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jueves, 25 de noviembre de 2021

Enrique Urquijo. Crónica emocional del concierto homenaje. Wizink 17.11.2019




«Cuando miras atrás / Y ves la vida que has dejado / Cuando te paras a pensarlo, ¿no te preguntas / qué te hace estar a mi lado?» (You Love The Thunder, 1977). Empezar esta crónica emocional con unos versos de Jackson Browne (traducción de Alberto Manzano) no es capricho. Primero, porque citar o escuchar a Jackson Browne nunca es caprichoso; segundo, porque es probablemente ese amor incondicional por el californiano lo que más me acercó a Enrique Urquijo y familia desde mi tierna adolescencia. Especialmente cuando se unió a la banda el gran Ramón Arroyo y la enriqueció con ese sonido country y tex mex que tanto amábamos (ellos y yo). Tan Browne, tan Eagles, tan Gram Parsons, tan Warren Zevon (ahí queda esa Carmelita, agarrada/abrazada con fuerza a la María de Enrique para la eternidad). Y tercero porque, mirando atrás y viendo la vida que ha dejado Enrique, con sus Secretos y con sus Problemas, con su sensibilidad y su talento, con su poesía y su fragilidad, con su gigantesco legado, no tengo que preguntarme qué me hace seguir estando a su lado cuarenta años después de bailar su música por primera vez, veintidós años después de verlo sobre un escenario por última vez -aún lo veo- en el viejo Palacio de Congresos de Madrid, en marzo del 97.

 


La banda más grande

Es una pregunta que tampoco nos hicimos ninguna de las ocho mil almas agradecidas que abarrotamos el domingo el Palacio de Deportes (aún se me resiste lo de Wizink). Simplemente había que estar ahí, a su lado. Por pura gratitud. Por amor a su música. Por respeto –y gratitud también, y mucho cariño y admiración- a su hermano Álvaro, a Ramón Arroyo, a Jesús Redondo, a Juanjo Ramos, a Santi Fernández. Los guardianes de la llama, los defensores del legado. Grandes, muy grandes. Si alguien me preguntara cuál es la mejor banda de todos los tiempos, la más influyente, la más importante, fuera de España quizá tendría dudas (Pink Floyd, Eagles, Beatles, la Credence, Stones, The Who, Led Zeppelin), pero no aquí. Aquí no hay otra banda más influyente, más longeva, más carismática, más constante, más querida por su público y más admirada por sus colegas. Sólo hay que fijarse en la altura de las decenas de artistas –de todos los palos- que han interpretado, con enorme devoción, las canciones de Enrique, Álvaro y compañía. Echa un vistazo, por ejemplo, al primer disco homenaje a Enrique, A tu lado (2000), o al irrepetible concierto en Las Ventas, Gracias por elegirme, ocho años después. ¡Menuda lista de invitados!

 

Y el Wizink se hizo Galileo Galilei

Todo eso estuvo presente el domingo en el Palacio, vestido de Galileo Galilei. Las canciones, los recuerdos, las emociones, la nostalgia, los amigos, la familia, Enrique. Sobre todo Enrique. Ahí estuvo, al lado de su amigo Rafa Higueras, que lleva veinte años echándole de menos –hoy exactamente igual que ayer- y rindiéndole homenaje puntualmente cada noviembre, como el ramito de violetas de Cecilia. Él abrió esta noche «triste y alegre, emocionante y emotiva» con un tema de la etapa de Los Problemas, Desde que no nos vemos («Desde que no nos vemos no sé ni donde vivo, salí de aquella casa llorando como un niño») marcando el tono melancólico de la noche; y nos presentó también las dos otras buenas causas por las que estábamos todos ahí, Cris contra el cáncer y Cirugía en Turkana.

 


¡Viva Enrique siempre!

