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lunes, 23 de marzo de 2020

Volveremos a abrazarnos





Todo se detuvo en un instante.
Las risas, los abrazos, los besos.
Los paseos bajo la lluvia.
Los sueños.
Ya no volvimos a ver el mar
Ni caminamos de la mano
Por el viejo puerto.
Todo nuestro mundo, en un instante,
Se quedó lejos.
Envuelto por lo incierto
Encerrado en su celda
De temores, sueños rotos y silencios.
Encadenados a la ausencia.
Añorando el contacto, la presencia
Los besos y los abrazos.
Lo encuentros.
Añorando los paseos
Por el viejo puerto.
Cogidos de la mano.
Libres, despreocupados.
Sin miedo.

Pero eso fue hace tiempo…


Alguien gritó: ¡Me niego
A ser esclavo de mi miedo!
Otro respondió, desde su encierro:
¡Salgamos a la luz, miremos el cielo!
Y uno más clamó:
¡No nos dejemos vencer!
¡Cantemos, riamos, soñemos!
¡Celebremos la vida con estruendo!
Y el eco de sus voces
Llegó a mil rincones y luego
A diez mil más y a millones.
Y todas las voces fueron una
Y todas a una gritaron ¡Venceremos!
Y desde todas las esquinas
Del mundo
Resonaron las canciones y las risas,
Y volvieron los besos
-de lejos- y los deseos
Y los sueños.
Y los abrazos virtuales
Y los “te quiero“.
Y el mundo detenido,
Alejado de sí mismo
Prisionero de su miedo
Volvió a la vida
De nuevo.


Y yo juro por mi vida
Que todo esto pasará.
Y que cuando todo haya pasado
Volveremos a abrazarnos
Y a besarnos y a tocarnos.
Volveremos a sentir el mar
Y cogidos de la mano
Pasearemos por el viejo puerto.
Y volveremos a soñar
Y a reír y a cantar los versos
Que hoy escriben mis dedos
Dictados por mi corazón.
Y volveremos a sentir la lluvia
Bañando nuestros cuerpos
De vida y de deseo.
Y ya no temeremos al silencio
¡Nunca más!
Ni a la soledad ni al miedo.
Y te juro que jamás, jamás
Nuestro amor volverá
A ser de lejos.

domingo, 23 de abril de 2017

Moby Duck. La increíble odisea marina de 28.800 patitos.


En 1851 el escritor estadounidense Herman Melville inmortalizó a una de las criaturas marinas más terroríficas, fantasmales y destructivas de la literaura universal, Moby Dick. Ciento sesenta años después, el periodista estadounidense Donovan Hohn inmortalizó uno de los fenómenos marinos más curiosos, sorprendentes y misteriosos de la crónica universal, Moby Duck. La primera relató una historia de persecución y venganza entre la monstruosa ballena blanca y el obstinado y vengativo capitán Ahab. La segunda, una aventura de investigación y curiosidad, y la implacable persecución a 28.800 patitos de plástico protagonizada por el obstinado y reivindicativo Hohn.

Si Melville se hubiera topado con ese monstruo descolorido de miles de bocas sonrientes en uno de sus viajes en ballenero –pongamos, por ejemplo, el Acushnet- tal vez habría introducido ciertos cambios significativos en su mítica novela: «Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo (…) Probablemente habréis visto muchos fenómenos extraños, tiburones de siniestro talle, krakens de infinitos tentáculos, montañosas ballenas blancas, y cualquier cosa; pero os aseguro que nunca habréis visto un extraño y sorprendente fenómeno como esa mole enorme de 28.800 seres de descolorido amarillo, deslizándose por la superficie del mar con un rumor sordo, como un zumbido subterráneo en una vorágine de plástico y ojos que hacía contener el aliento al surgir de las aguas…»


La historia, en realidad, es bastante menos terrorífica que Moby Dick. Aunque nació en una tempestuosa noche, en mitad del Pacífico, hace ahora veinte años. Era el 10 de enero de 1992 cuando una violenta tormenta sorprendió, cerca de las Islas Aleutianas, a un carguero de bandera incierta que llevaba rumbo a Washington desde Hong Kong. Consecuencia del fuerte balanceo del barco, doce de los contenedores que portaba cayeron al mar; uno de ellos, propiedad de la compañía china First Years Inc, se abrió y dejó escapar todo su cargamento, 28.800 juguetes para la bañera: castores rojos, tortugas azules, ranas verdes y patitos amarillos. Sobre todo patitos amarillos. Flotando sobre el mar embravecido, el cargamento multicolor fue alejándose del barco empujado por el viento y las corrientes, hasta perderse en la oscura inmensidad de la noche.
            Ahí comenzó una odisea que aún hoy, veinte años después, no ha llegado a su fin. Las implacables corrientes oceánicas arrastraron a los patitos y sus amigos durante cientos, miles de millas, atravesando las frías aguas del Pacífico Norte para adentrarse en las aguas heladas del Ártico. Fue su primer destino. Muchos de ellos quedaron atrapados entre los hielos, pero otros tantos prosiguieron su ruta al encuentro de lejanas playas donde reposar, de Alaska a Escocia.

