El mundo está lleno de historias interesantes, con fondo, con sustancia. Vidas extraordinarias y valiosas que, simplemente, merecen ser contadas. Cine, música, arte, personajes famosos o héroes anónimos. Siempre hay una historia que contar. Siempre hay una vida que compartir.
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Hace más de cuatro décadas, una galaxia muy, muy lejana
se mostró ante los ojos de los terrícolas por primera vez. En la oscuridad de
32 salas de cine, aquel iniciático 25 de mayo de 1977, unos cuantos miles de habitantes
de nuestro frágil e insignificante planeta tuvieron el honor de descubrir un
nuevo mundo de guerras estelares, naves espaciales, estrellas de la muerte,
princesas secuestradas, poderosos malvados y valerosos héroes que había nacido
para revolucionar, más allá de lo imaginable, la industria del cine. Y las
vidas de varias generaciones de terrícolas. Recién estrenada la (presunta) última entrega de esta obra magna del cine, Star Wars: El ascenso de Skywalker, es el momento perfecto para recordar cómo empezó todo. Una odisea tan galáctica y visionaria como la propia saga.
La
Guerra de las Galaxias es
obra, casi personal, de un genio visionario de nombre George Lucas, que transformó su relativamente corta experiencia en
el cine, su incombustible imaginación, su pasión por los clásicos y una visión
del negocio inédita hasta la fecha, en una de las creaciones cinematográficas
más trascendentales e influyentes del último tercio del s. XX. No sólo marcó
las pautas de una nueva forma de entender la industria, también se convirtió en
un fenómeno social y cultural al que se han ido sumando millones de fans en
todo el mundo a lo largo de más de cuatro décadas.
Nunca, ni siquiera
con el entrañable ET de su amigo Spielberg,
hemos estado los humanos tan cerca de la vida intergaláctica. Esa galaxia muy
muy lejana en el espacio pero muy muy cercana en nuestras retinas, en nuestra
memoria, en nuestras neuronas o en nuestros labios incluso (¿quién no ha
exclamado alguna vez “que la fuerza te acompañe”?). Planetas y satélites de
nombres imposibles (Kashyyyk, Tatooine, Coruscant, Naboo…) en los que habitan
innumerables razas extraterrestres a cual más extravagante, androides que dominan
más de seis millones de formas de comunicación, humanoides tan humanos como los
humanos y toda suerte de extraños seres, capaces de reunirse amistosamente en
un bar con banda de jazz de fondo o de aniquilarse con armas de destrucción
selectiva o masiva, según la circunstancia de la batalla.
Porque,
en definitiva, de lo que nos habla George
Lucas en La Guerra de las Galaxias
-y sus ocho secuelas y precuelas- es, precisamente, de la vida; de la nuestra, la de
los seres humanos. Nos habla del Bien y del Mal, del poder y de la rebeldía,
del amor y del valor, de la conquista de la libertad, de la muerte por la
libertad. Nos habla de políticos corruptos y de honestos ciudadanos. De buenos
y malos, en suma. Como todo, como siempre. Los caballeros de la Orden del Jedi,
defensores de la paz y la justicia, están directamente extraídos de los
caballeros medievales, con sus ritos, sus princesas y sus espadas (aquí de
luminoso haz de energía); con su ‘fuerza superior’, ese poder metafísico
omnipresente que les provee de mágicas habilidades (como un Merlín cualquiera). Y también tienen su
lado oscuro, los Sith, antagonistas de los Jedi, que se dejan llevar por el
odio, la ambición y la crueldad, y que controlan el lado más negativo de la
‘fuerza’ con un único fin: dominar el universo (como un Hitler, un Napoleón o un
Julio César). Obi WanKenobi por el lado bueno, Darth Vader por el lado malo.
El origen: de Ford a Kurosawa pasando por
la Edad Media.
Pero vayamos al
principio. Esto es, al cine. La primera película de la saga, Una nueva esperanza (originalmente La Guerra de las Galaxias) se estrenó en
1977, pero nació seis años antes, cuando George
Lucas comenzó a trabajar en dos ideas para la Universal: American Graffiti(estrenada en 1973,
fue su primer éxito) y un boceto de guión que en sus inicios se llamó «The
Journal of the Whills», sobre un aprendiz de comando espacial “Jedi-Bendu” y su maestro. Lucas cambió la
historia por una suerte de remake de una película del japonés Akira Kurosawa (La fortaleza escondida,1958), a la que añadió elementos como los Sith,
la Estrella de la Muerte y un tal Annikin Starkiller, como estrella protagonista.
Dos años, cientos de tachones, borrones y reescritos después, fueron apareciendo
el granjero-héroe Luke, la Fuerza, el padre de Luke (Anakin), Ben Kenobi y
demás galácticos personajes. En 1976 ya había una versión de guión
relativamente definitiva, bajo el poco sugerente títuloAdventures of Luke
Starkiller, as taken from the Journal of the Whills, Saga I: The Star Wars
(“Aventuras de Luke Starkiller, extraídas del Diario de los Whills, Saga I: Las
Guerras Estelares”); durante el mismo
proceso de producción quedó directamente en Star
Warsy Luke cambió el Starkiller (asesino de estrellas) por el Skywalker
(caminante del cielo), que además resultaba más apropiado para un héroe.
