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lunes, 8 de abril de 2019

Nando Parrado. Milagro (y algo más) en Los Andes

Fernando Seler Parrado, Nando, era un joven deportista y buen estudiante en octubre de 1972. Jugador del equipo de rugby los Old Christians de Montevideo (uno de los mejores equipos de Uruguay), se dirigía junto con sus compañeros y algún familiar a Chile, para disputar un partido amistoso de exhibición. No llegaron. Su avión se estrelló en mitad de la cordillera de los Andes, a más de 4000 metros de altitud. Un desierto gélido e inaccesible, sin comida, sin agua, sin abrigo, sin apenas oxígeno, sin esperanza. Un ataúd blanco en el que Nando y sus amigos estuvieron enterrados en vida durante 72 días, en unas condiciones en las que es imposible la supervivencia humana. En teoría. Porque dieciséis de ellos lograron sobrevivir.



El ambiente que se respiraba en el interior del avión Fairchild mientras sobrevolaba el imponente macizo de roca y nieve era de juvenil diversión y camaradería. Hasta que asomó la primera turbulencia. La alegría se cortó en seco cuando comenzaron a chirriar los motores y las montañas se veían demasiado cerca del avión. Otra sacudida y el fuselaje comenzó a vibrar con extrema violencia. Luego, un fuerte temblor, un crujido terrible y el aire gélido invadió la cabina. A Nando apenas le dio tiempo a cruzar la mirada con su madre y su hermana Susy. Un segundo después, el golpe brutal. Y la nada.

Cuando Nando Parrado despertó del coma, habían transcurrido tres días desde el accidente. La primera noticia que recibió fue la muerte de su madre. La segunda, la muerte de su mejor amigo, Panchito. La tercera, el gravísimo estado de su hermana. Decidió aferrarse con todas sus fuerzas (escasas, aún) a esta última y dedicarse enteramente a su cuidado, alimentándola y masajeando sus piernas gangrenosas, consolando su delirio febril. Sus compañeros, liderados por el capitán del equipo, Marcelo, llevaban ya tres días organizando la supervivencia, administrando las barritas de chocolate, los cacahuetes y algunas botellas de vino y licor que constituían el único alimento disponible; habilitando los escasos cinco metros de fuselaje que habían quedado intactos tras el golpe (que partió el avión en dos: de la fila 9 hacia atrás, no quedó nada; a Nando le había tocado, por casualidad, la fila 9); apilando maletas, y asientos para taponar el hueco abierto en la parte trasera y mitigar en lo posible los 20 o 30 grados bajo cero de la noche.


Quedaban 32 supervivientes, cinco de ellos con heridas graves. A todos les mantenía vivos una única esperanza: ser rescatados. Solo tenían que aguantar unos días en esas terribles condiciones y acabaría su sufrimiento. A esa idea se aferraron con fervor casi religioso. Pero iban pasando los días y no había señal alguna de los equipos de rescate. Ni un helicóptero, ni una avioneta, nada. La tarde del octavo día Susy murió en los brazos de Nando. Le invadió una deprimente sensación de vacío y de soledad, pero ni siquiera pudo llorarla (“las lágrimas malgastan sal”). Pensó en su padre, y eso fue lo único que le dio nuevos motivos para seguir luchando.

En la mañana del undécimo día se selló definitivamente su condena a muerte. Lo escucharon por la radio (que habían conseguido medio arreglar tras el accidente): “Después de 10 días de búsqueda, las autoridades han decidido suspender las tareas de rescate. Es demasiado peligroso y después de tanto tiempo no hay probabilidades de que nadie sobreviva”. Los 29 supervivientes se quedaron en silencio. Luego, unos cayeron de rodillas, otros gritaron a las montañas, otros rezaron, otros se limitaron a llorar. Marcelo, el heroico líder hasta ese instante, el capitán que los había mantenido unidos y vivos durante 10 días, se desmoronó. Un segundo después, Roberto Canessa había asumido el liderazgo. Y Nando había decidido que él no iba a morir.

