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viernes, 11 de junio de 2021

Orquesta de Cateura: reciclar basura para reciclar personas




Asunción, Paraguay. A unos nueve kilómetros al sur de la capital Cateura se despliega a orillas del río Paraguay como una inmensa ciudad de inmundicia, de miles de chabolas hacinadas en desorden alrededor de la basura; una ciudad de pobreza, suciedad y polvo (o barro, según la estación). Más de 25.000 personas viven (sobreviven) en un espacio que no es de nadie y no tiene nada. Por no tener, ni siquiera tiene reconocimiento oficial, lo que significa que no hay calles asfaltadas, no cuenta con electricidad ni agua potable, no existen servicios municipales de ninguna clase. Ni los más mínimos. En Cateura las casas están construidas y amuebladas con basura, y los niños apenas tienen con qué jugar, salvo la propia basura; lo que encuentran arrojado en el gigantesco vertedero (el más grande de la región) que es a un tiempo el sustento y la tragedia de los habitantes de este pozo de miseria. De él viven miles de familias, en él bucean cada día miles de adultos y niños, hombres y mujeres, en busca de algo que rescatar. Un juguete, un aparato, algo de ropa, un mueble viejo… Cualquier objeto desechado por alguien más afortunado que ellos. Cualquier cosa que ellos puedan resucitar y a la que puedan proporcionar una nueva vida. Una utilidad. Lo que sea. Porque en Cateura no se deshecha nada, nada se da por perdido. Ni los objetos… ni las personas. Y lo mismo que una lata o unas tuberías desahuciadas se pueden reciclar en instrumentos musicales, por ejemplo, la pobreza extrema de muchos de estos niños se está reciclando en esperanza, en futuro, en dignidad. No se trata de un milagro; es, simplemente, un proyecto maravilloso creado por una persona excepcional: Favio Chávez.

Favio comenzó su aprendizaje musical en Sonidos de la Tierra, un innovador programa de emprendimiento social, que busca transformar las comunidades rurales de Paraguay utilizando la música para crear capital social y reducir la pobreza. El programa fue creado en 2002 por el Maestro Luis Szarán, director de orquesta, compositor, investigador musical y emprendedor social, y su misión es promover la formación de escuelas de música, agrupaciones corales y orquestales, asociaciones culturales o sociedades filarmónicas, talleres de lutería y becas de perfeccionamiento a líderes musicales. Cualquier tema relacionado con la música que pueda significar una salida, una esperanza, para miles de jóvenes sin recursos en uno de los países más pobres del hemisferio occidental. Una bella iniciativa sobre el poder de la música como elemento de transformación social. Y un proyecto que enamoró a Favio desde el primer momento; para él fue algo novedoso y revelador. Nunca nadie —ni el estado ni ninguna institución o empresa— había planteado algo parecido. Un aprendizaje gratuito para los niños y jóvenes carentes de todo recurso pero rebosantes de ilusión y de pasión por la música.

 

Una ciudad nacida de la basura

Durante un año, Favio recorrió Paraguay para llevar Sonidos de la Tierra a cada rincón del país, entrevistándose con las comunidades y los educadores, con políticos y religiosos, con la gente; sobre todo con la gente, con el pueblo, los verdaderos protagonistas de la historia. Uno de esos viajes le llevó hasta Cateura, una ciudad nacida de la basura donde malviven dos mil quinientas familias junto a uno de los vertederos más grandes del país. Cada día, mil quinientas toneladas de basura se vierten en ese gigantesco océano de desperdicios; y cada día, miles de niños y adultos escarban en busca de algo que reciclar. Es su medio de vida. Su único medio de vida.



Favio se quedó horrorizado cuando vio las condiciones en las que vivían aquellas pobres gentes, y se le revolvió el estómago al ver aquel auténtico ejército de niños zambulléndose en la basura, conviviendo cada día con la suciedad y la enfermedad, con los parásitos, las ratas. «No es un lugar donde debería vivir la gente», pensó. «¡Es donde toda la ciudad arroja su basura!». Favio decidió que tenía que hacer algo por aquellos niños, que debía centrar sus esfuerzos en ayudarles a escapar de esa vida de basura y miseria, sin perspectiva de futuro, sin salida más allá del vertedero, las drogas o la delincuencia. Su experiencia previa como director de orquesta en Caperuguá le inspiró la idea de crear un pequeño conjunto musical con aquellos chavales, ansiosos por aprender. La noticia corrió a gran velocidad por las calles retorcidas y polvorientas de Cateura, de un extremo a otro de la ciudad, rebotando de chabola en chabola. Fue como una luz, brillante y esperanzadora. En poco tiempo una multitud de niños y adolescentes estaba llamando a las puertas de Favio, en busca de una oportunidad. El problema, claro, era que la cantidad de candidatos multiplicaba el número de instrumentos disponibles. Más o menos cinco violines para cincuenta aspirantes a violinistas; y una proporción similar con el resto de instrumentos. Pero la iniciativa había llamado la atención de mucha gente, y su impacto era ya imparable. Fueron llegando personas de todas partes que se ofrecían para ayudar en el programa de construcción de instrumentos, que formaba parte del proyecto; por desgracia, los materiales eran demasiado caros e inaccesibles para los niños de Cateura. En realidad, nada que no procediera de la basura era lo suficientemente barato para ellos. Pero, «que no tengamos nada no es excusa para no hacer nada», decidió Favio. Y entonces se le encendió una lucecita. Si nuestros recursos son tan escasos, busquémoslos en aquello que jamás escasea en Cateura: la basura. La solución más lógica y natural, desde luego. Pero ¿funcionaría? Por supuesto, si cuentas con el maestro lutier adecuado.

 

Música como instrumento de esperanza

Y ahí es donde Favio conoció a Nicolás. Un rescatador de basura, al igual que toda su familia; otra historia más de supervivencia de todos los días, sin horas de descanso, sin domingos, sin un minuto de vacaciones. Nicolás lleva toda una vida reciclando y vendiendo aquello que encuentra en el vertedero y que pueda ser de alguna utilidad, una vez ha pasado por sus manos. También instrumentos musicales, claro. Favio le propuso trabajar para su incipiente orquesta, fabricando instrumentos de todo tipo a partir de la basura. Nicolás aceptó. Feliz por ser útil. Y sin preguntar siquiera cuánto iba a cobrar. Cogió una tacita de aluminio, le añadió una tabla, tensó unas cuerdas y probó… Y aquello sonó. Maravillosamente desafinado. A priori parecía un imposible, pero el instrumento funcionaba. Quizá no para tocar en el Konzerthaus de Berlín, pero sí al menos para que un niño rebosante de ilusión pudiera aprender a tocar, a dar sus primeras lecciones con cierta dignidad. Esa es precisamente la verdadera recompensa para Nicolás, escuchar a un niño tocar sus instrumentos sacados de la nada, de la miseria. Y, por supuesto, es la felicidad total para los jóvenes músicos. Poder aprender, vislumbrar una salida de la miseria; y también poder transmitir y compartir los sentimientos que llevan dentro —su rabia, su deseo, su pena, sus miedos, su alegría, su rebeldía, su amor—, algo que es parte de la música tanto como del ser humano.  



