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miércoles, 24 de junio de 2020

Lucía Lantero. El ángel de los niños de Haití (Ayitimoun yo)


La historia de Lucía es una hermosa historia de amor. La historia de amor entre una joven cántabra que vivía una vida normal y confortable, recién licenciada en Ciencias Gastronómicas, y unos niños haitianos que vivían un infierno de miseria, esclavitud y prostitución; de madres que se ven obligadas a regalar a sus hijos. De cólera. De huracanes. De HAMBRE. Lucía Lantero llegó a la región más pobre del país más pobre del continente americano para hacer voluntariado durante tres meses. Pero después de lo que allí vio y vivió ya no se pudo marchar. Decidió montar un orfanato para sacar a esos niños de su infierno y ofrecerles una mínima seguridad, que ellos a su vez han transformado en infinita felicidad.




Hace 6 años, por una de esas casualidades de la vida, Lucía fue a parar a Haití; concretamente al punto fronterizo más pobre y alejado del mundo que llamamos civilizado. Haití, olvidado por ese mismo mundo civilizado durante décadas, salió a los medios de comunicación en 2010 a raíz del terremoto que asoló el país. Pero antes ya era uno de los países más pobres del planeta, un territorio asolado por la miseria, la deforestación y el hambre. 
El hambre.

Lucía viajó hasta aquel rincón perdido y olvidado porque creía que podía aportar algo, ayudar a mitigar ese hambre atroz con sus conocimientos de agricultura y conservación de alimentos (allí, para tratar de engañar a sus estómagos, los haitianos comen galletas de barro). Tres meses de voluntariado, pensó, serían suficientes. Pero a su llegada, la vida le dio un giro de 180º. Porque lo que allí encontró fue un país completamente derruido, asolado por el terremoto, cuyas casas (por llamarlas de alguna forma) fabricadas con adobe, barro, paja y excrementos de burro, duraron lo que un castillo de naipes frente a una galerna. Dos millones de personas lo perdieron todo (casa, vida, familia, esperanza). Para la mayoría, la única salida era —y es— atravesar la frontera y llegar a la próspera República Dominicana donde, con suerte, podrían trabajar en régimen de semi esclavitud en los cañaverales o en cualquier otro boyante negocio del país vecino.

Alexis, un amigo francés al que Lucía conoció en su época de estudiante, la convenció para ir a Haití, a colaborar en un proyecto sobre semillas y deforestación. Lucía aceptó. Planificó su estancia y comenzó su periodo de voluntariado con la idea de regresar a España a los tres meses. Sin embrago, el destino le tenía reservados otros planes.
    Tras el terremoto, la situación aún podía empeorar en Haití. A la cólera, el hambre y el pillaje se sumó una tormenta tropical que terminó de arrasar el país. A Lucía y sus compañeros les aconsejaron refugiarse en República Dominicana, que se encontraba a sólo unos minutos. Y es precisamente allí donde Lucía encontró la nueva razón de su vida: niños haitianos perdidos por las calles, tirados por las calles, hambrientos y desamparados. Sucios, descalzos y harapientos. Alexis y ella les acogieron y les dieron de comer pan y zumos; los niños les contaron su historia, cómo sus madres tienen tanta hambre que se ven obligadas a regalarlos para al menos intentar sobrevivir por separado, ellas y sus hijos. Niños abandonados a su suerte que probablemente sepan que van a acabar víctimas de la esclavitud, de la prostitución, del tráfico de órganos. En cualquier caso, son dinero. La ley de la supervivencia.


No me puedo volver

En medio de aquella miseria, Lucía se dice: “No me puedo volver”. No, no puede dejar abandonado a “Chiquitín”; o a ese otro niño que le confiesa cómo le viola un hombre todas las noches; o al que le cuenta cómo transcurren sus días buscando comida donde no existe, expuesto a las enfermedades, sin hogar, sin familia, viviendo una infancia sin vida, ni presente ni futura.
    Resuelta a encontrar una solución, Lucía empieza a remover Roma con Santiago para proporcionar un hogar a esos niños. Gracias a las gestiones del padre Antonio se reúne con las administraciones y ong’s. Tiene unos ahorros, que pone a su disposición. “Les dije: tomad mi dinero y hacéis lo que podáis”. Hay lugares en los que, en efecto, las cosas suceden así. Pero no allí. Allí, o lo haces tú o nadie lo va a hacer por ti. No existía un orfanato, ni un centro de acogida ni nada semejante. “¿Cómo puede ser?”, se pregunta Lucía. Pero tampoco existe respuesta. Decide quedarse y ayudar a esos niños desamparados. “No puedo conseguir que sean felices, pero sí que esta noche no les violen, que esta noche no les peguen”. Ahora es ella la que convence a Alexis para que se quede a ayudarla.

