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lunes, 4 de mayo de 2020

El Principio de Peter: incompetencia más incompetencia, igual a incompetencia




Hace justo 60 años —¿simple coincidencia? ¿cruel sarcasmo?— tuvo lugar la primera presentación pública del célebre Principio de Peter, formulado por el doctor Laurence J. Peter, eminente pedagogo y escritor canadiense. Durante años, el doctor Peter dedicó su esfuerzo, su pasión didáctica y su talento científico a investigar «el subordinado principio que pudiera explicar por qué tantos puestos importantes son ocupados por individuos incompetentes para desempeñar los deberes y responsabilidades de sus respectivas ocupaciones.» El insigne doctor, con la ayuda inestimable del escritor y guionista Raymond Hull, logró publicar su libro en febrero de 1969 —tras numerosos rechazos de incompetentes editoriales— y se convirtió automáticamente en un best-seller. No era para menos.

El Principio de Peter es una brillante, precisa, explícita, empírica y satírica explicación de las causas y consecuencias de la jerarquiología y la incompetencia; una colección de valiosas teorías y fórmulas, basadas en meticulosas investigaciones de centenares de casos reales, compilados cuidadosamente y profundamente analizados por el muy competente doctor L. J. Peter. El propio R. Hull lo definió como «el más penetrante descubrimiento social y psicológico del s XX».


La incompetencia como fenómeno viral


En sus investigaciones, el doctor Peter descubrió realidades tan contundentes como inquietantes. Organizaciones que eran un prodigio de despilfarro, corrupción, ignorancia e indolencia. Y comportamientos tan insensatos como extendidos: «Como individuos tendemos a trepar hacia nuestros niveles de incompetencia. Nos comportamos como si lo mejor fuese trepar cada vez más arriba, y el resultado lo tenemos a nuestro alrededor: las trágicas víctimas de la irreflexiva e insensata escalada

Continúa reflexionando el doctor Peter: «Cuando yo era pequeño, se me enseñaba que los hombres de posición elevada sabían lo que hacían.» Pero pronto empezó a comprobar que la incompetencia se empeñaba en existir en todas las organizaciones y estamentos de la sociedad, nadie tenía el monopolio. Estaba presente en todas partes. Un fenómeno universal. Viral, que diríamos hoy. «Vemos políticos indecisos que se las dan de resueltos estadistas y a la “fuente autorizada” que atribuye su falta de información a “imponderables de la situación”. Es ilimitado el número de funcionarios públicos que son indolentes e insolentes, de gobernadores cuyo innato servilismo les impide gobernar realmente.»

Viendo incompetencia en todos los niveles de todas las jerarquías, el doctor Peter formuló la hipótesis de que «en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia. Con el tiempo todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones.» Y añade: «La jerarquiología afirma que toda organización floreciente se caracterizará por una acumulación de peso muerto (incompetente) en el nivel ejecutivo (la sublimación percuciente). Una conocida empresa productora de aparatos eléctricos tiene ¡veintitrés vicepresidentes!»


Jerarquiología, Política e Incompetencia


En su libro, el doctor Peter se detiene un buen rato en el análisis de las nada sorprendentes interconexiones entre Jerarquiología, Política e Incompetencia. «En pasados tiempos, cuando la oratoria era un noble arte, la clave de un político exitoso residía en su capacidad de hechizar, divertir, de inflamar a la multitud, a la masa votante con los gestos y con la voz. Lo cual no implicaba pensar juiciosa y serenamente ni, mucho menos, votar sabiamente. Con la llegada de la televisión, un partido puede nombrar como candidato al hombre que mejor aspecto ofrezca en la pantalla. Pero la capacidad de dar una imagen atractiva en televisión no es garantía alguna de una competente actuación.»

El doctor Peter da otro paso más, y nos revela una realidad demoledora: «En un partido, como en toda organización, cada miembro tiende a elevarse hasta su nivel de incompetencia y cada puesto tiende a ser ocupado por alguien incompetente para desempeñar sus deberes. Un político difícilmente se muestra contento al permanecer en su nivel de competencia: insiste en elevarse a un nivel que está más allá de sus facultades.» Parece que es hoy, España 2020, pero no; seguimos en 1960. Lo peor, continúa el doctor Peter, es que «el trabajo incompetente puede extenderse hasta más allá del tiempo asignado. Más allá de la vida de la organización, de modo que un gobierno puede caer, una civilización puede derrumbarse en la barbarie, mientras los incompetentes continúan trabajando.»


