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martes, 20 de noviembre de 2018

Talento callejero. Cuando la música es la vida.


Los músicos callejeros son habitualmente despreciados por los insensibles viandantes de las grandes ciudades o, en el mejor de los casos, simplemente ignorados. Algunos de ellos son molestos, es cierto; pero muchos otros poseen enorme talento, cuando no auténtica genialidad. Sólo nos piden que nos detengamos un minuto, que escuchemos su música y que, si acaso, echemos una moneda. Muy poco para lo mucho que ellos dan.



Son muchos los músicos que deleitan con su talento nuestro acelerado ir y venir en metros, parques, calles y plazas de las grandes ciudades. No cuentan, claro, los moscones desesperantes del acordeón y el organillo; hablamos de música, no de zumbidos. Sin embargo, el arte de estos músicos –a menudo inmenso- no siempre es apreciado en su justa medida; tal vez sea por ignorancia o falta de sensibilidad; o quizá por esta vida a contrarreloj que sufrimos y nos impide detenernos simplemente un par de minutos, escuchar y disfrutar de la belleza. La respuesta a esta pregunta es lo que pretendió averiguar el Washington Post a través de un curioso experimento: colocó a Joshua Bell, uno de los violinistas más prestigiosos del mundo, en el vestíbulo de una transitada estación del metro de Washington, en plena hora punta; el músico callejero (por un día) estuvo haciendo gala de su virtuosismo durante casi una hora ante los indiferentes transeúntes. Más de mil personas pasaron frente a Bell y apenas una decena se detuvieron a escuchar las maravillosas piezas de Bach y Schubert interpretadas por el maestro con un Stradivarius "Gibson ex Huberman", único en el mundo y valorado en tres millones de dólares. Solo una mujer, que reconoció a Bell, se detuvo a escuchar durante varios minutos y luego charló con él unos instantes. Los otros mil y pico pasaron de largo a toda velocidad –la velocidad habitual- sin girar la mirada siquiera. Probablemente sin oír la magia siquiera.
Idéntico experimento se realizó en el metro de Madrid, de la mano del violinista libanés afincado en España Ara Malikian, y tampoco en esta ocasión apenas se detuvo nadie, salvo un par de transeúntes con poca prisa y quizá algo más de sensibilidad; ni siquiera los más caritativos, que lanzaban a la carrera unos céntimos en la funda del violín, cuya recaudación final sumó 5,35 euros. Ara Malikian, sin embargo, agradece la experiencia y reivindica el talento de sus colegas de la calle: “Tocar en lugares como estos es una verdadera vocación y hay intérpretes muy buenos”. Y tiene razón. Los metros, plazas, callejuelas y parques del mundo están repletos de grandísimos músicos, ya sean jóvenes en busca de una oportunidad, exmúsicos profesionales caídos en desgracia o, simplemente, homeless de portentoso talento natural.



