación, inspiración y energía positiva. Ése es Fernando, Fer.

La vida de Fer antes de romperse la espalda era de lo más normal. Familia numerosa y feliz, buenos amigos, trabajo motivador, empresa propia, aficiones apasionantes. Lo mismo que ahora. Es lo que él nos cuenta con total naturalidad (y sin tratar de vendernos la moto). Porque lo extraordinario de Fer no es que su vida sea maravillosa desde una silla de ruedas, sino que sigue siéndolo a pesar de la silla de ruedas. Y es que lo esencial, lo importante, no ha cambiado. Ni por fuera ni, sobre todo, por dentro.

Esta es la primera gran lección que nos deja en su charla (muy directa, muy distendida y muy elocuente). Hubo, confiesa, un momento corto, muy corto, de tristeza tras el accidente. Notó perfectamente el alcance de la lesión, y la consecuencia inevitable. Pero al minuto decidió encarar la situación con actitud positiva. Físicamente era mucho más lo que le quedaba intacto (manos, brazos, ojos, boca, cabeza…) que lo que había perdido (piernas). Anímicamente, en realidad no había perdido nada (familia, amigos, trabajo, motivación, fe, humor, optimismo, todo seguía ahí). Puede que incluso haya ganado en unos cuantos de esos aspectos.


El proceso de recuperación fue largo y duro. Más largo –e innecesario- de lo que él habría deseado, sobre todo en el hospital de parapléjicos de Toledo (“si estoy bien por qué tengo que cumplir el protocolo completo en lugar de irme a mi casa”). Y menos duro de lo que imaginó en un principio (“desde el frío de la nieve, ahí tirado, hasta llegar a casa, en cada paso iba a mejor: helicóptero – UCI – planta – Toledo – especialistas – silla de ruedas - Madrid....”). Gracias también, en parte, a la magia sedante del Propofol y después a su sistema para automatizar el dolor neuropático, que es inevitable e incurable, pero perfectamente neutralizable.



En Toledo Fer fue un paciente impaciente, inconformista y racional. Tremendamente pragmático. Su única obsesión era acelerar el proceso, saltarse lo inútil. Porque él, orgánicamente y psicológicamente estaba bien. No había trauma, ni depresión, ni negación, ni falsa euforia. Puede chocar, puede parecer pretencioso, puede no ser lo habitual… pero esa es la verdad, lo que él sentía y necesitaba. De modo que su única urgencia era conseguir el alta cuanto antes. “Rapidito”. Lo consiguió a las dos semanas (el protocolo dicta tres meses).

 La llegada a casa, después de dos semanas en el hospital de Toledo y noventa y cuatro días en total tras el accidente, no fue fácil. Ahí es donde se dio cuenta de lo complicado que es no tener piernas útiles. Pero complicado no significa imposible. Con la ayuda casi sobrehumana de su mujer, Fer tardó dos horas, muy complicadas, en llegar a la bañera (escaleras, desvestirse, cuarto de baño lleno de trampas, caída suicida a la bañera…), pero a pesar de todo consiguió finalmente darse ese baño largamente esperado y merecido. Lo disfrutó como nunca habría imaginado. La clave de la hazaña, nos dice, fue “no ver barreras aunque las haya. Porque las hay”.

La otra clave, además de su inconformismo, su carácter positivo, su sentido del humor y su pragmatismo endémico, era estar bien. “Eso es lo que de verdad importa. Estar bien yo para que a mi alrededor las cosas estén mejor”. Su mujer, Bea (otro fenómeno que merece su propia charla inspiradora), sus cinco hijos, sus familiares y amigos, su trabajo. “Si yo estoy enfadado o deprimido sería todo muy difícil, no solo para mí, sobre todo para las personas que están a mi alrededor”. Así que no había ni hay opción. Por supuesto que hay momentos de cabreo o de frustración (¿quién no los tiene, con o sin piernas?). Pero ganan la sonrisa, la gratitud y el buen rollo por goleada. Una victoria compartida: Fer tiene sus pilares fundamentales (“mis agarraderas”), que son su familia, sus amigos y su trabajo. “Si todo eso va bien, lo demás va bien. Y yo estoy bien”. En realidad, lo que nos dice Fer es que el accidente ha cambiado un aspecto de su vida (andar), pero no ha cambiado su vida. Y la labor impagable de Bea, “gestionando la situación con esa serenidad y esa paz, a mí me ha dado mucha tranquilidad”.

