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miércoles, 17 de marzo de 2021

Hastaloscojonitis aguda

 


Cuando hace unos días, el diputado Fran Carrillo soltó eso de «estoy hasta los cojones de todos nosotros», además de emular al que fuera presidente de la I República, Estanislao Figueras, reflejó con gran fidelidad el sentir (el sufrir) de millones de españoles que están también hasta los cojones de todos ellos, en general, empezando por el presidente del gobierno y su extensa corte, continuando por el resto de presidentes autonómicos, por los diputados nacionales y regionales y los dirigentes de todos los partidos, sindicatos y demás asalariados de los españoles, incluyendo, en lugar destacado, al portavoz sanitario y su peculiar sentido del humor.

A un año de aquella fatídica fecha de marzo, en la que el cielo cayó sobre nuestras cabezas y fuimos condenados a un cruel arresto domiciliario, sin juicio previo (y justo un día después, casualidades de la vida, de estar todas y todos vociferando por las calles, en grupos de miles y cientos de miles), a un año de aquel día de mierda, digo, todos hablan –o gritan- de los estragos que la pandemia ha provocado –y provoca- en la salud, en los negocios, en la socialización, en los hábitos, en la vida incluso, pero pocos, muy pocos, levantan la voz frente a uno de los efectos secundarios más devastadores del maldito bicho: la hastaloscojonitis aguda.

Yo la padezco desde hace tiempo. Lo confieso. Y va a más. Lo sé porque me hago pruebas semanalmente y, además de dar positivo, el nivel de hastaloscojonitis se agudiza y endemiza cada vez más. Se hace fuerte en mí, la muy jodida. Y no veo ni tratamiento ni vacuna a medio plazo. Y eso la agudiza aún más, con vehemencia y hasta con regodeo.

Los síntomas de esta hastaloscojonitis aguda son claros: impotencia, incredulidad, hartazgo, indefensión, cabreo, vergüenza y una extrema falta de respeto hacia la autoridad incompetente. Esos «servidores públicos» (¡me parto!) que llevan un año, 365 días contados, toreándonos, mareándonos, engañándonos, insultándonos y matándonos mientras dedican su tiempo, su energía y nuestro dinero a su particular juego de tronos, a sus vergonzosos tejemanejes y descarados pagos de favores, a sus maniobras orquestadas en la oscuridad, a sus multicampañas de manipulación, a su politiqueo ruin, perverso y pestilente.

Hace un año escribí, en referencia al silencio que lo envolvió todo a causa del confinamiento: «Sólo espero, sí, que tras este estremecedor silencio afloren las conciencias en lugar de los odios. Y que se abran las mentes a las ideas del otro. Y que se admitan los errores, con humildad y sinceridad, y las críticas no sean destructivas, para variar. Sólo espero que aprendamos a valorar lo bueno que tenemos, que es mucho, en lugar de alardear de lo malo, que además de perjudicial es estúpido. Sólo espero que nuestra bandera común, nuestro ideario sean la generosidad, la bondad, la tolerancia, el sentido común, la mirada limpia. Sé que es mucho esperar, siendo como somos, y teniendo lo que tenemos dirigiendo el cotarro, pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento.»

 

Cuán equivocado estaba. Aquella esperanza “en alza” de las primeras semanas –de aplausos, solidaridad y resistirés- fue muy pronto aniquilada, volatilizada, desintegrada… en cuanto entró en juego la cizaña de la política. Y en cuanto nos dimos cuenta, los pobres mortales, de en qué manos estábamos. Había otras prioridades, hermanos. Y se resumían en una sola: PODER. Así, mientras ellos juegan al monopoly político, ya sin máscaras ni disimulos, los demás seguimos cumpliendo a rajatabla, como buenos ciudadanos, con las restricciones impuestas desde la más absoluta subjetividad y la peor de las incompetencias (que yo sepa, seguimos sin comité de expertos, más allá del bromista, inoperante y siempre impreciso Simón). Diecisiete subjetividades y diecisiete incompetencias, por concretar un poco más.

Esta Semana Santa, lo mismo que el minipuente de mi santo, seguiré sin poder hacer una excursión a Valsaín, Segovia, ni bañarme en mi adorado Cantábrico, aunque vaya con mascarilla, PCR negativa, duerma en mi propia casa y viaje con mis convivientes (lo que antes llamábamos familia); sí puedo, en cambio, unirme a medio millón de madrileños en el Retiro, a un millón en Navacerrada y a dos millones de terraceo por el centro. O unirme a una fiesta clandestina de dos días y dos noches con un grupo de jóvenes franceses –que sí pueden venir sin mayor problema- en un piso turístico cualquiera de la capital. También puedo ir de compras a un atestado hipermercado de Madrid, pero no pasear por un desierto encinar en Cáceres, al lado de casa de mi hermana, no vaya a ser que nos contagie un jabalí una nueva variedad del bicho y la fastidiemos ya del todo. Otra opción es Punta Cana o las Maldivas, que ahí sí puedo, pero no me llega…

