martes, 2 de abril de 2019

Xavi Torres. Soñador y luchador sin límites

Xavi Torres nació sin brazos y sin piernas. Cualquiera podría pensar que esa situación de aparente desventaja ha limitado sus objetivos en la vida. Muy al contrario, le ha llevado más lejos de lo que probablemente habría llegado si hubiera nacido, digamos, completo. Con coraje, con esfuerzo, con ilusión y sin extremidades Xavi ha logrado participar en seis Juegos Olímpicos. En cinco ganó medalla; aunque para él la medalla más valiosa no es de oro ni de plata ni de bronce; la más importante de su vida es su “medalla de barro”.


Dos son los pilares fundamentales en los que se ha apoyado Xavi, a lo largo de su vida, para salir de esa situación de aparente desventaja: sus padres y la natación. Xavi nació con una discapacidad, producto de una malformación del embarazo. El nombre técnico es dismelia, malformación de las extremidades. Aquel momento, el de su nacimiento, fue tremendamente duro para sus padres, «porque no es lo que te esperas» (realmente, ¿quién se espera algo así?). Hace 42 años, cuando Xavi nació, ni sus padres, ni la sociedad, ni siquiera el personal de rehabilitación o educativo («el que se encarga de encauzar una vida con normalidad») estaban preparados para enfrentarse a esta situación; desde luego, no como ahora. «Para un padre, tener un hijo con una discapacidad como la mía resulta complicado porque es un mundo desconocido; se preguntan: ‘¿Qué hago con mi niño? ¿Adónde lo llevo para que pueda desarrollar sus capacidades al máximo?’».

Pero si Xavi es como es, es porque sus padres son como son. Ambos decidieron desde el primer día tirar para adelante, abriéndose puertas ellos mismos «como unos campeones»; incluso llegaron a crear una asociación de chicos y chicas minusválidos (como se les llamaba entonces) con la ayuda de amigos y gente de su entorno. «Mis padres me ayudaron muchísimo, especialmente a llevar una situación como la mía con normalidad. Cuando eres niño no eres consciente de las cosas y haces lo que tus padres te indican».


Lo diferente no nos impide ser normales


Xavi no recuerda exactamente en qué momento fue por primera vez consciente de su situación. Ni de cómo sus padres le iban inculcando esa normalidad. Sí recuerda los juegos: por ejemplo, cuando paseaba con su padre por la calle y apostaban a que la gente se volvía a mirarles; a la de tres ambos se giraban al mismo tiempo y les pillaban casi siempre en la indiscreción. La normalidad consistía en que, para su padre, se volvían para «mirarnos», a los dos. «Evidentemente, cuando tú sabes que te miran por una situación ‘diferente’ o ‘diferencial’, te puede provocar un efecto negativo». Pero con este recurso de sabiduría paterna, Xavi siempre ha relacionado el tema de las miradas con algo divertido, un juego. Y además compartido.


No todo eran juegos, claro. Desde que Xavi nació, sus padres lo llevaron a rehabilitación «un día sí, un día no», con regularidad para no perder la rutina. A su fisioterapeuta le faltaban las dos manos y una pierna, así que la típica excusa de ‘yo no puedo’ estaba totalmente descartada. «Era todo un aliciente para mí». Y fue una magnífica ayuda para tener cierta autonomía, alcanzar una independencia que le permitiera llevar una vida normal, como la de los demás. Algo que comenzó a hacer desde muy pequeñito: con año y medio ya empezó a andar, gracias a unas prótesis que le hicieron en Barcelona. Y cuando tocó, lo escolarizaron como a un niño más.

El otro pilar fundamental de su vida es la natación. Le gustaban también otros deportes, como el fútbol, que jugaba en el patio del colegio aunque no era precisamente un crack, reconoce («había portero, centro, medio centro y yo, medio estorbo»). Pero él se lo pasaba en grande. Ya más mayor, en la universidad, compaginaba los estudios de Magisterio con el vóley, e incluso participó en la liga universitaria de Baleares.


