Mostrando entradas con la etiqueta mafia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mafia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de marzo de 2017

El Padrino: Sí fue algo personal


15 de marzo de 1972, Times Square. Las colas para asistir al estreno de la última película de un tal Francis Ford Coppola cubren varias manzanas. Policías a caballo controlan escrupulosamente que no haya problemas y dan órdenes a través del megáfono. En las tiendas cercanas la gente compra café bien caliente en vasos de cartón con tapa; llevan horas allí, desafiando a la tormenta primaveral. Pero el acontecimiento merece la espera (todos han leído la novela de Puzo). Incluso sin saber –aún- que esa noche de marzo, al traspasar las puertas de la sala, estarán entrando en la historia del cine.



Pero, ¿qué es lo que hizo de El padrino una de las obras más emblemáticas, inmortales y revolucionarias del séptimo arte? ¿Qué es lo que tiene la obra de Puzo/Coppola para seguir fascinando a millones de espectadores cincuenta  años después de su estreno? Como nos recuerda el maestro Garci, El padrino ha dejado de ser únicamente cine para convertirse en mitología. En historia. En América. Y aún más, en patrimonio de la Humanidad. Pues lo que está ahí retratado, entre la primera frase (“Yo creo en América. América ha hecho mi fortuna”) y la última escena (esa puerta que cierra el despacho y la salvación de Michael Corleone, el heredero del imperio) no es otra cosa que la historia del hombre mismo. Tal cual. La institución familiar y el crimen, la traición y el amor, la ambición y la lealtad, el honor y el horror, el pecado y la redención; el poder y su precio; el bien y el mal, en suma, luchando  a brazo partido dentro y fuera de cada uno.


A priori, sin embargo, el proyecto no partía precisamente con ventaja. Unos meses antes, el escritor Peter Maas trató de publicar su libro “The Valachi Papers”, (confesiones reales de un ganster a un agente del FBI) obteniendo como única respuesta de los editores a los que visitó: “la Mafia no vende”; hasta que un pequeño editor apostó por ella y vendió. Los veinte mil ejemplares de la primera edición; trescientos cincuenta mil en las semanas posteriores. Poco después, el libro de Mario Puzo superó al de Maas con creces: un millón de ejemplares en pasta dura y doce millones más en edición de bolsillo; 67 semanas en la lista de best-sellers del New York Times. Y luego llegó la visión de Coppola, y esas colas interminables en las salas para ver una película de tres horas sobre la Mafia, y el mundo se preguntó: ¿qué demonios ha ocurrido?




En realidad, lo que ocurrió no fue precisamente una casualidad; fue una calculada conjunción de astros que el genio de Francis Ford Coppola unió, moldeó y transformó en una obra maestra. Una obra maestra absolutamente personal e intransferible. El origen es, por supuesto, la novela de Mario Puzo, que fue el germen de dos guiones sencillamente perfectos (ambos lograron el Oscar) y de una colaboración, la del escritor y el cineasta, tan fructífera como genial. La novela, por cierto, era ya propiedad de la Paramount cuando aún era un manuscrito con título provisional, “The Mafia” (una palabra que, sin embargo, luego no se menciona ni una sola vez en la novela ni en el guión).
Lo que aportaba Puzo al género de gansters era una perspectiva nueva y crucial: la visión italoamericana. Esta es otra de las claves del éxito de El padrino: Italia. La Paramount lo intuía, y por eso buscó un director con sangre italiana (primero pensó en Sergio Leone, pero declinó la oferta); una decisión que aportó realismo, credibilidad. El padrino habla por primera vez de familias, no de bandas; sus personajes no son italianos sólo de nombre, sino también de cara, de gesto, de ritual, de alma; están inspirados en Frank Costello y Vito Genovese, en las Cinco Familias de Nueva York, y sus acciones y costumbres está extraídas directamente de la mafiología real. El padrino no es una novela/película sobre la Mafia, es la Mafia.   

Crucial fue también la revolucionaria fotografía de Gordon Willis, que aportó esa atmósfera de permanente penumbra, de interiores sombríos que envuelve toda la película. Después de la luminosidad del cine de los cincuenta, Coppola apostó por esa semioscuridad ocre y pastosa que difumina la escena lo mismo que las conciencias de sus personajes. Y la maravillosa partitura de Nino Rota rompió también los moldes del género. Gran parte de la culpa la tuvo el propio Coppola, que le dio indicaciones muy precisas al compositor italiano para acompañar la tragedia griega de esta familia italiana: un vals que vuelve y vuelve sobre sí mismo, melodías lentas y armoniosas, melancólicas como una marcha fúnebre; y mucha nostalgia italiana. Una banda sonora sencillamente magistral, y una de las más exitosas y recordadas de la historia del cine


