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lunes, 8 de abril de 2019

Nando Parrado. Milagro (y algo más) en Los Andes

Fernando Seler Parrado, Nando, era un joven deportista y buen estudiante en octubre de 1972. Jugador del equipo de rugby los Old Christians de Montevideo (uno de los mejores equipos de Uruguay), se dirigía junto con sus compañeros y algún familiar a Chile, para disputar un partido amistoso de exhibición. No llegaron. Su avión se estrelló en mitad de la cordillera de los Andes, a más de 4000 metros de altitud. Un desierto gélido e inaccesible, sin comida, sin agua, sin abrigo, sin apenas oxígeno, sin esperanza. Un ataúd blanco en el que Nando y sus amigos estuvieron enterrados en vida durante 72 días, en unas condiciones en las que es imposible la supervivencia humana. En teoría. Porque dieciséis de ellos lograron sobrevivir.



El ambiente que se respiraba en el interior del avión Fairchild mientras sobrevolaba el imponente macizo de roca y nieve era de juvenil diversión y camaradería. Hasta que asomó la primera turbulencia. La alegría se cortó en seco cuando comenzaron a chirriar los motores y las montañas se veían demasiado cerca del avión. Otra sacudida y el fuselaje comenzó a vibrar con extrema violencia. Luego, un fuerte temblor, un crujido terrible y el aire gélido invadió la cabina. A Nando apenas le dio tiempo a cruzar la mirada con su madre y su hermana Susy. Un segundo después, el golpe brutal. Y la nada.

Cuando Nando Parrado despertó del coma, habían transcurrido tres días desde el accidente. La primera noticia que recibió fue la muerte de su madre. La segunda, la muerte de su mejor amigo, Panchito. La tercera, el gravísimo estado de su hermana. Decidió aferrarse con todas sus fuerzas (escasas, aún) a esta última y dedicarse enteramente a su cuidado, alimentándola y masajeando sus piernas gangrenosas, consolando su delirio febril. Sus compañeros, liderados por el capitán del equipo, Marcelo, llevaban ya tres días organizando la supervivencia, administrando las barritas de chocolate, los cacahuetes y algunas botellas de vino y licor que constituían el único alimento disponible; habilitando los escasos cinco metros de fuselaje que habían quedado intactos tras el golpe (que partió el avión en dos: de la fila 9 hacia atrás, no quedó nada; a Nando le había tocado, por casualidad, la fila 9); apilando maletas, y asientos para taponar el hueco abierto en la parte trasera y mitigar en lo posible los 20 o 30 grados bajo cero de la noche.


Quedaban 32 supervivientes, cinco de ellos con heridas graves. A todos les mantenía vivos una única esperanza: ser rescatados. Solo tenían que aguantar unos días en esas terribles condiciones y acabaría su sufrimiento. A esa idea se aferraron con fervor casi religioso. Pero iban pasando los días y no había señal alguna de los equipos de rescate. Ni un helicóptero, ni una avioneta, nada. La tarde del octavo día Susy murió en los brazos de Nando. Le invadió una deprimente sensación de vacío y de soledad, pero ni siquiera pudo llorarla (“las lágrimas malgastan sal”). Pensó en su padre, y eso fue lo único que le dio nuevos motivos para seguir luchando.

En la mañana del undécimo día se selló definitivamente su condena a muerte. Lo escucharon por la radio (que habían conseguido medio arreglar tras el accidente): “Después de 10 días de búsqueda, las autoridades han decidido suspender las tareas de rescate. Es demasiado peligroso y después de tanto tiempo no hay probabilidades de que nadie sobreviva”. Los 29 supervivientes se quedaron en silencio. Luego, unos cayeron de rodillas, otros gritaron a las montañas, otros rezaron, otros se limitaron a llorar. Marcelo, el heroico líder hasta ese instante, el capitán que los había mantenido unidos y vivos durante 10 días, se desmoronó. Un segundo después, Roberto Canessa había asumido el liderazgo. Y Nando había decidido que él no iba a morir.