En fin. Es lo que hay. Pero no me malinterpreten. Esta endémica hastaloscojonitis aguda que padezco no la ha producido el coronavirus de marras, ni el sobresaturado uso de la mascarilla o el gel hidroalcohólico, ni la falta de planes familiares o sociales, ni siquiera la nostalgia del mar, que tanto añoro y necesito. No, lo que me provoca estos jodidísimos síntomas (recuerden: impotencia, incredulidad, hartazgo, indefensión, cabreo, vergüenza y una extrema falta de respeto hacia la autoridad incompetente) es ver que, mientras mueren españoles por decenas de miles, se arruinan españoles por cientos de miles y se desesperan españoles por millones, los políticos españoles (con los responsables del cotarro a la cabeza) siguen pasándose a los españoles por el forro, pendientes únicamente de sus desmesurados ombligos, de sus cuotas de poder y de sus asuntos sucios. Y la calculadora que suma, resta, multiplica y divide los votos, propios o ajenos, es la misma que no cuenta los muertos. Los muertos no votan.

 

Pues eso. Que estamos hasta los cojones de todos vosotros. Menos mal que los madrileños tendremos, al menos, un leve desahogo democrático el próximo cuatro de mayo. May the forth. O May The Force, para los fans de Star Wars. Que la fuerza –y el sentido común- nos acompañe…



miércoles, 3 de junio de 2020

Gracias, empresarios. Por estar ahí, por tirar del carro.




Vivimos tiempos inciertos, oscuros, extraños. No me refiero a la crisis sanitaria que ha paralizado todo el universo conocido, que también, sino al terremoto social y económico que está sacudiendo los cimientos del mundo globalizado y, con especial grado de intensidad, el nuestro. Un terremoto que no ha hecho más que empezar. El temblor se extiende por todos los recovecos de nuestra economía, asolando industrias y empresas, destruyendo pymes, arruinando hogares, abarrotando las colas del paro y elevando las colas del hambre hasta cotas inéditas. Sumidos en esta oscuridad cada día más penetrante, más opaca, hay sin embargo una luz que nos mantiene lúcidos y esperanzados. Miles de lucecitas, en realidad. Miles de pequeños y medianos destellos de esperanza que son los que nos van a sacar de este pozo sin fondo en el que nos ha sumido el maldito bicho (y del que al gobierno no le conviene que salgamos, según parece). Esos miles de pequeños y medianos destellos son nuestro faro, la llama que nos guía hacia la salida, hacia la luz. Son los que van a levantar este peso muerto llamado España y lo van a empujar hacia delante. Como siempre han hecho, con esfuerzo, con sacrificio, con honestidad, con responsabilidad. Con compromiso.

Un aplauso merecido y necesario


Si durante estos escabrosos meses hemos aplaudido cada tarde a nuestros heroicos sanitarios —y demás heroicos profesionales— hasta que nos ardían las manos, es hora de aplaudir a nuestros otros héroes, los miles de pequeños y medianos empresarios, negocios familiares, autónomos y otras especies en peligro de extinción que están luchando con todas sus fuerzas para que este Titanic no se hunda del todo, que están dándolo todo —incluso lo que no tienen— para mantener a flote sus negocios y a sus empleados, aunque sea apiñados en frágiles botes o aferrados a endebles tablones, mientras ellos reman y empujan y nadan contracorriente y sueltan lastre para aligerar la carga. Mientras ellos siguen pagando sus impuestos, sus cuotas, sus IVAs e incluso los ERTES que no llegan a su gente (¡Qué fácil es prometer! ¡Qué barato sale engañar!).

Muchos de ellos, además, durante estos meses de parón pandémico, con sus negocios cerrados —yertos— por decreto ley, se han remangado una vez más y han entregado a manos llenas su tiempo, su esfuerzo, sus recursos, su ilusión y su honesta solidaridad para cuidar –alimentar, vestir, proteger, asistir, entretener, sostener- a los más vulnerables y necesitados. Y esto también merece un gran aplauso. El aplauso de todos.  Por eso, desde este humilde Mar de Fondo, quiero aprovechar para reivindicar el término empresario con todas sus letras y su pleno sentido, que para mí es sinónimo de valiente, de dinámico, de inconformista, de trabajador, de abnegado, de comprometido. Lo describió muy gráficamente el empresario Richard Pratt (hijo de emigrantes polacos y una de las mayores fortunas de Australia), a la hora de diferenciar entre implicación y compromiso«En un plato de huevos con beicon, el cerdo está “comprometido”, mientras que la gallina sólo está “implicada”». Gentes hechas de otra pasta, los empresarios (los pequeños, los medianos, los grandes), a quienes dedico mi aplauso más vigoroso y mi gratitud más sincera.



El caballo que tira del carro… mientras otros le tiran piedras


Porque, digámoslo claro, los empresarios –las pymes y los pequeños negocios familiares, sobre todo- son los que mantienen el país en marcha. El caballo que tira del carro en la famosa cita de Churchill («Muchos miran al empresario como el lobo que hay que abatir, otros lo miran como la vaca que hay que ordeñar y muy pocos lo miran como el caballo que tira el carro»). Un caballo, por cierto, insultado, fustigado y menospreciado por ciertos políticos (que si han tirado de un carro en su vida será el de la compra, si acaso) quienes no se contentan con vociferar consignas trasnochadas contra el que se deja la piel, sino que además van metiendo palos en las ruedas del carro y anegando de piedras el camino. Es una lástima que aún se mantengan esos prejuicios enquistados en mentes tan obtusas, de personas que jamás han sentido el peso ni la responsabilidad ni la implicación ni mucho menos el compromiso de lo que significa crear, gestionar y sostener día a día luchar, sufrir cada día— un pequeño negocio. Y verlo crecer.  O verlo morir. Y volver a partir de cero. No, no tienen ni idea de lo que significa ser empresario.

