miércoles, 14 de abril de 2021

La soberbia y otras causas de la tragedia del Titanic.


La noche del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los peores desastres marítimos en tiempos de paz de la historia; y, desde luego, el más célebre. Fueron muchas las circunstancias que convirtieron este naufragio en leyenda –la tragedia en sí, el elevado número de muertos, la insuficiente cantidad de botes, la diferencia de clases en las prioridades del salvamento- pero son más aún los extraños sucesos que lo envolvieron, las misteriosas coincidencias que condujeron al titánico buque a hundirse inevitablemente en las gélidas aguas del Atlántico Norte.


El crucero más grandioso, rápido, moderno, lujoso y seguro del planeta parte del puerto de Southampton, con bandera de nacionalidad británica. Ha sido construido expresamente para atravesar el Atlántico a mayor velocidad que ningún otro buque, portando en sus fastuosos camarotes a los más adinerados miembros de la alta sociedad mundial. La compañía está orgullosa de su obra maestra y ha dado orden al capitán de navegar a toda máquina hasta el puerto de destino. Será un buen reclamo publicitario. Sus tres poderosas hélices mueven las 70.000 toneladas a una velocidad de 25 nudos, cortando las olas a su paso como una gigantesca cuchilla. No hay peligro, aseguran sus creadores, a pesar de la niebla y otras amenazas imprevisibles y más que probables; el barco es “insumergible”. A unas 400 millas al este de la isla de Terranova el aire se enfría repentinamente. La niebla es densa, pero el monstruo flotante mantiene su frenética velocidad. De pronto, el vigía grita con fuerza –y pánico-: “¡Iceberg a proa!”
Un instante después esa proa choca violentamente contra la descomunal masa de hielo y el “insumergible” portento de la ingeniería moderna comienza a hundirse en las oscuras y frías aguas. Y con él dos tercios de los 2.177 pasajeros. No hay botes de salvamento para todos. Pocos minutos después, el Titán se sumerge definitivamente en el océano y desaparece de la vista de los 705 afortunados supervivientes.  

¿Titán? Sí, has leído bien. La tragedia del hundimiento del Titán fue relatada por el marino y escritor Morgan Robertson 15 años antes del naufragio del Titanic, en 1897. La novela de título Futility (inutilidad) -que fue reeditada en 1912, unas semans antes del naufragio del Titanic, con el más sugerente nombre The Wreck of the Titan (‘El naufragio del Titán’)- coincide asombrosamente con el suceso real. No sólo en el nombre de la nave, la ambición y arrogancia de sus armadores y la helada causa del desastre, sino también en detalles tan precisos como el puerto de partida (Southampton), la velocidad (25 nudos), el insuficiente número de botes (24-20), el tamaño y el tonelaje (70.000 -66.000), el número de supervivientes (705-605) y el lugar del siniestro (a 400 millas de Terranova en ambos casos).

Tal vez podamos achacar a la casualidad las múltiples coincidencias entre el Titán y el Titanic, sin embargo el visionario Robertson –oficial de la marina mercante estadounidense además de prolífico escritor aficionado- escribió en 1914 otra novela, de título ‘Más allá del espectro’, en la que pronosticó una guerra entre Estados Unidos y Japón, provocada por un ataque furtivo de estos últimos en el mes de diciembre y en la que modernos aviones lanzaban “bombas soles”, tan poderosas que podían destruir una ciudad entera en segundos. Descrito treinta años antes de Pearl Harbor y el Enola Gay.


Pero si la novela de Robertson predijo el desastre del Titanic 14 años antes de que ocurriera, el célebre periodista británico William Thomas Stead –pionero del periodismo de investigación- lo hizo con 26 años de antelación. El 22 de marzo de 1886, Stead publicó un artículo llamado ‘Cómo el buque-correo se hundió en mitad del Atlántico, por un superviviente’, en el que un vapor de gran tamaño colisiona con otro barco, provocando una gran pérdida de vidas debido a la escasez de botes de salvamento. “Esto es exactamente lo que podría suceder, y sucederá, si las naves zarpan con pocos botes salvavidas” añadía Stead.

El periodista y editor aún se acercó más al Titanic en 1892, cuando publicó un relato titulado ‘Del Viejo al Nuevo Mundo’, en el que un navío de pasajeros, el Majestic, rescata un puñado de supervivientes procedentes de otro buque que había colisionado con un iceberg. El Majestic era un barco real y en aquellos años se encontraba capitaneado por Edward Smith… el primer y último capitán del Titanic. Sin embargo, la relación de Stead con el Titanic es aún más curiosa y, sobre todo, mucho más trágica. En 1910, dos años antes del hundimiento, dio una conferencia sobre seguridad en los barcos de pasajeros, que ilustró con un dibujo en el que él mismo aparecía como víctima de un naufragio. Una ficción que se hizo dramática realidad en la noche del 14 de abril de 1912. Lo más sorprendente es que Stead no tenía previsto realizar el viaje en el Titanic y fue un conocido futurólogo, W. De Kerlor, quien unos meses antes lo ‘vio’ embarcado rumbo a América y “envuelto en una catástrofe marítima junto a cientos de personas”. Incluso hubo un sacerdote británico que le envió una carta premonitoria sobre el naufragio de un transatlántico en su viaje inaugural.

Pese a todos estos avisos y oscuras premoniciones –o precisamente por ellos- W. T. Stead, adalid del nuevo periodismo, defensor de los derechos de la mujer, abogado de los oprimidos y firme candidato al Nobel de la Paz aquel año, decidió embarcarse en Southampton rumbo a Nueva York en ese portento de la ingeniería marítima absolutamente insumergible. Precisamente el motivo de su viaje era asistir a un congreso de paz, invitado por el presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft. Pero un iceberg se cruzó en su camino. Cuentan los supervivientes que, tras el choque fatal, Stead ayudó a cuantas mujeres y niños pudo para embarcarlos en los botes en un acto “típico de su generosidad, coraje y humanidad”. Después de que todos los botes hubieron partido, Stead regresó a la sala de fumadores de Primera Clase donde fue visto por última vez sentado en una butaca de cuero, leyendo parsimoniosamente un grueso libro. Su cuerpo nunca fue recuperado.

Sí lo fue, en cambio, el cuerpo del violinista Wallace Hartley, otro de los héroes del Titanic. Durante el hundimiento –que se prolongó cerca de tres horas- los ocho miembros de la banda, dirigidos por Hartley, no dejaron de tocar sus instrumentos en ningún momento, primero en el salón y después en cubierta, con la intención de que los pasajeros mantuvieran la calma y la esperanza. Testigos supervivientes afirmaron en su día que la última melodía que interpretaron fue ‘Nearer, my God, to Thee’ (‘Más cerca, Señor, de Ti’). Ninguno de los ocho sobrevivió. El hecho sorprendente, aparte de su romántico heroísmo, es que el cadáver de Hartley fue hallado con su violín fuertemente amarrado al pecho (había sido un regalo de su prometida), pero al ser repatriado a Gran Bretaña el instrumento había desaparecido. Después de un siglo de misterio, fue recuperado y subastado en 2013, por la considerable cifra de 900.000 libras. La anécdota miserable la pone la propia naviera propietaria del barco insumergible, White Star Line, que cobró a la familia del héroe el coste de la pérdida de su uniforme.

