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viernes, 11 de junio de 2021

Orquesta de Cateura: reciclar basura para reciclar personas




Asunción, Paraguay. A unos nueve kilómetros al sur de la capital Cateura se despliega a orillas del río Paraguay como una inmensa ciudad de inmundicia, de miles de chabolas hacinadas en desorden alrededor de la basura; una ciudad de pobreza, suciedad y polvo (o barro, según la estación). Más de 25.000 personas viven (sobreviven) en un espacio que no es de nadie y no tiene nada. Por no tener, ni siquiera tiene reconocimiento oficial, lo que significa que no hay calles asfaltadas, no cuenta con electricidad ni agua potable, no existen servicios municipales de ninguna clase. Ni los más mínimos. En Cateura las casas están construidas y amuebladas con basura, y los niños apenas tienen con qué jugar, salvo la propia basura; lo que encuentran arrojado en el gigantesco vertedero (el más grande de la región) que es a un tiempo el sustento y la tragedia de los habitantes de este pozo de miseria. De él viven miles de familias, en él bucean cada día miles de adultos y niños, hombres y mujeres, en busca de algo que rescatar. Un juguete, un aparato, algo de ropa, un mueble viejo… Cualquier objeto desechado por alguien más afortunado que ellos. Cualquier cosa que ellos puedan resucitar y a la que puedan proporcionar una nueva vida. Una utilidad. Lo que sea. Porque en Cateura no se deshecha nada, nada se da por perdido. Ni los objetos… ni las personas. Y lo mismo que una lata o unas tuberías desahuciadas se pueden reciclar en instrumentos musicales, por ejemplo, la pobreza extrema de muchos de estos niños se está reciclando en esperanza, en futuro, en dignidad. No se trata de un milagro; es, simplemente, un proyecto maravilloso creado por una persona excepcional: Favio Chávez.

Favio comenzó su aprendizaje musical en Sonidos de la Tierra, un innovador programa de emprendimiento social, que busca transformar las comunidades rurales de Paraguay utilizando la música para crear capital social y reducir la pobreza. El programa fue creado en 2002 por el Maestro Luis Szarán, director de orquesta, compositor, investigador musical y emprendedor social, y su misión es promover la formación de escuelas de música, agrupaciones corales y orquestales, asociaciones culturales o sociedades filarmónicas, talleres de lutería y becas de perfeccionamiento a líderes musicales. Cualquier tema relacionado con la música que pueda significar una salida, una esperanza, para miles de jóvenes sin recursos en uno de los países más pobres del hemisferio occidental. Una bella iniciativa sobre el poder de la música como elemento de transformación social. Y un proyecto que enamoró a Favio desde el primer momento; para él fue algo novedoso y revelador. Nunca nadie —ni el estado ni ninguna institución o empresa— había planteado algo parecido. Un aprendizaje gratuito para los niños y jóvenes carentes de todo recurso pero rebosantes de ilusión y de pasión por la música.

 

Una ciudad nacida de la basura

Durante un año, Favio recorrió Paraguay para llevar Sonidos de la Tierra a cada rincón del país, entrevistándose con las comunidades y los educadores, con políticos y religiosos, con la gente; sobre todo con la gente, con el pueblo, los verdaderos protagonistas de la historia. Uno de esos viajes le llevó hasta Cateura, una ciudad nacida de la basura donde malviven dos mil quinientas familias junto a uno de los vertederos más grandes del país. Cada día, mil quinientas toneladas de basura se vierten en ese gigantesco océano de desperdicios; y cada día, miles de niños y adultos escarban en busca de algo que reciclar. Es su medio de vida. Su único medio de vida.



Favio se quedó horrorizado cuando vio las condiciones en las que vivían aquellas pobres gentes, y se le revolvió el estómago al ver aquel auténtico ejército de niños zambulléndose en la basura, conviviendo cada día con la suciedad y la enfermedad, con los parásitos, las ratas. «No es un lugar donde debería vivir la gente», pensó. «¡Es donde toda la ciudad arroja su basura!». Favio decidió que tenía que hacer algo por aquellos niños, que debía centrar sus esfuerzos en ayudarles a escapar de esa vida de basura y miseria, sin perspectiva de futuro, sin salida más allá del vertedero, las drogas o la delincuencia. Su experiencia previa como director de orquesta en Caperuguá le inspiró la idea de crear un pequeño conjunto musical con aquellos chavales, ansiosos por aprender. La noticia corrió a gran velocidad por las calles retorcidas y polvorientas de Cateura, de un extremo a otro de la ciudad, rebotando de chabola en chabola. Fue como una luz, brillante y esperanzadora. En poco tiempo una multitud de niños y adolescentes estaba llamando a las puertas de Favio, en busca de una oportunidad. El problema, claro, era que la cantidad de candidatos multiplicaba el número de instrumentos disponibles. Más o menos cinco violines para cincuenta aspirantes a violinistas; y una proporción similar con el resto de instrumentos. Pero la iniciativa había llamado la atención de mucha gente, y su impacto era ya imparable. Fueron llegando personas de todas partes que se ofrecían para ayudar en el programa de construcción de instrumentos, que formaba parte del proyecto; por desgracia, los materiales eran demasiado caros e inaccesibles para los niños de Cateura. En realidad, nada que no procediera de la basura era lo suficientemente barato para ellos. Pero, «que no tengamos nada no es excusa para no hacer nada», decidió Favio. Y entonces se le encendió una lucecita. Si nuestros recursos son tan escasos, busquémoslos en aquello que jamás escasea en Cateura: la basura. La solución más lógica y natural, desde luego. Pero ¿funcionaría? Por supuesto, si cuentas con el maestro lutier adecuado.