Al final, si algo tiene solución, se busca la solución; y si no la tiene, pues se inhibe. Estamos demasiado preocupados por situaciones o problemas que no van a ocurrir nunca. Hay que vivir el presente, disfrutar lo que se tiene, ser feliz con poco. Si estás cubierto emocionalmente, lo demás pasa a un segundo plano. Eso es algo que ha de gestionarse con actitud positiva. No hay otra. Y vale para todos: “cada uno tiene su silla de ruedas”, nos recuerda Fer.

 


“Yo me siento un privilegiado. He nacido en Madrid, una de las ciudades top del mundo; he vivido en una familia que me ha procurado la mejor educación. ¿Mérito mío? No. Tengo mi propia empresa, una mujer maravillosa, cinco hijos de los que me siento orgulloso, amigos de los de verdad… En realidad no tengo ni una sola razón para decir por qué me ha pasado esto a mí”. Hay todavía quien piensa que Fer, tarde o temprano, va a caer; que se va a dar de bruces con la cruel realidad. El viejo pecado de juzgar sin conocer. Porque pensar eso, además de injusto y estúpido, es puro desconocimiento. No es cuestión de heroísmo (él reniega rotundamente de esa consideración), sino de sentido común, de aceptación y aprovechamiento. De profundo respeto hacia su vida y a la de quienes le rodean. De honesta y sincera gratitud por lo que tiene, que es mucho, muchísimo más que lo que le falta.

Aquellos que quieren cantar siempre encuentran una canción, dice un proverbio sueco. Está claro que perder la movilidad en las piernas no impide a Fernando Vega de Seoane seguir cantando alto y afinado. Una canción con una potente melodía y una letra inspiradora que está llegando a todos los rincones con su “vitamina positiva”. Una canción pegadiza y contagiosa que está haciendo vibrar los corazones de muchísima gente. Animando, empujando, aliviando, impulsando o, simplemente, alegrando las vidas de mucha, mucha gente. Y eso, querido Fernando, sí es mérito tuyo. Sigue cantando, por favor. A ver si nosotros encontramos también nuestra canción.




viernes, 12 de noviembre de 2021

Antonio Pampliega: la cruda realidad de la guerra, sin filtros

 



Antonio es periodista, la versión más dura del periodista: corresponsal de guerra. “Por suerte o por desgracia”, como él mismo señala. Y como buen corresponsal de guerra, va directo al grano. Su historia, y sus historias, cuentan la realidad pura y dura y a él le gusta contarlas como fueron, desnudas, sin filtros. No son necesarios y además idiotizan. Bastante nos idiotizan ya la televisión y las redes sociales, apunta. Así que lo que relata Antonio, a través de sus imágenes y sus palabras (no tienen pleno sentido las unas sin las otras), es la cruda realidad del mundo en que vivimos, de la sociedad global que hemos creado, y de la que somos responsables todos y cada uno. Aunque miremos hacia otro lado. Aunque creamos que nos queda lejos. Aunque pensemos que no nos toca. Pues sí, nos toca. Antonio, periodista de guerra, es además de testigo víctima de esa vida siempre en el filo, o en el punto de mira. Porque en uno de sus numerosos viajes a Siria, fue secuestrado por Al Qaeda, retenido y torturado durante 299 días. Aunque aquel suceso, para él, no fue más que un “accidente laboral”. Una víctima colateral, como tantas, en esa descarnada realidad que nos muestra. 

 

La primera imagen que nos planta en las narices Antonio es de Sudán del Sur. Un país joven que se fundó en 2011… y que lleva en guerra desde diciembre de 2013. La imagen muestra gente huyendo de una cruenta guerra civil, de una masacre en toda regla. Familias aterrorizadas cruzando el Nilo Blanco para escapar de una muerte que las persigue con insistencia. Cargando con lo que pueden, que es lo más parecido a nada, lo que han podido coger en la huida desesperada; lo que pueden cargar a las espaldas en su larga e incierta marcha. A raíz de esta imagen, la pregunta que nos plantea Antonio es: “¿Qué te llevarías tú si tuvieras que huir de una guerra?”. Una pregunta sencilla. La respuesta, quizá no tanto. ¿Maletas con ropa? ¿Objetos de valor? ¿Recuerdos familiares? ¿La Play? ¿Nada? Ahí queda la reflexión… Volveremos a ella al final.

