viernes, 12 de noviembre de 2021

Antonio Pampliega: la cruda realidad de la guerra, sin filtros

 



Antonio es periodista, la versión más dura del periodista: corresponsal de guerra. “Por suerte o por desgracia”, como él mismo señala. Y como buen corresponsal de guerra, va directo al grano. Su historia, y sus historias, cuentan la realidad pura y dura y a él le gusta contarlas como fueron, desnudas, sin filtros. No son necesarios y además idiotizan. Bastante nos idiotizan ya la televisión y las redes sociales, apunta. Así que lo que relata Antonio, a través de sus imágenes y sus palabras (no tienen pleno sentido las unas sin las otras), es la cruda realidad del mundo en que vivimos, de la sociedad global que hemos creado, y de la que somos responsables todos y cada uno. Aunque miremos hacia otro lado. Aunque creamos que nos queda lejos. Aunque pensemos que no nos toca. Pues sí, nos toca. Antonio, periodista de guerra, es además de testigo víctima de esa vida siempre en el filo, o en el punto de mira. Porque en uno de sus numerosos viajes a Siria, fue secuestrado por Al Qaeda, retenido y torturado durante 299 días. Aunque aquel suceso, para él, no fue más que un “accidente laboral”. Una víctima colateral, como tantas, en esa descarnada realidad que nos muestra. 

 

La primera imagen que nos planta en las narices Antonio es de Sudán del Sur. Un país joven que se fundó en 2011… y que lleva en guerra desde diciembre de 2013. La imagen muestra gente huyendo de una cruenta guerra civil, de una masacre en toda regla. Familias aterrorizadas cruzando el Nilo Blanco para escapar de una muerte que las persigue con insistencia. Cargando con lo que pueden, que es lo más parecido a nada, lo que han podido coger en la huida desesperada; lo que pueden cargar a las espaldas en su larga e incierta marcha. A raíz de esta imagen, la pregunta que nos plantea Antonio es: “¿Qué te llevarías tú si tuvieras que huir de una guerra?”. Una pregunta sencilla. La respuesta, quizá no tanto. ¿Maletas con ropa? ¿Objetos de valor? ¿Recuerdos familiares? ¿La Play? ¿Nada? Ahí queda la reflexión… Volveremos a ella al final.

Antonio ha sido corresponsal en muchas guerras y conflictos, en muchos países y regiones. Siria es uno de los que más veces ha visitado, la que él considera “la peor guerra del siglo xxi, con más de medio millón de personas eliminadas de la faz de la tierra. Llevan en guerra desde 2011, matándose como si no hubiera mañana.” Para los quinientos mil muertos ya no lo hay, tampoco mucho para los vivos. Pero es algo que a nosotros nos queda lejos, ajeno. Quizá lo hemos visto en las noticias, pero “la guerra por televisión es imperfecta. La guerra sobre el terreno es implacable.” Lo que nos muestran las televisiones (incluidos los reportajes del propio Antonio) está suavizado, tamizado, “la realidad es mucho más jodida, muchísimo más”.

 


Un mal que deshonra al ser humano

Estar en permanente zona de conflicto, jugándose el tipo en su jornada de trabajo, incluso habiendo sufrido un durísimo secuestro de diez meses, “no me hace un ser especial, ni un héroe. Yo soy un tío normal. Lo que me pasó es un accidente laboral. Punto.” Los héroes, para Antonio, son las personas que viven en ciudades devastadas por las bombas, entre ruinas, miseria y dolor; ciudades como Deir ez-Zor, al este de Siria, que en 2013 pasó de 250.000 habitantes a 12.000 personas sitiadas. Eso es lo que quedó. Un cinco por ciento de la población y una de las ciudades más importantes de Siria completamente asolada, arrasada, muerta. Antonio nos lo muestra en imágenes, un vídeo que le llevó cinco años de trabajo en Siria. La revolución pacífica de 2011, en la que miles de sirios se echaron a la calle pidiendo libertad, y que desembocó en una cruenta guerra civil; combates entre el régimen y los rebeldes dejando un rastro de sangre por todo el país; francotiradores, muerte, dolor, calles destruidas por las bombas, la vida entre los escombros. Escenas desgarradoras, pánico, huida desesperada, médicos tratando de salvar vidas en medio del caos, tumbas improvisadas, cadáveres mirando a cámara, mirándote a ti a los ojos. También hay escenas cotidianas, niños que tratan de olvidar, familias que intentan sobrevivir como pueden. Pero la realidad es tozuda, y la guerra aún más, y al final lo que queda es el horror. Y las cifras del horror: tres millones de refugiados, seis millones y medio de desplazados, cerca de doscientos cincuenta mil fallecidos, nueve mil de ellos niños. Lo que queda, al final, es un país roto.