A lo largo de estos años, el vagar de estos miles de patitos no ha servido únicamente para que Donovan Hohn escribiera su libro Moby Duck. La verdadera historia de 28.800 patitos y otros muñecos de baño perdidos en el mar, y de los oceanógrafos, ecologistas y lunáticos que salieron en su busca. Dos de estos científicos, Ebbesmeyer e Ingraham, han podido estudiar las corrientes oceánicas de una forma que nunca antes había sido posible, gracias a los patitos; aprovecharon los movimientos de los juguetes para estudiar el giro oceánico del Pacífico Norte (una gran corriente constante y circular), entre Japón, Alaska y las Islas Aleutianas, descubriendo por primera vez que un objeto tarda tres años en completar el ciclo. Durante dos décadas han llevado un concienzudo registro de las veces que los patitos o los castores han sido vistos, y cuánto han tardado en llegar a esos puntos; aunque deben andar ojo avizor pues el entusiasmo colectivo ha provocado que a menudo les envíen patitos falsos.
El seguimiento científico de esta flotilla antes multicolor y ahora descolorida ha permitido también ayudar a los expertos a controlar y conservar las reservas de pescado, a entender los efectos del calentamiento polar e incluso a resolver casos de muertes ocurridas en altamar (accidentales o alevosas), haciendo un seguimiento retroactivo del recorrido de los cadáveres. Si bien nadie sabe con certeza lo que ha sido de la mayoría de estos patitos navegantes, Donovan Hohn se ha embarcado en su propia aventura durante años para resolver el misterio. «Tenía que ser un trabajo breve. Me ha costado sin embargo cinco años y viajes por todo el planeta». Comenzando por la fábrica donde nacieron, en China, y luego Escocia, Hawaii, el Océano Ártico, el Estrecho de Bering. En su largo vagar en busca de Moby Duck («¡Por ahí resopla!») sólo ha encontrado un muñeco en tierra, un castor, en una playa escondida de Alaska; un hallazgo que ahora guarda como un tesoro. Al igual que cientos de coleccionistas en medio mundo que han tenido la fortuna de toparse con uno de estos valerosos navegantes que llevan 20 años desafiando al océano salvaje. Una vez comprobada su autenticidad, claro.

Al final, la peripecia de estos 28.800 patitos y la de su incansable perseguidor, ha servido para concienciarnos, un poco más, sobre la contaminación implacable que soporta el mar (son miles los contenedores que caen al océano cada año), el minucioso trabajo de los oceanógrafos, la arriesgada vida de marineros y pescadores, nuestra adicción al plástico y el oscuro mundo del transporte marítimo y las fábricas chinas. Algo que no es un juego de niños, precisamente.

Ya saben, si se topan próximamente con un patito descolorido y de expresión cansada, firmado por First Years Inc, cuídenlo con mimo. Un buen baño caliente le sentará de maravilla. Sin espuma, por si le trae malos recuerdos.


Otras curiosidades marinas
· Ebbesmeyer e Ingraham han observado el recorrido flotante de 100.000 globos y coches de juguete, 34.000 guantes de hockey y cinco millones de piezas de Lego que han sido vertidos al mar.
· En 1990 Nike perdió 40.000 pares más allá del Pacífico que dos años más tarde aparecieron en Hawai; lo más curioso es que aún se podía usar. En 2010 otro cargamento de Nike, esta vez 33.000 zapatillas, cayó del barco junto a la costa de California.
· En 1998 un carguero perdió en el Pacífico 407 contenedores, con todo tipo de artículos: bicicletas, teléfonos inalámbricos, ropa…
· Se calcula que cada año caen al mar entre 2.000 y 10.000 contenedores, muchos de los cuales pierden su contenido. La mayoría de las compañías transportadoras ocultan estos sucesos.

martes, 14 de junio de 2016

Zarauz. Un viaje de dos días al pasado



Uno, lo reconozco, tiende a veces a la melancolía. Será el alma de poeta que en el fondo siempre estuvo ahí, al acecho. Pero sienta bien. Al menos durante un fin de semana de visita fugaz a un tiempo, a una edad, a un lugar que sí, sin duda, fue mejor. O más fácil. Y de ahí vengo. Con todo el jet lag emocional revoloteando por mi cabeza como el cuervo de Poe por su habitación, tras colarse por la ventana. Inquieto. Añorante. Sensible. Sólo eso y nada más.