Antonio ha sido corresponsal en muchas guerras y conflictos, en muchos países y regiones. Siria es uno de los que más veces ha visitado, la que él considera “la peor guerra del siglo xxi, con más de medio millón de personas eliminadas de la faz de la tierra. Llevan en guerra desde 2011, matándose como si no hubiera mañana.” Para los quinientos mil muertos ya no lo hay, tampoco mucho para los vivos. Pero es algo que a nosotros nos queda lejos, ajeno. Quizá lo hemos visto en las noticias, pero “la guerra por televisión es imperfecta. La guerra sobre el terreno es implacable.” Lo que nos muestran las televisiones (incluidos los reportajes del propio Antonio) está suavizado, tamizado, “la realidad es mucho más jodida, muchísimo más”.

 


Un mal que deshonra al ser humano

Estar en permanente zona de conflicto, jugándose el tipo en su jornada de trabajo, incluso habiendo sufrido un durísimo secuestro de diez meses, “no me hace un ser especial, ni un héroe. Yo soy un tío normal. Lo que me pasó es un accidente laboral. Punto.” Los héroes, para Antonio, son las personas que viven en ciudades devastadas por las bombas, entre ruinas, miseria y dolor; ciudades como Deir ez-Zor, al este de Siria, que en 2013 pasó de 250.000 habitantes a 12.000 personas sitiadas. Eso es lo que quedó. Un cinco por ciento de la población y una de las ciudades más importantes de Siria completamente asolada, arrasada, muerta. Antonio nos lo muestra en imágenes, un vídeo que le llevó cinco años de trabajo en Siria. La revolución pacífica de 2011, en la que miles de sirios se echaron a la calle pidiendo libertad, y que desembocó en una cruenta guerra civil; combates entre el régimen y los rebeldes dejando un rastro de sangre por todo el país; francotiradores, muerte, dolor, calles destruidas por las bombas, la vida entre los escombros. Escenas desgarradoras, pánico, huida desesperada, médicos tratando de salvar vidas en medio del caos, tumbas improvisadas, cadáveres mirando a cámara, mirándote a ti a los ojos. También hay escenas cotidianas, niños que tratan de olvidar, familias que intentan sobrevivir como pueden. Pero la realidad es tozuda, y la guerra aún más, y al final lo que queda es el horror. Y las cifras del horror: tres millones de refugiados, seis millones y medio de desplazados, cerca de doscientos cincuenta mil fallecidos, nueve mil de ellos niños. Lo que queda, al final, es un país roto.

Esto es la guerra. Un mal que deshonra al ser humano, en palabras del teólogo y escritor francés François Fénelon. Es una curiosa y cruel ironía, pero “las guerras son lo más democrático que hay en el mundo. Mueren soldados, mueren mujeres, mueren hombres, mueren periodistas y mueren niños.” Los niños son las víctimas más vulnerables en cualquier guerra. No solo por todos los que mueren, también por los que sobreviven. Niños a los que una bomba les ha robado la infancia o una pierna, solo por ir a comprar el pan. O que han quedado huérfanos y abandonados a su suerte en un minuto. O han sido raptados y vendidos. Es la vida que existe al otro lado de un muro invisible, que no vemos ni queremos ver, y que separa ese mundo de nuestro mundo, esa brutal tragedia de nuestras pequeñas tragedias. “Como dice mi madre, en Occidente tenemos problemas de gente sin problemas.”



