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sábado, 8 de febrero de 2025

Mar afuera. Tengo alas que no puedes ver


Mi prólogo para el libro Mar afuera. Un viaje lleno de vidade Marimar García Garrido. 


Yo sé que a Marimar le gustan mucho las citas inspiradoras (y las de quedar, pero esa es otra cuestión). Sé también que le gusta mucho El Principito (de hecho, creo que está enamorada en secreto de ese pequeño idealista). Así que, aprovechando que el libro que tienes en tus manos abre cada capítulo con un par de citas inspiradoras, viene muy a cuento empezar este prólogo con un par de citas del inmortal personaje de Saint-Exupéry. Dos pensamientos que parecen escritos expresamente para Marimar. Uno es: «A veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer»; y el otro, «El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo». Y podría añadir un tercero, «Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos».

Quien tenga la suerte de conocer a Marimar sabe perfectamente que se ha dedicado toda la vida a hacer cosas que no podía hacer, a vencer (fulminar) todo tipo de obstáculos y a mirar con el corazón más que con los ojos (que es también como debemos mirarla nosotros). Los que no tengan la suerte de haberla conocido descubrirán en este libro a una verdadera fuerza de la naturaleza, a una mujer incombustible e inquebrantable, a una soñadora capaz de hacer realidad la mayoría de sus sueños, a un alma generosa y entregada («darte a los demás te ayuda a dar sentido a tu vida»), a un ser que lleva el optimismo de serie, no importa cuánto o cómo la castigue su enfermedad; o la vida. Lo que vas a leer aquí es una historia, la de Marimar, que es una fuente de inspiración tan potente como El Principito. La diferencia es que nuestra protagonista es real.



«No me veo como una superwoman ni como una heroína. Tan solo soy una chica que vive unas circunstancias distintas» nos soltó en aquel congreso de Lo Que De Verdad Importa, cuando fue ponente de lujo hace unos años. Esas “circunstancias distintas” son que tiene el noventa por ciento de su cuerpo paralizado, únicamente puede mover los músculos del cuello y de la cara. Lo cual no le impide vivir y disfrutar la vida plenamente; ni mucho menos le impide ser feliz. Porque, para empezar, la cabeza la tiene muy bien armada Marimar, desbordante de actitud e inteligencia (¡es lista y rápida, la tía!); es culta e inquieta también, muy lectora y viajera; y posee un envidiable sentido común.

Pero lo que de verdad define y distingue a Marimar son dos cualidades que están más allá de la cabeza; bastante más allá. La primera, su extraordinario vitalismo. Ama la vida de una manera tan intensa, tan insaciable, con una fuerza tal que es casi un superpoder (aunque ella lo niegue); irradia unas ganas de vivir y de disfrutar cada momento, cada minuto, de las que es muy difícil no contagiarse por mero contacto. Un contagio muy beneficioso, por cierto.


La segunda cualidad typical Marimar es su sentido del humor, su inagotable capacidad de reírse –o carcajearse- de todo, con todos. Algo que es muy de agradecer para los que no tenemos el don de saber contar buenos chistes. Porque Marimar es de risa fácil. Se ríe con cualquier guiño, con cualquier tontería, con cualquier gracieta que pase por ahí. A veces con tal entusiasmo que, si no la conoces bien, piensas que se está ahogando. Literalmente. Puede parecer exagerado, pero lo cierto es que está todo el día deseando que la hagas reír. Y si echas un vistazo al álbum de su vida, te das cuenta de que en la mayoría de las fotos está riéndose, cuando no partiéndose de risa. Incluidos momentos muy duros. Marimar conoce perfectamente el poder sanador de la risa.

Ambas cualidades son un ejemplo mayúsculo para todos los que caminamos (sí, caminamos) por la vida arrastrando los pies, con la queja siempre acoplada sobre los hombros. Un peso ab-so-lu-ta-men-te insoportable que formamos acumulando nuestras pequeñas frustraciones, nuestros exagerados miedos y una rica variedad de problemas minúsculos que ––nos decimos con convicción- nos impiden volar. Marimar nos demuestra que ese peso ab-so-lu-ta-men-te insoportable es en realidad ab-so-lu-ta-men-te nada. Excusas. Miedo. Lo decía Jaume Sanllorente, fundador de Sonrisas de Bombay y muy querido amigo de Marimar: «el miedo te paraliza; es una cárcel que no te deja volar hacia tus sueños, pero cada uno de nosotros tiene la llave». Marimar, desde luego, tiene la suya bien a mano. Lo lleva demostrando desde los seis años, cuando comenzó su enfermedad. Nunca, nunca se ha dejado atrapar en esa cárcel de miedos; jamás ha dejado de volar hacia la vida, hacia sus sueños. Como canta Jimmy Buffett en aquella vieja canción, Wings (que también parece escrita para Marimar), «Tengo alas que no puedes ver / Tengo ruedas en mis pies /  Allí arriba me siento libre / En esas alas que no puedes ver».



Quizá quien no conozca a Marimar y no consiga ver esas alas no acabe de creerse del todo cuán alto es capaz de volar. Y es que esa silla de ruedas motorizada no pesa tanto cuando tienes unas alas como las suyas, que se alimentan de fuerzas muy poderosas: su fe, sus padres (Loli y Toni, dos fenómenos), sus hermanos, sus amigos, su viaje anual a Lourdes, su optimismo a prueba de frustraciones, su risa, su tenacidad, el cariño que recibe a espuertas allá por donde va; y esa frase que alguien le enseñó cuando era pequeña y que lleva grabada a fuego desde entonces: «No pienses en lo perdido, piensa en lo que te queda por hacer». Y así lleva toda su vida, volando con esas alas de libertad y tachando “cosas por hacer” de su interminable lista. La última, por el momento, escribir un libro. La siguiente, volar en globo.

