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lunes, 22 de septiembre de 2025

FARM AID. EL DÍA QUE LA MÚSICA SALVÓ A LOS GRANJEROS

 


El 22 de septiembre de 1985 la Música estadounidense en pleno se abrazó a los granjeros de todo el país en un concierto para la historia. Los más insignes artistas del rock, el blues y el country se unieron, todos a una, para apoyar la causa de un sector esencial para la economía y para la vida, y que atravesaba una profunda crisis. Miles de granjeros y agricultores en bancarrota, que habían perdido sus cosechas, sus tierras y sus hogares, necesitaban desesperadamente una mano salvadora que les sacara de ese pozo de ruina e impotencia, víctimas de la situación económica y del peso de sus hipotecas.

Esa mano fue la de Willie Nelson, la de John Mellencamp y la de Neil Young, inspirados por un comentario de Bob Dylan en el concierto Live Aid, celebrado un par de meses antes («Ojalá que parte del dinero pudiese ser destinado a granjeros americanos en peligro de perder sus granjas por deudas hipotecarias»). Juntos planearon y organizaron –en solo seis semanas- el mayor concierto benéfico que había visto América hasta la fecha

Farm Aid se celebró en el Memorial Stadium de la Universidad de Illinois, en Champaign, Illinois, ante más de 80.000 afortunados espectadores y recaudó cerca de 9 millones de dólares, íntegramente destinados a las familias de los granjeros y agricultores de todo Estados Unidos, para que pudieran permanecer en sus tierras. «Las familias agrícolas son nuestra única garantía de alimentos frescos y locales, nos aseguran comida saludable y segura, protegen nuestros recursos naturales y fortalecen la economía local».

 


Más estrellas que en el cielo

Fueron 12 horas de música y reivindicaciones («They need our help!», el llamamiento de John Denver aún resuena con fuerza), con el cartel más imponente y deslumbrante de estrellas del rock, el blues y el country que haya pisado un escenario. Bob Dylan, Billy Joel, Bonnie Raitt, B.B. King, Loretta Lynn, Roy Orbison, Tom Petty, Johnny Cash, Willie Nelson, John Denver, Kris Kristofferson, Alabama, The Beach Boys, Bon Jovi,  Nitty Gritty Dirt Band, John Fogerty, Arlo Guthrie, Emmylou Harris, Don Henley, Waylon Jennings, Randy Newman, Carole King, Huey Lewis, Roy Orbison, Lou Reed, Kenny Rogers, Van Halen, Neil Young, John Mellencamp, entre otras fulgurantes estrellas de la música americana.

Sin embargo, la causa y la lucha por los granjeros no acabó con la actuación del último artista, aquel domingo de septiembre de 1985. Tras el concierto, Willie Nelson y John Mellencamp llevaron ante el mismísimo Congreso de Estados Unidos las reivindicaciones y el testimonio de varias familias granjeras sobre el estado de la agricultura en el país, y lograron que se aprobase la Ley de Crédito Agrícola en 1987, para ayudar a tantísimas familias que se veían abocadas a una posible ejecución hipotecaria.

Y aún más. Farm Aid se convirtió, desde aquel primer concierto, en una institución que trabaja para concienciar a los ciudadanos, y sobre todo a los políticos, acerca de la importancia que tiene la agricultura para el país. Y cada septiembre, puntualmente, organiza un nuevo concierto Farm Aid rebosante de estrellas de la música americana, recaudando un total de 80 millones de dólares para mantener y fortalecer ese sistema de protección a la agricultura y a las familias granjeras, que ha salvado tantos hogares y tantas tierras de la ruina desde 1985.

La organización cuenta con un fondo de emergencia para granjeros que pierden sus cosechas y pertenencias ante desastres naturales (huracanes, tornados, inundaciones, sequías). Los fondos recaudados se utilizan para pagar los gastos de los agricultores y proporcionar alimentos, ayuda legal y financiera, y asistencia psicológica.

 


Un poderoso movimiento para salvar la agricultura local

Aquel 22 de septiembre de 1985 nació un poderoso movimiento que unió a granjeros, artistas y ciudadanos comprometidos, pero sobre todo concienció -a través de los conciertos anuales y las campañas de comunicación- a millones de americanos de la importancia vital –y urgente- de cuidar a sus agricultores, de comprar sus productos frescos y saludables, de salvaguardar la economía local y de valorar su labor imprescindible e irreemplazable. Una vida dura y difícil, siempre en el filo, tambaleándose en la delgada línea que separa la supervivencia y la ruina.

