Fernando Seler
Parrado, Nando, era un joven deportista y buen estudiante en octubre de 1972.
Jugador del equipo de rugby los Old Christians de Montevideo (uno de los
mejores equipos de Uruguay), se dirigía junto con sus compañeros y algún
familiar a Chile, para disputar un partido amistoso de exhibición. No llegaron.
Su avión se estrelló en mitad de la cordillera de los Andes, a más de 4000 metros
de altitud. Un desierto gélido e inaccesible, sin comida, sin agua, sin abrigo,
sin apenas oxígeno, sin esperanza. Un ataúd blanco en el que Nando y sus amigos
estuvieron enterrados en vida durante 72 días, en unas condiciones en las que
es imposible la supervivencia humana. En teoría. Porque dieciséis de ellos
lograron sobrevivir.
El ambiente que se respiraba en el
interior del avión Fairchild mientras sobrevolaba el imponente macizo de roca y
nieve era de juvenil diversión y camaradería. Hasta que asomó la primera
turbulencia. La alegría se cortó en seco cuando comenzaron a chirriar los
motores y las montañas se veían demasiado cerca del avión. Otra sacudida y el
fuselaje comenzó a vibrar con extrema violencia. Luego, un fuerte temblor, un
crujido terrible y el aire gélido invadió la cabina. A Nando apenas le dio
tiempo a cruzar la mirada con su madre y su hermana Susy. Un segundo después,
el golpe brutal. Y la nada.
Cuando Nando Parrado despertó del coma,
habían transcurrido tres días desde el accidente. La primera noticia que recibió fue la muerte de su madre. La segunda,
la muerte de su mejor amigo, Panchito. La
tercera, el gravísimo estado de su hermana. Decidió aferrarse con todas sus
fuerzas (escasas, aún) a esta última y dedicarse enteramente a su cuidado,
alimentándola y masajeando sus piernas gangrenosas, consolando su delirio
febril. Sus compañeros, liderados por el capitán del equipo, Marcelo, llevaban
ya tres días organizando la supervivencia, administrando las barritas de
chocolate, los cacahuetes y algunas botellas de vino y licor que constituían el
único alimento disponible; habilitando los escasos cinco metros de fuselaje que
habían quedado intactos tras el golpe (que partió el avión en dos: de la fila 9
hacia atrás, no quedó nada; a Nando le había tocado, por casualidad, la fila 9);
apilando maletas, y asientos para taponar el hueco abierto en la parte trasera
y mitigar en lo posible los 20 o 30 grados bajo cero de la noche.
Quedaban 32 supervivientes, cinco de
ellos con heridas graves. A todos les mantenía vivos una única esperanza: ser
rescatados. Solo tenían que aguantar unos días en esas terribles condiciones y
acabaría su sufrimiento. A esa idea se aferraron con fervor casi religioso.
Pero iban pasando los días y no había señal alguna de los equipos de rescate.
Ni un helicóptero, ni una avioneta, nada. La tarde del octavo día Susy murió en
los brazos de Nando. Le invadió una deprimente sensación de vacío y de soledad,
pero ni siquiera pudo llorarla (“las lágrimas malgastan sal”). Pensó en su
padre, y eso fue lo único que le dio nuevos motivos para seguir luchando.
En la mañana del undécimo día se selló
definitivamente su condena a muerte. Lo escucharon por la radio (que habían
conseguido medio arreglar tras el accidente): “Después de 10 días de búsqueda, las autoridades han decidido suspender
las tareas de rescate. Es demasiado peligroso y después de tanto tiempo no
hay probabilidades de que nadie sobreviva”. Los 29 supervivientes se quedaron
en silencio. Luego, unos cayeron de rodillas, otros gritaron a las montañas,
otros rezaron, otros se limitaron a llorar. Marcelo, el heroico líder hasta ese
instante, el capitán que los había mantenido unidos y vivos durante 10 días, se
desmoronó. Un segundo después, Roberto Canessa había asumido el liderazgo. Y
Nando había decidido que él no iba a morir.
“En el momento en que oí la radio vi lo que iba a pasar
y me di cuenta al instante de que estábamos condenados a una muerte horrible. Y
yo decidí que no quería morir así,
decidí irme del avión, huir de allí. Pero no lo podía hacer, porque estábamos atrapados;
caminábamos diez metros y nos hundíamos hasta la cintura en nieve virgen, con
zapatos y ropa de verano. Yo solo miraba hacia las montañas, pensando por dónde
iba a salir de ahí…” El espacio que tenían para vivir en el fuselaje del Fairchild
era de 4,5 metros, justo detrás de la cabina (destrozada por el impacto). 27
dormían en el suelo, rotando para turnarse las partes más frías; dos de ellos,
malheridos, permanecían colgados del techo en hamacas fabricadas con cinturones
y butacas.