Regresan los dos a Haití, al otro lado de la frontera, en busca de una casa que haga las veces de hogar y encuentran una que estaba en construcción, sin ventanas ni puertas, sin suelo; pero hay un techo, al menos. Y paredes. Piensan Alexis y Lucía que han cruzado la frontera solos, pero a sus espaldas escuchan una voz que les llama a gritos: “¡¡Lucíaaa, Lucíaaa!!”. Son los niños, que han atravesado la frontera ante el temor de que no volvieran sus recién encontrados ángeles.


El comienzo no fue fácil en absoluto. Los niños estaban asilvestrados. No habían recibido educación, ni cariño. Para la sociedad eran ratas. Además, Lucía y Alexis no sabían nada de ong’s, ni de leyes, ni de permisos… Compran material de construcción y tienen que dormir en tiendas de campaña junto a ese material para que no se lo roben por la noche. Pero esa noche, por primera vez en su vida, los niños duermen tranquilos. El padre Antonio consigue cinco colchones y, también por primera vez, duermen en blando; no saben qué hacer con las sábanas, es algo extraño para ellos; juegan con ellas, se pelean con ellas, se pierden entre tanta blanca suavidad, pero duermen felices.

Lo peor, sin embargo, llegó de donde menos lo esperaban. Desde organizaciones supuestamente amigas surgen voces críticas hacia su labor: “¿Qué hacen, si no saben nada de estos niños? No tienen conocimientos de psicología, no pueden quitarles sus armas naturales, ni crearles falsas esperanzas”. Lucía y Alexis hacen caso omiso. Tiran para adelante como buenamente pueden. No es fácil, ni mucho menos. Otro problema añadido era la propia agresividad de los niños. La miseria hace asomar lo peor del ser humano. Se pelean con machetes, cuchillos, botellas. Es lo que han visto en sus mayores. Es lo que han aprendido para defenderse. Y allí todos son potenciales enemigos. Son miles de niños huérfanos por todo el país, víctimas del terremoto, de la cólera… y de sus propias familias: “allí las parejas no duran mucho tiempo, y cuando la madre se vuelve a casar, el nuevo padre no quiere a esos niños, los vende, los maltrata”.

Son momentos muy duros. Pero su decisión de quedarse y continuar luchando es inalterable. Llega al orfanato la tía de Lucía, Marta, que resulta ser un bálsamo de moral, de tranquilidad y de disciplina: “¡Hasta que no estén todos sentados no se come!” Fue el primer día que comieron sentados, ¡y con tenedores! La tía Marta trae también dinero, experiencia y, lo más importante, esperanza. Una ayuda extra que a Lucía le da la vida. Pero no pueden con todo; el dinero se acaba pronto, los recursos escasean, las fuerzas menguan. Se sienten solos, diminutos ante una empresa tan inabarcable.

Buscan ayuda en otras ong’s y en la administración, pero incomprensiblemente se estrellan contra un muro de insolidaridad. Les llegan a acusar de no ser legales, de aprovecharse de los niños. “Dudaban de nosotros; pensaban que estábamos haciendo dinero con ellos… ¡incluso violándolos!” Tienen que profesionalizarse si quieren recibir apoyo y ayudas. “En España, Quatrecasas nos adoptó, nos ayudó a tener marco legal y a regularizar nuestra situación”. Finalmente se convierten de forma oficial en Ayitimoun Yo (“Niños de Haití”), una Asociación Sin Ánimo de Lucro. 


