Mostrando entradas con la etiqueta María Belón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta María Belón. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de diciembre de 2013

Cuatro historias de amor y dos mil conciencias sacudidas

Ha pasado un año y parece que fue ayer. Un año desde que vio la luz (¡y qué luz!) el libro Lo Que De Verdad Importa, con esas imprescindibles lecciones de entrega, de generosidad, de superación, de alegría de vivir, de puro y simple amor. Y un año desde el último Congreso de Lo Que De Verdad Importa. Esta fiesta emocional que sacude nuestras conciencias con fuerza y hondura cada vez que viene a Madrid (o a Zaragoza, Sevilla, Bilbao, Barcelona, Valencia, Mallorca, La Coruña, Quito…) ha vuelto a revolucionarnos el corazón, a dar un vuelco a nuestras prioridades, a enfrentarnos a nuestro mundo de ambición, banalidad y ombligos desmesurados. Ha vuelto a mostrarnos, en descarnado directo y en primerísima persona, los valores que valen de verdad; los que marcan la diferencia en la vida; los que, simplemente, te hacen ser “buena gente”; los valores que, si los miles de jóvenes que asisten anualmente a estos Congresos extraordinarios aplican  a su día a día, van a dar un revolcón a esta sociedad egoísta y sin conciencia que les hemos dejado los adultos.

 


El Congreso empezó, como no podía ser de otra manera, con un primer shock emocional. Un bellísimo recuerdo a María de Villota, un homenaje a su sonrisa franca y a su corazón inmenso, mientras de fondo sonaba la voz suave de Jack Johnson y su Angel (“Tengo un ángel, no lleva alas, pero sí un corazón que puede derretir el mío, una sonrisa capaz de hacerme cantar”). Y continuó con una celebración colectiva de la flamante licenciatura en Periodismo de Marimar García Garrido, que tiene su cuerpo paralizado del cuello para abajo, pero no su cabeza, ni su sentido del humor, ni sus desbordantes ganas de vivir.


Y luego la primera lección. Desgarradora. Sobrecogedora. Brutal. Inhumana. Y una hermosa historia de amor. La historia de amor entre una joven cántabra que vivía una vida normal y confortable, recién licenciada en Ciencias Gastronómicas, y unos niños haitianos que vivían un infierno de miseria, esclavitud y prostitución; de madres que regalan a sus hijos; de tráfico de órganos; de niños y niñas violados noche tras noche. De cólera. De huracanes. De HAMBRE. Lucía Lantero llegó a la región más pobre del país más pobre del continente para hacer voluntariado durante tres meses. Pero después de lo que allí vio y vivió ya no se pudo marchar. Decidió montar un orfanato para sacar a esos niños de su infierno y ofrecerles una mínima seguridad, que ellos a su vez transforman en infinita felicidad (un día con arroz y sin ser violados o golpeados es un día mil veces más feliz que uno nuestro).
     Dejó sus ahorros en el empeño, luchó contra la corrupción establecida, venció sus miedos (plenamente justificados), entregó cada minuto de su vida a la causa y superó infinidad de dificultades imposibles de describir (hay que escuchar su voz temblorosa, hay que mirar en sus ojos, unos ojos que han visto lo peor del ser humano), con la inconmensurable ayuda de su tía Marta, de Alexis, del padre Antonio, de Quatrecasas. Desde hace tres años Ayitimoun Yo (“Niños de Haití”) es una realidad que da cobijo, educación y esperanza a estos niños; pero una realidad frágil, siempre en el filo, bajo la amenaza permanente de la falta de fondos, porque vive de aportaciones particulares… y de la inmensa fuerza del amor de Lucía Lantero y su equipo de ángeles voluntarios. “Renuncié a mi vida, pero ha merecido la pena cada segundo”, dice; “Me siento afortunada porque he tenido la oportunidad de ser instrumento para los demás”.
 
Para Lucía, volver a España no es una opción, porque sus niños están donde están porque ella está con ellos; si ella falta, ellos regresan al infierno. Simplemente. Pero para nosotros sí es una opción ayudarla: la cuenta de la Asociación Ayitimoun Yo es 2100 2171 96 0200280655. Los privilegiados del mundo tenemos una responsabilidad con los que no tienen nada (y aquí nada es nada). Como nos recuerda Lucía: hay que dejar de mirar tanto hacia arriba y mirar más hacia abajo. Se ve todo mucho más claro.

Después de la conmoción que supuso el testimonio de Lucía, llegó el soplo de vida y optimismo, de verdadera fuerza de la naturaleza que es la sonrisa de Irene Villa. Y nos recordó, una vez más, que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional; que la ira es el peor veneno del alma y que el perdón es una victoria; que el éxito es obtener lo que se desea, pero la felicidad es disfrutar de lo que se consigue; y que si sonríes a la vida, la vida te devuelve la sonrisa. Y a Irene, desde luego, la vida le sigue devolviendo una sonrisa detrás de otra, a través de su familia (“la niña que tenía que estar muerta ahora ha dado vida: mi hijo Carlos”), de sus éxitos profesionales (acaba de publicar su primera novela, Nunca es demasiado tarde, princesa) y de sus numerosos logros deportivos (ya estará sumando nuevas medallas de esquí adaptado con su inseparable Teresa Silva). Y un recuerdo especial para su alma gemela, su ángel guardián, su fuente inagotable de energía: su madre, María Jesús (un beso fuerte, Mariaje. Y gracias otra vez).