Que no es otra cosa que arriesgar y trabajar duro y sacrificar la vida personal y familiar, y apostarlo todo por un sueño, o por una salida digna, y, en fin, generar riqueza con un propósito que en la inmensa mayoría de los casos no es alimentar su ombligo ni su cuenta corriente sino los estómagos de su gente. Claro que buscan el éxito, y ganarse el pan, y a veces se plantean incluso ahorrar. Pero para ellos —para la mayoría de ellos—, el éxito es crear puestos de trabajo, es ayudar a cumplir los sueños de su puñado de empleados; es innovar, buscar, aprender, compartir; es agradecer su suerte, o su merecida recompensa, devolviendo a la sociedad parte de lo que les ha dado; es pensar en personas más que en números; es, como han demostrado en estos meses convulsos y difíciles, colaborar en causas solidarias no por una calculada operación de marketing, sino por convencimiento, por principios, por pura y simple responsabilidad hacia los demás (en palabras de Stefan Zweig: «No es hasta que nos damos cuenta de que significamos algo para los demás que no sentimos que hay un objetivo o propósito en nuestra existencia»); es encontrar el equilibrio justo entre beneficios, pasión y propósitos.


Una gigantesca ola de solidaridad


Y eso es lo que muchas de nuestras empresas han hecho —y siguen haciendo— durante estos dos meses y medio. Pensar en los demás y hacer por los demás. Obviando sus propios problemas, los empresarios han sacado todo un arsenal de ideas, iniciativas y acciones para ayudar a la sociedad civil. No solo las grandes compañías (son las que tienen visibilidad), también muchos cientos de pymes, micropymes, startups, negocios familiares, de todo tipo, en todos los sectores, y miles de profesionales y autónomos que, mientras forcejean con una mano para mantenerse a flote en estas aguas turbulentas, con la otra mano están entregando —regalando, donando, aportando— lo que no les sobra, precisamente. Solo porque es lo que hay que hacer. Lo que se debe hacer. Porque hay mucha gente que lo necesita. Con urgencia y desesperación.

Se ha levantado una gigantesca ola de solidaridad y compromiso, ejemplar y desinteresada, que es la que está salvando a la sociedad civil de la incompetencia, la desidia y la irresponsabilidad de los responsables de mantenernos sanos y salvos. Han puesto su tiempo, su esfuerzo, sus recursos, su talento innovador, su descomunal capacidad de entrega al servicio de los que más lo necesitan. Han reconvertido sus procesos de producción para confeccionar mascarillas, batas o pantallas de protección; han cocinado miles de menús diarios; han donado tablets para conectar a los ancianos ingresados con sus familias; han medicalizado sus hoteles; han regalado miles de zapatillas y cientos de miles de botellas de agua a los sanitarios; han impreso miles de respiradores en 3D; han reconducido la fabricación de cosméticos para elaborar hidrogeles; han dispuesto flotas de coches para los profesionales que están en primera línea; han puesto su capacidad tecnológica al servicio de empresas y autónomos; han rastreado medicamentos y material sanitario; han llenado las despensas de los comedores sociales y de los bancos de alimentos… Cientos de iniciativas con el único propósito de ayudar y responder —con hechos, no con palabrería— a la emergencia sanitaria y social de manera voluntaria, generosa y proactiva. Y con extraordinaria rapidez y eficacia.


Mi aplauso, mi reconocimiento y mi gratitud


Una gigantesca ola de solidaridad que ha logrado un formidable impacto positivo en la población, y que ha contribuido, de manera crucial, a aliviar el sufrimiento, a cuidar de los más débiles, a proteger a los que nos protegen, a mantener vivos muchos negocios. Ellos, los empresarios españoles, han estado a la altura de las circunstancias. Ahora nos toca a nosotros estar a su altura. Basta el reconocimiento, el apoyo moral, el aplauso sincero. Una simple muestra de gratitud. Porque son ellos también los que nos van a sacar de ésta, los que van a seguir tirando del carro, los únicos que van a poder evitar, si les dejan, que España se convierta en una sociedad subsidiada, viviendo a expensas de la vaca del estado. Que es lo que algunos políticos y sucedáneos pretenden.

Pues eso. Que ya es hora de devolver a la palabra “empresario” su dignidad perdida, machacada injustamente en estos tiempos de demagogia y cortedad mental. Tan falsos y estúpidos que tratamos de camuflar esa palabra maldita utilizando el término “emprendedor”, que sí es admirable y estupendo y ejemplar y políticamente correcto… hasta que el emprendedor tiene éxito y se transforma en empresario, esto es, en enemigo, en explotador, en el lobo al que hay que abatir.

