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miércoles, 14 de abril de 2021

La soberbia y otras causas de la tragedia del Titanic.


La noche del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los peores desastres marítimos en tiempos de paz de la historia; y, desde luego, el más célebre. Fueron muchas las circunstancias que convirtieron este naufragio en leyenda –la tragedia en sí, el elevado número de muertos, la insuficiente cantidad de botes, la diferencia de clases en las prioridades del salvamento- pero son más aún los extraños sucesos que lo envolvieron, las misteriosas coincidencias que condujeron al titánico buque a hundirse inevitablemente en las gélidas aguas del Atlántico Norte.


El crucero más grandioso, rápido, moderno, lujoso y seguro del planeta parte del puerto de Southampton, con bandera de nacionalidad británica. Ha sido construido expresamente para atravesar el Atlántico a mayor velocidad que ningún otro buque, portando en sus fastuosos camarotes a los más adinerados miembros de la alta sociedad mundial. La compañía está orgullosa de su obra maestra y ha dado orden al capitán de navegar a toda máquina hasta el puerto de destino. Será un buen reclamo publicitario. Sus tres poderosas hélices mueven las 70.000 toneladas a una velocidad de 25 nudos, cortando las olas a su paso como una gigantesca cuchilla. No hay peligro, aseguran sus creadores, a pesar de la niebla y otras amenazas imprevisibles y más que probables; el barco es “insumergible”. A unas 400 millas al este de la isla de Terranova el aire se enfría repentinamente. La niebla es densa, pero el monstruo flotante mantiene su frenética velocidad. De pronto, el vigía grita con fuerza –y pánico-: “¡Iceberg a proa!”
Un instante después esa proa choca violentamente contra la descomunal masa de hielo y el “insumergible” portento de la ingeniería moderna comienza a hundirse en las oscuras y frías aguas. Y con él dos tercios de los 2.177 pasajeros. No hay botes de salvamento para todos. Pocos minutos después, el Titán se sumerge definitivamente en el océano y desaparece de la vista de los 705 afortunados supervivientes.  

¿Titán? Sí, has leído bien. La tragedia del hundimiento del Titán fue relatada por el marino y escritor Morgan Robertson 15 años antes del naufragio del Titanic, en 1897. La novela de título Futility (inutilidad) -que fue reeditada en 1912, unas semans antes del naufragio del Titanic, con el más sugerente nombre The Wreck of the Titan (‘El naufragio del Titán’)- coincide asombrosamente con el suceso real. No sólo en el nombre de la nave, la ambición y arrogancia de sus armadores y la helada causa del desastre, sino también en detalles tan precisos como el puerto de partida (Southampton), la velocidad (25 nudos), el insuficiente número de botes (24-20), el tamaño y el tonelaje (70.000 -66.000), el número de supervivientes (705-605) y el lugar del siniestro (a 400 millas de Terranova en ambos casos).

Tal vez podamos achacar a la casualidad las múltiples coincidencias entre el Titán y el Titanic, sin embargo el visionario Robertson –oficial de la marina mercante estadounidense además de prolífico escritor aficionado- escribió en 1914 otra novela, de título ‘Más allá del espectro’, en la que pronosticó una guerra entre Estados Unidos y Japón, provocada por un ataque furtivo de estos últimos en el mes de diciembre y en la que modernos aviones lanzaban “bombas soles”, tan poderosas que podían destruir una ciudad entera en segundos. Descrito treinta años antes de Pearl Harbor y el Enola Gay.


Pero si la novela de Robertson predijo el desastre del Titanic 14 años antes de que ocurriera, el célebre periodista británico William Thomas Stead –pionero del periodismo de investigación- lo hizo con 26 años de antelación. El 22 de marzo de 1886, Stead publicó un artículo llamado ‘Cómo el buque-correo se hundió en mitad del Atlántico, por un superviviente’, en el que un vapor de gran tamaño colisiona con otro barco, provocando una gran pérdida de vidas debido a la escasez de botes de salvamento. “Esto es exactamente lo que podría suceder, y sucederá, si las naves zarpan con pocos botes salvavidas” añadía Stead.