«Creo que seguir adelante no es una opción, es algo obligatorio», nos recalca Marimar. Esta es la gran lección que descubrirás en las páginas de “Mar Afuera”. Un libro que, como diría Jorge Font (otro crack de la vida y gran admirador de Marimar), si no lo lees no te pasará nada; pero si lo lees, te pasa algo seguro.


Y por terminar con otra de esas citas inspiradoras que tanto le gustan a Marimar: «Aprovecha el día.  No dejes que termine sin haber crecido un poco, sin haber sido un poco más feliz, sin haber alimentado tus sueños». Nos lo recuerda Walt Whitman a ti y a mí. A Marimar, te lo puedo asegurar, no le hace ninguna falta. 


Un libro, en fin, para regalar y para regalarseEscrito a lo largo de estos años con mucho esfuerzo, cariño e ilusión por parte de Marimar (y con la inestimable ayuda y buen hacer de Mamen Sánchez). Inspirador como pocos. Sorprendente y entretenido, muy entretenido. Que está destinado a hacer mucho, mucho bien. Ese es su único objetivo. Casi nada...


miércoles, 8 de mayo de 2019

IRENE VILLA. Lo que de verdad importa es saber que se puede. Y sonreír.



Irene y su sonrisa. Irene y su naturalidad. Irene y su cercana simpatía.  Irene y su historia: «Es cierto que las desgracias no se eligen; pero lo que sí se elige es cómo afrontar esas desgracias y cómo afrontar la vida». Irene lo sabe bien, cuando solo tenía doce años una bomba le voló las piernas y parte de las manos. Ella eligió vivir, eligió sonreír, eligió ser feliz. Eligió, sobre todo, no ser víctima; y afrontar su tragedia con entereza y optimismo, como una oportunidad de hacer muchas otras cosas. Y de ver la vida de un color bien distinto al rojo sangre con que se la habían pintado los terroristas.

«Hay una frase que me encanta: si no te gusta lo que ves, cambia la forma de verlo. Se dice fácil, y me gustaría que lo llevaseis a la práctica porque realmente ayuda». Irene, siguiendo esta máxima, ha optado por ver felicidad donde otros ven desgracia. Por ver compasión y perdón donde otros solo ven odio y resentimiento. Hasta el punto de unirle una sincera amistad con alguien que fue terrorista y hoy vive arrepentido (Shane O’Doherty). Tal vez sea porque Irene, en griego, significa ‘Paz’ y, como ella reconoce, es precisamente la paz («la paz interior, que es la fundamental»), los derechos humanos y el entendimiento lo que han marcado su vida.

Aunque la verdadera fuerza de Irene, la clave esencial de su vida, es su voluntad. «Hay dos premisas: saber que no hay nada imposible y que eres tú quien tiene que ser capaz de superar la realidad. Es cierto que tienes personas a tu alrededor que te ayudan y te apoyan, pero hasta que tú no reaccionas toda ayuda es en vano». Irene es de esas personas que piensa que el optimista no nace, se hace. «El optimismo hay que trabajarlo. Uno necesita entrenarlo, practicarlo y creérselo. Por eso para mí han sido clave la constancia y la voluntad; si tienes esas cualidades no hay nada que te pueda parar, te pase lo que te pase». Y no sólo para estudiar tres carreras (Comunicación, Humanidades y Psicología), también para superar un hecho tan dramático y doloroso como el que ocurrió hace ya 28 años…



El atentado que conmovió a España entera


Madrid, octubre de 1991. La escena es dantesca, sangrienta, de una dureza casi insoportable. El escenario que queda tras una explosión es siempre impactante, pero esta vez lo es mucho más. Se ve dolor. Horror. Rostros ensangrentados. Un amasijo de hierros retorcidos y humeantes que sólo unos minutos antes era el coche en el que María Jesús González llevaba a su hija Irene al colegio. Una bomba de ETA paró en seco su camino. Y casi —casi— sus vidas. Tendida sobre el asfalto, Irene no sabe qué ha ocurrido; tampoco sabe, aún, que sus dos piernas han volado con el coche; ni que su madre, a unos metros de insalvable distancia, ha perdido una pierna y un brazo y se encuentra en estado grave. Irene tenía solo 12 años y descubrió en carne propia cómo, en un instante, puede cambiar tu vida de la forma más dramática.
Aquella mañana ETA hizo explotar tres bombas. Una dejó a un comandante sin las dos piernas. Otra, que fue la que escucharon las hermanas Villa y su madre mientras desayunaban en casa, dejó cuatro hijos huérfanos sin haber cumplido el mayor los seis años. La tercera, a los pocos minutos, hizo saltar el coche de María Jesús e Irene por los aires. «La verdad es que fue horrible. Estas imágenes —la niña tendida en el suelo, con heridas en el rostro y las piernas amputadas de cuajo; su madre intentando levantarse, sobre un charco de sangre, sin brazo ni pierna— dieron la vuelta al mundo. Son imágenes muy duras, pero a mí no me importa que se vean porque esta es la mejor forma de denunciar la violencia».