«El mundo nos envía basura y nosotros le devolvemos música», nos dice Favio. Música que suena maravillosamente, por cierto, en las manos de estos jóvenes. No importa de qué estén hechos sus instrumentos: un chelo que antes fue una lata de aceite o un tambor de productos químicos, una madera de pallet y viejas cucharas y tenedores a modo de clavijas. O un saxofón hecho con viejas cañerías, mangos de cuchara, monedas y botones. O una flauta que tuvo otras vidas como tubería, pedazos de cubiertos y candados. Y violines y contrabajos y baterías construidos con latas de pintura, de aceite o de batata, con tablas y cucharas de madera, con una fuente de pizza, un tenedor para hacer pasta, radiografías, latas de cerveza, bidones… De toda esa basura reciclada, de la ilusión y el talento de esos chicos igualmente reciclados, Favio ha logrado extraer sonidos que antes eran impensables, de una belleza y una armonía que no tienen nada que envidiar a la maestría de Yo-Yo Ma, Malikian o la Filarmónica de Viena, al menos en pasión y amor a la música; en capacidad de transmitir emoción, que es siempre lo más difícil de conseguir. Las Suites para chelo de Bach, el Verano de Vivaldi, la Serenata Nocturna de Mozart, el canon de Pachelbel o el Himno a la Alegría de Beethoven cobran un nuevo sentido cuando sus notas salen —hermosas, llenas de vida— de estas latas, cañerías y cucharas. Lo mismo que éxitos populares como ImagineLa pantera rosa o El Humaguaqueño. Porque toda esa música, cuando es interpretada por la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, es mucho, muchísimo más que música.   

Con la ayuda irremplazable de Nicolás (que fue perfeccionando el sonido de sus instrumentos con total maestría), Favio comenzó a dar forma a su orquesta de instrumentos reciclados, una escuela única en el mundo en la que los alumnos no aprenden solo música. La primera lección, para ellos y para nosotros, es que incluso viviendo en el nivel más bajo de la pobreza, careciendo absolutamente de todo, si uno tiene iniciativa, si tiene creatividad, ilusión, hasta la propia basura puede convertirse en una herramienta educativa capaz de cambiar la vida de mucha gente. Y este es precisamente el objetivo de la orquesta: transmitir esa filosofía al mundo. Y es también una lección de vida para sus alumnos: «La construcción de los instrumentos con la basura y el hecho de llegar a un nivel en el que estos instrumentos suenan bien también ha resultado un aprendizaje para que ellos vieran que no todas las cosas son inmediatas, que no todo se consigue ya.»

En un principio, la orquesta de Cateura no iba a ser más que un “disparador social”, una actividad para aprovechar el tiempo útil de los jóvenes, para proporcionarles un poco de ilusión a través del arte. Pero poco a poco se convirtió en algo mucho más grande, mucho más importante y mucho más transcendente. Porque la mayor parte de los jóvenes de Cateura viven en el filo, a caballo entre la pobreza, las drogas, el alcohol, la explotación, la desesperanza… No ven salida. Son como la basura en la que viven y trabajan; deshechos de la sociedad; juguetes rotos, desahuciados de la vida. Pero gracias a la música, gracias a la orquesta de Favio Chávez, muchos de esos adolescentes y niños desahuciados están saliendo del vertedero; están siendo reciclados, como los instrumentos de Nico, en una nueva vida; ahora tienen una oportunidad y desde luego la están aprovechando. Saben lo importante que es para ellos y también para sus familias; de hecho, consideran que es una manera de devolver el esfuerzo que hacen sus padres por ellos, algo que no tiene precio en un lugar donde el alimento o la ropa, los juegos o los libros, escasean de forma dramática.

«La música no va a cambiar o solucionar todos los problemas, pero a través de la orquesta pueden encontrar la estabilidad que no tienen en sus familias o comunidades». Desde luego, a estos jóvenes la orquesta les ha dado mucho más que simplemente enseñanza musical. Les ha dado esperanza. Sueños. Educación. Objetivos. Ha supuesto, sin excepción, un gran cambio en sus vidas. Ahora estos chicos piensan en la universidad, o en hacerse músicos profesionales, o en llevar a cabo iniciativas para ayudar a su comunidad, a otros jóvenes como ellos, que no han tenido tanta suerte. La meta no es sólo formar buenos músicos, también buenas personas; compartir valores. Decirles que lo que de verdad importa no son las cosas materiales, sino el conocimiento, la sensibilidad, las emociones…

 


Teloneros de Metallica

La orquesta de Favio y sus jóvenes maestros se convirtió en un fenómeno social, primero en su país y luego en todo el planeta. Comenzaron tocando en centros educativos, en fiestas populares, en pequeños auditorios de poblaciones pequeñas; allá donde les reclamaban. Su fama se extendió pronto, y comenzaron a ampliar auditorio y repertorio. A partir de 2008, con apenas dos años de vida, empezaron las giras. Europa, Estados Unidos, Latinoamérica, Oriente Medio, Asia. La mayoría de aquellos niños ni siquiera habían salido de Cateura y ahora se veían viajando por medio mundo y actuando ante miles de espectadores en auditorios de prestigio internacional: el Teatro Carré de Ámsterdam, el Millenium Stage del Kennedy Center, en Washington, el Auditorio Nacional de Madrid, el Koncerthus de Oslo, el Coliseo de Bogotá, el Teatro San Martín de Tucumán, el Ramallah Cultural Palace, en Palestina, el Teatro Sheldonian de Oxford, el Palau de la Música en Barcelona, el Teatro de la Osaka International House Foundation, en Japón…

Pero el gran acontecimiento llegó en 2014, cuando una de las bandas de rock más importantes de la historia, Metallica, con ciento veinte millones de discos vendidos y nueve Grammys a sus espaldas, les contrató como teloneros para su gira por siete países de Sudamérica. El mítico grupo estadounidense de thrash rock liderado por James Hetfield se enamoró de estos jóvenes “reciclados” y compartió con ellos los más imponentes escenarios: el Parque Simón Bolívar en Bogotá, el Parque Bicentenario de Quito, el Estadio Do Morumbi en Sao Paulo, el Jockey Club de Asunción, el Estadio Ciudad de la Plata en Buenos Aires, el Estadio Monumental de Santiago de Chile y el Estadio Nacional de Lima, donde los cuarenta jóvenes músicos de Cateura, dirigidos por Favio Chávez, interpretaron “su música de la basura” —y algún clásico de Metallica reciclado, como Nothing Else Matters— ante un público enfervorizado, muy diferente al que estaban habituados y en auditorios desde luego mucho más descomunales. Doscientos cincuenta mil espectadores en total disfrutaron de la música, la simpatía y la complicidad de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, y para los jóvenes intérpretes aquella gira quedó marcada como una de las experiencias más impactantes de sus vidas.

