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viernes, 18 de diciembre de 2020

Spielberg antes de Spielberg. Los orígenes del genio




Esperando su versión de la mítica West Side Story, la nueva entrega de Indiana Jones (la quinta), y cuando hace apenas dos años de sus últimos estrenos (Los papeles del Pentágono y Real Player One), lo cierto es que el genio no tiene pinta de dormirse en sus dorados laureles. Una carrera espectacular, la suya, desde el estreno hace 50 años de su primera película en las salas, 'El diablo sobre ruedas' (aunque nació para la TV). Aquel fue también su primer éxito. Lo que vino después es Historia del Cine, pero… ¿qué sucedió antes?

Si hay un elemento común que define a todos los genios del Cine (Ford, Hawks, Chaplin, Disney, Wilder…) es su profundo amor y absoluta entrega a su profesión. No hacen cine, son cine. Lo llevan en cada vena, en cada neurona, en cada célula de su ser. Respiran cine, laten cine, comen y beben cine, sueñan cine. Sobre todo, sueñan cine. Steven Spielberg ocupa un lugar de honor entre estos elegidos. Con todo merecimiento. Porque si hay un director (y productor, y guionista, y actor ocasional) que vive por y para el cine, ése es Steven Spielberg.

Una vocación que comenzó a despertar tras su primer contacto con la gran pantalla, a los 6 años. Era la Navidad de 1952 cuando su padre lo llevó a ver El mayor espectáculo del mundo, de Cecil B. DeMille (otro ‘ser-cine’) y, aunque el pequeño Steven se esperaba un circo de verdad, con sus animales de carne y hueso, quedó fuertemente impactado por dos cosas: el payaso interpretado por Jimmy Stewart y el descarrilamiento del tren; una escena que lo marcó para siempre (como podemos comprobar en su reciente producción Super 8). Al igual que las películas de Disney, especialmente Fantasía y el capítulo Una Noche en el Monte Pelado: “Después de ver esa escena nunca pude mirar las montañas de la misma manera” (como le ocurre al personaje de Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase).


Hijo de padres ausentes (ingeniero y veterano de la II GM él, concertista de piano ella) y hermano mayor de tres niñas, la infancia del tímido Spielberg transcurrió básicamente en soledad, acompañado por sus fantasías, los comics y la televisión. De ahí comenzó a germinar su faceta más creativa y aprendió que la imaginación lo puede todo, especialmente evitar el aburrimiento. Una semilla que comenzó a fructificar muy poco después, con un suceso que marcaría su futuro para siempre. Cuando tenía 12 años, a su padre le regalaron una cámara Kodak de 8 mm, que utilizaba para rodar las escenas familiares durante las acampadas silvestres; sin embargo, el progenitor no era precisamente diestro con la súper 8, así que el propio Steven se apropió de la cámara, se erigió en camarógrafo oficial y comenzó a rodar tomas más creativas, más cinematográficas (creando sus propios efectos y montajes o simulando ataques de osos sobre sus hermanas, bien salpicadas de sangriento ketchup). Al llegar a casa, sin soltar la cámara, un día decidió inmortalizar el choque de trenes de aquella película de su infancia utilizando su propio tren eléctrico; “cuando terminé la escena y la vi ¡era fantástica!, como una película de verdad. Creo que ahí fue cuando decidí dedicarme a hacer cine”.




Y, en efecto, lo hizo. Un año después rodó su primer corto, el western The Last Gun y a los 15 años, en 1961, obtenía su primer premio con una película de cuarenta minutos llamada Escape to nowhere, en la que sus compañeros de clase interpretaban a unos aguerridos soldados de la II Guerra Mundial. En los siguientes años el joven Spielberg continuó imaginando y rodando: Firelight, en 1964, sobre una invasión de ovnis hostiles con luces extrañas (¿les suena?) que se sitúan sobre una pequeña ciudad de Arizona y la arrancan para trasladarla a otro planeta; su presupuesto, 500 dólares, y su recaudación, 600 dólares, tras ser exhibida en un cine alquilado por su padre en Phoenix, Arizona. Luego llegó Amblin’, premiada en el Festival de Atlanta y que años después dio nombre a la productora de Spielberg, Amblin Entertainment. Ese mismo año de 1968, el joven Spielberg comenzó a trabajar en los estudios Universal, dirigiendo ocasionalmente capítulos de series de TV, como Marcus Welby o Colombo, y empezando a dar muestras de su talento cinematográfico.