Tal es el caso de Damián Salazar, un joven virtuoso de la guitarra eléctrica que toca en la calle Florida de Buenos Aires y que a sus 19 años de puro talento se ha convertido en una verdadera celebridad, interpretando con su peculiar estilo los más famosos punteos de artistas como Guns and Roses, Dire Straits, Scorpions o Pink Floyd. Lo mismo que Tim, maestro del punteo bluesero, y ya una leyenda callejera en su desnudo escenario de piedra, a los pies de la Ópera de la Bastilla en París. Algunos años más tiene el simpático abuelo que interpreta Johnny Be Goode en una calle de Bruselas, acompañado únicamente de su guitarra acústica, su barba de Papá Noel y una inquebrantable pasión por los clásicos del rock&roll. John William Windham, también abuelo, tocaba el blues con el corazón en las aceras de San Francisco, entre el parque junto al estadio de los Giants y la tercera parada de autobús de la 22; vivía en la calle desde hacía años y allí fue robado y asesinado en 2007; pero los que le escucharon tocar aún recuerdan su sempiterno cigarrillo colgado de los labios, su mirada pícara y su blues de alma negra al más puro estilo Mississippi, donde había nacido 70 años atrás.
Otra vieja gloria de las estaciones de metro y autobuses de Nueva York es conocido y reconocido como Danny Small. Una voz portentosa que interpreta con maestría clásicos del soul (Jackie Wilson, My Girl, Sitting On The  Dock Of The Bay, Without You In My Life…), y que encandila a cualquier mortal que pase por ahí y tenga un mínimo gusto por la buena música. “Nunca aprendí a cantar; simplemente escucho una canción y la interpreto. ¡Canto sin cantar!” dice, y se ríe. Danny llegó a tener una banda, pero ahora vive en el metro, en algún punto entre Harlem y el Midtown. Y es feliz, porque ama cantar y en cada “concierto” reúne a su alrededor unas decenas de agradecidos admiradores de ese talento inmenso y generoso.
Lo mismo que el mítico Grandpa Elliott, un icono de las calles de Nueva Orleans durante décadas; su voz, su armónica y su reconfortante presencia han tocado incontables corazones a lo largo de los años, y especialmente tras el devastador paso del Huracán Katrina. Hoy, el anciano y jovial Grandpa ha dejado la calle para ser el alma de una peculiar banda formada por músicos callejeros de todo el mundo, unidos en un movimiento cuya misión es tratar de cambiar la sociedad a través de la música. Su nombre, Playing for Change Fundation.
               La idea nació hace una década, cuando la abogada, coreógrafa y actriz Whitney Kroenke conoció al productor musical y director Mark Johnson en Los Angeles y juntos dieron forma a este proyecto. Mark había perfeccionado un estudio móvil con el que grababa a músicos callejeros de todo el mundo interpretando una misma canción, cada uno con su instrumento o su voz, para luego combinar sonido e imagen en un original, multiétnico y maravilloso vídeo. El primer capítulo se empezó a grabar y filmar en octubre de 2001 con el mítico soul Stand By Me, de Ben E. King.
El estudio de grabación móvil empezó a recorrer el mundo localizando músicos que ‘tocaran’ el corazón. Los primeros fueron Grandpa Elliott, en Nueva Orleans, y Roger Didley, conocido en las calles de Santa Mónica como “la voz de Dios”; todo talento, alma y dedicación, y cuya interpretación de Stand By Me sobrecogió el corazón de Mark y le convenció de que el proyecto debía seguir adelante (“esta canción dice: no importa quién seas, no importa dónde vayas, lo único importante es que tengas alguien a tu lado” introduce Didley al comenzar su canción). A ellos se fueron uniendo la tabla de lavar de ‘Washboard’ Chaz (Nueva Orleans), la voz de Clarence Bekker (Amsterdam), la percusión tribal de Twin Eagle Drum Group (Nuevo México), la pandereta de François Vigué (Toulouse), la mandolina de Cesar Pope (Río de Janeiro), el chelo de Dimitri Doganov (Moscú) el coro africano de Sinamuva (Congo), el saxo de Stefano (Pisa), la batería de Kissangwa (Congo), las guitarras de Geraldo & Dionisio (Caracas), el contrabajo de Pokei Klaas (Sudáfrica) y los bongos de Django Degen (Barcelona).

Hoy son ya 76 los episodios grabados por Playing for Change en las calles de todo el planeta, cada uno de ellos una auténtica e inspiradora joya musical. Fieles a su lema “conectando al mundo a través de la música”, han creado una banda liderada por Grandpa Elliott y formada por músicos africanos, europeos y americanos que recorre el mundo alegrando los corazones e iluminando las almas de cientos de miles de personas, y recaudando fondos para ayudar a músicos sin recursos y otros proyectos solidarios. Cuando regresen a España no se lo pierdan, les tocará de lleno.
“La música nos rodea. Lo único que tenemos que hacer es escucharla” sentencia el portentoso y precoz August Rush en esa maravillosa oda a la música como forma de vida —en la calle, en un club o en un auditorio— que es El triunfo de un sueño. Una película imprescindible para todos aquellos que nos detenemos unos minutos a escuchar el talento callejero, sólo por el placer de escuchar buena música.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Lo Que De Verdad Importa: mucha gente buena (y contagiosa)




“La vida no son los momentos vividos sino las personas que has ido conociendo por el camino”. No recuerdo cuándo ni cómo ni a través de qué o quién me llegó esta frase. Sólo sé que fue hace relativamente poco y que la adopté como propia al instante. Como propia y como cierta, al menos estos últimos años. Porque desde que asistí a mi primer congreso de Lo Que De Verdad Importa, allá por el año 2009, no he hecho más que conocer gente excepcional. Gente buena, generosa, entregada, bondadosa, valiente, tenaz, inspiradora; y con una capacidad inconmensurable de darse a los demás, sin pedir nada a cambio más allá de una sonrisa, un abrazo o un ‘gracias’.