En el momento en que oí la radio vi lo que iba a pasar y me di cuenta al instante de que estábamos condenados a una muerte horrible. Y yo decidí que no quería morir así, decidí irme del avión, huir de allí. Pero no lo podía hacer, porque estábamos atrapados; caminábamos diez metros y nos hundíamos hasta la cintura en nieve virgen, con zapatos y ropa de verano. Yo solo miraba hacia las montañas, pensando por dónde iba a salir de ahí…” El espacio que tenían para vivir en el fuselaje del Fairchild era de 4,5 metros, justo detrás de la cabina (destrozada por el impacto). 27 dormían en el suelo, rotando para turnarse las partes más frías; dos de ellos, malheridos, permanecían colgados del techo en hamacas fabricadas con cinturones y butacas.

La noche del día 13, Nando no podía dormir. Se giró y golpeó la cara de Carlitos. “Carlitos, ¿qué estás pensando?” “Estaba pensando exactamente lo mismo que tú, Nando”. Lo mismo que pensaban también los otros. Diez minutos después, todos estaban hablando del tema en la gélida oscuridad. “Fue una conversación muy dura, muy dramática y muy sincera. Llegamos a la conclusión de que podíamos hacer tres cosas: unos optaban por el suicidio, ya que estábamos muertos; vamos todos a la grieta más cercana, nos cogemos de las manos y saltamos; morimos en 10 segundos en vez de esperar una muerte horrible, mirándonos a los ojos. Otros optaban por seguir rezando, con la esperanza de que nos vinieran a rescatar; yo les dije que tal vez rezar ayudara a mantener la esperanza, pero había que hacer algo. Entonces Roberto, el líder, saltó y dijo: ‘Sí sabemos lo que tenemos que hacer, ¡tenemos que comer! Para poder aguantar hasta el verano y tener fuerzas para salir”.


Todos ellos estaban ya condenados a muerte, y cualquier decisión que tomaran, saliera bien o mal, no iba a cambiar esa situación. Nando tomó la palabra: “Soy un muerto viviente, no importa lo que pase, yo estoy condenado a morir. Pero no quiero morirme sentado, y voy a intentar cualquier cosa para salir de aquí. Quiero abrazar a mi padre y decirle que estoy vivo”. Para lograrlo —para intentarlo siquiera— solo tenían una opción: alimentarse de los cuerpos de sus compañeros muertos. Como si hubieran donado sus órganos para que sus amigos tuvieran una mínima opción de sobrevivir.
            “Hicimos un pacto, los 27 que quedábamos vivos: ‘Por favor, si yo muero comed mi cuerpo para que al menos uno pueda salir de aquí’. Nosotros éramos católicos, y alguno lo vio como una Comunión, entregar nuestro cuerpo para salvar a nuestros amigos, como hizo Jesús. Para mí era simplemente la posibilidad de vivir, de volver a ver a mi padre. La solución a un problema, el del hambre. Aún quedaban otros problemas graves: el agua, el frío, los heridos”.

Pero si la supervivencia en aquellas condiciones era ya casi imposible, todavía podían empeorar. La noche del 29 de octubre, dos semanas y media después del accidente, sintieron un ruido extraño en la distancia, que fue haciéndose ensordecedor a velocidad vertiginosa; luego, un temblor, un potentísimo impacto y, finalmente, el silencio. En apenas unos segundos el fuselaje había quedado cubierto de nieve por una gigantesca avalancha. Varios de ellos quedaron aprisionados en la tumba blanca, sin poder respirar, sin posibilidad de mover un solo dedo. “Descubrí lo eterno que puede ser un minuto y medio. Sin respiración, en completa oscuridad. Uno no ve ni un centímetro delante… Estaba enterrado”. Los que quedaron fuera actuaron con heroica rapidez (“¡después de un shock tan tremendo!”), desenterrando los rostros que habían quedado bajo la nieve para que pudieran respirar.

