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jueves, 11 de octubre de 2018

Liz Murray. Del infierno a Harvard.

Liz Murray. Del infierno a Harvard Cuando Antoine de Saint Exupéry dijo, en boca de su Principito, “a veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer” no se refería, probablemente, a Liz Murray y el pozo de miseria del que tenía que escapar con urgencia. O sí. El caso es que eso fue exactamente lo que hizo Liz: intentarlo… y conseguirlo. Salir de la calle y entrar en Harvard. A pesar de que su vida decía que era absolutamente imposible.


La vida de Liz Murray comenzó en el Bronx, y comenzó mal. Hija del “flower power”, sus padres eran dos hippies más que habían pasado de la lisérgica felicidad de los 70 a la drogadicción terminal sin apenas ser conscientes de ello. Las víctimas también fueron sus dos hijas, de las que nunca supieron (ni pudieron) ocuparse. En casa de los Murray apenas si había comida en la mesa, aunque no solían faltar las cucharas y demás utensilios siempre prestos para preparar el chute de heroína. “Aprendí desde los cuatro años que mamá y papá tenían extraños hábitos de los que no me informaban” explica hoy la superviviente Liz. A veces, las hermanas lograban engañar al hambre cenando cubitos de hielo o racionando un tubo de dentífrico; a veces, veían cómo el pavo que la parroquia les había donado para Acción de Gracias volaba para convertirse en unas dosis; a veces, volaba incluso la paga que las niñas recibían por algún cumpleaños. La vida de Liz se arrastraba entre las calles del Bronx, los cuidados a su madre enferma, que la obligaron a dejar el colegio, y la miseria indolente de su padre.
  
A los 15 años, la vida de Liz fue a peor. Su madre murió de sida, perdieron su casa y su padre se trasladó a un hogar para los sin techo; su hermana se instaló en la cama de un amigo y Liz, a falta de amigo, en el metro y en los gélidos bancos de los parques neoyorquinos. En esas noches de terrible soledad, de negro vacío, recordaba la frase que, entre vómito y vómito, le repetía siempre su madre: “Algún día llegarán tiempos mejores”. Una idea que a Liz se le antojaba inalcanzable desde el infierno en que la había sumido la vida.


“Hay un mundo mejor. Y yo quiero vivir en él”

Pero el infierno es uno mismo, sentenció T. S. Eliot (que, por cierto, estudió en Harvard). Y desde ese mismo infierno, pozo de soledad y miseria, donde no quedaba nada más que perder, donde no quedaba ya nada en lo que creer, Liz creyó en sí misma. Y entonces supo, en ese momento, que tenía que hacer su elección: podía dejarse vencer por todo aquello que sucedía a su alrededor y arrastrar una vida de excusas… o podía empujarse a sí misma, impulsarse hacia arriba y cambiar su vida. Podía dejarse morir, como sus padres, o luchar por vivir. Liz apostó por vivir. A los 17 años regresó al instituto y acabó los cuatro años que le quedaban en sólo dos, estudiando horas extra por las noches. La perseverancia, la esperanza y la voluntad es lo que tienen. Especialmente la voluntad, esa fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica, como afirmaba Einstein.



Cierto día, un amigo la convenció para apuntarse a una visita de estudiantes a la Universidad de Harvard. Ante el centenario escudo encarnado, que reza “ve ri tas” (verdad) abrazado por la dorada corona de laurel, se juró a sí misma que tenía que llegar allí, a lo más alto. “Soy lista. Sé que puedo conseguirlo. Sólo necesito una oportunidad para trepar fuera de este lugar en el que he nacido. Sé que hay un mundo mejor ahí fuera, un mundo mejor repartido. Y yo quiero vivir en él”. Y lo hizo. Logró una beca que concedía el New York Times a los mejores estudiantes, y en otoño de 2000 se matriculó en una de las universidades más antiguas, prestigiosas y elitistas del mundo. En junio de 2009, tras un paréntesis de tres años que Liz dedicó a cuidar a su padre, enfermo de sida (murió en 2006), se graduó en Harvard. “Eres tú quien hace que tu vida suceda. Nadie más lo va a hacer por ti”.

Hoy, a los 38 años, Liz Murray es doctora en Psicología Clínica, colabora en campañas para proporcionar alimento a los niños sin techo (“para que no tengan que cenar cubitos de hielo”) y recorre el mundo presentando su libro ‘Breaking Night: A Memoir of Forgiveness, Survival, and My Journey from Homeless to Harvard’ (un auténtico best seller en su país), trasladando su mensaje de superación e inspirando a miles de jóvenes desfavorecidos para ayudarles a cambiar sus vidas. Ella lo logró, desde luego: “Mis padres eran drogadictos terminales. Yo soy licenciada en Harvard”. Un acertado resumen para una gran historia.


La leyenda de Harvard

Liz Murray ya forma parte de la leyenda de Harvard. Una leyenda que comenzó en 1636 en Cambridge, Massachussets, y que a lo largo de su historia ha dado al mundo 44 Premios Nobel, 7 presidentes de Estados Unidos, otros tantos de varios países, y decenas de celebridades universales de las letras, la música, el arte, la política, las finanzas, las humanidades y demás altas esferas de la sociedad. Una rica historia dedicada a la búsqueda de la excelencia académica y social, y una orla de ilustres a la que hay que añadir, probablemente por única vez, a una mendiga.