 


Después de Irene, la lección de coraje, solidaridad, supervivencia y amor que vivieron María Belón y su familia, tras el tsunami que arrasó millones de vidas en Tailandia en 2004. Todos lo vimos en la película Lo imposible (que en un 93% es lo que sucedió realmente; el 7% restante está suavizado) y quedamos profundamente impactados. Escucharlo en la viva voz de María Belón, que el miércoles pasado cumplió ocho años, nueve meses y un día, es estremecedor. Y enormemente enriquecedor. Porque habla de su experiencia en primera persona, pero extrae conclusiones para cada uno de nosotros, que también somos supervivientes de nuestros propios tsunamis. María habló de miedos, habló de dolor y pérdida, de ahogo y angustia, de ausencia; de querer tirar la toalla cuando no puedes más hasta que la vida te dice aguanta un poco, que sí puedes; y puedes. Habló de responsabilidad, de milagros, de SOLIDARIDAD (ese anciano que la encuentra casualmente y la arrastra durante más de dos kilómetros hasta que la deja plenamente a salvo… y sólo entonces regresa a buscar a sus familiares. “Hizo suya mi vida”, recuerda María; y se emociona). Y habló de coca-cola, y de sus hijos (¡con qué orgullo de madre!) y de Quique, su marido, su héroe, y de los millones de seres que lo perdieron todo bajo la ola asesina; y nos enseñó (¡bendita lección!) que el amor y la paciencia son el mejor antídoto frente a cualquier tsunami. Y que el miedo es sólo una circunstancia, ya nunca una excusa. Y que la vida es un regalo, el mejor regalo, como decía su amiga del alma María de Villota.

 
Y la última lección del día comenzó con una canción (“Imagina que no hay países, nada por lo que matar o morir (…) Dirás que soy un soñador, pero no soy el único”), que Emmanuel Kelly se marcó en directo recorriendo las primeras filas del auditorio. Como una estrella. Y nos conquistó a todos, de nuevo (como ya hizo en el Factor X de la televisión australiana), con su talento, con su sonrisa y con su historia. Una verdadera lección de superación, caridad, tesón y amor; y de pesadillas convertidas en sueños realizados, cuando él y su hermano, ambos abandonados de bebés en una caja de zapatos en un Iraq devastado por la guerra, fueron rescatados por las hermanas de la caridad y luego adoptados por su ángel particular, Moira Kelly. Los dos presentaban serias amputaciones en brazos y piernas, consecuencia de las armas químicas, pero ello no les impidió cumplir sus sueños (“Sueña grande, trabaja duro y no te rindas nunca”): Ahmed, triunfar en los Juegos Paralímpicos (en natación); Emmanuel, triunfar en el mundo de la canción (su último éxito: Let Love Find You).

Para ambos, claro, lo que de verdad importa en la vida es la familia, y la esperanza. Y la BONDAD: Si todos hiciéramos un pequeño acto de bondad al día, el mundo sería definitivamente diferente. Emmanuel y Ahmed lo saben bien. Y María y su familia. E Irene. Y los niños haitianos que viven (¡viven!) bajo el ala protectora de Lucía. Su ángel de la guarda.

 
 
Ha pasado un año y parece que fue ayer. Y uno, que está especialmente sensibilizado en estos últimos tiempos, no deja de darle vueltas a la cabeza y a la conciencia (y al lacrimal). Y piensa, en lo más hondo de su corazón: ¡Qué suerte tienes de recibir estas lecciones imprescindibles año tras año! ¡Qué suerte tienes de conocer a tanta gente buena y valiosa (y tan altamente contagiosa)! ¡Qué suerte tienes, Pepe! Y qué poca excusa te queda ya… 
 
 

 

 

 

 
 


 

 


martes, 18 de junio de 2013

Un tsunami emocional en la Feria del Libro


Lo bueno de escribir un libro y que ese libro guste y se venda y se comparta y se regale, es que la editorial te da la oportunidad de ver la Feria del Libro desde un punto de vista (para mí) inédito hasta hace sólo un par de semanas: formando parte del escaparate. Es una experiencia curiosa permanecer sentado, esperando, observando, viendo pasar ante tus ojos expectantes a cientos de anónimos lectores que pasean su curiosidad de caseta en caseta, de famoso en famoso, con su bolsa oficial portando quizá un ejemplar o dos (aunque dicen que este año han subido las ventas ¡casi un 10%!), a la caza de firmas más interesantes que las de este escritor en ciernes y su socio fotógrafo. Un par de novatos con el boli presto y la mirada suplicante —acechante— ante cualquier potencial comprador que se acerque a la caseta 153 y realice el más mínimo amago de ojear tu libro y de desear, quizá, que lo inmortalices con tu ensayada dedicatoria: “Para Pilar, con afecto. Espero que estas historias te inspiren y te ayuden en los buenos momentos y en los más difíciles. Un abrazo. Pepe.”
 