Además del violinista Wallace Hartley, otras 1.516 personas fallecieron en el naufragio; y 705 pudieron ser rescatadas de los botes salvavidas, después de sobrevivir al desastre y a la hipotermia. Era el destino que tenían asignado. Hubo otros pasajeros que también salvaron sus vidas porque el destino, o la bendita casualidad, cambió sus planes de embarcar. Es el caso del que iba a ser segundo ingeniero de a bordo, Colin McDonald, que declinó la oferta debido a un oscuro presentimiento. Condon Middleton tenía su pasaje desde hacía tiempo y una incontenible ilusión por ser protagonista de aquel viaje histórico; pero poco antes de la partida, soñó con el hundimiento del barco dos noches consecutivas y anuló la reserva en el último momento.


Hubo quien cambió de idea casi con un pie a bordo, como el empresario J. P. Morgan, propietario de la naviera, que canceló su billete a causa de una superstición inesperada, cuando ya tenía su equipaje en el lujoso camarote. Inexplicable es también el caso del señor y la señora Wanderbright, que habían enviado previamente a su mayordomo a organizar el equipaje en la estancia reservada, pero a escasos minutos de zarpar decidieron no subir a bordo, abandonando a sirviente y equipaje a su suerte. El propio dueño de la constructora, Lord Gird, que acostumbraba a realizar todos los viajes inaugurales de sus barcos, no lo hizo en esta ocasión. 


Pero el caso más singular de supervivencia quizá sea el de la camarera Violet Jessop, que trabajó primero en el barco estrella de la White Star Line, el Olympic… hasta que chocó con un crucero británico; posteriormente fue camarera y superviviente del Titanic; voluntaria de Cruz Roja en la I Guerra Mundial, a bordo del Britannic, que fue hundido por una explosión; tras la guerra, regresó como camarera al Olympic, que en uno de sus últimos viajes chocó contra un pequeño barco-faro, matando a siete de sus once tripulantes. Estos sucesos., sin embargo, nunca llegaron a desanimar a Violet Jessop que continuó ejerciendo su vocación de camarera marítima en distintos cruceros hasta que se retiró en 1950. No hay noticias de que hundiera más barcos.   



Efecto Titanic
La concatenación de sucesos fatales, que conducen inevitablemente a un desastre –que se podía haber evitado fácilmente- se conoce como ‘efecto Titanic’. Desde luego, tiene su razón de ser:

· La causa de que en aquella primavera hubiera tal abundancia de icebergs en la zona de Terranova es doble: por una parte el desprendimiento inusual de placas de hielo en Groenlandia y por otra su desplazamiento a una gran velocidad, debido a una excepcional fuerza gravitatoria de la luna y el sol (la luna alcanzó el punto más cercano a la Tierra en 1400 años).

· Si el Titanic hubiese chocado de proa contra el Iceberg, se habría podido mantener a flote, incluso seguir navegando, con tan sólo dos compartimentos inundados.

· Si el vigía hubiera avistado el iceberg 5 segundos antes se hubiera evitado la colisión. Si lo hubiera hecho 5 segundos después, se hubiera estrellado de frente.

· Si el primer oficial, Murdoch, no hubiese dado la orden de marcha atrás, el buque habría pasado junto al iceberg sin tocarlo.


· Si esa noche hubiese habido viento, o los vigías hubiesen tenido prismáticos, el iceberg habría sido avistado con tiempo suficiente para evitar la catástrofe.


· El exceso de confianza -de soberbia, de vanidad, de autoengaño- y la consiguiente falta de previsión fue, probablemente, la más culpable de las causas de la tragedia.


miércoles, 17 de marzo de 2021

Hastaloscojonitis aguda

 


Cuando hace unos días, el diputado Fran Carrillo soltó eso de «estoy hasta los cojones de todos nosotros», además de emular al que fuera presidente de la I República, Estanislao Figueras, reflejó con gran fidelidad el sentir (el sufrir) de millones de españoles que están también hasta los cojones de todos ellos, en general, empezando por el presidente del gobierno y su extensa corte, continuando por el resto de presidentes autonómicos, por los diputados nacionales y regionales y los dirigentes de todos los partidos, sindicatos y demás asalariados de los españoles, incluyendo, en lugar destacado, al portavoz sanitario y su peculiar sentido del humor.

A un año de aquella fatídica fecha de marzo, en la que el cielo cayó sobre nuestras cabezas y fuimos condenados a un cruel arresto domiciliario, sin juicio previo (y justo un día después, casualidades de la vida, de estar todas y todos vociferando por las calles, en grupos de miles y cientos de miles), a un año de aquel día de mierda, digo, todos hablan –o gritan- de los estragos que la pandemia ha provocado –y provoca- en la salud, en los negocios, en la socialización, en los hábitos, en la vida incluso, pero pocos, muy pocos, levantan la voz frente a uno de los efectos secundarios más devastadores del maldito bicho: la hastaloscojonitis aguda.

Yo la padezco desde hace tiempo. Lo confieso. Y va a más. Lo sé porque me hago pruebas semanalmente y, además de dar positivo, el nivel de hastaloscojonitis se agudiza y endemiza cada vez más. Se hace fuerte en mí, la muy jodida. Y no veo ni tratamiento ni vacuna a medio plazo. Y eso la agudiza aún más, con vehemencia y hasta con regodeo.

Los síntomas de esta hastaloscojonitis aguda son claros: impotencia, incredulidad, hartazgo, indefensión, cabreo, vergüenza y una extrema falta de respeto hacia la autoridad incompetente. Esos «servidores públicos» (¡me parto!) que llevan un año, 365 días contados, toreándonos, mareándonos, engañándonos, insultándonos y matándonos mientras dedican su tiempo, su energía y nuestro dinero a su particular juego de tronos, a sus vergonzosos tejemanejes y descarados pagos de favores, a sus maniobras orquestadas en la oscuridad, a sus multicampañas de manipulación, a su politiqueo ruin, perverso y pestilente.