Así que, queridos y admirados empresarios, aquí va mi aplauso, mi reconocimiento y mi gratitud. Gracias por seguir ayudando, gracias por seguir aguantando, gracias por seguir tirando del carro. Gracias por seguir siendo el beicon —comprometido, consecuente y abnegado— que siempre habéis sido.




lunes, 4 de mayo de 2020

El Principio de Peter: incompetencia más incompetencia, igual a incompetencia




Hace justo 60 años —¿simple coincidencia? ¿cruel sarcasmo?— tuvo lugar la primera presentación pública del célebre Principio de Peter, formulado por el doctor Laurence J. Peter, eminente pedagogo y escritor canadiense. Durante años, el doctor Peter dedicó su esfuerzo, su pasión didáctica y su talento científico a investigar «el subordinado principio que pudiera explicar por qué tantos puestos importantes son ocupados por individuos incompetentes para desempeñar los deberes y responsabilidades de sus respectivas ocupaciones.» El insigne doctor, con la ayuda inestimable del escritor y guionista Raymond Hull, logró publicar su libro en febrero de 1969 —tras numerosos rechazos de incompetentes editoriales— y se convirtió automáticamente en un best-seller. No era para menos.

El Principio de Peter es una brillante, precisa, explícita, empírica y satírica explicación de las causas y consecuencias de la jerarquiología y la incompetencia; una colección de valiosas teorías y fórmulas, basadas en meticulosas investigaciones de centenares de casos reales, compilados cuidadosamente y profundamente analizados por el muy competente doctor L. J. Peter. El propio R. Hull lo definió como «el más penetrante descubrimiento social y psicológico del s XX».


La incompetencia como fenómeno viral


En sus investigaciones, el doctor Peter descubrió realidades tan contundentes como inquietantes. Organizaciones que eran un prodigio de despilfarro, corrupción, ignorancia e indolencia. Y comportamientos tan insensatos como extendidos: «Como individuos tendemos a trepar hacia nuestros niveles de incompetencia. Nos comportamos como si lo mejor fuese trepar cada vez más arriba, y el resultado lo tenemos a nuestro alrededor: las trágicas víctimas de la irreflexiva e insensata escalada

Continúa reflexionando el doctor Peter: «Cuando yo era pequeño, se me enseñaba que los hombres de posición elevada sabían lo que hacían.» Pero pronto empezó a comprobar que la incompetencia se empeñaba en existir en todas las organizaciones y estamentos de la sociedad, nadie tenía el monopolio. Estaba presente en todas partes. Un fenómeno universal. Viral, que diríamos hoy. «Vemos políticos indecisos que se las dan de resueltos estadistas y a la “fuente autorizada” que atribuye su falta de información a “imponderables de la situación”. Es ilimitado el número de funcionarios públicos que son indolentes e insolentes, de gobernadores cuyo innato servilismo les impide gobernar realmente.»

Viendo incompetencia en todos los niveles de todas las jerarquías, el doctor Peter formuló la hipótesis de que «en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia. Con el tiempo todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones.» Y añade: «La jerarquiología afirma que toda organización floreciente se caracterizará por una acumulación de peso muerto (incompetente) en el nivel ejecutivo (la sublimación percuciente). Una conocida empresa productora de aparatos eléctricos tiene ¡veintitrés vicepresidentes!»


Jerarquiología, Política e Incompetencia


En su libro, el doctor Peter se detiene un buen rato en el análisis de las nada sorprendentes interconexiones entre Jerarquiología, Política e Incompetencia. «En pasados tiempos, cuando la oratoria era un noble arte, la clave de un político exitoso residía en su capacidad de hechizar, divertir, de inflamar a la multitud, a la masa votante con los gestos y con la voz. Lo cual no implicaba pensar juiciosa y serenamente ni, mucho menos, votar sabiamente. Con la llegada de la televisión, un partido puede nombrar como candidato al hombre que mejor aspecto ofrezca en la pantalla. Pero la capacidad de dar una imagen atractiva en televisión no es garantía alguna de una competente actuación.»

El doctor Peter da otro paso más, y nos revela una realidad demoledora: «En un partido, como en toda organización, cada miembro tiende a elevarse hasta su nivel de incompetencia y cada puesto tiende a ser ocupado por alguien incompetente para desempeñar sus deberes. Un político difícilmente se muestra contento al permanecer en su nivel de competencia: insiste en elevarse a un nivel que está más allá de sus facultades.» Parece que es hoy, España 2020, pero no; seguimos en 1960. Lo peor, continúa el doctor Peter, es que «el trabajo incompetente puede extenderse hasta más allá del tiempo asignado. Más allá de la vida de la organización, de modo que un gobierno puede caer, una civilización puede derrumbarse en la barbarie, mientras los incompetentes continúan trabajando.»


