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lunes, 3 de julio de 2017

Jaime Caballero. Hazañas sobrehumanas por la ELA



Jaime Caballero ya sabe cuál será su próximo desafío: los 90 kilómetros que separan Marbella y Sotogrande (en dos trayectos), que intentará la primera semana de agosto. Como siempre, quiere que sea algo grande, impactante, que genere repercusión y notoriedad. Como siempre, no sabe si logrará terminarlo con éxito. Aunque eso no importa. “Cada uno debe considerarse admirable no por el reto conseguido, sino por el solo hecho de haberlo intentado”. Sobre todo, cuando la causa es tan admirable como la suya. Y cuando se tiene un corazón del tamaño de un océano.

Jaime es nadador de ultra larga distancia en aguas abiertas. Eso significa que está hecho de una pasta especial, física y psicológicamente. Eso significa que tiene una capacidad de aguante —del dolor, del miedo, del agotamiento, del agobio, del frío extremo— que va mucho más allá que la de cualquier ser humano normal. Su hazaña más extrema, que ha dado la vuelta al mundo, ha sido cruzar el Canal de la Mancha… ida y vuelta. Sin parar. Sin protección. (“Una salvajada que sólo han logrado 17 nadadores en la historia.  Es el Everest de la natación”). Un trayecto de 100 kilómetros de agua gélida, corrientes traicioneras, lacerantes olas y veneno de medusas que Jaime estuvo a punto de abandonar en varias ocasiones durante la segunda mitad del reto, pero que finalmente completó, en estado casi inconsciente (“las últimas 8 horas no recuerdo nada, iba con el piloto automático”). La razón, su razón, los enfermos de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), “la enfermedad más cruel que existe”. Ellos son los que empujan a Jaime en los momentos de flaqueza, ellos son los que le dan fuerza para seguir adelante, ellos son los que le dan motivo para luchar, una causa a la que Jaime dedica, desde hace años, cada pensamiento y cada minuto de su tiempo libre.



No siempre fue así. Jaime nadaba ya de pequeño, incluso protagonizó alguna que otra hazaña con 14 años. Pero luego tuvo un prolongado standby de diez años provocado a partes iguales por la indolente adolescencia y los malos hábitos (juergas, droga, alcohol). Fueron años peligrosos, nadando en el filo de la navaja, que casi le cuestan la vida; afortunadamente el precio final fue sólo el ojo derecho. Pero ni eso cambió su forma de ver la vida. “Cuando estaba en el hospital, tras el accidente, lo único que pensaba era en recuperarme para seguir de farra”. Fue la familia (¿quién, si no?) la que finalmente impuso el sentido común, a base de altas dosis de amor y comprensión, y tras pasar por Proyecto Hombre (“a los que estaré eternamente agradecido, y con los que colaboro siempre que puedo”), Jaime salió limpio y lleno de vida.

Volvió a la vida, y volvió al mar (“Es básico tener aficiones, practicar algún deporte; eso te da ilusiones, motivación, objetivos, a cualquier nivel”). Comenzó a nadar de nuevo, no como profesional, pero sí realizando retos cada vez mayores, más importantes, y más duros. En 2005 atravesó el Estrecho de Gibraltar en 2 horas 58 minutos, su primera travesía reseñable. Tras un intento fallido el año siguiente, en 2007 decidió el desafío de referencia en aguas abiertas, el Canal de la Mancha; allí conoció la verdadera fuerza de las corrientes y descubrió en carne propia lo que es el frío en el agua. En 2008 el reto impuesto fue atravesar el Estrecho ida y vuelta, algo que a priori parecía sencillo pero que las fuertes corrientes complicaron hasta el punto de pensar seriamente en el abandono. No solo no abandonó sino que además logró registrar un record mundial.

Pero la travesía que marcó un antes y un después en la vida de Jaime, un giro radical a nivel profesional y, sobre todo, a nivel personal, fue la que llevó a cabo el 10 de junio de 2009: Bilbao-San Sebastián (su tierra). Su travesía más larga y dura hasta el momento, sí (perdió 8 kilos en 27 horas). Pero lo realmente importante es que fue su primera travesía con causa. En 2008, su querido tío José Mari Echeverría falleció de ELA, en apenas 6 meses de dolorosísima enfermedad. Jaime se vio profundamente afectado y decidió que, a partir de ese momento, todas sus fuerzas, todos sus retos, todos sus pensamientos los dedicaría a quienes sufren esa cruel enfermedad que le robó a su tío. La travesía Bilbao-San Sebastián duró 27 horas, que, según reconoce el propio Jaime “logré terminar acordándome de mi tío en los momentos de flaqueza”.