“Yo no podía resistir más. No tuve pánico, solo sentí paz. Pensé que nunca imaginé que iba a morir bajo una avalancha, que era extraño. Pero a la vez un alivio”. Un minuto y medio llevaba Nando enterrado, a punto de estallarle los pulmones, cuando sintió una mano que le raspaba la cara y al instante un chorro de aire helado entrando por su garganta. Dos horas después pudieron empezar a desenterrar el resto de su cuerpo. Otros no tuvieron tanta suerte: ocho murieron enterrados. Aunque todos los demás, los supervivientes, también permanecían enterrados en el fuselaje, ahora bajo tres metros de nieve. Tres días tardaron en cavar un túnel para poder salir a la superficie.
“La situación era esta: un agujero en la nieve y tres metros más abajo un trozo de fuselaje donde vivía gente (además de ocho cadáveres), en una montaña en mitad de los Andes”. Sin embargo, la avalancha también había salvado sus vidas, pues elevó la temperatura en el interior 15 o 20 grados, como en un igloo. Y disponían de 8 cuerpos más.



Esto sucedió dos semanas y media después del accidente. Pero aún quedaban dos meses hasta su rescate. ¿Y qué pasó durante aquellos 60 días? “Nada. Y mucho. Nada en acción, porque en cuanto andábamos unos metros nos hundíamos. Empezamos a experimentar calzados para la nieve: almohadones atados a los pies, planchas de aluminio. Inventamos gafas de sol, máquinas de hacer agua, un saco de dormir con las fundas de los asientos. A mí me eligieron jefe de expedición, supongo que porque yo solamente quería salir de ahí”. Aunque era una muerte segura (frío, avalanchas, grietas…) Nando no tenía dudas al respecto: “moriré luchando contra esta montaña, pero al menos lo intentaré”. Para él, sin embargo, no era ningún acto heroico: “el coraje viene del miedo”.
Los días y las semanas transcurrían desesperadamente lentas. Y las fuerzas se iban minando con rapidez. Dos más murieron. Los rostros demacrados, los cuerpos famélicos, las mentes débiles y desesperanzadas de este flamante equipo de jóvenes guerreros tan solo unos días atrás, clamaban por una salida. No podían esperar hasta el verano, porque la montaña les estaba matando poco a poco. Eligieron un día para la expedición, el 12 de diciembre. La noche anterior ultimaron los preparativos: dos pantalones, dos camisetas, una camisa, un jersey y una cazadora de algodón. Por la mañana, los tres expedicionarios (Antonio, Roberto y Nando) se abrazaron a sus compañeros y partieron montaña arriba. A 5000 metros de altitud, y con sus exiguas fuerzas, cada paso suponía un esfuerzo brutal; no se lo esperaban. Esa noche durmieron los tres abrazados dentro del saco y al día siguiente decidieron que Antonio debía volver con los demás; su ritmo entorpecía la marcha.


“Seguimos subiendo y subiendo, y al llegar a la cima (esta es una lección en mi vida) descubrimos que era una falsa cima. No podíamos más, pero había que seguir. Hubo cuatro de esas falsas cimas, y las cuatro veces no podíamos más. La última era la peor de todas. No había rocas donde agarrarse, no teníamos guantes (era como golpearse los dedos como un martillito durante horas y horas); no había oxígeno. Tardamos 14 horas en subir 60 metros; toda la noche, gritando, llorando, insultando a la suerte; orinándonos en las manos y en las piernas tratando de calentarlas. Cuando llegamos, a la mañana siguiente, hacía sol. Dios nos había bendecido con los días de mejor tiempo que uno pueda imaginarse”.
El mazazo llegó unos minutos después. “¿Ves verde?”, preguntaba Roberto, que aún no había llegado hasta arriba. “¡Dime que ves verde!” Nando no fue capaz de responder; apenas podía respirar. Ante él, 360 grados a su alrededor, solo se veían “montañas, montañas y nada más que montañas”; moles de roca y nieve hasta donde alcanzaba la vista. Moles de roca y  nieve que aplastaron sus esperanzas sin contemplación, en un instante. O casi. “Los siguientes 40 o 50 segundos fueron los más importantes de mi vida, porque tomé la decisión más difícil  de mi vida. Decidí cómo iba a morir. Le dije a Roberto ‘hacia atrás no podemos volver y aquí no vamos a morir. Yo me voy. Cada paso que dé estaré más cerca de mi padre’. Y él me dijo: ‘hemos hecho tantas cosas juntos que vamos a hacer una más, moriremos juntos’”.

