¡Por fin! Ya tenemos el nuevo libro de
Lo Que De Verdad Importa (el cuarto volumen ya), que podéis comprar en la web de la Fundación. Un regalo muy especial para esta Navidad -o para pedir a los Reyes Magos- que es un auténtico soplo de esperanza y optimismo después del año que hemos pasado todos. Prologado por Emilio Aragón y con 17 extraordinarias historias de superación, esfuerzo, tolerancia, solidaridad, tesón y sueños cumplidos que nos van a venir muy bien para entrar en 2021 con nuevas fuerzas. Dedicado a la familia, #losquesiempreestan. Y perfecto para regalarte o para regalar a alguien que de verdad te importe.
Como siempre, con fotos del gran Daniel Losada Casanova y textos de un servidor. Os dejo aquí la introducción, para ir inspirando un poco...
Los que siempre están
Este
2020 estamos viviendo tiempos extraños, inciertos, inéditos. La pandemia nos ha
caído encima como un gigantesco tsunami, sin
previo aviso, generando miedo y desolación a su paso. Hemos sufrido una crisis
sanitaria que ha paralizado todo el universo conocido. Y un terremoto social y
económico está sacudiendo los cimientos del mundo globalizado y, con especial
grado de intensidad, el nuestro. Sumidos
en esta oscuridad incierta, hay sin embargo una luz que nos mantiene lúcidos y
esperanzados. Miles de lucecitas, en realidad. Miles de pequeños destellos de esperanza que son los que nos van a sacar
de este pozo en el que nos ha sumido el infame covid-19. Esos miles de
destellos son nuestro faro, la llama que nos guía hacia la salida, hacia la
luz. Como siempre han hecho, con esfuerzo, con sacrificio, con generosidad, con
amor. Esas lucecitas son los miles de héroes que han luchado –y luchan- contra
la pandemia en primera línea. Y también las empresas, fundaciones e
instituciones que se están dejando la piel para ayudar a los que más lo
necesitan. Lo somos también todos y cada uno de nosotros, responsables de lo
que hagamos con nuestras manos, con nuestras palabras y con nuestro corazón.
Pero, como siempre suele suceder –y sobre todo en los momentos peores-, la luz que brilla con más fuerza en este
estado de excepción mundial es la de las familias, nuestra tabla de
salvación, el regazo protector, el abrazo acogedor, el corazón entregado
siempre. Nuestras familias es lo que más hemos añorado en los momentos duros
del confinamiento; son las que más pérdidas han sufrido, las que más soledad y
tristeza han padecido. Pero también han sido ellas las que nos ha mantenido
unidos, firmes y esperanzados.

«La familia es la patria
del corazón», nos dijo Giuseppe Mazzini,
alma de la Unificación italiana. El escritor Michael D. O’Brien va un poco más allá en su novela La última escapada: «El precio que hay
que pagar por una familia feliz es la
muerte del egoísmo». Y es cierto. La familia es donde crecemos como
personas, donde primero dejamos de ser yo
para ser nosotros, donde aprendemos
el valor de lo importante, que es darnos a los demás. La familia es refugio y
guía, es historia y legado, raíces y alas; es el hombro siempre dispuesto y la
mano siempre tendida; es el nido protector y el impulso necesario, el aliento
–y a menudo también el alimento- de tantos sueños. La familia es el ejemplo cotidiano, silencioso, discreto… y al mismo
tiempo perenne e indestructible. Y es, sobre todo, la mejor escuela de amor,
en su sentido más profundo. Los que siempre están.
La familia es también el
germen de la Fundación LQDVI. El
legado vital que el empresario Nick
Forstman dejó a sus hijos, aún pequeños cuando él murió de cáncer, y que
tituló What Really Matters.
Bellísimas reflexiones escritas desde el corazón acerca de la amistad, la
enfermedad, la espiritualidad, el trabajo, el matrimonio, los hijos. «Bettina,
Delfina y Nicholas, no podéis comprender el amor que siento cuando os miro a
los ojos o escucho vuestras voces mientras jugáis. Ser vuestro padre es el
mayor honor que me ha sido concedido (…) Si solo tuviera un deseo, sería que
vosotros también legarais este amor. Eso es, después de todo, lo que de verdad
importa.»