La noche del día 13, Nando no podía
dormir. Se giró y golpeó la cara de Carlitos. “Carlitos, ¿qué estás pensando?”
“Estaba pensando exactamente lo mismo que tú, Nando”. Lo mismo que pensaban
también los otros. Diez minutos después, todos estaban hablando del tema en la
gélida oscuridad. “Fue una conversación muy dura, muy dramática y muy sincera.
Llegamos a la conclusión de que podíamos hacer tres cosas: unos optaban por el
suicidio, ya que estábamos muertos; vamos todos a la grieta más cercana, nos
cogemos de las manos y saltamos; morimos en 10 segundos en vez de esperar una
muerte horrible, mirándonos a los ojos. Otros optaban por seguir rezando, con
la esperanza de que nos vinieran a rescatar; yo les dije que tal vez rezar
ayudara a mantener la esperanza, pero había que hacer algo. Entonces Roberto,
el líder, saltó y dijo: ‘Sí sabemos lo que tenemos que hacer, ¡tenemos que
comer! Para poder aguantar hasta el verano y tener fuerzas para salir”.
Todos ellos estaban ya condenados a
muerte, y cualquier decisión que tomaran, saliera bien o mal, no iba a cambiar
esa situación. Nando tomó la palabra: “Soy un muerto viviente, no importa lo
que pase, yo estoy condenado a morir. Pero no quiero morirme sentado, y voy a
intentar cualquier cosa para salir de aquí. Quiero abrazar a mi padre y decirle que estoy vivo”. Para lograrlo —para intentarlo siquiera—
solo tenían una opción: alimentarse de los cuerpos de sus compañeros muertos.
Como si hubieran donado sus órganos para que sus amigos tuvieran una mínima
opción de sobrevivir.
“Hicimos
un pacto, los 27 que quedábamos vivos: ‘Por favor, si yo muero comed mi cuerpo
para que al menos uno pueda salir de aquí’. Nosotros éramos católicos, y alguno
lo vio como una Comunión, entregar nuestro cuerpo para salvar a nuestros amigos,
como hizo Jesús. Para mí era simplemente la posibilidad de vivir, de volver a
ver a mi padre. La solución a un problema, el del hambre. Aún quedaban otros
problemas graves: el agua, el frío, los heridos”.
Pero si la supervivencia en aquellas
condiciones era ya casi imposible, todavía podían empeorar. La noche del 29 de
octubre, dos semanas y media después del accidente, sintieron un ruido extraño
en la distancia, que fue haciéndose ensordecedor a velocidad vertiginosa;
luego, un temblor, un potentísimo impacto y, finalmente, el silencio. En apenas
unos segundos el fuselaje había quedado cubierto de nieve por una gigantesca
avalancha. Varios de ellos quedaron aprisionados en la tumba blanca, sin poder
respirar, sin posibilidad de mover un solo dedo. “Descubrí lo eterno que puede
ser un minuto y medio. Sin respiración, en completa oscuridad. Uno no ve ni un
centímetro delante… Estaba enterrado”. Los que quedaron fuera actuaron con heroica
rapidez (“¡después de un shock tan tremendo!”), desenterrando los rostros que
habían quedado bajo la nieve para que pudieran respirar.
“Yo no podía resistir más. No tuve
pánico, solo sentí paz. Pensé que nunca imaginé que iba a morir bajo una
avalancha, que era extraño. Pero a la vez un alivio”. Un minuto y medio llevaba
Nando enterrado, a punto de estallarle los pulmones, cuando sintió una mano que
le raspaba la cara y al instante un chorro de aire helado entrando por su garganta.
Dos horas después pudieron empezar a desenterrar el resto de su cuerpo. Otros
no tuvieron tanta suerte: ocho murieron enterrados. Aunque todos los demás, los
supervivientes, también permanecían enterrados en el fuselaje, ahora bajo tres
metros de nieve. Tres días tardaron en cavar un túnel para poder salir a la
superficie.
“La
situación era esta: un agujero en la nieve y tres metros más abajo un trozo de
fuselaje donde vivía gente (además de ocho cadáveres), en una montaña en mitad
de los Andes”. Sin embargo, la avalancha también había salvado sus vidas, pues
elevó la temperatura en el interior 15 o 20 grados, como en un igloo. Y
disponían de 8 cuerpos más.