Como los granjeros americanos en 1985, nuestros agricultores y ganaderos también necesitan desesperadamente nuestro apoyo, nuestra ayuda y nuestro compromiso. De ellos depende nuestra alimentación y nuestra salud. Y de nosotros depende su supervivencia. THEY NEED OUR HELP!!



viernes, 21 de junio de 2024

El río que nos lleva. 40 años rendido a Bruce Springsteen

 


La primera vez que escuché The River, a finales de 1980, yo tenía 15 años recién cumplidos. Una edad en la que ya me entendía más o menos bien con la música (y empezaba mis primeros pinitos en la escritura). Pero a partir de ese doble disco, inmenso, melancólico, repleto de historias de perdedores y de relaciones complicadas y de amor visceral y de lugares lejanos que podían estar a la vuelta de la esquina, después de ese doble disco, digo, la música se convirtió en protagonista de mi vida y el Río de Bruce Springsteen, como un torbellino de sentimientos y emociones que no había sentido hasta entonces, me arrastró irremisiblemente, poderosamente, y me trasladó a lugares de los que no quería volver.

The River se convirtió automáticamente en mi canción favorita (lo sigue siendo), pero había otras historias en el álbum que aún hoy me hacen estremecer, por muchas veces que las haya escuchado: Independence Day (con la que siempre me he identificado), Point Blank (dura, trágica, hermosa), I Wanna Marry You (una historia de amor real como la vida), Sherry Darling (ese saxo, ¡por Dios!), Fade Away, Drive All Night, Two Hearts, Hungry Heart… No descartaría ninguna, aunque muchas llegaron a The River precisamente como descartes de Darkness on The Edge of Town (otro discazo: Badlands, Racing in the Street, The Promised Land, Something in the Night…).



Agosto, 1988. Primer shock en el Calderón

El río de Bruce me fue arrastrando año tras año, descubriéndome los nuevos y los viejos discos, presentándome a los miembros de la E-Street Band, a los que empezaba a apreciar como hermanos (especialmente a Roy Bittan y Max Weinberg, que también protagonizan mi otro disco favorito, Bat Out Of Hell, de Meat Loaf/Jim Steinman). Tuvieron que pasar ocho años hasta que pude verlo en directo por primera vez, en agosto de 1988. Aquella noche, asfixiante y expectante, el Calderón estaba lleno hasta la bandera. El calor era abrasador en el césped, y ahí estábamos, rodeados de miles de cuerpos ardientes que impedían el paso del aire como un muro de contención, pero abrazados a miles de corazones que buscaban, como nosotros, ese soplo fresco, potente y revitalizador que bramaba sobre el desnudo escenario. Fue un concierto apoteósico, gigantesco, contundente. No recuerdo si fueron tres horas o cuatro, ni qué canciones resonaron en la candente noche madrileña, pero sí recuerdo que llegué a casa en éxtasis, sin voz pero con el alma llena de Bruce, llena de E-Street Band, llena de rock, llena de adrenalina, llena de vida. Llena de un Río que, ese día lo supe, no dejaría de arrastrarme jamás.

 

Han pasado muchos años desde aquella primera vez. Y han pasado muchas cosas (historias, trabajo, familia, aprendizajes, vaivenes, sueños, despertares, otros cinco o seis conciertos…), pero si hay algo permanente en mi vida, en mi banda sonora emocional, es la música de Bruce Springsteen. El río que no cesa de fluir. Es algo que nunca falla, que siempre está ahí cuando lo necesitas, que te empuja a rememorar momentos olvidados, que te obliga a despertar emociones dormidas, que te invita a zambullirte en lo más profundo de ti mismo. Porque esos mensajes, esas melodías, esas historias no envejecen, no se oxidan, no menguan con el tiempo ni con la edad. Ese río, poderoso e imparable, no pierde un ápice de su fuerza demoledora, de su inspiradora y mundanal poesía, de su inagotable capacidad de recordarnos quiénes somos en realidad, y para qué estamos aquí. Por qué o por quién luchamos. «La idea de luchar por una vida perdida siempre ha estado presente en mis canciones», nos dice Bruce. Quizá también la nuestra.