Las ambulancias volaron hacia la calle donde estaban Irene y su madre. «¡A por la madre, a por la madre, que la niña está muerta!, gritaban. Se llevaron a mi madre, que intentaba levantarse buscándome, y la ingresaron en el 12 de Octubre. Y a mí, bueno, me cogieron a ver qué pasaba. En la UVI móvil no respondía al electroshock y me llevaron al hospital Gómez Ulla. Allí llegó corriendo mi padre y, mientras me veía hecha un amasijo de huesos y carne, el médico le dijo: ‘lo siento, su hija ha perdido las piernas, tiene las manos destrozadas, sin dedos; tiene también la cara magullada. Necesitamos su permiso para sacarla adelante’. ¿Y sabéis lo que respondió mi padre? ‘Déjenla morir. No quiero una vida así para mi hija, una vida desgraciada; no quiero que se lamente de estar viva’. Mi padre prefirió para mí esa paz eterna donde nunca me lamentaría por no poder jugar el partido de baloncesto que iba a jugar aquel jueves de octubre».
El médico, afortunadamente, no hizo caso. Dos equipos de cirujanos se volcaron con todas sus fuerzas para salvar la vida de Irene, lo mismo que multitud de ciudadanos anónimos de toda España, que donaron su sangre para que esa niña a la que no conocían tuviera la oportunidad de vivir.


Tu vida empieza hoy


Su madre había perdido el brazo y la pierna del lado derecho. Pero estaba consciente en el hospital. Su única preocupación —su desesperación— era saber dónde se encontraba su hija, si estaba bien… si estaba viva. A ambas las unía un vínculo muy especial, muy fuerte («Éramos una piña»). Por fin, al tercer día, madre e hija supieron que las dos estaban vivas, cada una en un hospital. Gracias a unas cámaras de televisión en sendas habitaciones pudieron verse y darse la energía y el amor que necesitaban. La escena, que vio toda España, fue tan sobrecogedora como emocionante. La madre de Irene, con una cara de felicidad absoluta, desbordante. Tapando con la sábana su brazo derecho amputado; tratando de aparentar la tranquilidad que su hija necesitaba. Y la niña intentando animar a su madre quitando importancia a sus heridas, ocultando igualmente sus manos vendadas.


«Y con esa fuerza increíble que traspasa la pantalla, a mí me llegaron esas alas que le crecieron a mi madre para volar hasta la cama de mi hospital y decirme que íbamos a salir adelante. Fue clave. El apoyo de la familia, pero sobre todo el cariño de mi madre, que no perdió la sonrisa». A María Jesús le dijeron que hasta que no caminara no podía ir a ver a Irene. Bastó el deseo de poder abrazar a su niña para batir el récord de recuperación de una persona amputada. En menos de un mes ya estaba andando con su pierna y sin muletas (no tenía un brazo) y fue al hospital. «Ahí, sentada sobre mi cama, me dijo ‘Irene, tenemos dos opciones: vivir amargadas sufriendo y maldiciendo a los terroristas —a lo que tenemos todo el derecho del mundo— o decidir que tu vida empieza hoy, que vas a luchar por ella con alegría y con optimismo’. Yo lo tenía clarísimo. Le dije: ‘Mamá, ya me lo he pensado. He nacido sin piernas. A partir de ahora, si me caigo me levanto, no tengo que lamentarme por la situación que me han creado, sino que voy a salir adelante y que soy yo la única responsable de mi vida, no hay culpables’. Si te pasas la vida buscando culpables estás condenado a la tristeza, a la autocompasión.» Irene Villa tenía solo 12 años cuando sufrió un atentado que la dejó sin piernas; solo 12 años cuando decidió, en una muestra de valiente madurez, que eso no iba a afectar a su vida.


El poder de la sonrisa

Esa niña aprendió a vivir sin piernas a base de tesón, perseverancia y cariño. El cariño y la dedicación de los médicos y terapeutas; y el cariño sin fisuras de sus profesores y compañeras: «lo más importante para mí fue un colegio maravilloso y unos campamentos donde aprendimos convivencia, independencia y unos valores que han sido clave en mi vida, como el deporte». Irene y el deporte. El gusto por el riesgo, por la aventura, ese espíritu inquieto que la empuja constantemente a aprender, a mejorar, a progresar ha sido otra de sus claves para superar cualquier obstáculo.
Durante aquellos días la acompañaba su padre, cuya visión de la realidad era bastante más negativa que la de Irene y su madre. Ella, a veces, se dejaba contagiar y asaltaba a su padre con preguntas de niña, en las que asomaban sus miedos: “Papá, ¿y ahora quién va a querer casarse conmigo?” Decidió centrarse en aprobar el curso y no preocuparse por algo que no tenía marcha atrás. La sociedad entera se volcó con ella y con su madre. Se vio desbordada por un torbellino de premios y homenajes que no comprendía (“¿Pero por qué me dan un premio? ¡Si yo no he hecho nada!”). Pronto entendió que, en realidad, lo que premiaban no era su heroísmo, sino su luminosa sonrisa. «El hecho de sonreír es algo clave en la vida y digno de premios. Sonreír en los peores momentos es importantísimo, para ti y para los demás. Hay que sonreír. La sonrisa es algo que está en tu mano y nadie te lo puede arrebatar. ¿Os habéis dado cuenta de cómo cambia vuestra vida el día que sonreís y el que estáis serios? Conocéis a más gente, os suceden más cosas buenas y vuestro día se hace más fácil». Y lo mejor de todo es que esa alegría es contagiosa, se transmite con gran facilidad. «Y además sonreír es gratis. Es el mejor regalo que se puede hacer. Yo siempre prefiero menos regalos y más sonrisas».