 

Música como instrumento de esperanza

Y ahí es donde Favio conoció a Nicolás. Un rescatador de basura, al igual que toda su familia; otra historia más de supervivencia de todos los días, sin horas de descanso, sin domingos, sin un minuto de vacaciones. Nicolás lleva toda una vida reciclando y vendiendo aquello que encuentra en el vertedero y que pueda ser de alguna utilidad, una vez ha pasado por sus manos. También instrumentos musicales, claro. Favio le propuso trabajar para su incipiente orquesta, fabricando instrumentos de todo tipo a partir de la basura. Nicolás aceptó. Feliz por ser útil. Y sin preguntar siquiera cuánto iba a cobrar. Cogió una tacita de aluminio, le añadió una tabla, tensó unas cuerdas y probó… Y aquello sonó. Maravillosamente desafinado. A priori parecía un imposible, pero el instrumento funcionaba. Quizá no para tocar en el Konzerthaus de Berlín, pero sí al menos para que un niño rebosante de ilusión pudiera aprender a tocar, a dar sus primeras lecciones con cierta dignidad. Esa es precisamente la verdadera recompensa para Nicolás, escuchar a un niño tocar sus instrumentos sacados de la nada, de la miseria. Y, por supuesto, es la felicidad total para los jóvenes músicos. Poder aprender, vislumbrar una salida de la miseria; y también poder transmitir y compartir los sentimientos que llevan dentro —su rabia, su deseo, su pena, sus miedos, su alegría, su rebeldía, su amor—, algo que es parte de la música tanto como del ser humano.  



«El mundo nos envía basura y nosotros le devolvemos música», nos dice Favio. Música que suena maravillosamente, por cierto, en las manos de estos jóvenes. No importa de qué estén hechos sus instrumentos: un chelo que antes fue una lata de aceite o un tambor de productos químicos, una madera de pallet y viejas cucharas y tenedores a modo de clavijas. O un saxofón hecho con viejas cañerías, mangos de cuchara, monedas y botones. O una flauta que tuvo otras vidas como tubería, pedazos de cubiertos y candados. Y violines y contrabajos y baterías construidos con latas de pintura, de aceite o de batata, con tablas y cucharas de madera, con una fuente de pizza, un tenedor para hacer pasta, radiografías, latas de cerveza, bidones… De toda esa basura reciclada, de la ilusión y el talento de esos chicos igualmente reciclados, Favio ha logrado extraer sonidos que antes eran impensables, de una belleza y una armonía que no tienen nada que envidiar a la maestría de Yo-Yo Ma, Malikian o la Filarmónica de Viena, al menos en pasión y amor a la música; en capacidad de transmitir emoción, que es siempre lo más difícil de conseguir. Las Suites para chelo de Bach, el Verano de Vivaldi, la Serenata Nocturna de Mozart, el canon de Pachelbel o el Himno a la Alegría de Beethoven cobran un nuevo sentido cuando sus notas salen —hermosas, llenas de vida— de estas latas, cañerías y cucharas. Lo mismo que éxitos populares como ImagineLa pantera rosa o El Humaguaqueño. Porque toda esa música, cuando es interpretada por la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, es mucho, muchísimo más que música.   

Con la ayuda irremplazable de Nicolás (que fue perfeccionando el sonido de sus instrumentos con total maestría), Favio comenzó a dar forma a su orquesta de instrumentos reciclados, una escuela única en el mundo en la que los alumnos no aprenden solo música. La primera lección, para ellos y para nosotros, es que incluso viviendo en el nivel más bajo de la pobreza, careciendo absolutamente de todo, si uno tiene iniciativa, si tiene creatividad, ilusión, hasta la propia basura puede convertirse en una herramienta educativa capaz de cambiar la vida de mucha gente. Y este es precisamente el objetivo de la orquesta: transmitir esa filosofía al mundo. Y es también una lección de vida para sus alumnos: «La construcción de los instrumentos con la basura y el hecho de llegar a un nivel en el que estos instrumentos suenan bien también ha resultado un aprendizaje para que ellos vieran que no todas las cosas son inmediatas, que no todo se consigue ya.»

En un principio, la orquesta de Cateura no iba a ser más que un “disparador social”, una actividad para aprovechar el tiempo útil de los jóvenes, para proporcionarles un poco de ilusión a través del arte. Pero poco a poco se convirtió en algo mucho más grande, mucho más importante y mucho más transcendente. Porque la mayor parte de los jóvenes de Cateura viven en el filo, a caballo entre la pobreza, las drogas, el alcohol, la explotación, la desesperanza… No ven salida. Son como la basura en la que viven y trabajan; deshechos de la sociedad; juguetes rotos, desahuciados de la vida. Pero gracias a la música, gracias a la orquesta de Favio Chávez, muchos de esos adolescentes y niños desahuciados están saliendo del vertedero; están siendo reciclados, como los instrumentos de Nico, en una nueva vida; ahora tienen una oportunidad y desde luego la están aprovechando. Saben lo importante que es para ellos y también para sus familias; de hecho, consideran que es una manera de devolver el esfuerzo que hacen sus padres por ellos, algo que no tiene precio en un lugar donde el alimento o la ropa, los juegos o los libros, escasean de forma dramática.