El periodista y editor aún se acercó más al Titanic en 1892, cuando publicó un relato titulado ‘Del Viejo al Nuevo Mundo’, en el que un navío de pasajeros, el Majestic, rescata un puñado de supervivientes procedentes de otro buque que había colisionado con un iceberg. El Majestic era un barco real y en aquellos años se encontraba capitaneado por Edward Smith… el primer y último capitán del Titanic. Sin embargo, la relación de Stead con el Titanic es aún más curiosa y, sobre todo, mucho más trágica. En 1910, dos años antes del hundimiento, dio una conferencia sobre seguridad en los barcos de pasajeros, que ilustró con un dibujo en el que él mismo aparecía como víctima de un naufragio. Una ficción que se hizo dramática realidad en la noche del 14 de abril de 1912. Lo más sorprendente es que Stead no tenía previsto realizar el viaje en el Titanic y fue un conocido futurólogo, W. De Kerlor, quien unos meses antes lo ‘vio’ embarcado rumbo a América y “envuelto en una catástrofe marítima junto a cientos de personas”. Incluso hubo un sacerdote británico que le envió una carta premonitoria sobre el naufragio de un transatlántico en su viaje inaugural.

Pese a todos estos avisos y oscuras premoniciones –o precisamente por ellos- W. T. Stead, adalid del nuevo periodismo, defensor de los derechos de la mujer, abogado de los oprimidos y firme candidato al Nobel de la Paz aquel año, decidió embarcarse en Southampton rumbo a Nueva York en ese portento de la ingeniería marítima absolutamente insumergible. Precisamente el motivo de su viaje era asistir a un congreso de paz, invitado por el presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft. Pero un iceberg se cruzó en su camino. Cuentan los supervivientes que, tras el choque fatal, Stead ayudó a cuantas mujeres y niños pudo para embarcarlos en los botes en un acto “típico de su generosidad, coraje y humanidad”. Después de que todos los botes hubieron partido, Stead regresó a la sala de fumadores de Primera Clase donde fue visto por última vez sentado en una butaca de cuero, leyendo parsimoniosamente un grueso libro. Su cuerpo nunca fue recuperado.

Sí lo fue, en cambio, el cuerpo del violinista Wallace Hartley, otro de los héroes del Titanic. Durante el hundimiento –que se prolongó cerca de tres horas- los ocho miembros de la banda, dirigidos por Hartley, no dejaron de tocar sus instrumentos en ningún momento, primero en el salón y después en cubierta, con la intención de que los pasajeros mantuvieran la calma y la esperanza. Testigos supervivientes afirmaron en su día que la última melodía que interpretaron fue ‘Nearer, my God, to Thee’ (‘Más cerca, Señor, de Ti’). Ninguno de los ocho sobrevivió. El hecho sorprendente, aparte de su romántico heroísmo, es que el cadáver de Hartley fue hallado con su violín fuertemente amarrado al pecho (había sido un regalo de su prometida), pero al ser repatriado a Gran Bretaña el instrumento había desaparecido. Después de un siglo de misterio, fue recuperado y subastado en 2013, por la considerable cifra de 900.000 libras. La anécdota miserable la pone la propia naviera propietaria del barco insumergible, White Star Line, que cobró a la familia del héroe el coste de la pérdida de su uniforme.

Además del violinista Wallace Hartley, otras 1.516 personas fallecieron en el naufragio; y 705 pudieron ser rescatadas de los botes salvavidas, después de sobrevivir al desastre y a la hipotermia. Era el destino que tenían asignado. Hubo otros pasajeros que también salvaron sus vidas porque el destino, o la bendita casualidad, cambió sus planes de embarcar. Es el caso del que iba a ser segundo ingeniero de a bordo, Colin McDonald, que declinó la oferta debido a un oscuro presentimiento. Condon Middleton tenía su pasaje desde hacía tiempo y una incontenible ilusión por ser protagonista de aquel viaje histórico; pero poco antes de la partida, soñó con el hundimiento del barco dos noches consecutivas y anuló la reserva en el último momento.