De la Espiral de Peter a la Incompetencia de Pedro


Concluye el doctor Peter que vivimos en un permanente estado de síndrome generalizado de incompetencia vital, de incompetencia compulsiva e incluso de gigantismo tabulario, a saber, la obsesión del incompetente por tener una mesa más grande que sus colegas. Y añade, como remate final: «Cada vez, el número de incompetentes aumenta en torno a la Espiral de Peter. Fórmula matemática tan simple como demoledora:

INCOMPETENCIA + INCOMPETENCIA = INCOMPETENCIA

Insisto en que todas las reflexiones, investigaciones, conclusiones y fórmulas incluidas en El Principio de Peter fueron definidas por el doctor Laurence J. Peter en los años 60, y compiladas y publicadas como libro en 1969. El propio doctor Peter falleció en 1990, por lo tanto, es físicamente y metafísicamente imposible que conociera al también doctor y también Peter, el doctor Pedro S., a la hora de escribir su revelador libro; ni mucho menos que El Principio de Peter, en su conjunto, y la Espiral de Peter (Incompetencia + Incompetencia = Incompetencia), en concreto, se refiera a nuestro Pedro S.

Tampoco es probable que la frase «la capacidad de dar una imagen atractiva en televisión no es garantía alguna de una competente actuación» esté dedicada al Pedro del presente. Ni que ese síndrome generalizado de incompetencia vital, de incompetencia compulsiva e incluso de gigantismo tabulario haga referencia a este Pedro, a sus cuatro vicepresidentes y vicepresidentas, sus 18 ministros y ministras y toda la pléyade de asesores y asesoras, especialistas y especialistos, expertos y expertas que están manejando esta crisis de manera tan incompetente, tan incongruente, tan indignante, tan infame, tan insultante y todos los ‘in’ que queramos añadir.


Un breve momento para la indignación


Porque, desgraciadamente, aquí no estamos hablando solo de incompetencia. Una brutal y siniestra incompetencia. Estamos hablando de MENTIRAS, estamos hablando de RUINA, estamos hablando de SUFRIMIENTO, estamos hablando de IMPOTENCIA, estamos hablando de IRRESPONSABILIDAD, estamos hablando de poner en RIESGO grave a profesionales que se juegan la vida salvando vidas, estamos hablando de MUERTOS. Decenas de miles. Y eso son palabras mayores. No es una cuestión solo de incompetencia, no, es sobre todo una cuestión de soberbia, de arrogancia; de no saber hacer y no dejar hacer, ni dejarse aconsejar; y tampoco rectificar, ni reconocer. Es una cuestión de grave y continua improvisación, de negligencia, de pura desidia, de no importarte una mierda lo que suceda a tu alrededor, a los millones de personas de las que eres responsable. Es una cuestión de persistente y desvergonzada manipulación, de bulos oficiales y maquillajes estadísticos (un renovado Ministerio de la Verdad orwelliano); de hábil gestión de la incertidumbre y la confusión; de indisimulado  manejo de los medios fieles (la nueva Policía del Pensamiento, siguiendo con Orwell), que están llegando a las más altas cotas de hipocresía moral (ahí está la hemeroteca). La vieja consigna: blanquear a los nuestros salpicando a los otros, culpando a los otros, condenando a los otros, crucificando a los otros. Lo que sea con tal de no ceder. De no bajar ni un milímetro la cabeza altiva. De no cambiar siquiera el color de la corbata por no reconocer la verdadera dimensión de la tragedia. La imagen lo es todo. La propaganda lo es todo. La política lo es todo. Las personas, los ciudadanos, en cambio, no valen nada. Ni su salud, ni su trabajo, ni su libertad. Ni, por supuesto, su pensamiento.



Nos encontramos ante la peor crisis sanitaria y económica de nuestra historia reciente –y no tan reciente-, una verdadera tragedia humana, económica y social sin precedentes (y que acaba de empezar), y no podemos estar en peores manos, en peores cabezas y en peores corazones. Sólo hay que mirar alrededor, a la mayoría de países, cuyos gestores de la crisis han resultado ser infinitamente más competentes (salvo los dos o tres que siempre nos ponen de ejemplo). No lo digo yo, lo dicen el bajísimo número de fallecidos y las mínimas consecuencias en sus economías.

Lo siento, no quería llegar hasta tal extremo de indignación cuando empecé esta reflexión sobre El Principio de Peter y su incuestionable capacidad premonitoria. No he podido evitarlo. Porque me siento impotente, frustrado y cabreado. Muy cabreado. Solo espero que cuando esto termine, no sé en qué puñetera fase, se ajusten las cuentas que se tienen que ajustar. Judiciales, políticas, económicas, sociales y morales. A todos y todas los y las responsables.


Y un final un poco más positivo


Por terminar de una manera menos dolorosa, vuelvo al doctor Peter, el auténtico. En 1982 publicó, junto con el autor Bill Dana y el ilustrador Norman Klein, el libro The Laughter Prescription (aquí traducido como La mejor receta, la risa) que trata sobre lo imprescindible que resulta el humor sano como remedio de casi todo, infalible para generar un estilo de vida positivo. Tiene razón ahí también, el doctor Peter. La risa —el ingenio, la creatividad, el humor, ¡los bendito memes!— es lo único que nos está salvando de esta situación de incertidumbre económica y tragedia humana. Y la responsabilidad individual es lo único que nos está frenando de tomar las calles como sí hicieron ellos en su día. No hace tanto. Y por mucho, muchísimo menos. Infinitamente menos.