Lo sorprendente es que las peticiones llegan. Con cuentagotas, pero llegan. Y te llenan. Un extraño gozo recorre tu médula de arriba abajo cuando, después de firmar tu primer ejemplar a una señora de lo más amable y agradecida —que lo quiere dedicar a su hija que está pasando por un momento delicado; ella y el marido están sin trabajo, ya sabes; y con dos niños pequeños…—, eres plenamente consciente del hecho en sí: ¡he firmado mi primer ejemplar en la Feria del Libro! El sacrosanto Olimpo donde firman todos esos dioses inalcanzables que venden libros por millardos, han escrito no sé cuántos best sellers o han ganado yo qué sé cuántos premios importantísimos. Y te sientes a un tiempo enano y gigante. Y te hinchas como un palomo del Retiro, que serán, con toda probabilidad, los más chulos de Madrid.

Pero acto seguido rebobinas. Y piensas en lo verdaderamente importante del hecho en sí. Piensas en esa señora, probablemente viuda, con una mísera pensión que ahora tendrá que estirar lo imposible para poder ayudar a su hija y a su yerno y a sus dos nietos, que lo estarán pasando dramáticamente mal. Y piensas que, en circunstancias tan terribles, ese libro, tu libro, va a llevar un soplo de esperanza, de optimismo, de coraje, de empatía, de superación a esa pobre familia, a través de las historias inspiradoras de Irene Villa, Nando Parrado, Pablo Pineda, Miriam Fernández, Marimar García, Albert Espinosa, Jaume Sanllorente, Rafa Nadal y los demás protagonistas de Lo Que De Verdad Importa. El libro.



El goteo de firmas continúa durante un par de horas. Amigos, familiares, desconocidos. Y se llevan un libro, dos, tres, cada uno dedicado a una persona cercana, supones; cada uno dedicado a una persona que tal vez lo necesite, o a la que simplemente le venga bien un poco de lectura edificante; alguien a quien quieren, eso seguro. Y piensas en lo acertado de la frase promocional que destella su amarillo huevo sobre el corazón blanquiazul de la portada: “Regala este libro a alguien que de verdad te importe”. Y eso lo resume todo.

Y vuelves una semana después, último domingo de Feria. Y la emoción palpitante del primer día se desboca ya de forma incontrolable. Porque ese día no sólo acudes a firmar, a observar y ser observado —o ignorado— desde el escaparate de la caseta 153. Ese día acudes a la Feria del Libro, al Olimpo de los dioses literarios, a presentar tu obra (ver resumen de la presentación) En el pabellón principal. Con público. Lleno total. Y piensas: “¡Bien, Pepe, aquí estamos; disfruta el momento porque es difícil —¿imposible?— que esto se vuelva a repetir.” Y disfrutas, ¡vaya si disfrutas! Pero no por estar ahí, sobre tan insigne estrado, ante un público previamente rendido —y algún curioso que no opone resistencia—, soltando el speach preparado, interiorizado y sentido de corazón. No. Disfrutas como un enano porque estás rodeado de gente a la que admiras profundamente: María Franco, directora general de la Fundación LQDVI y una inagotable fuerza de la naturaleza (humana); Pilar Cánovas, su inseparable cómplice de tantas hermosas batallas; Dani Losada, mi cómplice en esta historia, un tipo que logra retratar el alma de la gente a la que fotografía, aunque se encuentre de espaldas; Pablo Pineda, una montaña rusa emocional que te hace reír y llorar intensamente en el mismo minuto, un ejemplo de coraje, tesón y de sentido del humor como pocos; Miriam Fernández, guapísima, artistaza, gran comunicadora y permanente transmisora de sonrisas; Marimar García, siempre ahí, al pie del cañón, presta para lo que sea, aunque tenga el cuerpo paralizado de cuello para abajo; Fabiola, mujer de Bertín Osborne, madre coraje de Kike y alma generosa de las que da sin medir lo que da. Todos ellos protagonistas de las historias —vividas, reales— que se relatan en Lo Que De Verdad Importa.
 
Y culminando la mañana, camuflados entre el público, dos espectadores sorpresa, protagonistas reales de una de las historias más estremecedoras y conmovedoras que se han llevado al cine en los últimos años: María Belón y su marido Quique Álvarez, milagrosos supervivientes del tsunami que arrasó Tailandia en 2004 y para los que no existe “lo imposible”. Como tampoco para Jacobo Parages, protagonista de otra hazaña marítima con doble buena causa, que tampoco faltó a la cita (y del que escribiré largamente la semana que viene).

Una mañana mágica, inolvidable, y probablemente irrepetible. Y uno, al regresar a casa después del subidón emocional (y tras la frenética firma de libros a cuatro manos: Miriam, Pablo, Dani y yo), recostado en su vieja mecedora de lectura, a sólo un pasito del sueño sestero, piensa: “¡Qué suerte tienes, Pepe, qué suerte tienes! Desde que escribiste este libro no has parado de conocer gente buena.”  Y sí, eso es, al fin y al cabo, lo que de verdad importa.