«La música no va a cambiar o solucionar todos los problemas, pero a través de la orquesta pueden encontrar la estabilidad que no tienen en sus familias o comunidades». Desde luego, a estos jóvenes la orquesta les ha dado mucho más que simplemente enseñanza musical. Les ha dado esperanza. Sueños. Educación. Objetivos. Ha supuesto, sin excepción, un gran cambio en sus vidas. Ahora estos chicos piensan en la universidad, o en hacerse músicos profesionales, o en llevar a cabo iniciativas para ayudar a su comunidad, a otros jóvenes como ellos, que no han tenido tanta suerte. La meta no es sólo formar buenos músicos, también buenas personas; compartir valores. Decirles que lo que de verdad importa no son las cosas materiales, sino el conocimiento, la sensibilidad, las emociones…

 


Teloneros de Metallica

La orquesta de Favio y sus jóvenes maestros se convirtió en un fenómeno social, primero en su país y luego en todo el planeta. Comenzaron tocando en centros educativos, en fiestas populares, en pequeños auditorios de poblaciones pequeñas; allá donde les reclamaban. Su fama se extendió pronto, y comenzaron a ampliar auditorio y repertorio. A partir de 2008, con apenas dos años de vida, empezaron las giras. Europa, Estados Unidos, Latinoamérica, Oriente Medio, Asia. La mayoría de aquellos niños ni siquiera habían salido de Cateura y ahora se veían viajando por medio mundo y actuando ante miles de espectadores en auditorios de prestigio internacional: el Teatro Carré de Ámsterdam, el Millenium Stage del Kennedy Center, en Washington, el Auditorio Nacional de Madrid, el Koncerthus de Oslo, el Coliseo de Bogotá, el Teatro San Martín de Tucumán, el Ramallah Cultural Palace, en Palestina, el Teatro Sheldonian de Oxford, el Palau de la Música en Barcelona, el Teatro de la Osaka International House Foundation, en Japón…

Pero el gran acontecimiento llegó en 2014, cuando una de las bandas de rock más importantes de la historia, Metallica, con ciento veinte millones de discos vendidos y nueve Grammys a sus espaldas, les contrató como teloneros para su gira por siete países de Sudamérica. El mítico grupo estadounidense de thrash rock liderado por James Hetfield se enamoró de estos jóvenes “reciclados” y compartió con ellos los más imponentes escenarios: el Parque Simón Bolívar en Bogotá, el Parque Bicentenario de Quito, el Estadio Do Morumbi en Sao Paulo, el Jockey Club de Asunción, el Estadio Ciudad de la Plata en Buenos Aires, el Estadio Monumental de Santiago de Chile y el Estadio Nacional de Lima, donde los cuarenta jóvenes músicos de Cateura, dirigidos por Favio Chávez, interpretaron “su música de la basura” —y algún clásico de Metallica reciclado, como Nothing Else Matters— ante un público enfervorizado, muy diferente al que estaban habituados y en auditorios desde luego mucho más descomunales. Doscientos cincuenta mil espectadores en total disfrutaron de la música, la simpatía y la complicidad de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, y para los jóvenes intérpretes aquella gira quedó marcada como una de las experiencias más impactantes de sus vidas.

Pero ni los múltiples galardones, ni el reconocimiento de instituciones y organismos internacionales, ni las exitosas giras en auditorios o estadios, ni los rendidos reportajes y artículos que les dedican a diario los medios de comunicación de todo el mundo, han apartado a esta singular orquesta de sus valores, de su camino, del suelo que pisan y sobre el que está levantado —y bien afianzado— el proyecto pedagógico y vital de Favio Chávez. No han olvidado sus orígenes ni su responsabilidad. «Fundé esta orquesta para educar y concienciar al mundo. Pero es también un mensaje social para que la gente entienda que, a pesar de que estos estudiantes viven en situación de pobreza extrema, también pueden contribuir a la sociedad. Merecen esta oportunidad». La oportunidad de sacar adelante a sus familias y comunidades. De sacar adaelante sus vidas. De ser un ejemplo vivo para miles, millones de jóvenes en todo el mundo que tampoco tienen nada, pero que, si lo desean con todas sus fuerzas, pueden llegar a cambiar su futuro. «No debemos deshacernos tan fácilmente de las cosas como tampoco debemos desechar fácilmente a las personas». Este es el poderoso mensaje, la hermosa lección que nos deja la historia de Favio Chávez y su Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura.


PD. Esta historia la escribí originalmente para el tercer libro de Lo Que De Verdad Importa.

miércoles, 24 de junio de 2020

Lucía Lantero. El ángel de los niños de Haití (Ayitimoun yo)


La historia de Lucía es una hermosa historia de amor. La historia de amor entre una joven cántabra que vivía una vida normal y confortable, recién licenciada en Ciencias Gastronómicas, y unos niños haitianos que vivían un infierno de miseria, esclavitud y prostitución; de madres que se ven obligadas a regalar a sus hijos. De cólera. De huracanes. De HAMBRE. Lucía Lantero llegó a la región más pobre del país más pobre del continente americano para hacer voluntariado durante tres meses. Pero después de lo que allí vio y vivió ya no se pudo marchar. Decidió montar un orfanato para sacar a esos niños de su infierno y ofrecerles una mínima seguridad, que ellos a su vez han transformado en infinita felicidad.