Sin embargo, la fuerza de Irene seguía naciendo en su interior. Lo descubrió cuando abandonó el hospital («allí estuve muy mimada») y regresó a su casa. Ese día entró de lleno en la cruda realidad. Las escaleras, la primera visión ante el espejo de su cuerpo amputado (“¡Esta no puedo ser yo! ¿Voy a estar así toda mi vida?”), la certeza de que ya nunca volvería a ser la misma y de que, sin médicos ni enfermeras, su vida ahora dependía exclusivamente de sí misma. «El día que aceptas que eres lo que eres y empiezas a quererte, con tus virtudes y defectos, con tu discapacidad y tu potencial, es cuando empiezas a florecer y a conseguir las cosas, las que puedas. Hay una frase clave que he tenido que utilizar muchas veces, ante muchas barreras, a lo largo de mi vida: mira al frente, ten valor y jamás te rindas. ¡Y funciona!».
            También funciona saber que se puede ser feliz en cualquier circunstancia. Que la felicidad no depende de lo que tengas, sino de tu actitud, de la energía que pongas, de tu voluntad. Y una vez más, sin perder la sonrisa; se hace todo más fácil. Para Irene, lamentarte por lo que has perdido no tiene sentido, porque no va a volver. El mundo es como cada cual lo quiera ver; puedes ver terrorismo, violencia, dolor, inseguridad… o puedes ver lo bueno que tienes a tu alrededor. Puedes elegir quejarte de tu mala suerte o decidir que tu discapacidad no te impide pensar que este mundo puede ser maravilloso. «La queja es una discapacidad mayor que no tener piernas».


Saber que se puede


Tal vez Irene no tuviera piernas de carne y hueso. Pero tenía algo más importante: tenía amor, tenía esperanza, tenía optimismo. Y, además, tenía coraje. Mucho coraje. La rehabilitación fue larga y dolorosa. Ponerse en pie y caminar con las prótesis fue un logro épico, después de un intenso entrenamiento. Paso a paso, hora tras hora, primero con dos muletas, luego con una y finalmente sin. Siempre con el inconmensurable ánimo de su madre, su mejor muleta. Una lucha de autoexigencia que no ha cesado en casi tres décadas años, buscando nuevos retos, nuevos logros, nuevas experiencias más allá de sus supuestas limitaciones.

Irene Villa sabe que se puede. Lo ha hecho, lo sigue haciendo. Pero no todo el mundo confía tanto en sí mismo. Por eso escribió el libro Saber que se puede, «para que la gente que se queda en su casa, lamentándose, sepa que se puede». Y, de paso, para que la gente que vive de ponerte límites se dé cuenta de que los únicos límites son los que cada uno tiene en su cabeza. Esos, en la cabeza de Irene, escasean bastante. «Lo que no te mata, te fortalece. Gracias a esos ‘noes’ y ‘prohibidos’ he conseguido hacer cosas que no había imaginado, que ni siquiera me había propuesto hacer». Parapente, por ejemplo. O buceo. O piragüismo por el Sella. O motonieve en Laponia. O un viaje en rompehielos por el Mar Báltico, baño gélido incluido (sólo tuvieron que insinuar que ella no...).
La solución es ver más posibilidades que limitaciones (propias o impuestas). “La única barrera es el ‘no puedo’».


Yo no soy «víctima de ETA»

Para llegar donde ha llegado, para hacer todo lo que ha hecho, Irene no piensa en el pasado ni se pone excusas. Y siempre trata de sacar una lección de cada situación: «Todo sucede por algo. El dolor y el sufrimiento sirven incluso más que la victoria y el éxito. Tras una dificultad siempre hay algo que aprender». Al final, se trata de alcanzar la felicidad duradera. «Hay claves para conseguirla, lo que yo llamo las 3A: Amistad, Amor y Actividad. Mantener la ilusión. Y mantener siempre el pensamiento positivo. A mí siempre me han definido como víctima de ETA, pero yo no me considero así. Prefiero que me vean como comunicadora, o esquiadora, o deportista, o humanista, o escritora». O luchadora. Cualquiera de ellas es más Irene, desde luego.
El deporte, su pasión desde antes del atentado, ha sido clave en su vida; no sólo por su permanente espíritu de superación, también por la felicidad que le ha supuesto y por las personas que ha conocido. Buceo, ciclismo, parapente, piragüismo, esgrima en silla de ruedas y, sobre todo, esquí adaptado, deporte en el que ha competido por el mundo entero con la Selección Española (entrena con la Fundación También), y con el que ha conseguido no pocos oros. Aunque, para Irene, más que el triunfo lo que de verdad importa son las horas de entrenamiento, de trabajo. El esfuerzo.


Hoy, además, Irene es madre de tres hijos, Carlos, Pablo y Eric. Tres momentos mágicos. Ha sido, desde luego, un triunfo de la vida y de la alegría frente al dolor, frente al terror, frente a la dificultad extrema. Una demostración ejemplar de que se puede cambiar la realidad impuesta, desde fuera (deporte, dedicación, estudios) pero sobre todo desde dentro, con un interior fuerte, «porque las preocupaciones, las barreras, la adversidad, el miedo se combate con amor, con esperanza y con optimismo».

Han pasado 28 años desde aquel lejano y siniestro octubre del 91, pero la lucha no ha terminado; en realidad, no acaba nunca. Ahora, con su familia  numerosa, llegarán nuevos retos y dificultades. Pero Irene los superará con nota, y con esa sonrisa perenne y contagiosa que es su mayor fuente de energía. «Lo que de verdad importa no está en el exterior, ni en lo material, sino dentro de cada uno de nosotros”. Lo que hay en su interior, desde luego, es oro puro.







miércoles, 25 de noviembre de 2015

Lo Que De Verdad Importa: mucha gente buena (y contagiosa)




“La vida no son los momentos vividos sino las personas que has ido conociendo por el camino”. No recuerdo cuándo ni cómo ni a través de qué o quién me llegó esta frase. Sólo sé que fue hace relativamente poco y que la adopté como propia al instante. Como propia y como cierta, al menos estos últimos años. Porque desde que asistí a mi primer congreso de Lo Que De Verdad Importa, allá por el año 2009, no he hecho más que conocer gente excepcional. Gente buena, generosa, entregada, bondadosa, valiente, tenaz, inspiradora; y con una capacidad inconmensurable de darse a los demás, sin pedir nada a cambio más allá de una sonrisa, un abrazo o un ‘gracias’.