Pero ni los múltiples galardones, ni el reconocimiento de instituciones y organismos internacionales, ni las exitosas giras en auditorios o estadios, ni los rendidos reportajes y artículos que les dedican a diario los medios de comunicación de todo el mundo, han apartado a esta singular orquesta de sus valores, de su camino, del suelo que pisan y sobre el que está levantado —y bien afianzado— el proyecto pedagógico y vital de Favio Chávez. No han olvidado sus orígenes ni su responsabilidad. «Fundé esta orquesta para educar y concienciar al mundo. Pero es también un mensaje social para que la gente entienda que, a pesar de que estos estudiantes viven en situación de pobreza extrema, también pueden contribuir a la sociedad. Merecen esta oportunidad». La oportunidad de sacar adelante a sus familias y comunidades. De sacar adaelante sus vidas. De ser un ejemplo vivo para miles, millones de jóvenes en todo el mundo que tampoco tienen nada, pero que, si lo desean con todas sus fuerzas, pueden llegar a cambiar su futuro. «No debemos deshacernos tan fácilmente de las cosas como tampoco debemos desechar fácilmente a las personas». Este es el poderoso mensaje, la hermosa lección que nos deja la historia de Favio Chávez y su Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura.


PD. Esta historia la escribí originalmente para el tercer libro de Lo Que De Verdad Importa.

sábado, 17 de abril de 2021

Bernard Offen en Lo Que De Verdad Importa. Perdonar, pero no olvidar


Bernard Offen fue uno de los millones de judíos prisioneros en los campos de exterminio nazis y uno de los miles que lograron sobrevivir. En su caso, sobrevivió a cinco campos diferentes. Aquellas prisiones inhumanas alcanzaron la máxima expresión de la barbarie humana, el ejemplo extremo de hasta dónde es capaz de llegar el hombre en cuestión de horror y crueldad hacia sus semejantes. Hoy, ocho décadas después, Bernard Offen quiere mostrar aquel horror a los jóvenes de este siglo a través de su testimonio directo, porque es necesario que conozcan de primera mano la verdadera dimensión moral del holocausto; no basta saberlo de oídas. Tienen que conocer para entender y evitar repetir los mismos errores.

 


En el congreso de Lo Que De Verdad Importa las imágenes se suceden en la pantalla, sobre el escenario: la esvástica como símbolo del honor, del terror; humillación y crueldad, personas tratadas como ganado, hacinadas en trenes de muerte, sin agua, sin aire, sin dignidad; montañas de cadáveres apilados a las puertas de los barracones; frío y muerte; solidaridad desesperada, niños marcados con la estrella de David, fosas comunes, guerra, dolor, miedo; colas de esqueletos hambrientos implorando por unas migajas; las cámaras de gas, humo y hedor proveniente de las incineradoras; Ana Frank (la testigo), Hitler (el monstruo), las madres tratando de proteger a sus hijos, de regalarles un día más, unas horas, unos minutos. Ejecuciones, sadismo, un ejército orgulloso de su patriótica misión y millones de cadáveres abandonados a su paso.

¿Cómo se puede sobrevivir a todo ese horror?

Bernard Offen —polaco, 92 años “de juventud”, pelo blanco acabado en una larga coleta; ojos profundos, serenos, rebosantes de paz interior— lleva años tratando de explicarlo, años compartiendo con gentes de todo el mundo la historia que vivieron él y su familia, su pueblo. “Nací en Podgórze, Cracovia, en 1929. Soy parte de una familia de seis personas. Dos hermanos que sobrevivieron y una hermana que no, como tampoco mis padres, mi abuela y otras 60 personas de mi entorno familiar que no sobrevivieron. Tenía apenas 10 años cuando comenzó la guerra; recuerdo que en la radio de mi tío escuché los discursos de Hitler y, aunque no los entendía, sentía que se cernía un peligro sobre los judíos, no sabía por qué, aún. Aquel momento fue como una toma de conciencia del peligro”.

La invasión de Polonia comenzó en 1939 y a los pocos meses todos los judíos estaban obligados a colocarse el infame brazalete con la estrella de David bien visible. Quedaban así inconfundiblemente marcados para la desgracia. También comenzó la segregación. Camiones militares y soldados entraron en sus barrios, obligándoles a subir a los vehículos a punta de metralleta; si alguno se resistía, era ejecutado allí mismo, en plena calle. “Si veías a alguien morir de aquella manera, subías al camión sin más”. En principio eran enviados a realizar trabajos forzados, pero algunos ya no volvían. Su padre y su hermano tuvieron suerte, regresaban a casa cada noche.

 



En 1941 el gueto de Cracovia estaba rodeado por un muro de tres metros de altura y alambradas, vigilados por centenares de guardias; una prisión de la que era imposible escapar (“¿Os imagináis que, de repente, vuestro barrio está rodeado por un muro de tres metros de altura y no podéis salir?”). Sin comida suficiente, sin medicamentos, la gente muriendo por las calles, frío, temor, incertidumbre. Así era el gueto. Una prisión de miedo y muerte en la que hombres, mujeres y niños trataban simplemente de sobrevivir un día más. Así vivió Bernard durante 2 años.