En el momento en que oí la radio vi lo que iba a pasar y me di cuenta al instante de que estábamos condenados a una muerte horrible. Y yo decidí que no quería morir así, decidí irme del avión, huir de allí. Pero no lo podía hacer, porque estábamos atrapados; caminábamos diez metros y nos hundíamos hasta la cintura en nieve virgen, con zapatos y ropa de verano. Yo solo miraba hacia las montañas, pensando por dónde iba a salir de ahí…” El espacio que tenían para vivir en el fuselaje del Fairchild era de 4,5 metros, justo detrás de la cabina (destrozada por el impacto). 27 dormían en el suelo, rotando para turnarse las partes más frías; dos de ellos, malheridos, permanecían colgados del techo en hamacas fabricadas con cinturones y butacas.

La noche del día 13, Nando no podía dormir. Se giró y golpeó la cara de Carlitos. “Carlitos, ¿qué estás pensando?” “Estaba pensando exactamente lo mismo que tú, Nando”. Lo mismo que pensaban también los otros. Diez minutos después, todos estaban hablando del tema en la gélida oscuridad. “Fue una conversación muy dura, muy dramática y muy sincera. Llegamos a la conclusión de que podíamos hacer tres cosas: unos optaban por el suicidio, ya que estábamos muertos; vamos todos a la grieta más cercana, nos cogemos de las manos y saltamos; morimos en 10 segundos en vez de esperar una muerte horrible, mirándonos a los ojos. Otros optaban por seguir rezando, con la esperanza de que nos vinieran a rescatar; yo les dije que tal vez rezar ayudara a mantener la esperanza, pero había que hacer algo. Entonces Roberto, el líder, saltó y dijo: ‘Sí sabemos lo que tenemos que hacer, ¡tenemos que comer! Para poder aguantar hasta el verano y tener fuerzas para salir”.


Todos ellos estaban ya condenados a muerte, y cualquier decisión que tomaran, saliera bien o mal, no iba a cambiar esa situación. Nando tomó la palabra: “Soy un muerto viviente, no importa lo que pase, yo estoy condenado a morir. Pero no quiero morirme sentado, y voy a intentar cualquier cosa para salir de aquí. Quiero abrazar a mi padre y decirle que estoy vivo”. Para lograrlo —para intentarlo siquiera— solo tenían una opción: alimentarse de los cuerpos de sus compañeros muertos. Como si hubieran donado sus órganos para que sus amigos tuvieran una mínima opción de sobrevivir.
            “Hicimos un pacto, los 27 que quedábamos vivos: ‘Por favor, si yo muero comed mi cuerpo para que al menos uno pueda salir de aquí’. Nosotros éramos católicos, y alguno lo vio como una Comunión, entregar nuestro cuerpo para salvar a nuestros amigos, como hizo Jesús. Para mí era simplemente la posibilidad de vivir, de volver a ver a mi padre. La solución a un problema, el del hambre. Aún quedaban otros problemas graves: el agua, el frío, los heridos”.

Pero si la supervivencia en aquellas condiciones era ya casi imposible, todavía podían empeorar. La noche del 29 de octubre, dos semanas y media después del accidente, sintieron un ruido extraño en la distancia, que fue haciéndose ensordecedor a velocidad vertiginosa; luego, un temblor, un potentísimo impacto y, finalmente, el silencio. En apenas unos segundos el fuselaje había quedado cubierto de nieve por una gigantesca avalancha. Varios de ellos quedaron aprisionados en la tumba blanca, sin poder respirar, sin posibilidad de mover un solo dedo. “Descubrí lo eterno que puede ser un minuto y medio. Sin respiración, en completa oscuridad. Uno no ve ni un centímetro delante… Estaba enterrado”. Los que quedaron fuera actuaron con heroica rapidez (“¡después de un shock tan tremendo!”), desenterrando los rostros que habían quedado bajo la nieve para que pudieran respirar.