Esto es la guerra. Un mal que deshonra al ser humano, en palabras del teólogo y escritor francés François Fénelon. Es una curiosa y cruel ironía, pero “las guerras son lo más democrático que hay en el mundo. Mueren soldados, mueren mujeres, mueren hombres, mueren periodistas y mueren niños.” Los niños son las víctimas más vulnerables en cualquier guerra. No solo por todos los que mueren, también por los que sobreviven. Niños a los que una bomba les ha robado la infancia o una pierna, solo por ir a comprar el pan. O que han quedado huérfanos y abandonados a su suerte en un minuto. O han sido raptados y vendidos. Es la vida que existe al otro lado de un muro invisible, que no vemos ni queremos ver, y que separa ese mundo de nuestro mundo, esa brutal tragedia de nuestras pequeñas tragedias. “Como dice mi madre, en Occidente tenemos problemas de gente sin problemas.”



Da igual el país o la región. Las guerras son todas iguales. Gente que muere y gente que llora a sus muertos. Combatientes que caen en campos de batalla y víctimas civiles que caen en las retaguardias. Ciudades convertidas en cementerios. Parques infantiles donde antes había vida, niños jugando, risas, y ahora solamente hay muerte, dolor, sufrimiento. Y es lo mismo en Sudán, en Siria, el Congo. O en Somalia. Un país que lleva en guerra desde 1991. ¡Casi treinta años! “Esta foto está tomada en el hospital Banadir, en Mogadiscio, capital de Somalia. Es un hospital que se conoce entre los somalíes como la fábrica de muertos; por cada diez niños que entran, ocho no salen y se mueren de hambre. De hambre.” En Somalia, la mortalidad infantil de cero a cinco años es de ciento trece por cada mil nacidos; en España, por ejemplo, son dos por cada mil. No es una estadística. Cada uno de esos niños que sufre y que muere es un ser humano y es un drama para sus madres, para sus familias. No hay coraza que evite ese dolor. “Esta es la vida real, no lo que vivimos desde aquí. Cuando os hablen de hambre, pensad que es verdad. La gente se muere de hambre. Así que, por favor, pensad en ellos cuando vayáis a tirar la comida”. El problema es que aquí, en nuestro mundo privilegiado, hemos perdido la empatía con ese mundo ajeno y molesto. Y es algo que urge recuperar.

 

Los niños de la guerra

Otra imagen (otro bofetón). El Congo, en guerra desde 1994. La excusa para matarse desde hace décadas es un mineral que se llama coltán y que sirve para fabricar smartphones. ¿Cuál es el problema? Que el ochenta por ciento del coltán que hay en el mundo se encuentra en el Congo. Una riqueza que es al mismo tiempo su bendición y su perdición. Por cada kilo de coltán que se extrae, dos personas mueren directa o indirectamente por su causa. “Dos. Directamente, porque trabajan en las minas, hay un derrumbe y se mueren. Indirectamente, porque en el Congo hay ciento veinte grupos armados que manejan las minas de coltán. Coltán que viene a occidente. A nuestros móviles.” La realidad del país, que no vemos en nuestros móviles, es devastadora: masacres, violaciones masivas, niños robados, niños soldados.