Como pez en el agua


Pero volvamos atrás. En la asociación que crearon sus padres para personas con discapacidad organizaron unos cursos de natación. Y Xavi, claro, se apuntó. «Descubrí un mundo fantástico... Aquí te caes y no duele». Empezó a nadar y también descubrió que, además de caer en blando, se le daba bien; no sólo flotaba magníficamente, sino que tenía facilidad para aprender los diferentes estilos. No era excesivamente competitivo, al principio, hasta que cierto día una entrenadora —que debió de ver en él un gran potencial— le introdujo en la natación de minusválidos. Era una época aquella en la que, en España, aún se sabía poco de las disciplinas paralímpicas.

Xavi empezó a comprender, a través del deporte, que podía alcanzar un mundo fantástico lleno de posibilidades; una actividad que además le hizo crecer como deportista y como persona, aplicando a la vida los valores del deporte. «Porque el deporte en este caso es búsqueda de objetivos, de retos, de desafíos, búsqueda de tus límites, de tu capacidad de esfuerzo. Es algo que te gusta, y te ayuda; es una motivación, un aliciente, que te ayuda a esforzarte y a mejorar tu rendimiento.»

El entrenamiento se hizo un poco más duro, con el objeto de mejorar su resistencia física y su técnica en los diferentes estilos. La entrenadora le animó a que empezara a competir, aunque él siempre había sido muy poco competitivo. De hecho, la primera vez que se clasificó para el Campeonato de España ni siquiera se presentó. Tendría unos 14 años. «A esa edad no sabes muy bien lo que te gusta y lo que no, lo que quieres». Y además, hay gente que, simplemente, no ve el deporte como una competición.
Un año después se clasificó de nuevo para el Campeonato de España; y esta vez sí acudió, porque se estaba dando cuenta de que el deporte era una puerta abierta a un mundo de posibilidades. «El deporte es una herramienta que, bien utilizada, te puede servir de mucho. Para mí el deporte es mucho más que la competición, muchísimas más cosas». Una de esas cosas importantes es que va haciendo amigos por todas partes («Miro el panel de un aeropuerto y tengo amigos en la mayoría de los destinos»). Así que, por una razón o por otra, la competición comenzó a formar parte de su vida.




Sumar es mejor que restar


Empezó a entrenar más en serio, cuatro o cinco veces por semana, también los sábados. Si había alguna competición importante, mañana y tarde. Sin apenas darse cuenta, a los 16 años Xavi se estaba dedicando casi por completo al deporte, con la dificultad añadida de combinarlo con los estudios. Pero fue su elección, renunciando a muchas otras cosas más propias de su edad. Sin embargo, Xavi es de los que suman, no de los que restan, y sabe a ciencia cierta que son bastantes más las cosas que ganó.
«El deporte me ha servido de mucho: me ha servido para conocerme, para quererme como soy, para conocer mis capacidades. Yo no vengo a hablaros de mi historia de discapacidad, sino de mis capacidades, capacidades que tenemos todos; las cosas las hacemos con nuestras capacidades. Para eso hay que conocerse bien, quererse bien y conocer esas capacidades para desarrollarlas y sentirte bien».

También hay momentos malos, claro. Y ahí es fundamental el apoyo de la familia, «el entorno es fundamental. Pero el entorno sin la fuerza interior que tengas tú no hace nada, eso está íntimamente ligado; son fuerzas que tienen que ir unidas. Tú puedes tener mucha fuerza interior pero siempre hay un momento en que necesitas la ayuda de los demás». Xavi la tuvo, desde luego; el apoyo incondicional de sus padres, de sus entrenadores, de todo el entorno del deporte.
Pero, como él dice, por encima de todo está su propia capacidad de sacrificio, de aguante, su permanente espíritu de superación. Haber estado en seis Juegos Paralímpicos, desde Barcelona 92 hasta Londres 2012, no se logra de ninguna otra manera. «Yo nadaba unos 10.000 metros diarios para entrenar, y en alguna ocasión he llegado a alcanzar los 18.000 metros, preparando el reto de las 24 horas». Una cantidad imponente aún sin discapacidad. La otra clave es el entrenador: «Es un trabajo tuyo pero también de tu entrenador, que tiene que conocerte bien». De hecho, Xavi lleva 17 años con el mismo entrenador, que le conoce mejor que nadie, mejor incluso que él mismo. «Conoce mis capacidades mejor que yo; me propone cosas que a mí me parecen imposibles y las hacemos. Incluso hoy en día, después de tantos años, seguimos descubriendo cosas que nos sorprenden a los dos».