Cuando todo cobra sentido



Los niños están felices, porque tienen protección, porque comen todos los días. “Cuando comen son felices. Mil veces más que nosotros. Porque se preocupan del hoy, no del mañana. Mientras tengan comida y no tengan ninguna enfermedad, son felices”. Esa es la clave, vivir el presente. Lucía lo sabe también: “si yo hubiera pensado en el mañana no habría hecho nada. Cuando piensas en el mañana dejas de pensar en lo que es importante hoy”. Empiezan a organizarse, a establecer horarios; los niños comienzan a ir al colegio, que para ellos es un auténtico lujo: se visten de punta en blanco, devoran los libros. Saben lo importante que es la educación. Saben que es la única salida.

Por fin, todo parece cobrar sentido. La lucha, el esfuerzo, la esperanza. Pero la tragedia se cierne de nuevo sobre el país. Es su sino. A la isla llegan casi seguidos dos huracanes de nivel 2. Gracias a la inestimable ayuda de los Cascos Azules y los voluntarios, los niños permanecen a salvo en el interior de un container. Afuera, los destrozos son brutales. No queda nada. Ni un saco de arroz, ni una cabra, ni agua, ni carreteras, ni un gramo de esperanza.
Pero la vida ha de seguir. La suya y la de los pequeños.

Pasan los meses, un año, dos años. Lucía y Alexis, flanqueados por su pequeño ejército de voluntarios, llevan ya 2 años y tres meses en la isla. Ahora tienen más confianza y experiencia, pero ello no impide que la vida se haga más dura a cada instante. La madre de Lucía les visita por primera vez, pero no elige el mejor momento: la dueña de la casa les ha subido el precio del alquiler hasta una cifra que ellos no pueden pagar… y tienen que abandonar el que ha sido su hogar durante tanto tiempo. Se quedan en la calle. Y, lo que es peor, saben que nadie les va a alquilar una casa. No son muy populares por allí. La salvación llega a través de una monja a la que conocen, que les deja un terreno y los Cascos Azules les prestan tiendas de campaña. Las autoridades —corruptas— les amenazan con quitarles a los niños. Y lo hacen delante de los propios niños. La cara de terror se refleja en sus rostros: saben demasiado bien cuál es su destino si Lucía no se ocupa de ellos (algunos han encontrado bidones llenos de huesos… los restos inservibles del tráfico de órganos que son quemados tras extraer la parte valiosa). 

Pero lo peor no es el miedo, es la angustia constante por conseguir fondos, por recaudar dinero suficiente para aguantar un día más, una semana más. La solución llega a través de un primo de Lucía, que graba un vídeo sobre Ayitimoun Yo y lo cuelga en internet, a la búsqueda desesperada de ángeles anónimos. A través de una web de crowdfunding recaudan 72.000 dólares en sólo dos meses. Gentes de Tokio, Nueva York, de Chile, de Perú, de todas partes, hacen pequeñas donaciones por el simple hecho de que creen en Lucía, en su historia, en su sinceridad. “Ahí volví a confiar en que la gente, cuando sabe lo que sucede, colabora en lo que puede”. Ese dinero les permite continuar, comprar un trozo de tierra y empezar a construir su propio hogar. Tienen un proyecto agrícola, pequeñas cosechas que les van a ayudar a ser autosuficientes: tomates, patatas. Han aprendido a plantar semillas, y eso les va a dar la vida en un lugar donde no existe apenas comida. También han proporcionado trabajo a los padres, construyendo canales para el agua o edificando la casa, que está ya casi terminada del todo.



Lo que cuenta es el día a día. 

“Hay un proceso emotivo que nadie nos ha enseñado. No te enseñan a lidiar con las emociones de la empatía. Pero esa es la verdadera humanidad. Hay que dar un paso más: querer conocer, poder sentir lo que siente la otra persona. Hay que saber más, qué pasa con todos y cada uno. Tenemos esa responsabilidad. Debemos mirar más hacia abajo; no hacia arriba, a los que tienen, sino a los que no tienen nada. La suerte que tenemos de haber nacido aquí es una responsabilidad para los que no han tenido tanta suerte”. Lo más importante, nos recuerda Lucía, es la empatía. Pero una empatía que se transforme en acción.