PS. «La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia». Einstein también lo clavó.




miércoles, 15 de abril de 2020

Silencio. Desolación. Esperanza. Y el maldito bicho



Fue mi descubrimiento de Poe. El primer relato suyo que leí –devoré- con apenas 15 o 16 años. El que me enganchó desde la primera lectura y convirtió a Edgar Allan Poe, el maldito, el apasionado, en mi referente literario, en mi maestro, en mi mayor influencia desde entonces y para siempre. For evermore. Luego llegaron los demás relatos, los de terror, los de misterio, las fantasías humorísticas; y sus poemas, de amor, desamor y muerte; y sus ensayos y críticas; y su única novela. Y su vida, contada por otros; inventada, contrastada o exagerada por otros. Una relación –de devoción, respeto y lectura continuada- a la que me he mantenido fiel desde aquella primera vez. Desde el instante en que mis manos abrieron la gruesa y magnífica antología de Cuentos de Terror –selección y traducción de Rafael Llopis Paret, editada por Taurus en 1963- y mis ojos se posaron en la página 169 y leyeron: SILENCIO. «Las cumbres de las montañas dormitan; los valles, los riscos y las cavernas están mudos».
Muchos años han pasado desde entonces. Y Silencio sigue siendo mi relato favorito de Poe, que releo con asiduidad. Y estos días de encierro obligado, de miedo e incertidumbre, de pesada monotonía, de ruido amortiguado y de furia contenida lo he vuelto a leer. Y de esa lectura ha nacido una nueva reflexión, que antes nunca había tenido en cuenta. Porque antes, para mí, el «silencio» era una bendición, un oasis momentáneo, una necesidad física y mental. Y hoy, como en el breve relato de Poe, es una maldición.  
«Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo

La maldición del silencio
En la inquietante fábula de Poe, el hombre que se encuentra, pensativo, sentado en la roca gris a los pies de melancólico río Zaire no se estremece cuando el juguetón Demonio le maldice con la maldición del tumulto, el rayo o la violenta tempestad; apenas tiembla cuando escucha el terrible rugido de los hipopótamos y los behemot o el inquietante suspirar de los nenúfares; y ni siquiera se inmuta ante la niebla espectral, la desolación o la lluvia, que al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. 
No, en el cuento de Poe el hombre sentado en la roca solo se estremece –y de qué manera- ante la maldición del SILENCIO. Y no puedo evitar pensar que algo muy parecido le está sucediendo al mundo en estos días aciagos y malditos. Y lo que le sucede es que el ruido, la furia y la destrucción de volcanes y terremotos, de inundaciones y tsunamis, apenas nos inquietan un instante fugaz. Que la desolación y la miseria que causan las guerras, el fanatismo o la ambición desalmada nos estremecen lo justo. Y que la enfermedad, la hambruna, la esclavitud y la muerte de millones de personas cada año ni nos inmuta. Nos pilla lejos, debe ser.
Y, sin embargo, el silencio que anida estos días en nuestras calles vacías, en nuestros parques precintados de risas y juegos; el silencio que se ha apoderado de nuestros estadios, de nuestros bares, de nuestras playas y nuestros gimnasios; e incluso de nuestras casas, a estas alturas (el ánimo decae, con el paso de los días); el silencio de morgues improvisadas, de funerales y entierros en obligada soledad; el silencio que todo lo invade, que todo lo abarca, que todo lo envuelve –salvo el aplauso de las ocho-, ese maldito silencio sí que nos estremece. Y de qué manera.
Con lógica razón, porque la que nos ha caído encima, al mundo y a cada uno de nosotros, es una maldición de las memorables. No por grave (compárese con el terremoto de Haití, el huracán Katrina o el tsunami de Indonesia) sino por global. Pero lo que no lograron esas otras maldiciones cargadas de tormenta y desolación, de angustia y miseria, de tumulto y violencia desatada, lo ha conseguido el silencio provocado por ese maldito bicho invisible: estremecernos hasta tal punto que hemos paralizado el mundo. Ahí sí. 
Será que había que hacerlo. El miedo del primer mundo. Vale. Porque yo sí creo que la vida de cualquier ser humano debería ser sagrada. Aquí y en Siria, o en Haití o en Somalia. Y la de un anciano, la de un discapacitado o la de un mendigo, incluso la de un no nacido. Todas y cada una deberían tener el mismo valor, la misma dignidad, la misma consideración. Siempre y en todo lugar. Pero no siempre es así. ¿Verdad?


La esperanza


Sólo espero que cuando todo esto acabe, porque acabará, además del homenaje y recuerdo a nuestros fallecidos y el reconocimiento universal a nuestros héroes (que no somos, precisamente, los que nos quedamos en casa), sólo espero, digo, que aprendamos la lección magistral. Y que dejemos de mirar nuestros ombligos y nuestros espejos, que es lo que más nos gusta mirar, y empecemos a mirar hacia los lados, y hacia abajo; sobre todo, hacia abajo. Y que en lugar de fijarnos en lo que tenemos arriba, con envidia o ambición, fijemos la mirada en lo que tenemos delante, que es la mejor forma de avanzar. Y que miremos también más hacia nuestra propia casa, a nuestra familia, a nuestros hijos. Y que atendamos mejor a nuestros mayores, y les cuidemos y les visitemos y les agradezcamos y les dediquemos nuestro tiempo en vida, más que nuestro lamento (¿culpable?) cuando ya no están.