Hace un año escribí, en referencia al silencio que lo envolvió todo a causa del confinamiento: «Sólo espero, sí, que tras este estremecedor silencio afloren las conciencias en lugar de los odios. Y que se abran las mentes a las ideas del otro. Y que se admitan los errores, con humildad y sinceridad, y las críticas no sean destructivas, para variar. Sólo espero que aprendamos a valorar lo bueno que tenemos, que es mucho, en lugar de alardear de lo malo, que además de perjudicial es estúpido. Sólo espero que nuestra bandera común, nuestro ideario sean la generosidad, la bondad, la tolerancia, el sentido común, la mirada limpia. Sé que es mucho esperar, siendo como somos, y teniendo lo que tenemos dirigiendo el cotarro, pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento.»

 

Cuán equivocado estaba. Aquella esperanza “en alza” de las primeras semanas –de aplausos, solidaridad y resistirés- fue muy pronto aniquilada, volatilizada, desintegrada… en cuanto entró en juego la cizaña de la política. Y en cuanto nos dimos cuenta, los pobres mortales, de en qué manos estábamos. Había otras prioridades, hermanos. Y se resumían en una sola: PODER. Así, mientras ellos juegan al monopoly político, ya sin máscaras ni disimulos, los demás seguimos cumpliendo a rajatabla, como buenos ciudadanos, con las restricciones impuestas desde la más absoluta subjetividad y la peor de las incompetencias (que yo sepa, seguimos sin comité de expertos, más allá del bromista, inoperante y siempre impreciso Simón). Diecisiete subjetividades y diecisiete incompetencias, por concretar un poco más.

Esta Semana Santa, lo mismo que el minipuente de mi santo, seguiré sin poder hacer una excursión a Valsaín, Segovia, ni bañarme en mi adorado Cantábrico, aunque vaya con mascarilla, PCR negativa, duerma en mi propia casa y viaje con mis convivientes (lo que antes llamábamos familia); sí puedo, en cambio, unirme a medio millón de madrileños en el Retiro, a un millón en Navacerrada y a dos millones de terraceo por el centro. O unirme a una fiesta clandestina de dos días y dos noches con un grupo de jóvenes franceses –que sí pueden venir sin mayor problema- en un piso turístico cualquiera de la capital. También puedo ir de compras a un atestado hipermercado de Madrid, pero no pasear por un desierto encinar en Cáceres, al lado de casa de mi hermana, no vaya a ser que nos contagie un jabalí una nueva variedad del bicho y la fastidiemos ya del todo. Otra opción es Punta Cana o las Maldivas, que ahí sí puedo, pero no me llega…

En fin. Es lo que hay. Pero no me malinterpreten. Esta endémica hastaloscojonitis aguda que padezco no la ha producido el coronavirus de marras, ni el sobresaturado uso de la mascarilla o el gel hidroalcohólico, ni la falta de planes familiares o sociales, ni siquiera la nostalgia del mar, que tanto añoro y necesito. No, lo que me provoca estos jodidísimos síntomas (recuerden: impotencia, incredulidad, hartazgo, indefensión, cabreo, vergüenza y una extrema falta de respeto hacia la autoridad incompetente) es ver que, mientras mueren españoles por decenas de miles, se arruinan españoles por cientos de miles y se desesperan españoles por millones, los políticos españoles (con los responsables del cotarro a la cabeza) siguen pasándose a los españoles por el forro, pendientes únicamente de sus desmesurados ombligos, de sus cuotas de poder y de sus asuntos sucios. Y la calculadora que suma, resta, multiplica y divide los votos, propios o ajenos, es la misma que no cuenta los muertos. Los muertos no votan.

 

Pues eso. Que estamos hasta los cojones de todos vosotros. Menos mal que los madrileños tendremos, al menos, un leve desahogo democrático el próximo cuatro de mayo. May the forth. O May The Force, para los fans de Star Wars. Que la fuerza –y el sentido común- nos acompañe…



martes, 22 de diciembre de 2020

El nuevo libro de Lo Que De Verdad Importa. Dedicado a los que siempre están

 


¡Por fin! Ya tenemos el nuevo libro de Lo Que De Verdad Importa (el cuarto volumen ya), que podéis comprar en la web de la Fundación. Un regalo muy especial para esta Navidad -o para pedir a los Reyes Magos- que es un auténtico soplo de esperanza y optimismo después del año que hemos pasado todos. Prologado por Emilio Aragón y con 17 extraordinarias historias de superación, esfuerzo, tolerancia, solidaridad, tesón y sueños cumplidos que nos van a venir muy bien para entrar en 2021 con nuevas fuerzas. Dedicado a la familia, #losquesiempreestan. Y perfecto para regalarte o para regalar a alguien que de verdad te importe.

Como siempre, con fotos del gran Daniel Losada Casanova y textos de un servidor. Os dejo aquí la introducción, para ir inspirando un poco...



Los que siempre están

Este 2020 estamos viviendo tiempos extraños, inciertos, inéditos. La pandemia nos ha caído encima como un gigantesco tsunami, sin previo aviso, generando miedo y desolación a su paso. Hemos sufrido una crisis sanitaria que ha paralizado todo el universo conocido. Y un terremoto social y económico está sacudiendo los cimientos del mundo globalizado y, con especial grado de intensidad, el nuestro. Sumidos en esta oscuridad incierta, hay sin embargo una luz que nos mantiene lúcidos y esperanzados. Miles de lucecitas, en realidad. Miles de pequeños destellos de esperanza que son los que nos van a sacar de este pozo en el que nos ha sumido el infame covid-19. Esos miles de destellos son nuestro faro, la llama que nos guía hacia la salida, hacia la luz. Como siempre han hecho, con esfuerzo, con sacrificio, con generosidad, con amor. Esas lucecitas son los miles de héroes que han luchado –y luchan- contra la pandemia en primera línea. Y también las empresas, fundaciones e instituciones que se están dejando la piel para ayudar a los que más lo necesitan. Lo somos también todos y cada uno de nosotros, responsables de lo que hagamos con nuestras manos, con nuestras palabras y con nuestro corazón. Pero, como siempre suele suceder –y sobre todo en los momentos peores-, la luz que brilla con más fuerza en este estado de excepción mundial es la de las familias, nuestra tabla de salvación, el regazo protector, el abrazo acogedor, el corazón entregado siempre. Nuestras familias es lo que más hemos añorado en los momentos duros del confinamiento; son las que más pérdidas han sufrido, las que más soledad y tristeza han padecido. Pero también han sido ellas las que nos ha mantenido unidos, firmes y esperanzados.



«La familia es la patria del corazón», nos dijo Giuseppe Mazzini, alma de la Unificación italiana. El escritor Michael D. O’Brien va un poco más allá en su novela La última escapada: «El precio que hay que pagar por una familia feliz es la muerte del egoísmo». Y es cierto. La familia es donde crecemos como personas, donde primero dejamos de ser yo para ser nosotros, donde aprendemos el valor de lo importante, que es darnos a los demás. La familia es refugio y guía, es historia y legado, raíces y alas; es el hombro siempre dispuesto y la mano siempre tendida; es el nido protector y el impulso necesario, el aliento –y a menudo también el alimento- de tantos sueños. La familia es el ejemplo cotidiano, silencioso, discreto… y al mismo tiempo perenne e indestructible. Y es, sobre todo, la mejor escuela de amor, en su sentido más profundo. Los que siempre están.