Lucía Lantero renunció a su vida, “pero ha merecido la pena cada segundo. Estaba convencida de que no iba a ser  feliz, pero cuando renuncias a tu zona de confort y superas el miedo te das cuenta de que la felicidad no es un objetivo, sino una consecuencia de vivir con valores. Cuando vives haciendo lo que crees que es justo, la felicidad llega sola; porque la felicidad es una consecuencia de tus actos”.
    La consecuencia de la entrega de Lucía es que estos niños han dormido tranquilos, sanos y a salvo durante todos estos años. “Para ellos es el día a día lo que cuenta. Y yo me siento afortunada porque me han dado la oportunidad de ser instrumento para los demás. Tienes que dejar de pensar en ti, ni siquiera para mirarte en el espejo. Olvidarte  totalmente de ti, porque no hay nadie más ahí”. Y, porque si ella no está, esos niños lo pierden todo. Otra vez.

La otra gran lección de Lucía es que no hay nada que sea imposible. “Si yo (una inepta en casi todo y desde luego nada preparada) he podido llegar hasta aquí, no hay nada que no pueda hacer cualquiera”. Aunque, reconoce, en más de una ocasión ha pensado que ahí ha habido algo más: “Yo lo llamo milagro. Sí, estoy convencida de que Dios ha tenido mucho que ver en esto”.


Para Lucía volver a España no es una opción, salvo que sea para recaudar fondos. “Ellos están ahí porque yo estoy con ellos. Sencillamente, no puedo volver”. Ella no se siente una heroína, ni una víctima, ni mucho menos una fracasada. Sino una persona inmensamente feliz, porque está donde quiere estar, con aquellos a los que quiere. “El éxito es obtener lo que se desea, la felicidad es disfrutar lo que se consigue”, cita a Emerson. Una frase que define plenamente el estado actual de Lucía, y que justifica su sonrisa (“Si sonríes a la vida, la vida te sonríe”, dice). Sobre todo teniendo en cuenta que su único miedo (“¿Qué pasará con mi vida si me caso y tengo hijos?”) ya no tiene cabida: Lucía se casó hace dos años con Yago, y hace unos meses nació su primer hijo. La decisión, por supuesto, es vivir en el que ya es su hogar, en Haití. Allí, la familia seguirá creciendo. En número, en felicidad, en valores. Eso es lo que de verdad importa.

Ayitimoun yo (AYMY) no tiene subvenciones ni ayuda oficial de ningún tipo, sobrevive únicamente por la generosidad de donantes particulares. Así que si quieres colaborar, es tan fácil como entrar en su web y hacerte socio o realizar el donativo que quieras. Tu recompensa serán unas cuantas sonrisas de infinito agradecimiento.
    También es importante que sepas que cada céntimo recaudado está destinado íntegramente a los niños; tanto Lucía y Alexis como los voluntarios y colaboradores se pagan su manutención, sus gastos y sus viajes. Aquí no hay dietas, ni sueldos, ni comisiones… ni euros que se van quedando por el camino.


(Esta historia forma parte del segundo libro de la Fundación Lo Que De Verdad Importa)


martes, 24 de abril de 2018

Zilda Arns. La Madre Teresa de Brasil



Ocho años después del trágico terremoto de Haití, es un buen momento como otro cualquiera para no olvidar a las víctimas, las que murieron y las que aún sobreviven; y para recordar a quien murió aquel fatídico 12 de enero por llevar un poco de esperanza a los niños haitianos después de haber dedicado su vida a los niños más pobres de Brasil.


“Tantos años protegiéndola de las balas, de la guerra, y cuando por fin va a Haití, muere por un terremoto”. Se lamenta la hermana Mayu, aún compungida por la noticia. El día 12 de enero, la Dra. Zilda Arns, fundadora de Pastoral da Criança, su maestra, su amiga, murió en Puerto Príncipe a los 75 años. Unos días antes, había interrumpido las vacaciones junto a sus nietos porque “me han llamado los obispos de Haití para explicar la Pastoral; esto es muy importante y yo quiero ir, yo tengo que ir”. Llevaba años esperando este momento, pero la Embajada siempre le denegaba el permiso, por su seguridad. El 10 de enero estaba en Haití para dar una charla en la Conferencia Nacional de los Religiosos del Caribe. Dos días después yacía bajo los escombros de una Iglesia derruida por el terremoto. Sepultada donde ella quería estar, donde siempre había estado, con los más pobres, en el país más pobre de América Latina.