Da igual el país o la región. Las guerras son todas iguales. Gente que muere y gente que llora a sus muertos. Combatientes que caen en campos de batalla y víctimas civiles que caen en las retaguardias. Ciudades convertidas en cementerios. Parques infantiles donde antes había vida, niños jugando, risas, y ahora solamente hay muerte, dolor, sufrimiento. Y es lo mismo en Sudán, en Siria, el Congo. O en Somalia. Un país que lleva en guerra desde 1991. ¡Casi treinta años! “Esta foto está tomada en el hospital Banadir, en Mogadiscio, capital de Somalia. Es un hospital que se conoce entre los somalíes como la fábrica de muertos; por cada diez niños que entran, ocho no salen y se mueren de hambre. De hambre.” En Somalia, la mortalidad infantil de cero a cinco años es de ciento trece por cada mil nacidos; en España, por ejemplo, son dos por cada mil. No es una estadística. Cada uno de esos niños que sufre y que muere es un ser humano y es un drama para sus madres, para sus familias. No hay coraza que evite ese dolor. “Esta es la vida real, no lo que vivimos desde aquí. Cuando os hablen de hambre, pensad que es verdad. La gente se muere de hambre. Así que, por favor, pensad en ellos cuando vayáis a tirar la comida”. El problema es que aquí, en nuestro mundo privilegiado, hemos perdido la empatía con ese mundo ajeno y molesto. Y es algo que urge recuperar.

 

Los niños de la guerra

Otra imagen (otro bofetón). El Congo, en guerra desde 1994. La excusa para matarse desde hace décadas es un mineral que se llama coltán y que sirve para fabricar smartphones. ¿Cuál es el problema? Que el ochenta por ciento del coltán que hay en el mundo se encuentra en el Congo. Una riqueza que es al mismo tiempo su bendición y su perdición. Por cada kilo de coltán que se extrae, dos personas mueren directa o indirectamente por su causa. “Dos. Directamente, porque trabajan en las minas, hay un derrumbe y se mueren. Indirectamente, porque en el Congo hay ciento veinte grupos armados que manejan las minas de coltán. Coltán que viene a occidente. A nuestros móviles.” La realidad del país, que no vemos en nuestros móviles, es devastadora: masacres, violaciones masivas, niños robados, niños soldados.

Niños como Trésor, “que tiene once años y tiene la mirada más triste que he visto en mi vida”. Su historia es la de muchos otros niños. Un grupo armado entra en su aldea, asesina a doscientas personas a machetazos, unos logran huir, otros son capturados. A Trésor lo secuestraron durante tres meses para convertirlo en niño soldado. Porque en estas guerras sin reglas ni convenciones los niños son los mejores soldados, no cuestionan la orden de un adulto, no se plantean si está bien o está mal, hacen lo que se les dice que hagan, punto. “La primera prueba que tienen que pasar estos niños en países como el Congo, Somalia, Etiopía o Sudán del Sur es "súper sencilla": matar a su padre. Porque cuando matas a tu padre después puedes matar a quien sea.” No importa que solo tengas once años. Y si tienes la suerte de ser salvado de ese calvario y te dan una segunda oportunidad, una nueva vida, aún te queda superar el estigma de la sociedad, que no perdona a los niños soldados lo que han hecho. Son culpados, apartados, repudiados. Y les dejan muy pocas opciones, ninguna buena: engancharse al pegamento, volver a la guerrilla, prostituirse. “Hay que sentarse con la gente y hablar, comprender por qué hacen las cosas. Ese es el problema que tienen en el Congo, que no se perdona. Y es una de las cosas que tenéis que aprender, el valor de perdonar a los demás.” 

Una reflexión que cobra aún más valor cuando quien lo dice permaneció 299 días secuestrado por un grupo terrorista, sufriendo tortura física y psicológica, en completa soledad durante 204 de esos 299 días. Y aun así, Antonio no alberga odio ni en su corazón ni en su cabeza. “¿Para qué odiar, qué sentido tiene? ¿Sirve para algo? ¿Os beneficia? No sirve para nada. Odiar no tiene sentido. Y si odias te conviertes en uno de ellos. Y yo no quiero ser como ellos.” A lo mejor tenían sus razones, sus motivos, reflexiona Antonio. A lo mejor, la solución es sentarse frente a frente y hablar. Y tratar de entender. “El diálogo es la solución. Desde luego, el odio nunca, porque el odio lleva a la venganza.”