Fueron bajando hacia un valle y luego otro, caminando sin descanso durante diez días, kilómetros y kilómetros de nieve, hielo, rocas, grietas y ríos. Y cuando ya no podían dar un solo paso, caminaban diez o doce horas más. “Rezábamos mucho, cada paso era un Avemaría; yo con la imagen de mi padre, y sin fuerzas, pero caminando, siguiendo adelante”. Un paso más, un esfuerzo más; en su mente recordaba la historia de su padre, cuando ganó el Campeonato Sudamericano de remo; a 50 metros de la meta su cuerpo estaba al límite, le estallaban los pulmones, los músculos agarrotados, sólo quería rendirse, dejar de sufrir; entonces miró a su contrincante y vio el mismo sufrimiento en su rostro, y empezó a remar con más fuerza, un poco más, un poco más, hasta que atravesó la meta, el primero. “Esa historia, años después, me salvó la vida”.


Diez días después, consumidos por el agotamiento, la suerte (el milagro) decidió que Roberto se sentara mirando hacia la montaña que tenía enfrente, mientras Nando observaba la puesta de sol. Roberto gritó “¡Un hombre! ¡Un hombre a caballo!” Estaba a unos 300 metros. Comenzaron a gritar y el hombre les hizo una seña, justo antes de que el sol se ocultara por completo. Aquella noche no durmieron, de pura excitación. Al amanecer, bajaron la montaña y llegaron hasta un río, infranqueable y ensordecedor; al otro lado, a 20 metros de distancia, el hombre y su caballo. Le hicieron señas y el hombre les lanzó una piedra envuelta en un papel y un lápiz bien atado. Le devolvieron la piedra con este mensaje: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Tengo 14 amigos ahí arriba. No tenemos comida. ¿Cuándo nos vienen a buscar arriba? Por favor”. El hombre les lanzó un poco de queso y pan y se marchó.

Regresó al día siguiente con caballos, comida y ayuda. Les mostraron un mapa para que señalaran el lugar donde estaba el avión. “¡Pero si esto está a 60 kilómetros! Ustedes no pueden haber atravesado los Andes con esa ropa; ni haber sobrevivido dos meses y medio en las montañas”. Cuatro horas después llegó el helicóptero desde Santiago de Chile. Nando subió, muerto de miedo por las fuertes turbulencias, y guio al equipo de rescate hasta los restos del Fairchild. Era muy arriesgado aterrizar, pero consiguió bajar lo suficiente como para que tres supervivientes pudieran subir al avión, que se lanzan sobre Nando y le cubren de besos, abrazos y lágrimas. “Aún recuerdo sus caras, con una alegría inmensa de estar vivos de nuevo”. Una horas más tarde, todos estaban a salvo en el hospital. La muerte había quedado definitivamente atrás, en las montañas, y para los dieciséis acababa de empezar una nueva vida.