Al argumento
galáctico le añadió Lucas unas buenas dosis de sus géneros literarios y
cinematográficos de referencia: el western
(especialmente Centauros del desierto, de
John Ford), los seriales de Flash Gordon, las películas de samuráis
de Kurosawa, las novelas
caballerescas y la sociedad feudal,Lawrence
de Arabia y Casablanca, los
combates aéreos de la II Guerra Mundial, las batallas navales de las películas de
piratas, el senado romano y Los tres
mosqueteros. Una vez finalizada la primera entrega, Lucas ya sabía, antes
de su exitoso estreno, que sería el inicio de una serie de aventuras; y que,
además, no habría de ser la primera cronológicamente, sino la cuarta de seis.
El propio Lucas lo explica así: “No mucho tiempo después de que comenzara a
escribir Star Wars, concluí que la historia daba para más de lo que una
simple película podía dar cabida. Mientras completaba la saga de los Skywalker
y los caballeros Jedi, empecé a visualizarlo como un relato que tomaría lugar
en, por lo menos, nueve películas —tres trilogías— y decidí continuar justo
entre los hechos precedentes y los sucesivos, partiendo entonces con la
historia intermedia”.
Varios escritores y
guionistas pasaron, con mayor o menor fortuna, por los sucesivos argumentos,
tratamientos, borradores y guiones, cuyo esquema general había definido George Lucas. Él mismo acabó
escribiendo el guión de El Imperio
Contraataca, cuyo proceso de producción resultó tan estresante y costoso
para el director que pensó en rematar ahí la serie. Finalmente se estrenó en mayo de 1983 y resultó ser un éxito
apoteósico. El mismo proceso se repitió con la tercera entrega, El retorno del Jedi: el desgaste
(multiplicado por el ruinoso acuerdo de su divorcio en 1987), el éxito, la
renuncia oficial a continuar la saga… y su posterior continuación, por
triplicado.
La otra galaxia: el universo expandido de
Lucas
Pero la trascendencia
de La guerra de las galaxias fue
mucho más allá de su éxito en taquilla. Ya desde su primera entrega, logró
redefinir el género de la ciencia ficción gracias a unos efectos especiales
absolutamente innovadores e inéditos en la época, que resucitaron el interés
del público por el género; igualmente, inició el concepto de “película
taquillera del verano”, que daba más importancia al impacto visual que a la
profundidad de la trama. También introdujo importantes innovaciones en el
sonido, definió el concepto de “futuro usado” (aspecto sucio frente a la
pulcritud –irreal- de anteriores películas de ciencia ficción) y marcó el
camino de las trilogías cinematográficas. Pero
tal vez la verdadera revolución de Star
Wars fue lo que se ha denominado el “Universo
expandido”, esto es, expandir los beneficios de cada película hasta límites
inimaginables a través del merchandising, las licencias y cánones y cualquier
elemento de la cultura popular susceptible de ser comprado. Desde la primera
historieta publicada por Marvel Comics
en 1978 (“New Planets, New Perils”), han sido cientos de comics, especiales de
televisión y radio, maquetas, libros, diseños, reportajes y entrevistas, dibujos animados,
películas, juguetes, juegos, videojuegos, cromos, tarjetas, páginas web... los
que han invadido las vidas de varias generaciones de fans galácticos, siempre
bajo el control omnímodo de George Lucas,
que supervisa todos y cada uno de los planetas y asteroides de este universo
expandido.
Por haber, hay hasta una religión, el jediísmo o yedaísmo, cóctel de
budismo, taoísmo, sintoísmo y ciertas creencias celtas cuyo credo se fundamenta
en La Fuerza, tal y como la define Obi-Wan
Kenobi: “La Fuerza es lo que le da al Jedi su poder, es un campo de energía
creado por todas las cosas vivientes, nos rodea, penetra en nosotros y mantiene
unida a la galaxia.” Creyentes o no, miles de fans (frikis, si se quiere)
celebran los estrenos de cada película en multitudinarias convenciones,
organizadas por Lucas Films, a las que acuden disfrazados de sus personajes
favoritos, y donde viven tres días de vida auténticamente intergaláctica,
inspirada en el universo Star Wars. Además, cada 4 de mayo (May the fourth, que suena a May the Force...) desde 1979 se
conmemora el Día
Mundial de la Guerra de las Galaxias (Star Wars Day),
en el que millones de fans celebran el nacimiento de la saga.
Tras nueve exitosas
películas, cientos de mundos paralelos y un poderoso arraigo en la cultura
popular, el universo creado por George Lucas parece no tener fin. Aunque, pese
a lo que afirmó su propio creador (“Todo el tiempo me preguntan: '¿Qué ocurre
después de El retorno del Jedi '? Y es que la verdad no hay respuesta. Cuando
Luke salva a la galaxia y logra redimir a su padre, es justo ahí donde la
historia acaba”) ya ha llegado a las pantallas de todo el universo conocido la última entrega de la saga, Star Wars IX: The Rise Ofv Skywalker. La pregunta ahora es ¿para cuándo el primer spin off?
J.R.R. Tolkien no fue solamente uno de los más grandes escritores de la
literatura fantástica, inglesa y universal, además de afamado lingüista, conferenciante,
ilustrador, catedrático en la
Universidad de Oxford -entre otros muchos cargos y honores- y
creador de El Señor de los anillos y El hobbit. Fue también orgulloso padre
de cuatro hijos, a los que no se limitaba a contar un cuento antes de dormir; para
ellos escribió e ilustró, a lo largo de 23 años, una de sus más deliciosas creaciones:Las Cartas de Papá Noel (Letters from Father Christmas).