Hablo, por supuesto, de los ponentes que han pasado por los congresos, extraordinarios ejemplos de lo que de verdad importa, y cuyas historias he tenido el inmenso privilegio de escribir. A muchos de ellos, además, he tenido la suerte de conocer en persona: Pablo Pineda, Nando Parrado, Irene Villa (y su madre, Mariaje, un fenómeno), Lucía Lantero, Pedro García Aguado, Marimar García, Jorge Font, Shane O’Doherty, Kyle Maynard, la familia De Villota, Bosco Gutiérrez Cortina, Antonio Rodríguez "Toñejo", Anne Dauphine Juliand, Miriam Fernández… Con todos ellos he compartido charlas, abrazos, canapés, confidencias, canciones, anécdotas, risas… Y de todos ellos he aprendido lecciones de vida valiosísimas, de esas que no se aprenden en los libros, de esas que sólo se aprenden por contacto, por conexión, por contagio.


Pero lo excepcional de esta gran familia que es la Fundación Lo Que De Verdad Importa no está sólo encima del escenario. Está, sobre todo, detrás. Y delante. Son María Franco, Pilar Cánovas y Carolina Barrantes, y todo su equipo de locas maravillosas, que han conseguido imposibles durante estos 9 años; y lo que les queda. Son los patronos y los patrocinadores y el presidente y los colaboradores y los voluntarios. Son los fans incondicionales, que siempre están ahí, que siempre estarán ahí, para lo que haga falta. Son los miles de jóvenes que han pasado por los congresos, que abarrotan cada auditorio edición tras edición y que se van a casa con la lección bien aprendida; y que nos van a dar mil vueltas cuando lleguen a nuestra edad, porque ellos han sabido mucho antes que nosotros lo que de verdad importa.

Mucha gente buena como la que abarrotó ayer en el Palacio de Congresos de la Comunidad de Madrid. Más de 2.000 jóvenes y no tan jóvenes predispuestos al contagio. Que bailaron y corearon ese himno inmortal a la solidaridad que es Stand By Me, y que nos regaló el gran Clarence Bekker, voz y alma de la Fundación Playing For Change, para abrir el Congreso. Un comienzo perfecto para ir ambientando la jornada.


Gente buena como Alexia Vieira, una “adolescente normal” –rebelde, mala estudiante, tenaz y valiente, muy valiente, eso sí- que se reinventó en alma de la Fundación Khanimambo (‘gracias’), y que lleva 9 años dando esperanza, futuro y alegría a miles de niños en Mozambique. Alexia nos dio una valiosa lección de coraje, de confianza, de amor; de lo que es dar y recibir; de magia, de sonrisas y sueños cumplidos, por muy imposibles que parezcan. Nos enseñó que tenemos que abrir más nuestro corazón, a todos, a todo. Y que hay que dar las gracias cada día, cada minuto, por la suerte que tenemos. Y que hay que sonreír. Sonreír todo el tiempo. Una enseñanza que ellos, los niños de Khanimambo, tienen perfectamente aprendida.

Gente buena como Jennifer Teege, que tuvo el coraje de compartir abiertamente su escalofriante historia. Una historia que comenzó a sus 38 años, el día que descubrió por casualidad que era nieta de un monstruo, uno de los nazis más despiadados que dirigieron los campos de exterminio: Amon Goeth. Una verdad cruel y escalofriante a la que tuvo que enfrentarse, con la que tuvo que luchar (depresiones, contradicciones, miedo, asco…), con la que tiene que vivir. Jennifer, a quien su propio abuelo habría matado por el solo hecho de ser negra, nos recordó que aprender del pasado es la única fórmula para no repetirlo; y no hemos estado tan lejos de hacerlo en las últimas décadas.

Gente buena como Enhamed Enhamed, a quien perder la vista a los ocho años no le ha impedido coleccionar records y medallas de oro en la piscina olímpica (“No perdí la vista, gané la ceguera”). Ni le han quitado un ápice de ese sentido del humor, desbordante y contagioso, que inundó el escenario y se llevó al público de calle (un verdadero crack). Y que nos enseñó el valor del esfuerzo y de la ilusión, que todo lo que sea fácil es enemigo de lo bueno; que el miedo hiere más que aquello a lo que temes; y que los éxitos sólo merecen la pena si se comparten. Y, sobre todo, a través de su inseparable perrita Adele, nos enseñó el inestimable valor de la confianza ciega; no sólo para quien no puede ver.

Gente buena como Pedro García Aguado, que forma parte de la familia de LQDVI casi desde el principio. Un gran tipo, en todos los sentidos. Otro valiente, que superó su adicción al alcohol y a las drogas -a las máscaras, a la falsedad, al oropel- a base de echarle valor y valores a su vida rota. Un tipo que ha visto cosas que no creeríamos, y que se ha enfrentado a ellas a cara descubierta; que ha hecho de su debilidad pasada su causa presente, por y para los jóvenes, que son el futuro de todo. Una vida nada fácil, la de Pedro, ni en el éxito (el esfuerzo, el sacrificio, la presión) ni en el fracaso (la adicción, la familia, la pérdida), que ha sabido convertir en una lección impactante y necesaria, de las que no se pueden ni se deben olvidar.