Y que cuando escuchemos el tumulto y la furia de la tempestad en un lugar lejano, o cercano, también nos estremezcamos y apelemos a la solidaridad y a la justicia y tendamos la mano y abracemos y acojamos y entendamos… pero también nos remanguemos y nos ensuciemos y nos convirtamos en pequeños héroes nosotros, con mascarilla o sin mascarilla, en lugar de quedarnos en casa aplaudiendo a otros. O maldiciendo, que también los hay.
Sólo espero, sí, que tras este estremecedor silencio afloren las conciencias en lugar de los odios. Y que se abran las mentes a las ideas del otro. Y que se admitan los errores, con humildad y sinceridad, y las críticas no sean destructivas, para variar. Sólo espero que aprendamos a valorar lo bueno que tenemos, que es mucho, en lugar de alardear de lo malo, que además de perjudicial es estúpido. Sólo espero que nuestra bandera común, nuestro ideario sean la generosidad, la bondad, la tolerancia, el sentido común, la mirada limpia. Sé que es mucho esperar, siendo como somos, y teniendo lo que tenemos dirigiendo el cotarro, pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento. 


Volviendo a Poe, por terminar, el maestro también definió –a su particular modo- la esperanza: «En el más profundo sopor, en el delirio, en el desmayo… hasta la muerte, hasta la misma tumba, no todo se pierde». Y os aseguro que el prisionero de El pozo y el péndulo –relato angustioso y sobrecogedor- lo tenía bastante más crudo que nosotros, prisioneros de sofá y tele panorámica. Así que, mantengamos viva y firme la esperanza. De que salimos de esta, primero, y de que todo -lo bueno, lo malo y lo peor- habrá servido para algo. Aunque solo sea para escuchar más allá del silencio.


lunes, 23 de marzo de 2020

Volveremos a abrazarnos





Todo se detuvo en un instante.
Las risas, los abrazos, los besos.
Los paseos bajo la lluvia.
Los sueños.
Ya no volvimos a ver el mar
Ni caminamos de la mano
Por el viejo puerto.
Todo nuestro mundo, en un instante,
Se quedó lejos.
Envuelto por lo incierto
Encerrado en su celda
De temores, sueños rotos y silencios.
Encadenados a la ausencia.
Añorando el contacto, la presencia
Los besos y los abrazos.
Lo encuentros.
Añorando los paseos
Por el viejo puerto.
Cogidos de la mano.
Libres, despreocupados.
Sin miedo.

Pero eso fue hace tiempo…


Alguien gritó: ¡Me niego
A ser esclavo de mi miedo!
Otro respondió, desde su encierro:
¡Salgamos a la luz, miremos el cielo!
Y uno más clamó:
¡No nos dejemos vencer!
¡Cantemos, riamos, soñemos!
¡Celebremos la vida con estruendo!
Y el eco de sus voces
Llegó a mil rincones y luego
A diez mil más y a millones.
Y todas las voces fueron una
Y todas a una gritaron ¡Venceremos!
Y desde todas las esquinas
Del mundo
Resonaron las canciones y las risas,
Y volvieron los besos
-de lejos- y los deseos
Y los sueños.
Y los abrazos virtuales
Y los “te quiero“.
Y el mundo detenido,
Alejado de sí mismo
Prisionero de su miedo
Volvió a la vida
De nuevo.


Y yo juro por mi vida
Que todo esto pasará.
Y que cuando todo haya pasado
Volveremos a abrazarnos
Y a besarnos y a tocarnos.
Volveremos a sentir el mar
Y cogidos de la mano
Pasearemos por el viejo puerto.
Y volveremos a soñar
Y a reír y a cantar los versos
Que hoy escriben mis dedos
Dictados por mi corazón.
Y volveremos a sentir la lluvia
Bañando nuestros cuerpos
De vida y de deseo.
Y ya no temeremos al silencio
¡Nunca más!
Ni a la soledad ni al miedo.
Y te juro que jamás, jamás
Nuestro amor volverá
A ser de lejos.

lunes, 16 de marzo de 2020

El peor de los tiempos. El mejor de los tiempos.



«Era el mejor de los tiempos; era el peor de los tiempos». La célebre frase que inicia la novela de Dickens Historia de dos ciudades bien podría aplicarse –salvando las distancias con la Revolución Francesa- al momento que nos ha tocado vivir. Este aquí y ahora en el que también se entrecruzan «la edad de la sabiduría y la de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación». Un tiempo en el que, de pronto, nos hemos dado cuenta de que «todo lo poseíamos pero no teníamos nada». Aunque nuestra reclusión más o menos forzosa pero limitada tirando a breve –no lo olvidemos- poco tiene que ver con los dieciocho eternos años que el padre de Lucía Manette permaneció preso en la Bastilla; y menos aún nuestros conectados y confortables hogares del s. XXI, tan infinitamente alejados de la mazmorra 105 de la torre norte de la infecta prisión parisina.