De la Espiral de Peter a la Incompetencia de Pedro


Concluye el doctor Peter que vivimos en un permanente estado de síndrome generalizado de incompetencia vital, de incompetencia compulsiva e incluso de gigantismo tabulario, a saber, la obsesión del incompetente por tener una mesa más grande que sus colegas. Y añade, como remate final: «Cada vez, el número de incompetentes aumenta en torno a la Espiral de Peter. Fórmula matemática tan simple como demoledora:

INCOMPETENCIA + INCOMPETENCIA = INCOMPETENCIA

Insisto en que todas las reflexiones, investigaciones, conclusiones y fórmulas incluidas en El Principio de Peter fueron definidas por el doctor Laurence J. Peter en los años 60, y compiladas y publicadas como libro en 1969. El propio doctor Peter falleció en 1990, por lo tanto, es físicamente y metafísicamente imposible que conociera al también doctor y también Peter, el doctor Pedro S., a la hora de escribir su revelador libro; ni mucho menos que El Principio de Peter, en su conjunto, y la Espiral de Peter (Incompetencia + Incompetencia = Incompetencia), en concreto, se refiera a nuestro Pedro S.

Tampoco es probable que la frase «la capacidad de dar una imagen atractiva en televisión no es garantía alguna de una competente actuación» esté dedicada al Pedro del presente. Ni que ese síndrome generalizado de incompetencia vital, de incompetencia compulsiva e incluso de gigantismo tabulario haga referencia a este Pedro, a sus cuatro vicepresidentes y vicepresidentas, sus 18 ministros y ministras y toda la pléyade de asesores y asesoras, especialistas y especialistos, expertos y expertas que están manejando esta crisis de manera tan incompetente, tan incongruente, tan indignante, tan infame, tan insultante y todos los ‘in’ que queramos añadir.


Un breve momento para la indignación


Porque, desgraciadamente, aquí no estamos hablando solo de incompetencia. Una brutal y siniestra incompetencia. Estamos hablando de MENTIRAS, estamos hablando de RUINA, estamos hablando de SUFRIMIENTO, estamos hablando de IMPOTENCIA, estamos hablando de IRRESPONSABILIDAD, estamos hablando de poner en RIESGO grave a profesionales que se juegan la vida salvando vidas, estamos hablando de MUERTOS. Decenas de miles. Y eso son palabras mayores. No es una cuestión solo de incompetencia, no, es sobre todo una cuestión de soberbia, de arrogancia; de no saber hacer y no dejar hacer, ni dejarse aconsejar; y tampoco rectificar, ni reconocer. Es una cuestión de grave y continua improvisación, de negligencia, de pura desidia, de no importarte una mierda lo que suceda a tu alrededor, a los millones de personas de las que eres responsable. Es una cuestión de persistente y desvergonzada manipulación, de bulos oficiales y maquillajes estadísticos (un renovado Ministerio de la Verdad orwelliano); de hábil gestión de la incertidumbre y la confusión; de indisimulado  manejo de los medios fieles (la nueva Policía del Pensamiento, siguiendo con Orwell), que están llegando a las más altas cotas de hipocresía moral (ahí está la hemeroteca). La vieja consigna: blanquear a los nuestros salpicando a los otros, culpando a los otros, condenando a los otros, crucificando a los otros. Lo que sea con tal de no ceder. De no bajar ni un milímetro la cabeza altiva. De no cambiar siquiera el color de la corbata por no reconocer la verdadera dimensión de la tragedia. La imagen lo es todo. La propaganda lo es todo. La política lo es todo. Las personas, los ciudadanos, en cambio, no valen nada. Ni su salud, ni su trabajo, ni su libertad. Ni, por supuesto, su pensamiento.



Nos encontramos ante la peor crisis sanitaria y económica de nuestra historia reciente –y no tan reciente-, una verdadera tragedia humana, económica y social sin precedentes (y que acaba de empezar), y no podemos estar en peores manos, en peores cabezas y en peores corazones. Sólo hay que mirar alrededor, a la mayoría de países, cuyos gestores de la crisis han resultado ser infinitamente más competentes (salvo los dos o tres que siempre nos ponen de ejemplo). No lo digo yo, lo dicen el bajísimo número de fallecidos y las mínimas consecuencias en sus economías.