La familia es también el germen de la Fundación LQDVI. El legado vital que el empresario Nick Forstman dejó a sus hijos, aún pequeños cuando él murió de cáncer, y que tituló What Really Matters. Bellísimas reflexiones escritas desde el corazón acerca de la amistad, la enfermedad, la espiritualidad, el trabajo, el matrimonio, los hijos. «Bettina, Delfina y Nicholas, no podéis comprender el amor que siento cuando os miro a los ojos o escucho vuestras voces mientras jugáis. Ser vuestro padre es el mayor honor que me ha sido concedido (…) Si solo tuviera un deseo, sería que vosotros también legarais este amor. Eso es, después de todo, lo que de verdad importa.»



La familia es lo que impulsó cada paso, cada aliento de Nando Parrado en su salida imposible de esa tumba de hielo y roca a la que se vio condenado junto a sus compañeros, en mitad de los Andes. La familia es lo que salvó a Bosco Gutiérrez Cortina de caer en un pozo profundo y oscuro, sin redención, durante los 257 días de su doloroso secuestro. La familia es lo que siempre tuvo Pablo Pineda a su lado para poder caminar con seguridad en un mundo complicado y no siempre comprensivo. La familia es el motor que propulsó a María de Villota hasta lo más alto del podio, en la competición y en la vida. La familia es la fuerza que activa a diario el corazón de Marimar García Garrido para seguir dando gracias a la vida con esa alegría descomunal y contagiosa, tan suya (y tan nuestra). La familia es la esencia, el alma,  la vocación heroica de madre coraje de Lucía Lantero; es la esperanza nunca perdida de Isabel Lavín de la Cavada y el amor siempre presente de Anne Dauphine Julliand; es las piernas de Irene Villa, y su sonrisa perpetua y limpia, sin rencor; es el perdón de buen hijo de Juan Pablo Escobar y el orgullo de padre de Bertín Osborne; es el lazo irrompible de Sergio y Juanma Aznárez y la fortaleza inquebrantable de Kyle Maynard. Sí, la familia es protagonista indiscutible de todas estas lecciones de vida que han pasado –y siguen pasando- por los congresos de LQDVI. Y, como podrás comprobar al pasar la página, también de las historias extraordinarias que hemos seleccionado en este libro, el cuarto volumen ya.

Historias, vidas, ejemplos que demuestran que aún tenemos remedio. Que todavía hay esperanza. Que la lucha de nuestros padres y abuelos no fue en vano. Que los valores que nos legaron siguen vivos, vigentes y activos. Historias que nos enseñan, sobre todo, a ser mejores personas. A pensar un poco más en el de al lado, o en el de abajo, o en el de lejos. Y a no olvidarnos nunca, nunca, del verdadero valor de la familia. Nuestro bien más preciado. Los que siempre están. Los que de verdad importan.



Esa es la gran esperanza. La única esperanza quizá. La certeza de que, cuando esto acabe –porque acabará- habremos aprendido la lección. Que dejemos de mirarnos tanto en el espejo de nuestro egoísmo y empecemos a mirar hacia los lados, hacia adelante, hacia abajo; sobre todo hacia abajo. Y que miremos también más hacia nuestra propia casa, a nuestra familia, a nuestros hijos. Y que atendamos mejor a nuestros mayores, y les cuidemos y les visitemos y les agradezcamos y les dediquemos nuestro tiempo en vida, más que nuestro lamento cuando ya no están. Y que cuando la desgracia azote a otros, cerca o lejos, apelemos a la solidaridad y a la justicia y tendamos la mano y abracemos y acojamos y comprendamos… Y también nos remanguemos y nos ensuciemos y nos convirtamos en pequeños héroes nosotros, con mascarilla o sin mascarilla, en lugar de quedarnos en casa aplaudiendo.

La certeza, sí, de que cuando esto acabe saldremos más fuertes, más tolerantes, más solidarios. De que seremos mejores personas, mejores hijos, mejores padres, mejores vecinos. Puede que solo sea un deseo, una esperanza. Pero la esperanza es hoy un valor en alza, y hay que aprovechar el momento. Así que, mantengamos viva y firme la esperanza. De que salimos de esta, primero, y de que todo -lo bueno, lo  malo y lo peor- habrá servido para algo. O para mucho. Eso es hoy lo que de verdad importa.

 


PS. Lo dijo Einstein: «Nada ocurre hasta que algo comienza a moverse». Este libro que tienes en tus manos, estas historias de valor, de solidaridad, de tolerancia, de superación, de entrega a los demás, van a ser un magnífico empujón. Así que, adelante…






viernes, 18 de diciembre de 2020

Spielberg antes de Spielberg. Los orígenes del genio




Esperando su versión de la mítica West Side Story, la nueva entrega de Indiana Jones (la quinta), y cuando hace apenas dos años de sus últimos estrenos (Los papeles del Pentágono y Real Player One), lo cierto es que el genio no tiene pinta de dormirse en sus dorados laureles. Una carrera espectacular, la suya, desde el estreno hace 50 años de su primera película en las salas, 'El diablo sobre ruedas' (aunque nació para la TV). Aquel fue también su primer éxito. Lo que vino después es Historia del Cine, pero… ¿qué sucedió antes?

Si hay un elemento común que define a todos los genios del Cine (Ford, Hawks, Chaplin, Disney, Wilder…) es su profundo amor y absoluta entrega a su profesión. No hacen cine, son cine. Lo llevan en cada vena, en cada neurona, en cada célula de su ser. Respiran cine, laten cine, comen y beben cine, sueñan cine. Sobre todo, sueñan cine. Steven Spielberg ocupa un lugar de honor entre estos elegidos. Con todo merecimiento. Porque si hay un director (y productor, y guionista, y actor ocasional) que vive por y para el cine, ése es Steven Spielberg.

Una vocación que comenzó a despertar tras su primer contacto con la gran pantalla, a los 6 años. Era la Navidad de 1952 cuando su padre lo llevó a ver El mayor espectáculo del mundo, de Cecil B. DeMille (otro ‘ser-cine’) y, aunque el pequeño Steven se esperaba un circo de verdad, con sus animales de carne y hueso, quedó fuertemente impactado por dos cosas: el payaso interpretado por Jimmy Stewart y el descarrilamiento del tren; una escena que lo marcó para siempre (como podemos comprobar en su reciente producción Super 8). Al igual que las películas de Disney, especialmente Fantasía y el capítulo Una Noche en el Monte Pelado: “Después de ver esa escena nunca pude mirar las montañas de la misma manera” (como le ocurre al personaje de Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase).