Estuvo Enrique al lado de Rebeca Jiménez –«¡Viva Enrique siempre!»- cantando, reivindicando, Adiós tristeza («porque hoy empieza el resto de tu vida, adiós tristeza, adiós soledad»). Y al lado de Jorge Marazu, sublime en Y no amanece, que reconoció que se dedica a esto porque escuchó a Enrique cuando tenía 15 años. Y con Vicky Castelo –¡qué voz, qué talento!- que cantó sobre ese escenario con Antonio Vega años atrás y ahora repetía al lado de Enrique… nunca es Demasiado tarde. Enrique estuvo también al lado de su amigo Juanma “Elegante”, como siempre lo estuvo, y juntos cantaron a dúo esa gran verdad que es Siempre hay un precio, porque siempre lo hay y lo tienes que pagar, «todo de golpe o día a día lo harás». Rafa Higueras, que también ha estado siempre al lado de Enrique, antes de dedicarle Quiero beber hasta perder el control recordó que hace veinte años, «Enrique nos acababa de dejar», apenas había sesenta personas en un bar de Malasaña en aquel primer concierto homenaje. Este domingo sobrepasaban las ocho mil.

 


He muerto y he resucitado

La noche entró en su segunda parte, y ahí seguía Enrique, ahora con mayor presencia aún al lado de sus almas gemelas e incondicionales. Álvaro, Ramón, Jesús, Juanjo, Santi, con el último fichaje –gran fichaje- Txetxu Altube, acompañados por una orquesta sinfónica, se marcaron tres de los himnos eternos de Enrique: Aunque tú no lo sepas, Cambio de planes y, claro, A tu lado. Y ahí estaba Enrique, muerto y resucitado, saboreando el fruto del árbol plantado con sus cenizas –y regado día a día durante veinte años por su hermano Álvaro-, soñando en otra vida, en otro mundo, pero a nuestro lado. Fue un momento mágico, intenso y maravilloso, de lágrimas contenidas e incontenibles, que nos puso a todos en pie y nos recordó lo grande que fue ese poeta de la tristeza que tanto nos ha hecho sentir.

 


Un homenaje a la altura

Y llegaron los grandes. Los colegas que con su homenaje miden la talla de un artista cuando se va. Y allí estuvieron recordándole Mikel Erentxun («No me imagino como podré estar sin ti») y Rozalén (que aprendió a tocar la guitarra agarrándose fuerte a María) y la leyenda viva, Miguel Ríos, en plena forma (que volvió a ponernos los pelos de punta con una de las mejores frases que se han escrito jamás en el rock patrio: «Pero como explicar / que me vuelvo vulgar / al bajarme de cada escenario»). Y Coque Malla (Otra tarde), ilusionado porque se estrenaba con Los Secretos, y Manolo García (Por la calle del olvido) y Amaral (Buena chica) y el incombustible Alejo Stivel (Sobre un vidrio mojado) y, finalmente, otro amigo de los de toda la vida, David Summers (Ojos de perdida), quien también está viviendo una segunda vida. Y ahí estuvo Enrique, con todos ellos sobre el escenario. Con todos nosotros en nuestros corazones. Y en nuestra memoria intacta.

La noche llegaba a su fin. Y estuvo a punto de acabar con una gran mentira, cuando todos, público, anfitriones, invitados, y hasta el hermano pródigo, Javier, coreamos como una sola voz Déjame. Y digo mentira, porque jamás dejaremos a Enrique ni dejaremos que nos deje, porque a su lado sí volveremos, sí volveremos. Así que, Los Secretos también volvieron al escenario para terminar con algo más propio del momento. No pudieron elegir mejor.

 

«Te he echado de menos hoy,

exactamente igual que ayer,

confío en que siempre estaré,

contigo aunque no estés».




miércoles, 6 de octubre de 2021

Nebraska. La joven promesa del rock en español


 

Hace poco más de un año sacaron su primer álbum, tutelados por el sello Subterfuge y producidos por Nacho Mur, guitarrista de La M.O.D.A. Ahora están a punto de publicar nuevo material, después del año pandémico y el parón involuntario. Cultura musical, canciones que enganchan, armonías vocales y un directo fresco, contundente y divertido son sus señas de identidad. Un grupo joven, con mucho camino por delante. Pero si vamos más allá de la música, podríamos considerar a Nebraska como una pequeña empresa. Una start up en toda regla, llena de ilusiones, de pasión y de dedicación plena. Donde cada cual tiene su función también fuera del escenario. Y donde se respira la misma profesionalidad que en cualquier otro sector. Solo que este es más divertido.