“Yo aprendí muchas cosas: por ejemplo a sobrevivir en cualquier circunstancia. Pero eso no es lo más importante. Lo que modificó realmente mi vida es lo que aprendí al volver a casa”. Sentado frente a frente con su padre, ante las sillas vacías de su madre y de su hermana. La tristeza, la ausencia. Su padre le dice. “No miremos hacia atrás, no podemos cambiar el pasado. Miremos hacia adelante. Y no pienses que esto es lo más importante de tu vida. Tienes que vivir, crear una familia, trabajar, cometer errores…”

Nando rehízo su vida. Alcanzó el éxito como empresario, continuó su pasión por los deportes. Conoció a Veronique, su esposa; tuvieron dos preciosas hijas, Cecilia y Verónica, que cada vez que le abrazan es como si le dijeran “gracias papá por haber sufrido lo que sufriste, porque si no, nosotras no estaríamos respirando”. Y cada minuto que pasa con ellas, con su padre, con sus amigos, Nando se da cuenta de qué es lo que de verdad importa: “lo único que vale es el amor y los afectos; lo demás desaparece en un segundo”. Como le dijo su padre: “no cometas el mismo error que yo, que esperé a decirle cosas a tu madre que luego no pude, porque no tuve tiempo; así que vive, quiere a tu familia y diles todos los días lo que significan para ti”.


Lo más importante que Nando aprendió allí, durante 72 días de sufrimiento extremo, mirando a la muerte cada minuto, fue el significado de la palabra Amor: “El calor de mis hijas cuando las acuesto cada noche o la presencia callada de mi esposa Veronique cerca de mí, momentos que no se repetirán, esos son los valores importantes y duraderos”. Y el significado de la palabra Amistad: sus compañeros de los Andes siguen siendo sus mejores amigos 40 años después; se ven a menudo, comparten sus vidas, se ayudan cuando tiene problemas, se quieren. Y todos conservan la misma ética, los mismos valores (generosidad, esfuerzo, unidad, entrega…) que salvaron sus vidas en aquel test imposible.

“Gracias a esa experiencia, hoy valoro infinitamente más cada instante, vivo sobre todo el presente. Disfrutar cada aliento es sensacional. Vivo de regalo todos los días en honor de los que no tuvieron mi suerte”. Y lo más importante, su sufrimiento en los Andes se llevó todo lo trivial e insignificante. “Todos nos dimos cuenta de que lo único crucial en esta vida es amar y ser amado”.


Esta historia la escribí originalmente para el  libro Lo Que De Verdad Importa (Volumen I), editado por Lunwerg.



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Lo Que De Verdad Importa: mucha gente buena (y contagiosa)




“La vida no son los momentos vividos sino las personas que has ido conociendo por el camino”. No recuerdo cuándo ni cómo ni a través de qué o quién me llegó esta frase. Sólo sé que fue hace relativamente poco y que la adopté como propia al instante. Como propia y como cierta, al menos estos últimos años. Porque desde que asistí a mi primer congreso de Lo Que De Verdad Importa, allá por el año 2009, no he hecho más que conocer gente excepcional. Gente buena, generosa, entregada, bondadosa, valiente, tenaz, inspiradora; y con una capacidad inconmensurable de darse a los demás, sin pedir nada a cambio más allá de una sonrisa, un abrazo o un ‘gracias’.


Hablo, por supuesto, de los ponentes que han pasado por los congresos, extraordinarios ejemplos de lo que de verdad importa, y cuyas historias he tenido el inmenso privilegio de escribir. A muchos de ellos, además, he tenido la suerte de conocer en persona: Pablo Pineda, Nando Parrado, Irene Villa (y su madre, Mariaje, un fenómeno), Lucía Lantero, Pedro García Aguado, Marimar García, Jorge Font, Shane O’Doherty, Kyle Maynard, la familia De Villota, Bosco Gutiérrez Cortina, Antonio Rodríguez "Toñejo", Anne Dauphine Juliand, Miriam Fernández… Con todos ellos he compartido charlas, abrazos, canapés, confidencias, canciones, anécdotas, risas… Y de todos ellos he aprendido lecciones de vida valiosísimas, de esas que no se aprenden en los libros, de esas que sólo se aprenden por contacto, por conexión, por contagio.