De astros en estado de gracia está también plagado el reparto. El fanático empeño de Coppola por rescatar al acabado Marlon Brando no pudo ser más acertado. El actor prácticamente creó a su personaje, desde la apariencia (introduciendo algodones en las mandíbulas para parecer un bulldog) a la voz terrosa y pausada, pasando por los ademanes suaves y alguna que otra genial improvisación (el gato en su regazo, las cáscaras de naranja en la boca). También Al Pacino, por el que nadie apostaba debido a su timidez y baja estatura (lo llamaban “el enano”), y que acalló todas las bocas desde sus primeras escenas (y acabó apropiándose de la saga). Sin olvidar a James Caan, John Cazale, Robert Duvall, Diane Keaton, Talia Shire y todo el elenco de geniales secundarios, especialmente los italianos, que parecían recién importados de Sicilia. Muchos, incluso, pertenecían realmente a la Mafia.

Finalmente, cuántas películas pueden presumir de contar en su metraje con tal cantidad de escenas memorables y frases eternas, que han permanecido imborrables en la memoria de millones de espectadores: la entrevista de Bonassera con don Vito, la misma boda en la casa del Padrino, la cabeza equina en la cama de Woltz, el bautismo de sangre –ajena- de Michael en el restaurante Louis’s (“Pide la ternera. Es estupenda”), o la muerte de don Vito mientras juega con su nieto, una de las más poéticas de la historia del Cine. Y cuántas veces no habrá salido de nuestros labios ese “te haré una oferta que no podrás rechazar” o “no es personal, son los negocios” o “ten cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos”. Sin olvidar la leyenda negra, según la cual Frank Sinatra obtuvo su papel en la magnífica De aquí a la eternidad (con el que ganó su único Oscar) por influencia de sus amigos de la Mafia, hecho que inspiró a Puzo para crear el personaje de Johnny Fontane, que tiene bastante más relevancia en la novela y se diluyó en la película por presiones del propio Sinatra.

Y todo envuelto en un papel de falso celofán llamado Familia, La Famiglia (“Un hombre que no convive con su familia jamás será un auténtico hombre”), un entramado de lealtades, honores y códigos tan fascinantes como espeluznantes (desde luego, nunca estuvo tan acertado el término ‘lazos de sangre’). Una gran tela de araña igualmente eficaz para cazar y proteger, y de la que es imposible zafarse. Pero en la que muchos de nosotros hemos deseado, en algún rincón –oscuro- de nuestra alma, estar atrapados. Porque, en el fondo, siempre nos hemos identificado con esos personajes tan contradictorios, tan perturbadores, tan dolorosamente humanos.






domingo, 26 de febrero de 2017

Dos historias de Oscar y una leyenda negra


El 16 de mayo de 1929, en el Hollywood Roosevelt Hotel de Los Ángeles, se celebró la primera ceremonia de entrega de los Oscars; y por primera vez en la historia del cine, se escuchó la voz de un actor en una película, Al Johnson en El Cantor de Jazz. El 14 de mayo de 1988, moría la Voz a los 82 años de edad, en Los Angeles; Frank Sinatra dejó huérfano el mundo de la música, pero también el del cine, al que aportó interpretaciones memorables; una de ellas le valió el Oscar. Y, de paso, una leyenda negra.


El primer Oscar de la historia
La primera frase que los espectadores pudieron escuchar en una sala de cine fue “¡Espera un minuto, espera un minuto, no has escuchado nada todavía! ¡Espera un minuto te digo! ¡No has escuchado nada! ¿Quieres escuchar ‘Toot, Toot, Tootsie’?” la voz era del actor Al Jonhson, que interpretaba a Jakie Rabinowitz, el hijo de un rabino ultra ortodoxo que decide seguir su vocación musical como el cantante de jazz Jack Rubin. En esa primera entrega de los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood, el Cantor de Jazz no recibió ningún Oscar, aunque sí un galardón especial por su contribución al cine; era la única película sonora de la noche.