«Me siento tan afortunado por haber pertenecido a un grupo que era una auténtica banda. No se trataba de un cantante y guitarrista con algunos tipos detrás (…) Algunas bandas de hoy tienen la experiencia de trabajar realmente juntas y perfeccionar su oficio. Otras bandas son muy parecidas a: "Me acabo de comprar una guitarra por Navidad, vamos a montar un grupo". Y realmente puedes escuchar la diferencia». El dueño de estas palabras es Robbie Robertson, que sabe mucho del oficio de la música y formó parte de una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos. En efecto, The Band no se componía de una estrella visible acompañada por unos músicos profesionales (salvo en tiempos de Dylan); ahí cantaban casi todos, componían casi todos y todos aportaban sus raíces, sus influencias, su talento y el dominio absoluto de sus instrumentos. Realmente eran La Banda.

 

De Toronto a Nebraska

La mención de los canadienses viene al caso en esta historia por dos razones: una, porque la música de Robbie, Levon y compañía –y de toda esa época irrepetible- es sin duda un referente para esta joven banda de nombre claramente reivindicativo. Y dos, porque –salvando las distancias- Nebraska es un grupo muy similar a The Band: se nutre de talentos diversos y sin protagonismos; aquí todos aportan por igual, cada cual en su terreno. Y, desde luego, no son fruto de un fortuito regalo navideño. Son fruto de la vocación temprana y de una cultura musical envidiable; son fruto del trabajo duro, de horas y horas y horas en el local de ensayo; son fruto de su pasión sin fisuras por la Música y de esa bendita ilusión de la juventud; y de una sorprendente madurez para unos chicos, y chica, que no pasan de los veintitrés años.

 


Cuando Willie conoció a Cati

Willie (guitarra y voz), Luis (bajo y voz) y Rubio (guitarra) se conocían del colegio. A Los 16 años montaron una banda de versiones en la que tocaban la música que les gustaba, sin más complicaciones (Fito, Pereza, 84, Los Secretos, ACDC…). Eso duró lo mismo que el colegio. Fue cuando Willy decidió que quizá era el momento de componer algo propio. Por probar. Por no dejar la música, en realidad. Escribió una canción en inglés y la grabó con Rubio. Nada más escucharla se dieron cuenta de que necesitaban una voz femenina. Si a Fleetwood Mac le quedaba tan bien, por qué no a ellos. Cosas del destino, Willy conoció a Cati una noche y empezaron a hablar de música. Dylan, Nirvana, Beach Boys, Eagles, The Band y otros argumentos de peso salieron en la conversación. Un flechazo musical en toda regla, como cuando Keith conoció a Mick en aquella estación, cargado de discos de blues. Cati, además de rubia como Kurt Kovain (otro argumento), y con una voz impresionante, tenía gustos musicales más que interesantes: es devota de Stevie Nicks, y también muy fan de CRAG y Solera (desde bebé cantaba Discípulo de Merlín) y de los Beach Boys (esas armonías vocales la vuelven loca). El fichaje fue instantáneo.

 

Eres lo que te emociona

Y es que, más allá del “eres lo que escuchas” que proclama Radio 3, a estos jóvenes melómanos lo que les va es el “eres lo que te emociona”. La música que les apasiona de verdad. A pesar de su juventud, la cultura musical de los miembros de Nebraska es de una calidad realmente encomiable. Y, como en el caso de The Band, de un eclecticismo muy enriquecedor. Aparte de los ya mencionados, entre sus mitos/influencias/referentes hay nombres como Wilco, Beatles, Strokes, Kooks, Foo Fighters, Munford and Sons, Springsteen, CSNY, la Velvet... Y mucho rock patrio también, una lista encabezada por Fito, al que siguen La M.O.D.A., Club del Río, Leiva, 84, McEnroe o Los Zigarros. Y cientos más. Es más importante escuchar que escribir, dice Willie.

Y también escuchar tu propia vocación. A unos les viene de familia, como en el caso de Willie: su abuelo paterno, gran amante del jazz, fue alumno del mítico pianista neoyorkino Joshua Edelmann… quien también dio clases de piano a Willie, con solo 12 años; y sus tíos maternos forman parte de dos bandas referentes,  como Los Zodiacs y McEnroe. Rubio quería tocar la batería, pero acabó con una guitarra entre los dedos. Luis empezó con la guitarra en el colegio, pasó por la batería y, cuando la banda fichó a Cuesta, pedazo de batera, acabó en el bajo. Cati se pegó en el cole a su amiga Vera, una artista vocacional con quien empezó a descubrir música, a tocar, a cantar, a enredar con las voces y las armonías… algo que hoy es una de las claves que definen a Nebraska.