Intentar, fracasar, aprender


Esa capacidad de aprendizaje y de trabajo duro es muy importante no sólo en el deporte, sino en cualquier aspecto de la vida, en el mundo de la empresa, en los estudios. «Es un trabajo de esfuerzo, dedicación, ilusión y disciplina. El esfuerzo es algo fundamental en la vida. Esforzarse a medias es no esforzarse. Porque así no consigues tus objetivos. En la vida hay que buscar cosas nuevas; la vida está llena de emociones». Pero en tu casa, sentado cómodamente en el sofá, no las vas a encontrar.
Hay que buscar las emociones que nos brinda la vida, y a veces hay que hacerlo probando experiencias nuevas, buscando propuestas diferentes, intentando, fracasando y aprendiendo. El deporte puede ser un buen camino para ello. «A mí el deporte me ha aportado muchísimo, una serie de emociones de todos los colores, desde grandes alegrías a grandes decepciones. También se aprende, yo he aprendido mucho de grandes decepciones en el mundo del deporte. Esas experiencias son las que te curten como persona».


Al final, quedan las recompensas a ese esfuerzo, al trabajo continuo y al permanente aprendizaje. Su trayectoria deportiva es impresionante, aunque para él lo importante no es ganar, sino ser el primero para uno mismo, y eso se logra cuando cumples tus sueños.
En este sentido, Xavi recuerda dos momentos especialmente significativos. Acudió a los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 con muchísima ilusión y el convencimiento de que podía ganar; por poco se queda fuera del podio, aunque finalmente quedó segundo; medalla de plata. Para él fue una gran decepción, porque iba con el ojo puesto en el oro. Sin embargo, cuatro años después, en Pekín, llegó también segundo y «era el hombre más feliz del mundo». ¿Por qué? «Porque mis objetivos, mis ilusiones, eran diferentes. Tenía cuatro años más, no era favorito. Por tanto, cumplir esos objetivos, te puede llenar mucho».

Y es que ganar o perder es siempre muy relativo. Uno puede estar en el podio y no sentirse ganador. También hay momentos difíciles, en los que lo único que piensas es en abandonar, te preguntas para qué sigues, qué sentido tiene lo que estás haciendo. «Por eso hay que dedicarle tiempo a reflexionar». Apoyarte en los amigos, los de verdad («Yo tengo pocos amigos pero los que tengo son muy, muy buenos»), en tu familia, en la gente que te quiere.
Xavi lo sabe muy bien. Estuvo a punto de retirarse tras los Juegos de Atenas, a pesar de su medalla de plata; pero luego lo meditó, lo pensó en frío y se planteó qué límites hay que ponerse en la vida, y específicamente en el mundo del deporte. «Yo lo había hecho todo. Había sido campeón del mundo, campeón de Europa, campeón de España, récord mundial… Pero a veces te cansas de hacer lo mismo. Yo soy especialista en estilo y he hecho cientos de veces la misma prueba». Por eso es tan importante proponerse hacer cosas diferentes, plantearse objetivos que quizá no logres, pero que son un aliciente para superarse, para vivir experiencias nuevas, emociones nuevas.