La historia de Liz Murray está incluida en mi libro La muerte del egoísmo.

sábado, 19 de marzo de 2016

Nadie dijo que eso de ser padre fuera fácil



Cada tiempo tiene la sociedad que le corresponde, y cada sociedad tiene los hijos que ha engendrado y educado. En estos tiempos decimos, probablemente con razón, que “los jóvenes de hoy son unos tiranos, contradicen a sus padres, devoran su comida y faltan al respeto a sus maestros”. Poco originales, porque esta sentencia nos la dejó Sócrates grabada en piedra hará unos 2.400 años. Solemos decir que esta generación de hijos que nos ha tocado en suerte es la más errada y errante de las que hasta ahora han existido, y probablemente también tengamos razón. Aunque sí hubo generaciones bastante más perdidas que la actual (aquellos maravillosos 70) y algunas, incluso, que ni siquiera tuvieron infancia (de Dickens hacia atrás). Sin embargo, todas aquellas comparten un elemento común del que carecemos ahora, y tal vez sea este el quid de la cuestión: la autoridad al padre, el respeto al mayor (padre, maestro o señor que pasa por la calle) y la capacidad de discernir entre lo que está bien y lo que está mal.

Todos fuimos buenos y malos hijos, algunos más de lo uno que de lo otro. Todos cometimos grandes y pequeños errores; de algunos aprendimos, de otros aún no. Todos hicimos burradas, y fuimos irresponsables de alta graduación, y caminamos por el filo de la navaja en más de una ocasión. Algunos incluso se cortaron. Otros se partieron en dos. Fuimos la generación de los 80, de aquellos benditos y malditos 80, de la bendita libertad y el maldito lado salvaje, que nos pilló a todos, padres e hijos, literalmente en pelotas. Tal vez todos tengamos vivencias inconfesables, aún hoy, pero contábamos con una ventaja: la mayoría sabíamos dónde estábamos y, en consecuencia, sabíamos adónde teníamos que volver. Sencillamente, sabíamos distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal.

Chesterton, en su habitual sabiduría sin complejos, afirmaba que todos los educadores han de ser absolutamente dogmáticos y autoritarios; “no puede existir la educación libre, porque si dejáis a un niño libre no le educaréis”. Y tenía razón, claro. Los que fuimos hijos ‘difíciles’ y ahora somos padres, lo sabemos; entendemos lo que cuesta; comprendemos la impotencia de nuestros mayores, y agradecemos que no se rindieran nunca. Hoy, los padres no es que se rindan, es que ni siquiera han optado por luchar. No queremos repetir los errores de nuestros ‘autoritarios’ padres y nos volvemos ‘comprensivos’ y ‘tolerantes’. Colegas, decimos. Inseguros, lo que somos. Movidos por lo políticamente correcto, pasamos de un extremo a otro, de ser regañados por nuestros padres a ser regañados por nuestros hijos; de crecer bajo la autoridad de nuestros padres, a vivir bajo la tiranía de nuestros hijos; del profundo respeto a nuestros padres a la absoluta falta de respeto de nuestros hijos. Se ha invertido la jerarquía, y ahora son los padres los que tienen que ganarse el respeto de los hijos. Mal camino. La sociedad de hoy reclama padres permisivos y débiles, y lo que engendran son hijos irrespetuosos y villanos, en casa y fuera de casa.

Pero no todo es culpa de los padres (y de los hijos). Puestos a repartir culpas y responsabilidades, hablemos también de los padres de la patria. Ante el presente desmadre de corruptos sin fronteras ¿cómo van los tiernos infantes a pensar que eso de robar está mal? Y si un violador de trece años o un asesino de quince reciben como castigo un par de cachetes y quedan limpios de polvo, paja y antecedentes, ¿por qué no van a repetir la juerga cuatro amiguetes de primero de la ESO? Es lo que tiene la ejemplaridad, que igual sirve para iluminar que para quemar, como la antorcha de la Estatua de la Libertad. Si presidentes, concejales, empresarios, contables, sindicalistas, artistas, policías o realezas roban –presuntamente, eso sí- a espuertas sin pagar ni un poquito de culpa, ¿qué ejemplo estamos dando a nuestros hijos? Si los programas de mayor audiencia están cubiertos de mugre, puñaladas, falsedades, sexo barato, chabacanería y compra-venta de sentimientos ¿qué mensajes les estamos enviando a nuestros hijos? Si en el colegio se les permite insultar, golpear y vejar a sus profesores; y en la calle insultar, golpear y vejar a la policía o al inmigrante o al mendigo o la anciana… ¿qué les estamos transmitiendo a nuestros hijos? “Dar ejemplo no es la principal forma de influir en los demás; es el único modo”, dijo Einstein. ¿Qué ejemplo estamos dando a nuestros hijos?

Y si, además, un cachete o un leve castigo están penados con la cárcel e incluso con la pérdida de la custodia de un vástago rebelde ¿qué nos queda para educar a nuestros hijos? Hay un punto medio entre la represión y el despropósito, entre el autoritarismo feroz y la cobarde permisividad. Y no necesariamente más cerca de ésta. No olvidemos que los hijos necesitan percibir que estamos a la cabeza de sus vidas para ayudarlos, sujetarlos, apoyarlos, guiarlos. No como colegas, sino como padres. No de igual a igual, sino de padre a hijo. Con mucho amor, pero con firmeza. Con toda la comprensión, pero con exigencia. Y con mutuo respeto. La paternidad, como el superpoder en Spiderman, implica una gran responsabilidad; la mayor de todas. Seamos, pues, responsables. Sólo así evitaremos que nuestros hijos se ahoguen en un exceso de permisividad, se pierdan en un camino sin límites, sin indicaciones, sin destino.

El escritor John Ruskin lo expresó mucho mejor, hace siglo y pico: “Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”.


Pues eso, feliz día del padre.