Lo siento, no quería llegar hasta tal extremo de indignación cuando empecé esta reflexión sobre El Principio de Peter y su incuestionable capacidad premonitoria. No he podido evitarlo. Porque me siento impotente, frustrado y cabreado. Muy cabreado. Solo espero que cuando esto termine, no sé en qué puñetera fase, se ajusten las cuentas que se tienen que ajustar. Judiciales, políticas, económicas, sociales y morales. A todos y todas los y las responsables.


Y un final un poco más positivo


Por terminar de una manera menos dolorosa, vuelvo al doctor Peter, el auténtico. En 1982 publicó, junto con el autor Bill Dana y el ilustrador Norman Klein, el libro The Laughter Prescription (aquí traducido como La mejor receta, la risa) que trata sobre lo imprescindible que resulta el humor sano como remedio de casi todo, infalible para generar un estilo de vida positivo. Tiene razón ahí también, el doctor Peter. La risa —el ingenio, la creatividad, el humor, ¡los bendito memes!— es lo único que nos está salvando de esta situación de incertidumbre económica y tragedia humana. Y la responsabilidad individual es lo único que nos está frenando de tomar las calles como sí hicieron ellos en su día. No hace tanto. Y por mucho, muchísimo menos. Infinitamente menos.


PS. «La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia». Einstein también lo clavó.




lunes, 16 de marzo de 2020

El peor de los tiempos. El mejor de los tiempos.



«Era el mejor de los tiempos; era el peor de los tiempos». La célebre frase que inicia la novela de Dickens Historia de dos ciudades bien podría aplicarse –salvando las distancias con la Revolución Francesa- al momento que nos ha tocado vivir. Este aquí y ahora en el que también se entrecruzan «la edad de la sabiduría y la de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación». Un tiempo en el que, de pronto, nos hemos dado cuenta de que «todo lo poseíamos pero no teníamos nada». Aunque nuestra reclusión más o menos forzosa pero limitada tirando a breve –no lo olvidemos- poco tiene que ver con los dieciocho eternos años que el padre de Lucía Manette permaneció preso en la Bastilla; y menos aún nuestros conectados y confortables hogares del s. XXI, tan infinitamente alejados de la mazmorra 105 de la torre norte de la infecta prisión parisina.


El invierno de la desesperación


Pero, volviendo al principio, lo cierto es que nos ha tocado vivir el peor y el mejor de los tiempos. El peor, porque en un mundo globalizado e híper conectado como el presente, un bichito que nace a 9860 kilómetros -en un país recién abierto al mundo- nos llega a la misma velocidad que un envío de Amazon Prime y se expande con la misma letal eficacia que un vídeo viral de gatitos o el fake ruso de turno. Y contagia de locura, incredulidad y desesperación al mundo entero, país por país, ciudad por ciudad, calle por calle. Nos ha pillado en pelotas, la emergencia. No sabemos qué hacer o dejar de hacer, cómo actuar, quién y por qué, o para qué. Nos dejamos llevar por el pánico y el caos, los más, o por el sentido común y la cordura, los menos. Y mientras unos arrasan el súper en busca de provisiones como si esto fuera Beirut –lo del papel higiénico sigue siendo un misterio insondable- otros se van de terrazas; mientras unos se encierran en casa bajo siete llaves otros aprovechan para escaparse a la sierra, que ahí se está la mar de bien. Y mientras los países cierran sus fronteras y encierran a sus gentes, el maldito bicho se va colando -imparable, impredecible- por todos y cada uno de los recovecos de nuestras vidas. Cuerpos, mentes y almas se contagian a velocidad de vértigo. Porque igual que el bicho expande su vírica contaminación, los medios de comunicación, los whatsapps y las redes, con su mix de verdades, exageraciones y falsedades, expanden el miedo y la confusión. La sobreexposición a la información sobre el virus es tan fatal para la mente como el propio virus para el cuerpo. Ahí también se debería recomendar la contención. 

Y lo peor de este peor de los tiempos no es la enfermedad en sí –entendámonos, el coronavirus no es la peste bubónica, ni el cólera, ni el tifus, ni el ébola- sino el letal efecto dominó que afecta a la economía globalizada e híper conectada en la que vivimos. Y eso no ha hecho más que empezar. Solo cabe esperar -porque obviamente no está en nuestras manos- que gobiernos, bancos mundiales, grandes entidades financieras y demás responsables de la cosa estén a la altura. Porque si no lo están nos vamos todos de cabeza a un pozo sin fondo. Sé que es mucho pedir, pero quien no llora no mama. Y esta es una buena razón para llorar.