 


Junio, 2024. Otra vez "el mejor concierto jamás tocado"

Y eso es, precisamente, lo que volvimos a vivir el otro día en el Metropolitano. Con todo su poder, con toda su brutal y exultante contundencia. Con toda su épica y su pasión y su voltaje de alta intensidad. Con toda su melancolía, con toda su mística y su reverencial carisma y su cercanía y su perfecta comunión con el público. Y su inquebrantable complicidad con la banda, ese prodigio de precisión, equilibrio y unidad. Y su maestría y su generosidad y su integridad a prueba de egos, conforts y estrellatos fugaces. En cada concierto la misma consigna: «No salimos a pasar el rato, sino a tocar el mejor concierto jamás tocado». Y una vez más (la quinta para mí) lo volvieron a dar todo. Todo. Porque el Boss es así. No contempla una segunda opción. Ni necesita nada más. Con el cariño del público, su público, la lealtad de su banda y su capacidad de transmitir a través de su música, el Jefe va servido.

Y nosotros, claro -60.000 almas entregadas-, también lo dimos todo. Porque estábamos ahí arriba, con Bruce, con Steven, con Max, con Roy, con Nils, con Garry, con Patti, con Jake (y añorando a Clarence y Danny). Porque esa noche, como cada noche, Bruce y la E-Street fuimos todos nosotros. Es el gran truco de magia del Boss: que él se refleja en su público y su público se refleja en él, en su actitud, en sus canciones, en sus historias y personajes. «Cuando das con la música y la letra adecuadas, tu voz se transforma en la de aquellos sobre quienes has decidido escribir». Y esos somos tú y yo.

 


Porque, ¿quién no ha superado un día de soledad, una tormenta, una traición? ¿Quién no ha prometido alguna vez que jamás se rendiría? ¿Quién no escucha con el alma a sus fantasmas, sus guitarras, sus voces; quién no ve su luz, tan viva, tan presente? ¿Quién no piensa que dos corazones son mejor que uno, sobre todo si el corazón está hambriento de amor o tiene que caminar solo por el lado oscuro del alma… o de la ciudad? ¿Quién no ha conducido alguna vez en busca de la tierra prometida, en el desierto de Utah, en el condado de Darlington o en rincones perdidos de Madrid?

¿Quién no añora su terruño, su hogar, sus raíces aunque se haya sentido atrapado y haya renegado de ellas a los dieciocho? ¿Quién no se ha sumergido en un río que le ha arrastrado por la vida a golpes, pero siempre manteniendo la cabeza firme y a flote? ¿Quién no se ha sentido alguna vez el último hombre en pie, el único superviviente de un pasado que ya no está, la única imagen viva de una vieja fotografía en blanco y negro?

¿Quién no se ha ocultado en los oscuros callejones, corriendo por su vida, tratando de respirar el aire abrasador en el corazón de la noche; esa noche que, lo sabes bien, solo pertenece a los amantes? ¿Quién no ha tenido la tentación de empezar de cero, destruyendo su pasado con una bola de demolición? ¿Quién no ha necesitado alguna vez una mano que le sacara de la oscuridad, o de las malas tierras, y le llevara hacia el resplandor, hacia la redención, hacia la tierra de las esperanzas y los sueños? ¿Quién no ha sentido en su juventud que había nacido para correr, en busca de nuevos sueños e ilusiones, aunque fuera atravesando la Carretera del Trueno?  

 


Va por ti, Ramón

¿Quién, en fin, no recuerda a sus amigos, a los que ya no están, los que te han dejado un vacío en el corazón; quién no recuerda las canciones que compartíais, vuestros discos favoritos, los conciertos del Boss que nunca os queríais perder; quién no recuerda aquella (casi) última vez, en el cine Palafox, viendo –viviendo- Western Stars, saboreando cada canción, deslumbrados ante cada estrella? Esos añorados amigos -¿verdad, Ramón?- a los que seguimos viendo en nuestros sueños, a los que seguimos manteniendo vivos en el corazón; esos amigos que el pasado miércoles también estuvieron allí, en el Metropolitano, saltando, cantando, vibrando, emocionándose con las canciones de su ídolo, con las historias que hablan de la vida, de los sueños, de nosotros, de ti y de mí, de todos los que adoramos a este tipo que parece recién salido de una granja de Milwaukee, o de una fábrica de New Jersey, pero que es capaz de hacernos sentir vivos, libres, únicos, héroes cada vez que escuchamos sus canciones.