Hubo otros logros espectaculares: el Lago Ness, Manhattan, Santa Catalina, la Triple Corona, el Lago Leman (el más largo de Europa)… Pero lo importante es que Jaime se involucró de lleno en la tragedia del ELA; conoció a personas afectadas, incluso amigos cercanos que habían perdido a seres queridos por su causa. Decidió hacer algo más por estos enfermos, ayudarles a mitigar de alguna forma su dolor, animarles, dignificarlos, darles voz y presencia en la sociedad. Junto a un grupo de amigos fundó la Asociación Siempre AdELAnte y, desde entonces, sus travesías se transformaron en instrumento “para ayudar a quienes sufren la enfermedad más cruel del mundo”. Jaime nada por y para ellos. Porque ellos no pueden. Sus retos tienen ahora una causa mayor: “servir de micrófono a los afectados y conseguir recursos para investigación y cuidados paliativos”, a lo que se destinan el 100% de  los ingresos que se obtienen en cada travesía (principalmente donaciones particulares). Aparte lo económico, el objetivo es doble: animar e ilusionar a los afectados; y concienciar a la sociedad.

Jaime tiene clara cuál es su misión: “Mi verdadera fortuna ha sido emprender esta andadura con la Asociación Siempre Adelante y desde el primer momento he conocido a algunos afectados por ELA y familiares que han ido reforzando este compromiso y ganas de hacer más y más cosas por ellos”. Ellos son su motor y su motivación, y su fuerza en los momentos de flaqueza: “Jaime, lo que te está pasando (frío, cansancio, agobio psicológico por pensar que no avanzas lo suficiente...) es algo pasajero, lo que no es pasajero es tener ELA. Así que, ¡ sigueeee y hazlo por ellos!”. Él lo dice siempre: recibo mucho más de lo que doy.

Levantarse a las 6 de la mañana para entrenar cada día entre 2 y 3 horas antes o después del trabajo y fines de semana en mar abierto (verano o invierno) es duro, piensa Jaime. Nadar durante 24 horas seguidas en aguas gélidas sufriendo picaduras de medusa por todo el cuerpo es más duro aún. Pero permanecer completamente inmovilizado durante años, soportando dolor, impotencia, desesperanza, depresión e incluso sentimiento de culpa (la familia también se lleva su parte), no es comparable a ningún sufrimiento pasajero. “Por muy mal que lo haya pasado, a mí se me va en dos días; pero lo suyo es todos los días, para toda la vida”. La enfermedad más cruel del mundo. Y para Jaime, la causa más importante del mundo.

*Esta historia está incluida en mi libro "La muerte del egoísmo". Lo puedes conseguir aquí.



viernes, 19 de junio de 2015

Jaime Caballero. El héroe de los enfermos de ELA.



Jaime Caballero es nadador de ultra larga distancia en aguas abiertas. Eso significa que está hecho de una pasta especial, física y psicológicamente. Eso significa que tiene una capacidad de aguante —del dolor, del miedo, del agotamiento, del agobio, del frío extremo— que va mucho más allá que la de cualquier ser humano normal. Su última hazaña, que ha dado la vuelta al mundo, ha sido cruzar el Canal de la Mancha… ida y vuelta. Sin parar. Sin protección. (“Una salvajada que sólo han logrado 17 nadadores en la historia.  Es el Everest de la natación”). Un trayecto de 100 kilómetros de agua gélida, corrientes traicioneras, lacerantes olas y veneno de medusas que Jaime estuvo a punto de abandonar en varias ocasiones durante la segunda mitad del reto, pero que finalmente completó, en estado casi inconsciente (“las últimas 8 horas no recuerdo nada, iba con el piloto automático”). La razón, su razón, los enfermos de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), “la enfermedad más cruel que existe”. Ellos son los que empujan a Jaime en los momentos de flaqueza, ellos son los que le dan fuerza para seguir adelante, ellos son los que le dan motivo para luchar, una causa a la que Jaime dedica, desde hace años, cada pensamiento y cada minuto de su tiempo libre.