Hace 6 años, por una de esas casualidades de la vida, Lucía fue a parar a Haití; concretamente al punto fronterizo más pobre y alejado del mundo que llamamos civilizado. Haití, olvidado por ese mismo mundo civilizado durante décadas, salió a los medios de comunicación en 2010 a raíz del terremoto que asoló el país. Pero antes ya era uno de los países más pobres del planeta, un territorio asolado por la miseria, la deforestación y el hambre. 
El hambre.

Lucía viajó hasta aquel rincón perdido y olvidado porque creía que podía aportar algo, ayudar a mitigar ese hambre atroz con sus conocimientos de agricultura y conservación de alimentos (allí, para tratar de engañar a sus estómagos, los haitianos comen galletas de barro). Tres meses de voluntariado, pensó, serían suficientes. Pero a su llegada, la vida le dio un giro de 180º. Porque lo que allí encontró fue un país completamente derruido, asolado por el terremoto, cuyas casas (por llamarlas de alguna forma) fabricadas con adobe, barro, paja y excrementos de burro, duraron lo que un castillo de naipes frente a una galerna. Dos millones de personas lo perdieron todo (casa, vida, familia, esperanza). Para la mayoría, la única salida era —y es— atravesar la frontera y llegar a la próspera República Dominicana donde, con suerte, podrían trabajar en régimen de semi esclavitud en los cañaverales o en cualquier otro boyante negocio del país vecino.

Alexis, un amigo francés al que Lucía conoció en su época de estudiante, la convenció para ir a Haití, a colaborar en un proyecto sobre semillas y deforestación. Lucía aceptó. Planificó su estancia y comenzó su periodo de voluntariado con la idea de regresar a España a los tres meses. Sin embrago, el destino le tenía reservados otros planes.
    Tras el terremoto, la situación aún podía empeorar en Haití. A la cólera, el hambre y el pillaje se sumó una tormenta tropical que terminó de arrasar el país. A Lucía y sus compañeros les aconsejaron refugiarse en República Dominicana, que se encontraba a sólo unos minutos. Y es precisamente allí donde Lucía encontró la nueva razón de su vida: niños haitianos perdidos por las calles, tirados por las calles, hambrientos y desamparados. Sucios, descalzos y harapientos. Alexis y ella les acogieron y les dieron de comer pan y zumos; los niños les contaron su historia, cómo sus madres tienen tanta hambre que se ven obligadas a regalarlos para al menos intentar sobrevivir por separado, ellas y sus hijos. Niños abandonados a su suerte que probablemente sepan que van a acabar víctimas de la esclavitud, de la prostitución, del tráfico de órganos. En cualquier caso, son dinero. La ley de la supervivencia.


No me puedo volver

En medio de aquella miseria, Lucía se dice: “No me puedo volver”. No, no puede dejar abandonado a “Chiquitín”; o a ese otro niño que le confiesa cómo le viola un hombre todas las noches; o al que le cuenta cómo transcurren sus días buscando comida donde no existe, expuesto a las enfermedades, sin hogar, sin familia, viviendo una infancia sin vida, ni presente ni futura.
    Resuelta a encontrar una solución, Lucía empieza a remover Roma con Santiago para proporcionar un hogar a esos niños. Gracias a las gestiones del padre Antonio se reúne con las administraciones y ong’s. Tiene unos ahorros, que pone a su disposición. “Les dije: tomad mi dinero y hacéis lo que podáis”. Hay lugares en los que, en efecto, las cosas suceden así. Pero no allí. Allí, o lo haces tú o nadie lo va a hacer por ti. No existía un orfanato, ni un centro de acogida ni nada semejante. “¿Cómo puede ser?”, se pregunta Lucía. Pero tampoco existe respuesta. Decide quedarse y ayudar a esos niños desamparados. “No puedo conseguir que sean felices, pero sí que esta noche no les violen, que esta noche no les peguen”. Ahora es ella la que convence a Alexis para que se quede a ayudarla.

Regresan los dos a Haití, al otro lado de la frontera, en busca de una casa que haga las veces de hogar y encuentran una que estaba en construcción, sin ventanas ni puertas, sin suelo; pero hay un techo, al menos. Y paredes. Piensan Alexis y Lucía que han cruzado la frontera solos, pero a sus espaldas escuchan una voz que les llama a gritos: “¡¡Lucíaaa, Lucíaaa!!”. Son los niños, que han atravesado la frontera ante el temor de que no volvieran sus recién encontrados ángeles.


El comienzo no fue fácil en absoluto. Los niños estaban asilvestrados. No habían recibido educación, ni cariño. Para la sociedad eran ratas. Además, Lucía y Alexis no sabían nada de ong’s, ni de leyes, ni de permisos… Compran material de construcción y tienen que dormir en tiendas de campaña junto a ese material para que no se lo roben por la noche. Pero esa noche, por primera vez en su vida, los niños duermen tranquilos. El padre Antonio consigue cinco colchones y, también por primera vez, duermen en blando; no saben qué hacer con las sábanas, es algo extraño para ellos; juegan con ellas, se pelean con ellas, se pierden entre tanta blanca suavidad, pero duermen felices.

