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miércoles, 1 de enero de 2025

Jose Nortes: amar la música sobre todas las cosas

 


Imagina que subes a un mismo escenario a músicos del calibre de Miguel Ríos, Coque Malla, Ariel Rot, Antonio Vega (DEP), Quique González, Sergio Makaroff, Morgan, Ricardo Ruipérez o la mismísima Sharon Corr, acompañados por unos teloneros de lujo como Txetxu Altube, Anaheim, Iñigo Coppel, Carlos Vudú, Marta Andrés… ¿Sabes qué tendrían todos en común (además de un talento extraordinario y una calidad musical de primer orden)? A un tipo llamado Jose Nortes.

Un tipo que sabe de música como pocos en nuestro país; que siente, vive, mama, respira, transpira música por cada poro… en cada latido. Un tipo que, sencillamente, ES música. Y lo es desde siempre y en todo cuanto hace. Guitarrista vocacional y de altísimo nivel desde su adolescencia –una pasión que nunca ha abandonado- y desde hace más de una década uno de los productores de mayor prestigio en nuestro panorama musical.

Un tipo modesto y amable, que entiende la producción como un intenso viaje entre compañeros/amigos/colegas, esto es, lleno de complicidad, de buenos ratos y de buen rollo. Un tipo respetado, querido y requerido por músicos de todo pelo -consagrados, legendarios, reinventados, emergentes- que buscan en Nortes, pues eso, su norte. Su guía. Su faro. Su mejor versión. Y, sin excepción, la encuentran. 

Todo esto, y muchos factores más, hacen de Jose Nortes un productor musical con mayúsculas.

 

 

Bienvenido a Black Betty… Estás en tu casa

Ese buen rollo es lo que se palpa nada más entrar en el estudio que Jose Nortes ha estrenado hace un par de años en Madrid, muy cerquita de Las Ventas (escenario de tantísimos conciertos memorables). El ambiente acogedor y cálido de Black Betty Studios (homenaje de Nortes al clásico de Leadbelly reinventado por Ram Jam en 1977) te envuelve al instante y te hace sentir como en casa (que es de lo que se trata). El espacio abierto y holgado, el imponente piano Steinway, las guitarras ordenadas y ansiosas por sonar (GibsonDuesembergRickenbacker, la acústica de doce cuerdas de Álvaro Urquijo, que ese día andaba por ahí), las paredes de madera y el techo sin final aparente, un equipo de sonido espectacular… y una sala de máquinas impecable a los mandos del maestro. Un sitio pensado para crear.

 


Un viaje siempre en buena compañía

Todo lo que haga falta para «ayudar al artista a sacar lo mejor que tiene dentro, que todo ese caos que tiene en la cabeza se plasme en una canción, en un disco». Esta es la misión del productor para Nortes, un papel anónimo en el backstage que es reflejo de su amor por la música y al mismo tiempo su forma de expresarse (eso sí, sin que se note; «si se oye mucho al productor no estás haciendo bien tu trabajo»). No hay regla de oro: cada artista, cada disco, cada tema es un mundo; y cada proceso también, desde empezar el tema de cero a cambiarlo por completo, y todo lo que hay entre medias.

En este viaje lo importante es que el artista tenga plena confianza en el productor, y se deje guiar, buscar nuevos caminos, probar enfoques diferentes, dar las vueltas que haga falta hasta llegar al final feliz. Para ello Nortes cuenta también con una gran familia de músicos habituales, su guardia de corps, que desprenden talento, complicidad y profesionalidad por todos los poros. Y, si el sonido lo requiere, el productor ficha a quien crea conveniente, sin mayor problema: por ejemplo, la sección rítmica de Fito para un disco de Ariel Rot, o el sonido irlandés de Street Wings para lo último de Txetxu Altube (rendido fan de Bap Kennedy).

 

En el principio fue Led Zeppelin

Pero vayamos al principio. ¿De dónde nace la vocación musical de Jose Nortes? Desde muy pequeño se enamoró de la guitarra (una amante, por cierto, a la que siempre ha sido fiel), con la inestimable ayuda de Led Zeppelin. Formó las típicas bandas de versiones durante su adolescencia, y a los 16 años se vio en la encrucijada (nunca mejor dicho) entre estudiar Caminos o dedicarse a otra cosa (¿la música?). Probó Caminos. Un año bastó para darse cuenta del error y, de paso, descubrir una carrera con el sugerente nombre de Audio Engineering. Fue en el Berklee College of Music de Boston, la universidad privada de música más grande del mundo. “Aquello era como Fama, tal cual”, recuerda. Cuatro años después, regresaba a España con el título, una mochila rebosante de música nueva y la clara convicción de dedicarse profesionalmente a este mundo.