Hubo quien cambió de idea casi con un pie a bordo, como el empresario J. P. Morgan, propietario de la naviera, que canceló su billete a causa de una superstición inesperada, cuando ya tenía su equipaje en el lujoso camarote. Inexplicable es también el caso del señor y la señora Wanderbright, que habían enviado previamente a su mayordomo a organizar el equipaje en la estancia reservada, pero a escasos minutos de zarpar decidieron no subir a bordo, abandonando a sirviente y equipaje a su suerte. El propio dueño de la constructora, Lord Gird, que acostumbraba a realizar todos los viajes inaugurales de sus barcos, no lo hizo en esta ocasión. 


Pero el caso más singular de supervivencia quizá sea el de la camarera Violet Jessop, que trabajó primero en el barco estrella de la White Star Line, el Olympic… hasta que chocó con un crucero británico; posteriormente fue camarera y superviviente del Titanic; voluntaria de Cruz Roja en la I Guerra Mundial, a bordo del Britannic, que fue hundido por una explosión; tras la guerra, regresó como camarera al Olympic, que en uno de sus últimos viajes chocó contra un pequeño barco-faro, matando a siete de sus once tripulantes. Estos sucesos., sin embargo, nunca llegaron a desanimar a Violet Jessop que continuó ejerciendo su vocación de camarera marítima en distintos cruceros hasta que se retiró en 1950. No hay noticias de que hundiera más barcos.   



Efecto Titanic
La concatenación de sucesos fatales, que conducen inevitablemente a un desastre –que se podía haber evitado fácilmente- se conoce como ‘efecto Titanic’. Desde luego, tiene su razón de ser:

· La causa de que en aquella primavera hubiera tal abundancia de icebergs en la zona de Terranova es doble: por una parte el desprendimiento inusual de placas de hielo en Groenlandia y por otra su desplazamiento a una gran velocidad, debido a una excepcional fuerza gravitatoria de la luna y el sol (la luna alcanzó el punto más cercano a la Tierra en 1400 años).

· Si el Titanic hubiese chocado de proa contra el Iceberg, se habría podido mantener a flote, incluso seguir navegando, con tan sólo dos compartimentos inundados.

· Si el vigía hubiera avistado el iceberg 5 segundos antes se hubiera evitado la colisión. Si lo hubiera hecho 5 segundos después, se hubiera estrellado de frente.

· Si el primer oficial, Murdoch, no hubiese dado la orden de marcha atrás, el buque habría pasado junto al iceberg sin tocarlo.


· Si esa noche hubiese habido viento, o los vigías hubiesen tenido prismáticos, el iceberg habría sido avistado con tiempo suficiente para evitar la catástrofe.


· El exceso de confianza -de soberbia, de vanidad, de autoengaño- y la consiguiente falta de previsión fue, probablemente, la más culpable de las causas de la tragedia.


sábado, 30 de noviembre de 2019

La noche que estuve en Woodstock (Madrid)

 


El viernes cumplí un sueño largamente esperado y enormemente deseado. Retroceder en el tiempo 50 años y vivir en directo aquellos tres legendarios días de paz, amor y música. Sí, amigos, el viernes 29 de noviembre de 2019, a eso de las nueve de la noche, estuve en Woodstock 69. Y en primera fila. No hubo barro, ni quinientas mil almas sedientas de rock and roll, ni atascos kilométricos, ni miles de tiendas de campaña, ni viajes lisérgicos. Pero sí estuvieron Janis, Joe, Jimi, CSNY, Roger y Pete, Grace, Tim, Carlos, Arlo, Robbie y Levon, Sly y demás familia. Sí estuvieron el rock y el folk, la magia, la emoción, la hermandad, la complicidad sin fisuras sobre el escenario y a los pies del escenario. Sí estuvo el espíritu de aquel momento histórico que se vivió en Bethel, condado de Sullivan, estado de Nueva York; y también se sintió muy viva la inspiración de Sri Swami Satchindananda, «reunidos en el nombre del noble arte de la música a través de la cual podemos crear maravillas». Sí. El poder de la música, muchísimo más grande que cualquier otro poder en el mundo. 