Lo peor, sin embargo, llegó de donde menos lo esperaban. Desde organizaciones supuestamente amigas surgen voces críticas hacia su labor: “¿Qué hacen, si no saben nada de estos niños? No tienen conocimientos de psicología, no pueden quitarles sus armas naturales, ni crearles falsas esperanzas”. Lucía y Alexis hacen caso omiso. Tiran para adelante como buenamente pueden. No es fácil, ni mucho menos. Otro problema añadido era la propia agresividad de los niños. La miseria hace asomar lo peor del ser humano. Se pelean con machetes, cuchillos, botellas. Es lo que han visto en sus mayores. Es lo que han aprendido para defenderse. Y allí todos son potenciales enemigos. Son miles de niños huérfanos por todo el país, víctimas del terremoto, de la cólera… y de sus propias familias: “allí las parejas no duran mucho tiempo, y cuando la madre se vuelve a casar, el nuevo padre no quiere a esos niños, los vende, los maltrata”.

Son momentos muy duros. Pero su decisión de quedarse y continuar luchando es inalterable. Llega al orfanato la tía de Lucía, Marta, que resulta ser un bálsamo de moral, de tranquilidad y de disciplina: “¡Hasta que no estén todos sentados no se come!” Fue el primer día que comieron sentados, ¡y con tenedores! La tía Marta trae también dinero, experiencia y, lo más importante, esperanza. Una ayuda extra que a Lucía le da la vida. Pero no pueden con todo; el dinero se acaba pronto, los recursos escasean, las fuerzas menguan. Se sienten solos, diminutos ante una empresa tan inabarcable.

Buscan ayuda en otras ong’s y en la administración, pero incomprensiblemente se estrellan contra un muro de insolidaridad. Les llegan a acusar de no ser legales, de aprovecharse de los niños. “Dudaban de nosotros; pensaban que estábamos haciendo dinero con ellos… ¡incluso violándolos!” Tienen que profesionalizarse si quieren recibir apoyo y ayudas. “En España, Quatrecasas nos adoptó, nos ayudó a tener marco legal y a regularizar nuestra situación”. Finalmente se convierten de forma oficial en Ayitimoun Yo (“Niños de Haití”), una Asociación Sin Ánimo de Lucro. 


Cuando todo cobra sentido



Los niños están felices, porque tienen protección, porque comen todos los días. “Cuando comen son felices. Mil veces más que nosotros. Porque se preocupan del hoy, no del mañana. Mientras tengan comida y no tengan ninguna enfermedad, son felices”. Esa es la clave, vivir el presente. Lucía lo sabe también: “si yo hubiera pensado en el mañana no habría hecho nada. Cuando piensas en el mañana dejas de pensar en lo que es importante hoy”. Empiezan a organizarse, a establecer horarios; los niños comienzan a ir al colegio, que para ellos es un auténtico lujo: se visten de punta en blanco, devoran los libros. Saben lo importante que es la educación. Saben que es la única salida.

Por fin, todo parece cobrar sentido. La lucha, el esfuerzo, la esperanza. Pero la tragedia se cierne de nuevo sobre el país. Es su sino. A la isla llegan casi seguidos dos huracanes de nivel 2. Gracias a la inestimable ayuda de los Cascos Azules y los voluntarios, los niños permanecen a salvo en el interior de un container. Afuera, los destrozos son brutales. No queda nada. Ni un saco de arroz, ni una cabra, ni agua, ni carreteras, ni un gramo de esperanza.
Pero la vida ha de seguir. La suya y la de los pequeños.

Pasan los meses, un año, dos años. Lucía y Alexis, flanqueados por su pequeño ejército de voluntarios, llevan ya 2 años y tres meses en la isla. Ahora tienen más confianza y experiencia, pero ello no impide que la vida se haga más dura a cada instante. La madre de Lucía les visita por primera vez, pero no elige el mejor momento: la dueña de la casa les ha subido el precio del alquiler hasta una cifra que ellos no pueden pagar… y tienen que abandonar el que ha sido su hogar durante tanto tiempo. Se quedan en la calle. Y, lo que es peor, saben que nadie les va a alquilar una casa. No son muy populares por allí. La salvación llega a través de una monja a la que conocen, que les deja un terreno y los Cascos Azules les prestan tiendas de campaña. Las autoridades —corruptas— les amenazan con quitarles a los niños. Y lo hacen delante de los propios niños. La cara de terror se refleja en sus rostros: saben demasiado bien cuál es su destino si Lucía no se ocupa de ellos (algunos han encontrado bidones llenos de huesos… los restos inservibles del tráfico de órganos que son quemados tras extraer la parte valiosa). 

Pero lo peor no es el miedo, es la angustia constante por conseguir fondos, por recaudar dinero suficiente para aguantar un día más, una semana más. La solución llega a través de un primo de Lucía, que graba un vídeo sobre Ayitimoun Yo y lo cuelga en internet, a la búsqueda desesperada de ángeles anónimos. A través de una web de crowdfunding recaudan 72.000 dólares en sólo dos meses. Gentes de Tokio, Nueva York, de Chile, de Perú, de todas partes, hacen pequeñas donaciones por el simple hecho de que creen en Lucía, en su historia, en su sinceridad. “Ahí volví a confiar en que la gente, cuando sabe lo que sucede, colabora en lo que puede”. Ese dinero les permite continuar, comprar un trozo de tierra y empezar a construir su propio hogar. Tienen un proyecto agrícola, pequeñas cosechas que les van a ayudar a ser autosuficientes: tomates, patatas. Han aprendido a plantar semillas, y eso les va a dar la vida en un lugar donde no existe apenas comida. También han proporcionado trabajo a los padres, construyendo canales para el agua o edificando la casa, que está ya casi terminada del todo.



Lo que cuenta es el día a día. 