 

De The Bolivians a Miguel Ríos 

Formó varias bandas y llegó a hacer cierto ruido a finales de los 90 con The Bolivians (junto a Carlos Raya, más tarde guitarrista de MClan); hasta sacaron un par de discos. Pero justo cuando empezaban a ir hacia arriba… se peleron unos y otros por no se sabe qué tontería y se fue todo al traste. En un día. Después de cinco años de plena dedicación. Nortes quedó tan decepcionado que se dijo: «Se acabaron las bandas. Ahora voy a producir» (ya que tenía el título…). Sin abandonar nunca la guitarra, por supuesto. De hecho, empezó a tocar para Antonio Vega (cogió el relevo de Raya cuando éste fue reclamado por Carlos Tarque) mientras producía a Quique González (Pájaros Mojados, 2002). Luego llegó Miguel Ríos, el gran Miguel Ríos, y lo fichó para su banda, de la que Nortes es pilar fundamental. Y hasta hoy. Casi quince años. Lo último, esa gigantesca gira (Symphonic Ríos), acompañado por orquesta sinfónica y los Black Betty Boys, liderados por Nortes.

 


Dúos, tríos y otras conexiones

Como dijo en una ocasión su admirado Jimmy Page, «Amo tocar. Si pudiera hacer sólo esto, sería una utopía». Así lo siente (y el público también) cada vez que se sube a un escenario y se marca uno de sus brutales solos. Hay mucho Gilmour en esos dedos (otro de sus héroes; y también de Jimmy Page, por cierto). Utopía o no, afortunadamente para nosotros Jose Nortes no sólo toca la guitarra.

Su prestigio como productor brilla más con cada disco. Que se lo digan a Coque Malla, a Ricardo Ruipérez o a Sharon Corr (su nuevo disco en solitario), por mencionar algunos trabajos recientes. O a Ariel Rot, por mencionar uno de sus primeros. «Ariel confió ciegamente en mí desde el primer momento. Le estaré agradecido toda mi vida». Aquel álbum, Dúos, Tríos y Otras Perversiones (2007), fue un punto de inflexión fundamental en su vida profesional. Por la calidad extraordinaria del disco, por el reto que supuso y por el talento que allí se concentró (AmaralFitoMClanCoque Malla. BunburyCalamaroMiguel RíosPerezaQuique González…).

Talento que se atrae y se conecta, creando nuevos vínculos una y otra vez. El primer disco de Quique le conectó con Ariel y Makaroff, por ejemplo. El de Ariel con Coque Malla, mientras Carlos Raya le llevó a Antonio Vega y su amigo Paco Eldelahar le presentó a Nina, que hacía coros en la banda de Paco, Anaheim, con solo 17 añitos. De ese encuentro mágico nació luego Morgan, nada menos; sin duda uno de los mayores bombazos del rock (y el blues, el góspel, el soul, el jazz, el country…) español en los últimos años. Precisamente, el estudio de Nortes, Black Betty, se estrenó con el primer álbum de Nina, «Ove», Ekain, Paco y «Chuches». El nombre del disco, North, es un sincero “gracias” a su productor.

 

El estudio, por cierto, comparte espacio, ilusión y colaboraciones con un proyecto de creación literaria de nombre La Plaza de Poe, liderado por la escritora Eva Losada Casanova, pareja de Nortes. Todo queda en casa.

 


 

Cuando el rock era como un puñetazo

Todo esto, y mucho más, es Jose Nortes. Un tipo que nació a la música de la mano de Led Zeppelin, los Beatles y Zappa, enganchado a la guitarra por la gracia de David Gilmour. Amante del funk, del folk irlandés (al que llegó a través de Mark Knopfler), del rock californiano, del soul, del blues, del swing o del pop español de los 80 («había frescura, descaro, imaginación, diversión; quizá menos talento musical, pero más creatividad»).