No siempre fue así. Jaime nadaba ya de pequeño, incluso protagonizó alguna que otra hazaña con 14 años. Pero luego tuvo un prolongado standby de diez años provocado a partes iguales por la indolente adolescencia y los malos hábitos (juergas, droga, alcohol). Fueron años peligrosos, nadando en el filo de la navaja, que casi le cuestan la vida; afortunadamente el precio final fue sólo el ojo derecho. Pero ni eso cambió su forma de ver la vida. “Cuando estaba en el hospital, tras el accidente, lo único que pensaba era en recuperarme para seguir de farra”. Fue la familia (¿quién, si no?) la que finalmente impuso el sentido común, a base de altas dosis de amor y comprensión, y tras pasar por Proyecto Hombre (“a los que estaré eternamente agradecido, y con los que colaboro siempre que puedo”), Jaime salió limpio y lleno de vida.


Volvió a la vida, y volvió al mar (“Es básico tener aficiones, practicar algún deporte; eso te da ilusiones, motivación, objetivos, a cualquier nivel”). Comenzó a nadar de nuevo, no como profesional, pero sí realizando retos cada vez mayores, más importantes, y más duros. En 2005 atravesó el Estrecho de Gibraltar en 2 horas 58 minutos, su primera travesía reseñable. Tras un intento fallido el año siguiente, en 2007 decidió el desafío de referencia en aguas abiertas, el Canal de la Mancha; allí conoció la verdadera fuerza de las corrientes y descubrió en carne propia lo que es el frío en el agua. En 2008 el reto impuesto fue atravesar el Estrecho ida y vuelta, algo que a priori parecía sencillo pero que las fuertes corrientes complicaron hasta el punto de pensar seriamente en el abandono. No solo no abandonó sino que además logró registrar un record mundial.

Pero la travesía que marcó un antes y un después en la vida de Jaime, un giro radical a nivel profesional y, sobre todo, a nivel personal, fue la que llevó a cabo el 10 de junio de 2009: Bilbao-San Sebastián (su tierra). Su travesía más larga y dura hasta el momento, sí (perdió 8 kilos en 27 horas). Pero lo realmente importante es que fue su primera travesía con causa. En 2008, su querido tío José Mari Echeverría falleció de ELA, en apenas 6 meses de dolorosísima enfermedad. Jaime se vio profundamente afectado y decidió que, a partir de ese momento, todas sus fuerzas, todos sus retos, todos sus pensamientos los dedicaría a quienes sufren esa cruel enfermedad que le quitó a su tío. La travesía Bilbao-San Sebastián duró 27 horas, que, según reconoce el propio Jaime “logré terminar acordándome de mi tío en los momentos de flaqueza”.

Hubo otros logros espectaculares: el Lago Ness, Manhattan, Santa Catalina, la Triple Corona… Pero lo importante es que Jaime se involucró de lleno en la tragedia del ELA; conoció a personas afectadas, incluso amigos cercanos que habían perdido a seres queridos por su causa. Decidió hacer algo más por estos enfermos, ayudarles a mitigar de alguna forma su dolor, animarles, dignificarles, darles voz y presencia en la sociedad. Junto a un grupo de amigos fundó la Asociación Siempre AdELAnte y, desde entonces, sus travesías se transformaron en instrumento “para ayudar a quienes sufren la enfermedad más cruel del mundo”. Jaime nada por y para ellos. Porque ellos no pueden. Sus retos tienen ahora una causa mayor: “servir de micrófono a los afectados y conseguir recursos para investigación y cuidados paliativos”, a lo que se destinan el 100% de  los ingresos que se obtienen en cada travesía (principalmente donaciones particulares). Aparte lo económico, el objetivo es doble: animar e ilusionar a los afectados; y concienciar a la sociedad, recordarnos a todos que la ELA existe.




Jaime tiene clara cuál es su misión: “Mi verdadera fortuna ha sido emprender esta andadura con la Asociación Siempre AdELAnte y desde el primer momento he conocido a algunos afectados por ELA y familiares que han ido reforzando este compromiso y ganas de hacer más y más cosas por ellos”. Ellos son su motor y su motivación, y su fuerza en los momentos de flaqueza: “Jaime, lo que te está pasando (frío, cansancio, agobio psicológico por pensar que no avanzas lo suficiente...) es algo pasajero, lo que no es pasajero es tener ELA. Así que, ¡sigueeee y hazlo por ellos!”. Él lo dice siempre: recibo mucho más de lo que doy.