La primavera de la esperanza


Pero también nos ha tocado vivir esta crisis mundial en el mejor de los tiempos. Y, ya puestos, en el mejor de los países. Porque las condiciones de nuestra reclusión (con wifi, Netflix, houseparty, Amazon o la compra a domicilio) no son precisamente las de otros tiempos lejanos, ni siquiera décadas atrás. Quedarse en casa no es ir la guerra a la que fueron enviados nuestros abuelos; la escasez de papel higiénico y de otros –no muchos- bienes de primera necesidad no es el estado de racionamiento que vivieron nuestros padres en la posguerra. Y las avalanchas en los hipermercados tampoco son comparables –la sola comparación da hasta vergüenza- con la tragedia diaria de los cientos de miles de personas –repito, personas- que hoy, marzo de 2020, huyen de la guerra, la miseria o el fanatismo. Que tratan de escapar de una muerte segura e inminente, por enfermedad, por inanición, por bala o por una bomba en la cola del súper.

Y en el mejor de los países. Porque en España tenemos el mejor sistema sanitario público del mundo, los mejores profesionales y los mejores hospitales. Públicos y privados, que aquí están todos a una. Aunque le pese a más de uno, y de una. La entrega, la profesionalidad, el compromiso y la sensatez que están demostrando, la esperanza que nos contagian cada día y el ejemplo de sacrificio que nos están dando a todos en su heroica lucha son sencillamente espectaculares. Y esto es extensible a otros héroes expuestos como el personal de las líneas aéreas (que ha reunido estos días a muchas familias,incluida la mía, con riesgo evidente), las farmacias, los comercios de todo tipo que permanecen abiertos para que podamos sobrevivir, los mensajeros y conductores, los transportistas, las fuerzas del orden y un largo etcétera de profesionales que ayudan a contener la locura.

Ante esta lección, también a nosotros nos toca estar a la altura, más allá de los aplausos en la terraza. Es lo único que se nos está pidiendo. Algo tan sencillo como pensar en el otro, ser conscientes del riesgo, ser humildes y obedientes; y también aprender a tener paciencia, adaptarse a una nueva forma de ver la vida, el trabajo, la familia. Sosegar el paso. Retomar aficiones. Replantearse prioridades. Repensar lo que es de verdad necesario y lo que es perfectamente prescindible. Recogerse, mirar hacia dentro, volver a lo esencial. Y, por favor, no dejar de contagiarnos ese sentido del humor tan nuestro, tan ingenioso, tan genial. Y tan necesario. En eso, incontinencia total.
  
La pregunta que cabe hacerse ahora es: ¿estamos a la altura? O, mejor, desde el interior de cada uno: ¿estoy a la altura? Porque, no lo olvidemos, el precio de la libertad colectiva es el ejercicio de la responsabilidad individual. Poner todos y cada uno la parte que nos corresponde, que es ínfima.

Si todos respondemos, el final de esta historia llegará antes, y será un final feliz. Porque, eso tampoco lo olvidemos nunca, tenemos mucha suerte de vivir en el mejor de los tiempos, en el mejor de los países.






viernes, 25 de mayo de 2012

¡El circo ha terminado!

Son malos tiempos, es cierto. Pero no son los peores. Otros vivieron tiempos más difíciles, más duros, más terribles (guerra, hambre, miseria, destrucción). Pero tenían otra mentalidad, una visión diferente de lo que es la vida, o lo que debiera ser. Y trabajaron duro para construirla. Nosotros, en cambio, nos limitamos a quejarnos. Clamamos al cielo por estos malos tiempos que nos ha tocado vivir y no somos conscientes de que hemos sido nosotros quienes los hemos hecho malos. O peores. Rechinamos los dientes por la herencia recibida y somos incapaces de reconocer que somos los únicos culpables de haberla dilapidado. Estúpidamente. Inconscientemente. Como auténticos nuevos ricos, malcriados y descerebrados.

“¿Quiénes son los pobres? Los nietos de los ricos” nos restriega un viejo aforismo castellano. No siempre es cierto, porque nuestros padres no fueron ricos pero nuestros hijos sí son cada vez más pobres. No fueron ricos, nuestros padres, aunque sí prósperos. Salieron de la miseria tras una guerra autodestructiva y levantaron un país con sus manos, con su sangre, con su esfuerzo; con una mentalidad de honradez y austeridad, de trabajo y ahorro, de comprar cuando hay y no gastar cuando no hay. Simplemente. De cuidar que sus hijos vivieran mejor de lo que vivieron ellos, de darles lo que ellos nunca tuvieron. Cosas tan simples como ir a la universidad, tener vacaciones o comprarse un coche antes de los treinta.