 



De la birra a la kettle

Una vez conformada la banda (Willie, Luis, Cati, Rubio y Cuesta) empezaron a tocar sin mayor pretensión que hacer música; pero la cosa fue creciendo casi sin darse cuenta. De repente, la prioridad era Nebraska, las canciones, los ensayos. Las copas y los estudios pasaron a un segundo plano. La idea, que la universidad les deje el tiempo que necesitan para tocar y ensayar. Y además, poniendo cada uno sus conocimientos al servicio de la banda (ya sea Derecho, Empresariales, Publicidad, Diseño Gráfico, Marketing…). Habilidades que también han sabido complementar perfectamente. Como en cualquier empresa.

Y es que, en realidad, es lo que son: una start up que requiere toda la pasión, la ilusión y la dedicación. Una empresa musical en la que los cinco se compenetran y complementan en ambos sentidos. Todo su tiempo de ocio –y parte del universitario- lo dedican a la banda, que hoy por hoy es su trabajo. Ya ni siquiera hay cervezas en los ensayos, ahora tienen una kettle y beben té. La prueba indiscutible de que están en “modo profesional”.


La M.O.D.A., Subterguge y The Galileo Connection

En pocos meses, Nebraska se convirtió en una banda sólida, con personalidad y temas propios, que coleccionaba sold outs. Y entonces llegó Nacho Mur. El guitarrista de La M.O.D.A. (y productor por vocación) contactó con ellos a través de uno de los socios de la mítica sala madrileña Galileo Galilei y una amiga de Nacho, Mäbú. Le pasaron un par de maquetas y se interesó vivamente por ellos. Quedaron en el local de ensayo y le mostraron todo su potencial. Para Mur fue un descubrimiento y decidió producirles su primer disco. De hecho, no descartó ninguno de los 12 temas que Nebraska había pre-seleccionado.

El contacto con el sello Subterfuge también tuvo lugar en Galileo. En este caso, por recomendación de los tíos de Willie, integrantes de McEnroe (una de las bandas de cabecera del sello independiente). El momento mágico, un bolo en pleno agosto de 2018, al que acudió Carlos Galán… y una pléyade de fans que llenaron la sala y no pararon de corear sus temas. Carlos quedó tan convencido que citó a Nebraska en las oficinas de la discográfica. Tras meses de intenso trabajo y grandes profesionales a los mandos, salió su primer álbum, “Las aventuras de todas partes”, que presentaron hace unas semanas en el Círculo de Bellas Artes… con sold out y más de 500 fans coreando cada tema. 



 

La aventura no ha hecho más que empezar

Un sonido fresco, enérgico y muy personal, que ha bebido en las fuentes de lo mejor del rock y el folk; unas letras que saben contar historias a su generación desde el lado positivo de la vida; un directo potente y divertido, que engancha mágicamente a sus groupies (y a quien venga); carisma, juventud y pasión a raudales; un maestro en la producción, que ha conectado maravillosamente con el grupo y su música; un sello que sabe apostar y confiar y respetar y apoyar y ver todo el potencial de una banda emergente; y cinco músicos, cinco amigos, cinco aventureros decididos a forjar una carrera sólida y seria en el tormentoso mundo de la música. Eso es Nebraska. Una banda joven e ilusionada que va a por todas, que está encontrando su sitio en esta nueva era dorada del rock en español. Y que lo tiene todo para codearse con los mejores.

El futuro está aún por escribirse (por componerse). Pero los sueños siguen ahí. Intactos. Y, puestos a soñar, hoy por hoy sueñan con compartir escenario con algunos de sus mitos. La M.O.D.A., Leiva, Club del Río… Y, puestos a soñar más alto, con Fito. Tiempo al tiempo.  


«Encontrar una nueva estrella en el cielo es realmente difícil», reconoce Robbie Robertson. Pues esta estrella de cinco puntas ya está empezando a brillar con fuerza.