 

 

De Nueva York a Bilbao y Madrid

El pasado viernes Woodstock renació en But por obra y gracia y muchos meses de curro de Jokin Salaverria (un proyecto al que venía dándole vueltas dos o tres años atrás) y cerca de 20 pedazo de artistas que lo dieron todo, y más, para hacernos felices durante un par de horas. Fuimos afortunados. Porque el aniversario lo merecía, y si en su lugar de origen la magna celebración fracasó estrepitosamente –y vergonzosamente-, tenía que llegar un bilbaíno para que unos pocos privilegiados, en Madrid y antes en el mismo Bilbao, pudiéramos asistir a lo que este pasado verano se le negó al mundo. Y tuvimos suerte, sí, porque aquí lo que sonó fue Woodstock. Tal cual. La misma esencia, la misma música, la misma magia.

 


Una gran familia, unida por la música

No ha sido fácil. El montaje, complicadísimo, ha exigido muchos viajes (hay músicos de Bilbao, de Madrid, de Galicia, de Valencia). Muchas horas de ensayo robadas al descanso de músicos que apenas tienen descanso (la mayoría han sido en agosto).  Y también, un enorme esfuerzo por parte de organizador, banda base y artistas invitados, más de 20 en total.

Pero la ilusión de rememorar el mayor festival de todos los tiempos, el más legendario concierto de la historia del rock, el evento que revolucionó a todo un país y expandió su mensaje de paz y música por todo el planeta, esa ilusión y su amor por las canciones que allí sonaron, han sido un potente imán al que ninguno de los convocados por Jokin ha podido negarse. Todos respondieron un sí rotundo a la primera. Y algunos han repetido en Bilbao y Madrid (y muchos se conocían del anterior encuentro organizado por Jokin, el Concierto de Bangladesh). Al final, se han convertido en una gran familia, feliz y unida por la música, que es la unión más poderosa que puede haber.

 

 


Woodstock reencarnado

El concierto fue memorable. Un maravilloso recorrido por aquel Woodstock del 69, por las canciones, el espíritu y hasta el sonido (se usaron instrumentos y amplis de la época), que nos mantuvo en estado de levitación durante cerca de dos horas (sin necesidad de LSD).

Desde la llegada a Los Angeles de Arlo Guthrie/Germán Salto, que continuó con la búsqueda de algún lugar recóndito de la mano de Canned Heat. Desde los ritmos latinos y salvajes de Soul Sacrifice y Evil Ways en la guitarra de Santana/Abel Lorenzo o el homenaje improvisado a Max Yasgur (dueño de la granja y del prado) que Mountain se inventó y renació en las voces de Uoho y Trujillo, grandes también con su Reina del Mississippi.

O desde la portentosa interpretación de Somebody To LoveVolunteers que se marcaron Garbayo y Nat Simons, a la altura de Grace Slick y sus Jefferson Airplane, que es mucha altura. También desde los temas más rockeros de The Band que sonaron en la voz de Txomin Guzmán o las armonías vocales de CSNY que bordaron Costa Oeste y José María Guzmán (la G de los míticos CRAG). Hasta el himno reivindicativo y hermoso de Tim HardinIf I Were A Carpenter, que hizo suyo Pablo Martín, todo sonó de manera magistral y emotiva. Nivelón. Una perfecta reencarnación.

Y con una banda base de auténtico lujo que desbordó talento, pasión y profesionalidad por todos los poros: Íñigo Bregel (batería), Germán Herrero (guitarra), Miguel Moral  (guitarra), Luis Pinel (teclados), Tronky Mexalo Ricardo Ibáñez (percusión), Jokin Salaverria (bajo), Luis Soler y Diego Jiménez (vientos).