 

Por eso el Boss es el Boss. Por eso el río continúa fluyendo en mí, imparable y poderoso, como aquel primer día en otoño del 80. Quizá más calmado, más sereno, pero con la misma intensidad, con la misma capacidad de revolcarme por dentro en cada canción, de mostrarme el lado correcto de las cosas, de reconfortar mi espíritu en momentos de tormenta, de mantenerme despierto en cada viaje por carreteras infinitas, aunque acabe literalmente sin voz. Como en el último concierto. ¡Bendito seas, Bruce, bendito seas!




viernes, 21 de julio de 2023

Crónica emocional del concierto de Rod Stewart. Mi vida ante mis ojos

 


Dicen que toda tu vida pasa ante tus ojos justo antes de morir. No sé si eso es cierto. Pero sí puedo asegurar que gran parte de mi vida pasó antes mis ojos, ante mis oídos y ante mi corazón hace apenas una semana. Y nunca me había sentido tan vivo.

 No es fácil expresar con palabras lo que se vive en el alma. No es fácil dar sentido racional a lo que es pura magia. No es fácil modelar algo tan etéreo, tan volátil, tan invisible –y al mismo tiempo tan palpable- como la música. Y aún diría más, como la música vivida, sentida, paladeada en directo.

 Y eso es lo que sentí hace apenas una semana –aún lo siento- en el concierto que nos regaló Sir Rod Stewart en el Wizink Center. Y sí, toda mi vida desde adolescente -desde que llegó a mis manos aquel impagable Absolutely Liveque yo pinchaba sin cesar en el bar de Zarauz donde curraba- pasó ante mí como un maremoto emocional de sonidos, vivencias, recuerdos, amistades, amores, lugares, momentos…  Momentos eternos, imborrables, como la primera vez que bailé Sailing (pegado, muy pegado) en aquellos guateques clandestinos; o cuando mi cuñada me regaló Storyteller, que lo tiene casi todo; o la cinta que me grabó mi querido amigo Ernesto, donde descubrí temazos como Reason To Believe, The Killing Of Georgie, Mandolin Wind o I Was Only Joking); o el día que me compré en un mercadillo de Londres el vinilo de Atlantic Crossing, que devoré día tras día hasta casi rayarlo; o los viajes a ritmo de Stone Cold Sober, Hot Legs, Every Picture Tells A Story, It's All Over Now y tantas otras obras inmortales del viejo rockero; o aquel concierto a medias en Las Ventas, en 1986, del que me tuve que ir escopetado a casa en la vespino de mi hermano, desesperado de dolor por una muela cabrona (aunque más dolió perderme el show); o el día que descubrí Rose, hace apenas unos meses, y me enamoré perdidamente, otra vez, de la trágica Irlanda; o las veces que he bailado Tonight I'm Yours, Maggie May o Sweet Little Rock And Roller en bares, bodas y fiestas de todo pelo; o la de veces que he pinchado, desde mi cabina de mando, You Wear It Well, Twistin' The Night Away, Stay With Me y tantas otras joyas para animar la noche; o la de veces, en fin, que he llorado (de puro gozo) escuchando I Don't Wanna Talk About It, You're In My Heart, To Love Somebody, The First Cut Is The Deepest o esa maravilla imerecedera que es Country Comforts.



Fue un fantástico viaje a un tiempo pasado que sí, fue mejor; más intenso, más despreocupado, más vibrante, más feliz, quizá. Una banda sonora de cuatro décadas y pico de duración que me ha acompañado siempre, siempre, y que el miércoles 12 de julio se materializó en un concierto memorable, imborrable. Pura elegancia, pura emoción, pura nostalgia; y una generosa dosis de esa excitante medicina que el viejo canalla domina tan sabiamente desde hace seis décadas. Incluidas (¡cómo no!) dos tríos de rubias sexys de piernas largas que nos enamoraron con sus voces y su talento a las cuerdas.

 Porque ese miércoles todos fuimos Rod. Todos fuimos La Valiente Escocia, con sus gaitas y su orgullo patrio, y fuimos adictos al amor (si es que alguna vez dejamos de serlo) y todo lo que vestíamos nos quedaba bien, como a él, incluso la cara de Ronnie Wood (Oh La La!), su eterno compi de Faces. Y todos bailamos y vibramos y añoramos a Tina, y fuimos eternamente jóvenes y, sobre todo, fuimos suyos durante toda la noche. Esa y todas las noches, en realidad.