La Dra. Arns, Médica Pediatra, Especialista en Salud Pública, representante titular de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil en el Consejo Nacional de Salud, miembro del Consejo Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil, Presidenta de la Comisión Intersectorial de Salud Indígena, madre de cinco hijos y abuela de diez nietos, dedicó la mitad de su vida a la caridad a través de causas humanitarias y solidarias en el área de la salud, especialmente en el combate contra la desnutrición y la mortalidad  materno-infantil. Para millones de brasileños fue una de las personalidades más importantes de la historia de su país; amada, respetada y admirada no sólo por la Iglesia sino también por la sociedad civil en general, Zilda Arns dejó tras su muerte una de las organizaciones en defensa de la infancia más importantes, eficaces y extraordinarias del mundo, con más de 270.000 voluntarios atendiendo a más de 2 millones de niños cada mes: la Pastoral da Criança/Pastoral de la Niñez. Una obra inmensa como Brasil, gigantesca como su pobreza.


Si a la familia va bien, al niño va bien
“El mundo puede ser mucho mejor si nosotros velamos por él con una mirada de fraternidad, donde todos tengan pan para comer, esperanzas y todos lleven dentro de su corazón la voluntad de servir al prójimo”. Esta idea es la que levantó, junto al cardenal Majela (entonces Arzobispo de Landrina) y con el apoyo de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, la Pastoral da Criança en el pequeño pueblo de Florestópolis, que entonces padecía el más alto índice de mortalidad infantil de todo Brasil. Era el año 1983, y fue el comienzo de una extraordinaria historia de amor, coraje, dificultades, heroísmo y esperanza. Sobre todo, de esperanza.

En Florestópolis, Zilda Arns desarrolló una metodología comunitaria basada en la multiplicación del conocimiento y de la solidaridad entre las familias más pobres, inspirándose en el milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces que saciaron a cinco mil personas, sin contar mujeres y niños. La educación de las madres por los líderes comunitarios capacitados (voluntarios) resultó la mejor forma de combatir la desnutrición y la mayor parte de las enfermedades fácilmente prevenibles, y también la violencia y la marginación de los niños. Acciones sencillas que se pueden reproducir fácilmente, como la lactancia materna, el suero casero, las vacunas, el control nutricional y los cuidados durante el período prenatal alcanzaron gran éxito. “Si a la familia le va bien, al niño también le va bien”, sentenciaba la Doctora.

El método es sencillo: mejorar las condiciones de vida de las mujeres para que sus hijos nazcan fuertes y sanos, con todo su potencial; y una vez nacidos, desarrollar un proyecto educativo integral, hasta los seis años. Un desarrollo físico, social, mental, espiritual y cognitivo, del que depende su futuro. Se trata de enseñar a las madres a conocer y prevenir enfermedades, educarlas para atenderse y atender a sus hijos, alfabetizarlas para que aprendan y comprendan. Los testimonios agradecidos de las madres siempre emocionaban profundamente a la Dra. Arns: “Yo era ciega, tenía los ojos cerrados; la Pastoral me los ha abierto: ahora sé leer unas letritas”. Luego, a esa educación irremplazable es necesario añadir valores de esfuerzo, solidaridad, autoestima; Zilda Arns lo tenía muy claro: “no se puede vivir de la limosna de la ONG o del Estado, eso sólo crea dependencia. Si se acaba la ‘vaca’ ya no hay leche. Hay que aprender a ser autosuficientes”.

270.000 voluntarias contra la pobreza extrema
Pero lo más importante es siempre llegar “abajito”, como decía ella, estar dentro, en el corazón de cada comunidad, de cada casa, de cada familia. En la periferia de las grandes ciudades, en los bolsones de miseria de los pequeños municipios de Brasil, en los monstruosos basureros, en las violentas favelas, en los pueblos perdidos, allí donde sobreviven los más pobres entre los pobres, y dentro de éstos, los más indefensos: las mujeres y los niños.