Y una lección extra e inesperada. Andrés Marcio. Un fenómeno de apenas 13 años que nos dio a todos una lección magistral de madurez, de sentido del humor, de inteligencia emocional, de valentía, de alegría de vivir. Un niño pegado a una silla de ruedas por culpa de una enfermedad degenerativa y cruel (que ha paralizado su cuerpo casi por completo), y pegado también a una sonrisa perenne y luminosa. Andrés nos dio, quizá, la lección más potente y contagiosa del día. Gracias, Marta Barroso, por traérnoslo.

Mucha gente buena, sí, la que se junta alrededor de Lo Que De Verdad Importa. De esa que te pega sólo cosas buenas, valiosas, importantes. De esa que, sencillamente, te hace mejor persona. Por puro contagio. Y ahí estamos desde hace años, a ver si se nos contagia algo. O mucho.




lunes, 2 de diciembre de 2013

Cuatro historias de amor y dos mil conciencias sacudidas

Ha pasado un año y parece que fue ayer. Un año desde que vio la luz (¡y qué luz!) el libro Lo Que De Verdad Importa, con esas imprescindibles lecciones de entrega, de generosidad, de superación, de alegría de vivir, de puro y simple amor. Y un año desde el último Congreso de Lo Que De Verdad Importa. Esta fiesta emocional que sacude nuestras conciencias con fuerza y hondura cada vez que viene a Madrid (o a Zaragoza, Sevilla, Bilbao, Barcelona, Valencia, Mallorca, La Coruña, Quito…) ha vuelto a revolucionarnos el corazón, a dar un vuelco a nuestras prioridades, a enfrentarnos a nuestro mundo de ambición, banalidad y ombligos desmesurados. Ha vuelto a mostrarnos, en descarnado directo y en primerísima persona, los valores que valen de verdad; los que marcan la diferencia en la vida; los que, simplemente, te hacen ser “buena gente”; los valores que, si los miles de jóvenes que asisten anualmente a estos Congresos extraordinarios aplican  a su día a día, van a dar un revolcón a esta sociedad egoísta y sin conciencia que les hemos dejado los adultos.

 


El Congreso empezó, como no podía ser de otra manera, con un primer shock emocional. Un bellísimo recuerdo a María de Villota, un homenaje a su sonrisa franca y a su corazón inmenso, mientras de fondo sonaba la voz suave de Jack Johnson y su Angel (“Tengo un ángel, no lleva alas, pero sí un corazón que puede derretir el mío, una sonrisa capaz de hacerme cantar”). Y continuó con una celebración colectiva de la flamante licenciatura en Periodismo de Marimar García Garrido, que tiene su cuerpo paralizado del cuello para abajo, pero no su cabeza, ni su sentido del humor, ni sus desbordantes ganas de vivir.


Y luego la primera lección. Desgarradora. Sobrecogedora. Brutal. Inhumana. Y una hermosa historia de amor. La historia de amor entre una joven cántabra que vivía una vida normal y confortable, recién licenciada en Ciencias Gastronómicas, y unos niños haitianos que vivían un infierno de miseria, esclavitud y prostitución; de madres que regalan a sus hijos; de tráfico de órganos; de niños y niñas violados noche tras noche. De cólera. De huracanes. De HAMBRE. Lucía Lantero llegó a la región más pobre del país más pobre del continente para hacer voluntariado durante tres meses. Pero después de lo que allí vio y vivió ya no se pudo marchar. Decidió montar un orfanato para sacar a esos niños de su infierno y ofrecerles una mínima seguridad, que ellos a su vez transforman en infinita felicidad (un día con arroz y sin ser violados o golpeados es un día mil veces más feliz que uno nuestro).
     Dejó sus ahorros en el empeño, luchó contra la corrupción establecida, venció sus miedos (plenamente justificados), entregó cada minuto de su vida a la causa y superó infinidad de dificultades imposibles de describir (hay que escuchar su voz temblorosa, hay que mirar en sus ojos, unos ojos que han visto lo peor del ser humano), con la inconmensurable ayuda de su tía Marta, de Alexis, del padre Antonio, de Quatrecasas. Desde hace tres años Ayitimoun Yo (“Niños de Haití”) es una realidad que da cobijo, educación y esperanza a estos niños; pero una realidad frágil, siempre en el filo, bajo la amenaza permanente de la falta de fondos, porque vive de aportaciones particulares… y de la inmensa fuerza del amor de Lucía Lantero y su equipo de ángeles voluntarios. “Renuncié a mi vida, pero ha merecido la pena cada segundo”, dice; “Me siento afortunada porque he tenido la oportunidad de ser instrumento para los demás”.
 
Para Lucía, volver a España no es una opción, porque sus niños están donde están porque ella está con ellos; si ella falta, ellos regresan al infierno. Simplemente. Pero para nosotros sí es una opción ayudarla: la cuenta de la Asociación Ayitimoun Yo es 2100 2171 96 0200280655. Los privilegiados del mundo tenemos una responsabilidad con los que no tienen nada (y aquí nada es nada). Como nos recuerda Lucía: hay que dejar de mirar tanto hacia arriba y mirar más hacia abajo. Se ve todo mucho más claro.