 

Y puede que hubiera cosas de las que no quisimos hablar, o recordar, como aquel primer corte en el corazón (el más profundo), pero las recordamos y las dijimos en silencio. Y fuimos Jeff Beck y Christine McVie, y Billy y Patti, esos jóvenes corazones hambrientos de libertad, y Maggie May y Baby Jane y Lady Marmalade. Y hasta Zelensky; y por un momento nuestros doce mil corazones latieron al ritmo del corazón de Ucrania; y lloraron lágrimas de guerra, de rabia y de injusticia.

 


Y sí, durante toda la noche estuvimos tan excitados como un tren repleto de chicas de Brooklyn, camino de la ciudad. Y todos estuvimos en el corazón de todos, y nos sentimos muy sexys y nos susurramos unos a otros, al oído, ¿Te he dicho últimamente que te quiero? Y navegamos a través del mar, y volamos cruzando el cielo y sentimos -doce mil almas unidas en una sol- que aquella noche era la noche. Y que nunca habría otra igual. Una noche que el tiempo jamás podrá borrar de nuestra memoria.

 Una noche que nos recordó que aún somos jóvenes en busca de libertad, jóvenes corazones de 78 años, o de 58. Y que no hay tiempo que perder, porque la vida es demasiado breve y el tiempo es un ladrón cuando estás indeciso. Pero ya nos lo dejó bien claro la otra noche el joven Rod, con su voz áspera, carnosa, sublime, melodiosamente sexy: el tiempo está de nuestro lado.

 Así sea.



sábado, 30 de noviembre de 2019

La noche que estuve en Woodstock (Madrid)

 


El viernes cumplí un sueño largamente esperado y enormemente deseado. Retroceder en el tiempo 50 años y vivir en directo aquellos tres legendarios días de paz, amor y música. Sí, amigos, el viernes 29 de noviembre de 2019, a eso de las nueve de la noche, estuve en Woodstock 69. Y en primera fila. No hubo barro, ni quinientas mil almas sedientas de rock and roll, ni atascos kilométricos, ni miles de tiendas de campaña, ni viajes lisérgicos. Pero sí estuvieron Janis, Joe, Jimi, CSNY, Roger y Pete, Grace, Tim, Carlos, Arlo, Robbie y Levon, Sly y demás familia. Sí estuvieron el rock y el folk, la magia, la emoción, la hermandad, la complicidad sin fisuras sobre el escenario y a los pies del escenario. Sí estuvo el espíritu de aquel momento histórico que se vivió en Bethel, condado de Sullivan, estado de Nueva York; y también se sintió muy viva la inspiración de Sri Swami Satchindananda, «reunidos en el nombre del noble arte de la música a través de la cual podemos crear maravillas». Sí. El poder de la música, muchísimo más grande que cualquier otro poder en el mundo. 

 

 

De Nueva York a Bilbao y Madrid

El pasado viernes Woodstock renació en But por obra y gracia y muchos meses de curro de Jokin Salaverria (un proyecto al que venía dándole vueltas dos o tres años atrás) y cerca de 20 pedazo de artistas que lo dieron todo, y más, para hacernos felices durante un par de horas. Fuimos afortunados. Porque el aniversario lo merecía, y si en su lugar de origen la magna celebración fracasó estrepitosamente –y vergonzosamente-, tenía que llegar un bilbaíno para que unos pocos privilegiados, en Madrid y antes en el mismo Bilbao, pudiéramos asistir a lo que este pasado verano se le negó al mundo. Y tuvimos suerte, sí, porque aquí lo que sonó fue Woodstock. Tal cual. La misma esencia, la misma música, la misma magia.

 


Una gran familia, unida por la música

No ha sido fácil. El montaje, complicadísimo, ha exigido muchos viajes (hay músicos de Bilbao, de Madrid, de Galicia, de Valencia). Muchas horas de ensayo robadas al descanso de músicos que apenas tienen descanso (la mayoría han sido en agosto).  Y también, un enorme esfuerzo por parte de organizador, banda base y artistas invitados, más de 20 en total.

Pero la ilusión de rememorar el mayor festival de todos los tiempos, el más legendario concierto de la historia del rock, el evento que revolucionó a todo un país y expandió su mensaje de paz y música por todo el planeta, esa ilusión y su amor por las canciones que allí sonaron, han sido un potente imán al que ninguno de los convocados por Jokin ha podido negarse. Todos respondieron un sí rotundo a la primera. Y algunos han repetido en Bilbao y Madrid (y muchos se conocían del anterior encuentro organizado por Jokin, el Concierto de Bangladesh). Al final, se han convertido en una gran familia, feliz y unida por la música, que es la unión más poderosa que puede haber.