Esto sucedió dos semanas y media después
del accidente. Pero aún quedaban dos meses hasta su rescate. ¿Y qué pasó
durante aquellos 60 días? “Nada. Y mucho. Nada en acción, porque en cuanto
andábamos unos metros nos hundíamos. Empezamos a experimentar calzados para la
nieve: almohadones atados a los pies, planchas de aluminio. Inventamos gafas de
sol, máquinas de hacer agua, un saco de dormir con las fundas de los asientos.
A mí me eligieron jefe de expedición, supongo que porque yo solamente quería
salir de ahí”. Aunque era una muerte segura (frío, avalanchas, grietas…) Nando
no tenía dudas al respecto: “moriré luchando contra esta montaña, pero al menos
lo intentaré”. Para él, sin embargo, no era ningún acto heroico: “el coraje
viene del miedo”.
Los
días y las semanas transcurrían desesperadamente lentas. Y las fuerzas se iban
minando con rapidez. Dos más murieron. Los rostros demacrados, los cuerpos
famélicos, las mentes débiles y desesperanzadas de este flamante equipo de
jóvenes guerreros tan solo unos días atrás, clamaban por una salida. No podían
esperar hasta el verano, porque la montaña les estaba matando poco a poco.
Eligieron un día para la expedición, el 12 de diciembre. La noche anterior
ultimaron los preparativos: dos pantalones, dos camisetas, una camisa, un
jersey y una cazadora de algodón. Por la mañana, los tres expedicionarios
(Antonio, Roberto y Nando) se abrazaron a sus compañeros y partieron montaña
arriba. A 5000 metros de altitud, y con sus exiguas fuerzas, cada paso suponía
un esfuerzo brutal; no se lo esperaban. Esa noche durmieron los tres abrazados
dentro del saco y al día siguiente decidieron que Antonio debía volver con los
demás; su ritmo entorpecía la marcha.
“Seguimos subiendo y subiendo, y al llegar a la cima
(esta es una lección en mi vida) descubrimos que era una falsa cima. No
podíamos más, pero había que seguir. Hubo cuatro de esas falsas cimas, y las
cuatro veces no podíamos más. La última era la peor de todas. No había rocas donde
agarrarse, no teníamos guantes (era como golpearse los dedos como un martillito
durante horas y horas); no había oxígeno. Tardamos 14 horas en subir 60 metros;
toda la noche, gritando, llorando, insultando a la suerte; orinándonos en las
manos y en las piernas tratando de calentarlas. Cuando llegamos, a la mañana
siguiente, hacía sol. Dios nos había bendecido con los días de mejor tiempo que
uno pueda imaginarse”.
El
mazazo llegó unos minutos después. “¿Ves verde?”, preguntaba Roberto, que aún
no había llegado hasta arriba. “¡Dime que ves verde!” Nando no fue capaz de
responder; apenas podía respirar. Ante él, 360 grados a su alrededor, solo se
veían “montañas, montañas y nada más que montañas”; moles de roca y nieve hasta
donde alcanzaba la vista. Moles de roca y
nieve que aplastaron sus esperanzas sin contemplación, en un instante. O
casi. “Los siguientes 40 o 50 segundos fueron los más importantes de mi vida,
porque tomé la decisión más difícil de
mi vida. Decidí cómo iba a morir. Le dije a Roberto ‘hacia atrás no podemos
volver y aquí no vamos a morir. Yo me voy. Cada paso que dé estaré más cerca de
mi padre’. Y él me dijo: ‘hemos hecho tantas cosas juntos que vamos a hacer una
más, moriremos juntos’”.
Fueron bajando hacia un valle y luego otro,
caminando sin descanso durante diez días, kilómetros y kilómetros de nieve,
hielo, rocas, grietas y ríos. Y cuando ya no podían dar un solo paso, caminaban
diez o doce horas más. “Rezábamos mucho, cada paso era un Avemaría; yo con la
imagen de mi padre, y sin fuerzas, pero caminando, siguiendo adelante”. Un paso
más, un esfuerzo más; en su mente recordaba la historia de su padre, cuando
ganó el Campeonato Sudamericano de remo; a 50 metros de la meta su cuerpo estaba
al límite, le estallaban los pulmones, los músculos agarrotados, sólo quería
rendirse, dejar de sufrir; entonces miró a su contrincante y vio el mismo
sufrimiento en su rostro, y empezó a remar con más fuerza, un poco más, un poco
más, hasta que atravesó la meta, el primero. “Esa historia, años después, me
salvó la vida”.