Después de la conmoción que supuso el testimonio de Lucía, llegó el soplo de vida y optimismo, de verdadera fuerza de la naturaleza que es la sonrisa de Irene Villa. Y nos recordó, una vez más, que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional; que la ira es el peor veneno del alma y que el perdón es una victoria; que el éxito es obtener lo que se desea, pero la felicidad es disfrutar de lo que se consigue; y que si sonríes a la vida, la vida te devuelve la sonrisa. Y a Irene, desde luego, la vida le sigue devolviendo una sonrisa detrás de otra, a través de su familia (“la niña que tenía que estar muerta ahora ha dado vida: mi hijo Carlos”), de sus éxitos profesionales (acaba de publicar su primera novela, Nunca es demasiado tarde, princesa) y de sus numerosos logros deportivos (ya estará sumando nuevas medallas de esquí adaptado con su inseparable Teresa Silva). Y un recuerdo especial para su alma gemela, su ángel guardián, su fuente inagotable de energía: su madre, María Jesús (un beso fuerte, Mariaje. Y gracias otra vez).

 


Después de Irene, la lección de coraje, solidaridad, supervivencia y amor que vivieron María Belón y su familia, tras el tsunami que arrasó millones de vidas en Tailandia en 2004. Todos lo vimos en la película Lo imposible (que en un 93% es lo que sucedió realmente; el 7% restante está suavizado) y quedamos profundamente impactados. Escucharlo en la viva voz de María Belón, que el miércoles pasado cumplió ocho años, nueve meses y un día, es estremecedor. Y enormemente enriquecedor. Porque habla de su experiencia en primera persona, pero extrae conclusiones para cada uno de nosotros, que también somos supervivientes de nuestros propios tsunamis. María habló de miedos, habló de dolor y pérdida, de ahogo y angustia, de ausencia; de querer tirar la toalla cuando no puedes más hasta que la vida te dice aguanta un poco, que sí puedes; y puedes. Habló de responsabilidad, de milagros, de SOLIDARIDAD (ese anciano que la encuentra casualmente y la arrastra durante más de dos kilómetros hasta que la deja plenamente a salvo… y sólo entonces regresa a buscar a sus familiares. “Hizo suya mi vida”, recuerda María; y se emociona). Y habló de coca-cola, y de sus hijos (¡con qué orgullo de madre!) y de Quique, su marido, su héroe, y de los millones de seres que lo perdieron todo bajo la ola asesina; y nos enseñó (¡bendita lección!) que el amor y la paciencia son el mejor antídoto frente a cualquier tsunami. Y que el miedo es sólo una circunstancia, ya nunca una excusa. Y que la vida es un regalo, el mejor regalo, como decía su amiga del alma María de Villota.

 
Y la última lección del día comenzó con una canción (“Imagina que no hay países, nada por lo que matar o morir (…) Dirás que soy un soñador, pero no soy el único”), que Emmanuel Kelly se marcó en directo recorriendo las primeras filas del auditorio. Como una estrella. Y nos conquistó a todos, de nuevo (como ya hizo en el Factor X de la televisión australiana), con su talento, con su sonrisa y con su historia. Una verdadera lección de superación, caridad, tesón y amor; y de pesadillas convertidas en sueños realizados, cuando él y su hermano, ambos abandonados de bebés en una caja de zapatos en un Iraq devastado por la guerra, fueron rescatados por las hermanas de la caridad y luego adoptados por su ángel particular, Moira Kelly. Los dos presentaban serias amputaciones en brazos y piernas, consecuencia de las armas químicas, pero ello no les impidió cumplir sus sueños (“Sueña grande, trabaja duro y no te rindas nunca”): Ahmed, triunfar en los Juegos Paralímpicos (en natación); Emmanuel, triunfar en el mundo de la canción (su último éxito: Let Love Find You).

Para ambos, claro, lo que de verdad importa en la vida es la familia, y la esperanza. Y la BONDAD: Si todos hiciéramos un pequeño acto de bondad al día, el mundo sería definitivamente diferente. Emmanuel y Ahmed lo saben bien. Y María y su familia. E Irene. Y los niños haitianos que viven (¡viven!) bajo el ala protectora de Lucía. Su ángel de la guarda.

 
 
Ha pasado un año y parece que fue ayer. Y uno, que está especialmente sensibilizado en estos últimos tiempos, no deja de darle vueltas a la cabeza y a la conciencia (y al lacrimal). Y piensa, en lo más hondo de su corazón: ¡Qué suerte tienes de recibir estas lecciones imprescindibles año tras año! ¡Qué suerte tienes de conocer a tanta gente buena y valiosa (y tan altamente contagiosa)! ¡Qué suerte tienes, Pepe! Y qué poca excusa te queda ya… 
 
 

 

 

 

 
 


 

 


lunes, 3 de diciembre de 2012

Lo que de verdad importa. El libro de tu vida.


Cuando hace seis años María Franco, Carolina Barrantes y Pilar Cánovas inauguraron el primer congreso de Lo Que De Verdad Importa (una hazaña fruto de meses de duro trabajo e inagotables dosis de ilusión) no podían imaginar siquiera en qué se iba a convertir su ‘criatura’. La idea era maravillosamente simple, e inédita: hacer llegar a los jóvenes testimonios vivos y reales de personas vivas y reales, contadas en primera persona y en riguroso directo, y con una potente carga de profundidad en valores. Impactantes lecciones de vida –de amor, sacrificio, superación, esfuerzo, optimismo…- que sacudieran sus mentes con fuerza, hondura y clara voluntad de permanencia. Hoy, esa fiesta emocional cumple seis años sacudiendo a miles de jóvenes de toda España, y ahora también de Latinoamérica, a través de las valiosas experiencias de seres humanos extraordinarios, que han descubierto lo que de verdad importa en la vida. Y cuya sana voluntad es ayudarnos a los demás a descubrirlo.
Los últimos, por ahora, este pasado viernes en el Palacio de Congresos de Madrid: la complicidad extraordinaria y generosa de Philippe Pozo di Borgo y su “diablo de la guarda”, Abdel Sellou, los verdaderos protagonistas de la película Intocable; y la brutal lección de fortaleza y amor de Anne-Dauphine Julliand y su marido Loïc, que perdieron a su hija Thäis a los “tres años y tres cuartos” por una cruel enfermedad degenerativa, pero decidieron llenar sus días de vida, ya que no podían llenar su vida de días. Lo mismo que con su segunda hija, Azylis, que padece la misma enfermedad congénita y a la que Anne-Dauphine se negó a abortar; ha cumplido 6 años absolutamente llenos de vida. Y de amor.