 

Cuatro momentazos

Pero hubo momentos que se salieron. Cuatro momentazos. El primero fue la aparición de Janis, reencarnada en la presencia y la voz -¡qué voz, Dios mío!- de Cristina Saiz; ese pedacito de su corazón nos lo entregó con tanta fuerza, con tanto poderío, que si cerrabas los ojos te juro que estabas ahí, en agosto de 1969, a los pies de la mismísima diosa del blues.

El segundo fue estremecerse con los solos imposibles del imposible Hendrix, que salieron de los dedos y del alma de Gonzalo Portugal como si el propio Hendrix le hubiera hecho voodoo de niño para reencarnarse en él.

El tercero fue esa fuerza de la naturaleza, esa bestia del escenario llamada Aurora García (y sus Betrayers), que nos metió un chute de energía brutal y, de paso, llevó a Sly y la familia Stone muy pero que muy alto.

Luego llegó Carlos Tarque, «la mejor voz del rock español» en palabras de Jokin, que se hizo carne en Roger Daltrey, y le vimos y sentimos como Roger Daltrey y nos sacudió el cuerpo y el espíritu como hicieron Daltrey y Townshend y Moon con toda su generación, y las que vinieron detrás.

 

With A Little Help From My Friends

Y la apoteosis final se la reservó, claro, Joe Cocker, con un poco de ayuda de sus amigos. Esa voz rota, poderosa y cargada de pasión que esta bestia negra de piel blanca inmortalizó aquel domingo 17 de agosto del 69, en una de las interpretaciones más poderosas, emblemáticas y superlativas de la historia del rock. Y aquí, en But, Joe Cocker fue Toño LópezThe Soul Jacket, en cuerpo, alma, voz, movimiento y pasión. Y, lo juro, una vez más fue como si estuviéramos ahí, en aquel prado de Bethel, 50 años atrás, escuchando aquello, sintiendo aquello, viviendo aquello.

El fin de fiesta, todos los artistas sobre el escenario, fue la guinda perfecta para esa deliciosa y memorable tarta de aniversario. Y nos dejó dos mensajes muy claros: Dance To The Music y Feeling Alright. Sobran explicaciones.

Al filo de la medianoche el sueño, maravilloso sueño, terminó. Pero no del todo. Pues lo mismo que Woodstock 1969 ocupa desde hace 50 años un lugar especial en la historia, este Woodstock 2019 ocupará, durante otros 50, un lugar especial en nuestra memoria.

Gracias, Jokin.

Hari Om, Hari Om, Hari Hari Hari OM!!




martes, 10 de enero de 2017

Tintín y el secreto de Hergé


Afirmar que Tintín es un icono universal que ha trascendido a su tiempo y a su generación no es discutible; como tampoco lo es que detrás de cada historia, de cada viñeta, de cada personaje hay un mundo mucho más profundo, rico, complejo, misterioso, comprometido y real de lo que parece asomar en sus planos dibujos. Las aventuras de Tintín rebosan de guiños, referencias, personajes, críticas, posiciones, ideología, curiosidades. Unos, obvios; otros, no tanto. Aquí intentaremos desentrañar alguno de sus secretos.

Tintín nació el 10 de enero de 1929, en el recién creado suplemento infantil y juvenil Le Petit Vingtième, de la mano y el genio del belga Georges Remi, Hergé (alias que resulta de pronunciar sus iniciales a la inversa, R.G.), y desde entonces ha cosechado, década a década, un éxito inconmensurable. Veinticuatro tomos de 1929 a 1976 (el último, Tintín y el Arte-Alfa, no llegó a terminarse debido al fallecimiento del autor) de los que se han vendido, se calcula, más de 200 millones de ejemplares en más de 60 idiomas, y se han convertido en objeto de culto y coleccionismo en todo el mundo. No está mal para un joven boyscout que empezó a dibujar historietas en los márgenes de sus cuadernos escolares a la temprana edad de 7 años. Pero no estamos aquí para hablar de genios precoces, ni de cifras asombrosas, sino de curiosidades sorprendentes. Por ejemplo, las numerosas influencias del cine, la sociedad, la política, la ciencia, el arte o la amistad que hacen de sus historietas verdaderas crónicas de la historia. Una costumbre que, por cierto, le ha valido a Hergé continuas críticas por sus supuestas posiciones ideológicas (racista, colonialista, machista, nazi, colaboracionista… incluso misógino. ¿Pero es que acaso tenía tiempo el pobre Tintín de buscar novia?).