“Hay un proceso emotivo que nadie nos ha enseñado. No te enseñan a lidiar con las emociones de la empatía. Pero esa es la verdadera humanidad. Hay que dar un paso más: querer conocer, poder sentir lo que siente la otra persona. Hay que saber más, qué pasa con todos y cada uno. Tenemos esa responsabilidad. Debemos mirar más hacia abajo; no hacia arriba, a los que tienen, sino a los que no tienen nada. La suerte que tenemos de haber nacido aquí es una responsabilidad para los que no han tenido tanta suerte”. Lo más importante, nos recuerda Lucía, es la empatía. Pero una empatía que se transforme en acción.

Lucía Lantero renunció a su vida, “pero ha merecido la pena cada segundo. Estaba convencida de que no iba a ser  feliz, pero cuando renuncias a tu zona de confort y superas el miedo te das cuenta de que la felicidad no es un objetivo, sino una consecuencia de vivir con valores. Cuando vives haciendo lo que crees que es justo, la felicidad llega sola; porque la felicidad es una consecuencia de tus actos”.
    La consecuencia de la entrega de Lucía es que estos niños han dormido tranquilos, sanos y a salvo durante todos estos años. “Para ellos es el día a día lo que cuenta. Y yo me siento afortunada porque me han dado la oportunidad de ser instrumento para los demás. Tienes que dejar de pensar en ti, ni siquiera para mirarte en el espejo. Olvidarte  totalmente de ti, porque no hay nadie más ahí”. Y, porque si ella no está, esos niños lo pierden todo. Otra vez.

La otra gran lección de Lucía es que no hay nada que sea imposible. “Si yo (una inepta en casi todo y desde luego nada preparada) he podido llegar hasta aquí, no hay nada que no pueda hacer cualquiera”. Aunque, reconoce, en más de una ocasión ha pensado que ahí ha habido algo más: “Yo lo llamo milagro. Sí, estoy convencida de que Dios ha tenido mucho que ver en esto”.


Para Lucía volver a España no es una opción, salvo que sea para recaudar fondos. “Ellos están ahí porque yo estoy con ellos. Sencillamente, no puedo volver”. Ella no se siente una heroína, ni una víctima, ni mucho menos una fracasada. Sino una persona inmensamente feliz, porque está donde quiere estar, con aquellos a los que quiere. “El éxito es obtener lo que se desea, la felicidad es disfrutar lo que se consigue”, cita a Emerson. Una frase que define plenamente el estado actual de Lucía, y que justifica su sonrisa (“Si sonríes a la vida, la vida te sonríe”, dice). Sobre todo teniendo en cuenta que su único miedo (“¿Qué pasará con mi vida si me caso y tengo hijos?”) ya no tiene cabida: Lucía se casó hace dos años con Yago, y hace unos meses nació su primer hijo. La decisión, por supuesto, es vivir en el que ya es su hogar, en Haití. Allí, la familia seguirá creciendo. En número, en felicidad, en valores. Eso es lo que de verdad importa.

Ayitimoun yo (AYMY) no tiene subvenciones ni ayuda oficial de ningún tipo, sobrevive únicamente por la generosidad de donantes particulares. Así que si quieres colaborar, es tan fácil como entrar en su web y hacerte socio o realizar el donativo que quieras. Tu recompensa serán unas cuantas sonrisas de infinito agradecimiento.
    También es importante que sepas que cada céntimo recaudado está destinado íntegramente a los niños; tanto Lucía y Alexis como los voluntarios y colaboradores se pagan su manutención, sus gastos y sus viajes. Aquí no hay dietas, ni sueldos, ni comisiones… ni euros que se van quedando por el camino.


(Esta historia forma parte del segundo libro de la Fundación Lo Que De Verdad Importa)


viernes, 2 de septiembre de 2016

Santa Teresa de Calcuta: Amar hasta que duela


Madre Teresa nunca buscó ser centro de atención, ni comprendió por qué le otorgaban premios y distinciones (más de 700) gobiernos e instituciones de todo el mundo. Su extrema humildad queda palpable en la que fue su habitación durante muchos años: una estrecha cama, un sobrio escritorio, una mesa de madera y un taburete; sobre la mesa, una figura de la Virgen y en las paredes, un mapamundi, una foto suya con Juan Pablo II y una pequeña cruz rodeada por una corona de espinos, con un cartelito: “Mi corazón pertenece a Jesús”. Y sobre el armario, dos cajas de cartón: una grande para la correspondencia y otra, más pequeña, con una pegatina en la que se lee “Premios”. 

Lo primero que te encuentras nada más acceder a una reciente exposición fotográfica sobre la vida de Madre Teresa es la imagen de una multitud de niños mirándote de frente. Muchos sonríen abiertamente, otros rezan mientras sonríen, una niña llora y reza a un tiempo; los hay que levantan los brazos, exultantes, o que aplauden, o saludan, o bajan la mirada, como apesadumbrados; otros miran de soslayo o tratan –los más pequeños- de hacerse hueco entre la muchedumbre; unos están en primera fila, expectantes, emocionados, y otros en la lejanía, más ausentes, o más esforzados. Esta imagen no está en la entrada porque sí, obviamente; tiene una poderosa razón de ser: son los rostros de los niños de Calcuta ante la llegada de Madre Teresa; sus reacciones, sus expresiones, sus actitudes. Pero también –este es el quid de la cuestión- son los rostros de cada uno de nosotros, el reflejo de nuestra propia actitud, de nuestro grado de implicación. ¿Cuál seríamos nosotros? ¿El que reza o el que sonríe? ¿La que llora emocionada o la que se esfuerza por ver? ¿El que está en primera fila o alguno de los más alejados?