Un tipo que produce con mimo, sabiduría, lealtad y, lo más importante, con plena independencia de las modas o la industria (de hecho, en cierta ocasión le ofrecieron producir a un futuro talento, de nombre Melendi, que Nortes rechazó) y que, por salud, prefiere no hablar de la “música” nacida en ciertos programas televisión. Un tipo que añora los tiempos del rock con mensaje, «cuando el rock era otra cosa, era irreverente, era un puñetazo, gente con ganas de dar por saco (chicos malos como Burning, Makaroff, Gabinete, Ilegales o los Sex Pistols), ahora el rock se ha domesticado».

Un tipo que sigue manteniendo una visión romántica de la música, de la vida –que vienen a ser lo mismo-; de aquellos tiempos pre-spotify en los que la música era misterio, búsqueda, descubrimiento, y se disfrutaba a fuego lento, sin prisas, sin ansia…

 

Un tipo, en fin, que ama la Música sobre todas las cosas. Con pasión. Con vocación. Con compromiso. Y con una lealtad a sus principios –éticos y musicales- a prueba de egos, ambiciones y otras tentaciones.

 


 

jueves, 25 de noviembre de 2021

Enrique Urquijo. Crónica emocional del concierto homenaje. Wizink 17.11.2019




«Cuando miras atrás / Y ves la vida que has dejado / Cuando te paras a pensarlo, ¿no te preguntas / qué te hace estar a mi lado?» (You Love The Thunder, 1977). Empezar esta crónica emocional con unos versos de Jackson Browne (traducción de Alberto Manzano) no es capricho. Primero, porque citar o escuchar a Jackson Browne nunca es caprichoso; segundo, porque es probablemente ese amor incondicional por el californiano lo que más me acercó a Enrique Urquijo y familia desde mi tierna adolescencia. Especialmente cuando se unió a la banda el gran Ramón Arroyo y la enriqueció con ese sonido country y tex mex que tanto amábamos (ellos y yo). Tan Browne, tan Eagles, tan Gram Parsons, tan Warren Zevon (ahí queda esa Carmelita, agarrada/abrazada con fuerza a la María de Enrique para la eternidad). Y tercero porque, mirando atrás y viendo la vida que ha dejado Enrique, con sus Secretos y con sus Problemas, con su sensibilidad y su talento, con su poesía y su fragilidad, con su gigantesco legado, no tengo que preguntarme qué me hace seguir estando a su lado cuarenta años después de bailar su música por primera vez, veintidós años después de verlo sobre un escenario por última vez -aún lo veo- en el viejo Palacio de Congresos de Madrid, en marzo del 97.

 


La banda más grande

Es una pregunta que tampoco nos hicimos ninguna de las ocho mil almas agradecidas que abarrotamos el domingo el Palacio de Deportes (aún se me resiste lo de Wizink). Simplemente había que estar ahí, a su lado. Por pura gratitud. Por amor a su música. Por respeto –y gratitud también, y mucho cariño y admiración- a su hermano Álvaro, a Ramón Arroyo, a Jesús Redondo, a Juanjo Ramos, a Santi Fernández. Los guardianes de la llama, los defensores del legado. Grandes, muy grandes. Si alguien me preguntara cuál es la mejor banda de todos los tiempos, la más influyente, la más importante, fuera de España quizá tendría dudas (Pink Floyd, Eagles, Beatles, la Credence, Stones, The Who, Led Zeppelin), pero no aquí. Aquí no hay otra banda más influyente, más longeva, más carismática, más constante, más querida por su público y más admirada por sus colegas. Sólo hay que fijarse en la altura de las decenas de artistas –de todos los palos- que han interpretado, con enorme devoción, las canciones de Enrique, Álvaro y compañía. Echa un vistazo, por ejemplo, al primer disco homenaje a Enrique, A tu lado (2000), o al irrepetible concierto en Las Ventas, Gracias por elegirme, ocho años después. ¡Menuda lista de invitados!