“Era 1943 cuando mi madre y mi hermana desaparecieron del gueto, obligadas a subirse a un camión de prisioneros. Llegaba, lo cargaban de gente y al que se resistía le disparaban un tiro en la cabeza. Por aquella época yo me escapaba del gueto a escondidas para encontrar comida fuera, sobornando a los guardias; volvía al gueto cargado de alimentos, repartía una parte entre mi familia y la otra la vendía para poder sobornar a los guardias de nuevo y conseguir más comida. Yo solía salir muy temprano, antes de las seis de la mañana; pero aquel día era más temprano de lo habitual, las dos de la mañana. Iba con mi padre, caminando junto a la alambrada, buscando el hueco por el que colarme hacia exterior; cuando llegamos, mi padre subió la alambrada desde el suelo y yo me deslicé por debajo, escapando a las colinas. No entendía por qué mi padre quería que ese día yo saliera tan temprano, pero así lo hice. Cuando regresé, unas horas después, tenía los bolsillos llenos de patatas, pan y todo lo que pude conseguir. Pero no logré volver a entrar en el gueto. Escuché disparos y gritos. Permanecí oculto entre los arbustos, en lo alto de la colina, desde donde podía observar el gueto sin ser visto. Las calles estaban ocupadas por más tropas, las SS y soldados aliados de los alemanes. Más disparos y gritos. Durante horas. Por la tarde, las tropas se habían marchado y pude entrar sin problema. Se habían llevado a mi madre y a mi hermana. Vi a mi padre y al instante me di cuenta de que había cambiado, ya no era el mismo hombre al que había dejado aquella mañana. Su esposa y su hija de 12 años (mi hermana Miriam) habían desaparecido”. Bernard Offen no tuvo noticias de ellas hasta mucho tiempo después. Una vez terminada la guerra descubrieron que los camiones las habían trasladado hasta el campo de extermino de Balchaus, en el que fueron asesinados 600.000 seres humanos. Una productiva fábrica de muerte.

Ese mismo año de 1943 el gueto fue clausurado. Bernard, su padre y sus hermanos fueron trasladados al campo de Plaszow, a dos kilómetros de Cracovia. Fue su primer campo. Los más jóvenes —niños, en realidad— eran obligados a vigilar al resto de prisioneros; si los soldados descubrían que habían ocultado alguna infracción sin denunciarla, eran ejecutados sin más preámbulos. “Una noche, escuché a uno de los guardias bromear acerca de que nos iban a matar a todos los jóvenes (yo tenía 13 años) en el tren. En cuanto nos metieron en el vagón, salté junto a otros prisioneros. Escuché disparos a mi espalda, pero yo seguí corriendo con todas mis fuerzas, sin mirar atrás”. Esta vez, Bernard logró escapar. Pero la libertad duró poco. Fue capturado de nuevo e internado en otro campo, Julag.

Una de las consecuencias más tristes de todo aquello fue el hecho de separarse de su padre y de sus seres queridos. “Mi familia fue alejada, separada de mí para siempre. Ya no existían, ni existirían nunca más en mi mundo. Yo tenía que tratar de sobrevivir en el campo, solo. Siempre había otros hombres que trataban de ayudarme, dándome un trozo de pan o algo de ropa para abrigarme. Aún recuerdo los rostros de aquellos hombres, a los que llamé mis ángeles. Ellos eran lo mejor en un lugar de horror, donde pasaban cosas terribles”. Consiguió escapar también de aquel campo y tuvo la fortuna de encontrar una familia polaca que le ocultó durante unos días. “Pero debía salir pronto de ahí, porque si los alemanes me descubrían, matarían a toda esa familia. Ellos corrieron un gran riesgo por mí. Fueron verdaderos héroes”.



Uno de esos campos de exterminio en los que transcurrió la infancia robada de Offen fue el tristemente célebre campo de Auschwitz. El más conocido, el más cruel, el más inhumano. Pero incluso en aquellas circunstancias terribles había lugar para la compasión, para la solidaridad. “En el día a día del barracón número 5 también tuve a esos ángeles que me ayudaban”. Lo más duro era el hambre: “Todos estábamos famélicos y hambrientos. Recibíamos al día una hogaza de pan para cada cuatro personas, que se dividían en partes iguales con ayuda de una rudimentaria balanza: un trozo de pan en cada extremo, hasta que el peso era exacto. Si pudierais ver a esos cuatro hombres, mirando fijamente sus raciones, podríais comprender hasta qué punto estábamos hambrientos”. Y desesperados. Es en estas situaciones extremas cuando asoma lo mejor y lo peor de cada ser humano. “Una de las peores cosas que allí vi fue robar las posesiones de otra persona, especialmente la comida, ese famélico trozo de pan. A menudo la metodología de supervivencia consistía en proteger tu ración de pan durante toda la noche para poder tener algo que comer por la mañana; otros la intentaban robar, y algunos llegaron incluso al extremo de matar por ese trozo de pan”. Muchos murieron así, asesinados en sus propias literas por otros prisioneros simplemente un poco más desesperados que ellos.

Los días transcurrían, uno tras otro, en esa situación de permanente horror y miedo, de hambre y desesperación; la monotonía y la incertidumbre los hacían aún más insoportables. Y la presencia del sádico doctor Mengele, que a menudo visitaba los barracones en busca de víctimas para sus monstruosos experimentos, elevaba el nivel de miedo hasta el límite. ¿Qué fue, en esas circunstancias terribles, lo que le dio fuerzas a Bernard Offen para sobrevivir? “Una de las razones fue el enfado con Dios. ¿Por qué estoy aquí?, me preguntaba. Y la respuesta era por ser judío. En ese diálogo interior con Dios le dije: si me sacas de aquí cambiaré mi religión a la que tú quieras, ¡pero déjame salir! La otra razón era que yo tenía un fuerte deseo de sobrevivir. Y quería sobrevivir para poder hacer películas que mostraran al mundo todo aquello, dar testimonio de ese horror. Mi misión, desde entonces, es hacer todo lo que esté en mi mano para que eso no se vuelva a repetir. No solo por los alemanes, sino por nadie, por nadie. Y no estamos tan lejos; si no cambiamos el maltrato, el odio, el daño que causamos a otros seres humanos por el simple hecho de ser diferentes, algo parecido puede volver a suceder. Otra vez”.



Pero Bernard Offen también está aquí, en el congreso de Lo Que De Verdad Importa, para transmitirnos un mensaje de esperanza; para decirnos, mirándonos a los ojos, que la vida tiene un lado positivo, que cualquier experiencia, por dura que sea, se puede superar. Él lo hizo. En 1945 fue liberado el campo de Dachau, última prisión en la que el joven Offen fue confinado. Aun en aquellos momentos, próximas las tropas aliadas, los presos temían por sus vidas. No sabían qué iban a hacer los guardias, si matarlos a todos antes de huir o entregarse al enemigo. “La última noche, después de una larga marcha, nos encerraron en unos barracones alejados del campo; por la mañana, al levantarnos, ya no había guardias. Como yo era uno de los más fuertes, me dijeron que volviera al campo para pedir ayuda. Escuché disparos de artillería y me escondí en una de las casas de la granja. Desde allí vi tanques, no sabía si rusos o americanos, y salí con las manos en alto, llamando su atención. Después de hablar con el comandante de la compañía, dos soldados me acompañaron hasta donde estaban el resto de los prisioneros”. Los salvadores llevaban raciones de chocolate que aquellos famélicos despojos humanos devoraron con fruición; muchos enfermaron por esa causa, y algunos incluso murieron, porque sus cuerpos, torturados por el hambre durante tanto tiempo, no podían tolerar ese tipo de alimentos. Lo que necesitaban era tan solo pan y sopa.