“Yo no podía resistir más. No tuve pánico, solo sentí paz. Pensé que nunca imaginé que iba a morir bajo una avalancha, que era extraño. Pero a la vez un alivio”. Un minuto y medio llevaba Nando enterrado, a punto de estallarle los pulmones, cuando sintió una mano que le raspaba la cara y al instante un chorro de aire helado entrando por su garganta. Dos horas después pudieron empezar a desenterrar el resto de su cuerpo. Otros no tuvieron tanta suerte: ocho murieron enterrados. Aunque todos los demás, los supervivientes, también permanecían enterrados en el fuselaje, ahora bajo tres metros de nieve. Tres días tardaron en cavar un túnel para poder salir a la superficie.
“La situación era esta: un agujero en la nieve y tres metros más abajo un trozo de fuselaje donde vivía gente (además de ocho cadáveres), en una montaña en mitad de los Andes”. Sin embargo, la avalancha también había salvado sus vidas, pues elevó la temperatura en el interior 15 o 20 grados, como en un igloo. Y disponían de 8 cuerpos más.



Esto sucedió dos semanas y media después del accidente. Pero aún quedaban dos meses hasta su rescate. ¿Y qué pasó durante aquellos 60 días? “Nada. Y mucho. Nada en acción, porque en cuanto andábamos unos metros nos hundíamos. Empezamos a experimentar calzados para la nieve: almohadones atados a los pies, planchas de aluminio. Inventamos gafas de sol, máquinas de hacer agua, un saco de dormir con las fundas de los asientos. A mí me eligieron jefe de expedición, supongo que porque yo solamente quería salir de ahí”. Aunque era una muerte segura (frío, avalanchas, grietas…) Nando no tenía dudas al respecto: “moriré luchando contra esta montaña, pero al menos lo intentaré”. Para él, sin embargo, no era ningún acto heroico: “el coraje viene del miedo”.
Los días y las semanas transcurrían desesperadamente lentas. Y las fuerzas se iban minando con rapidez. Dos más murieron. Los rostros demacrados, los cuerpos famélicos, las mentes débiles y desesperanzadas de este flamante equipo de jóvenes guerreros tan solo unos días atrás, clamaban por una salida. No podían esperar hasta el verano, porque la montaña les estaba matando poco a poco. Eligieron un día para la expedición, el 12 de diciembre. La noche anterior ultimaron los preparativos: dos pantalones, dos camisetas, una camisa, un jersey y una cazadora de algodón. Por la mañana, los tres expedicionarios (Antonio, Roberto y Nando) se abrazaron a sus compañeros y partieron montaña arriba. A 5000 metros de altitud, y con sus exiguas fuerzas, cada paso suponía un esfuerzo brutal; no se lo esperaban. Esa noche durmieron los tres abrazados dentro del saco y al día siguiente decidieron que Antonio debía volver con los demás; su ritmo entorpecía la marcha.


“Seguimos subiendo y subiendo, y al llegar a la cima (esta es una lección en mi vida) descubrimos que era una falsa cima. No podíamos más, pero había que seguir. Hubo cuatro de esas falsas cimas, y las cuatro veces no podíamos más. La última era la peor de todas. No había rocas donde agarrarse, no teníamos guantes (era como golpearse los dedos como un martillito durante horas y horas); no había oxígeno. Tardamos 14 horas en subir 60 metros; toda la noche, gritando, llorando, insultando a la suerte; orinándonos en las manos y en las piernas tratando de calentarlas. Cuando llegamos, a la mañana siguiente, hacía sol. Dios nos había bendecido con los días de mejor tiempo que uno pueda imaginarse”.
El mazazo llegó unos minutos después. “¿Ves verde?”, preguntaba Roberto, que aún no había llegado hasta arriba. “¡Dime que ves verde!” Nando no fue capaz de responder; apenas podía respirar. Ante él, 360 grados a su alrededor, solo se veían “montañas, montañas y nada más que montañas”; moles de roca y nieve hasta donde alcanzaba la vista. Moles de roca y  nieve que aplastaron sus esperanzas sin contemplación, en un instante. O casi. “Los siguientes 40 o 50 segundos fueron los más importantes de mi vida, porque tomé la decisión más difícil  de mi vida. Decidí cómo iba a morir. Le dije a Roberto ‘hacia atrás no podemos volver y aquí no vamos a morir. Yo me voy. Cada paso que dé estaré más cerca de mi padre’. Y él me dijo: ‘hemos hecho tantas cosas juntos que vamos a hacer una más, moriremos juntos’”.