El día de Navidad de
1920, el pequeño John recibió una misteriosa carta en su casa de Oxford,
fechada el 22 de diciembre. Tenía restos de nieve y había llegado desde el mismísimo
Polo Norte; estaba escrita con letra temblorosa, decorada con bellos dibujos y
firmada por el mismísimo Papá Noel. Como el pequeño John aún no sabía leer
–tenía tres años- su padre, John Ronald Reuel, leyó las palabras que Papá Noel
le había dirigido expresamente a él: “Me
he enterado de que le has preguntado a tu papá cómo soy y dónde vivo. He hecho
un autorretrato y he dibujado mi casa. Guarda bien el dibujo. Ahora mismo me
marcho a Oxford con el saco lleno de regalos (algunos para ti). Espero llegar a
tiempo: esta noche la nieve es muy espesa en el Polo Norte. Con cariño, Papá
Noel”.
A partir de aquella
misiva, año tras año, cada día de Navidad los hijos de J.R.R. Tolkien (después
de John llegaron Michael, Christopher y Priscilla) recibían su particular carta
de Papá Noel -de manos del compinchado cartero o entre sus regalos navideños-, en
la que relataba a los niños toda suerte de avatares, acontecimientos y
anécdotas que sucedían en su morada del Polo Norte. Papá Noel les contaba cómo
era su día a día, el proceso de empaquetado de regalos, los múltiples quehaceres
de sus ayudantes, de qué forma se divertían en los ratos libres o las
constantes meteduras de pata de su fiel Karhu (un enorme y patoso Oso Polar).
Conforme sus hijos crecían, Tolkien fue introduciendo otros personajes fantásticos:
gnomos rojos, muñecos de nieve, osos de las cavernas, elfos rojos y verdes,
trasgos malignos “que aullaban como silbatos de locomotora” y los dos sobrinos
de Karhu, Paksu y Valkotukka, que aparecieron un día de visita y allí se
quedaron; y, ya en las últimas cartas, su imprescindible secretario personal,
el elfo Ilbereth (que en ocasiones también escribía algún párrafo, con trazos
elegantes y ligeros).
Los niños aprendían
que el trabajo de Papá Noel no era en absoluto sencillo y él y sus amigos se veían
envueltos en no pocos peligros y dificultades. El frío, las tormentas, la guerra con una horda de trasgos picapleitos
que vivían en unas cuevas debajo de la casa, el día en que se soltaron todos
los renos de los trineos y desperdigaron los regalos por doquier o las sempiternas
torpezas de su principal ayudante Karhu...
“Mis queridos niños, el pasado noviembre un
día muy ventoso se voló la leña y fue a parar en lo alto del Polo Norte; le
dije que no lo hiciera, pero el Oso Polar trepó hasta la delgada cima para
bajarla… y lo hizo. El Polo se rompió por la mitad y cayó en el tejado de mi
casa y el Oso Polar cayó por el agujero y aterrizó en el comedor, con la leña
sobre su nariz, y toda la nieve cayó del tejado y se heló y apagó todas las
chimeneas y se extendió por todos los almacenes donde tenía los juguetes de
este año (…) Os envío un dibujo del accidente y de mi nueva casa (…) Si John no
puede leer mi vieja y temblorosa letra (1925 años) debe decírselo a su padre.
¿Cuándo va a empezar Michael a aprender a leer y a escribirme sus propias
cartas? Mucho amor para vosotros dos y para Christopher”.
En algunos episodios, Tokien ya dejaba entrever ecos de las historias que estaba elaborando para su legendarium,
en el que elfos y trasgos son parte esencial: “Supongo que recordarás que
hace unos años tuvimos problemas con los trasgos y que pensábamos que todo
estaba arreglado. Bueno, pues este otoño volvieron a la carga, y peor que en
los últimos siglos. Hemos librado varias batallas, y durante unos días mi casa
estuvo sitiada. En noviembre empezó a parecer plausible que la invadieran y se
llevaran mis bienes, de modo que todos los Calcetines de Navidad del mundo se
iban a quedar vacíos…”
Los relatos estaban
impregnados de fino humor y multitud de detalles, tanto de los personajes como
de los paisajes, detalles que se acompañaban con bellísimas ilustraciones
explicativas, realizadas con maestría por el propio Tolkien, que proporcionaban
una gran verosimilitud a la historia (además de la letra temblorosa y los
sellos y matasellos del Polo Norte). Pero también las aprovechaba el escritor
para lanzar (explícita o implícitamente) el obligado mensaje de todo padre
responsable a sus hijos: qué tenían que hacer los niños para poder recibir
muchos regalos, esto es, portarse bien, obedecer a papá y mamá, ayudar en casa,
ser aplicados y, claro, sacar buenas notas.
La maravillosa
tradición de la familia Tolkien perduró hasta que la pequeña Priscilla cumplió
catorce años, en 1943; aunque, como señala Ilbereth en la última carta, “conservamos
siempre los nombres de los viejos amigos y sus cartas, y esperamos volver algún
día, cuando sean adultos y tengan casas y niños propios”.Tres años después de la muerte de J.R.R., en
1976, las Cartas de Papá Noel fueron editadas en un cuidadísimo libro por la segunda
esposa de su hijo Christopher, Baillie, que incluía las cartas manuscritas de
puño y letra de Noel/Tolkien y las ilustraciones originales. Una obra deliciosa
que muestra su genial capacidad imaginativa y, sobre todo, su inmensa capacidad
de amor y entrega hacia sus cuatro hijos. Sin duda, el regalo más entrañable que
recibían cada Navidad.