Lo expresa magníficamente Fernando Sánchez Salinero en un artículo que llegó hace poco a mi email y me obligó a reflexionar. La generación que construyó España es su título y dice verdades como ésta:

«Son gente que veían el trabajo como una oportunidad de progresar, como algo que  les abría a un futuro mejor, y se entregaron a ello en condiciones muy difíciles.  Son  una  generación  que compraba las cosas cuando podía y del nivel  que  se  podía  permitir, que no pedía prestado más que por estricta necesidad, que  pagaban sus facturas con celo, y ahorraban un poco “por si pasaba  algo”, que gastaban en ropa y lujos lo que la prudencia les dictaba y  se  bañaban  en  ríos  cercanos,  disfrutando  de  tortillas de patata y embutidos, en domingos veraniegos de familia y amigos. Y  tan  sensatos,  prudentes  y trabajadores fueron, que constituyeron casi todas las empresas que hoy conocemos, y que dan trabajo a la mayoría de los españoles. Sabían  que  el  esfuerzo  tenía recompensa y la honradez formaba parte del patrimonio  de  cada  familia.  Se podía ser pobre, pero nunca dejar de ser honrado.»

Lo mismito que hoy, vamos.

Hemos sido -seguimos siendo- un país de nuevos ricos (a nivel particular e institucional) que hace tiempo hemos perdido el sentido común y arruinado, literalmente, la herencia de nuestros padres. Los míos, por suerte, me enseñaron austeridad; que el lujo era, en efecto, un lujo y que se disfruta mejor en pequeñas dosis; que había que sacar buenas notas para recibir premio y que, en la vida, el esfuerzo es el único camino para ganarse la recompensa, aunque esta no sea siempre justa; que hay que trabajar duro, pero también estar en casa y dar a nuestros hijos algo (o mucho) de ese tiempo que no tenemos; que somos unos privilegiados, y hay que devolver el favor de lo que nos han regalado ayudando a los que no tuvieron tanta suerte (que cada vez son más); que lo importante no es el coche, sino quien lo conduce, y que vestir bien no significa vestir de etiqueta (o sea, enseñando bien la etiqueta); que siempre quedan agujeros para apretarse el cinturón un poquito más, y no pasa nada si este mes no se sale a cenar; que no es cutre llevarse las palomitas al cine desde casa si eso significa poder ir al cine; que la dignidad de cada uno está en darse a los demás (a los tuyos y a los otros); que el éxito es un concepto muy relativo -y a menudo sobrevalorado- y que un pequeño logro es siempre una gran alegría; que la modestia es un valor, lo mismo que la generosidad, lo mismo que la honestidad, lo mismo que la bondad.

Me enseñaron que la verdadera riqueza está dentro de nosotros, no en nuestros bolsillos. Y que esta vida no es un fin, sino un medio. Que estamos aquí de paso y que lo mejor que podemos hacer es el bien. Que no somos más que el de al lado; y tampoco menos. Que el apellido vale lo que vale la persona. Que engañar es malo, que robar también, que la ambición es legítima pero ha de tener límites, y que ser honrado no es ser tonto, es ser honrado.

Y aunque a veces uno se pregunte si realmente merece la pena tanto esfuerzo para tan poco, si podía haber hecho más para ganar más viviendo menos, si estar dando a otros es estar quitando a mis hijos, o si es mejor seguir una vocación poco productiva que una profesión más generosa pero infinitamente más ingrata… entonces, miro hacia atrás y recuerdo lo que me enseñaron. Y pienso que sí, que estoy en el buen camino. Que en esta vida lo único importante, lo verdaderamente importante, es ser buena persona. Y hacer lo que se debe en cada momento. Punto.

Pienso que a todos nos enseñaron más o menos los mismos valores. El problema es que la mayoría de nuestra generación los ha olvidado y sustituido por conceptos como ‘ambición’, ‘codicia’, ‘dinero’, ‘éxito’, ‘imagen’. La consecuencia es que hemos quemado el futuro. El nuestro, seguro; el de nuestros hijos, depende de lo que les enseñemos a partir de ahora. Si es que hemos aprendido la lección. Hoy, más que nunca, resuena ese grito rabioso y culpable del carroñero Chuck Tatum (Kirk Douglas) desde lo alto de la colina en El Gran Carnaval (la obra genial de Billy Wilder): «¡El circo ha terminado!»