Pero lo excepcional de esta gran familia que es la Fundación Lo Que De Verdad Importa no está sólo encima del escenario. Está, sobre todo, detrás. Y delante. Son María Franco, Pilar Cánovas y Carolina Barrantes, y todo su equipo de locas maravillosas, que han conseguido imposibles durante estos 9 años; y lo que les queda. Son los patronos y los patrocinadores y el presidente y los colaboradores y los voluntarios. Son los fans incondicionales, que siempre están ahí, que siempre estarán ahí, para lo que haga falta. Son los miles de jóvenes que han pasado por los congresos, que abarrotan cada auditorio edición tras edición y que se van a casa con la lección bien aprendida; y que nos van a dar mil vueltas cuando lleguen a nuestra edad, porque ellos han sabido mucho antes que nosotros lo que de verdad importa.

Mucha gente buena como la que abarrotó ayer en el Palacio de Congresos de la Comunidad de Madrid. Más de 2.000 jóvenes y no tan jóvenes predispuestos al contagio. Que bailaron y corearon ese himno inmortal a la solidaridad que es Stand By Me, y que nos regaló el gran Clarence Bekker, voz y alma de la Fundación Playing For Change, para abrir el Congreso. Un comienzo perfecto para ir ambientando la jornada.


Gente buena como Alexia Vieira, una “adolescente normal” –rebelde, mala estudiante, tenaz y valiente, muy valiente, eso sí- que se reinventó en alma de la Fundación Khanimambo (‘gracias’), y que lleva 9 años dando esperanza, futuro y alegría a miles de niños en Mozambique. Alexia nos dio una valiosa lección de coraje, de confianza, de amor; de lo que es dar y recibir; de magia, de sonrisas y sueños cumplidos, por muy imposibles que parezcan. Nos enseñó que tenemos que abrir más nuestro corazón, a todos, a todo. Y que hay que dar las gracias cada día, cada minuto, por la suerte que tenemos. Y que hay que sonreír. Sonreír todo el tiempo. Una enseñanza que ellos, los niños de Khanimambo, tienen perfectamente aprendida.

Gente buena como Jennifer Teege, que tuvo el coraje de compartir abiertamente su escalofriante historia. Una historia que comenzó a sus 38 años, el día que descubrió por casualidad que era nieta de un monstruo, uno de los nazis más despiadados que dirigieron los campos de exterminio: Amon Goeth. Una verdad cruel y escalofriante a la que tuvo que enfrentarse, con la que tuvo que luchar (depresiones, contradicciones, miedo, asco…), con la que tiene que vivir. Jennifer, a quien su propio abuelo habría matado por el solo hecho de ser negra, nos recordó que aprender del pasado es la única fórmula para no repetirlo; y no hemos estado tan lejos de hacerlo en las últimas décadas.

Gente buena como Enhamed Enhamed, a quien perder la vista a los ocho años no le ha impedido coleccionar records y medallas de oro en la piscina olímpica (“No perdí la vista, gané la ceguera”). Ni le han quitado un ápice de ese sentido del humor, desbordante y contagioso, que inundó el escenario y se llevó al público de calle (un verdadero crack). Y que nos enseñó el valor del esfuerzo y de la ilusión, que todo lo que sea fácil es enemigo de lo bueno; que el miedo hiere más que aquello a lo que temes; y que los éxitos sólo merecen la pena si se comparten. Y, sobre todo, a través de su inseparable perrita Adele, nos enseñó el inestimable valor de la confianza ciega; no sólo para quien no puede ver.

Gente buena como Pedro García Aguado, que forma parte de la familia de LQDVI casi desde el principio. Un gran tipo, en todos los sentidos. Otro valiente, que superó su adicción al alcohol y a las drogas -a las máscaras, a la falsedad, al oropel- a base de echarle valor y valores a su vida rota. Un tipo que ha visto cosas que no creeríamos, y que se ha enfrentado a ellas a cara descubierta; que ha hecho de su debilidad pasada su causa presente, por y para los jóvenes, que son el futuro de todo. Una vida nada fácil, la de Pedro, ni en el éxito (el esfuerzo, el sacrificio, la presión) ni en el fracaso (la adicción, la familia, la pérdida), que ha sabido convertir en una lección impactante y necesaria, de las que no se pueden ni se deben olvidar.