Hijo de padres ausentes (ingeniero y veterano de la II GM él, concertista de piano ella) y hermano mayor de tres niñas, la infancia del tímido Spielberg transcurrió básicamente en soledad, acompañado por sus fantasías, los comics y la televisión. De ahí comenzó a germinar su faceta más creativa y aprendió que la imaginación lo puede todo, especialmente evitar el aburrimiento. Una semilla que comenzó a fructificar muy poco después, con un suceso que marcaría su futuro para siempre. Cuando tenía 12 años, a su padre le regalaron una cámara Kodak de 8 mm, que utilizaba para rodar las escenas familiares durante las acampadas silvestres; sin embargo, el progenitor no era precisamente diestro con la súper 8, así que el propio Steven se apropió de la cámara, se erigió en camarógrafo oficial y comenzó a rodar tomas más creativas, más cinematográficas (creando sus propios efectos y montajes o simulando ataques de osos sobre sus hermanas, bien salpicadas de sangriento ketchup). Al llegar a casa, sin soltar la cámara, un día decidió inmortalizar el choque de trenes de aquella película de su infancia utilizando su propio tren eléctrico; “cuando terminé la escena y la vi ¡era fantástica!, como una película de verdad. Creo que ahí fue cuando decidí dedicarme a hacer cine”.




Y, en efecto, lo hizo. Un año después rodó su primer corto, el western The Last Gun y a los 15 años, en 1961, obtenía su primer premio con una película de cuarenta minutos llamada Escape to nowhere, en la que sus compañeros de clase interpretaban a unos aguerridos soldados de la II Guerra Mundial. En los siguientes años el joven Spielberg continuó imaginando y rodando: Firelight, en 1964, sobre una invasión de ovnis hostiles con luces extrañas (¿les suena?) que se sitúan sobre una pequeña ciudad de Arizona y la arrancan para trasladarla a otro planeta; su presupuesto, 500 dólares, y su recaudación, 600 dólares, tras ser exhibida en un cine alquilado por su padre en Phoenix, Arizona. Luego llegó Amblin’, premiada en el Festival de Atlanta y que años después dio nombre a la productora de Spielberg, Amblin Entertainment. Ese mismo año de 1968, el joven Spielberg comenzó a trabajar en los estudios Universal, dirigiendo ocasionalmente capítulos de series de TV, como Marcus Welby o Colombo, y empezando a dar muestras de su talento cinematográfico.




Ese talento incipiente, hábilmente reconocido por su jefe, fue el que le dio la oportunidad de dirigir su primera película de larga duración y, de paso, su lanzadera a la inmortalidad. Era el 13 de septiembre de 1971 cuando Steven Spielberg comenzó a rodar El diablo sobre ruedas (Duel), un inquietante telefilme basado en un relato de Richard Matheson y protagonizado por Dennis Weaver (el famoso sheriff McCloud) en el papel de la víctima y un gigantesco camión Peterbilt 281 en el de implacable asesino. La historia es tan sencilla como angustiosa, una persecución sin sentido que se acaba convirtiendo en un duelo a vida o muerte a lo largo de kilómetros y kilómetros de carreteras perdidas, y el talento de Steven Spielberg le otorgó un clima de tensión, un pulso narrativo y un tono épico inéditos en la televisión de la época. Fue tal el impacto en los telespectadores de la cadena ABC, que meses después se estrenó en las salas de cine, amplificando su éxito y cosechando premios en festivales de Europa y Estados Unidos.

Fue la primera muestra real de lo que se puede hacer con un presupuesto mínimo, un puñado de actores, dos semanas de rodaje y toneladas de genio cinematográfico. Tres años después llegó Tiburón, y el genio se convirtió en leyenda. Una leyenda que, desde entonces, no ha hecho más que multiplicarse exponencialmente con cada película de ese tipo tímido y solitario que, como él mismo reconoce, sueña para vivir.



Spielberg ¿actor?

Unas 50 películas como director y más de 120 como productor, la mayoría grandes éxitos de taquilla, y unas cuantas consideradas verdaderas obras inmortales del Cine incluso por los críticos. Sin embargo, hay una faceta del genio muy poco conocida y que resulta, cuando menos, una curiosa anécdota: la del Spielberg actor. No es que se prodigue demasiado, probablemente por timidez, pero le hemos podido ver, por ejemplo, paseando su gorra por la plaza del pueblo en Regreso al futuro, invitado en una fiesta de Vanilla Sky, ejerciendo de director famoso en Austin Powers, de alien en Men in Black, devorando palomitas en Paruqe Jurásico, paseando en silla de ruedas eléctrica en Gremlins o de turista esperando su avión en Indiana Jones y el templo maldito.




lunes, 23 de noviembre de 2020

Viktor Frankl y Auschwitz. El hombre en busca de sentido



Fue uno de los más eminentes psicólogos y neurólogos del planeta; ya a los 16 años se carteaba con Freud y a los 20 expuso su teoría de la Logopedia en el Congreso de Psicología de Dusseldorf; fue Jefe del Departamento de Neurología del Hospital Rothschild a los 32 años y del Hospital Policlínico a los 38; Doctor en Filosofía y Profesor Invitado en las más prestigiosas universidades europeas y americanas; publicó multitud de libros y artículos, fue alpinista, piloto, caricaturista y enamorado de las corbatas. Vivió 92 años absolutamente plenos. Pero donde encontró sentido a su existencia, y a la del ser humano, fue en el lugar donde menos imaginó: los campos de exterminio nazis.

Auschwitz. La noche de Navidad de 1944. A 30 grados bajo cero, sin calefacción, descalzos, en la oscura antesala de la muerte, un puñado de despojos humanos se apiña en un extremo del barracón para escuchar las palabras del prisionero número 119.104. “Pensadlo: estamos ante el desafío de sobrevivir. Podemos hacer una de estas dos cosas: convertir esta experiencia en una victoria o limitarnos a vegetar, dejando de ser personas. Incluso aquí debemos subsistir al cobijo de la esperanza en el futuro; no importa que no esperemos nada de la vida, lo que verdaderamente importa es lo que la vida espera de nosotros. No hay que avergonzarse de nuestras lágrimas, porque demuestran nuestro valor para encararnos con el sufrimiento. Si conoces el porqué de tu existencia, entonces serás capaz de soportar cualquier sufrimiento”.
Y aún añadió: “La desesperanza puede ser explicada en términos de una ecuación matemática: D = S - P, Sufrimiento sin Propósito. En el momento en que ves un sentido en tu sufrimiento, puedes moldearlo en un logro; puedes convertir la tragedia en un triunfo personal, pero debes saber para qué. Si las personas no pueden encontrar ningún sentido en absoluto a sus vidas, tal ven tengan algo con lo que vivir, pero no tendrán nada por lo que vivir”.