Nuevos sueños, nuevos retos


Por ejemplo, batir el record de 24 horas a nado en piscina, sin interrupción (salvo una parada de 3 minutos cada hora), recorriendo la máxima distancia posible. Un verdadero desafío para el cuerpo, y sobre todo para la mente, que en España sólo han logrado hacer dos personas: María Luisa Cabañero y Xavi Torres. Se preparó a conciencia para la prueba, física y mentalmente. Cuando se lanzó al agua, lo único que pensaba era en superar el reto. Cuando terminó, 24 horas después, había recorrido 58 kilómetros. «Fue una locura», reconoce, pero lo logró. Superó la prueba que se había impuesto a sí mismo.
Y eso que a Xavi no le van las pruebas de distancia ni mucho menos las travesías en aguas abiertas. Aun así, también ha probado la experiencia en alguna ocasión. En Mar de Plata, en 1992, nadando 3.000 metros sobre «aguas muy frías y turbias»; no pretendía competir, simplemente acompañar a un amigo, pero a mitad de la prueba, nadando solo, descolgado, se topó con un lobo marino que le miró «con mirada de lobo marino; expresión que no existe pero se debería inventar». Tras reponerse del susto, acertó a gritar ‘¡Socorro!’ con todas sus fuerzas. Apareció un chaval con una piragua y le dijo que no había peligro, que no se preocupara y que iba a buscar una lancha para recogerlo. Cuando el chaval se marchó y Xavi se vio de nuevo solo ante el peligro, empezó a nadar a toda máquina, impulsado por el pavor ante el más que posible regreso de esa ‘mirada de lobo marino’. Acabó segundo.


Como ponente de los congresos de valores de la Fundación Lo Que De Verdad Importa, su mensaje a los jóvenes es muy claro: «Yo me considero una persona muy afortunada, porque lo que de verdad importa en la vida es sentirte bien con la vida que tienes». Y ser agradecido con aquellos que te apoyan. «Creo que es fundamental en la vida el ser generoso y ofrecer las cosas que tú consigues, que a ti te ayudan, a los demás. Te hace sentir importante, te hace sentir muy bien».


La medalla de barro


De todas las medallas que ha ganado Xavi, en las Olimpiadas y campeonatos por todo el mundo, la más valiosa es su ‘medalla de barro’. La ganó en 1986, a los doce años, en un campamento de verano. Fue el año en el que se designó Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Los monitores del campamento organizaron unas jornadas olímpicas, con un montón de deportes. Xavi se apuntó a béisbol, baloncesto y, claro, natación: una travesía de 200 metros en la playa, en la que acabó segundo. Los niños se hacían sus propias medallas con arcilla, y las dejaban secar hasta la ceremonia de entrega, que se celebraba por la noche. Aquella noche, al recibir su medalla de barro, Xavi ya sabía que iba a ganar una medalla en Barcelona ’92. Es lo que escribió en el dorso de arcilla. Una premonición que se cumplió seis años después. Luego llegó Atlanta ’96, y también ganó medalla; y en Sidney 2000; y en Atenas 2004; y en Pekín 2008.
«Mucha gente piensa que mi carrera deportiva empieza en Barcelona y acaba, de momento, en Londres. Lo que la gente no sabe es que mi carrera deportiva empieza aquí, en mi medalla de barro. ¿Sabéis que escribí aquí? ‘Barcelona ‘92. Ese era mi sueño, era mi ilusión». Una medalla que conserva desde entonces, casi intacta. Gastada por el paso de los años y las citas olímpicas. «El que se vaya gastando es también símbolo de mi carrera deportiva. Yo sé que me queda poco deportivamente. Y me gusta tenerla así, me gusta que refleje el paso del tiempo».

Aquel sueño, que Xavi escribió en su medalla de barro a los 12 años, fue su sueño. Pero todos debemos tener nuestros sueños, y expresar ese deseo cada uno a su manera. «Todos debemos tener ilusiones, porque todos queremos ser felices. No queremos ganar mucho dinero, no queremos ganar muchas medallas… En realidad lo que queremos es ser felices y compartirlo con nuestra gente. Yo lo he expresado así, pero hay mil formas de decirlo. Y hay que ser consecuente con ello; cuando tienes un sueño tienes que hacer todo lo posible por cumplirlo, porque es tu sueño, tu ilusión y es lo que va a llenar tu vida».


«Sólo os pido una cosita: cuando pasen los años y echéis la vista atrás, que nadie os pueda decir nunca jamás que no habéis luchado al máximo por cumplir vuestros sueños». Es el deseo de alguien que no se dejó vencer por las circunstancias, que se impuso una meta (vivir una vida plena, feliz y normal), y que la ha cumplido con creces. Una vida que Xavi Torres no cambia por la de nadie. 


Esta historia la escribí originalmente para el segundo libro de Lo Que De Verdad Importa.

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