 

Y el Wizink se hizo Galileo Galilei

Todo eso estuvo presente el domingo en el Palacio, vestido de Galileo Galilei. Las canciones, los recuerdos, las emociones, la nostalgia, los amigos, la familia, Enrique. Sobre todo Enrique. Ahí estuvo, al lado de su amigo Rafa Higueras, que lleva veinte años echándole de menos –hoy exactamente igual que ayer- y rindiéndole homenaje puntualmente cada noviembre, como el ramito de violetas de Cecilia. Él abrió esta noche «triste y alegre, emocionante y emotiva» con un tema de la etapa de Los Problemas, Desde que no nos vemos («Desde que no nos vemos no sé ni donde vivo, salí de aquella casa llorando como un niño») marcando el tono melancólico de la noche; y nos presentó también las dos otras buenas causas por las que estábamos todos ahí, Cris contra el cáncer y Cirugía en Turkana.

 


¡Viva Enrique siempre!

Estuvo Enrique al lado de Rebeca Jiménez –«¡Viva Enrique siempre!»- cantando, reivindicando, Adiós tristeza («porque hoy empieza el resto de tu vida, adiós tristeza, adiós soledad»). Y al lado de Jorge Marazu, sublime en Y no amanece, que reconoció que se dedica a esto porque escuchó a Enrique cuando tenía 15 años. Y con Vicky Castelo –¡qué voz, qué talento!- que cantó sobre ese escenario con Antonio Vega años atrás y ahora repetía al lado de Enrique… nunca es Demasiado tarde. Enrique estuvo también al lado de su amigo Juanma “Elegante”, como siempre lo estuvo, y juntos cantaron a dúo esa gran verdad que es Siempre hay un precio, porque siempre lo hay y lo tienes que pagar, «todo de golpe o día a día lo harás». Rafa Higueras, que también ha estado siempre al lado de Enrique, antes de dedicarle Quiero beber hasta perder el control recordó que hace veinte años, «Enrique nos acababa de dejar», apenas había sesenta personas en un bar de Malasaña en aquel primer concierto homenaje. Este domingo sobrepasaban las ocho mil.

 


He muerto y he resucitado

La noche entró en su segunda parte, y ahí seguía Enrique, ahora con mayor presencia aún al lado de sus almas gemelas e incondicionales. Álvaro, Ramón, Jesús, Juanjo, Santi, con el último fichaje –gran fichaje- Txetxu Altube, acompañados por una orquesta sinfónica, se marcaron tres de los himnos eternos de Enrique: Aunque tú no lo sepas, Cambio de planes y, claro, A tu lado. Y ahí estaba Enrique, muerto y resucitado, saboreando el fruto del árbol plantado con sus cenizas –y regado día a día durante veinte años por su hermano Álvaro-, soñando en otra vida, en otro mundo, pero a nuestro lado. Fue un momento mágico, intenso y maravilloso, de lágrimas contenidas e incontenibles, que nos puso a todos en pie y nos recordó lo grande que fue ese poeta de la tristeza que tanto nos ha hecho sentir.

 


Un homenaje a la altura

Y llegaron los grandes. Los colegas que con su homenaje miden la talla de un artista cuando se va. Y allí estuvieron recordándole Mikel Erentxun («No me imagino como podré estar sin ti») y Rozalén (que aprendió a tocar la guitarra agarrándose fuerte a María) y la leyenda viva, Miguel Ríos, en plena forma (que volvió a ponernos los pelos de punta con una de las mejores frases que se han escrito jamás en el rock patrio: «Pero como explicar / que me vuelvo vulgar / al bajarme de cada escenario»). Y Coque Malla (Otra tarde), ilusionado porque se estrenaba con Los Secretos, y Manolo García (Por la calle del olvido) y Amaral (Buena chica) y el incombustible Alejo Stivel (Sobre un vidrio mojado) y, finalmente, otro amigo de los de toda la vida, David Summers (Ojos de perdida), quien también está viviendo una segunda vida. Y ahí estuvo Enrique, con todos ellos sobre el escenario. Con todos nosotros en nuestros corazones. Y en nuestra memoria intacta.

La noche llegaba a su fin. Y estuvo a punto de acabar con una gran mentira, cuando todos, público, anfitriones, invitados, y hasta el hermano pródigo, Javier, coreamos como una sola voz Déjame. Y digo mentira, porque jamás dejaremos a Enrique ni dejaremos que nos deje, porque a su lado sí volveremos, sí volveremos. Así que, Los Secretos también volvieron al escenario para terminar con algo más propio del momento. No pudieron elegir mejor.

 

«Te he echado de menos hoy,

exactamente igual que ayer,

confío en que siempre estaré,

contigo aunque no estés».