Para llevar a cabo esta misión, la Pastoral da Criança cuenta con una fuerza humana y espiritual inmensa, un verdadero ejército de 270.000 voluntarias (el 92% son mujeres), que llegan a cada rincón, a cada familia, a cada niño. Todos los meses, miles y miles de líderes comunitarias suben montes bajo un sol ardiente, o bajo la lluvia, llegan en canoa hasta los “palafitos” (casa de madera en el mar), atraviesan pantanos, se lastiman en caminos de piedra y espinos, a pie, a caballo, en bicicleta o en barca, sin medir sacrificios, sin pedir nunca nada. Para que “todos los niños tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). En palabras de la Doctora Arns, el trabajo ingente de estos voluntarios tiene “un verdadero espíritu misionero, de amor ardiente que no espera, sino que sale al encuentro y tiende la mano a los que más lo necesitan. Un trabajo ecuménico y sin prejuicios, siguiendo lo que nos enseñó el mismo Jesús.” Mayu, su fiel Mayu (la hermana Mª Eugenia Arena, Asesora de la Pastoral da Criança Internacional) relata hasta qué punto se emocionaba cuando esas mujeres le decían: “antes yo no era persona, ahora me siento una doctora” “quiero trabajar hasta el fin de mi vida para salvar a los niños de mi comunidad, lo mismo que fueron salvados los míos”.

Generosidad, gratitud, entrega, fe; en un mundo egoísta, ingrato y vacío, ellas dan sus vidas por los demás, cada día, sin pedir nada, en los rincones más pobres y duros de las ciudades y los suburbios. Tal y como lo hizo su “jefa”. Mayu cuenta su propia experiencia cuando visitó un gigantesco basurero de Curitiba, donde vivían y trabajaban las familias en situación de extrema pobreza: “Era casi un everest de basura revuelta, suciedad, mal olor, calor… Allí cada mes llegan las líderes comunitarias arriesgándose para hacer el seguimiento de los niños de familias que están en peor situación aún que ellas. ¡Aquí está Dios!, en este trabajo oculto que salva vidas, pensé”.


Hoy, 35 años después, la Pastoral acompaña mensualmente a dos millones de embarazadas y niños menores de seis años, y a un millón cuatrocientas mil familias pobres, en 4.060 municipios brasileños. Se han reducido en más de un 50% la mortalidad infantil y se ha controlado la desnutrición. Se ha llevado la dignidad y los derechos allí donde antes sólo había violencia y pobreza extrema. Su método ha sido adoptado en países de África, Asia y América Latina (Bolivia, Colombia, Guatemala, Panamá, México, Venezuela, Paraguay… el siguiente iba a ser Haití).

Pero esos millones de niños no se quedan huérfanos, tras la muerte de su doctora. Ya hace tiempo que una religiosa excepcional dirige la organización, apoyada por el propio hijo de Zilda Arns, Nelson, que ha sido coordinador adjunto de su madre durante 26 años. No se quedan huérfanos, aunque sí un poco más tristes y un poco más solos. Como la joven Ceiça, sorda de un oído debido a las palizas que recibió de niña, y una de sus más fieles colaboradoras, que recuerda las palabras de la Dra. Arns con los ojos humedecidos por la tristeza: “Amar es acoger, amar es comprender, amar es hacer que otro crezca”. Ella lo sabe bien, pues fue uno de esos millones de niños que salieron de la miseria y crecieron al amparo de la Pastoral da Criança.

En España, Tierra y Vida
En España, el espejo de la obra de Zilda Arns es la Asociación Tierra y Vida, ong fundada en 1999 para disminuir la mortalidad infantil, defender los derechos de los niños y mejorar sus condiciones de vida, en América Latina y Caribe. La educación como instrumento de desarrollo y cambio. Han atendido ya a más de 30.000 niños, pero su labor y sus voluntarios necesitan nuestro apoyo para poder llegar a más. Ayudar es muy fácil, sólo hay que entrar en www.asociaciontierrayvida.es y donar la cantidad que quieras; o hacerte socio. No te imaginas lo que pueden dar de sí unos pocos euros en manos de Mayu Arena y su equipo.



