 


Dignidad

Antonio es reacio a hablar de su secuestro. No porque no tenga importancia para él, sino porque piensa que, hoy, su mensaje no va de Antonio Pampliega, sino de esa otra realidad que él vio y vivió en tantos países y quiere que también nosotros veamos, sin filtros, y que esa realidad nos remueva y nos despierte y nos movilice y cambie nuestra percepción del mundo –el propio y el ajeno- y nos ayude a reordenar nuestras prioridades. Son muchas las imágenes que carga Antonio a su espalda, escenas muy duras, complicadas de asumir, a veces insoportables; más incluso por lo que hay detrás que por lo que muestran. Pero, además del dolor y la tragedia, siempre hay dignidad en esas imágenes, en esos rostros. Niños que tratan de sonreír a la cámara de Antonio, que eligen la camiseta que menos se ensucia para posar “porque no quieren salir feos en las fotos, porque les da vergüenza. Sí, ellos también tienen vergüenza.” Mujeres que, después de haber sido violadas por una manada de guerrilleros son repudiadas por sus maridos -por haber mancillado el honor del marido- y expulsadas de la casa junto con sus hijos, y que, a pesar de todo el dolor y la humillación y la impotencia y el miedo, su única preocupación no son ellas, sino sus hijos. Dignidad. Como la imagen de una madre afgana primeriza, con sus dos gemelos y la abuela, tratando de aportar algo de normalidad, algo de dignidad, en medio de una guerra. O como Fide, que padece una enfermedad terrible llamada piel de mariposa, y posa con sus manos vendadas (y ensangrentadas) en su nueva silla de ruedas, feliz porque ya puede ir al colegio sin que su madre tenga que cargarlo a hombros cada día; un chaval de diecisiete años, amante del fútbol (sigue cada fin de semana la liga española), que no ha podido correr en su vida. Felices también están los niños de Kobane, al norte de Siria, en su primer día de colegio, tras nueve meses bajo el asedio de Estado Islámico, viviendo en un campo de refugiados. Felicidad. Dignidad.





Porque todos ellos son personas. “Da igual el color de piel, da igual el idioma, da igual la religión, son seres humanos como nosotros. Exactamente iguales. Que nacen sin odiar a nadie.” Esos “valores” los aprenden a posteriori de sus mayores. Y eso sucede en todas partes, no solo en África o en Oriente Medio. También en Europa. La última, en 2014, en Ucrania; el país donde España ganó la Eurocopa. Así de cerca. Diez mil muertos al año desde que empezó la guerra, cientos de miles de refugiados, miles de niños que viven entre escombros, a merced de los bombardeos. Lo mismo en Afganistán, que lleva enlazando una guerra tras otra desde 1979. Y claro, cuando vives rodeado de guerra, al final te conviertes en guerrero, en niño soldado. Y cuando la guerra ha arruinado el país, entonces no te queda otra que multiplicar las plantaciones de opio (de 550 hectáreas con los talibanes a las 110.000 actuales), que acabará en las venas de los jóvenes españoles y europeos en forma de heroína. La cruel ironía, es que los occidentales fuimos allí para acabar con ello. “Eso es lo que nos vendieron. La prensa está muy bien, yo soy periodista, pero también levanto la mano y digo: os manipulamos a nuestro antojo. ¿Por qué? Porque no exigís, porque os da igual. Os lo creéis. No, no puede ser así, no os podéis creer los mensajes de la prensa.” Hay que ser crítico, hay que dudar, hay que pensar. Surge inevitablemente la vieja cuestión moral de retratar o no esta realidad, la delgada línea –a veces invisible- entre ética y morbo. ¿Prima la información o la intimidad de las víctimas? “¿En qué momento debemos bajar la cámara y respetar el dolor ajeno? ¿Todo vale en aras de remover conciencias?” Lo cierto es que cuando se juzga de esta manera la labor de los corresponsales de guerra o los fotoperiodistas se hace injustamente, porque se juzga desde la distancia, desde la ignorancia y sin la menor empatía. En el caso de Antonio, además de su finalidad loable –abrirnos los ojos-, cada foto desprende una extraordinaria humanidad, porque cada situación, cada persona es retratada con una extraordinaria dignidad.