 

Después de ser liberado, Bernard permaneció con los aliados durante unos meses, cerca de Munich. Comida, cuidados médicos, recuperación física y psicológica. Empezó a preocuparse por su familia, a preguntarse quiénes habrían sobrevivido y quiénes no. En un campo de refugiados cercano descubrió los nombres de sus hermanos, Sam y Natan, en una lista de supervivientes. Según aquellos papeles, se encontraban en Salzburgo. Tras un interminable viaje en un tren de carga llegó al campo de refugiados de Salzburgo, pero sus hermanos ya no estaban allí. Habían partido hacia el norte de Italia, le dijeron. Tuvo que esperar un mes hasta que consiguió los documentos para poder viajar a Italia; atravesó los Alpes en tren y al llegar al campo de refugiados le confirmaron que, efectivamente, sus hermanos habían estado allí pero fueron enviados al Hospital del Ejército Polaco. Dos días en auto-stop y la temida respuesta: “Sí, pero se fueron a un campo de entrenamiento del ejército polaco”. “¿Dónde? En Bari. Otro viaje, al sur. Cuando por fin llegó, preguntó en la cantina y le informaron de que los Offen habían salido a dar un paseo, “por ahí”. “Salí por donde me habían dicho y vi a lo lejos un par de soldados en shorts kakis que parecían mis hermanos; fui hacia ellos y… —Bernard Offen aún se emociona al recordar ese momento; a pesar de los años transcurridos, las emociones permanecen frescas en su memoria— …nos abrazamos, lloramos, les conté que nuestro padre había muerto en Auschwitz, nos volvimos a abrazar… Después de aquel encuentro me quedé con ellos dos semanas, pero luego me marché a otro campo de refugiados y comencé mi camino”.

Después de unos años en Polonia, en 1951 los hermanos Offen decidieron emigrar a Inglaterra y luego a Estados Unidos. En 1981 Bernard decidió regresar a Polonia, por primera vez desde el fin de la guerra, a enfrentarse con su dolor y sus demonios, “como parte de mi terapia, de mi proceso de curación”. Hoy es guía en el antiguo gueto de Cracovia y en los campos de Plaszow y Auschwitz-Birkenau (a veces, las preguntas de los visitantes le hacen llorar, pero piensa que es importante que conozcan todo lo que sucedió en aquellos terribles lugares, sin ocultar detalle), y ha realizado cuatro películas sobre el holocausto. Dar a conocer su historia, aun a costa de revivir su dolorosa experiencia, tiene un objetivo muy claro: “que algo así no vuelva a repetirse. Es necesario que los jóvenes conozcan la historia para que aprendan de nuestros errores”.



Tras su trágico caminar al borde de la muerte en Plaszow, Julag, Mauthausen, Auschwitz-Birkenau y Dachau, Bernard Offen ha sido capaz de perdonar a sus verdugos. “Para mí es necesario perdonar. Si no lo hiciera, llevaría ese odio en mi interior, y estaría haciéndome daño a mí, no a los asesinos, no a la SS, no a los torturadores. Decidí dejarlo ir, porque no podemos cambiar lo que sucedió, pero sí evitar que vuelva a suceder”. Y es capaz también de sonreír: “no siempre, pero lo intento. Me da fuerza. Una sonrisa consigue que otras personas sonrían. Cuando somos negativos, deprimimos a los demás, y cuando somos positivos los levantamos. Es una elección, elegimos en cada momento cómo somos para nosotros mismos y para los demás”. Y es que, para este superviviente de uno de los episodios más negros de la humanidad, lo que de verdad importa es precisamente eso, “las personas, los seres humanos”.  

lunes, 23 de noviembre de 2020

Viktor Frankl y Auschwitz. El hombre en busca de sentido



Fue uno de los más eminentes psicólogos y neurólogos del planeta; ya a los 16 años se carteaba con Freud y a los 20 expuso su teoría de la Logopedia en el Congreso de Psicología de Dusseldorf; fue Jefe del Departamento de Neurología del Hospital Rothschild a los 32 años y del Hospital Policlínico a los 38; Doctor en Filosofía y Profesor Invitado en las más prestigiosas universidades europeas y americanas; publicó multitud de libros y artículos, fue alpinista, piloto, caricaturista y enamorado de las corbatas. Vivió 92 años absolutamente plenos. Pero donde encontró sentido a su existencia, y a la del ser humano, fue en el lugar donde menos imaginó: los campos de exterminio nazis.

Auschwitz. La noche de Navidad de 1944. A 30 grados bajo cero, sin calefacción, descalzos, en la oscura antesala de la muerte, un puñado de despojos humanos se apiña en un extremo del barracón para escuchar las palabras del prisionero número 119.104. “Pensadlo: estamos ante el desafío de sobrevivir. Podemos hacer una de estas dos cosas: convertir esta experiencia en una victoria o limitarnos a vegetar, dejando de ser personas. Incluso aquí debemos subsistir al cobijo de la esperanza en el futuro; no importa que no esperemos nada de la vida, lo que verdaderamente importa es lo que la vida espera de nosotros. No hay que avergonzarse de nuestras lágrimas, porque demuestran nuestro valor para encararnos con el sufrimiento. Si conoces el porqué de tu existencia, entonces serás capaz de soportar cualquier sufrimiento”.
Y aún añadió: “La desesperanza puede ser explicada en términos de una ecuación matemática: D = S - P, Sufrimiento sin Propósito. En el momento en que ves un sentido en tu sufrimiento, puedes moldearlo en un logro; puedes convertir la tragedia en un triunfo personal, pero debes saber para qué. Si las personas no pueden encontrar ningún sentido en absoluto a sus vidas, tal ven tengan algo con lo que vivir, pero no tendrán nada por lo que vivir”.


El prisionero número 119.104 se llamaba Viktor Frankl y después de padecer el tormento de Auschwitz -donde su madre murió en la cámara de gas- sufrió el de los campos de Kaufering III y de Turkheim -donde fue separado de su esposa, que murió en el de Bergen-Belsen. Y antes sobrevivió a Theresienstadt -donde murió su padre, enfermo de inanición-, campo de exterminio al que fue deportado en septiembre de 1942, cuando era un eminente psiquiatra de 37 años y director del Departamento de Neurología del Hospital Rothschild, único hospital de Viena en el que eran admitidos judíos.