Hablo, por supuesto, de los ponentes que han pasado por los congresos, extraordinarios ejemplos de lo que de verdad importa, y cuyas historias he tenido el inmenso privilegio de escribir. A muchos de ellos, además, he tenido la suerte de conocer en persona: Pablo Pineda, Nando Parrado, Irene Villa (y su madre, Mariaje, un fenómeno), Lucía Lantero, Pedro García Aguado, Marimar García, Jorge Font, Shane O’Doherty, Kyle Maynard, la familia De Villota, Bosco Gutiérrez Cortina, Antonio Rodríguez "Toñejo", Anne Dauphine Juliand, Miriam Fernández… Con todos ellos he compartido charlas, abrazos, canapés, confidencias, canciones, anécdotas, risas… Y de todos ellos he aprendido lecciones de vida valiosísimas, de esas que no se aprenden en los libros, de esas que sólo se aprenden por contacto, por conexión, por contagio.


Pero lo excepcional de esta gran familia que es la Fundación Lo Que De Verdad Importa no está sólo encima del escenario. Está, sobre todo, detrás. Y delante. Son María Franco, Pilar Cánovas y Carolina Barrantes, y todo su equipo de locas maravillosas, que han conseguido imposibles durante estos 9 años; y lo que les queda. Son los patronos y los patrocinadores y el presidente y los colaboradores y los voluntarios. Son los fans incondicionales, que siempre están ahí, que siempre estarán ahí, para lo que haga falta. Son los miles de jóvenes que han pasado por los congresos, que abarrotan cada auditorio edición tras edición y que se van a casa con la lección bien aprendida; y que nos van a dar mil vueltas cuando lleguen a nuestra edad, porque ellos han sabido mucho antes que nosotros lo que de verdad importa.

Mucha gente buena como la que abarrotó ayer en el Palacio de Congresos de la Comunidad de Madrid. Más de 2.000 jóvenes y no tan jóvenes predispuestos al contagio. Que bailaron y corearon ese himno inmortal a la solidaridad que es Stand By Me, y que nos regaló el gran Clarence Bekker, voz y alma de la Fundación Playing For Change, para abrir el Congreso. Un comienzo perfecto para ir ambientando la jornada.


Gente buena como Alexia Vieira, una “adolescente normal” –rebelde, mala estudiante, tenaz y valiente, muy valiente, eso sí- que se reinventó en alma de la Fundación Khanimambo (‘gracias’), y que lleva 9 años dando esperanza, futuro y alegría a miles de niños en Mozambique. Alexia nos dio una valiosa lección de coraje, de confianza, de amor; de lo que es dar y recibir; de magia, de sonrisas y sueños cumplidos, por muy imposibles que parezcan. Nos enseñó que tenemos que abrir más nuestro corazón, a todos, a todo. Y que hay que dar las gracias cada día, cada minuto, por la suerte que tenemos. Y que hay que sonreír. Sonreír todo el tiempo. Una enseñanza que ellos, los niños de Khanimambo, tienen perfectamente aprendida.

Gente buena como Jennifer Teege, que tuvo el coraje de compartir abiertamente su escalofriante historia. Una historia que comenzó a sus 38 años, el día que descubrió por casualidad que era nieta de un monstruo, uno de los nazis más despiadados que dirigieron los campos de exterminio: Amon Goeth. Una verdad cruel y escalofriante a la que tuvo que enfrentarse, con la que tuvo que luchar (depresiones, contradicciones, miedo, asco…), con la que tiene que vivir. Jennifer, a quien su propio abuelo habría matado por el solo hecho de ser negra, nos recordó que aprender del pasado es la única fórmula para no repetirlo; y no hemos estado tan lejos de hacerlo en las últimas décadas.