Fueron bajando hacia un valle y luego otro, caminando sin descanso durante diez días, kilómetros y kilómetros de nieve, hielo, rocas, grietas y ríos. Y cuando ya no podían dar un solo paso, caminaban diez o doce horas más. “Rezábamos mucho, cada paso era un Avemaría; yo con la imagen de mi padre, y sin fuerzas, pero caminando, siguiendo adelante”. Un paso más, un esfuerzo más; en su mente recordaba la historia de su padre, cuando ganó el Campeonato Sudamericano de remo; a 50 metros de la meta su cuerpo estaba al límite, le estallaban los pulmones, los músculos agarrotados, sólo quería rendirse, dejar de sufrir; entonces miró a su contrincante y vio el mismo sufrimiento en su rostro, y empezó a remar con más fuerza, un poco más, un poco más, hasta que atravesó la meta, el primero. “Esa historia, años después, me salvó la vida”.


Diez días después, consumidos por el agotamiento, la suerte (el milagro) decidió que Roberto se sentara mirando hacia la montaña que tenía enfrente, mientras Nando observaba la puesta de sol. Roberto gritó “¡Un hombre! ¡Un hombre a caballo!” Estaba a unos 300 metros. Comenzaron a gritar y el hombre les hizo una seña, justo antes de que el sol se ocultara por completo. Aquella noche no durmieron, de pura excitación. Al amanecer, bajaron la montaña y llegaron hasta un río, infranqueable y ensordecedor; al otro lado, a 20 metros de distancia, el hombre y su caballo. Le hicieron señas y el hombre les lanzó una piedra envuelta en un papel y un lápiz bien atado. Le devolvieron la piedra con este mensaje: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Tengo 14 amigos ahí arriba. No tenemos comida. ¿Cuándo nos vienen a buscar arriba? Por favor”. El hombre les lanzó un poco de queso y pan y se marchó.

Regresó al día siguiente con caballos, comida y ayuda. Les mostraron un mapa para que señalaran el lugar donde estaba el avión. “¡Pero si esto está a 60 kilómetros! Ustedes no pueden haber atravesado los Andes con esa ropa; ni haber sobrevivido dos meses y medio en las montañas”. Cuatro horas después llegó el helicóptero desde Santiago de Chile. Nando subió, muerto de miedo por las fuertes turbulencias, y guio al equipo de rescate hasta los restos del Fairchild. Era muy arriesgado aterrizar, pero consiguió bajar lo suficiente como para que tres supervivientes pudieran subir al avión, que se lanzan sobre Nando y le cubren de besos, abrazos y lágrimas. “Aún recuerdo sus caras, con una alegría inmensa de estar vivos de nuevo”. Una horas más tarde, todos estaban a salvo en el hospital. La muerte había quedado definitivamente atrás, en las montañas, y para los dieciséis acababa de empezar una nueva vida.


“Yo aprendí muchas cosas: por ejemplo a sobrevivir en cualquier circunstancia. Pero eso no es lo más importante. Lo que modificó realmente mi vida es lo que aprendí al volver a casa”. Sentado frente a frente con su padre, ante las sillas vacías de su madre y de su hermana. La tristeza, la ausencia. Su padre le dice. “No miremos hacia atrás, no podemos cambiar el pasado. Miremos hacia adelante. Y no pienses que esto es lo más importante de tu vida. Tienes que vivir, crear una familia, trabajar, cometer errores…”

Nando rehízo su vida. Alcanzó el éxito como empresario, continuó su pasión por los deportes. Conoció a Veronique, su esposa; tuvieron dos preciosas hijas, Cecilia y Verónica, que cada vez que le abrazan es como si le dijeran “gracias papá por haber sufrido lo que sufriste, porque si no, nosotras no estaríamos respirando”. Y cada minuto que pasa con ellas, con su padre, con sus amigos, Nando se da cuenta de qué es lo que de verdad importa: “lo único que vale es el amor y los afectos; lo demás desaparece en un segundo”. Como le dijo su padre: “no cometas el mismo error que yo, que esperé a decirle cosas a tu madre que luego no pude, porque no tuve tiempo; así que vive, quiere a tu familia y diles todos los días lo que significan para ti”.