Además de por su “mayoría silenciosa”, la ceremonia de 1929 fue muy diferente a como la conocemos en la actualidad: consistió en un sencillo banquete  celebrado en un hotel, no hubo discursos, duró 45 minutos, los premios se conocían desde meses antes y ningún medio la retransmitió en directo (por primera y única vez, ya que en la segunda edición y en las ochenta siguientes los premios siempre han sido retransmitidos en directo). Esa noche estuvo llena de primeras veces: se entregó el primer Oscar a la mejor película (Alas, de William Wellman) y el primer Oscar al mejor director (Frank Borzage por El séptimo cielo) y el primer Oscar al mejor actor y a la mejor actriz (Emil Jannings y Janet Gaynor), y al mejor guión y a la mejor fotografía…; y el primer Oscar honorífico (a Warner Bros), y el primer premio especial (a Charles Chaplin, por su genial versatilidad al actuar, escribir, dirigir y producir El circo). Y por primera y única vez se entregó el Oscar a los mejores efectos de ingeniería (a Roy Pomeroy por Alas, que posee, por tanto, un Oscar único), y también por primera y única vez se celebró la gala en el Hotel Roosevelt.



Desde aquella primera ceremonia, hace ya 82 ediciones, la estatuilla dorada conocida como Oscar (creada en 1928 por el escenógrafo Cedric Gibbons, aunque no fue “bautizada” hasta tres años después, cuando la bibliotecaria de la Academia, Margaret Herrick, decidió que se parecía a su tío Oscar) ha sido el objeto de deseo de todos y cada uno de los profesionales del cine; el becerro de oro que adoran, con envidiable fe, guionistas, compositores, directores artísticos, diseñadores, directores de fotografía, productores, editores, directores y actores. Un dios que tiene el poder, a veces milagroso e incomprensible para los mortales espectadores, de crear estrellas fulgurantes de la nada o de volver a encender estrellas apagadas durante años con renovado esplendor.

Y el ganador es… la Voz
Una de esas estrellas que renació de sus apagadas cenizas gracias al tío Oscar fue Frank Sinatra. La Voz. Aunque, en esta ocasión, no necesitó cantar ni bailar para ganarse el aplauso del público, de la profesión y hasta de la crítica. Sólo necesitó actuar. ¡Y de qué manera! En 1953 el actor atravesaba una mala racha. Debido a sus excesos, escándalos amorosos y juergas varias con su “pandilla de ratas” (el Rat Pack, como bautizó Lauren Bacall a Sinatra, Sammy Davis Jr., Dean Martin, Peter Lawford y alguno más), su casa de discos había cancelado su contrato, no le llegaban ofertas del cine y había fracasado en la televisión.

Entonces llegó De aquí a la eternidad (de Fred Zinnemann, con Burt Lancaster, Deborah Kerr, Montgomery Clift, Donna Reed, Ernest Borgnine), que prometía ser una de las películas más importantes del año y, de paso, de la historia del cine (como así fue, ganando 8 Oscars). Sinatra luchó, suplicó por el papel del soldado Angelo Maggio; incluso llegó a ofrecerse gratis, consciente de lo que podría suponer para su carrera. Pero el productor no le quería. Además, el cantante no parecía el intérprete más adecuado para un personaje dramático de tanto calado. Sin embargo, finalmente consiguió el papel. Dio lo mejor de sí mismo, que era mucho, y realizó una interpretación memorable, intensa, intuitiva, brillante. Y muy oportuna. De una tacada, ganó el Oscar al mejor actor de reparto, recuperó su condición de estrella y obtuvo la recompensa extra de la credibilidad como actor dramático. Los años siguientes nos dejó grandes interpretaciones en películas como De repente, Como un torrente y especialmente El hombre del brazo de oro, cuyo personaje del heroinómano Frankie Machine le valió una nominación al Oscar, esta vez como protagonista (le arrebató la estatuilla Ernest Borgnine por Marty; precisamente el actor que interpretó al sargento que le “arrebató” la vida en De aquí a la eternidad).


La leyenda negra
Hasta aquí la historia del primer y único Oscar de Frank Sinatra. Ahora viene la leyenda. Y lo que dice esta leyenda, color film noir, es que fueron sus conexiones mafiosas las que ayudaron al cantante en decadencia a conseguir el papel que le devolvió la gloria. Una leyenda que Mario Puzo recogió en su novela El Padrino y que el gran Coppola plasmó en la, para muchos, mejor película de la historia del cine.  “Hollywood te va a dar todo lo que le pidas” (Don Vito) - “Ya es tarde, empiezan a rodar la semana que viene” (Johnny Fontane) - “A ese Woltz le haré una oferta que no rechazará” (Don Vito). Nadie sabe a ciencia cierta si fue el padrino Moretti o Giancana o Lucky Luciano, o cualquier otro amigo mafioso de Sinatra quien hizo una oferta que no rechazó al productor de la Columbia para darle el papel de Angelo Maggio, y probablemente no lo sepamos nunca. “Para tener éxito hay que tener amigos; pero para tener mucho éxito hay que tener muchos amigos” decía el propio Sinatra. Lo único cierto es que la Voz se convirtió en el Actor y que en los archivos del FBI se conserva un expediente sobre Francis Albert Sinatra de 2.403 páginas.










jueves, 21 de noviembre de 2013

Lincoln y Kennedy: dos muertes unidas por el misterio.