 


Escapar del infierno

Después de este viaje en imágenes por el infierno –“un infierno light, tengo fotos y vídeos mucho más explícitos, mucho más reales”-, la gran pregunta: ¿Os quedaríais a vivir en esos países? Por supuesto que no. Ellos tampoco. Por eso huyen, y tratan de llegar a Europa para salvar sus vidas. Y en esa huida también se juegan la vida. Vienen en frágiles pateras, que salen todos los días de la costa africana, desde Libia hacia Lampedusa. Trescientos kilómetros por el Mediterráneo Central, hacinados, sin comida, sin agua, sin chalecos salvavidas; hombres, niños, mujeres, bebés. Probablemente han estado un año caminando hasta llegar a la costa, atravesando desiertos y zonas de guerra, a merced de las mafias. Lo que sea con tal de escapar de la guerra y del hambre, en busca de un poco de refugio, de un futuro que seguramente no tenga más horizonte que el top manta. Eso, los que tienen suerte. No son terroristas, aunque haya quien lo piense. Son víctimas. Y cuando llegan, los que llegan –muchos se quedan en el Mediterráneo- su primera preocupación es enviar noticias a casa, un selfie a su familia para decirles que están bien, vivos. “Porque la familia siempre es lo primero. La familia es el pilar fundamental de todos nosotros. Siempre.” Otros, más conscientes del peligro, llevan encima un número de teléfono, por si alguien encuentra su cuerpo flotando en el mar, para que puedan avisar a su madre, decirle que su hijo ya no va a volver. Que llore lo que tenga que llorar, pero que deje de angustiarse.

La madre de Antonio recibió esa llamada. “A mi madre le dijeron: su hijo no va a volver a casa. No sabemos si vive, pero no va a volver, en una semana, en un mes.” Fueron 299 días de dolor, de angustia indescriptible. También la angustia de Antonio, en su encierro, de no tener noticias de su familia, de no saber qué tal estaban su madre, su padre, su hermana cuando recibieron la noticia –el shock- de su secuestro. “Durante diez meses lo peor es eso, la incertidumbre de no saber qué ha ocurrido fuera. Porque la vida sigue girando, no se para, aunque te metan a ti en una celda. Y yo tenía una pesadilla que se repetía todas las noches, y era que no iba a volver a ver a mi madre nunca más con vida. Porque mi madre tiene un problema del corazón. Ni las palizas, ni los interrogatorios, ni las amenazas de muerte ni las simulaciones de ejecución. A mí lo que me daba miedo era regresar a casa y que ya no estuviera mi madre.”

 

Un accidente laboral

A Antonio aún le cuesta hablar del secuestro. Revivirlo es demasiado doloroso (“La oscuridad nunca se llega a vencer del todo”). Ocurrió en julio de 2015, durante uno de sus muchos viajes de trabajo a Siria, el duodécimo, para cubrir el conflicto. Otro viaje de tantos. Solo que esta vez algo salió mal. O simplemente sucedió lo que tenía que suceder (cuestión de probabilidad…). Antonio lo llama “accidente laboral”. En realidad, su persona de contacto en la zona los traicionó, a Antonio y a sus dos compañeros (José M. López y Ángel Sastre), y los vendió a la rama de Al Qaeda en Siria. Durante un breve tiempo, compartió secuestro con sus amigos, pero pronto los separaron y Antonio quedó completamente solo, aislado, en una oscura celda situada en algún punto de la frontera entre Siria y Turquía. Encerrado durante diez meses con todos sus miedos y la peor de las incertidumbres, sin saber si iba a sobrevivir un día más o iba a ser ejecutado, como lo fue su gran amigo James Foley, el periodista asesinado en directo por el Dáesh en 2014, a manos del célebre fanático John el Yihadista



Diez meses sin saber si sus compañeros estaban muertos o vivos, o si habían sido vendidos. Diez meses sin esperanza de salir con vida de su agujero, hundido en la desesperación hasta tal punto que pensó seriamente en acabar con su vida. Viviendo en la más absoluta soledad, salvo por las puntuales visitas de sus carceleros, que entraban una o dos veces al día para llevarle comida, golpearle o humillarle, según les diera. Vejado, torturado, aislado de todo contacto humano. Sufriendo a diario amenazas de muerte, burlas, interrogatorios, golpes. En esa angustiosa realidad, Dios y el recuerdo de su madre son sus únicas compañías. Y el diario que escribe a su hermana pequeña, Alejandra, es su tabla de salvación, el único muro que lo separa de la locura y de la rendición total. “Sueño con el día en que nos volvamos a ver. Te has convertido en mi salvavidas en este lugar de mierda. Trato de no decaer, te lo prometo. Aguanto porque no pierdo de vista ese objetivo: volver a verte”, escribe Antonio en su libro, En la oscuridad. Eso fue para él lo peor del secuestro. “La posibilidad de no volver a ver a mi familia me reconcome por dentro (…) Solo soy un periodista que ha venido a hacer su trabajo, a contar lo que está ocurriendo en esta maldita guerra.” Pero ellos, los secuestradores, creen que es un espía y que trabaja para el Gobierno de Al Assad. Una perversa confusión que le arrebata a Antonio toda esperanza, que le roba impunemente toda su ilusión, su alegría, su risa…