Lo más importante que Nando aprendió allí, durante 72 días de sufrimiento extremo, mirando a la muerte cada minuto, fue el significado de la palabra Amor: “El calor de mis hijas cuando las acuesto cada noche o la presencia callada de mi esposa Veronique cerca de mí, momentos que no se repetirán, esos son los valores importantes y duraderos”. Y el significado de la palabra Amistad: sus compañeros de los Andes siguen siendo sus mejores amigos 40 años después; se ven a menudo, comparten sus vidas, se ayudan cuando tiene problemas, se quieren. Y todos conservan la misma ética, los mismos valores (generosidad, esfuerzo, unidad, entrega…) que salvaron sus vidas en aquel test imposible.

“Gracias a esa experiencia, hoy valoro infinitamente más cada instante, vivo sobre todo el presente. Disfrutar cada aliento es sensacional. Vivo de regalo todos los días en honor de los que no tuvieron mi suerte”. Y lo más importante, su sufrimiento en los Andes se llevó todo lo trivial e insignificante. “Todos nos dimos cuenta de que lo único crucial en esta vida es amar y ser amado”.


Esta historia la escribí originalmente para el  libro Lo Que De Verdad Importa (Volumen I), editado por Lunwerg.



domingo, 5 de febrero de 2017

La batalla -sin sangre- de Croke Park

Más allá del sobredimensionado fútbol hay otros deportes. Y más allá de las continuas lecciones de egolatría, deshonestidad, fanatismo y juego sucio que aporta el fútbol a la sociedad, hay otros deportes llamados minoritarios (que son todos menos el fútbol) que nos ofrecen permanentemente lecciones de todo lo contrario: humildad, respeto, deportividad, nobleza. El rugby es uno de ellos. Y ahora que comienza el torneo de las 6 Naciones, es el momento perfecto para recordar una de esas lecciones. 
Hace 10 años, el 24 de febrero de 2007, los irlandeses ofrecieron al mundo una ejemplar demostración de lo que es deporte y lo que es respeto a los símbolos de los demás, incluso de aquellos que mancharon ese mismo césped con sangre irlandesa 87 años atrás. Hablamos de rugby. Hablamos de historia.


Domingo 21 de noviembre de 1920. La GAA (Gaelic Athletic Association) presenta el gran desafío de la temporada de fútbol gaélico, que enfrenta a los equipos de Tipperary y Dublín. El encuentro está anunciado a las 2:45 p.m., en el magnífico estadio de Croke Park, el más grande del país, orgullo de Irlanda y guardián de sus deportes nacionales. No son buenos tiempos para la Bella Eirín, enzarzada en una guerra de independencia sangrienta contra Inglaterra, que ya dura demasiados años. Esa misma mañana, los hombres de Michael Collins (cabeza de la Hermandad Republicana Irlandesa) habían asesinado a 18 dirigentes del Servicio de Inteligencia Británica infiltrados en sus filas (conocidos como The Cairo Gang), algunos en presencia de sus familias. Un crimen múltiple que la administración británica no puede dejar impune. Alguien lanza una moneda al aire: cara, saqueo de Sackville Street (la calle principal de Dublín, hoy O’Connell St.); cruz, masacre en Croke Park. Sale cruz.
            Esa tarde, minutos antes del comienzo del partido, 10.000 espectadores deseosos de olvidar la guerra, siquiera durante un par de horas, abarrotan las gradas de Croke Park. Un avión sobrevuela el estadio y lanza una señal a las tropas de la División Auxiliar (fuerza paramilitar “secreta” del ejército británico), que entran en tromba y comienzan a disparar indiscriminadamente contra el público desde el césped y la entrada del estadio. Hombres, mujeres y niños corren despavoridos tratando de hallar refugio mientras el fuego de las ametralladoras va segando vidas con total impunidad. Como en una caseta de feria. El balance final, sesenta y cinco heridos y catorce asesinados (entre ellos varios niños y el capitán del equipo, Michel Hogan). A partir de ese domingo sangriento, el estadio Croke Park se convierte en un templo del nacionalismo irlandés y del deporte gaélico; durante 87 años, en su césped se prohíbe cualquier deporte que no sea hurling o fútbol gaélico y se veta toda presencia británica en sus gradas; Dublín no olvida al ‘Auld enemy’ (viejo enemigo). Hasta el 24 de febrero de 2007.