El invierno de la desesperación


Pero, volviendo al principio, lo cierto es que nos ha tocado vivir el peor y el mejor de los tiempos. El peor, porque en un mundo globalizado e híper conectado como el presente, un bichito que nace a 9860 kilómetros -en un país recién abierto al mundo- nos llega a la misma velocidad que un envío de Amazon Prime y se expande con la misma letal eficacia que un vídeo viral de gatitos o el fake ruso de turno. Y contagia de locura, incredulidad y desesperación al mundo entero, país por país, ciudad por ciudad, calle por calle. Nos ha pillado en pelotas, la emergencia. No sabemos qué hacer o dejar de hacer, cómo actuar, quién y por qué, o para qué. Nos dejamos llevar por el pánico y el caos, los más, o por el sentido común y la cordura, los menos. Y mientras unos arrasan el súper en busca de provisiones como si esto fuera Beirut –lo del papel higiénico sigue siendo un misterio insondable- otros se van de terrazas; mientras unos se encierran en casa bajo siete llaves otros aprovechan para escaparse a la sierra, que ahí se está la mar de bien. Y mientras los países cierran sus fronteras y encierran a sus gentes, el maldito bicho se va colando -imparable, impredecible- por todos y cada uno de los recovecos de nuestras vidas. Cuerpos, mentes y almas se contagian a velocidad de vértigo. Porque igual que el bicho expande su vírica contaminación, los medios de comunicación, los whatsapps y las redes, con su mix de verdades, exageraciones y falsedades, expanden el miedo y la confusión. La sobreexposición a la información sobre el virus es tan fatal para la mente como el propio virus para el cuerpo. Ahí también se debería recomendar la contención. 

Y lo peor de este peor de los tiempos no es la enfermedad en sí –entendámonos, el coronavirus no es la peste bubónica, ni el cólera, ni el tifus, ni el ébola- sino el letal efecto dominó que afecta a la economía globalizada e híper conectada en la que vivimos. Y eso no ha hecho más que empezar. Solo cabe esperar -porque obviamente no está en nuestras manos- que gobiernos, bancos mundiales, grandes entidades financieras y demás responsables de la cosa estén a la altura. Porque si no lo están nos vamos todos de cabeza a un pozo sin fondo. Sé que es mucho pedir, pero quien no llora no mama. Y esta es una buena razón para llorar.



La primavera de la esperanza


Pero también nos ha tocado vivir esta crisis mundial en el mejor de los tiempos. Y, ya puestos, en el mejor de los países. Porque las condiciones de nuestra reclusión (con wifi, Netflix, houseparty, Amazon o la compra a domicilio) no son precisamente las de otros tiempos lejanos, ni siquiera décadas atrás. Quedarse en casa no es ir la guerra a la que fueron enviados nuestros abuelos; la escasez de papel higiénico y de otros –no muchos- bienes de primera necesidad no es el estado de racionamiento que vivieron nuestros padres en la posguerra. Y las avalanchas en los hipermercados tampoco son comparables –la sola comparación da hasta vergüenza- con la tragedia diaria de los cientos de miles de personas –repito, personas- que hoy, marzo de 2020, huyen de la guerra, la miseria o el fanatismo. Que tratan de escapar de una muerte segura e inminente, por enfermedad, por inanición, por bala o por una bomba en la cola del súper.

Y en el mejor de los países. Porque en España tenemos el mejor sistema sanitario público del mundo, los mejores profesionales y los mejores hospitales. Públicos y privados, que aquí están todos a una. Aunque le pese a más de uno, y de una. La entrega, la profesionalidad, el compromiso y la sensatez que están demostrando, la esperanza que nos contagian cada día y el ejemplo de sacrificio que nos están dando a todos en su heroica lucha son sencillamente espectaculares. Y esto es extensible a otros héroes expuestos como el personal de las líneas aéreas (que ha reunido estos días a muchas familias,incluida la mía, con riesgo evidente), las farmacias, los comercios de todo tipo que permanecen abiertos para que podamos sobrevivir, los mensajeros y conductores, los transportistas, las fuerzas del orden y un largo etcétera de profesionales que ayudan a contener la locura.

Ante esta lección, también a nosotros nos toca estar a la altura, más allá de los aplausos en la terraza. Es lo único que se nos está pidiendo. Algo tan sencillo como pensar en el otro, ser conscientes del riesgo, ser humildes y obedientes; y también aprender a tener paciencia, adaptarse a una nueva forma de ver la vida, el trabajo, la familia. Sosegar el paso. Retomar aficiones. Replantearse prioridades. Repensar lo que es de verdad necesario y lo que es perfectamente prescindible. Recogerse, mirar hacia dentro, volver a lo esencial. Y, por favor, no dejar de contagiarnos ese sentido del humor tan nuestro, tan ingenioso, tan genial. Y tan necesario. En eso, incontinencia total.
  
La pregunta que cabe hacerse ahora es: ¿estamos a la altura? O, mejor, desde el interior de cada uno: ¿estoy a la altura? Porque, no lo olvidemos, el precio de la libertad colectiva es el ejercicio de la responsabilidad individual. Poner todos y cada uno la parte que nos corresponde, que es ínfima.

Si todos respondemos, el final de esta historia llegará antes, y será un final feliz. Porque, eso tampoco lo olvidemos nunca, tenemos mucha suerte de vivir en el mejor de los tiempos, en el mejor de los países.