Magda no creía en la Navidad. La verdad es que Magda no creía ya
en casi nada. Salvo en su propia miseria. De sus envejecidos y harapientos cincuenta
años recién cumplidos, había pasado treinta en la calle. Indigente, la
llamaban. Escoria de la escoria, se definía ella. Había sido adicta a casi
todo: a la heroína, cuando había con qué; al pegamento, cuando no; a la
metadona, en los momentos en que le quedaba un atisbo de lucidez y admitía a
regañadientes la caridad culpable de su odiada sociedad. En los últimos años,
sólo le restaba ya la adicción al vino barato y a su propia soledad. Durante el
día bebía y a veces hasta sacaba fuerzas para pedir limosna, pero casi siempre
simplemente la esperaba, aletargada (semiinconsciente), reclinada en su rincón
de cartones y miseria. Por la noche dormía, pero no soñaba; porque la escoria sólo puede
permitirse soñar con escoria y, para eso, mejor no soñar. No pedía nada a la
vida, pues sabía que la vida ya nada le iba a dar. Si acaso, abandonarla
definitivamente de una vez. Morir. Morir. Morir. «Dios mío, deja que me muera.
Deja que me muera… por favor…».
Habían pasado ya treinta años. Treinta años desde que le
arrebataron a su bebé, a su niña, a su vida. Incapacitada, la declararon.
¿Incapacitada para qué? ¿Para querer a su hija más que a su vida? ¿Para darle
todo el amor que una madre puede dar, que es todo el amor del mundo? Se la
quitaron. Se la robaron. Se la llevaron, y con ella se llevaron también su
corazón y su cordura. Lo único que le dejaron fue una foto, descolorida ya por
el paso del tiempo y por el roce de sus ásperas y ennegrecidas manos (¡Pero qué guapa era,
tan regordeta! Y con esos dos curiosos lunares detrás de la oreja, que eran
como la Tierra y la Luna, le gustaba pensar. «Tú eres la Tierra, mi amor. Y yo
la Luna, que para eso estoy loca. Y la Tierra no puede vivir sin la Luna. Y la Luna no puede vivir sin la Tierra»). Pero aquel día la Luna se quedó sola. Y, durante treinta
años de lunática locura, esa foto fue su único puente con la cordura. Y durante
treinta años, la esperanza de volver a ver a su niña fue su única razón para
seguir viva. Aunque sólo fuera para morir entre sus brazos, como ella había nacido
entre los suyos, aquella Nochebuena treinta años atrás.
Pero esa noche, también Noche Buena (para el mundo decente, porque
para los miserables todas las noches son malas), todo apuntaba a que iba a ser
su última noche. La neumonía ya no huía del alcohol, como otras veces, y la
fiebre subía en proporción inversa a la temperatura de su gélido rincón de cartones y mantas raídas. Esa noche, Magda lloró.
Llanto de sangre y hielo. De sangre y de dolor por la vida vivida, por la vida perdida; de helada tristeza
porque no iba a morir en brazos de su niña. Apenas estaba consciente cuando los
servicios sociales la rescataron de su pozo de miseria y cartón. Apenas escuchó
la furibunda sirena de la ambulancia del Samur.
Apenas notó el pinchazo en su brazo calloso. Sin embargo, en su nebulosa
moribunda, sí sintió la mano de la enfermera cogiendo la suya. Firme y
cariñosa. Y sí vio, con absoluta nitidez, sus ojos comprensivos, llenos de amor
sincero, sin falsa compasión. Y también percibió el calor (¡la vida!) de sus
labios tiernos besando su mejilla como sólo una hija es capaz de besar a una
madre (o eso quería pensar). Y en ese preciso instante, sus ojos ya casi apagados por la muerte
inminente, Magda pudo ver los dos pequeños lunares que la enfermera tenía, apenas visibles, detrás de su oreja. Y un segundo antes de entregarse a la muerte, mirando a los ojos de la joven con toda la ternura acumulada durante treinta años, aferrándose a su mano dulce y familiar, Magda sonrió. Y su sonrisa dibujó una palabra, apenas un susurro, un último
suspiro extrañamente vivo y pleno: «…María…».
El viernes cumplí un sueño largamente esperado y
enormemente deseado. Retroceder en el tiempo 50 años y vivir en directo
aquellos tres legendarios días de paz, amor y música. Sí, amigos, el viernes 29
de noviembre de 2019, a eso de las nueve de la noche, estuve en Woodstock 69. Y en primera fila. No hubo barro, ni
quinientas mil almas sedientas de rock and roll, ni atascos kilométricos, ni
miles de tiendas de campaña, ni viajes lisérgicos. Pero sí estuvieron Janis, Joe, Jimi, CSNY, Roger y Pete, Grace, Tim, Carlos, Arlo,
Robbie y Levon, Sly y demás familia. Sí estuvieron el rock y el
folk, la magia, la emoción, la hermandad, la complicidad sin fisuras sobre
el escenario y a los pies del escenario. Sí estuvo el espíritu
de aquel momento histórico que se vivió en Bethel, condado de Sullivan, estado
de Nueva York; y también se sintió muy viva la inspiración de Sri Swami Satchindananda, «reunidos en el nombre del
noble arte de la música a través de la cual podemos crear maravillas».
Sí. El poder de la música, muchísimo más grande que
cualquier otro poder en el mundo.