El prisionero número 119.104 se llamaba Viktor Frankl y después de padecer el tormento de Auschwitz -donde su madre murió en la cámara de gas- sufrió el de los campos de Kaufering III y de Turkheim -donde fue separado de su esposa, que murió en el de Bergen-Belsen. Y antes sobrevivió a Theresienstadt -donde murió su padre, enfermo de inanición-, campo de exterminio al que fue deportado en septiembre de 1942, cuando era un eminente psiquiatra de 37 años y director del Departamento de Neurología del Hospital Rothschild, único hospital de Viena en el que eran admitidos judíos.

Viktor Frankl tuvo en sus manos librarse de sus tres terribles años en los campos de exterminio. En 1942 le concedieron un visado para continuar su prestigiosa carrera en Estados Unidos. Se preguntó qué debía hacer: sacrificar a su familia por el bien de la causa a la que había dedicado su vida, o sacrificar esta causa por el bien de sus padres. Esperando una respuesta “del cielo”, al llegar a su casa preguntó a su padre qué era aquel pedazo de mármol que había sobre la radio. “Es parte de las Tablas que contenían los Diez Mandamientos” le explicó. Tenía grabada una letra hebrea, que aparecía solamente en el Cuarto Mandamiento: Honra a tu padre y a tu madre y tú estarás en la tierra prometida. “En ese momento –recuerda Frankl- decidí permanecer en Austria y dejar que mi visado caducara”.

El joven Viktor ya había aprendido a sobrevivir al hambre y la pobreza durante la I Guerra Mundial, cuando apenas contaba 9 años. Y durante sus estudios de bachillerato aprendió a interesarse por la realidad del ser humano y a cuestionar la verdad científico-organicista que proclamaba su profesor: “la vida humana no es otra cosa que un proceso de combustión y de oxidación”. “Si es así –lo interpeló Viktor, puesto en pie- ¿cuál es el sentido de la vida humana?”
Años después, ya como uno de los psiquiatras más prestigiosos de su país, Frankl daría respuesta a este interrogante a través de su Logoterapia (tercera escuela de Viena, contrapuesta al Psicoanálisis de Freud y a la Psicología Individual de Adler), según la cual el ser humano halla el sentido de su existencia a través del amor a otros, a través de sus actos de creación y a través de virtudes como la compasión, la valentía o el sentido del humor; o el sufrimiento. Al final, estas tres vías nos llevan a un sentido último en la vida, que no depende de otros, ni de nuestros proyectos ni de nuestra dignidad, sino de Dios, el sentido espiritual de la vida.

Esta teoría fue el resultado de sus reflexiones y experiencias, propias y ajenas, durante sus años vividos –sobrevividos- bajo el terror nazi. Tras la liberación del campo de Turkheim, el 27 de abril de 1945, Frankl comenzó a buscar un sentido a su propia supervivencia, "el para qué habré quedado vivo"; y por qué unos sobrevivieron y otros no. A finales de ese año, a lo largo de nueve días, fue dictando “entre lágrimas” a tres secretarias del Hospital Policlínico de Viena (donde era Jefe del Departamento de Neurología) el testimonio de sus experiencias en los campos de concentración, tomando como referencia docenas de papelitos que había ido rellenado en su cautiverio. “Aquellos que tienen un porqué para vivir, pese a la adversidad, resistirán”, nos dice Frankl.  

En los campos pudo percibir cómo las personas que tenían esperanzas de reunirse con seres queridos o que profesaban una gran fe, tenían mejores oportunidades que los que habían perdido toda esperanza. La elección dependía de cada uno, pues el ser humano es libre y cada persona elige “si dejarse determinar por las circunstancias o enfrentarse a ellas”. Al final, concluye: “Después de todo, el hombre es ese ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero también el que ha entrado en esas cámaras con la cabeza erguida y el Padre Nuestro o el Shema Yisrael en sus labios”. Y también el humor, y la música y la poesía y el Arte... Hasta tal punto, que aquellos judíos hacinados en los barracones encontraron en esas creaciones artísticas y en esos bailes una salida, un refugio y una salvación. Compartían canciones, poemas, bromas e incluso sátiras sobre el campo y sus guardianes. Todos se ayudaban unos a otros a olvidar dónde estaban. Algunos incluso perdieron la vida por el mero hecho de tocar el violín para dar un poco de esperanza a sus compañeros. El humor y la música fueron para aquellos despojos humanos, postrados en la antesala de la muerte, las últimas armas del alma para luchar por su supervivencia.


El libro de Frankl se publicó en 1946 bajo el título de El hombre en busca de sentido, destinado a todas las personas que habían sufrido las consecuencias de la guerra, y que a lo largo de más de 70 años ha dado también esperanza a millones de personas con millones de sufrimientos diferentes. Será un buen momento este, pues, para repasar la lección de Viktor Frankl y aplicar su ecuación a la inversa: Esperanza = Sufrimiento con Propósito. Si él encontró sentido al sufrimiento extremo, qué no podremos conseguir nosotros con nuestras pequeñas o grandes tragedias.


PD. La historia de Viktor Frankl forma parte de mi libro La muerte del egoísmo (Ed. Palabra)


miércoles, 18 de noviembre de 2020

Leonard Cohen. Primero tomamos Manhattan, luego tomamos Oviedo... ahora tomamos el Cielo


“Si no fuera Bob Dylan me gustaría ser Leonard Cohen”, confesó el mismísimo maestro en cierta ocasión. No era, claro, una de esas frases que sueltas en un momento inspirado para quedar bien con un colega, esperando tal vez que, al cabo, las palabras se las lleve el viento; no, fue un reconocimiento sincero, de profunda admiración de un poeta a otro poeta, de un músico a otro músico, de un genio a otro genio. Porque Dylan sabe, como sabemos todos, que la poesía ya nunca fue lo mismo después de pasar por el tamiz ronco, cínico y lúcido del alma (y la voz) de Leonard Cohen.




Cohen, el trovador mujeriego, el solitario que nunca durmió solo, el judío impiadoso, el místico terrenal, el canadiense templado, sin gesto ni grito; Cohen el músico de voz cavernosa y alma nítida, el poeta que compaginaba la jornada de siete y media a cinco y media en una fundición de cobre con la lectura de Yeats, Irving Layton, Whitman, Henry Miller; el adolescente que un día descubrió a Lorca y se enamoró de la poesía para siempre, en la riqueza y en la pobreza, en la inspiración y en la desesperación hasta que la muerte los separe, amén.
       Sí, Leonard Cohen llegó al mundo en 1934, pero en realidad nació una tarde de otoño de 1949, deambulando por las callejuelas de Montreal, cuando entró distraídamente en una pequeña tienda de libros de segunda mano; la casualidad le fue guiando por los estantes hasta que le detuvo frente a un gastado volumen de poesías; lo abrió al azar y sus ojos se posaron en unos versos: “Por el arco de Elvira / voy a verte pasar, / para sentir tus muslos / y ponerme a llorar”. Abrió otra página y leyó: “Verde / que te quiero verde”. Y aún otra más: Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos...”, y algo de la mañana y puñados de hormigas y cristales y más muslos; y cerró la solapa y leyó el título del libro, “Poemas de Federico García Lorca”, y al instante aceptó la invitación de adentrarse en ese mundo de fantasía, de mágica irrealidad, de sensible y poética musicalidad. Ese día de otoño, de la mismísima alma de Federico García Lorca, nació el Cohen poeta. Tenía 15 años. “Lorca cambió mi manera de ser y de pensar en una forma radical” (y hasta puso nombre a su hija, Lorca).