lunes, 2 de diciembre de 2013

Cuatro historias de amor y dos mil conciencias sacudidas

Ha pasado un año y parece que fue ayer. Un año desde que vio la luz (¡y qué luz!) el libro Lo Que De Verdad Importa, con esas imprescindibles lecciones de entrega, de generosidad, de superación, de alegría de vivir, de puro y simple amor. Y un año desde el último Congreso de Lo Que De Verdad Importa. Esta fiesta emocional que sacude nuestras conciencias con fuerza y hondura cada vez que viene a Madrid (o a Zaragoza, Sevilla, Bilbao, Barcelona, Valencia, Mallorca, La Coruña, Quito…) ha vuelto a revolucionarnos el corazón, a dar un vuelco a nuestras prioridades, a enfrentarnos a nuestro mundo de ambición, banalidad y ombligos desmesurados. Ha vuelto a mostrarnos, en descarnado directo y en primerísima persona, los valores que valen de verdad; los que marcan la diferencia en la vida; los que, simplemente, te hacen ser “buena gente”; los valores que, si los miles de jóvenes que asisten anualmente a estos Congresos extraordinarios aplican  a su día a día, van a dar un revolcón a esta sociedad egoísta y sin conciencia que les hemos dejado los adultos.

 


El Congreso empezó, como no podía ser de otra manera, con un primer shock emocional. Un bellísimo recuerdo a María de Villota, un homenaje a su sonrisa franca y a su corazón inmenso, mientras de fondo sonaba la voz suave de Jack Johnson y su Angel (“Tengo un ángel, no lleva alas, pero sí un corazón que puede derretir el mío, una sonrisa capaz de hacerme cantar”). Y continuó con una celebración colectiva de la flamante licenciatura en Periodismo de Marimar García Garrido, que tiene su cuerpo paralizado del cuello para abajo, pero no su cabeza, ni su sentido del humor, ni sus desbordantes ganas de vivir.


Y luego la primera lección. Desgarradora. Sobrecogedora. Brutal. Inhumana. Y una hermosa historia de amor. La historia de amor entre una joven cántabra que vivía una vida normal y confortable, recién licenciada en Ciencias Gastronómicas, y unos niños haitianos que vivían un infierno de miseria, esclavitud y prostitución; de madres que regalan a sus hijos; de tráfico de órganos; de niños y niñas violados noche tras noche. De cólera. De huracanes. De HAMBRE. Lucía Lantero llegó a la región más pobre del país más pobre del continente para hacer voluntariado durante tres meses. Pero después de lo que allí vio y vivió ya no se pudo marchar. Decidió montar un orfanato para sacar a esos niños de su infierno y ofrecerles una mínima seguridad, que ellos a su vez transforman en infinita felicidad (un día con arroz y sin ser violados o golpeados es un día mil veces más feliz que uno nuestro).
     Dejó sus ahorros en el empeño, luchó contra la corrupción establecida, venció sus miedos (plenamente justificados), entregó cada minuto de su vida a la causa y superó infinidad de dificultades imposibles de describir (hay que escuchar su voz temblorosa, hay que mirar en sus ojos, unos ojos que han visto lo peor del ser humano), con la inconmensurable ayuda de su tía Marta, de Alexis, del padre Antonio, de Quatrecasas. Desde hace tres años Ayitimoun Yo (“Niños de Haití”) es una realidad que da cobijo, educación y esperanza a estos niños; pero una realidad frágil, siempre en el filo, bajo la amenaza permanente de la falta de fondos, porque vive de aportaciones particulares… y de la inmensa fuerza del amor de Lucía Lantero y su equipo de ángeles voluntarios. “Renuncié a mi vida, pero ha merecido la pena cada segundo”, dice; “Me siento afortunada porque he tenido la oportunidad de ser instrumento para los demás”.
 
Para Lucía, volver a España no es una opción, porque sus niños están donde están porque ella está con ellos; si ella falta, ellos regresan al infierno. Simplemente. Pero para nosotros sí es una opción ayudarla: la cuenta de la Asociación Ayitimoun Yo es 2100 2171 96 0200280655. Los privilegiados del mundo tenemos una responsabilidad con los que no tienen nada (y aquí nada es nada). Como nos recuerda Lucía: hay que dejar de mirar tanto hacia arriba y mirar más hacia abajo. Se ve todo mucho más claro.