De Nueva York a Bilbao y Madrid
El pasado viernes Woodstock renació
en But por obra y gracia y muchos meses de curro
de Jokin Salaverria (un proyecto al que venía
dándole vueltas dos o tres años atrás) y cerca de 20 pedazo de artistas que lo
dieron todo, y más, para hacernos felices durante un par de horas. Fuimos
afortunados. Porque el aniversario lo merecía, y si
en su lugar de origen la magna celebración fracasó estrepitosamente –y
vergonzosamente-, tenía que llegar un bilbaíno para que unos pocos
privilegiados, en Madrid y antes en el mismo Bilbao, pudiéramos asistir a lo
que este pasado verano se le negó al mundo. Y tuvimos suerte, sí, porque aquí
lo que sonó fue Woodstock. Tal cual. La misma esencia, la misma música, la
misma magia.
Una gran familia, unida por la
música
No
ha sido fácil. El montaje, complicadísimo, ha exigido muchos viajes (hay músicos de Bilbao, de Madrid, de Galicia, de Valencia).
Muchas horas de ensayo robadas al descanso de músicos que apenas tienen
descanso (la mayoría han sido en agosto). Y también, un enorme esfuerzo
por parte de organizador, banda base y artistas invitados, más de 20 en total.
Pero la ilusión de rememorar el
mayor festival de todos los tiempos, el más legendario concierto de
la historia del rock, el evento que revolucionó a todo un país y expandió su
mensaje de paz y música por todo el planeta, esa ilusión y su amor por las
canciones que allí sonaron, han sido un potente imán al que ninguno de los
convocados por Jokin ha podido negarse. Todos respondieron un sí
rotundo a la primera. Y algunos han repetido en Bilbao y Madrid (y muchos se
conocían del anterior encuentro organizado por Jokin, el Concierto de Bangladesh). Al final, se han convertido
en una gran familia, feliz y unida por la música, que es la unión más poderosa
que puede haber.
Woodstock reencarnado
El
concierto fue memorable. Un maravilloso recorrido por
aquel Woodstock del 69, por las canciones, el espíritu y hasta el
sonido (se usaron instrumentos y amplis de la época), que nos mantuvo en estado
de levitación durante cerca de dos horas (sin necesidad de LSD).
Desde
la llegada a Los Angeles de Arlo Guthrie/Germán Salto, que continuó con la búsqueda de algún
lugar recóndito de la mano de Canned Heat. Desde
los ritmos latinos y salvajes de Soul SacrificeyEvil Ways en
la guitarra de Santana/Abel
Lorenzo o el homenaje improvisado a Max Yasgur (dueño de la granja y del prado)
que Mountain se inventó y renació en las voces
de Uoho y Trujillo, grandes
también con su Reina del Mississippi.
O
desde la portentosa interpretación de Somebody To Love
y Volunteers que se marcaron Garbayo y Nat Simons, a
la altura de Grace Slick y sus Jefferson Airplane, que es mucha altura. También desde
los temas más rockeros de The Band que
sonaron en la voz de Txomin Guzmán o
las armonías vocales de CSNY que
bordaron Costa Oeste y José María Guzmán (la
G de los míticos CRAG). Hasta el himno
reivindicativo y hermoso de Tim Hardin, If I Were A Carpenter, que hizo suyo Pablo Martín, todo sonó de manera magistral y emotiva.
Nivelón. Una perfecta reencarnación.
Y con una banda base de auténtico lujo que desbordó
talento, pasión y profesionalidad por todos los poros: Íñigo Bregel (batería), Germán Herrero (guitarra), Miguel Moral (guitarra), Luis Pinel (teclados), Tronky Mexalo y Ricardo Ibáñez (percusión), Jokin Salaverria (bajo), Luis Soler y Diego Jiménez (vientos).
Cuatro momentazos
Pero hubo momentos que se salieron. Cuatro momentazos.
El primero fue la aparición de Janis, reencarnada
en la presencia y la voz -¡qué voz, Dios mío!- de Cristina Saiz; ese pedacito de su corazón nos lo entregó con tanta fuerza, con tanto poderío, que si cerrabas
los ojos te juro que estabas ahí, en agosto de 1969, a los pies de la mismísima
diosa del blues.
El segundo fue estremecerse con los solos imposibles
del imposible Hendrix, que salieron de los dedos
y del alma de Gonzalo Portugal como si el
propio Hendrix le hubiera hecho voodoo de niño para reencarnarse en él.
El tercero fue esa fuerza de la naturaleza, esa bestia
del escenario llamada Aurora García (y
sus Betrayers), que nos metió un chute de energía
brutal y, de paso, llevó a Sly y la
familia Stone muy pero que muy alto.
Luego llegó CarlosTarque, «la mejor voz del rock español» en palabras de
Jokin, que se hizo carne en Roger Daltrey, y le
vimos y sentimos como Roger Daltrey y nos sacudió el cuerpo y el espíritu como
hicieron Daltrey y Townshend y Moon con toda su generación, y las que vinieron
detrás.
With A Little Help From My Friends
Y
la apoteosis final se la reservó, claro, Joe Cocker, con un
poco de ayuda de sus amigos. Esa voz rota, poderosa y cargada de pasión que
esta bestia negra de piel blanca inmortalizó aquel domingo 17 de agosto del 69,
en una de las interpretaciones más poderosas, emblemáticas y
superlativas de la historia del rock. Y aquí, en But, Joe
Cocker fue Toño López, The Soul Jacket, en cuerpo, alma, voz, movimiento y
pasión. Y, lo juro, una vez más fue como si estuviéramos ahí, en aquel prado de
Bethel, 50 años atrás, escuchando aquello, sintiendo aquello, viviendo aquello.