Y una lección extra e inesperada. Andrés Marcio. Un fenómeno de apenas 13 años que nos dio a todos una lección magistral de madurez, de sentido del humor, de inteligencia emocional, de valentía, de alegría de vivir. Un niño pegado a una silla de ruedas por culpa de una enfermedad degenerativa y cruel (que ha paralizado su cuerpo casi por completo), y pegado también a una sonrisa perenne y luminosa. Andrés nos dio, quizá, la lección más potente y contagiosa del día. Gracias, Marta Barroso, por traérnoslo.

Mucha gente buena, sí, la que se junta alrededor de Lo Que De Verdad Importa. De esa que te pega sólo cosas buenas, valiosas, importantes. De esa que, sencillamente, te hace mejor persona. Por puro contagio. Y ahí estamos desde hace años, a ver si se nos contagia algo. O mucho.




lunes, 3 de diciembre de 2012

Lo que de verdad importa. El libro de tu vida.


Cuando hace seis años María Franco, Carolina Barrantes y Pilar Cánovas inauguraron el primer congreso de Lo Que De Verdad Importa (una hazaña fruto de meses de duro trabajo e inagotables dosis de ilusión) no podían imaginar siquiera en qué se iba a convertir su ‘criatura’. La idea era maravillosamente simple, e inédita: hacer llegar a los jóvenes testimonios vivos y reales de personas vivas y reales, contadas en primera persona y en riguroso directo, y con una potente carga de profundidad en valores. Impactantes lecciones de vida –de amor, sacrificio, superación, esfuerzo, optimismo…- que sacudieran sus mentes con fuerza, hondura y clara voluntad de permanencia. Hoy, esa fiesta emocional cumple seis años sacudiendo a miles de jóvenes de toda España, y ahora también de Latinoamérica, a través de las valiosas experiencias de seres humanos extraordinarios, que han descubierto lo que de verdad importa en la vida. Y cuya sana voluntad es ayudarnos a los demás a descubrirlo.
Los últimos, por ahora, este pasado viernes en el Palacio de Congresos de Madrid: la complicidad extraordinaria y generosa de Philippe Pozo di Borgo y su “diablo de la guarda”, Abdel Sellou, los verdaderos protagonistas de la película Intocable; y la brutal lección de fortaleza y amor de Anne-Dauphine Julliand y su marido Loïc, que perdieron a su hija Thäis a los “tres años y tres cuartos” por una cruel enfermedad degenerativa, pero decidieron llenar sus días de vida, ya que no podían llenar su vida de días. Lo mismo que con su segunda hija, Azylis, que padece la misma enfermedad congénita y a la que Anne-Dauphine se negó a abortar; ha cumplido 6 años absolutamente llenos de vida. Y de amor.


Dieciocho dosis de optimismo
Dieciocho de estas experiencias vitales, que han pasado por los diferentes congresos de Lo Que De Verdad Importa desde su nacimiento, han tomado ahora forma de libro precisamente para poder llevar esos valores universales más allá de los congresos y de los jóvenes; esto es, a toda la sociedad. El objetivo, sacudir conciencias y obligarnos, siquiera un poco, a replantearnos nuestra propia escala de valores. Un libro que he tenido el privilegio de escribir para la Fundación LQDVI y que está predestinado a hacer mucho bien.
“Lo que de verdad importa son los sueños; si crees en los sueños, ellos se crearán”, nos dice Albert Espinosa, que vivió desde los 14 a los 24 años en un hospital para niños con cáncer; allí aprendió a ser feliz a pesar del durísimo tratamiento, de su pierna amputada y de su inocencia prematuramente perdida. Bernard Offen sobrevivió a cinco campos de concentración cuando era niño; siete décadas después quiere que no olvidemos aquel horror y nos enseña que valorar a todas las personas, próximas o lejanas, es la única forma de no repetir los mismos errores. Bertín Osborne reconoce que el día que nació su hijo Kike, con una grave lesión cerebral, fue el más duro de su vida; pero, a partir de ahí, nunca se ha sentido tan feliz ni tan digno: “ahora me puedo mirar al espejo y sentirme orgulloso de lo que veo”.
 