 

 


Woodstock reencarnado

El concierto fue memorable. Un maravilloso recorrido por aquel Woodstock del 69, por las canciones, el espíritu y hasta el sonido (se usaron instrumentos y amplis de la época), que nos mantuvo en estado de levitación durante cerca de dos horas (sin necesidad de LSD).

Desde la llegada a Los Angeles de Arlo Guthrie/Germán Salto, que continuó con la búsqueda de algún lugar recóndito de la mano de Canned Heat. Desde los ritmos latinos y salvajes de Soul Sacrifice y Evil Ways en la guitarra de Santana/Abel Lorenzo o el homenaje improvisado a Max Yasgur (dueño de la granja y del prado) que Mountain se inventó y renació en las voces de Uoho y Trujillo, grandes también con su Reina del Mississippi.

O desde la portentosa interpretación de Somebody To LoveVolunteers que se marcaron Garbayo y Nat Simons, a la altura de Grace Slick y sus Jefferson Airplane, que es mucha altura. También desde los temas más rockeros de The Band que sonaron en la voz de Txomin Guzmán o las armonías vocales de CSNY que bordaron Costa Oeste y José María Guzmán (la G de los míticos CRAG). Hasta el himno reivindicativo y hermoso de Tim HardinIf I Were A Carpenter, que hizo suyo Pablo Martín, todo sonó de manera magistral y emotiva. Nivelón. Una perfecta reencarnación.

Y con una banda base de auténtico lujo que desbordó talento, pasión y profesionalidad por todos los poros: Íñigo Bregel (batería), Germán Herrero (guitarra), Miguel Moral  (guitarra), Luis Pinel (teclados), Tronky Mexalo Ricardo Ibáñez (percusión), Jokin Salaverria (bajo), Luis Soler y Diego Jiménez (vientos).

 

Cuatro momentazos

Pero hubo momentos que se salieron. Cuatro momentazos. El primero fue la aparición de Janis, reencarnada en la presencia y la voz -¡qué voz, Dios mío!- de Cristina Saiz; ese pedacito de su corazón nos lo entregó con tanta fuerza, con tanto poderío, que si cerrabas los ojos te juro que estabas ahí, en agosto de 1969, a los pies de la mismísima diosa del blues.

El segundo fue estremecerse con los solos imposibles del imposible Hendrix, que salieron de los dedos y del alma de Gonzalo Portugal como si el propio Hendrix le hubiera hecho voodoo de niño para reencarnarse en él.

El tercero fue esa fuerza de la naturaleza, esa bestia del escenario llamada Aurora García (y sus Betrayers), que nos metió un chute de energía brutal y, de paso, llevó a Sly y la familia Stone muy pero que muy alto.

Luego llegó Carlos Tarque, «la mejor voz del rock español» en palabras de Jokin, que se hizo carne en Roger Daltrey, y le vimos y sentimos como Roger Daltrey y nos sacudió el cuerpo y el espíritu como hicieron Daltrey y Townshend y Moon con toda su generación, y las que vinieron detrás.

 

With A Little Help From My Friends

Y la apoteosis final se la reservó, claro, Joe Cocker, con un poco de ayuda de sus amigos. Esa voz rota, poderosa y cargada de pasión que esta bestia negra de piel blanca inmortalizó aquel domingo 17 de agosto del 69, en una de las interpretaciones más poderosas, emblemáticas y superlativas de la historia del rock. Y aquí, en But, Joe Cocker fue Toño LópezThe Soul Jacket, en cuerpo, alma, voz, movimiento y pasión. Y, lo juro, una vez más fue como si estuviéramos ahí, en aquel prado de Bethel, 50 años atrás, escuchando aquello, sintiendo aquello, viviendo aquello.

El fin de fiesta, todos los artistas sobre el escenario, fue la guinda perfecta para esa deliciosa y memorable tarta de aniversario. Y nos dejó dos mensajes muy claros: Dance To The Music y Feeling Alright. Sobran explicaciones.

Al filo de la medianoche el sueño, maravilloso sueño, terminó. Pero no del todo. Pues lo mismo que Woodstock 1969 ocupa desde hace 50 años un lugar especial en la historia, este Woodstock 2019 ocupará, durante otros 50, un lugar especial en nuestra memoria.

Gracias, Jokin.

Hari Om, Hari Om, Hari Hari Hari OM!!