El
fin de fiesta, todos los artistas sobre el escenario, fue la guinda perfecta
para esa deliciosa y memorable tarta de aniversario. Y nos dejó dos mensajes
muy claros: Dance To The Music y Feeling Alright. Sobran explicaciones.
Al
filo de la medianoche el sueño, maravilloso sueño, terminó. Pero no del todo.
Pues lo mismo que Woodstock 1969 ocupa desde
hace 50 años un lugar especial en la historia, este Woodstock 2019 ocupará, durante otros 50, un lugar
especial en nuestra memoria.
Uno está harto de escuchar, aquí y allá, que esta España nuestra de
corruptelas, subvenciones, impunidades, impuestazos, amienemigos,
mediocridades, injusticias, maldades, codicias, indignidades, complejos,
fanatismos y demás alargadas sombras es un circo. Será, digo yo, por los
payasos que dirigen —ahora o antes— el cotarro; o por las algarabías de patio
de colegio en el congreso de los imputados; o por las animaladas continuas a
las que somos sometidos los ciudadanos; o por las manadas de alimañas sin moral ni castigo; o por los equilibrios imposibles para justificar
lo injustificable; o por los jueces que han de enjaular a las fieras más
peligrosas sin látigo, sin taburete y, a veces, sin dignidad; o por los miles
de pequeños empresarios y autónomos que son obligados a lanzarse al vacío sin
red; o por el más difícil todavía en esto de sobrevivir. España es un circo; el
Congreso de los Diputados es un circo; la política es un circo; los sindicatos
son un circo; el ayuntamiento de tal o cual ciudad es un circo; las autonomías
son un circo (y a algunas, además, les crecen los enanos)…
Y uno podría estar de acuerdo en que, en efecto, este país es un
auténtico circo de tres pistas (o diecisiete), un puro cachondeo. Y de hecho lo
estaba. Muy de acuerdo. Hasta hace un par de días.
Y es que hace un par de días volví a ver y a disfrutar como un niño “El
mayor espectáculo del mundo”, esa obra magna del siempre magno Cecil B. DeMille (y que, por cierto,
fue la primera película que vio en el cine el genio Spielberg, a los seis años, y le marcó para los restos;
especialmente la escena del descarrilamiento del tren), esa maravilla de color,
espectáculo y pasión que aún conservo en DVD y que hace un par de días me dio
por rememorar.
Y digo que volver a ver
esa película cambió mi percepción del “España es un circo” porque el circo que
yo vi esa tarde en la tele no tiene nada que ver, nada, con la España que
padecemos hoy. Y llamar a esta España “circo” hoy se me antoja injusto e
insultante. Para el circo, claro.
En “El mayor espectáculo del mundo” vi a un director (Charlton Heston) apasionado y entregado
a su gente, que desafía a la crisis, a los dueños todopoderosos, a la
naturaleza indomable, a los gansters, a los egos desbocados, a la desgracia e incluso
a la muerte para llevar adelante la función («¡El espectáculo debe continuar!»);
para inundar de alegría los corazones de miles de niños «de 6 a 80 años»; para
dar trabajo, dignidad y cobijo a las más de mil almas que tiene a su cargo. Un
acto permanente e inagotable de humanidad, generosidad y responsabilidad.
Vi a los cientos de trabajadores que luchan diariamente por su pan, sin
desmayo, sin demora, sin una queja, sin una excusa, siempre con una sonrisa en
los labios y en el corazón; porque su trabajo es duro, pero es su vida. Horas y
horas de ensayo, horas y horas de esfuerzo y afán de superación; día tras día,
mes tras mes, viviendo una vida de incomodidades e incertidumbres. De
sacrificio. De aceptación.
Vi a una gran familia, más de mil quinientos seres unidos por lo que
aman, dejando a un lado diferencias, egoísmos e incompatibilidades; todos a
una, levantando la gigantesca carpa cada mañana, recogiéndola todos a una cada
noche; sobreponiéndose juntos a la catástrofe, mano con mano, corazón con
corazón; artistas y montadores, asistentes y domadores, limpiadores y estrellas,
taquilleras y vendedores de helados. El compañerismo elevado a su máxima
expresión.
Vi que, al final, los buenos, los honrados, los luchadores reciben
siempre su recompensa; y que los villanos, los codiciosos, los tramposos
reciben siempre su castigo. Y que la ley es la ley, aunque a veces parezca
injusta (uno siempre llora cuando el payaso “Botones”/James Stewart es esposado por un agente del FBI que, ese día, no
está precisamente orgulloso de su trabajo).
Vi, en fin, un grandioso espectáculo de optimismo, de superación, de
entrega a los demás, de orgullo, de unidad, de ejemplaridad. Una lección infinitamente
más constructiva que la que nos ofrecen habitualmente nuestros poderes
públicos, nuestros corruptos oficiales y oficiosos o nuestras estrellas
mediáticas de falso esplendor en esta feria de tramposos impunes en que han
convertido España. Vi lo que me gustaría que vieran mis hijos cuando tengan
ojos para ver la realidad. Un circo, desde luego, muy diferente al que nos
tienen montado aquí.
Madrugada
del sábado 26 al domingo 27 de octubre: cambio de hora. La polémica, un año más,
está servida. Unos hablarán de ahorro de energía, otros de alargar las horas de
sol por abajo, muchos negarán que se ahorre energía y tampoco les importará esa hora
extra de luz por la mañana, porque lo que les gustaría es poder disfrutarla por la tarde. Sin embargo, el verdadero debate, el realmente importante no
es si en la Península Ibérica nuestro horario de vida debería estar
sincronizado con el meridiano de Greenwich, que es el que nos corresponde, sino
si nuestro horario de trabajo debería
estar sincronizado con nuestra vida. Y, de paso, con el sentido común.