Viktor Frankl tuvo en sus manos librarse de sus tres terribles años en los campos de exterminio. En 1942 le concedieron un visado para continuar su prestigiosa carrera en Estados Unidos. Se preguntó qué debía hacer: sacrificar a su familia por el bien de la causa a la que había dedicado su vida, o sacrificar esta causa por el bien de sus padres. Esperando una respuesta “del cielo”, al llegar a su casa preguntó a su padre qué era aquel pedazo de mármol que había sobre la radio. “Es parte de las Tablas que contenían los Diez Mandamientos” le explicó. Tenía grabada una letra hebrea, que aparecía solamente en el Cuarto Mandamiento: Honra a tu padre y a tu madre y tú estarás en la tierra prometida. “En ese momento –recuerda Frankl- decidí permanecer en Austria y dejar que mi visado caducara”.

El joven Viktor ya había aprendido a sobrevivir al hambre y la pobreza durante la I Guerra Mundial, cuando apenas contaba 9 años. Y durante sus estudios de bachillerato aprendió a interesarse por la realidad del ser humano y a cuestionar la verdad científico-organicista que proclamaba su profesor: “la vida humana no es otra cosa que un proceso de combustión y de oxidación”. “Si es así –lo interpeló Viktor, puesto en pie- ¿cuál es el sentido de la vida humana?”
Años después, ya como uno de los psiquiatras más prestigiosos de su país, Frankl daría respuesta a este interrogante a través de su Logoterapia (tercera escuela de Viena, contrapuesta al Psicoanálisis de Freud y a la Psicología Individual de Adler), según la cual el ser humano halla el sentido de su existencia a través del amor a otros, a través de sus actos de creación y a través de virtudes como la compasión, la valentía o el sentido del humor; o el sufrimiento. Al final, estas tres vías nos llevan a un sentido último en la vida, que no depende de otros, ni de nuestros proyectos ni de nuestra dignidad, sino de Dios, el sentido espiritual de la vida.

Esta teoría fue el resultado de sus reflexiones y experiencias, propias y ajenas, durante sus años vividos –sobrevividos- bajo el terror nazi. Tras la liberación del campo de Turkheim, el 27 de abril de 1945, Frankl comenzó a buscar un sentido a su propia supervivencia, "el para qué habré quedado vivo"; y por qué unos sobrevivieron y otros no. A finales de ese año, a lo largo de nueve días, fue dictando “entre lágrimas” a tres secretarias del Hospital Policlínico de Viena (donde era Jefe del Departamento de Neurología) el testimonio de sus experiencias en los campos de concentración, tomando como referencia docenas de papelitos que había ido rellenado en su cautiverio. “Aquellos que tienen un porqué para vivir, pese a la adversidad, resistirán”, nos dice Frankl.  

En los campos pudo percibir cómo las personas que tenían esperanzas de reunirse con seres queridos o que profesaban una gran fe, tenían mejores oportunidades que los que habían perdido toda esperanza. La elección dependía de cada uno, pues el ser humano es libre y cada persona elige “si dejarse determinar por las circunstancias o enfrentarse a ellas”. Al final, concluye: “Después de todo, el hombre es ese ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero también el que ha entrado en esas cámaras con la cabeza erguida y el Padre Nuestro o el Shema Yisrael en sus labios”. Y también el humor, y la música y la poesía y el Arte... Hasta tal punto, que aquellos judíos hacinados en los barracones encontraron en esas creaciones artísticas y en esos bailes una salida, un refugio y una salvación. Compartían canciones, poemas, bromas e incluso sátiras sobre el campo y sus guardianes. Todos se ayudaban unos a otros a olvidar dónde estaban. Algunos incluso perdieron la vida por el mero hecho de tocar el violín para dar un poco de esperanza a sus compañeros. El humor y la música fueron para aquellos despojos humanos, postrados en la antesala de la muerte, las últimas armas del alma para luchar por su supervivencia.


El libro de Frankl se publicó en 1946 bajo el título de El hombre en busca de sentido, destinado a todas las personas que habían sufrido las consecuencias de la guerra, y que a lo largo de más de 70 años ha dado también esperanza a millones de personas con millones de sufrimientos diferentes. Será un buen momento este, pues, para repasar la lección de Viktor Frankl y aplicar su ecuación a la inversa: Esperanza = Sufrimiento con Propósito. Si él encontró sentido al sufrimiento extremo, qué no podremos conseguir nosotros con nuestras pequeñas o grandes tragedias.


PD. La historia de Viktor Frankl forma parte de mi libro La muerte del egoísmo (Ed. Palabra)


miércoles, 15 de abril de 2020

Silencio. Desolación. Esperanza. Y el maldito bicho



Fue mi descubrimiento de Poe. El primer relato suyo que leí –devoré- con apenas 15 o 16 años. El que me enganchó desde la primera lectura y convirtió a Edgar Allan Poe, el maldito, el apasionado, en mi referente literario, en mi maestro, en mi mayor influencia desde entonces y para siempre. For evermore. Luego llegaron los demás relatos, los de terror, los de misterio, las fantasías humorísticas; y sus poemas, de amor, desamor y muerte; y sus ensayos y críticas; y su única novela. Y su vida, contada por otros; inventada, contrastada o exagerada por otros. Una relación –de devoción, respeto y lectura continuada- a la que me he mantenido fiel desde aquella primera vez. Desde el instante en que mis manos abrieron la gruesa y magnífica antología de Cuentos de Terror –selección y traducción de Rafael Llopis Paret, editada por Taurus en 1963- y mis ojos se posaron en la página 169 y leyeron: SILENCIO. «Las cumbres de las montañas dormitan; los valles, los riscos y las cavernas están mudos».
Muchos años han pasado desde entonces. Y Silencio sigue siendo mi relato favorito de Poe, que releo con asiduidad. Y estos días de encierro obligado, de miedo e incertidumbre, de pesada monotonía, de ruido amortiguado y de furia contenida lo he vuelto a leer. Y de esa lectura ha nacido una nueva reflexión, que antes nunca había tenido en cuenta. Porque antes, para mí, el «silencio» era una bendición, un oasis momentáneo, una necesidad física y mental. Y hoy, como en el breve relato de Poe, es una maldición.  
«Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo

La maldición del silencio
En la inquietante fábula de Poe, el hombre que se encuentra, pensativo, sentado en la roca gris a los pies de melancólico río Zaire no se estremece cuando el juguetón Demonio le maldice con la maldición del tumulto, el rayo o la violenta tempestad; apenas tiembla cuando escucha el terrible rugido de los hipopótamos y los behemot o el inquietante suspirar de los nenúfares; y ni siquiera se inmuta ante la niebla espectral, la desolación o la lluvia, que al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. 
No, en el cuento de Poe el hombre sentado en la roca solo se estremece –y de qué manera- ante la maldición del SILENCIO. Y no puedo evitar pensar que algo muy parecido le está sucediendo al mundo en estos días aciagos y malditos. Y lo que le sucede es que el ruido, la furia y la destrucción de volcanes y terremotos, de inundaciones y tsunamis, apenas nos inquietan un instante fugaz. Que la desolación y la miseria que causan las guerras, el fanatismo o la ambición desalmada nos estremecen lo justo. Y que la enfermedad, la hambruna, la esclavitud y la muerte de millones de personas cada año ni nos inmuta. Nos pilla lejos, debe ser.
Y, sin embargo, el silencio que anida estos días en nuestras calles vacías, en nuestros parques precintados de risas y juegos; el silencio que se ha apoderado de nuestros estadios, de nuestros bares, de nuestras playas y nuestros gimnasios; e incluso de nuestras casas, a estas alturas (el ánimo decae, con el paso de los días); el silencio de morgues improvisadas, de funerales y entierros en obligada soledad; el silencio que todo lo invade, que todo lo abarca, que todo lo envuelve –salvo el aplauso de las ocho-, ese maldito silencio sí que nos estremece. Y de qué manera.
Con lógica razón, porque la que nos ha caído encima, al mundo y a cada uno de nosotros, es una maldición de las memorables. No por grave (compárese con el terremoto de Haití, el huracán Katrina o el tsunami de Indonesia) sino por global. Pero lo que no lograron esas otras maldiciones cargadas de tormenta y desolación, de angustia y miseria, de tumulto y violencia desatada, lo ha conseguido el silencio provocado por ese maldito bicho invisible: estremecernos hasta tal punto que hemos paralizado el mundo. Ahí sí. 
Será que había que hacerlo. El miedo del primer mundo. Vale. Porque yo sí creo que la vida de cualquier ser humano debería ser sagrada. Aquí y en Siria, o en Haití o en Somalia. Y la de un anciano, la de un discapacitado o la de un mendigo, incluso la de un no nacido. Todas y cada una deberían tener el mismo valor, la misma dignidad, la misma consideración. Siempre y en todo lugar. Pero no siempre es así. ¿Verdad?


La esperanza


Sólo espero que cuando todo esto acabe, porque acabará, además del homenaje y recuerdo a nuestros fallecidos y el reconocimiento universal a nuestros héroes (que no somos, precisamente, los que nos quedamos en casa), sólo espero, digo, que aprendamos la lección magistral. Y que dejemos de mirar nuestros ombligos y nuestros espejos, que es lo que más nos gusta mirar, y empecemos a mirar hacia los lados, y hacia abajo; sobre todo, hacia abajo. Y que en lugar de fijarnos en lo que tenemos arriba, con envidia o ambición, fijemos la mirada en lo que tenemos delante, que es la mejor forma de avanzar. Y que miremos también más hacia nuestra propia casa, a nuestra familia, a nuestros hijos. Y que atendamos mejor a nuestros mayores, y les cuidemos y les visitemos y les agradezcamos y les dediquemos nuestro tiempo en vida, más que nuestro lamento (¿culpable?) cuando ya no están.

Y que cuando escuchemos el tumulto y la furia de la tempestad en un lugar lejano, o cercano, también nos estremezcamos y apelemos a la solidaridad y a la justicia y tendamos la mano y abracemos y acojamos y entendamos… pero también nos remanguemos y nos ensuciemos y nos convirtamos en pequeños héroes nosotros, con mascarilla o sin mascarilla, en lugar de quedarnos en casa aplaudiendo a otros. O maldiciendo, que también los hay.
Sólo espero, sí, que tras este estremecedor silencio afloren las conciencias en lugar de los odios. Y que se abran las mentes a las ideas del otro. Y que se admitan los errores, con humildad y sinceridad, y las críticas no sean destructivas, para variar. Sólo espero que aprendamos a valorar lo bueno que tenemos, que es mucho, en lugar de alardear de lo malo, que además de perjudicial es estúpido. Sólo espero que nuestra bandera común, nuestro ideario sean la generosidad, la bondad, la tolerancia, el sentido común, la mirada limpia. Sé que es mucho esperar, siendo como somos, y teniendo lo que tenemos dirigiendo el cotarro, pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento. 


Volviendo a Poe, por terminar, el maestro también definió –a su particular modo- la esperanza: «En el más profundo sopor, en el delirio, en el desmayo… hasta la muerte, hasta la misma tumba, no todo se pierde». Y os aseguro que el prisionero de El pozo y el péndulo –relato angustioso y sobrecogedor- lo tenía bastante más crudo que nosotros, prisioneros de sofá y tele panorámica. Así que, mantengamos viva y firme la esperanza. De que salimos de esta, primero, y de que todo -lo bueno, lo malo y lo peor- habrá servido para algo. Aunque solo sea para escuchar más allá del silencio.


viernes, 14 de febrero de 2020

Qué jodida, la muerte





Qué jodida, la muerte. Esa burla del destino, traicionera, repentina, a destiempo siempre, que te ataca por la espalda y te sacude, y te golpea y te hiere y te corta la respiración; y transforma de un zarpazo todo tu amor en dolor, toda tu fuerza en impotencia, todo tu pensamiento en melancolía.

Qué jodida, la muerte. Una garra poderosa, implacable, que te atenaza el corazón. Y no lo suelta. Y lo aplasta y lo retuerce hasta que estalla en llanto y lo inunda todo de vacío. Vacío profundo, oscuro, denso. Infinitamente vacío de todo. De ganas, de risa, de afecto, de razón; vacío de luz, de alma, de todo sentir que no sea el dolor, la impotencia, la melancolía.

Vacío de todo, sí; salvo de memoria. Un río que te lleva, imparable, hacia atrás. Al recuerdo vivo. A esa estela de momentos que han quedado ahí, anclados, esperando tu regreso. Y tú vuelves la vista atrás, la vida atrás, y la vida te vuelve; y la risa y la mirada limpia, y el latido fuerte y claro, como campanada de campana de plata; y vuelve la música y el abrazo y la llamada, y el entusiasmo, y el guiño cómplice; y el paseo, con aroma a eucalipto y mar. Y sientes que tu corazón se libera, quizá no del todo aún, pero sí lo suficiente. Lo justo para latir de nuevo, para sentirse vivo. Otra vez.