Dieciocho dosis de optimismo
Dieciocho de estas experiencias vitales, que han pasado por los diferentes congresos de Lo Que De Verdad Importa desde su nacimiento, han tomado ahora forma de libro precisamente para poder llevar esos valores universales más allá de los congresos y de los jóvenes; esto es, a toda la sociedad. El objetivo, sacudir conciencias y obligarnos, siquiera un poco, a replantearnos nuestra propia escala de valores. Un libro que he tenido el privilegio de escribir para la Fundación LQDVI y que está predestinado a hacer mucho bien.
“Lo que de verdad importa son los sueños; si crees en los sueños, ellos se crearán”, nos dice Albert Espinosa, que vivió desde los 14 a los 24 años en un hospital para niños con cáncer; allí aprendió a ser feliz a pesar del durísimo tratamiento, de su pierna amputada y de su inocencia prematuramente perdida. Bernard Offen sobrevivió a cinco campos de concentración cuando era niño; siete décadas después quiere que no olvidemos aquel horror y nos enseña que valorar a todas las personas, próximas o lejanas, es la única forma de no repetir los mismos errores. Bertín Osborne reconoce que el día que nació su hijo Kike, con una grave lesión cerebral, fue el más duro de su vida; pero, a partir de ahí, nunca se ha sentido tan feliz ni tan digno: “ahora me puedo mirar al espejo y sentirme orgulloso de lo que veo”.
 



Bosco Gutiérrez Cortina aprendió, a lo largo de los 257 días de su secuestro, que nunca estuvo solo; junto a él permanecieron siempre su familia y su inquebrantable fe, que le permitieron mantener la cordura. El rapero Haze, en cambio, sucumbió a las malas compañías tratando de huir de la pobreza que le tocó en suerte; hoy, triunfador, dedica gran parte de su vida a llevar un poco de esperanza a los marginados. Como Shane O’Doherty, que fue el primer terrorista del IRA en pedir perdón a sus víctimas y la disolución a sus compañeros, y ahora cuida a los indigentes de Dublín. Irene Villa y su sonrisa nos enseñan que sí, que “se puede”; y que hay que mirar hacia delante, siempre, sin excusas. Como Jorge Font, parapléjico y ocho veces campeón del mundo de esquí acuático. Como la cantante Miriam Fernández, nacida con lesión cerebral, y ganadora del concurso ‘Tú sí que vales’; o el emprendedor Pau Garcia-Milà, que con apenas 18 años venció a los gigantes informáticos de Silicon Valley.


O como Kyle Maynard, a quien nacer sin brazos ni piernas no le impide atarse los cordones, ser campeón de lucha libre contra personas ‘enteras’, teclear 50 palabras por minuto en el ordenador o subir al Kilimanjaro sin ayuda. Nando Parrado también salió por su propio pie de su tumba de roca y hielo en los Andes, empujado por una férrea voluntad y el único deseo de vivir para poder abrazar a su padre. Jaume Sanllorente y Paco Moreno dejaron una vida cómoda y exitosa en España para vivir por y con los más necesitados, los desheredados del mundo, en los barrios de chabolas de Bombay o en la región más desértica de Etiopía. La lucha de Pablo Pineda, en cambio, está aquí: su permanente reivindicación de ser tratado como una persona normal (“¿De qué me sirve ser el primer síndrome de Down licenciado de Europa si no me dan trabajo?”).
Para William Rodriguez, lo que de verdad importa es hacer lo moralmente correcto, aunque esté en juego tu propia vida; lo demostró en las Torres Gemelas, salvando a decenas de personas mientras desafiaba a su propia muerte. Para Toni Nadal, es poner toda tu ilusión en lo que haces y estar contento con lo que te ha tocado vivir. Y para Marimar García, tetrapléjica, periodista y vitalista empedernida es disfrutar la vida y regalar tu sonrisa a los demás.
 
 
Estos son los valores que contiene este libro único y necesario (y que va camino de su 4ª edición). Único por sus protagonistas extraordinarios, reunidos por primera vez todos juntos entre dos solapas; y único por su cuidado formato, editado con mimo por Lunwerg, prologado por el mismísimo Rafa Nadal y repleto de vibrantes fotografías, muchas de ellas inéditas (cedidas por los propios protagonistas o realizadas por el fotógrafo Daniel Losada, que ha sabido retratar maravillosamente la belleza exterior y el espíritu más íntimo de cada uno de ellos).
 
Y necesario porque es un verdadero chute de optimismo, esperanza y agitación interior, en dieciocho generosas dosis directas al corazón. Dieciocho conmovedoras lecciones de vida que nos van a obligar a reflexionar y nos van a ayudar a descubrir lo que de verdad importa. Un maravilloso regalo, para hacerse y para hacer, que puede cambiar más de una vida.
 
La tuya, por ejemplo.