Ya desde su primera aventura, Tintín en el País de los Soviets, a través de su intrépido reportero Hergé realiza una dura crítica del régimen soviético (elecciones a punta de pistola, opresión, miseria…), siguiendo el espíritu belga de la época. "De esta magnífica ciudad que era Moscú he aquí lo que los Soviets han hecho, un suburbio infecto" denuncia Tintín mientras camina por una calle devastada. Ello le colgó a Hergé la etiqueta de “derechista”, aunque criticó con idéntica dureza los regímenes fascistas en El Cetro de Ottokar, donde además de la estética nazi, la mentalidad bélica y la obsesión anexionista de Borduria frente al pacífico reino de Syldavia, hay una clarísima alusión en el personaje de Müsstler (Mussolini + Hitler). Y tampoco se libran las dictaduras latinoamericanas, encarnadas por las repúblicas de San Theodoros y Nuevo Rico en La oreja rota, una aventura inspirada directamente en el conflicto de la Guerra del Chaco, que entre 1932 y 1935 enfrentó a Bolivia y Paraguay por el control del Chaco Boreal.  
El asunto del colonialismo paternalista, muy belga en aquellos años 30, se deja entrever en historias como Tintín en el Congo, por el que fue (y aún hoy es) tildado de racista, aunque en ediciones posteriores se suavizó la apología colonialista. Y también toma posiciones Hergé en otros temas polémicos, como la ocupación japonesa en China en El Loto Azul (influido por su amigo Tchang Tchong-Jen, que introdujo a Hergé en la cultura china), la situación de los judíos y los palestinos en Tintín en el país del Oro Negro, la guerra fría en El Asunto Tornasol (incluyendo un extraño “culto al bigotismo”, al más puro estilo Lenin) o la mafia del Chicago gansteril en Tintín en América, donde, por cierto, encontramos al único personaje basado en la realidad que aparece con su nombre sin modificar: Al Capone.

Pero no todo es política y polémica en las aventuras de Tintín y en las desventuras de Hergé. También hay marxismo. El de los Hermanos Marx, claro. Un humor absurdo que se plasma literalmente en algunas viñetas, como las cáscaras de plátano que Harpo lanza bajo los pies de sus rivales en Plumas de Caballo (1932) y que Tintín repite en Los cigarros del Faraón; o la guerra entre Fridonia y Silvania en Sopa de Ganso y su escena de la explosión en el depósito de municiones, que Tintín repite en El País del Oro Negro. El gran Chaplin también tiene su hueco en Tintín: las visiones delirantes de Charlot creyendo ver a su compañero convertido en un pollo, en  La Quimera del Oro, inspiran la escena en la que el capitán Haddock, bajo el sol asfixiante del desierto, imagina a Tintín como una refrescante botella de Burdeos, en El Cangrejo de las Pinzas de Oro.