Bosco Gutiérrez Cortina aprendió, a lo largo de los 257 días de su secuestro, que nunca estuvo solo; junto a él permanecieron siempre su familia y su inquebrantable fe, que le permitieron mantener la cordura. El rapero Haze, en cambio, sucumbió a las malas compañías tratando de huir de la pobreza que le tocó en suerte; hoy, triunfador, dedica gran parte de su vida a llevar un poco de esperanza a los marginados. Como Shane O’Doherty, que fue el primer terrorista del IRA en pedir perdón a sus víctimas y la disolución a sus compañeros, y ahora cuida a los indigentes de Dublín. Irene Villa y su sonrisa nos enseñan que sí, que “se puede”; y que hay que mirar hacia delante, siempre, sin excusas. Como Jorge Font, parapléjico y ocho veces campeón del mundo de esquí acuático. Como la cantante Miriam Fernández, nacida con lesión cerebral, y ganadora del concurso ‘Tú sí que vales’; o el emprendedor Pau Garcia-Milà, que con apenas 18 años venció a los gigantes informáticos de Silicon Valley.


O como Kyle Maynard, a quien nacer sin brazos ni piernas no le impide atarse los cordones, ser campeón de lucha libre contra personas ‘enteras’, teclear 50 palabras por minuto en el ordenador o subir al Kilimanjaro sin ayuda. Nando Parrado también salió por su propio pie de su tumba de roca y hielo en los Andes, empujado por una férrea voluntad y el único deseo de vivir para poder abrazar a su padre. Jaume Sanllorente y Paco Moreno dejaron una vida cómoda y exitosa en España para vivir por y con los más necesitados, los desheredados del mundo, en los barrios de chabolas de Bombay o en la región más desértica de Etiopía. La lucha de Pablo Pineda, en cambio, está aquí: su permanente reivindicación de ser tratado como una persona normal (“¿De qué me sirve ser el primer síndrome de Down licenciado de Europa si no me dan trabajo?”).
Para William Rodriguez, lo que de verdad importa es hacer lo moralmente correcto, aunque esté en juego tu propia vida; lo demostró en las Torres Gemelas, salvando a decenas de personas mientras desafiaba a su propia muerte. Para Toni Nadal, es poner toda tu ilusión en lo que haces y estar contento con lo que te ha tocado vivir. Y para Marimar García, tetrapléjica, periodista y vitalista empedernida es disfrutar la vida y regalar tu sonrisa a los demás.
 
 
Estos son los valores que contiene este libro único y necesario (y que va camino de su 4ª edición). Único por sus protagonistas extraordinarios, reunidos por primera vez todos juntos entre dos solapas; y único por su cuidado formato, editado con mimo por Lunwerg, prologado por el mismísimo Rafa Nadal y repleto de vibrantes fotografías, muchas de ellas inéditas (cedidas por los propios protagonistas o realizadas por el fotógrafo Daniel Losada, que ha sabido retratar maravillosamente la belleza exterior y el espíritu más íntimo de cada uno de ellos).
 
Y necesario porque es un verdadero chute de optimismo, esperanza y agitación interior, en dieciocho generosas dosis directas al corazón. Dieciocho conmovedoras lecciones de vida que nos van a obligar a reflexionar y nos van a ayudar a descubrir lo que de verdad importa. Un maravilloso regalo, para hacerse y para hacer, que puede cambiar más de una vida.
 
La tuya, por ejemplo.