Y el río que te lleva te devuelve a la imagen viva, a la presencia, a ese tiempo compartido que, sí, sin duda fue mejor. Y la tenaza cede, y la garra se abre y se quiebra. Y la herida, aunque sabes que nunca cerrará del todo, comienza a cicatrizar. Y escuece, sí, pero poco a poco el amor vence al dolor y el recuerdo destierra a la melancolía. Y el tiempo —sabio, tenaz— empieza a cubrir el vacío y a secar el llanto y todo comienza a cobrar sentido. Su vida, tu vida, su pasado, tu presente. Tu futuro. Incluso la muerte.

Porque —piensas— mientras yo tenga su risa, su imagen, su voz; mientras yo tenga su abrazo y su ejemplo y sus ganas de vivir, y cada minuto compartido; mientras yo tenga la certeza, la certeza incuestionable, nítida, de que ahora está en un mundo infinitamente mejor, mirándome, sintiéndome, cuidándome, velando por mí… seguirá siempre vivo. Cada minuto, cada instante de su vida, eternamente vivo en mí.


Qué jodida la muerte, sí. Pero qué bonita la vida.



jueves, 11 de octubre de 2018

Liz Murray. Del infierno a Harvard.

Liz Murray. Del infierno a Harvard Cuando Antoine de Saint Exupéry dijo, en boca de su Principito, “a veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer” no se refería, probablemente, a Liz Murray y el pozo de miseria del que tenía que escapar con urgencia. O sí. El caso es que eso fue exactamente lo que hizo Liz: intentarlo… y conseguirlo. Salir de la calle y entrar en Harvard. A pesar de que su vida decía que era absolutamente imposible.


La vida de Liz Murray comenzó en el Bronx, y comenzó mal. Hija del “flower power”, sus padres eran dos hippies más que habían pasado de la lisérgica felicidad de los 70 a la drogadicción terminal sin apenas ser conscientes de ello. Las víctimas también fueron sus dos hijas, de las que nunca supieron (ni pudieron) ocuparse. En casa de los Murray apenas si había comida en la mesa, aunque no solían faltar las cucharas y demás utensilios siempre prestos para preparar el chute de heroína. “Aprendí desde los cuatro años que mamá y papá tenían extraños hábitos de los que no me informaban” explica hoy la superviviente Liz. A veces, las hermanas lograban engañar al hambre cenando cubitos de hielo o racionando un tubo de dentífrico; a veces, veían cómo el pavo que la parroquia les había donado para Acción de Gracias volaba para convertirse en unas dosis; a veces, volaba incluso la paga que las niñas recibían por algún cumpleaños. La vida de Liz se arrastraba entre las calles del Bronx, los cuidados a su madre enferma, que la obligaron a dejar el colegio, y la miseria indolente de su padre.
  
A los 15 años, la vida de Liz fue a peor. Su madre murió de sida, perdieron su casa y su padre se trasladó a un hogar para los sin techo; su hermana se instaló en la cama de un amigo y Liz, a falta de amigo, en el metro y en los gélidos bancos de los parques neoyorquinos. En esas noches de terrible soledad, de negro vacío, recordaba la frase que, entre vómito y vómito, le repetía siempre su madre: “Algún día llegarán tiempos mejores”. Una idea que a Liz se le antojaba inalcanzable desde el infierno en que la había sumido la vida.


“Hay un mundo mejor. Y yo quiero vivir en él”

Pero el infierno es uno mismo, sentenció T. S. Eliot (que, por cierto, estudió en Harvard). Y desde ese mismo infierno, pozo de soledad y miseria, donde no quedaba nada más que perder, donde no quedaba ya nada en lo que creer, Liz creyó en sí misma. Y entonces supo, en ese momento, que tenía que hacer su elección: podía dejarse vencer por todo aquello que sucedía a su alrededor y arrastrar una vida de excusas… o podía empujarse a sí misma, impulsarse hacia arriba y cambiar su vida. Podía dejarse morir, como sus padres, o luchar por vivir. Liz apostó por vivir. A los 17 años regresó al instituto y acabó los cuatro años que le quedaban en sólo dos, estudiando horas extra por las noches. La perseverancia, la esperanza y la voluntad es lo que tienen. Especialmente la voluntad, esa fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica, como afirmaba Einstein.



Cierto día, un amigo la convenció para apuntarse a una visita de estudiantes a la Universidad de Harvard. Ante el centenario escudo encarnado, que reza “ve ri tas” (verdad) abrazado por la dorada corona de laurel, se juró a sí misma que tenía que llegar allí, a lo más alto. “Soy lista. Sé que puedo conseguirlo. Sólo necesito una oportunidad para trepar fuera de este lugar en el que he nacido. Sé que hay un mundo mejor ahí fuera, un mundo mejor repartido. Y yo quiero vivir en él”. Y lo hizo. Logró una beca que concedía el New York Times a los mejores estudiantes, y en otoño de 2000 se matriculó en una de las universidades más antiguas, prestigiosas y elitistas del mundo. En junio de 2009, tras un paréntesis de tres años que Liz dedicó a cuidar a su padre, enfermo de sida (murió en 2006), se graduó en Harvard. “Eres tú quien hace que tu vida suceda. Nadie más lo va a hacer por ti”.

Hoy, a los 38 años, Liz Murray es doctora en Psicología Clínica, colabora en campañas para proporcionar alimento a los niños sin techo (“para que no tengan que cenar cubitos de hielo”) y recorre el mundo presentando su libro ‘Breaking Night: A Memoir of Forgiveness, Survival, and My Journey from Homeless to Harvard’ (un auténtico best seller en su país), trasladando su mensaje de superación e inspirando a miles de jóvenes desfavorecidos para ayudarles a cambiar sus vidas. Ella lo logró, desde luego: “Mis padres eran drogadictos terminales. Yo soy licenciada en Harvard”. Un acertado resumen para una gran historia.


La leyenda de Harvard

Liz Murray ya forma parte de la leyenda de Harvard. Una leyenda que comenzó en 1636 en Cambridge, Massachussets, y que a lo largo de su historia ha dado al mundo 44 Premios Nobel, 7 presidentes de Estados Unidos, otros tantos de varios países, y decenas de celebridades universales de las letras, la música, el arte, la política, las finanzas, las humanidades y demás altas esferas de la sociedad. Una rica historia dedicada a la búsqueda de la excelencia académica y social, y una orla de ilustres a la que hay que añadir, probablemente por única vez, a una mendiga.


La historia de Liz Murray está incluida en mi libro La muerte del egoísmo.