Hablamos de
reconciliación con la vida familiar. Hablamos de disfrutar un poco más de la
vida. Hablamos de racionalidad. Y hablamos de productividad laboral. De
optimizar las horas de trabajo. De dormir más y mejor. De trabajar menos y
mejor. Y de europeizarnos un poco más. Hablamos
de cambiar radicalmente la mentalidad de las empresas y las administraciones públicas:
señores, de una vez por todas, MAYOR
PRESENCIA NO IMPLICA MAYOR PRODUCTIVIDAD. Ni salir después del jefe
significa ser más trabajador. Ni dormir menos horas conlleva mayor mérito
laboral. Más bien lo contrario.
Lo explica
con absoluta nitidez y demoledor sentido común Ignacio Buqueras, presidente de la Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE).
Cuando en el resto de Europa se trabaja hasta las cinco de la tarde, seis como
mucho, aquí no salimos del trabajo hasta las ocho o las nueve; entramos no
mucho más tarde, pero dedicamos dos horas o más al almuerzo (tanto en oficinas como
en comercios). Más el tiempo, el estrés y el dinero (gasolina) que dedicamos a acudir puntualmente a nuestro lejano puesto de trabajo o cada día. También dormimos menos y desayunamos peor; llegamos más cansados
a la oficina; las reuniones en plena digestión nos matan; seguimos presos de la
cultura del presentismo (esperar a que el jefe
acabe su jornada para salir escopetados); los hijos apenas nos ven entre
semana; y no perdonamos el partido de fútbol o la serie de moda, que no
empiezan antes de las diez o diez y media de la noche (hora a la que toda
Europa está ya acostada).
¿Las
consecuencias? Las bajas por estrés
en España son más numerosas que las bajas por maternidad. También el fracaso escolar es más elevado porque
los padres no están en casa para ayudar con los deberes (aunque esa es otra cuestión). Disfrutamos menos de la familia, y también de nosotros mismos. Si
queremos ocio, hay que robarle horas al sueño. Nos falta tiempo. Trabajamos demasiadas horas. Gastamos más energía. Perdemos muchas horas semanales en el coche. Y encima ganamos menos que nuestros homólogos
europeos.
¿Y qué
podemos hacer? Lo primero y urgente, un
cambio radical de mentalidad. De toda la sociedad. Políticos, empresarios,
comerciantes, sindicatos, medios de comunicación, televisiones, ciudadanos…
TODOS.
· Debemos
dar más valor al tiempo (“perder
tiempo es perder vida”, afirma Buqueras).
Y eso incluye la puntualidad.
· Debemos
aprender a establecer prioridades:
no todo es importante, no todo es urgente.
· Debemos aplicar la conciliación con hechos, no con palabras; con normas, no con buenas
intenciones. Y con ejemplo (va por los que mandan).
· Debemos
sincronizar lasalida (y la llegada) del colegio con la salida (y la llegada) del trabajo.
· Debemos distribuir racionalmenteel tiempo: salir bien desayunados de
casa, almorzar en media hora, no eternizar las reuniones, dormir más, disfrutar más… (volver a la fórmula 8 + 8 + 8). · Debemos aprender -de una vez por todas- a aprovechar las posibilidades del teletrabajo. Sin miedo.Que para eso se ha inventado internet, y el email y las videoconferencias y el Facetime y el portátil y el wifi... Son muchas las empresas -y no solo las de última generación- las que están aplicando en serio medidas REALES para fomentar el trabajo desde casa. Y funcionan maravillosamente.
· En
definitiva, horarios más humanos, más
racionales, más europeos… y más productivos (“La productividad no es una
cuestión de horas, sino simplemente de aprovechar mejor el tiempo”). Más de 2019.
Poco a poco
las empresas españolas —grandes y pequeñas—están comenzando a establecer
horarios más racionales y a valorar sus consecuencias positivas. Pero sigue
pesando demasiado la costumbre, lo malo conocido. Es urgente dar el paso.
Cambiar de mentalidad, replantearse nuestro sistema de trabajo. Aprender de
Europa y del resto del mundo. Pero ha de ser un compromiso total, de todos. Repito, de TODOS. Si no, seguiremos
perdiendo el tiempo. Como idiotas.
En
la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país
para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos
lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y
cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está
en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de
compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para
mantener viva su llama.
Vivimos malos tiempos para los abuelos.
A lo largo de los últimos años casi hemos logrado dinamitar los dos pilares
básicos que los sustentaban: la familia y la dignidad humana. La mismísima
Declaración Universal de los Derechos Humanos define la familia como “el
elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección
de la sociedad y del Estado”, pero en España cada vez está menos protegida,
especialmente por el Estado, y son miles y miles los abuelos que sufren las
consecuencias (se sienten fuera de lugar, no pueden ver a sus nietos, se ven
abandonados, marginados, olvidados...).
Mirar hacia otro lado
Y además
vivimos en una sociedad donde se escuchan cada vez más altas las voces en pro
de “la muerte digna”, ese siniestro eufemismo que es el primer paso hacia el
cadalso de la eutanasia por decreto. La consecuencia, o la causa quizá, es
nuestra decreciente capacidad de compasión; miramos hacia otro lado, nos auto
convencemos de que es la mejor solución para todos, anestesiamos nuestra razón
y nuestro corazón y decidimos que los viejos sobran, que no sirven, que sólo
estorban. Un lastre indeseado e incómodo. Evitable.