Años después, en 1988, “cuando alcancé la suficiente madurez como para pagar mi deuda de gratitud con Lorca”, escribió para él una de sus canciones inmortales, Take This Waltz, adaptación del Pequeño Vals Vienés del granadino universal (y “en Viena hay diez muchachas, / un hombro donde solloza la muerte” se transformó, a suave ritmo de vals, en “now in Vienna there's ten pretty women / There's a shoulder where Death comes to cry”).

     Pero mucho antes de este vals eterno, antes de las melodías suaves y la voz serena y desgarrada, antes del Cohen músico, existió el Cohen literato. En 1951 se matriculó en Literatura Inglesa en McGill University, y no tardó en publicar su primer volumen de poesía, Comparemos mitologías (1956), dedicado a la memoria de su padre. Ya licenciado, huye de la asfixiante rutina de Montreal y se instala en Nueva York, en busca de nuevas inspiraciones (que encuentra a menudo, generalmente con nombre de mujer). En 1961 publica el segundo libro de poemas La Caja de Especias de la Tierra, que profundiza en el espíritu de la religión judeo-cristiana (“Oh, envía al cuervo por delante de la paloma (...) sus ojos a través de mis ojos brillan más que el amor / tu sangre en mi balada / derrumba el sepulcro.” Oración por el Mesías). En los años siguientes la inspiración no le abandona en ningún momento (¡Poemas! ¡Surgid! ¡Romped mi cabeza!) y los libros de poemas siguen surgiendo (en Nueva York, en Hydra o en París, al ritmo de sus amoríos), y otorgándole galardones literarios y hasta títulos Honoris Causa: Parásitos del paraíso (1962), Flores para Hitler (1964), La energía de los esclavos (1972)..., inspiración, por cierto, que comparte exitosamente con la novela: El juego favorito (1963) y Los hermosos vencidos (1966), de las que llegaron a venderse cientos de miles de ejemplares en Canadá y Estados Unidos.


En esos años, la vida no le iba mal al poeta Cohen (“Yo camino bajo / la rubia lluvia de noviembre / castigándola con mi felicidad”); y entonces se cruzaron en su camino dos nombres de mujer, y el poeta Cohen se encontró con el Cohen músico. Los nombres de mujer eran Suzanne y Judy Collins. La primera, un poema de Cohen que la segunda convirtió en canción de éxito y, de paso, despertó el interés por el compositor de los cazatalentos musicales del Greenwich Village. Era 1966. Sólo dos años después, publicó su primer disco, “Canciones de Leonard Cohen”, que cautivó con sus letras intimistas, sus melodías suaves y su voz profunda y desnuda, sin artificios. Joyas que resultaron ser imperecederas, como la propia Suzanne, Sisters Of Mercy,The Stranger Song o So Long, Marianne. Historias de amores que vienen y se van, de heterodoxas meditaciones religiosas, de soledades compartidas, de extraños en busca de refugio como un San José en busca del pesebre.


Luego llegaron más poemas, y más intimidades autobiográficas y más contradicciones y más depresiones y más guerras interiores y exteriores, y más amores y odios... y más canciones míticas, eternas, que han traspasado sin apenas rasguños la siempre espinosa frontera de las generaciones. Famous Blue Raincoat, Chelsea Hotel, The Partisan (“una anciana nos dio refugio / nos ocultó en la buhardilla / los soldados llegaron / ella murió sin un suspiro”), I’m Your Man, Hallelujah, Bird On The Wire (“como un pájaro en el alambre, como un borracho en un coro de medianoche, he intentado ser libre a mi manera”), The Future (“he visto el futuro, hermano; es asesinato”) o First We Take Manhattan. Cohen, el poeta músico, sacó los versos de su jaula de papel y los lanzó al cielo universal, para ser escuchados por millones de almas en lugar de leídos solamente por unas miles. Habrá quien lo llame canción popular; otros lo seguimos llamando poesía. Y además, buena. Por eso fue un justo Premio Príncipe de Asturias en 2011 (y nos dejó uno de los más bellos, emotivos, honestos y agradecidos discursos que se hayan pronunciado jamás). Por eso estos días, a cuatro años de su muerte (7 de noviembre de 2016) son especialmente melancólicos. 

¡Cohen vive!

Y al tercer año resucitó... Hace justo un año lo celebrábamos con gratitud y emoción: ¡Leonard Cohen saca nuevo disco! Un gran disco, “Thanks For The Dance”. Nueve canciones que el poeta canadiense dejó grabadas unos meses antes de su muerte, con instrucciones precisas a su hijo Adam, también músico, para que realizara los arreglos y la producción.

 

Con la colaboración de grandes artistas y amigos de Cohen (mención especial a su incondicional Jennifer Warnes y al español Javier Mas, inseparable del poeta en sus últimos ocho años de giras), el disco es casi un poemario vital, reflexiones sobre el amor y la muerte, sobre la música, sobre la vida. Y con un especial homenaje a Lorca, su amado Lorca, en el tema “The Night Of Santiago”, inspirada en “La casada infiel” del Romancero Gitano de nuestro poeta más universal.

 

Fue una gran noticia, una magnífica noticia, la publicación de este álbum póstumo que no es otra cosa que la demostración de que Cohen -el maestro, el soñador, el artista, el poeta- sigue vivo, eternamente vivo. Thanks for the dance, Mr. Cohen, thanks for the songs, thanks for the poems!





El amor de Juana de Arco
De todas las historias de amor que ha retratado Leonard Cohen a lo largo de su prolífica obra literaria y musical, tal vez la más mística y hermosamente romántica (en el sentido trágico) sea la que nos relata en Joan OfArc (impresionante esta versión con Jennifer Warnes). Un maravilloso diálogo entre la guerrera cansada de luchar y el fuego que la devora, a su pesar, en la hoguera, y que acaba convirtiéndose en una rendida declaración de amor: “Entonces, fuego, enfría tu cuerpo / yo te daré el mío para que lo abraces (…) Y en lo más profundo de su ardiente corazón / él tomó el polvo de nuestra Juana de Arco / y sobre los invitados a la boda / dejó caer las cenizas de su hermoso vestido de novia.” Poesía pura.









jueves, 12 de noviembre de 2020

Javier Sartorius. De la raqueta a la Cruz.