Levantarse a las 6 de la mañana para entrenar cada día entre 2 y 3 horas antes o después del trabajo y fines de semana en mar abierto (verano o invierno) es duro, piensa Jaime. Nadar durante 24 horas seguidas en aguas gélidas sufriendo picaduras de medusa por todo el cuerpo es más duro aún. Pero permanecer completamente inmovilizado durante años, soportando dolor, impotencia, desesperanza, depresión e incluso sentimiento de culpa (la familia también se lleva su parte), no es comparable a ningún sufrimiento pasajero. “Por muy mal que lo haya pasado, a mí se me va en dos días; pero lo suyo es todos los días, para toda la vida”. La enfermedad más cruel del mundo.


Son muchos los enfermos de ELA a los que Jaime ha conocido a lo largo de estos años. Algunos, familiares cercanos. Otros, nuevos amigos para toda la vida. Fran Otero es alguien muy especial para él. Y su mujer, Damaris. Fran padece la enfermedad desde hace 19 años. Su cuerpo está completamente paralizado, pero conserva intactas las ganas de vivir, la ilusión, el humor. Damaris es farmacéutica y se pide todos los turnos de noche para poder estar durante el día con su marido. Ella es su sostén, su ángel. Y la hija de ambos, la llama que mantiene viva sus vidas (la enfermedad llegó cuando apenas tenía 3 meses, hace 19 años). Fran es uno de los incondicionales de Jaime. Vive cada travesía como propia (porque lo es, en realidad) y es quien más anima a Jaime en las horas de bajón. La última vez, en aquellas durísimas millas finales en el Canal de la Mancha, soportando el frío (su temperatura corporal bajó de los 32 grados), el dolor intenso de las picaduras de medusa, las corrientes, la desorientación, la sensación de no avanzar, la desesperación…  “lo que hizo que no abandonara fueron los mensajes de ánimo que me iba lanzando Fran y que me transmitían desde el barco de apoyo. Yo pensaba: para escribir esa frase ha tenido que estar horas, dictando letra a letra con un dispositivo especial que tiene en el ojo; y yo aquí quejándome del frío. ¡Ale, p’alante! Esto pasará, pensé, el frío, las medusas, el cansancio… y me acordaba de mi tío, del padre de mi amigo Gonzalo Artiach, de Fran y de todos los demás enfermos de ELA… ellos son los que consiguieron que terminara la travesía. Ellos son los que consiguen que termine todas las travesías”. Fran lo dice con sus propias palabras: “Llevamos unos cuantos años nadando juntos, y tengo que reconocer que sigo sintiendo la misma emoción, o más grande aún, si es posible, cada vez que nos embarcas en un nuevo reto. A tu lado lo inalcanzable se vuelve esperanzador. Mientras nades, nadaremos a tu lado, poco importa si son unas horas de entreno o 24 horas cruzando el durísimo Canal de la Mancha. ¡Gracias por decir bien alto que el ELA existe!”

Jaime aún no sabe cuál será su próximo desafío. Quiere que sea algo grande, impactante, que genere repercusión y notoriedad. No sabe tampoco si logrará terminarlo con éxito. Aunque eso no importa. “Cada uno debe considerarse admirable no por el reto conseguido, sino por el solo hecho de haberlo intentado”. Sobre todo, cuando la causa es tan admirable como la suya.


 Nota: Esta historia está incluida en mi libro "La muerte del egoísmo" (Ed. Palabra)





jueves, 18 de septiembre de 2014

LA MUERTE DEL EGOÍSMO. 32 razones para leer y compartir el libro (I)


Estas son algunas de las 32 historias, reales y extraordinarias, que podéis encontrar en mi último libro La muerte del egoísmo. Locos revolucionarios que eligieron un día el camino más difícil para alcanzar el éxito: el del sacrificio, el de la entrega, el del esfuerzo. El de la bondad. El de la generosidad. Darlo todo por nada y nunca medir lo que das, escribió el poeta. A veces, incluso, la propia vida.
El libro La muerte del egoísmo (Ed. Palabra) lo podéis encontrar en librerías (TROA, Casa del Libro, El Corte Inglés, San Pablo...) y en Amazon.  








MAR AFUERA. Una Familia feliz

Aparentemente, la familia García Garrido es una de esas familias corrientes, que vive una vida corriente en un barrio corriente. Nada fuera de lo común. Pero cuando los conoces, cuando compartes con ellos la risa, la complicidad, la ilusión y la alegría de vivir, descubres que, en realidad, estás ante una familia extraordinaria, compuesta por personas extraordinarias y que dan cada día un ejemplo extraordinario de lo que es la felicidad.  A pesar de la desgracia, a pesar de la enfermedad. Y es que Loli, Toni y sus seis hijos no es que hayan matado el egoísmo, lo han pulverizado. Directamente.