Gente buena como Enhamed Enhamed, a quien perder la vista a los ocho años no le ha impedido coleccionar records y medallas de oro en la piscina olímpica (“No perdí la vista, gané la ceguera”). Ni le han quitado un ápice de ese sentido del humor, desbordante y contagioso, que inundó el escenario y se llevó al público de calle (un verdadero crack). Y que nos enseñó el valor del esfuerzo y de la ilusión, que todo lo que sea fácil es enemigo de lo bueno; que el miedo hiere más que aquello a lo que temes; y que los éxitos sólo merecen la pena si se comparten. Y, sobre todo, a través de su inseparable perrita Adele, nos enseñó el inestimable valor de la confianza ciega; no sólo para quien no puede ver.

Gente buena como Pedro García Aguado, que forma parte de la familia de LQDVI casi desde el principio. Un gran tipo, en todos los sentidos. Otro valiente, que superó su adicción al alcohol y a las drogas -a las máscaras, a la falsedad, al oropel- a base de echarle valor y valores a su vida rota. Un tipo que ha visto cosas que no creeríamos, y que se ha enfrentado a ellas a cara descubierta; que ha hecho de su debilidad pasada su causa presente, por y para los jóvenes, que son el futuro de todo. Una vida nada fácil, la de Pedro, ni en el éxito (el esfuerzo, el sacrificio, la presión) ni en el fracaso (la adicción, la familia, la pérdida), que ha sabido convertir en una lección impactante y necesaria, de las que no se pueden ni se deben olvidar.

Y una lección extra e inesperada. Andrés Marcio. Un fenómeno de apenas 13 años que nos dio a todos una lección magistral de madurez, de sentido del humor, de inteligencia emocional, de valentía, de alegría de vivir. Un niño pegado a una silla de ruedas por culpa de una enfermedad degenerativa y cruel (que ha paralizado su cuerpo casi por completo), y pegado también a una sonrisa perenne y luminosa. Andrés nos dio, quizá, la lección más potente y contagiosa del día. Gracias, Marta Barroso, por traérnoslo.

Mucha gente buena, sí, la que se junta alrededor de Lo Que De Verdad Importa. De esa que te pega sólo cosas buenas, valiosas, importantes. De esa que, sencillamente, te hace mejor persona. Por puro contagio. Y ahí estamos desde hace años, a ver si se nos contagia algo. O mucho.




jueves, 18 de septiembre de 2014

LA MUERTE DEL EGOÍSMO. 32 razones para leer y compartir el libro (I)


Estas son algunas de las 32 historias, reales y extraordinarias, que podéis encontrar en mi último libro La muerte del egoísmo. Locos revolucionarios que eligieron un día el camino más difícil para alcanzar el éxito: el del sacrificio, el de la entrega, el del esfuerzo. El de la bondad. El de la generosidad. Darlo todo por nada y nunca medir lo que das, escribió el poeta. A veces, incluso, la propia vida.
El libro La muerte del egoísmo (Ed. Palabra) lo podéis encontrar en librerías (TROA, Casa del Libro, El Corte Inglés, San Pablo...) y en Amazon.  








MAR AFUERA. Una Familia feliz

Aparentemente, la familia García Garrido es una de esas familias corrientes, que vive una vida corriente en un barrio corriente. Nada fuera de lo común. Pero cuando los conoces, cuando compartes con ellos la risa, la complicidad, la ilusión y la alegría de vivir, descubres que, en realidad, estás ante una familia extraordinaria, compuesta por personas extraordinarias y que dan cada día un ejemplo extraordinario de lo que es la felicidad.  A pesar de la desgracia, a pesar de la enfermedad. Y es que Loli, Toni y sus seis hijos no es que hayan matado el egoísmo, lo han pulverizado. Directamente.




EQUIPO HOYT. Mi padre es mi héroe

El Ironman es la prueba más dura y exigente del Triatlón: 3.800 metros nadando en mar abierto, 180 km en bicicleta y 42,2 km de carrera a pie. Sólo los atletas más resistentes y preparados tienen el valor de participar, después de años de entrenamiento. Si a esa dureza extrema le añadimos remolcar una pesada barca mientras nadas, cargar con un sidecar acoplado a tu bicicleta y correr empujando una silla de ruedas con un individuo de 70 kilos encima, ya no eres un atleta, eres un héroe. Y hace falta mucho más que el más exigente de los entrenamientos para llegar a la meta. Hace falta sentir mucho amor por ése a quien llevas. Tanto, que verle sonreír mientras tú resoplas por el esfuerzo sea tu mayor recompensa.