Ese año, el mítico Lansdowne Road (Bóthar Lansdún en irlandés), estadio de fútbol y rugby ubicado en el distrito dublinés de Ballsbridge, sufre una importante remodelación. Los encuentros del Torneo Seis Naciones, el más importante del mundo, deben jugarse en Croke Park. Incluido el que enfrentará a la selección irlandesa y la británica, que además es el primero. Se encienden todas las alarmas –convenientemente atizadas desde la prensa en las semanas previas-: muchos lo ven como una afrenta a Irlanda y a sus muertos. “Es inaceptable que suene el ‘God Save the Queen’ en este césped manchado de sangre”, piensan. “Es una ofensa que un solo inglés se siente en la Grada Hogan”. La tensión se respira en las calles de Dublín; en Lansdowne Road se puede incluso tocar. El país entero aguarda el día 24; Inglaterra aguanta la respiración. Nadie sabe lo que puede ocurrir cuando suene el himno inglés. Pero todos temen que ocurra ‘algo’.

Llega el día. Eddie O’Sullivan, seleccionador irlandés, arenga a sus hombres: “Hoy no juegan ustedes, juega un país, tres generaciones de irlandeses. Contra Francia se puede perder. ¡Ante Inglaterra y en Dublín nunca! Salgan y vuelvan como vencedores o no vuelvan. La historia les espera”. Los jugadores saltan al campo, firmes, expectantes. El público permanece en silencio mientras el presentador anuncia los himnos. Y entonces resuenan, por primera vez en la larga historia de Croke Park, las majestuosas notas de ‘God Save the Queen’, y miles de aficionados ingleses se unen a su equipo entonando -emocionados- “…long to reign over us, God save our Queen”. Ni un silbido, ni una voz, ni un mal gesto enturbia el solemne momento. La respuesta irlandesa llega unos segundos después: “Somos soldados que han jurado su vida a Irlanda / Hemos jurado ser libres. Nunca más la tierra de opresión refugiará al déspota o al esclavo...” el himno irlandés, (Amhrán na bhFiann, ‘Canción del soldado’) cantado por 83.000 corazones irlandeses -orgullosos, patriotas-, acompañando a sus ‘soldados’, que ahí abajo, en el verde campo de batalla –teñido de espeso rojo 87 años atrás- se abrazan unos a otros, entonando su himno con una intensidad y una emoción como no se ha visto nunca en estadio alguno. O’Driscoll, el capitán, abrazado a la bestia Hayes, que solloza como un niño; Stringer, O’Callahan, O’Connell, Flannery, O’Gara... todos al borde del llanto, junto a los 83.000 espectadores, junto a los millones de irlandeses que estarán también en pie, en sus casas, cantando su himno frente al televisor, con la mano sobre el corazón y los pulmones abiertos de par en par.


Y suena la arenga final, la puntilla patriótica, el “Ireland’s Calling”, himno de la selección de rugby que reza, premonitoriamente: “Llegó el día y llegó la hora / el momento del poder y de la gloria. / Hemos venido a responder / a la llamada de Irlanda”. La llamada de Irlanda, ese día, no pedía venganza; no pedía rencor al ‘viejo enemigo’; no pedía sangre por sangre. Pedía respeto, pedía rugby, pedía historia. Y eso es lo que la Selección Irlandesa, el ‘XV del Trébol’, le respondió: una histórica victoria por un aplastante, humillante, 43-13. Y una lección de deportividad y civismo –de ambos equipos, de ambas aficiones- que pasará a la historia de Croke Park y de Irlanda; tal vez en la página contigua a la de aquel domingo sangriento de 1920.