Niños como Trésor, “que tiene once años y tiene la mirada más triste que he visto en mi vida”. Su historia es la de muchos otros niños. Un grupo armado entra en su aldea, asesina a doscientas personas a machetazos, unos logran huir, otros son capturados. A Trésor lo secuestraron durante tres meses para convertirlo en niño soldado. Porque en estas guerras sin reglas ni convenciones los niños son los mejores soldados, no cuestionan la orden de un adulto, no se plantean si está bien o está mal, hacen lo que se les dice que hagan, punto. “La primera prueba que tienen que pasar estos niños en países como el Congo, Somalia, Etiopía o Sudán del Sur es "súper sencilla": matar a su padre. Porque cuando matas a tu padre después puedes matar a quien sea.” No importa que solo tengas once años. Y si tienes la suerte de ser salvado de ese calvario y te dan una segunda oportunidad, una nueva vida, aún te queda superar el estigma de la sociedad, que no perdona a los niños soldados lo que han hecho. Son culpados, apartados, repudiados. Y les dejan muy pocas opciones, ninguna buena: engancharse al pegamento, volver a la guerrilla, prostituirse. “Hay que sentarse con la gente y hablar, comprender por qué hacen las cosas. Ese es el problema que tienen en el Congo, que no se perdona. Y es una de las cosas que tenéis que aprender, el valor de perdonar a los demás.” 

Una reflexión que cobra aún más valor cuando quien lo dice permaneció 299 días secuestrado por un grupo terrorista, sufriendo tortura física y psicológica, en completa soledad durante 204 de esos 299 días. Y aun así, Antonio no alberga odio ni en su corazón ni en su cabeza. “¿Para qué odiar, qué sentido tiene? ¿Sirve para algo? ¿Os beneficia? No sirve para nada. Odiar no tiene sentido. Y si odias te conviertes en uno de ellos. Y yo no quiero ser como ellos.” A lo mejor tenían sus razones, sus motivos, reflexiona Antonio. A lo mejor, la solución es sentarse frente a frente y hablar. Y tratar de entender. “El diálogo es la solución. Desde luego, el odio nunca, porque el odio lleva a la venganza.”

 


Dignidad

Antonio es reacio a hablar de su secuestro. No porque no tenga importancia para él, sino porque piensa que, hoy, su mensaje no va de Antonio Pampliega, sino de esa otra realidad que él vio y vivió en tantos países y quiere que también nosotros veamos, sin filtros, y que esa realidad nos remueva y nos despierte y nos movilice y cambie nuestra percepción del mundo –el propio y el ajeno- y nos ayude a reordenar nuestras prioridades. Son muchas las imágenes que carga Antonio a su espalda, escenas muy duras, complicadas de asumir, a veces insoportables; más incluso por lo que hay detrás que por lo que muestran. Pero, además del dolor y la tragedia, siempre hay dignidad en esas imágenes, en esos rostros. Niños que tratan de sonreír a la cámara de Antonio, que eligen la camiseta que menos se ensucia para posar “porque no quieren salir feos en las fotos, porque les da vergüenza. Sí, ellos también tienen vergüenza.” Mujeres que, después de haber sido violadas por una manada de guerrilleros son repudiadas por sus maridos -por haber mancillado el honor del marido- y expulsadas de la casa junto con sus hijos, y que, a pesar de todo el dolor y la humillación y la impotencia y el miedo, su única preocupación no son ellas, sino sus hijos. Dignidad. Como la imagen de una madre afgana primeriza, con sus dos gemelos y la abuela, tratando de aportar algo de normalidad, algo de dignidad, en medio de una guerra. O como Fide, que padece una enfermedad terrible llamada piel de mariposa, y posa con sus manos vendadas (y ensangrentadas) en su nueva silla de ruedas, feliz porque ya puede ir al colegio sin que su madre tenga que cargarlo a hombros cada día; un chaval de diecisiete años, amante del fútbol (sigue cada fin de semana la liga española), que no ha podido correr en su vida. Felices también están los niños de Kobane, al norte de Siria, en su primer día de colegio, tras nueve meses bajo el asedio de Estado Islámico, viviendo en un campo de refugiados. Felicidad. Dignidad.