MOIRA KELLY. Madre sólo hay una

La imagen es conmovedora en el programa de la television australiana: sobre el escenario, un joven iraquí con serias deformaciones sujeta el micrófono con sus muñones mientras realiza una interpretación sublime de Imagine; en la mesa del jurado, llanto contenido y sincera admiración; en el público, llanto incontenido y entregada devoción; y en el backstage, la alegría y el orgullo desbordados de una madre que consigue a duras penas no saltar al escenario para abrazar a su hijo. El joven se llama Emmanuel. Su madre adoptiva, Moira Kelly; una discípula aventajada de la Madre Teresa que protagoniza una historia de amor, entrega y fe.



MÁS ALLÁ DE UN ROSTRO. ¿Incapacidad? No, capacidades distintas

Visto desde fuera, tener un hijo con síndrome de Down es, para la mayoría de la sociedad, una desgracia ajena. Visto desde dentro, para la mayoría de los padres la noticia es un shock; para algunos, incluso, una tragedia. Pero con el paso de los días, el drama va dejando paso a la comedia romántica y, con los años, la presunta tragedia se convierte, casi sin excepción, en una maravillosa historia de amor.







JAVI. Yo también merezco celebrar la Navidad

“Yo nací un día que Dios estuvo enfermo” escribió el poeta del dolor. Puede que Javier Cosano, Javi, pensara lo mismo cuando tuvo edad suficiente para pensar. Y es que, durante los 40 años transcurridos desde el día en que nació, ha tenido sobradas razones para pensarlo. Y para sufrirlo. Gitano de raza y condición, huérfano de padre y abandonado por su madre, clinero desde los 11 años, drogadicto no mucho después, desde siempre durmiendo entre cartones, en una esquina cualquiera de una calle cualquiera de un barrio cualquiera de Madrid.





ES PAÍS PARA VIEJOS. Un merecido homenaje a nuestros mayores

En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.




JEFF Y CLIFF. La experiencia más humana

Jeff y Cliff son dos hermanos veinteañeros, huérfanos de madre, con un padre drogadicto y alcohólico al que no ven desde hace años, que un día deciden no permanecer ni un segundo más lamentando su mala suerte y comienzan una búsqueda de sí mismos a través de los demás. Pero no de cualquier “demás”, sino de los que están incluso más desheredados que ellos: los ‘sin techo’ de Nueva York, los niños perdidos de Lima y los leprosos de los bosques de Ghana. Tres experiencias reales como la vida, convertidas en un multipremiado documental que ha conmovido al mundo.




ROCÍO, IGNACIO, MARÍA E ÍÑIGO. La mejor lección del verano

Rocío e Ignacio no han hecho turismo solidario para ricos este verano. No han dormido en confortables suites con servicio, jacuzzi y terraza con vistas a la pobreza. No han lavado su conciencia occidental dejando unos dólares de propina en el cesto del “tercer mundo”. No. Rocío e Ignacio han comido, han dormido, han convivido codo con codo con la miseria. Porque han ido a la miseria a currar. De sol a sol. Y más.

María, como Rocío (su prima y su mejor amiga), eligió uno de los rincones más pobres y castigados del mundo para pasar sus vacaciones de verano: Camboya. Y, como además María nunca ha sido de mínimos, de entre toda la miseria que azota inmisericorde a los camboyanos desde hace décadas, eligió a los más olvidados, a los más desafortunados, a los más castigados… a los más necesitados: los niños que viven (sobreviven) en los infames basureros que rodean la ciudad de Phnom Phen. A ellos llevó María su sonrisa contagiosa, y a ellos dedicó también, junto a su hermano Iñigo y el resto de jóvenes voluntarios, cada minuto de las cinco intensas (y agotadoras y durísimas) semanas que vivieron en los campamentos de la organización Por la Sonrisa de un Niño.