Sin embargo, siempre hay un atisbo de esperanza, incluso en los momentos peores. Una luz, más allá del mortecino brillo del led colgado en la pared de su celda. Cuando te lo quitan todo, y crees que no vas a volver a ver a tu familia, es el momento de pensar: ¿cuándo es la última vez que le he dicho a mi madre ‘te quiero’? ¿Cuándo fue la última vez que abracé a mi padre? “Yo me acordaba de la última vez que le di un abrazo a mi padre, ocho de julio de 2015, el día de su cumpleaños. El día que me dejó en el aeropuerto de Barajas para que viajara a Siria. Así que no penséis que se lo vais a dar luego o mañana. La vida se acaba así de rápido. Así de rápido. De verdad.”

Por suerte, la vida de Antonio –y la de sus dos compañeros- no acabó en aquel secuestro. Y diez meses después de aquella terrible primera llamada telefónica, el siete de mayo de 2016 su madre recibió otra bien distinta. “Mamá, se acabó. Vuelvo a casa”. Pocos días después Antonio bajaba de un avión de las Fuerzas Armadas y pisaba suelo español. Sus padres, su hermano Goyo, su hermana Alejandra –“mi faro en la oscuridad”- le esperaban a los pies del avión, temblorosos, expectantes. Aquel reencuentro con su familia, su sostén durante diez largos y angustiosos meses, fue el momento más intenso y feliz de su vida, una erupción de emociones que iban del llanto a la risa y al abrazo y al beso y al alivio infinito… Fue el fin de una pesadilla.



Y el despertar de un nuevo Antonio Pampliega, que supo sacar luz de aquella densa oscuridad. Una lectura positiva que le ha enseñado a mirar la vida de otra manera. “El secuestro me ha enseñado muchísimas cosas. Una de ellas es valorar todo lo que de verdad importa, que es tu familia (que se amplió el 2 de septiembre de 2020 con la feliz llegada de Ariana, la hija de Antonio y María), y también las cosas pequeñas, cosas que tenemos tan al alcance de la mano que no les damos valor. También el secuestro me dio dos opciones la vida: seguir por el camino de antes o cambiar diametralmente mi forma de vivir. Intento cambiarla. No siempre lo consigo, pero sí que intento ser un Antonio diferente al de antes del secuestro.” También ha multiplicado su capacidad de empatizar, y de perdonar. “Creo que es un acto de valentía perdonar a aquellos que me han hecho tantísimo daño. Lo sencillo es odiar. Me pongo en la piel de esa gente y pienso en lo que les ha tocado vivir. Pienso en sus circunstancias y en su contexto. ¿No haríamos nosotros lo mismo? ¿No nos convertiríamos en monstruos si viviéramos en el mismísimo infierno?” Una pregunta que Antonio deja ahí, flotando en el aire, esperando que todos la enfrentemos con sinceridad y valentía. Esperando una reflexión honesta y una respuesta digna la próxima vez que nos veamos ante una víctima de la guerra, de cualquier guerra. 

Él tiene clara su respuesta. Siempre la ha tenido. Comprender la situación desesperada de los que viven atrapados en ese infierno, ayudarles a escapar dentro de sus posibilidades, darles un poco de esperanza (como ha hecho recientemente con decenas de hombres, mujeres y niños de Afganistán) y, a nosotros, abrirnos los ojos y el corazón a esa realidad despiadada, descarnada y casi siempre tan alejada y tan ajena que apenas la percibimos de pasada en nuestras empequeñecidas conciencias. Una manera rápida y eficaz, leer su última novela: Flores para Ariana, un retrato crudo y valiente de Afganistán a través de los ojos de una niña, que son todas las niñas que Antonio ha conocido de primera mano. Un libro que nació en los oscuros días de su secuestro y que acaba de ver la luz hace apenas unos días. Un libro lleno de verdad, de belleza, de sentimientos, de empatía, de dignidad... y de descarnada y muy actual realidad.