Este es el espíritu con el que hay que adentrarse en la vida de Madre Teresa: no sólo con la curiosidad de conocer su vida, su legado y su mensaje, sino con la expectativa de descubrirnos a nosotros mismos en ese mensaje, en ese legado, en esa vida. “He hecho todo por Dios y nunca he dicho ‘no’ a Jesús” decía Madre Teresa, al final de sus días. Y lo empezó a hacer desde niña; incluso antes, pues a Él entregó su corazón ya desde el primer día de su existencia: como símbolo de lo que sería el resto de su vida, Gonxha (capullo de flor en albanés) Agnes Bojaxhiu fue bautizada al día siguiente de nacer en la iglesia parroquial del Sagrado Corazón, en Skopje, un lejano 27 de agosto de 1910. “De sangre y origen soy todo albanesa. En cuanto a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”.
Una pertenencia que nació en gran medida de su madre, Drana. Su profunda fe, su amor y firmeza y, sobre todo, su compasión y generosidad con los más pobres marcaron profundamente el carácter y posterior vocación de su hija pequeña. “Un día mi mamá trajo a casa a tres personas de la calle y nos dijo que les sirviéramos y cuidáramos”, recordaba Madre Teresa con ternura y agradecimiento. En esos años, la pequeña Gonxha aprendió una lección que guiaría el resto de su vida: el amor empieza en casa. Y continúa, por ejemplo, en la parroquia del Sagrado Corazón de Skopje, donde participó en todas las actividades (misiones, coro, entretenimiento, cofradía…) y donde descubrió también su vocación hacia los pobres. Tenía doce años.


A los dieciocho, en septiembre de 1928, Gonxha dejó su hogar para ingresar en la orden de las Hermanas de Loreto, en la lejana Irlanda. Nunca más volvió a ver a su madre, pero sus palabras de despedida, en la estación de tren de Skopje, quedaron para siempre grabadas en su corazón: “Pon tu mano en Su mano y camina sola con Él, y nunca mires atrás”. Tres meses más tarde partió, junto a otras tres postulantes de Loreto, hacia “mi nueva patria, la India fabulosa”. Ese día tan ansiosamente esperado comenzó una vida misionera que, como ella misma reconoció, no está hecha de rosas, sino de espinas; pero la hermana Teresa era feliz haciendo el mismo trabajo que realizó Jesús en la Tierra.

Tras dos años de noviciado, la hermana Teresa profesó los votos temporales el 25 de mayo de 1931. Allí, en la comunidad de Loreto en Entally, Calcuta, enseñó geografía y catecismo a las niñas de la escuela bengalí y, durante las vacaciones, ayudaba en el dispensario atendiendo cada día a una ingente multitud de seres enfermos y afligidos en busca de cuidado y, sobre todo, de consuelo. Eran años de pobreza y sufrimiento increíbles, tras la II Guerra Mundial y la hambruna bengalí de 1943 que sesgó 2 millones de vidas y llenó Calcuta de miseria, hambre y violencia. Cientos de miles de bengalíes buscaban –en vano- alimento y refugio en la ciudad, llenando cada rincón de cuerpos esqueléticos y generando una creciente ola de conflictos religiosos.


Esa era la Calcuta que vivió Madre Teresa durante aquellos años. Y también la Calcuta que inspiró su gran obra: el 10 de septiembre de 1946 recibió la inspiración para fundar las Misioneras de la Caridad. “El angustioso disfraz de los pobres”, que ella veía como la Pasión de Cristo revivida, y a cuyo alivio decidió ese día dedicar el resto de su vida. Dos años después acudió una mañana al mercado de Calcuta y compró el sari más sencillo y barato que encontró, de algodón blanco y bordes de rayas azules (“blanco por la pureza y azul por la Virgen nuestra Señora”), que era el que utilizaban las mujeres que limpiaban las calles. Con su sari blaquiazul y sus sandalias ajadas, o descalza, Madre Teresa visitaba a los pobres en las calles y llevaba a Jesús hasta sus “hogares y agujeros oscuros”. Pero pronto la calle no fue suficiente, y abrió centros donde los pobres recibían comida y medicamentos, y escuelas en los barrios más miserables. En 1950, Madre Teresa escribió: “Tenemos 9.887 enfermos tratados en los dispensarios, sin contar los que cuidamos en las calles; más de 300 niños en nuestras escuelas en los barrios pobres y más de 400 en las escuelas dominicales…”. Y era sólo el principio.

La capacidad de compasión de Madre Teresa no tenía límites y, al igual que se entregaba en cuerpo y alma a los pobres entre los pobres, su deseo era hacerlo también a los moribundos, que en aquellos años los había a miles tirados por las calles de la ciudad. Para ellos fundó en 1952 la casa “tesoro”, Normal Hriday (corazón puro), la primera casa para los moribundos pobres de Calcuta, bajo cuyos cuerpos rotos y sucias ropas Madre Teresa veía a Cristo, “el más hermoso entre los hijos de los hombres”. Desde 1952 hasta 1997, más de veinte mil personas regresaron a la casa de Dios desde la casa “tesoro” de Calcuta. “He vivido como un animal en las calles, pero estoy muriendo como un ángel, amado y cuidado”, dijo una de ellas. Y era así, en verdad, como morían. Como verdaderos ángeles de Dios, amados y cuidados por las manos más cariñosas y por las sonrisas más confortadoras. Hay una imagen que, simplemente, lo dice todo: una joven hermana de rostro sonriente, con la expresión más dulce que uno pueda imaginar, está arrodillada en el suelo de piedra, ante un cuerpo sobrecogedoramente famélico y frágil, al que enjabona con verdadero mimo; sobre ambos, en la pared desnuda, una pequeña pintura que representa a Jesús muerto en brazos de su madre, y bajo el cuadro, una frase: “el Cuerpo de Cristo”.