La familia es lo que impulsó cada paso, cada aliento de Nando Parrado en su salida imposible de
esa tumba de hielo y roca a la que se vio condenado junto a sus compañeros, en
mitad de los Andes. La familia es lo que salvó a Bosco Gutiérrez Cortina de caer en un pozo profundo y oscuro, sin
redención, durante los 257 días de su doloroso secuestro. La familia es lo que
siempre tuvo Pablo Pineda a su lado
para poder caminar con seguridad en un mundo complicado y no siempre
comprensivo. La familia es el motor que propulsó a María de Villota hasta lo más alto del podio, en la competición y
en la vida. La familia es la fuerza que activa a diario el corazón de Marimar García Garrido para seguir
dando gracias a la vida con esa alegría descomunal y contagiosa, tan suya (y
tan nuestra). La familia es la esencia, el alma, la vocación heroica de madre coraje de Lucía
Lantero; es la esperanza nunca perdida de Isabel
Lavín de la Cavada y el amor siempre presente de Anne Dauphine Julliand; es las piernas de Irene Villa, y su sonrisa perpetua y limpia, sin rencor; es el
perdón de buen hijo de Juan Pablo Escobar y el orgullo de padre de Bertín Osborne; es el lazo irrompible
de Sergio y Juanma Aznárez y la
fortaleza inquebrantable de Kyle Maynard.
Sí, la familia es protagonista indiscutible de todas estas lecciones de vida
que han pasado –y siguen pasando- por los congresos de LQDVI. Y, como podrás
comprobar al pasar la página, también de las historias extraordinarias que
hemos seleccionado en este libro, el cuarto volumen ya.
Historias, vidas, ejemplos
que demuestran que aún tenemos remedio. Que todavía hay esperanza. Que la lucha
de nuestros padres y abuelos no fue en vano. Que los valores que nos legaron siguen
vivos, vigentes y activos. Historias que nos enseñan, sobre todo, a ser mejores
personas. A pensar un poco más en el de al lado, o en el de abajo, o en el de
lejos. Y a no olvidarnos nunca, nunca,
del verdadero valor de la familia. Nuestro bien más preciado. Los que siempre
están. Los que de verdad importan.

Esa
es la gran esperanza. La única esperanza quizá. La certeza de que, cuando esto
acabe –porque acabará- habremos aprendido la lección. Que dejemos de mirarnos
tanto en el espejo de nuestro egoísmo y empecemos a mirar hacia los lados,
hacia adelante, hacia abajo; sobre todo hacia abajo. Y que miremos también más hacia nuestra propia
casa, a nuestra familia, a nuestros hijos. Y que atendamos mejor a nuestros
mayores, y les cuidemos
y les visitemos y les agradezcamos y les dediquemos nuestro tiempo en vida, más
que nuestro lamento cuando ya no están. Y que cuando la desgracia
azote a otros, cerca o lejos, apelemos a la solidaridad y a la justicia y
tendamos la mano y abracemos y acojamos y comprendamos… Y también nos remanguemos y nos ensuciemos y nos
convirtamos en pequeños héroes nosotros, con mascarilla o sin
mascarilla, en lugar de quedarnos en casa aplaudiendo.
La certeza, sí, de que cuando esto acabe
saldremos más fuertes, más tolerantes, más solidarios. De que seremos mejores
personas, mejores hijos, mejores padres, mejores vecinos. Puede que solo sea un
deseo, una esperanza. Pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el
momento. Así que, mantengamos
viva y firme la esperanza. De que salimos de esta, primero, y de que todo -lo
bueno, lo malo y lo peor- habrá servido para algo. O para
mucho. Eso es hoy lo que de verdad importa.
PS. Lo dijo Einstein: «Nada ocurre hasta que algo
comienza a moverse». Este libro que tienes en tus manos,
estas historias de valor, de solidaridad, de tolerancia, de superación, de
entrega a los demás, van a ser un magnífico empujón. Así que, adelante…