Pero, insisto, sienta bien. Añorar el pasado, volver a lo que uno fue y vivió, veintitantos años atrás; revivir los sentimientos, volver a soñar los sueños que luego nunca fueron, retornar aquella vida despreocupada y feliz, aquella sensación de libertad en la que sólo existía el ahora, el aquí; donde el futuro no era sino una mera hipótesis difusa, aún por definir, y el pasado no era necesario pues en realidad no había nada que añorar. Todo lo opuesto a este hoy, en que la preocupación por el futuro apenas te deja tiempo para el presente y tienes que echar mano del pasado para darle un poco de sentido a todo esto.

Sí, a veces viene bien hacer un viaje al pasado, de “cuerpo presente”. Volver a pasarte las horas sentado en el malecón, simplemente mirando el mar, viendo las olas, admirando a las viejas glorias, observando a los nuevos talentos, esperando tu momento para entrar al agua con tu vieja Jeff Crawford, otra vez, y con el ratón de Guetaria de eterno testigo mudo, de “fondo de pantalla” de lujo. Volver a saborear el salitre, a paladear la brisa, a dejar tu huella en la arena húmeda en aquellos largos paseos en los que no hacía falta pensar, tan solo mirar las olas (y quizá admirar algo más). Volver a sentir la libertad de aquellos veranos sin horas, en los que todos los días eran sábado noche (“sábado la noche” bramaba Moris), en los que a veces sólo pasabas por casa para desayunar y coger la tabla y las gafas de sol, porque había buenas olas y eso era infinitamente más importante que dormir.

Volver a disfrutar esas conversaciones intrascendentes, en las que apenas cabían tres o cuatro temas: surf, música, noche (con todos sus subtemas) y poco más. Volver a escuchar la banda sonora de un tiempo y un lugar que se encontraba a años luz, en cultura musical, de lo que se escuchaba en Madrid. No importaba el local, ni la fauna nocturna que lo habitara, la buena música era un fijo, un obligado. Un must. Del Fany al Nashville, del Marina al Kupela, del Mármol al Sausalito. Y el Antxe, que fue el último reducto de los viejos rockeros que nos resistíamos a los nuevos ritmos y modas.

Volver a los pintxos, a las txuletas o al txangurro de Astillero, o a las cenas en la sociedad de turno, el mejor plan del mundo mundial; volver al paseo en bici por el pueblo, saludando a discreción, visitando los “santos” lugares (el mercado, la tienda de música de Iñaki, Juanita, Pukas…); volver a escuchar el Gure Aita, que estremece más que un tubo en Mundaka; volver a sentarte en la terraza del Golf, de cara al mar, con una cerveza en copa y miles de recuerdos a flor de piel (¡y Arguiñano!).

Volver a ver a la gente, a tu gente. Sentir —saber— que por muchas hojas del calendario que hayan caído en el tiempo sigue siendo ayer, que nunca te has ido. Que siguen frescas las risas y la cerveza, y el Ballantine’s con hielo; que el eco de aquel “¡La vida es jauja!” no se llegó a apagar del todo. Más arrugas, quizá, pero el mismo espíritu. Hijos, canas, kilos, años, pero los mismos veintitantos cuando nos ponemos a recordar. Parece que hables del fin de semana pasado o del año pasado, pero no más allá. Y tal vez sea así, tal vez no hayan pasado veinte años. Porque el pasado se hace presente con la presencia, porque la nostalgia se esfuma cuando estás ahí. Porque hay cosas que no cambian, que siempre permanecen. Porque te siguen queriendo. Porque les sigues queriendo. Y porque sabes que, por muy lejos que estés —en la distancia y en el tiempo— basta que vuelvas dos días para sentir que siempre has estado ahí.

Este fin de semana, sentado en el malecón de Zarauz, mi Zarauz, pensando en todo y en nada, mirando las olas, dejándome abrazar por la brisa y el salitre, paseando por los rincones de ayer, aflorando la risa tonta y las anécdotas y la amistad, me he vuelto a sentir en casa. Sin necesidad de nada más.


Sí, a veces hay que volver al pasado para darte cuenta de que nunca te fuiste, nunca te has ido, nunca te irás.