El 12 de abril de 1953 Madre Teresa pronunció los votos perpetuos como Misionera de la Caridad, junto a otras diez hermanas; además de pobreza, castidad y obediencia, añadieron un cuarto voto: “dedicarse a trabajar entre los pobres”. La orden iba creciendo y las hermanas servían, con “generosidad y alegría”, a miles de parias, niños y ancianos, hombres y mujeres, en los barrios más pobres de Calcuta. La residencia se estaba quedando pequeña, y buscaron una nueva casa; la encontraron, por 85.000 rupias… que no tenían, claro, pero que confiaban en lograr rezando (“mi secreto es sencillo: ¡rezo!”). Entre las hermanas y los niños “inundaron el cielo con rosarios”; unos meses después, se estaban mudando a la nueva casa en Lower Circular Road. También los niños merecían especial atención, y en 1955 se abrió el nuevo hogar para bebés abandonados y niños enfermos, discapacitados o simplemente no deseados; firme luchadora contra el aborto (“el mayor destructor de la paz”), Madre Teresa salvó miles de vidas a través de sus hogares y de la adopción: “Por favor, no destruyan al niño, nosotros lo cuidaremos”, imploraba a hospitales y comisarías de policía.

Pero aún quedaban los más indeseados entre los indeseados: los leprosos. La lepra es una enfermedad dolorosa, pero no tanto como el dolor de ser rechazado por todos; no era tampoco una misión fácil para las hermanas, ni siquiera para Madre Teresa (“cada vez que voy tengo que emplear toda mi voluntad, hacer un nuevo acto de fe y sacrificio”). Su deseo era proporcionarles una vida normal y hacerles saber que eran queridos, porque ellos también son hijos de Dios. En 1959 abrió el primer centro para leprosos en Titaghar y en 1959 construyó “Ciudad de Paz”, donde las familias con lepra podían incluso autoabastecerse; una ciudad que se hizo realidad gracias al regalo de la limusina Lincoln que había utilizado el papa Pablo VI en su viaje a la India, y cuya subasta reportó a la persuasiva Madre Teresa los fondos suficientes para su ciudad.

La labor de Madre Teresa y de sus Misioneras de la Caridad traspasó fronteras, y además de extenderse por toda la India (en sólo seis años abrió dieciséis casas), fue reclamada en otros lugares del mundo. “La pequeña semilla de Dios está creciendo lentamente…” Esa semilla germinó en 120 países, con más de 4.000 hermanas y 594 casas hasta 1997, año de la muerte de Madre Teresa, al cuidado de miles y miles de pobres con sed de Dios, que padecen toda clase de sufrimientos y una terrible soledad (la mayor pobreza es no ser amado). “Si hay pobres en la luna, allí iremos”, donde quiera que sea necesario un poco de amor, de ternura y de consuelo, y un mucho de sacrificio, estarán las hermanas Misioneras de la Caridad, y los Misioneros de la Caridad, y los hermanos activos y contemplativos, y los sacerdotes de la congregación; y también los “colaboradores enfermos y sufrientes”, y los voluntarios y benefactores. Todos comparten el mismo carisma, la misma misión: saciar la sed de Jesús sirviendo a los más pobres entre los pobres, con entrega total y alegría.

Entre 1989 y 1997 Madre Teresa sufrió cardiopatía, malaria, neumonía, fracturas, osteoporosis… pero continuó viajando por todo el mundo, irradiando paz y alegría, esparciendo el amor y la comprensión de Dios. El 10 de septiembre de 1996 celebró en Calcuta el 50 aniversario de su inspiración y seis meses después cedía el testigo a la hermana Nirmala; su último viaje fue precisamente a Roma, en mayo de 1997, para presentar a su sucesora al papa Juan Pablo II. El 5 de septiembre, Madre Teresa hizo todo el esfuerzo para asistir a misa por la mañana, olvidando su dolor; luego recibió visitas, firmó cartas y se reunió con sus hermanas. “¿Qué está Jesús pidiendo de mí?” se la escuchó preguntar ese día. A las 21:30 elevó los ojos, los cerró y respiró por última vez. Era un primer viernes de mes, día dedicado al Sagrado Corazón, su primer amor desde la infancia. Juan Pablo II, siempre cariñoso admirador, dijo de ella en su beatificación: “Su vida es un testimonio de la dignidad y del privilegio del servicio humilde. Eligió no sólo ser la última, sino la sierva de los últimos”. Madre Teresa lo resumió todo en una frase, que fue su vida: “Amar hasta que duela”.

El 4 de septiembre Teresa de Calcuta será canonizada por el papa Francisco, fiel seguidor de su ejemplo y de su espíritu. ¿Hay sobre la tierra alguien que lo merezca más que ella?

Este texto es uno de los capítulos de mi libro "La muerte del egoísmo" (Ed. Palabra).