Diez días después, consumidos por el
agotamiento, la suerte (el milagro) decidió que Roberto se sentara mirando
hacia la montaña que tenía enfrente, mientras Nando observaba la puesta de sol.
Roberto gritó “¡Un hombre! ¡Un hombre a caballo!” Estaba a unos 300 metros.
Comenzaron a gritar y el hombre les hizo una seña, justo antes de que el sol se
ocultara por completo. Aquella noche no durmieron, de pura excitación. Al
amanecer, bajaron la montaña y llegaron hasta un río, infranqueable y
ensordecedor; al otro lado, a 20 metros de distancia, el hombre y su caballo.
Le hicieron señas y el hombre les lanzó una piedra envuelta en un papel y un
lápiz bien atado. Le devolvieron la piedra con este mensaje: “Vengo de un avión
que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Tengo 14 amigos ahí arriba. No tenemos comida. ¿Cuándo nos vienen a buscar arriba? Por favor”. El hombre les lanzó un poco
de queso y pan y se marchó.
Regresó al día siguiente con caballos,
comida y ayuda. Les mostraron un mapa para que señalaran el lugar donde estaba
el avión. “¡Pero si esto está a 60 kilómetros! Ustedes no pueden
haber atravesado los Andes con esa ropa; ni haber sobrevivido dos meses y medio
en las montañas”. Cuatro horas después
llegó el helicóptero desde Santiago de Chile. Nando subió, muerto de miedo por
las fuertes turbulencias, y guio al equipo de rescate hasta los restos del
Fairchild. Era muy arriesgado aterrizar, pero consiguió bajar lo suficiente
como para que tres supervivientes pudieran subir al avión, que se lanzan sobre
Nando y le cubren de besos, abrazos y lágrimas. “Aún recuerdo sus caras, con
una alegría inmensa de estar vivos de nuevo”. Una horas más tarde, todos
estaban a salvo en el hospital. La muerte había quedado definitivamente atrás,
en las montañas, y para los dieciséis acababa de empezar una nueva vida.
“Yo aprendí muchas cosas: por ejemplo a
sobrevivir en cualquier circunstancia. Pero eso no es lo más importante. Lo que
modificó realmente mi vida es lo que aprendí al volver a casa”. Sentado frente
a frente con su padre, ante las sillas vacías de su madre y de su hermana. La
tristeza, la ausencia. Su padre le dice. “No miremos hacia atrás, no podemos cambiar el pasado.
Miremos hacia adelante. Y no pienses que esto es lo más importante de tu vida.
Tienes que vivir, crear una familia, trabajar, cometer errores…”
Nando
rehízo su vida. Alcanzó el éxito como empresario, continuó su pasión por los
deportes. Conoció a Veronique, su esposa; tuvieron dos preciosas hijas, Cecilia
y Verónica, que cada vez que le abrazan es como si le dijeran “gracias papá por
haber sufrido lo que sufriste, porque si no, nosotras no estaríamos
respirando”. Y cada minuto que pasa con ellas, con su padre, con sus amigos,
Nando se da cuenta de qué es lo que de verdad importa: “lo único que vale es el
amor y los afectos; lo demás desaparece en un segundo”. Como le dijo su padre:
“no cometas el mismo error que yo, que esperé a decirle cosas a tu madre que
luego no pude, porque no tuve tiempo; así que vive, quiere a tu familia y diles
todos los días lo que significan para ti”.
Lo más importante que Nando aprendió
allí, durante 72 días de sufrimiento extremo, mirando a la muerte cada minuto,
fue el significado de la palabra Amor: “El calor de mis hijas cuando las acuesto cada noche o
la presencia callada de mi esposa Veronique cerca de mí, momentos que no se
repetirán, esos son los valores importantes y duraderos”. Y el significado de la palabra Amistad:
sus compañeros de los Andes siguen siendo sus mejores amigos 40 años después;
se ven a menudo, comparten sus vidas, se ayudan cuando tiene problemas, se
quieren. Y todos conservan la misma ética, los mismos valores (generosidad,
esfuerzo, unidad, entrega…) que salvaron sus vidas en aquel test imposible.
“Gracias a esa experiencia, hoy valoro
infinitamente más cada instante, vivo sobre todo el presente. Disfrutar cada
aliento es sensacional. Vivo de regalo todos los días en honor de los que no
tuvieron mi suerte”. Y lo más importante, su sufrimiento en
los Andes se llevó todo lo trivial e insignificante. “Todos nos dimos cuenta de
que lo único crucial en esta vida es amar y ser amado”.
Esta historia la escribí originalmente para el libro Lo Que De Verdad Importa (Volumen I), editado por Lunwerg.
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