Porque todos ellos son personas. “Da igual el color de piel, da igual el idioma, da igual la religión, son seres humanos como nosotros. Exactamente iguales. Que nacen sin odiar a nadie.” Esos “valores” los aprenden a posteriori de sus mayores. Y eso sucede en todas partes, no solo en África o en Oriente Medio. También en Europa. La última, en 2014, en Ucrania; el país donde España ganó la Eurocopa. Así de cerca. Diez mil muertos al año desde que empezó la guerra, cientos de miles de refugiados, miles de niños que viven entre escombros, a merced de los bombardeos. Lo mismo en Afganistán, que lleva enlazando una guerra tras otra desde 1979. Y claro, cuando vives rodeado de guerra, al final te conviertes en guerrero, en niño soldado. Y cuando la guerra ha arruinado el país, entonces no te queda otra que multiplicar las plantaciones de opio (de 550 hectáreas con los talibanes a las 110.000 actuales), que acabará en las venas de los jóvenes españoles y europeos en forma de heroína. La cruel ironía, es que los occidentales fuimos allí para acabar con ello. “Eso es lo que nos vendieron. La prensa está muy bien, yo soy periodista, pero también levanto la mano y digo: os manipulamos a nuestro antojo. ¿Por qué? Porque no exigís, porque os da igual. Os lo creéis. No, no puede ser así, no os podéis creer los mensajes de la prensa.” Hay que ser crítico, hay que dudar, hay que pensar. Surge inevitablemente la vieja cuestión moral de retratar o no esta realidad, la delgada línea –a veces invisible- entre ética y morbo. ¿Prima la información o la intimidad de las víctimas? “¿En qué momento debemos bajar la cámara y respetar el dolor ajeno? ¿Todo vale en aras de remover conciencias?” Lo cierto es que cuando se juzga de esta manera la labor de los corresponsales de guerra o los fotoperiodistas se hace injustamente, porque se juzga desde la distancia, desde la ignorancia y sin la menor empatía. En el caso de Antonio, además de su finalidad loable –abrirnos los ojos-, cada foto desprende una extraordinaria humanidad, porque cada situación, cada persona es retratada con una extraordinaria dignidad.

 


Escapar del infierno

Después de este viaje en imágenes por el infierno –“un infierno light, tengo fotos y vídeos mucho más explícitos, mucho más reales”-, la gran pregunta: ¿Os quedaríais a vivir en esos países? Por supuesto que no. Ellos tampoco. Por eso huyen, y tratan de llegar a Europa para salvar sus vidas. Y en esa huida también se juegan la vida. Vienen en frágiles pateras, que salen todos los días de la costa africana, desde Libia hacia Lampedusa. Trescientos kilómetros por el Mediterráneo Central, hacinados, sin comida, sin agua, sin chalecos salvavidas; hombres, niños, mujeres, bebés. Probablemente han estado un año caminando hasta llegar a la costa, atravesando desiertos y zonas de guerra, a merced de las mafias. Lo que sea con tal de escapar de la guerra y del hambre, en busca de un poco de refugio, de un futuro que seguramente no tenga más horizonte que el top manta. Eso, los que tienen suerte. No son terroristas, aunque haya quien lo piense. Son víctimas. Y cuando llegan, los que llegan –muchos se quedan en el Mediterráneo- su primera preocupación es enviar noticias a casa, un selfie a su familia para decirles que están bien, vivos. “Porque la familia siempre es lo primero. La familia es el pilar fundamental de todos nosotros. Siempre.” Otros, más conscientes del peligro, llevan encima un número de teléfono, por si alguien encuentra su cuerpo flotando en el mar, para que puedan avisar a su madre, decirle que su hijo ya no va a volver. Que llore lo que tenga que llorar, pero que deje de angustiarse.