Por supuesto que hay ancianos que lo pasan mal, que sufren
enfermedades terribles, que malviven con míseras pensiones, que se encuentran
desvalidos y abandonados a su suerte, que van pasando de un hijo a otro en
degradante turno, que permanecen
anestesiados durante horas frente al televisor, que simplemente estorban y han
perdido toda ilusión por vivir. Sólo hay que echar un vistazo a la Hoja de
Caridad del periódico un domingo cualquiera, o pasarse por un comedor social de
Cáritas un día cualquiera, o visitar un centro geriátrico cualquiera en
cualquier pueblo o ciudad de España. La tristeza y la soledad golpean sin
piedad sus almas, y la pobreza y los malos tratos golpean sus cuerpos con
inhumana crueldad. Por eso, con ellos, no hay que escatimar cariño ni cuidados;
todo lo que necesiten y más. Es nuestra responsabilidad, como sociedad, como
familia y como individuos. Debemos mirarnos menos el ombligo y mirar más sus
arrugas; las de fuera y las de dentro. Y aplicar los “cuidados paliativos” a su
sufrimiento, no a su aliento vital. Porque los abuelos son lo mejor que tenemos
y lo que más debemos cuidar.
Muerte digna vs vida digna
Decía García Márquez que el secreto de
una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Puede que
los viejos deban, por fuerza, aprender a soportar la soledad, pero una vejez
solitaria nunca puede ser buena. Es, precisamente, la soledad lo que hace más
infelices a nuestros mayores, la sensación de abandono, de inutilidad. Y es la
compañía, el afecto, la comprensión lo que les da la vida; y lo que hace esa
vida realmente digna. No se trata de asegurarles una “muerte digna” según el
criterio de un celador, un médico o un familiar —cualesquiera que sean sus
intenciones últimas— sino de procurarles una vida digna, cada día, cada minuto.
Si hay alguien que se lo merece, con absoluta certeza, son nuestros mayores,
nuestros abuelos. Porque ellos lo han dado todo por nosotros y, lo que es más,
lo siguen dando. Si les dejamos.
Según el psiquiatra infantil Kornhaber, los
abuelos ocupan un lugar destacado en la vida de los niños, “sólo los padres
están por encima de los abuelos en su jerarquía del afecto”. “Son como libros
vivientes y archivos de la familia”, añade Kornhaber. Son también el elemento
transmisor de la experiencia y los valores, los encargados de ayudarnos a
comprender principios hoy olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo
esenciales para una buena vida familiar: tradición, generosidad, memoria,
religiosidad, sacrificio, humanidad...
Abuelos activos, un bien social
“Cuando me dicen que soy demasiado viejo para
hacer una cosa, procuro hacerla enseguida”; muchos de nuestros mayores siguen
la consigna de Picasso con entusiasmo. En un mundo que envejece rápidamente,
las personas mayores activas desempeñan un papel cada vez más importante, con
su ejemplo y con su trabajo voluntario, cuidando a personas enfermas o
dependientes, e incluso a sus propias familias: lo estamos viendo desde los tiempos de la crisis, son los abuelos quienes han sustituido a las
guarderías... y al subsidio. Como Isabelu, que comparte sus escasos ingresos
con su hija menor y su yerno (ambos en paro), para que no les falte un pollo en
su mesa ni un biberón en la cuna de su bebé.
Como don
Alfredo, que a sus setenta y ocho años, y a pesar de arrastrar una hemiplejia
desde hace treinta, mantiene un envidiable espíritu vital. No sólo por su
inagotable y contagioso sentido del humor, sino porque durante sus paseos por
el barrio, del brazo de su hija Rocío, ha decidido que su misión es que los
demás se sientan útiles: una excusa para piropear a la bisabuela vecina, que vuelve
encantada a su casa después de un “parece mentira que tenga usted bisnietos,
con lo joven que es”; o para comentar el partido del Madrid con todos los
porteros de su calle, íntimos ya; o, simplemente, para escuchar las penas de
los mendigos más o menos habituales, cuyas biografías se sabe de memoria.
O como
Laura, que va a buscar a sus nietos al colegio, da clases de inglés (“aunque
jamás lo hablaré”), ayuda en un comedor de Cáritas y aprende solfeo con su
nieta de 7 años. O como Manuel, que a pesar de sus problemas de visión, un
tumor cerebral (ya superado) y la muerte reciente de su esposa (aún no
superada), prefiere vivir en su casa y no molestar a sus hijos, aunque todos se
han ofrecido a acogerle: “tengo una visión positiva de mi vida. Si la vista me
deja, dibujo, leo y cuando puedo me hago un viaje. Me fui a Florencia con mi
nieta mayor, ella empujaba mi silla de ruedas; yo la hacía reír”. O como Íñigo,
que a sus setenta y pico años sigue practicando surf casi todos los días
(cuando hay olas), además de enseñar a sus nietos y dirigir la tienda que fundó
hace más de tres décadas; o como Paco y Rosa, que siguen recogiendo el heno y
ordeñando a sus nueve vacas a diario, sin acordarse de que entre los dos suman
siglo y medio. Y como ellos, miles y miles de mayores que pueden y quieren ser
útiles a la sociedad. Sólo tenemos que dejarles.
Dice un
proverbio oriental “Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz;
cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”. Pues eso, ya es tiempo de
pagárselo. Y con intereses.
(Este artículo es uno de los capítulos de mi libro "La muerte del egoísmo", Ed. Palabra)