Tal vez las coincidencias sólo significan lo que nosotros queremos que signifiquen; tal vez veamos incuestionables patrones de semejanza donde apenas hay un fino hilo que une dos acontecimientos históricos; tal vez queramos ver misterios asombrosos donde sólo hay simples casualidades que rozan la leyenda urbana. Tal vez las muertes de Lincoln y Kennedy no sean más que eso, un cúmulo de increíbles casualidades. O tal vez no. Juzguen ustedes mismos. 

 


Desde que hace cincuenta años John Fitzgerald Kennedy, 35º presidente de los Estados Unidos de América, fuera asesinado en Dallas muchos son los enigmas que han rodeado su vida y, especialmente, su muerte: sus relaciones amorosas más o menos secretas con Marilyn Monroe; sus problemas de salud amortiguados con drogas por el incierto doctor Max Jacobson (“Max Milagros”); sus negociaciones in extremis y en secreto con el frío Kruschev, de cuyo resultado dependió literalmente la suerte del planeta; sus desaconsejables amistades con el “rat pack” (el clan Sinatra) y, de paso, con la Mafia; o su trágica muerte a balazos (tres o cuatro, según), la madre de todos los misterios, aún hoy no esclarecido a pesar de los esfuerzos ingentes del fiscal de distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison, y de cuantos lo han intentado después de él. Y aunque la Comisión Warren concluyera en 1964 que no había prueba alguna de conspiración, si existe en la historia una muerte presidencial repleta de teorías conspiranoicas, sin duda es la de JFK: desde el Sistema de Reserva Federal, la CIA, la KGB o la Mafia, hasta el director del FBI, J. Edgar Hoover, su contrincante republicano Richard Nixon o su mismísimo vicepresidente (y sucesor) Lyndon B. Johnson. Cada cual tenía sus motivos y medios, como en una novela de Agatha Christie, pero en este caso lo que ha faltado es un buen Poirot que resolviera el misterio, con una generosa dosis de materia gris.

 
Interesantes teorías, sin duda. Pero no dejan de ser teorías. Sin embargo, hay un misterio mayor en la vida del presidente Kennedy que lo vincula directamente con el presidente Lincoln y atañe también a sus respectivos asesinatos y a los autores de éstos. Y no es el empeño de Jackie de rendir homenaje póstumo a su marido a imagen y semejanza del sepelio de Lincoln, cosa que se llevó a cabo con el experto asesoramiento del historiador James Robertson. Se trata de un asombroso cúmulo de coincidencias y casualidades, de fechas, nombres y hechos que constituyen, cuando menos, otro sorprendente misterio.


Veamos: Lincoln fue elegido por primera vez para el Congreso de los Estados Unidos en 1846 y Kennedy justo 100 años después, en 1946; ambos fueron elegidos presidentes en 1860 y 1960 respectivamente, Lincoln el 6 de noviembre y Kennedy el 8 del mismo mes; los dos presidentes fueron asesinados en viernes, de una bala en la cabeza, en presencia de sus esposas; Abraham Lincoln en el Teatro Ford y John F. Kennedy en un automóvil Ford, modelo Lincoln; tras disparar, el asesino de Kennedy se ocultó en un teatro, el Lincoln. Después de su muerte los dos presidentes fueron sucedidos por sureños de apellido Johnson, Andrew Johnson nacido en 1808 y Lindon B. Johnson en 1908. Tanto Lincoln como Kennedy fueron arduos defensores de los derechos de los negros: Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación en 1862, que se convirtió en ley en 1863, y en 1963 Kennedy presentó sus informes al Congreso sobre los Derechos Civiles.
 
 
El día que fue asesinado, Lincoln dijo a un guardia, William H. Cook, “creo que hay hombres que quieren quitarme la vida... y no hay duda de que lo harán”; un presentimiento similar confesó Kennedy a su consejero, Ken O’Donnell, el mismo día de su muerte. Sus presuntos asesinos nacieron también casi con 100 años de diferencia, John Wilkes Booth en 1838 y Lee Harvey Oswald en 1939; ambos murieron de un disparo antes de llegar a juicio; sus respectivos nombres completos suman quince letras, mientras que los nombres de los presidentes que asesinaron suman también el mismo número de letras, siete. Precisamente el número fatídico donde ambos encontraron la muerte: Lincoln en el balcón número siete del Teatro Ford, y Kennedy en el Ford Lincoln, vehículo número siete de la caravana presidencial.