La madre de Antonio recibió esa llamada. “A mi madre le dijeron: su hijo no va a volver a casa. No sabemos si vive, pero no va a volver, en una semana, en un mes.” Fueron 299 días de dolor, de angustia indescriptible. También la angustia de Antonio, en su encierro, de no tener noticias de su familia, de no saber qué tal estaban su madre, su padre, su hermana cuando recibieron la noticia –el shock- de su secuestro. “Durante diez meses lo peor es eso, la incertidumbre de no saber qué ha ocurrido fuera. Porque la vida sigue girando, no se para, aunque te metan a ti en una celda. Y yo tenía una pesadilla que se repetía todas las noches, y era que no iba a volver a ver a mi madre nunca más con vida. Porque mi madre tiene un problema del corazón. Ni las palizas, ni los interrogatorios, ni las amenazas de muerte ni las simulaciones de ejecución. A mí lo que me daba miedo era regresar a casa y que ya no estuviera mi madre.”

 

Un accidente laboral

A Antonio aún le cuesta hablar del secuestro. Revivirlo es demasiado doloroso (“La oscuridad nunca se llega a vencer del todo”). Ocurrió en julio de 2015, durante uno de sus muchos viajes de trabajo a Siria, el duodécimo, para cubrir el conflicto. Otro viaje de tantos. Solo que esta vez algo salió mal. O simplemente sucedió lo que tenía que suceder (cuestión de probabilidad…). Antonio lo llama “accidente laboral”. En realidad, su persona de contacto en la zona los traicionó, a Antonio y a sus dos compañeros (José M. López y Ángel Sastre), y los vendió a la rama de Al Qaeda en Siria. Durante un breve tiempo, compartió secuestro con sus amigos, pero pronto los separaron y Antonio quedó completamente solo, aislado, en una oscura celda situada en algún punto de la frontera entre Siria y Turquía. Encerrado durante diez meses con todos sus miedos y la peor de las incertidumbres, sin saber si iba a sobrevivir un día más o iba a ser ejecutado, como lo fue su gran amigo James Foley, el periodista asesinado en directo por el Dáesh en 2014, a manos del célebre fanático John el Yihadista



Diez meses sin saber si sus compañeros estaban muertos o vivos, o si habían sido vendidos. Diez meses sin esperanza de salir con vida de su agujero, hundido en la desesperación hasta tal punto que pensó seriamente en acabar con su vida. Viviendo en la más absoluta soledad, salvo por las puntuales visitas de sus carceleros, que entraban una o dos veces al día para llevarle comida, golpearle o humillarle, según les diera. Vejado, torturado, aislado de todo contacto humano. Sufriendo a diario amenazas de muerte, burlas, interrogatorios, golpes. En esa angustiosa realidad, Dios y el recuerdo de su madre son sus únicas compañías. Y el diario que escribe a su hermana pequeña, Alejandra, es su tabla de salvación, el único muro que lo separa de la locura y de la rendición total. “Sueño con el día en que nos volvamos a ver. Te has convertido en mi salvavidas en este lugar de mierda. Trato de no decaer, te lo prometo. Aguanto porque no pierdo de vista ese objetivo: volver a verte”, escribe Antonio en su libro, En la oscuridad. Eso fue para él lo peor del secuestro. “La posibilidad de no volver a ver a mi familia me reconcome por dentro (…) Solo soy un periodista que ha venido a hacer su trabajo, a contar lo que está ocurriendo en esta maldita guerra.” Pero ellos, los secuestradores, creen que es un espía y que trabaja para el Gobierno de Al Assad. Una perversa confusión que le arrebata a Antonio toda esperanza, que le roba impunemente toda su ilusión, su alegría, su risa…