LIZ MURRAY. Del infierno a Harvard

Cuando Antoine de Saint Exupéry dijo, en boca de su Principito, “a veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer” no se refería, probablemente, a Liz Murray y el pozo de miseria del que tenía que escapar. O sí. El caso es que eso fue exactamente lo que hizo Liz: intentarlo, y conseguirlo. Salir de la calle y entrar en Harvard. A pesar de que su vida decía que era absolutamente imposible.





BETHANY HAMILTON. Alma de surfer

Bethany Hamilton estaba predestinada a las olas desde que llegó a este mundo. Nació en la cuna del surf, Hawaii, de padres surferos, y desde niña se rodeó de hermanos, amigos y vecinos surferos. A los ocho años ya competía —y ganaba— en las salvajes olas de Oahu; luego siguieron decenas de campeonatos y de trofeos. Cuando cumplió trece, un tiburón envidioso reclamó su propio trofeo: el brazo izquierdo de Bethany. Sólo tres meses después estaba compitiendo de nuevo. Con un brazo menos, pero con una fe, un coraje y un espíritu que han conmovido al mundo entero, dentro y fuera del mar.

JAIME CABALLERO Y JACOBO PARAGES. Un corazón como un océano

Jaime nada por los que no pueden nadar. Jacobo por los que creen que no pueden. Jaime ha realizado proezas casi sobrehumanas con repercusión internacional. Jacobo ha superado desafíos con una alcance humano más allá de lo común. Ambos, Jaime y Jacobo, nadan por la mejor de las causas: los demás. No importa el alcance de sus retos, la medida de sus proezas; importa el alcance de su mensaje, la medida de su ejemplo, de su entrega. Importa, sobre todo, el tamaño de su corazón. Un corazón como un océano.











JACK TWYMAN. El jugador más valioso de la NBA

Jack Twyman fue uno de los jugadores más completos de la NBA, jugó 11 temporadas y disputó seis veces el 'All Star'; siempre hambriento de canasta, en la temporada 59-60 fue el primer jugador en la historia, junto al mítico Wilt Chamberlain, en superar los 30 puntos de media. A lo largo de su prolífica carrera batió varios records dentro de la cancha, pero la hazaña por la que siempre será recordado y admirado tiene más que ver con el compañerismo, la generosidad y el valor fuera de la cancha, en una época convulsa y violenta.
 






EL ALMA VIVA. Síndrome del cautiverio y felicidad

Están encerrados en su propio cuerpo, totalmente paralizado por una cruel enfermedad, pero con su cerebro intacto. No pueden moverse, ni hablar, ni alimentarse, ni realizar sus necesidades básicas sin ayuda; no pueden siquiera sonreír. Viven dentro de un cuerpo muerto, y sin embargo aún tienen ganas de vivir. Sufren un verdadero infierno cada minuto de cada día, y sin embargo no se sienten desgraciados. Muchos, incluso, aseguran ser felices.





PLAYING FOR CHANGE. Alguien a tu lado

Los músicos callejeros son habitualmente despreciados por los insensibles viandantes de las grandes ciudades o, en el mejor de los casos, simplemente ignorados. Algunos de ellos son molestos, es cierto; pero muchos otros poseen enorme talento, cuando no auténtica genialidad. Sólo nos piden que nos detengamos un minuto, que escuchemos su música y, si acaso, echemos una moneda o dos. Muy poco para lo mucho que ellos nos dan.





GINO BARTALI. El héroe silencioso

Gino Bartali, Il Ginettaccio,  fue un grande entre los grandes del ciclismo, un deportista extraordinario y un mito para el pueblo italiano, que lo adoraba como a un verdadero héroe; especialmente Mussolini, quien lo convirtió en símbolo viviente del Partido Nacional Fascista. Vencedor del Giro de Italia en siete ocasiones y del Tour de Francia en otras dos, ganador de cinco campeonatos nacionales y de unas cuantas clásicas, Bartali era un magnífico escalador, un corredor duro y tenaz, un líder generoso con su equipo… y un ser humano excepcionalmente valiente que se jugó la vida durante los años más duros del fascismo para salvar a ochocientos judíos del exterminio. Una hazaña, por cierto, que mantuvo en secreto hasta su muerte, y que fue descubierta por casualidad.