Después de la conmoción que supuso el testimonio de Lucía, llegó el soplo de vida y optimismo, de verdadera fuerza de la naturaleza que es la sonrisa de Irene Villa. Y nos recordó, una vez más, que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional; que la ira es el peor veneno del alma y que el perdón es una victoria; que el éxito es obtener lo que se desea, pero la felicidad es disfrutar de lo que se consigue; y que si sonríes a la vida, la vida te devuelve la sonrisa. Y a Irene, desde luego, la vida le sigue devolviendo una sonrisa detrás de otra, a través de su familia (“la niña que tenía que estar muerta ahora ha dado vida: mi hijo Carlos”), de sus éxitos profesionales (acaba de publicar su primera novela, Nunca es demasiado tarde, princesa) y de sus numerosos logros deportivos (ya estará sumando nuevas medallas de esquí adaptado con su inseparable Teresa Silva). Y un recuerdo especial para su alma gemela, su ángel guardián, su fuente inagotable de energía: su madre, María Jesús (un beso fuerte, Mariaje. Y gracias otra vez).

 


Después de Irene, la lección de coraje, solidaridad, supervivencia y amor que vivieron María Belón y su familia, tras el tsunami que arrasó millones de vidas en Tailandia en 2004. Todos lo vimos en la película Lo imposible (que en un 93% es lo que sucedió realmente; el 7% restante está suavizado) y quedamos profundamente impactados. Escucharlo en la viva voz de María Belón, que el miércoles pasado cumplió ocho años, nueve meses y un día, es estremecedor. Y enormemente enriquecedor. Porque habla de su experiencia en primera persona, pero extrae conclusiones para cada uno de nosotros, que también somos supervivientes de nuestros propios tsunamis. María habló de miedos, habló de dolor y pérdida, de ahogo y angustia, de ausencia; de querer tirar la toalla cuando no puedes más hasta que la vida te dice aguanta un poco, que sí puedes; y puedes. Habló de responsabilidad, de milagros, de SOLIDARIDAD (ese anciano que la encuentra casualmente y la arrastra durante más de dos kilómetros hasta que la deja plenamente a salvo… y sólo entonces regresa a buscar a sus familiares. “Hizo suya mi vida”, recuerda María; y se emociona). Y habló de coca-cola, y de sus hijos (¡con qué orgullo de madre!) y de Quique, su marido, su héroe, y de los millones de seres que lo perdieron todo bajo la ola asesina; y nos enseñó (¡bendita lección!) que el amor y la paciencia son el mejor antídoto frente a cualquier tsunami. Y que el miedo es sólo una circunstancia, ya nunca una excusa. Y que la vida es un regalo, el mejor regalo, como decía su amiga del alma María de Villota.

 
Y la última lección del día comenzó con una canción (“Imagina que no hay países, nada por lo que matar o morir (…) Dirás que soy un soñador, pero no soy el único”), que Emmanuel Kelly se marcó en directo recorriendo las primeras filas del auditorio. Como una estrella. Y nos conquistó a todos, de nuevo (como ya hizo en el Factor X de la televisión australiana), con su talento, con su sonrisa y con su historia. Una verdadera lección de superación, caridad, tesón y amor; y de pesadillas convertidas en sueños realizados, cuando él y su hermano, ambos abandonados de bebés en una caja de zapatos en un Iraq devastado por la guerra, fueron rescatados por las hermanas de la caridad y luego adoptados por su ángel particular, Moira Kelly. Los dos presentaban serias amputaciones en brazos y piernas, consecuencia de las armas químicas, pero ello no les impidió cumplir sus sueños (“Sueña grande, trabaja duro y no te rindas nunca”): Ahmed, triunfar en los Juegos Paralímpicos (en natación); Emmanuel, triunfar en el mundo de la canción (su último éxito: Let Love Find You).

Para ambos, claro, lo que de verdad importa en la vida es la familia, y la esperanza. Y la BONDAD: Si todos hiciéramos un pequeño acto de bondad al día, el mundo sería definitivamente diferente. Emmanuel y Ahmed lo saben bien. Y María y su familia. E Irene. Y los niños haitianos que viven (¡viven!) bajo el ala protectora de Lucía. Su ángel de la guarda.

 
 
Ha pasado un año y parece que fue ayer. Y uno, que está especialmente sensibilizado en estos últimos tiempos, no deja de darle vueltas a la cabeza y a la conciencia (y al lacrimal). Y piensa, en lo más hondo de su corazón: ¡Qué suerte tienes de recibir estas lecciones imprescindibles año tras año! ¡Qué suerte tienes de conocer a tanta gente buena y valiosa (y tan altamente contagiosa)! ¡Qué suerte tienes, Pepe! Y qué poca excusa te queda ya…