EQUIPO HOYT. Mi padre es mi héroe

El Ironman es la prueba más dura y exigente del Triatlón: 3.800 metros nadando en mar abierto, 180 km en bicicleta y 42,2 km de carrera a pie. Sólo los atletas más resistentes y preparados tienen el valor de participar, después de años de entrenamiento. Si a esa dureza extrema le añadimos remolcar una pesada barca mientras nadas, cargar con un sidecar acoplado a tu bicicleta y correr empujando una silla de ruedas con un individuo de 70 kilos encima, ya no eres un atleta, eres un héroe. Y hace falta mucho más que el más exigente de los entrenamientos para llegar a la meta. Hace falta sentir mucho amor por ése a quien llevas. Tanto, que verle sonreír mientras tú resoplas por el esfuerzo sea tu mayor recompensa.



MOIRA KELLY. Madre sólo hay una

La imagen es conmovedora en el programa de la television australiana: sobre el escenario, un joven iraquí con serias deformaciones sujeta el micrófono con sus muñones mientras realiza una interpretación sublime de Imagine; en la mesa del jurado, llanto contenido y sincera admiración; en el público, llanto incontenido y entregada devoción; y en el backstage, la alegría y el orgullo desbordados de una madre que consigue a duras penas no saltar al escenario para abrazar a su hijo. El joven se llama Emmanuel. Su madre adoptiva, Moira Kelly; una discípula aventajada de la Madre Teresa que protagoniza una historia de amor, entrega y fe.



MÁS ALLÁ DE UN ROSTRO. ¿Incapacidad? No, capacidades distintas

Visto desde fuera, tener un hijo con síndrome de Down es, para la mayoría de la sociedad, una desgracia ajena. Visto desde dentro, para la mayoría de los padres la noticia es un shock; para algunos, incluso, una tragedia. Pero con el paso de los días, el drama va dejando paso a la comedia romántica y, con los años, la presunta tragedia se convierte, casi sin excepción, en una maravillosa historia de amor.







JAVI. Yo también merezco celebrar la Navidad

“Yo nací un día que Dios estuvo enfermo” escribió el poeta del dolor. Puede que Javier Cosano, Javi, pensara lo mismo cuando tuvo edad suficiente para pensar. Y es que, durante los 40 años transcurridos desde el día en que nació, ha tenido sobradas razones para pensarlo. Y para sufrirlo. Gitano de raza y condición, huérfano de padre y abandonado por su madre, clinero desde los 11 años, drogadicto no mucho después, desde siempre durmiendo entre cartones, en una esquina cualquiera de una calle cualquiera de un barrio cualquiera de Madrid.





ES PAÍS PARA VIEJOS. Un merecido homenaje a nuestros mayores

En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.




JEFF Y CLIFF. La experiencia más humana

Jeff y Cliff son dos hermanos veinteañeros, huérfanos de madre, con un padre drogadicto y alcohólico al que no ven desde hace años, que un día deciden no permanecer ni un segundo más lamentando su mala suerte y comienzan una búsqueda de sí mismos a través de los demás. Pero no de cualquier “demás”, sino de los que están incluso más desheredados que ellos: los ‘sin techo’ de Nueva York, los niños perdidos de Lima y los leprosos de los bosques de Ghana. Tres experiencias reales como la vida, convertidas en un multipremiado documental que ha conmovido al mundo.




ROCÍO, IGNACIO, MARÍA E ÍÑIGO. La mejor lección del verano

Rocío e Ignacio no han hecho turismo solidario para ricos este verano. No han dormido en confortables suites con servicio, jacuzzi y terraza con vistas a la pobreza. No han lavado su conciencia occidental dejando unos dólares de propina en el cesto del “tercer mundo”. No. Rocío e Ignacio han comido, han dormido, han convivido codo con codo con la miseria. Porque han ido a la miseria a currar. De sol a sol. Y más.

María, como Rocío (su prima y su mejor amiga), eligió uno de los rincones más pobres y castigados del mundo para pasar sus vacaciones de verano: Camboya. Y, como además María nunca ha sido de mínimos, de entre toda la miseria que azota inmisericorde a los camboyanos desde hace décadas, eligió a los más olvidados, a los más desafortunados, a los más castigados… a los más necesitados: los niños que viven (sobreviven) en los infames basureros que rodean la ciudad de Phnom Phen. A ellos llevó María su sonrisa contagiosa, y a ellos dedicó también, junto a su hermano Iñigo y el resto de jóvenes voluntarios, cada minuto de las cinco intensas (y agotadoras y durísimas) semanas que vivieron en los campamentos de la organización Por la Sonrisa de un Niño.