Tres de la mañana. Una noche lluviosa y lúgubre de julio. Después de más de dos horas subiendo el abrupto camino, en plena oscuridad, un peregrino se detiene ante la imponente puerta de madera del milenario Santuario de la Virgen de Lord, a 1.180 metros de altitud, en el prepirineo leridano. El peregrino golpea la pesada aldaba una y otra vez hasta que los sorprendidos habitantes de la Comunidad abren la puerta. «¿Cómo te llamas?» pregunta uno de ellos. «Javier» contesta el peregrino. «¿Javier qué?» insiste el monje. «Sólo Javier». Sin apellidos, sin pasado. Esa noche, después de toda una vida de búsqueda e inquietudes, Javier dio el paso definitivo hacia sí mismo, hacia el silencio, hacia el vacío material. Hacia Dios.



Javier Sartorius Milans del Bosch era un joven extrovertido, apuesto, de noble cuna, carismático y deportista. El ‘zurdo de oro’. Legendarios eran sus partidos de tenis con su hermano Fernando, como pareja o adversario, en Zarauz y Madrid; y el día que ambos arrebataron dos juegos al tándem Casal-Sánchez Vicario, el Tenis de San Sebastián rebosó de pancartas y vociferantes ‘hooligans’ (todos familiares y amigos) rendidos ante la hazaña de sus héroes. Juntos, Javier y Fernando, marcharon a Estados Unidos a estudiar Administración de Empresas, carrera que abandonaron casi al empezar para dedicarse a surfear las olas de California, ganar campeonatos de pádel, entrenar a las estrellas de Hollywood y, de paso, ingresar unos dólares vendiendo aspiradoras a domicilio o cuidando jardines. Sol, playas, diversión, chicas, deporte. Javier lo tenía todo. O no.

Fue precisamente en Los Angeles donde Javier comenzó a sentir una creciente inquietud por la vida espiritual, un poco confusa al principio (llegó a pasar por el Hare Krisna). En 1989 fue Campeón USA de pádel; el año siguiente, misionero en Cuzco con Los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Fue tal el shock espiritual que provocó la vida de pobreza y sacrificio absolutos, que decidió entrar en el seminario, en Toledo. Pero Javier no estaba hecho para estudiar («ni siquiera se puede copiar», decía) y tampoco para el sacerdocio. A él le iba más la vida contemplativa, la oración, incluso la soledad, a pesar de su personalidad extrovertida. Un compañero de seminario le habla entonces de la Comunidad de Lord y es allí donde encamina su vida, dejando todo su pasado atrás. Sólo quiere encontrarse a sí mismo. 

«Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas», escribió Pablo Neruda. Ese día resultó ser una lluviosa noche de julio de 1992; cualquier lugar, el Santuario de Lord. Y no fue la más amarga, sino la más feliz de sus horas. Y aunque dejó su pasado al otro lado de la milenaria puerta, su personalidad entró con él. Javier revolucionó, a su manera, la tranquila y silenciosa vida de los monjes. «Tenéis el cuerpo abandonado» sentenció, y montó un gimnasio; bastante primitivo, pero que aún hoy mantiene en forma al padre Jordana, a sus 90 años. Incluso llegó a conquistar a las monjitas de clausura, cuyas puertas se abrieron por primera vez a un varón en mil años de historia; «Vamos a hablar con ‘Sor Javier’», decían en el recreo, a pesar del estricto silencio impuesto. También revolucionó su vida: de la raqueta a la azada; de las fiestas playeras al estricto régimen de oración y estudio de la Biblia; de entrenar a las estrellas de Hollywood a pastorear un rebaño con más de 100 ovejas, a las que había puesto nombre una a una; del cálido sol californiano a los 10 grados bajo cero de su celda. Él era feliz así, viendo a Dios en lo cotidiano, con su trabajo, su oración, su soledad, su Cruz desnuda, como la de Cristo. No necesitaba nada más («había una persona tan pobre, tan pobre, tan pobre que sólo tenía dinero», le encantaba decir). Su familia lo apoyó devotamente; excepto su padre, que no llegó a entenderle. Entregándose a todos, robusteciendo su fe, Javier pasó los siguientes años en Lord. Disciplinado y perfeccionista, aceptó volver al seminario en Barcelona, que esta vez superaba con brillantes calificaciones, incluido el latín, aunque sin pretender en ningún momento abandonar su vida monástica cuando recibiera las sagradas órdenes (una vez más rompiendo normas).

 
Ya en 2006, una dolencia gástrica acabó convirtiéndose en su verdadera cruz, primero de dolor y finalmente de muerte. El 21 de junio moría en el monasterio cisterciense de San Miguel de Dueñas, donde era tratado de su enfermedad. Tenía 44 años. En el silencio del Monasterio, sólo mitigado por el tenue cántico de los monjes, ante el cuerpo inerte de su hijo, el padre de Javier sollozó, «Ahora lo entiendo todo». Unos años después, se reunió con él en cuerpo y alma; compartiendo sepulcro en Lord y vida eterna en un santuario aún más alto.

«Puedes ser tenista de fin de semana. Pero para jugar en primera, hay que entrenar duro todos los días, y muchas horas. Sólo así se gana», solía decir. Javier fue un campeón en todo cuanto hizo, en el trabajo físico, en la oración, en el estudio, en la caridad, en la simpatía, en el cariño hacia su familia, en amigos, en carisma…
Es curioso, pero a pesar de su juventud y de haber elegido la vida monacal, solitaria, de espaldas al mundo, Javier dejó su impronta grabada en las almas de miles de personas a lo largo de su vida, y después de su muerte. Tenía una energía especial, contagiosa y benefactora, que legó a todos los que le conocieron y quisieron. Y que aún hoy llega con fuerza a todos los que le rezan. O a los cientos de peregrinos de toda procedencia que llegan cada año al Santuario de Lord, a dejarse llenar por el alma de aquel visitante sin pasado que una noche tormentosa atravesó la pesada puerta… y se quedó para siempre.

 
Hace unos años, la madre de Javier, su más devota admiradora, su más rendida fan, abandonó este mundo después de quince años de dolorosa enfermedad… y seis de penosa ausencia. Javier era su tabla, su sostén, su muleta, su hombro, su paño; y su sonrisa. Sin él, todo se hizo más doloroso. Más insoportable. Más desesperanzador. Hoy, el cáncer ya no está. El dolor tampoco. Ni la ausencia. Hoy, el alma de Memé (la tía Memé) estará abrazando a Javier, besando a Javier, riendo con Javier, jugando al tenis con Javier. Así sea.