Ese talento incipiente, hábilmente reconocido por su jefe, fue el que le dio la oportunidad de dirigir su primera película de larga duración y, de paso, su lanzadera a la inmortalidad. Era el 13 de septiembre de 1971 cuando Steven Spielberg comenzó a rodar El diablo sobre ruedas (Duel), un inquietante telefilme basado en un relato de Richard Matheson y protagonizado por Dennis Weaver (el famoso sheriff McCloud) en el papel de la víctima y un gigantesco camión Peterbilt 281 en el de implacable asesino. La historia es tan sencilla como angustiosa, una persecución sin sentido que se acaba convirtiendo en un duelo a vida o muerte a lo largo de kilómetros y kilómetros de carreteras perdidas, y el talento de Steven Spielberg le otorgó un clima de tensión, un pulso narrativo y un tono épico inéditos en la televisión de la época. Fue tal el impacto en los telespectadores de la cadena ABC, que meses después se estrenó en las salas de cine, amplificando su éxito y cosechando premios en festivales de Europa y Estados Unidos.

Fue la primera muestra real de lo que se puede hacer con un presupuesto mínimo, un puñado de actores, dos semanas de rodaje y toneladas de genio cinematográfico. Tres años después llegó Tiburón, y el genio se convirtió en leyenda. Una leyenda que, desde entonces, no ha hecho más que multiplicarse exponencialmente con cada película de ese tipo tímido y solitario que, como él mismo reconoce, sueña para vivir.



Spielberg ¿actor?

Unas 50 películas como director y más de 120 como productor, la mayoría grandes éxitos de taquilla, y unas cuantas consideradas verdaderas obras inmortales del Cine incluso por los críticos. Sin embargo, hay una faceta del genio muy poco conocida y que resulta, cuando menos, una curiosa anécdota: la del Spielberg actor. No es que se prodigue demasiado, probablemente por timidez, pero le hemos podido ver, por ejemplo, paseando su gorra por la plaza del pueblo en Regreso al futuro, invitado en una fiesta de Vanilla Sky, ejerciendo de director famoso en Austin Powers, de alien en Men in Black, devorando palomitas en Paruqe Jurásico, paseando en silla de ruedas eléctrica en Gremlins o de turista esperando su avión en Indiana Jones y el templo maldito.




lunes, 2 de marzo de 2020

Un talento superdotado. En recuerdo de Philip Seymour Hoffman.



Tal vez sea la de “actor secundario” una de las más injustas definiciones en el mundo del cine. Especialmente si ese “secundario” es un actor del talento, la capacidad expresiva y la singularidad de Philip Seymour Hoffman. Uno de los más grandes de su generación, según los expertos; para el público, la seguridad de que va a asistir a una clase magistral de interpretación, dure lo que dure su papel, le toque víctima o villano, novato en el mundo del porno, escritor estrella o sacerdote empantanado.
Este fin de semana volví a verle en uno de sus grandes papeles -junto a un magnífico e intenso Ethan Hawke-: el ambicioso, vicioso y manipulador Andy Hanson en Antes que el diablo sepa que has muerto, del maestro Sidney Lumet. Y, lo confieso sin pudor, volví a quedarme enganchado a su talento.


Hablando de “secundarios”


Como Seymour Hoffman, muchos son los actores de reparto -o quizá mejor actores de carácter- los que a lo largo de la historia del cine han dotado de prestigio, de intensidad, de personalidad, de presencia a cientos de películas inmortales que, sin ellos, tal vez se habrían quedado en obras menores. ¿Qué habría sido de El Cazador sin Christopher Walken, o de las películas de John Ford sin su elenco de secundarios de lujo (Ward Bond, John Carradine, Victor McLaglen…)? ¿Habría brillado Bogart en El Tesoro de Sierra Madre sin la contrapartida del gran Walter Huston o Joan Fontaine/Rebeca nos habría resultado tan frágil sin la inquietante ama de llaves de Judith Anderson? ¿Y Eva al desnudo sería la obra maestra que es sin el cinismo de George Sanders acechando en bambalinas? ¿Y qué decir del oscuro Batman sin el inconmensurable Joker de Heath Ledger, o el nido del cuco sin la fanática enfermera Louise Fletcher? O cualquier película en la que aparezcan John Goodman o Walter Brennan, por poner dos ejemplos bien distantes en el tiempo.