Otra de las principales influencias de Hergé a la hora de buscar inspiración para documentar sus historias fueron la prensa y las revistas, especialmente National Geographic. Los paisajes y personajes incas de El Templo del Sol están sacados de las acuarelas que el dibujante H. M. Herget publicó en el número de febrero de 1938. También los buzos que aparecen en El Tesoro de Rackham el Rojo, o Abdallah, el hijo del emir en El País del Oro Negro, que en realidad era el pequeño rey de Iraq, Feisal II. Otras apariciones curiosas está extraídas de la propia vida de Hergé: colaboradores convertidos en momias (Edgar P. Jacobs en Los Cigarros del Faraón), traficantes de armas de la época (Basil Bazaroff, representante de la Vicking Arms C.Ltd., que en la vida real era Basil Zaharoff, dueño de Vickers Amstrong Ltd., quien contribuyó a provocar  varios conflictos en la I Guerra Mundial para potenciar su negocio); el propio Hergé y sus amigos Jacobs y Melkebeke (en la recepción del Rey Muskar II en El Cetro de Ottokar), los ruidosos rallyes que el autor sufría en su mismísimo hogar (en Stock de Coque), un fiel y afortunado lector de Talence, llamado Jean Tauré (que aparece como periodista en Las joyas de la Castafiore) y, unidos en una misma viñeta, los héroes de Hergé versión carnaval: Mickey, Donald, Asterix, Snoopy y Groucho Marx. Y, como curiosidad final, después de atravesar una profunda depresión debido a su divorcio, Hergé dibujó su obra más personal y la única en la que no había “malos”: Tintín en el Tíbet.

El dibujante belga poseía un impresionante archivo personal con cientos de fotos y recortes de prensa de donde sacaba buena parte de sus ideas a la hora de crear personajes, situaciones, paisajes o ingenios. Por ejemplo, el entrañable y despistado profesor Tornasol está basado en el inventor y aventurero suizo Auguste Piccard, célebre por su pionera ascensión a la estratosfera en una cápsula presurizada colgada de un globo, con la que llegó a alcanzar los 15.971 metros de altura en 1932; en 1937 inventó un batiscafo y en 1953 descendió a más de 3.000 metros de profundidad. Para la creación de los agentes Hernández y Fernández (Dupond et Dupont en el original), que no son ni gemelos ni hermanos, Hergé se inspiró en una foto del diario francés Le Miroir, donde aparecen dos agentes de la policía, con bombín y bigote, deteniendo a un peligroso delincuente. Otros personajes secundarios, como el periodista André, los hombres leopardo, marineros o maquinistas; y también motores, piezas de museo o prototipos de submarinos, literas espaciales y trajes de astronauta están extraídos directamente de fotografías reales, dando cuenta del nivel de detalle y perfeccionismo del genial Hergé. Como la mismísima mansión del Capitán Haddock, Moulinsart, que no es sino una versión ‘abreviada’ del Castillo de Cheverny. Y hasta su marca de whisky escocés, Haig’s Gold Label, tan real como “¡mil millares de mil millones de rayos y truenos!, ¡ectoplasma, rocambole, especie de calabacín diplomado!”

Gran maestro e inspirador de Hergé fue también Julio Verne, al que siguió sus pasos como precursor de los viajes espaciales. Entre 1950 y 1953 se publicaron Objetivo: la Luna y Aterrizaje en la Luna en cuya documentación el perfeccionista dibujante trabajó hasta el agotamiento. El resultado fue sorprendentemente parecido a la realidad… ¡quince años antes del alunizaje del Apolo XI! Hasta tal punto que la revista Paris Match encargó a Hergé, después de que Neil Armstrong dejara su mítica huella en la superficie lunar, una historieta-reportaje narrando la siguiente misión espacial, la del Apolo XII. Y no sólo eso, en 1982 la Sociedad Belga de Astronomía bautizó con su nombre el planeta descubierto en 1953 por el astrónomo Silvain Arend. El planeta Hergé está situado entre Marte y Júpiter.


Como todos los genios, Hergé tiene su legión de necios conjurados; pero su legión de rendidos fans -muchos verdaderos tintinólogos- sobrepasa con creces la de los envidiosos, y probablemente la de cualquier dibujante de comics. Aunque Hergé fue mucho más. Fue un gran conocedor de la fauna humana, un creador de personajes únicos, vivos, ricos en matices, y un inteligente cronista de los aconteceres de su época. Hoy, 84 años después de su nacimiento, su obra sigue siendo patrimonio de millones de personas; y dentro de 84 años aún continuará siéndolo.