Sin embargo, siempre hay un atisbo de esperanza, incluso en los momentos peores. Una luz, más allá del mortecino brillo del led colgado en la pared de su celda. Cuando te lo quitan todo, y crees que no vas a volver a ver a tu familia, es el momento de pensar: ¿cuándo es la última vez que le he dicho a mi madre ‘te quiero’? ¿Cuándo fue la última vez que abracé a mi padre? “Yo me acordaba de la última vez que le di un abrazo a mi padre, ocho de julio de 2015, el día de su cumpleaños. El día que me dejó en el aeropuerto de Barajas para que viajara a Siria. Así que no penséis que se lo vais a dar luego o mañana. La vida se acaba así de rápido. Así de rápido. De verdad.”

Por suerte, la vida de Antonio –y la de sus dos compañeros- no acabó en aquel secuestro. Y diez meses después de aquella terrible primera llamada telefónica, el siete de mayo de 2016 su madre recibió otra bien distinta. “Mamá, se acabó. Vuelvo a casa”. Pocos días después Antonio bajaba de un avión de las Fuerzas Armadas y pisaba suelo español. Sus padres, su hermano Goyo, su hermana Alejandra –“mi faro en la oscuridad”- le esperaban a los pies del avión, temblorosos, expectantes. Aquel reencuentro con su familia, su sostén durante diez largos y angustiosos meses, fue el momento más intenso y feliz de su vida, una erupción de emociones que iban del llanto a la risa y al abrazo y al beso y al alivio infinito… Fue el fin de una pesadilla.



Y el despertar de un nuevo Antonio Pampliega, que supo sacar luz de aquella densa oscuridad. Una lectura positiva que le ha enseñado a mirar la vida de otra manera. “El secuestro me ha enseñado muchísimas cosas. Una de ellas es valorar todo lo que de verdad importa, que es tu familia (que se amplió el 2 de septiembre de 2020 con la feliz llegada de Ariana, la hija de Antonio y María), y también las cosas pequeñas, cosas que tenemos tan al alcance de la mano que no les damos valor. También el secuestro me dio dos opciones la vida: seguir por el camino de antes o cambiar diametralmente mi forma de vivir. Intento cambiarla. No siempre lo consigo, pero sí que intento ser un Antonio diferente al de antes del secuestro.” También ha multiplicado su capacidad de empatizar, y de perdonar. “Creo que es un acto de valentía perdonar a aquellos que me han hecho tantísimo daño. Lo sencillo es odiar. Me pongo en la piel de esa gente y pienso en lo que les ha tocado vivir. Pienso en sus circunstancias y en su contexto. ¿No haríamos nosotros lo mismo? ¿No nos convertiríamos en monstruos si viviéramos en el mismísimo infierno?” Una pregunta que Antonio deja ahí, flotando en el aire, esperando que todos la enfrentemos con sinceridad y valentía. Esperando una reflexión honesta y una respuesta digna la próxima vez que nos veamos ante una víctima de la guerra, de cualquier guerra. 

Él tiene clara su respuesta. Siempre la ha tenido. Comprender la situación desesperada de los que viven atrapados en ese infierno, ayudarles a escapar dentro de sus posibilidades, darles un poco de esperanza (como ha hecho recientemente con decenas de hombres, mujeres y niños de Afganistán) y, a nosotros, abrirnos los ojos y el corazón a esa realidad despiadada, descarnada y casi siempre tan alejada y tan ajena que apenas la percibimos de pasada en nuestras empequeñecidas conciencias. Una manera rápida y eficaz, leer su última novela: Flores para Ariana, un retrato crudo y valiente de Afganistán a través de los ojos de una niña, que son todas las niñas que Antonio ha conocido de primera mano. Un libro que nació en los oscuros días de su secuestro y que acaba de ver la luz hace apenas unos días. Un libro lleno de verdad, de belleza, de sentimientos, de empatía, de dignidad... y de descarnada y muy actual realidad. 

 

 


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