Auténticos robaescenas que, a menudo, superan con creces al carismático protagonista, pero cuyos nombres casi nunca recordamos. Alejados del “star system”, ellos y ellas son el peso de la película, la médula espinal sobre la que se sostiene la estrella. Actores veteranos provenientes del teatro o del vodevil, o jóvenes con un don extraordinario pero también con un físico peculiar. Sin brillo aparente, no sea que opaquen el fulgor del protagonista. Algunos eternamente encasillados en el mismo rol (¿alguien se imagina a Peter Lorre como honrado granjero de Kentucky?), pero la mayoría con una versatilidad infinita, dotando a los caracteres más variopintos de total credibilidad y naturalidad, ofreciendo verdaderos recitales de Interpretación –con mayúscula- en todos y cada uno de sus papeles (Anthony Quinn, Harvey Keitel, John C. Reilly, Gloria Grahame, Karl Malden, Ian Holm… y tantísimos otros). Atípicos y singulares, sí; geniales e insuperables, sobre todo.



Actor por encima de todo. Incluso de sí mismo


Philip Seymour Hoffman fue uno de esos ‘secundarios’ de lujo. Un tipo físicamente del montón, de carácter aparentemente anodino, pero superdotado de talento para la interpretación, en el cine o en el teatro. Su fórmula: lo único importante es el personaje, no el actor; darlo todo por él; desgastarse emocionalmente hasta vaciarse. “Quiero que el público se acuerde de cualquiera de mis personajes, no de mí. Llevo quince años en esta profesión y he trabajado en grandes películas. La mayor parte de la audiencia conoce mi nombre, pero no mi rostro, y eso es lo más grande para un actor porque quiere decir que me reconocen por mis personajes, no por mi imagen pública”. Un tipo que participó en cuarenta películas en poco más de quince años, rodó con grandes directores y actores, ganó un Oscar y un Globo de Oro y fue nominado unas cuantas veces más, mimado por la crítica y amado por el público y, aun así, prefería el anonimato (“es importante para hacer bien mi trabajo que el público no me reconozca. Es imposible convencer a la audiencia de que eres el personaje que interpretas si conocen al detalle toda tu vida”). Un actor de carácter. Un Actor.


Confeso admirador de Daniel Day-Lewis, Paul Newman, Meryl Streep y Christopher Walken (otro de esos ‘secundarios’ inconmensurables), desde que debutó (y ya despuntó) en un capítulo de la serie Ley y Orden en 1991 y luego en Esencia de mujer, Philip Seymour Hoffman ha tenido tiempo más que suficiente para dejarnos algunas de las interpretaciones más impactantes, enigmáticas y brillantes de los últimos quince o veinte años. El enamoradizo y apocado Scotty J de Boogie Nights (1997, de Paul Thomas Anderson, su director fetiche); el tipo desaliñado y repulsivo aficionado a las llamadas obscenas en Happiness (1998); el enfermero locuaz y altruista Phil Parma, en la extraña e intensa Magnolia (1999); el cínico y amargado crítico musical de esa genialidad autobiográfica de Cameron Crowe que es Casi Famosos (2000); el oscarizado y multipremiado Capote (2005), que bordó hasta la perfección; el agente de la CIA y traficante de armas Gus Avrakotos de La guerra de Charlie Wilson (2007), por el que fue nominado al Oscar; el hermano malvado y drogadicto de Ethan Hawke en la desgarradora y apabullante Antes que el diablo sepa que has muerto (2007); el sacerdote presuntamente pederasta de La Duda, que le dejó otra nominación a Seymour Hoffman y a nosotros más de un memorable tour de force con Meryl Streep (inmensa, también); el aclamado Lancaster Dodd de The Master (2012), junto a otro de los grandes talentos del cine actual, Joaquin Phoenix; y el genial y más que complejo Plutarch Heavensbee de las últimas entregas de Los Juegos del Hambre. Su último papel, A Most Wanted Man, estrenada tras su muerte.


“Se fue demasiado pronto” fue la expresión más repetida tras su muerte repentina, la noche del 2 de febrero de 2014, por sobredosis de heroína (una adicción de la que nunca supo curarse, por más que lo intentó). Un final abrupto y sorprendente que nos dejó hondamente compungidos a todos aquellos que admirábamos su talento. Un talento que, por fortuna, ha quedado inmortalizado en un buen puñado de grandes películas, agigantadas gracias a su presencia, por muy “secundaria” que ésta fuese.  



Hace ya seis años que nos dejó. Y echamos mucho de menos las películas que no le dio tiempo a hacer, los papeles que no llegó a interpretar, los personajes que su muerte prematura le impidió encarnar. Sólo queda decir, pues, descansa en paz, Philip. Y, como escribí aquel fatídico día: espero que llegues al cielo media hora antes de que el diablo sepa que has muerto. Slainte!