LIZ MURRAY. Del infierno a Harvard

Cuando Antoine de Saint Exupéry dijo, en boca de su Principito, “a veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer” no se refería, probablemente, a Liz Murray y el pozo de miseria del que tenía que escapar. O sí. El caso es que eso fue exactamente lo que hizo Liz: intentarlo, y conseguirlo. Salir de la calle y entrar en Harvard. A pesar de que su vida decía que era absolutamente imposible.





BETHANY HAMILTON. Alma de surfer

Bethany Hamilton estaba predestinada a las olas desde que llegó a este mundo. Nació en la cuna del surf, Hawaii, de padres surferos, y desde niña se rodeó de hermanos, amigos y vecinos surferos. A los ocho años ya competía —y ganaba— en las salvajes olas de Oahu; luego siguieron decenas de campeonatos y de trofeos. Cuando cumplió trece, un tiburón envidioso reclamó su propio trofeo: el brazo izquierdo de Bethany. Sólo tres meses después estaba compitiendo de nuevo. Con un brazo menos, pero con una fe, un coraje y un espíritu que han conmovido al mundo entero, dentro y fuera del mar.

JAIME CABALLERO Y JACOBO PARAGES. Un corazón como un océano

Jaime nada por los que no pueden nadar. Jacobo por los que creen que no pueden. Jaime ha realizado proezas casi sobrehumanas con repercusión internacional. Jacobo ha superado desafíos con una alcance humano más allá de lo común. Ambos, Jaime y Jacobo, nadan por la mejor de las causas: los demás. No importa el alcance de sus retos, la medida de sus proezas; importa el alcance de su mensaje, la medida de su ejemplo, de su entrega. Importa, sobre todo, el tamaño de su corazón. Un corazón como un océano.











JACK TWYMAN. El jugador más valioso de la NBA

Jack Twyman fue uno de los jugadores más completos de la NBA, jugó 11 temporadas y disputó seis veces el 'All Star'; siempre hambriento de canasta, en la temporada 59-60 fue el primer jugador en la historia, junto al mítico Wilt Chamberlain, en superar los 30 puntos de media. A lo largo de su prolífica carrera batió varios records dentro de la cancha, pero la hazaña por la que siempre será recordado y admirado tiene más que ver con el compañerismo, la generosidad y el valor fuera de la cancha, en una época convulsa y violenta.
 






EL ALMA VIVA. Síndrome del cautiverio y felicidad

Están encerrados en su propio cuerpo, totalmente paralizado por una cruel enfermedad, pero con su cerebro intacto. No pueden moverse, ni hablar, ni alimentarse, ni realizar sus necesidades básicas sin ayuda; no pueden siquiera sonreír. Viven dentro de un cuerpo muerto, y sin embargo aún tienen ganas de vivir. Sufren un verdadero infierno cada minuto de cada día, y sin embargo no se sienten desgraciados. Muchos, incluso, aseguran ser felices.





PLAYING FOR CHANGE. Alguien a tu lado

Los músicos callejeros son habitualmente despreciados por los insensibles viandantes de las grandes ciudades o, en el mejor de los casos, simplemente ignorados. Algunos de ellos son molestos, es cierto; pero muchos otros poseen enorme talento, cuando no auténtica genialidad. Sólo nos piden que nos detengamos un minuto, que escuchemos su música y, si acaso, echemos una moneda o dos. Muy poco para lo mucho que ellos nos dan.





GINO BARTALI. El héroe silencioso

Gino Bartali, Il Ginettaccio,  fue un grande entre los grandes del ciclismo, un deportista extraordinario y un mito para el pueblo italiano, que lo adoraba como a un verdadero héroe; especialmente Mussolini, quien lo convirtió en símbolo viviente del Partido Nacional Fascista. Vencedor del Giro de Italia en siete ocasiones y del Tour de Francia en otras dos, ganador de cinco campeonatos nacionales y de unas cuantas clásicas, Bartali era un magnífico escalador, un corredor duro y tenaz, un líder generoso con su equipo… y un ser humano excepcionalmente valiente que se jugó la vida durante los años más duros del fascismo para salvar a ochocientos judíos del exterminio. Una hazaña, por cierto, que mantuvo en secreto hasta su muerte, y que fue descubierta por casualidad.